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martes, 4 de septiembre de 2012

Los enanos de schalksberg

El Schalksberg, entre Ettenbüttel y Wilsche, cerca de Gilde, junto al Aller, es ahora sólo una colina de topos, pero en otros tiempos fue un monte alto y hermoso, en el cuál habitaba el pueblo de los ena­nos. En aquel tiempo no vivía allí ningún hombre, lo cual era muy del agrado de los hombrecillos, pues podían ir y venir sin ser estorbados y andar por encima o por debajo de la tierra como les viniera en­ gana.
Los gnomos se daban muy buena vida; hacían todos los días domingo y, en medio de la semana, un día de fiesta. Comían, jugaban y bailaban. Sin embargo, de vez en cuando forjaban, y aún hoy en día se encuentran a menudo por allí escorias y res­tos del carbón que empleaban en su trabajo.
Cuando por primera vez llegó un pastor a esa re­gión no había en derredor del monte más que cam­pos de guisantes, y dentro de la tierra se oía conti­nuamente una música maravillosa. Sin embargo, cuando los corderos del pastor se acercaban a esos campos de guisantes, se sobresaltaban, como si se les hubiera pellizcado interiormente, y también va­rias veces empezó el perro a ladrar y a aullar y no quiso acercarse.
A pesar de esto, poco a poco fueron viniendo más gentes a la región, construyeron pueblos y trabaja­ron en sus oficios. A menudo se pusieron en con­tacto con los enanos, unas veces amablemente y otras como enemigos, según las circunstancias. Los gnomos se quejaban, sobre todo, del ruido que for­maban los hombres, y éstos, de los muchos robos que cometían aquéllos; de modo que estaban en continuas riñas. Pero, a pesar de esto, en otras oca­siones se prestaron ayuda mutua, y cada vez que los hombres se habían mostrado amables con los enanos, eran pagados por éstos con oro rojo.
He aquí el motivo de que los hombrecillos se mar­charan de aqitellos lugares. En los campos de los al­rededores vivían muchos gigantes y, si no se enten­dían bien con los hombres, con los enanos andaban siempre como perro y gato. Una vez, los gnomos molestaron a un ogro que dormía, poniéndole en los agujeros de las narices dos grandes rocas. El dragón empezó a respirar mal, y se despertó; y aún pudo ver cómo los hombrecillos desaparecían en el Schalks­berg. En un dos por tres se encontró allí, pero no pudo entrar porque era demasiado grande para los pequeños agujeros de los enanos. Entonces el mons­truo sopló las piedras de las narices contra el monte, hasta el punto de que éste estalló y voló pulverizado. Siguió soplando el gigante, hasta que desapareció el monte. Y hubiese exterminado a todos los enanos de no haber sobrevenido una gran tormenta. Un rayo cayó encima del ogro y lo mató.
A la noche siguiente, estaba un pescador ple­gando sus redes a la orilla del Aller, cuando se le acercó un hombrecillo gris y le preguntó si estaba dispuesto a hacer algunos viajes a través del río, junto al Schalksberg; le prometió que nada perdería en ello. El pescador se extrañó, pero por fin accedió y fue con su barca puntualmente al sitio designado y a la hora justa, a la noche siguiente. El hombrecillo gris le esperaba y saltó al bote ágilmente, y con él otros, a los que el pescador no veía, que fueron lle­nando el bote hasta casi hacerlo hundir. Entonces mandaron al pescador que pasase el río. Cuando llegaron a la otra orilla, saltaron a tierra e indicaron al pescador que debía volver de nuevo al mismo sitio. Como decíamos, el pescador no veía sino al primer hombrecillo gris, y así continuó hasta el cre­púsculo matutino. Continuamente se llenaba la bar­ca, pero él no veía a nadie, sino que oía unos cuchi­cheos y siseos, y sentía la barca medio hundirse. Cuando el sol iba a salir, el hombrecillo, que era el rey de los enanos en persona, dijo:
-Ahora, basta. Tu premio se encuentra en el fondo del bote. Si tienes curiosidad por saber lo que has llevado en tu barca, mira por encima de mi hombro izquierdo.
El pescador así lo hizo y vio una extensa pradera llena de hombrecillos cargados con toda clase de bultos, que se dirigían hacia el Wohldenberg, a unas dos horas de distancia de allí. pero en ese momento salió el sol y el pescador, de repente, no vio nada más. No había ya enanos y su rey había desapare­cido también. Cuando el pescador volvió a subir a su barca, vio en el fondo un gran montón de bosta. Irritado por la miseria del pago, lo echó en el Aller, y, vuelto a su casa, contó a su mujer toda la historia. Pero ésta, más lista que él, le contestó:
-No hubieras debido tirarlo; todo era oro.
Corrieron al bote, y, en efecto, lo que aún que­daba se había convertido en oro brillante, y pudie­ron recoger lo bastante para llenar su sombrero de tres picos, y de lo que había tirado el pescador en­contraron después algunas monedas con la red.
Desde aquel tiempo vivían los enanos en el Wohl­denberg. Esta colina, que se eleva en una llanura casi sin fin y que se extiende de norte a este, entre Leiferde y Daldorf, muy cerca del camino que va de este último pueblo a Meinersen, domina, a pesar de ser muy pequeña, toda la región. Ésta es tan estéril como el monte mismo. Por el oeste y el norte linda con dunas de arena, en las cuales no hay casi más que brezos y abetos torcidos. Hacia el sur y el este hay algunos campos cultivados, pero producen más amapolas, rojas como el fuego, que trigo. El pie mismo de la colina está rodeado por un círculo de abedules, de abetos y de algunos robles secos, y la cima se encuentra cubierta de brezo y de retama. El mismo aspecto triste tenía antes de la llegada de los enanos, quizá más triste aún, ya que la región no es­taba habitada por los hombres, por lo que no se veían tierras cultivadas. Los enanos se dispusieron a cambiar este estado de cosas. En pocos días hicie­ron canales subterráneos, que trajeron el agua desde el río Ocker. Uno de estos canales fluye todavía hoy y se llama Twargborn; los demás se han secado. Por otra parte, calentaron el suelo con hogueras en­cendidas debajo de tierra, y este calor, unido a la hu­medad producida por los canales, hizo que la tierra se convirtiera de muy estéril en fertilísima. Esto lo vio por primera vez un cazador que se había per­dido por esas regiones, y cuando lo contó y se exten­dió la noticia, pastores y labradores se dirigieron allá y se asentaron.
De aquellos primeros tiempos se habla aún hoy con entusiasmo. Los sembrados habían crecido tan prietos, que se podía pasar por encima de ellos con un carro sin doblar las plantas; los pastos y praderas no tenían igual y toda la región parecía un verda­dero paraíso.
Durante mucho tiempo vivieron los hombres y los enanos en paz, como buenos vecinos; se ayuda­ron fielmente en todas las necesidades, se prestaron instrumentos de trabajo y se invitaban a fiestas y banquetes. Los que salían ganando con esto eran, sobre todo, los labradores. Después de arar por la mañana durante unas cuantas horas, se encontra­ban con el desayuno preparado en un puchero; al mediodía, una mano invisible les proporcionaba la comida, y en cuanto una azada o cualquier otra he­rramienta se rompía, lo arreglaban los enanos, sin querer aceptar nada en pago. También protegían esta región de las inundaciones y del granizo y eran infatigables cuando el trigo se llevaba a los gra­neros; de modo que a menudo, al despertar los tra­bajadores de la siesta, no tenían ya nada que hacer.
A cambio de todo esto sólo pedían una cosa con mucha insistencia: que hubiera silencio en las cer­canías del monte, que no se restallase con el látigo ni se gritara al ganado. Durante mucho tiempo, los hombres cumplieron este ruego de los enanos con­cienzudamente, y así hubo alegría y paz durante muchos años. En esto, ocurrió que las gentes de Leiferde trajeron una gran campana para la nueva torre de la iglesia, y eso fue la primera piedra de la discordia, pues los enanos no podían soportar el ruido de la campana y tenían que taparse continua­mente los oídos. Primero rogaron que no se tocase la campana, y cuando no se les hizo caso y se volvió a tocarla, se dirigieron en masa hacia la iglesia, ti­rando piedras para echar abajo la campana o a la torre. Tampoco esto les dio resultado. Entonces em­pezaron los disgustos. Los enanos mezclaban el trigo con la paja y lo pisoteaban, asustaban a los caballos y a los rebaños que estaban pastando, cega­ban los pozos, amedrentaban a los caminantes, a las mujeres y a los niños. Pero, sobre todo, robaban lo que se les ponía al alcance: hasta niños pequeños. Los hombres no se portaban mejor. Cuando los enanos jugaban y bailaban, se acercaban silenciosa­mente los mozos del pueblo y restallaban de repente de tal modo sus látigos, que a los enanos se les tur­baba la vista, les parecía que iban a reventárseles los oídos y escapaban chillando. Y cuando estos mozos cazaban a alguno de los enanos, se divertían de tal modo con él, que el pobre diablo creía morir de miedo. Sin embargo, otras veces se trataban amiga­blemente. O sea, que las relaciones se convirtieron en lo que habían sido en el Schalksberg. Unas veces, como enemigos, otras, como amigos. Mas la situación empeoró.
El labrador más rico de Leiferde había conseguido ganar para sí todos los campos más fértiles del Wohldenberg, y era muy feliz por ello, pues allí donde hoy todo es un yermo, en aquel tiempo crecía la mejor cosecha.
Él vivía en paz con los enanos, ya que se daba cuenta de que le convenía, pero tenía un hijo único, que era un bruto. Cuando creció, apenó de tal forma con su conducta a su viejo padre, que éste murió y el joven quedó dueño de los ricos campos. No tardó mucho tiempo en enemistarse con todo el mundo, porque era tan poco amable y servicial como or­gulloso.
Cuando se había ganado un nuevo enemigo, se burlaba de él y a la vez de todos los demás hombres; se burlaba hasta del mismo Dios e insultaba a sus colonos, los enanos. Es más fácil enemistarse con un enano que con un hombre; esto lo había de experimentar el mal joven, para su perdición y daño.
Un día, estaba arando y los gnomos le trajeron, como de costumbre, un abundante desayuno. Cuan­do hubo probado el primer bocado, le pareció capri­chosamente que estaba malo; tiró lo que le quedaba, y gritó:
-¡Ya que me traéis comida de cerdos, os la de­vuelvo! ¡Traedme mejor comida, so granujas!
Y al mismo tiempo restalló con el látigo, de modo que el silbido atravesó todo el monte. Viendo que los enanos no volvían a llenar el puchero, restalló el látigo y gritó como un salvaje. Con tanto ruido, se encabritaron los caballos, y cuando agarró las rien­das para sujetarlos, se le rompieron y los caballos huyeron. Empezaba la venganza de los enanos. Cuando al mediodía y a la mañana siguiente siguió sin aparecer la comida, el labrador se enfureció aún más y gritó:
-¡Traedme mi comida, perros de cabezas gordas y patas tuertas! ¡Y que sea buena, o que os lleve el diablo! ¡Tengo derecho a exigíroslo, pues sois mis colonos, y solamente por favor os permito que viváis en vuestro montón de tierra!
Pero la comida no apareció, y cuando cansado de tanto gritar, se había echado bajo un arbusto, salie­ron miles de hormigas amarillas, que le picaron en todo el cuerpo, hasta en la nariz y en la boca. Esto era obra de los enanos irritados.
A la tercera mañana, el campesino cogió una ca­rraca y se dirigió con dos criados al Wohldenberg.
Después de haber pedido la comida, siguió ésta sin aparecer. Entonces rodearon entre los tres el monte. Uno iba silbando tan agudamente como podía; otro restallaba con todas sus fuerzas con un larguísimo látigo, y el tercero hacía sonar la carraca ensordece­doramente. Tanto ruido hicieron, que se originó un estrépito infernal. Los enanos, en el interior del monte, creían volverse locos; sin embargo, ninguno apareció. Estaban combinando un nuevo plan de venganza. Por la noche se levantó una tremenda tempestad y a la mañana siguiente se extrañó la ser­vidumbre de que el campesino no se levantara. Por fin entraron en su habitación y lo encontraron ten­dido en su lecho, como muerto. Cuando después de sacudirle y de frotarle las sienes lo hicieron volver en sí, contó que se había despertado a medianoche, sintiéndose como paralizado.
-Con horror -dijo- me di cuenta de que canti­dades de gordos y fríos sapos se arrastraban por mi cuerpo y mi cara, y de que yo, entretanto, no me podía mover.
Aún estaba hablando, cuando entró una sirvienta para dar cuenta de que también la mayoría del ga­nado estaba paralizado y cegado, y al momento sur­gió el mayordomo, añadiendo:
-Tus campos han sido apisonados y asolados durante la noche; los manantiales, secados. El mon­te, en fin, está devastado.
Todos se dieron cuenta de que lo sucedido era obra de los enanos.
En el vecino pueblo de Volkse, a orillas del río Ocker, cerca del lugar en donde aún hoy una barca atiende al pasaje por falta de puente, vivía un pesca­dor que llevaba a la orilla opuesta a los caminantes que lo deseaban. Hacia el mediodía de aquel día en que el campesino había asustado a los enanos, se le acercó un hom-brecito gris, que le rogó tristemente:
-¿Me prestas tu barca por esta noche, pescador?
-¿Por qué no lo había de hacer? -contestó el barquero. Si me pagas bien el servicio y me la de­vuelves mañana honradamente...
Así se lo prometió el hombrecillo, y en prueba de ello le entregó una escudilla llena de oro, y le dijo:
-Sobre todo, no sientas curiosidad por ver lo que pasa, pues podría sucederte algún daño.
Dicho esto, desapareció.
En cuanto cayó la noche, sobrevino una tormenta tan terrible como ni los más ancianos recordaban haber visto otra igual: el cielo parecía arder en un gigantesco incendio y el viento soplaba con impo­nente furia. El honrado pescador no cesaba de re­zar y pedía también por el hombrecillo gris. «¡Ojalá que no se haya atrevido a pasar el río!», pensaba. Olvidó su promesa y miró a través de un agujero en las ramas de la cabaña que por casualidad había de­lante de él. ¡Cielos, lo que vio! En medio de las espu­mosas olas del río se deslizaba su barca; un canti­dad innumerable de enanos iba en ella, y las orillas hormigueaban de hombrecillos grises. Todo esto lo vio a la luz de un terrible relámpago; pero no pudo ver más: el mismo rayo cayó cerca de su cabaña y un trueno fortísimo lo ensordeció para todo el resto de la noche y le hizo perder el sentido. Cuando vol­vió en sí, el sol había salido y alumbraba en el cielo claro; el río estaba tranquilo y su barca se encon­traba a la orilla, como si nada hubiera pasado, y sólo el oro rojo que encontró en el fondo del bote le convenció de que no había soñado. Pero aún le con­venció más de la triste realidad una sola mirada que dirigiera al vecino Wohldenberg: todas las encimas estaban destrozadas, todos los lugares alegres des­hechos y todos los alrededores tan desiertos como están hoy. Solamente había permanecido, a pesar de la destrucción, un camino por el lado del este, que aún se llama el Twargstieg (twarg = zwerg, enano; stieg, escala, camino); una sola fuente quedó sin cegar, la «Twargborn», como aún hoy se llama, y tiene la mejor agua de todo el contorno.
Los enanos desaparecieron; nadie sabe adónde se marcharon. Otros narradores añaden que aquella misma mañana el cruel campesino, que con su bru­talidad fue la causa de la tragedia, había sido encon­trado en el campo, carbonizado por un rayo y con el látigo roto encima de él.

012. anonimo (alemania)

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