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martes, 4 de septiembre de 2012

Cómo surgió del mar la isla seeland

La corte del rey Gylfwe estaba en la vieja ciudad de Upsala. Gylfwe era un monarca justo, a quien toda Suecia amaba y respetaba. En torno a él iba te­jiendo el misterio una aureola, pues nadie conocía a sus familiares. Vivía solitario en su severo palacio, entregado a las altas funciones de gobierno.
Con él habitaba una doncella: la dulce Gefione, de claros ojos, a quien el Rey trataba como a una hija. Mas nadie sabía de dónde había venido la mu­chacha ni qué lazos de parentesco, adopción o amis­tad podían unirla al Monarca sueco.
No faltaba quien asegurase en serio que la madre de Gefione era hija de uno de los gigantes que po­blaban los montes y los bosques y servían con fideli­dad al gran rey de las montañas.
Ocupaba por entonces el trono de Dinamarca Odín. Su hijo, el príncipe Skáld, hubo de hacer un viaje a la corte de Upsala, y allí conoció a la joven.
Prendado de su hermosura y misterioso atractivo, se enamoró de ella. Y ella le aceptó y correspondió a su pasión.
Sköld y Gefione se presentaron a Gylfwe y solici­taron su bendición y consentimiento.
Hondo pesar afligió el corazón del anciano Mo­narca al comprender que el amor le arrebataba a su querida niña; mas, con todo, no se opuso ni por un momento. Antes al contrario, bendijo conmovido a la joven y le suplicó que pidiera algo que hubiera de servirle de recuerdo y testimonio del cariño que por ella sentía el rey Gylfwe.
-Viviréis, señor, con el recuerdo de Suecia en mi memoria. Y pues queréis que os pida algo, éste es mi deseo: otorgadme el trozo de tierra que un hombre pueda labrar en un día; tierra viva de mi Suecia que­rida; en ella encarnarán mis recuerdos y añoranzas de este tiempo feliz.
Gylfwe accedió a la petición.
Gefione se encaminó a la montaña en que su madre vivía. Allí habitaban los gigantes que durante algún tiempo sembraron el terror entre los hombres, a pesar de la nórdica ingenuidad de su fortaleza.
Uno de los titanes se presentó ante la joven. Era labrador. Llegó acompañado de sus cuatro hijos, igualmente gigantescos, que caminaban uncidos a un arado de proporciones colosales. Se puso a dis­posición de la muchacha, y juntos se encaminaron a una zona de bosques y verdor. Clavaron su arado, y con fuerza incontrastable comenzaron a cabar sur­cos profundos, semejantes a fosos. Trabaja-ban in­cansables y hundían con gran vigor la reja en la roca viva. Estaba ya próxima la noche, y los gigan­tescos habitantes de las montañas continuaban su tarea. Hasta que quedó separado, cercenado, un gran trozo de la tierra sueca.
Gefione, que había contemplado el trabajo de los hércules, batió palmas de alegría. Mostró al Rey la hazaña realizada por sus siervos. El monarca de Suecia lloraba, contristado, la herida hecha en la tierra.
No habían pasado muchos días, cuando una no­che se presentó Gefione al rey de las montañas. Éste puso a su disposición una escolta de gigantes, que se dirigieron al punto en que el suelo de Suecia había sido cortado. Inclinaron sobre la tierra sus cuerpos enormes, y cogiendo con sus brazos poderosos el trozo que habían labrado para la joven, lo elevaron sobre sus cabezas; los tremendos torsos se hincha­ron por el esfuerzo. Caminaron a través de la tierra y se internaron en las aguas del mar. Depositaron su carga sobre las olas, en el punto en que determinó Gefione; la mantuvieron penosa-mente a flote hasta que consiguieron hacerla encallar en el fondo del Oresund, entre las costas suecas y danesas.
Una mancha de verdor rompió la monotonía azul del mar.
De este modo apareció la isla de Seeland sobre las aguas del Báltico. Y cerca de Upsala, los ríos y las lluvias rellenaron piadosa-mente el vacío que dejara la muchacha en la tierra sueca y surgió el inmenso lago Mëlar; rodeado de bosques pensativos, que se miran, extrañados, en sus aguas.

132. anonimo (suecia)

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