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viernes, 7 de septiembre de 2012

Muertos que no son muertos

Siglo noveno.
El Madrid árabe con su Alcázar cantado en romances. La muralla que lo ciñe estrechamente, dejando tan sólo en su, recinto interior, unas calles estrechas y pinas, unas casuchas, alguna residencia de moro rico, una aljama y una pequeña mezquita.
A una legua de este humilde Magerit se halla un tupido atochar -plantación de esparto, que rodeaba, hasta ocultarla a ojos lejanos, una humilde ermita; en ella se veneraba una vieja imagen (obvia-mente bizantina y, a buen seguro, traída de Antioquía) que la credulidad de la gente piadosa atribuía al cincel de Nicodemus y al pincel de San Lucas.
A pesar de hallarse en territorio, árabe, el ermitorio per­manecía tal vez por ignorancia, sin ser profanado por los musulmanes. El peligro de que ello se transformara en una triste realidad era como una obsesión para el noble madrileño Gracián Ramírez, que comandaba las huestes cristianas y cuyo campamento se alzaba no muy lejos del atochar. Una idea predominaba en su mente: rescatar la sagrada imagen. El proyecto era muy arriesgado, lo sabía; pero ello no era óbice para su resolución de ponerlo en práctica. Disfrazado de moro, así como los criados y fami­liares que le acompañaban, penetró en Magerit con el audaz propósito de recubrir la ermita de la Virgen median­te una construcción de ladrillo que le diera aspecto de morada particular. De noche, los así infiltrados, iniciaron la edificación a buen ritmo de trabajo.
Todo hacía suponer que el piadoso empeño iba a cul­minar felizmente, pero...
Entonces hace acto de presencia el traidor de marras (en cada esquina se encuentra el judas correspondiente dispuesto a vender el alma de su propio padre por unas monedas), que acude al capitán de la morería y le va con el cuento del osado subterfugio que intenta el fervoroso cris­tiano.
Ahora, sólo nos falta el ambiente adecuado.
La noche es muy oscura.
La lluvia, azotando los rostros, cae monótona como si narrara leyendas terribles de tiempos pretéritos.
Una legión de árabes armados hasta los dientes se diri­ge presurosa hacia la ermita.
Llega la desagradable noticia a Gracián Ramírez que se apresta a la defensa.
Oran todos ante la imagen.
La mirada del capitán se posa angustiada sobre su mujer y sus hijas; una terrible idea atormenta su cerebro: la posibilidad de que sean violadas por los sarracenos. Es hora de resoluciones aunque éstas sean trágicas y, con su propia espada, las degüella para que no sean ultrajadas.
Seguidamente, sale al campo con sus criados a luchar contra las huestes enemigas que ya se aproximan.
El combate es feroz; son varias horas de desesperado pelear para proteger la sagrada imagen. Por fin, la victoria sonríe a los cristianos. La alegría por el triunfo obtenido -Gracián Ramírez va a entrar en la ermita- queda totalmente nublada cuando viene a la memoria del capitán la muerte horrible de esposa e hijas.
Llorando, penetra en el recinto.
Pero... ¡¿Qué ve?!
¡No es posible!
-¡Padre...!
-¡Gracián...!
Exclaman al unísono unas voces queridas.
¡Es real!
¡Es verdad!
Las mujeres, de rodillas, están allí, ¡rezando ante la sagrada imagen de la Virgen!
A sus pies hay un gran charco de sangre.
Las manchas rojizas en las piedras del ermitorio de Atocha han contado con su voz milenaria a muchas ge­neraciones la piadosa y terrible leyenda de Gracián Ra­mírez.

127. anonimo (madrid)

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