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viernes, 7 de septiembre de 2012

La princesa thenesoya vidina

Corría el año 1460 cuando, proveniente de la isla de El Hierro, el sevillano Diego de Herrera endereza las proas de sus naves hacia Lanzarote, donde tenía su casa. Allí le aguarda su esposa doña Inés Peraza, quien en su ausencia hace de gobernadora de la isla, administra justicia y corre a las armas si es preciso ante las incursiones de los guerreros marroquíes.
El navegante Herrera viene de apaciguar a los isleños nativos de El Hierro, que ya no trabajan para Armiche, su señor y rey, sino para los conquistadores venidos de una tierra extraña y lejana, pues se han levantado contra el poder brutal de los sucesores de aquel normando fanfarrón que se llamó Juan de Betancort. Los goberna-dores de la isla, un vizcaíno y un francés, violaban, robaban, asesinaban, fieles a la tónica del coloniaje aventurero, por eso los isleños no hallaron mejor medida que colgarlos de unos árboles para regocijo de cuervos y buitres. El conquistador había logrado dos cosas: que no se acabara de despoblar la isla y que el buen Armiche se bautizara. Con ello ganaban su hacienda y la gloria de Dios. Así que, don Diego, hijo de Pedro García de Herrera, rico-hombre y mariscal de Castilla, señor de Ampudia y capitán de la Frontera de Jerez, venía muy contento, porque el buen suceso de su viaje significaba más amor de su esposa doña Inés y más prestigio para él como hombre, cuya obligación era defender el feudo de su dama y esposa.
A media noche y ante la punta de Sardina del Norte, al mando de la Almiranta, recogió velas la breve flotilla. Había que aprovechar la buena fortuna y piratear lo que se pudiera en la costa; y así sería mayor el gozo de su amada. Quién sabe si a lo mejor capturaban algunos esclavos que se pudieran enviar al mercado de carne de Sevilla. Esto ayudaría a salir de apuros económicos. De modo que, de madrugada atracaron los navíos y allí desembarcaron sus tripulantes con ansias de rapiña y asalto, pues en El Hierro no habían podido desbravarse. Habían desembarcado en un lugar que los nativos llamaban «el Bañadero», una playa suave y fina.
Dos o tres horas llevaba el sol sobre unos cielos de porcelana, cuando la princesa Thenesoya Vidina, de la Casa de los Guanartemes [1] de Agalda, ha hecho su tocado en el cenobio de La Iraga, más allá del barranco del Aguamastel. Allí tiene hace tiempo las rayas que han de orientar su vida de esposa y ama de casa y allí aprende las oraciones del Corán, a tejer juncos mimosos y coser gamuzas finas y ensanchar su talle hasta el límite máximo. Tiene veinte años, es hermosa y brillante como el agua de las fuentes claras, y blanca como la espuma de la leche caliente de los ganados de la isla. Lleva los pies sujetos en unas como abarcas y en el cuello, sobre el alto seno de virgen intocada, collares de barro cocido y una diadema de conchas blancas sobre su largo cabello castaño. Así viene siempre, acompañada de su aya Thasirga y su criada Orchena, a tomar el baño diario en el suave y deleitoso bañadero. Llega cantando por la vereda polvorienta porque se siente feliz y porque pronto aumentará su dicha. También su padre, el noble y tuerto Aymedeyacoan, faycán de Teide, está contento. Y es que su hija Thenesoya se casará pronto y bien. Hoy no la acompaña su prima Masequera, princesa heredera del Reino de la Gran Canaria, quien desde niña se ha criado con Thenesoya en desventuras y placeres. Nada más llegar las tres viajeras a la lengua del agua, caen las gamuzas de colores cándidos, el calzado extraño, sujeto al tobillo por correas de traza menuda y la diadema de conchas blancas, sostén de la cabellera suelta sobre la espalda. Y la virgen Thenesoya, como una Venus atlántica, hunde su cuerpo joven en el agua.
De pronto los gritos y las lágrimas rompieron la quietud de la costa y en seguida repararon los salteadores que la sirena aprisionada era de alta calidad, mientras que sus dos criadas no mostraban el mismo rango y categoría, aunque aún no sospecharon que habían hecho presa, por azar, a una princesa real.
Una vez a bordo de la Almiranta los tripulantes con las cautivas, los intérpretes que Diego de Herrera llevaba se pusieron al habla con ellas. Al instante se supo el rango de la hermosa muchacha y el trato al que tenía derecho. Por eso se le otorgó la cámara mejor de la nave y el cuidado más exquisito a aquella princesa de la real casa de Semidán, mientras las proas apuntan a Lanzarote sobre los lomos sumisos de las aguas azules.
La suerte acababa de poner en juego el destino de Gran Canaria. Toda la fiera altivez de un pueblo de excepción quedaba sometida.
Han corrido los años. La que en su edad gentil se llamó Thenesoya, princesa de Semidán, se dispone a morir devotamente, como cualquier hidalga y sin ruido de metal en la escarcela. Pobre, pero con el título de cristiana y mujer viuda de Maciot de Betancort, se llama ahora doña Luisa y sostiene el apellido que su amante esposo le diera. En este instante final de su vida, Luisa de Betancort hojea el diario mental de su existencia, rica en sucesos. Su llegada a Lanzarote y la alegría de doña Inés Pereza ante la nueva dama que tomaba lugar en su corte. Los desposorios con el bizarro Maciot Betancort, miembro sin mucho lustre de su destartalada familia y la muerte del esposo, acaecida hacia el año 1480, antes de la rendición total de Gran Canaria. En la capilla que en el primitivo templo de Santiago de los Caballeros de Gáldar hicieron levantar ambos bajo la advocación de Santa Ana, esperan ahora los huesos del difunto esposo la llegada de su compañera. En sus recuerdos, asoma el primer retorno a su casa, una vez cristiana y casada. Su padre, el buen Guanarteme, buscaba su rescate a cualquier precio, y, en caso de negarse Diego de Herrera al acuerdo, prometió que serían ahorcados los cristianos prisioneros en poder de los canarios. Y esto fue lo que impulsó a Thenesoya a actuar.
-Sabed que puedo devolveros a vuestros hijos y hermanos si mi esposo y señor nos diera licencia a mí y a Thasirga por compañera. Dejadnos sobre las costas de mi tierra, en el lugar mismo donde fuimos apresadas. Permitid que pasen quince noches; y en la última, apareced con vuestro navío en ese mismo lugar, que allí estaré, dispuesta a regresar con mi dueño, una vez libertados los cautivos cristianos.
Y así se hizo.
Llegaron a Gran Canaria. Salió la Corte a recibir con alegría a las cautivas y, a cambio de ellas, se entregaron ciento quince cristianos. Hubo fiesta en honor de Thenesoya, convertida ahora en Luisa. Vencido el plazo, una madrugada, dejó dormida a su prima Mase-quera, desatrancó las puertas del palacio del Guanarteme, donde moraba, y sin despertar a la guardia ni a un gran perro que vigilaba los patios en silencio, salió hacia la costa, donde ya la esperaba anheloso Maciot.
La huida de Thenesoya dolió tanto al rey, que enfermó de melancolía al punto, y de este mal de amores dicen que murió.
Ahora, en el punto quieto de la muerte, Thenesoya repasa la mala fortuna de sus familiares: los hombres, unos fueron destripados por la guerra; los otros marcharon a hacer fortuna a la América nueva, a la vecina Berbería, a las tierras de Salé, de Túnez y a Granada. O quedaron tendidos en los campos borrachos de sangre de Tenerife y la Palma. De las princesas reales, Masequera se ha convertido en doña Catalina de Guzmán. La hija de don Fernando de Guanarteme es mujer legítima de don Miguel de Trexo. Todo es ya distinto y extraño, y el centro de la vida nueva no es la metrópoli antigua, ni Telde, su rival, dorada por los vientos y los soles eternos del Sur. Es la villa nueva y aventurera que se ha levantado con prisas en tomo al palacio de los invasores, junto al arroyo del Niguiniguada. Ahora hay escribanos, y doradores, y tundidores de lo fino, y el alfarero andaluz vocea sus vasijas por las empinadas calles nuevas en lengua extraña. Hay canónigos de capa larga y genio pronto y un obispo guerreador, vestido de tafetán morado. Hay enfermedades y hospitales, y junto a la inquisición que el obispo Muros ordenó en 1499 y a la plaza de verdugo creada por los reyes, campanas de conventos y una mancebía que la reina Juana concedió para aumento del caudal de dueños de la ciudad futura. Frente a estas ventajas de la civilización nueva, los Guaires vencidos han de soportar a tantos engañadores y usureros.
Así ocurrió un domingo, 15 de marzo de 1528, cuando después de misa y estando en su casa Luisa de Betancortt y sus hijos, aparecieron el alcalde mayor de la villa de Gáldar y el gobernador de la isla con mandamiento de la autoridad superior de cobrar el tributo de los ciudadanos, entre los que estaba comprendida la familia de Betancort.
La raza orgullosa se revolvió en doña Luisa, que de pronto volvió a ser la princesa Thenesoya. Protestó e hizo valer los derechos de su sangre. Además se había casado con hidalgo notorio.
-Conque idos con Dios, mis señores, que somos hidalgos y no villanos, y no tenemos por qué pagar impuesto alguno. Así que idos con Dios y con Santa María.
Pero no fue bastante la respuesta y los señores de la autoridad ordenaron tomar prendas a Thenesoya y sus hijos. El alguacilejo puso sus manos sobre el cuerpo noble de quien tanto había contribuido a hacer española la isla y le arrebató su manto negro de sarga; de su hijo, Arriete de Betancort, se llevaron una escopeta; y de su hermano Juan Perdomo, un moquero labrado de negro.
Doña Luisa y sus hijos tuvieron que litigar largamente para que su origen y nobleza les fuesen finalmente reconocidos. Hasta que al fin murió, buena y honrada esposa, la dulce princesa Thenesoya, por cuya belleza y brío murió un rey de la Gran Canaria y quedo hechizado un hidalgo con origen en las tierras mojadas de Normandía.

101. anonimo (canarias)



[1] Nombre dado al monarca o rey de los guanches de Gran Canaria.

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