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miércoles, 6 de noviembre de 2013

El cristo de las batallas

I

Plasencia, durante el siglo XIII, se convirtió en la ciu­dad "fuerte", avanzada cristiana frente a la morisma.
El Tajo formaba la línea divisoria entre las dos religio­nes. A uno y otro lado se habían levantado fortalezas y castillos, que servían de defensa y, por ello, de aviso, pa­ra prevenir las incursiones, las famosas "razzias"con que los distintos bandos asolaban a sus enemigos. Las foga­tas en lo alto de los torreones constituían un sistema de enlaces que, con facilidad, movilizaba amplias regiones que veían las luces sobre los castillos de Mirabel, Gri­maldo, Portezuelo, Plasencia...
En aquellos años de relativa calma, Plasencia era un gran emporio flanqueado al norte por la torre "Lucía", fortaleza esbelta, y al sur y al oeste por murallas, barba­canas, fosos que detenían a cualquier atrevido.
Las callejas tortuosas de la ciudad estaban acostum­brándose a dormir solitarias y tranquilas en la placidez de la noche extremeña. Sólo las pisadas seguras de la ronda alteraban aquel silencio aprovechado en profun­didad por los rezos, amores o descansos de sus clientes.
Pero un día, el sonido áspero, vibrante y misterioso de la trompeta quiebra el silencio de la noche primave­ral. Los placentinos se despiertan y contemplan sobre­cogidos el cielo iluminado por la fogata siniestra de la to­rre "Lucía".
Las campanas de las iglesias tocan a rebato. El vecindario se alborota.
Los soldados acuden a las murallas.
El griterío ensordece la calle.
En un instante toda la ciudad queda convertida en un levantisco campamento.
La noticia corre de boca en boca: los centinelas han visto otras fogatas en los fortines y castillos lejanos. No existe la menor duda de que la morisma quiere volver a ensayar sus incursiones desoladoras. "Estas razzias fre­cuentes, rigurosas, espantosas, asolan el campo, roban el ganado, aprisionan a los hombres, mancillan a las mu­jeres".
La cruz y la espada se unen siempre para prestar ayu­da a los que llaman con el fuego de la noche.
Las huestes de Plasencia están prestas para la defensa y para la ayuda. Al amanecer, de los patios de la fortale­za, comienzan a salir las aguerridas formaciones que ba­jan por la Calle del Rey hasta la porticada Plaza Mayor. Allí, las madres, las esposas, las hijas, las novias, miran, abrazan y despiden a los mejores hijos de la ciudad. La guerra entonces era una obligación, la lucha un rezo y la muerte un acto de servicio.
Pero el corazón humano no ha podido nunca sus­traerse a los sentimientos profundos del ser y las lágri­mas y el dolor ahogan muchos corazones.
Cuando el puente levadizo de la Puerta de Trujillo se baja para que lo crucen sólo los soldados, una madre se arranca del pecho un pequeño crucifijo, lo cuelga en el de su hijo y rompiendo el abrazo de despedida, le dice estas palabras:
-"Que este Señor, hijo mío, te proteja en las batallas. No te olvides de rezarlo cada día".
Al lado, otra voz que también besa, le mira queda­mente con rostro de enamorada, mientras suspira este sollozo:
-"No te olvidaré jamás".
Entre dos miradas de amor distinto aquel muchacho cruza el portón, perdido entre otros muchos y camina en las manos de Dios y del destino.

II

Días más tarde, como era la costumbre medieval, por las calles y plazuelas de la ciudad un viejo cantaba en ro­mances soñolientos, las hazañas que libraban contra el moro los soldados de Plasencia.
¿Qué mujer no escuchaba en estos versos el eco mis­terioso de algo muy querido para ella?
Pero aquel viejecito de hoy tenía, además de algo es­pecial: su acento no era de anciano. Sus cadencias no re­flejaban el cansancio de los años. Su voz se levantaba so­lemne, armoniosa, casi angelical entre las voces de los otros rapsodas y juglares. Además no se le conocía. Na­die lo había visto con anterioridad. Se apuntaba ya ha­cia lo desconocido, hacia las apariciones.
¿Quién era este viejo que cantaba así en las esquinas de Plasencia?
¿De quién recibía aquellas calientes noticias? Era un misterio.

III

Mucho más tarde volvió el soldado.
Recordaba emocionado que todas las noches su últi­ma palabra era una oración; la última mirada al Cristo de su madre; su último pensamiento para la novia que lo acompañaba desde lejos.
Vivían todos felices porque el deseado había vuelto. Se hablaba incluso de una extraña obligación. Corría y corría por las esquinas y las plazas oyendo los romances que allí se cantaban y donde a veces él mismo se encon­traba de protagonista.
Andaba pensativo, angustiado, lejano, con la mirada puesta en el infinito.
Temía la madre que hubiera perdido el juicio.
Temía la novia que hubiera despreciado su amor.
Se le oía decir con frecuencia, a veces a solas, casi so­ñando incluso:
-"¡Oh, si yo pudiera! ¡Si yo pudiera!..."
Y sacaba el crucifijo del pecho, lo miraba, lo volvía a guardar y repetía la frase:
-"¡Oh, si yo pudiera! ¡Si yo pudiera!..."
Extrañaba también, y aún más, que en el patio de su asa tenía varios leños gruesos de enormes dimensiones.
¿Cómo habían llegado hasta allí? iAlguno medía has­ta tres varas! El soldado, convertido en carpintero, los ira y remira. Golpea fuerte con la azuela. Intenta tra­bajarlos. Sudoroso, lívido, de repente se para, levanta os ojos al cielo y vuelve a exclamar:
-¡Yo no puedo! ¡Yo no puedo! ¡No puedo!
Una de aquellas mañanas que absorto contemplaba mpotente los maderos ve asombrado que se abre la uerta de la calle y en el dintel está un viejo. Es el viejo ue cantaba por las esquinas y las calles. Ahora no can­ta. No puede cantar, porque es una obligación debida a a Cuaresma en la Semana de Pasión.
Viene a pedir limosna.
El joven se levanta y mira para socorrerlo. Pero el an­ciano le dice interesado:
-"¿Qué vas a hacer? De ese leño podría salir"...
-"¿Que?" -pregunta con ansia reprimida.
-"Una imagen".
-"¡Una imagen!", "Sí, lo sé".
-"Un crucificado".
-"¡Oh, sí! Pero como éste". Y le muestra el crucifijo ue lleva al pecho. "Pero ¡no es posible! ¡No soy capaz! ¡Si yo pudiera!"
-"Veamos. Yo te ayudaré. Algo entiendo. Pero me tienes que dejar solo"...
El viejo se cerró en la habitación...
Llegó la noche y el anciano mendigo no sale de su enc­ierro. Es más, no se oye nada.
¿Qué había pasado?
Llama. Nadie contesta.
Vuelve a llamar... Y... Silencio.
Algo grave sucede. ¡Puede haber muerto!
Rompe la puerta. Parece que no hay nadie.
Coge el candil. Se lanza dentro y queda paralizado:
Tiene delante convertido en imagen de impresionan­tes dimen-siones el crucifijo de su pecho. Y sin poderse contener, exclama:
-"¡ES MI CRISTO DE LAS BATALLAS! Así lo veía siem­pre cuando íbamos a pelear".
La noticia corrió muy pronto por toda la ciudad. Se buscó al viejo cantor de romances y no aparecía. Nadie lo volvió a ver. Ni por otros, nunca más se oye­ron sus canciones.
El hecho llega hasta el Palacio Episcopal.
El señor Obispo acuerda que la imagen sea deposita­da en la cercana parroquia de Santiago, situada extra­muros de la ciudad.
Más tarde se construyó la iglesia que actualmente ocupa.
Desde entonces hasta hoy el Cristo de las Batallas es un lugar de encuentro para los orantes placentinos.
Todo el día están las puertas abiertas.
A los pies de la imagen hay siempre un manojo de flo­res que ha llevado una novia; una luz que ha encendido una madre.
Y cuando se marchan al servicio los jóvenes de Pla­sencia, como antes a luchar contra el moro, los soldados placentinos se despiden de este Cristo que es algo suyo:
¡SU CRISTO DE LAS BATALLAS!

FUENTES:
-Hojas publicadas por el Santuario del Cristo de las Batallas.
-Artículos de "El Regional", Semanario de Plasencia.

Fuente: Jose Sendin Blazquez

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1 comentario:

  1. ¡ Que relato más emocionante!He estado muchas veces en Plasencia y al no saber de su existencia no he ido a visitarlo.
    Cuando vuelva..procuraré hacerle una visita.

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