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jueves, 6 de septiembre de 2012

La bruja de merlés

En las cercanías de Merlés, cerca del lugar llamado Eures de Quart, camino de la Riera, en una espadaña gigantesca, tenía la cueva una bruja que pasaba el tiem­po hilando lana.
Cuando se le terminaba, tomaba su escoba y, junto con otra compañera, volaba hasta Prats de Lluganés, donde había muchos rebaños de ovejas, y allí las tras­quilaban y robaban la lana a los pastores.
Había en la comarca un propietario que, sin ser muy rico, se daba muy buena vida. Tenía grandes rebaños de ovejas, siempre muy gordas y con una lana blan­quísima, que podía vender a muy buenos precios, y era muy conocido por eso y por las comilonas que organ­zaba en las ferias de Alpens, Berga y Prats de Llu­canés.
Siempre le habían ido bien las cosas, hasta que de pronto sus ovejas empezaron a adelgazar, y aun a mo­rir muchas de ellas, y sus rebaños fueron menguando; de tal manera, que llegó un momento en que se vio arruinado.
No sabiendo qué hacer, después de pensarlo mucho, decidió ir a ver a la bruja de la cueva de Merlés.
Hacia allí se dirigió una noche y estuvo mucho rato conferenciando con ella. Como resultado de esta en­trevista, el propietario arruinado se fue al día siguien­te a pedirle a un amigo un macho carnero muy bueno que tenía, para sus ovejas.
El propietario, que sabía el apuro en que se encon­traba su amigó, se lo prestó de buena gana. Sólo le pi­dió que lo cuidara bien y se lo devolviera pronto.
El macho era muy grande, negro y muy fiero. El que lo había pedido prestado se encaprichó con él y no lo devolvió.
Pasó el tiempo, y era en vano que el amigo pidiera el macho carnero que con tan buena voluntad había prestado. Éste seguía en el rebaño del otro, que tenía ahora muchísimas ovejas, hermosas y lecheras; todas con una lana negra y muy rizada.
Una tarde en que los rebaños estaban pastando, se acercaron a la orilla de la Riera, en el lugar llamado Gorc de les Eures.
El propietario, que iba detrás del rebaño, guiado, como de costumbre, por el macho, envió a los perros junto al río para impedir que cayeran dentro. Pero el macho volvió la cabeza y le pareció al hombre que son­reía de una manera diabólica. De pronto, bajó el tes­tuz, tomó empuje y echó a correr hacia el Gorc, preci­pitándose en él, hundiéndose en sus aguas y arrastran­do tras él a todo el rebaño, a los perros y al propietario.
Muchos han querido saber la profundidad exacta del Gorc de les Eures, y han tirado a las aguas un cordel con un plomo atado. Han ido soltando luego un ovi­llo enorme; pero siempre el hilo ha ido bajando, ba­jando, sin tocar fondo; por lo que es creencia popular que el macho, las ovejas y el pastor fueron derechos al infierno.

103. anonimo (cataluña)

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