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jueves, 6 de septiembre de 2012

El toque a rebato de la campana «susana», del mercadal

Corrían los tristes días del año 1810. La ciudad de Girona, después de haber resistido heroicamente el lar­go cerco del invasor francés, había tenido que capitu­lar, al fin, y las tropas de Napoleón la ocupaban, cau­sando todo género de molestias a los vecinos.
Ya era muy entrado el otoño, en el mes de noviem­bre. La noche de difuntos, en una casa en donde esta­ban reunidos algunos sargentos, se discutía animada­mente, el vino había corrido en abundancia, y las vo­ces atronaban las habitaciones.
Los que allí estaban no respetaban el silencio de la noche ni sabían rezar por sus difuntos.
-¡Os digo -decía un gigantesco granadero- que sé quién me hizo correr una tarde, cuando esta gente hizo una salida! No se me olvida su cara, cuando, apro­vechándose de que los cartuchos se me habían acaba­do, se me echó encima, chillando como un cerdo, y con una bayoneta en su fusil, así de larga. Lo he visto an­teayer y sé, además, que es uno de los vecinos más ri­cos de Girona. Yo iría con gusto esta noche a su casa y le ajustaría las cuentas...
-¡Esta noche! -exclamó uno de los que estaban más silenciosos. ¡Esta noche, en mi pueblo, encen­derán en las casas las lamparillas para los difuntos!
-¡Calla, estúpido bretón, comecirios! -le gritaron los demás. Bien ha hablado nuestro camarada.
Y otro añadió:
-Pues yo también tengo ciertas cuentas que arre­glar con un caballerete que el otro día me miró insolentemente, y tampoco se dejaría ahorcar por diez sa­cos de monedas de oro ni por más aún. Si queréis, soy de la partida.
Otros pensaron en gentes a quienes conocían y sa­bían que tenían dinero o que eran muy opuestos al ejér­cito francés. Y de esta manera decidieron salir y, apro­vechándose de que aquella noche todo el mundo esta­ba recluido en sus casas, matar a aquellos de quienes querían tomar venganza o a quienes querían robar.
Y cogiendo sus sables y pistoletes, salieron de la ca­sa. Las calles de la ciudad estaban en silencio. Al pa­sar por la plaza de la catedral, sólo se oía el viento, y de cuando en cuando el silbo de las lechuzas. Iban confiados, esperando que nada ni nadie podría salvar a los gerundenses.
Pero se equivocaron. Y cuando se dirigían a casa del primero, empezaron a oír, llenos de sorpresa, el toque de rebato de una campana. Todos los vecinos, alarma­dos, se echaron a la calle. «¡Es la Susana!», decían, por el nombre de la campana del Mercadal.
Y cuando subieron al campanario, vieron, llenos de pasmo, que la campana sonaba sola, como impelida por unas manos poderosas e invisibles. Y comprendie­ron que ese milagro los había salvado de algún peligro desconocido.

103. anonimo (cataluña)

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