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sábado, 8 de septiembre de 2012

La dama de arintero

Fue en el último tercio del siglo XV cuando ocurrieron los hechos que aquí se relatan.
Un día llegó al pueblo un heraldo de los recientemente casados Isabel y Fernando trayendo el mandato real de que cada casa aportara un guerrero para luchar contra el ejército usurpador de Alfonso V, rey de Portugal, y Juana la Beltraneja. En seguida, los testigos del comunicado se dirigen a sus hogares a contar la noticia.
A la casa de don García, hijodalgo de Arintero y hombre de gran honor y lealtad al trono, llega una de sus siete hijas a la que interroga con premura. Y la hija le comunicó la noticia. Ni él podía ir a luchar para sus reyes, ni tenía un hijo varón al que mandar, lo cual le originaba un hondo pesar y le hacía lamentarse a todas horas.
Hasta que un día, Juana, la hija mediana, se levantó harta de tanta lamentación y dijo:
-Padre, no culpe usted a mi madre pues si alguien tuviera la culpa serían los dos. Pero no sufra más; deme armas y caballo que yo me haré pasar por un muchacho y lucharé por el honor de la familia como el más bravo guerrero.
Y al final su padre accedió.
Al principio, las cosas no fueron fáciles. Pero, en poco tiempo, Juana comenzó a hacerse con las armas; y pronto se convirtió en hábil espadachina. Sus brazos se tornaron fibrosos y su tez se endureció. El resto lo hizo su ingenio.
Por fin llegó la mañana de la partida. La dama de Arintero, convertida ahora en el caballero Oliveros, cabalgó durante varias jornadas al encuentro del ejército de los Reyes Católicos y con ellos se reunió en las puertas de Zamora, ciudad que estaba de parte de su contrincante La Beltraneja. En seguida se dirigió a alistarse y rápidamente se adaptó a convivir con hombres y actuar como ellos.
Y llegaron los tiempos de guerra. Y al cabo de varios meses de asedio, la ciudad no tuvo más remedio que rendirse a los pies del justo rey Fernando. Durante las hostilidades, el caballero Oliveros se ganó el respeto y la admiración de todos por su coraje y entrega en la batalla.
Tras la victoria se dirigieron hacia Toro, pues allí se había hecho fuerte el último batallón del ejército enemigo. Lo encontraron poco antes de llegar a Toro, en Peleagonzalo, y en cuanto formaron filas entraron a la carga. Aquél fue un día de mucho calor, y Juana prescindió de su coraza.
Comenzó la batalla y la dama de Arintero mostró enorme valentía e incluso temeridad. Pero una violenta lanzada le rompió su jubón dejando al descubierto un pecho, y su secreto.
Al final vencieron los Reyes Católicos y, tras el combate, el rey, enterado de la presencia de una mujer en sus filas, la mandó llamar a su tienda. Juana le explicó el porqué de su presencia allí, y el rey le dijo que le concedería lo que pidiera; Juana le pidió libertad, pero el rey le dijo que ese derecho ya lo tenía. Entonces Juana dijo:
-En ese caso, señor, hay algo que me gustaría pediros. Mi tierra os sirve tan generosamente que se está quedando sin varones y tiene que enviar a sus mujeres a la guerra. No consintáis que se despueble y libradla de los azotes de la guerra. No os pido que la libréis de los justos tributos de dinero; libradla de los tributos de sangre; haced que todos sus naturales sean hijosdalgo, y ello engrandecerá el reino.
El rey se lo concedió.
Con los privilegios en mano firmados por el rey, la dama de Arintero se dirigió a su casa, mientras la reina Isabel le dijo al rey que tenían que actuar con prudencia en esos tiempos con respecto a los privilegios que le había concedido a la dama de Arintero
En tres días llegó a La Cándana, a 20 km de Arintero, donde se dispuso a pasar la última noche del viaje en casa de unos parientes. Nada más entrar en el pueblo, al encontrar escenas de la vida cotidiana de su comarca, se sintió entre los suyos. Se dirigió a casa de sus tíos donde pasaría la noche y les enseñó los derechos concedidos por el rey. Pero en ese momento le comunicaron que unos soldados la buscaban al parecer con malas intenciones. Entregó a su pariente el documento con los privilegios reales, rogándole que se lo diese a su padre, pues él sabría dónde guardarlo. Ella sabía que los soldados venían a por ese documento, y se dispuso a luchar contra los rufianes. Y luego abrió la puerta.
A partir de ahí nadie sabe con certeza lo que ocurrió. Hay quien canta su valerosa muerte, y no faltan los que dicen que escapó y posteriormente contrajo matrimonio con un noble asturiano. Lo que sí es cierto es que cumplió su misión, como lo atestigua un escudo que aún se encuentra en Arintero con esta inscripción:

Si queréis saber quién es
este valiente guerrero,
quitad las armas, y veréis
ser la dama de Arintero.
Conoced los de Arintero
vuestra dama tan hermosa,
pues que como caballero
con su rey fue valerosa.

058. anonimo (castilla y leon)

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