El modo de producción azucarera que se ha
desarrollado en las provincias de Jujuy, Salta y Tucumán determinó
desigualdades sociales y económicas que fueron representadas en la figura
conocida como el familiar. El objetivo es dar sentido a una realidad que marca
límites sagrados entre la riqueza y la pobreza.
El mito representa una manera de comprender la
dinámica de la riqueza generada por la industria del azúcar a expensas de la
mano de obra que no ha mejorado sus condiciones de vida. Peones, profesionales,
capataces, empleados y parientes, reconocen en el familiar al personaje que
ofreció un pacto al hombre a cambio de la prosperidad económica: el mismo
diablo.
La tentación fue más fuerte para los propietarios de
los ingenios y se comprometieron a entregar su alma a cambio de la riqueza
obtenida. La presencia del familiar en los oscuros sótanos y siniestros
galpones, procuraba hacer cumplir anualmente el intercambio pactado: cada año
necesitaba recibir un obrero como pago, que devoraba sin compasión hasta saciar
su apetito. Con ese objetivo, el familiar se transformaba en una enorme
serpiente popularmente llamada el viborón,
solo vista por
su víctima.
Con la última molienda de caña de azúcar, se
arrojaba a uno de los trapiches un muñeco que simbolizaba la ofrenda de los
dueños del ingenio, para cumplir con su parte y satisfacer al diablo durante
ese año.
La imagen de un gran perro negro sin cabeza fue
también vinculada a la idea del devorador de obreros que permanecía ferozmente
agazapado en los sombríos recovecos del ingenio.
Mitología y realidad se sustentaban cada año cuando
los pobladores dejaban sus hogares para encaminarse a la zafra, sistema de
producción que se cobraba la vida de los necesitados. El mito del familiar que
simbolizaba las desigualdades sociales se recreaba con la muerte o desaparición
real de un obrero en el ingenio.
Actualmente, se denomina viborón al
arbitrario capataz o injusto jefe de sección.
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