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miércoles, 29 de agosto de 2012

Rojín rojal

El castillo de Puentedeume había quedado vinculado a la casa de Andrade desde los tiempos de Enrique de Tras­tornara; quiso este rey recompensar con él a la familia por un valioso servicio que ésta le había prestado.
El tercero de los señores de Puentedeume fue don Nuño Freire, recordado como un fiero hidalgo, de carácter iras­cible, agresivo y violento, que ocultaba, bajo la aspereza dé sus maneras, caballerescos sentimientos.
Tenía don Nuño varios hijos varones, pero una sola hembra llamada Teresa, cuyo recuerdo se equipara al de un bellísimo ángel de dulce sonrisa y rostro impregnado de melancolía. Todos cuantos tuvieron el extraordinario placer de conocerla no pudieron por menos que amarla por su bondad sin límites y admirarla por su belleza sin par.
Don Nuño tenía un dOncel a quien apreciaba mucho per su constatado valor y evidente coraje: era el popular y gallardo Rojín Rojal. Conservaba, junto a los rasgos de su tierra a la que amaba por encima de todas las cosas, algu­nas huellas de sus ascendientes normandos. Hacía algún tiempo que su carácter alegre y franco había sufrido una transformación, una extraña e inexplicable metamorfosis. Ya no alternaba con sus compañeros en las diversiones y gustaba a menudo de la soledad. Le placía especialmente retirarse al torreón del sur en los ratos que tenía libres. Desde allí podía contemplar la parte más bella de la ría de Arosa, donde años transcurriera su infancia.

Un día fue sorprendidó en su soledad por la hija del señor, la cual, al oírle cantar con voz melodiosa una triste y melancólica canción, no pudo por menos que detenerse. Observando su pesadumbre, le preguntó si tenía amoríos en la la de Arosa.
-Creo que mucho más cerca de mí está lo que verda­deramente adoro -repuso el joven.
-¿Tal vez en Puentedeume? -preguntó de nuevo Teresa con interés creciente.
-Aún mucho más cerca, señora.
Teresa comprendió al punto quién era la causa de la melancolía del joven doncel y bajó, turbada, la vista.
Ella también le amaba.
Desde aquel mismo día Teresa y Rojín Rojal se vieron con reite-rada frecuencia en el torreón del sur. Sabían que sus sentimientos tenían que permanecer secretos y oculta­ron cuidadosamente la dicha de su amor. Pero no faltó quien hiciera llegar rumores al oído del castellano. Don Nuño apreciaba a su doncel, pero consideraba una osadía imperdonable que hubiese tenido el insultante atrevimien­to de poner sus ojos en Teresa. Deseoso de averiguar por sí mismo la verdad, sometió a los dos amantes, por separado, a un interroga-torio. Por más que ambos se esforzaron en disimular y en atribuir sus encuentros a la simple casuali­dad, don Nuño comprendió que se amaban decidiendo poner fin a un idilio que juzgaba totalmente desigual.
Hizo elegir a su hija entre casarse con su pretendiente don Enrique Osorio, perteneciente a una de las más ilus­tres familias de Galicia, y la muerte de Rojín Rojal. Ante tan despiadada y cruel alter-nativa, Teresa claudicó, y poco tiempo, después se convertía en la esposa de don Enrique Osorio.
El mismo día en que se celebraban los esponsales, don Nuño hizo que su doncel acudiese a su presencia y, dándo­le una bolsa de oro, le ordenó que desapareciera del casti­llo para no regresar jamás. Rojín rechazó tristemente el dinero diciendo que no quería abandonar el sitio donde había vivido tantos años. Conmovido don Nuño, que lo estimaba mucho, accedió a que se quédase y obtuvo de él, a cambio, la firme promesa de que haría un esfuerzo para dominar su pasión y de que encerraría su cariño por Tere­sa en lo más profundo de su corazón.
Rojín Rojal cumplió su palabra.
Pareció recobrar su antiguo buen humor viéndosele de nuevo alternar con sus compañeros. Pero nadie podía sos­pechar lo ficticio de aquella animación, ni intuir los desve­los y torturas que pasaba por las noches. Durante horas y horas permanecía asomado a la ventana contemplando la de la cámara nupcial siempre cerrada. Y una noche en que ésta se encontraba abierta, don Nuño le sorprendió en su centinela.
Desde entonces Rojín renunció a tan pobre consuelo, temiendo que se le cerrasen para siempre las puertas del castillo, y no volvió a abrir su ventana.
Teresa, por su parte, aunque rehuía su encuentro y evi­taba su mirada, no le había olvidado. Su marido, que sólo sentía pasión por la caza, no le mostraba el afecto que ella merecía. La recién casada se encontraba más sola que nunca, y a menudo se retiraba al torreón del sur donde, con los más vivos recuerdos de su verdadero amor, encon­traba el consuelo del dulce panorama que ofrece la ría de Arosa.
Una tarde, al ponerse el sol, cuando Rojín Rojal regre saba de su servicio al frente de un pelotón de hombres, divisó en el torreón del sur la figura de Teresa completa­mente sola. Rojín despidió a sus hombres y se acercó cautelosamente. No quería intentar otra cosa que contemplar a su amada desde la oscuridad. Don Nuño, al ver que los hombres llegaban sin su jefe, se encaminó impaciente­mente en su busca y lo encontró con los ojos fijos en el torreón. El joven se encontraba tan absorto, tan abstraído en la contemplación de la bella, que no se dio cuenta de la llegada de su señor. Montó éste en cólera y cuando el don­cel volvió el rostro, le dio un terrible bofetón. Aquello era una infamia que ningún caballero debía de sufrir, soportar ni tolerar, y Rojín Rojal sacando su daga se abalanzó con­tra don Nuño.
Pero el recuerdo de Teresa le contuvo y envainó el arma de nuevo.
Aquel incidente hacía imposible su permanencia en el castillo; montó en su caballo y partió, sin que don Nuño, que en el fondo era un caballero, hiciera nada por prender­le; solamente le recomendó, airadamente, que no intentase volver por allí.
Nadie supo la causa de la ausencia, mejor desaparición, de Rojín Rojal:
Algún tiempo después apareció en el país un jabalí monstruoso que dejó para siempre memoria de sus estra­gos. Se organizaron cacerías y celadas que de nada sirvie­ron. La persecución de la fiera costaba todos los días la vida de algún hombre. El terror que se extendió por la comarca hizo que el castellano de Puentedeume se propu­siera terminar con tan terrible animal. Organizó una gran cacería en la que tomarían parte los mejores y más exper­tos caza-dores de toda Galicia y encomendó la dirección de la misma a su yerno.
Teresa, contra lo que era costumbre, fue, invitada por su marido para presenciar tan grande acontecimiento. Nin­gún sitio le pareció a éste más seguro para un espectador que el puente que cruza el Lambre, poco antes de desembocar en la ría de Ares. Frente a él se extendían, como un anfiteatro, las laderas en las que se iba a desa-rrollar el es­pectáculo.
Teresa descabalgó en el puente, y don Enrique, muy a pesar suyo por tener que convertirse en un mero especta­dor, se quedó acompa-ñándola como correspondía.

Comenzó la batida: las trompas de caza se oyeron cada vez más cerca. Ante la emoción de la cacería desapareció la habitual tristeza del rostro de Teresa.
Don Enrique no creía que la fiera pudiese salir del cer­co con que se le había rodeado. Pero no cayó en la cuenta de que, en caso de que burlara a sus perseguidores, la úni­ca salida que había quedado por tomar, en aquel laberinto era precisamente el puente donde se encontraban él y su esposa.
En efecto, de pronto, el gigantesco jabalí, hostigado y furioso, apareció ante los ojos a la entrada del puente. Don Enrique le lanzó un venablo que se clavó en el costado de la fiera y que no hizo otra cosa que enfurecerla todavía más. Entonces, en vez de defender a su compañera como era su deber de noble, de hombre, y por encima de todo de esposo, se puso a salvo tirándose al río. El jabalí se lanzó sobre la indefensa Teresa, despedazándola, mientras que el marido que su padre le había impuesto alcanzaba la orilla del Lambre.
La trágica muerte de Teresa fue un golpe tremenda­mente duro que abatió de una vez por todas y para siem­pre la jactancia de don Nuño. Inconsolable, se encerró en su castillo, mientras don Enrique, avergonzado por su co­bardía y víctima del desprecio general, se retiró a su señorío.
Cuenta la tradición que a los pocos días de tan trágico suceso la gigantesca fiera apareció tendida en el puente, que desde entonces se llama el Porco, en el mismo sitio en que, habia despedazado a Teresa. En su corazón tenía cla­vado el cuchillo de Rojín Rojal.
Don Nuño, arrepentido de no haber dado a su hija tan gran y valiente caballero, mandó buscarle deseoso de re­conciliarse con él. Pero fueron inútiles los intentos: Rojín Rojal había desaparecido.
Nadie supo jamás nada de él.

105 anonimo (galicia)

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