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miércoles, 29 de agosto de 2012

Odjáa sima y el ze mintzón

Por los contornos del poblado de Akonibe Obuc, distrito de Nsor, un «Ze Mintzón» sembraba el pánico en los rebaños de ovejas y de cabras y traía a maltraer a todos los habitantes de la región: constituía un riesgo aventuarse a salir solo, según a que horas del día y, sobre todo, de noche.
Ante situación tan alarmante, el valeroso Odjáa Sima dijo a sus hermanos:
-Para poner remedio a la desaparición de nuestras cabras y ovejas y al posible daño de las personas, a partir de hoy, siempre que salgáis de vuestras casas, salid en grupos de tres o de cuatro. Que los niños no salgan del poblado, sin que una o varias personas mayores los acompañen.
La prudente recomendación de Odjáa Sima fue acatada con prontitud y puntualidad por todos los vecinos del poblado; pero, con todo, cabras, ovejas y otros animales domésticos seguían siendo víctimas del terrible y misterioso «Ze Mintzón». Las numerosas trampas que le prepararon no consiguieron atraparlo. Odjáa Sima intentó montar la vigilancia, pero nadie le prestaba concurso.
Cierto día, Mba Ondó, sobrino de Odjáa Sima, que sólo contaba catorce años, salió a las cercanías del poblado, en busca de unas cañas de azúcar, en la finca paterna. El adolescente desobedeciendo el cauto consejo de su tío, salió solo.
Ya Mba Ondó estaba a punto de echar el haz de cañas al hombro, cuando se abalanzó sobre él el terrible «Ze Mintzón». Un grito de horror llegó a los oídos de los que estaban en el Abá (casa de la palabra). Inmediatamente, adivinaron el causante del grito.
Con la rapidez e impetuosidad de un violento tornado, salieron todos del Abá; se armaron con lo primero que hallaron a mano, y volaron en dirección al despavorido lamento. Mas, ¡oh dolor!, llegaron tarde.
En un charco de sangre, -horror daba verlo, yacía, palpitante aún, el cuerpo de Mba Ondó, pero sin corazón, pues el cruel «Ze Mintzón» se lo había arrancado. Lloros, vituperios, maldiciones de hombres y mujeres contra la temible fiera... pero todo inútil.
La trágica muerte del sobrino sorprendió a Odjáa Sima en el cafetal que tenía a kilómetro y medio del poblado, donde estaba limpiando los cafetos de chupones. Dejó el trabajo, y corrió al lado de los restos del sobrino.
En dolido silencio con gesto tranquilo y decidido comenzó a afilar con la lima el cortante machete. Entró en casa. Cogió dos frutos de Ndón. Masticó, sin pestañear, sus semillas. Tomó del fuego un rojo tizón y se lo tragó incandescente. Finalmente, se colgó al cuello su «abuboyan» (amuleto). Llamó a sus hermanos de tribu y les habló en estos términos:
-Hermanos, hasta el presente, hemos intentado defendernos de la terrible fiera, pero no lo hemos conseguido. Empuñad, pues, vuestras armas, para liquidarla de una vez.
Nadie, de los allí reunidos, se atrevió a secundar los propósitos de Odjáa, quien, en vistas del fracaso, salió solo al encuentro de la temible fiera. No tardó mucho en encontrarse frente a frente del depredador de vidas.
La lucha era inevitable; las fuerzas, desiguales, por lo que Odjáa recurrió a la astucia: cogió el machete con la izquierda, simulando que era zurdo. «Ze Mintzón» le dio una dentellada en dicho brazo, obligándole a soltar el machete. Con rapidez felina, Odjáa clavó sus afilados dientes en la garganta de la fiera. Mantuvieron una dura e incierta lucha, cuerpo a cuerpo, hasta que Odjáa recuperó su machete con la mano derecha. Entonces, logró enfundarlo reiteradas veces en el disforme cuerpo del terrible animal, que tuvo que abandonar la pelea y darse a la fuga.
Odjáa fue siguiendo el rastro de sangre que dejaba el enemigo. Llevaba cuatro kilómetros de fatigosa persecución, cuando, detrás del «Akun» (basurero) de un primo suyo, vio yacente al que fuera el azote de los contornos. Sin pérdida de tiempo, le cortó la cola, las orejas y los bigotes: constituían los trofeos del vencedor.
Odjáa, como si tuviera alas en los pies, llegó presuroso al poblado, donde encontró a los suyos con los cantos rituales por la defunción de Mba Ondó. Les mostró los trofeos arrancados a la fiera. La espectación, primero, y el entusiasmo, después, fueron creciendo, a medida que Odjáa contaba su feliz aventura con la fiera temible. Los vivas de los hombres y los gritos de alegría de las mujeres resonaban la silenciosa selva; pero dominando el entusiasmo humano, las tristes notas del Nkú anunciaban el fallecimiento del sobrino de Odjáa, dueño de la terrible fiera que exhaló el último aliento en las inmediaciones de su casa.
El valiente Odjáa, puesto en pie, pidió silencio y dijo a sus hermanos:
-Tenéis a la vista un ejemplo de lo que debéis hacer cuando algo os molesta: no tenéis que cejar hasta aniquilarlo, como yo mismo he hecho: a partir de hoy, todos podéis vivir en paz. Disponed la sepultura para Mba Ondó; cantad y bailad, pues ya no existe el peligro.
A partir de esta hazaña, el poblado de Akonibe ha sido siempre uno de los más valerosos y decididos.

111. anonimo (guinea ecuatorial)

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