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miércoles, 29 de agosto de 2012

Nkut y oteteñ

Hace muchos años, en un apacible poblado de la selva ecuatorial, vivían dos honrados matrimonios. Sus cabezas de familia eran, respectivamente, Bibás-Bidsop y Ngomdan. El hijo del primero, Nkut, estaba locamente enamorado de Oteteñ, hija del segundo. Ambos temían que sus padres, conocedores de su enamoramiento, lo dificultasen, pues aun eran jovencitos. Por ello, tomaban todas las precauciones para no manifestar el afecto que recíprocamente se tenían. A hurtadillas, y de vez en cuando, se comunicaban por señas a través de un ventanuco frontero en la parte trasera de sus contiguas viviendas.
Cierto día Nkut y Oteteñ acordaron encontrarse a la orilla del río lento que discurría a cien metros del poblado. En el lugar de la cita estaba la tumba del que fuera, durante muchos años, encúcuma del poblado. Un corpulento «anvut-besek» protegía la sepultura con su verde follaje y la preservaba de los rigores del sol con grata sombra.
Nkut, que concilió difícilmente el sueño aquella noche, llegó con anticipa-ción al sitio del encuentro. Sentóse en el borde del sepulcro, cuando, ¡horror!, una leona con la boca abierta y tinta en sangre avanzaba hacia él. Echó a correr y, en la precipitada carrera, perdió el pañuelo que habitualmente llevaba en torno al cuello.
La leona atrapó el pañuelo, lo dividió en dos mitades, que abandonó luego, rojas de sangre. Ella misma, calmada la sed en el río, se fue en busca de nuevas presas.
Cuando Nkut creyó que el peligro de la leona había desaparecido, desanduvo el corrido camino, con las debidas precauciones. Su corazón se acongojó duramente al ver junto al sepulcro el jirón del pañuelo tinto en sangre. En el escenario de su enamorada mente, se le representó viva la dolorosa tragedia de su amada Oteteñ, devorada por la cruel leona. ¿Sería capaz de sobrevivir separado de su Oteteñ? El penetrante y afilado cuchillo, que llevaba a la cintura, dio respuesta a esta angustiosa pregunta y cortó el hilo primaveral de Nkut.
Habían transcurrido breves instantes, cuando llegó Oteteñ, descui-dada y amorosa, para abrazarse con Nkut; pero, ¡oh dolor! ¿qué ven sus ojos? ¿Quién puso término a la vida de su amor? ¿Podría seguir viviendo sin él? Sin esperar respuesta, con crispada y convulsa mano, envaina en su pecho el puñal caliente, que la mano de Nkut abandonó en tierra.
La roja sangre de los jóvenes amantes fue absorbida, fecunda y caliente aún, por las raíces del «anvut-besek», que amparaba la tuma del antiguo jefe. A partir de hoy, no sería una tumba sola, serían dos -una con dos cadáveres- las cobijadas por el «anvut-besek».
A diario pasaban las madres de los infortunados jóvenes al lado de su sepulcro, al ir y regresar de sus fincas. Nada extraordinario llamaba su atención, sino era la herida incurable que la trágica muerte les había causado. Mas, cuando llegó la época en que los frutos del «anvut-besek» están en sazón, quisieron comer de ellos; ¡cuál no fue el asombro de las madres al partirlos! La pulpa estaba moteada como de gotas de sangre: cosa no vista hasta esta cosecha. ¿Qué había pasado? Se corrió la voz, y así lo conservó la tradición, de que la sangre de Nkut y Oteteñ, absorbida por el «anvut-besek», es la que ha coloreado sus frutos por dentro.
A partir de este año, pesa la prohibición sobre los habitantes del poblado de comer los frutos del «anvut-besek».

111. anonimo (guinea ecuatorial)

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