Vivía en Escocia un granjero felizmente casado,
trabajador y responsable, al que sólo le faltaba una cosa en la vida: soñar. No
había soñado nunca y deseaba hacerlo para saber cómo era. Un día que hablaba
con su señor, éste le dijo que se acostara junto a la chimenea y que se
despertaría cansado de soñar a la mañana siguiente.
Así lo hizo el granjero, que puso el colchón a los
pies del fuego, y se disponía a dormir cuando oyó que llamaban a la puerta. Era
un mensajero que traía, de parte de su señor, el encargo de que llevara una
carta a América.
El granjero se dispuso a hacerlo enseguida.
Se despidió de su mujer y echó a andar hasta encontrar
a un vaquero, al que le preguntó si iba por el buen camino.
-Vas bien -le dijo-, pero tienes que cruzar el mar,
así que pide ayuda a una gaviota.
Así lo hizo el granjero y, subido a lomos de un ave
marina, empezó a sobrevolar el ancho mar camino de América.
Pero ocurrió que la gaviota se cansó pronto de su peso
y le pidió que se bajara. De pronto el mar se convirtió en un prado en el que
trabajaban unos hombres.
El granjero pidió auxilio y uno de ellos le alargó una
horca con la que estaba trillando. El hombre se agarró a ella y por fin la gaviota
siguió volando sin desfallecer.
Pero enseguida el trillador, le pidió que soltara la horca
porque también le pesaba demasiado.
Estaba el granjero a punto de caer cuando el prado
volvió a ser mar y vio un barco velero.
El granjero pidió al pescador que lo pusiera justo
debajo de él para poder dejarse caer a bordo. El pescador así lo hizo y pidió
al granjero que tirara primero un zapato, a ver si ya estaba justo debajo. El
granjero lo tiró y... su mujer lo despertó gritando:
-¿Quieres matarme a zapatazos, hombre?
¡Todo era un sueño!
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