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viernes, 3 de mayo de 2013

El misterio de las ciudades abandonadas

¡Cada monumento maya
era un calendario convertido en piedra!
C. W. CERAM

Los siguientes párrafos son, en parte, un extracto del capítulo XXXI del famoso libro Dioses, tumbas y sabios, escrito por Kurt Wilhelm Marek (C. W Ceram) en 1949. El título de dicho capítulo es también el que se emplea aquí para encabezar la leyenda de los mayas: una aventura maravillosa que es, en palabras de Ceram, uno de los procesos «más asombrosos de la Historia».

Los arqueólogos y exploradores del siglo XIX tuvieron ocasión de asombrarse ante los restos de la prodigiosa cultura maya. Los mayas representaron la cumbre de la ciencia y la cultura desde el norte del Yucatán hasta Copán, en la actual Honduras; y desde Tikal, en Guatemala, hasta Palenque, en Chiapas. Durante al menos un milenio los mayas ocuparon estos territorios y desarrollaron el método más ajustado de cómputo del tiempo, más preciso aún que el que se realizó para el calendario juliano, el calendario gregoriano o el moderno cálculo astronómico. Las matemáticas eran para ellos casi una religión y, sin duda, eran la base científica de su cultura. Todo en el mundo maya es representación numérica, calendario sin fin: las columnas, los frisos, las escalinatas, los altares... cualquier edificio está coronado y rodeado por símbolos numéricos (tzolkin, haab, cumhu, etc., etc.) Los investigadores aprendieron a contar los meses y los años de aquella insondable civilización pero a duras penas conseguían saber a qué se referían. En otras palabras: no se conocía la historia de los mayas.
La ciencia arqueológica había descubierto algunos fragmentos de un texto conocido como los «Libros de Chilam Balam», con anotaciones mixtas de español y maya, pero sólo un documento hallado en 1860 revelaba la verdadera historia del pueblo maya. Afortunadamente para los arqueólogos este manuscrito de Chilam Balam fue fotografiado antes de que desapareciera «en condiciones bastante misteriosas». Pero en fin, algo se podía saber de los escurridizos habitantes del Yucatán. Se supo, por ejemplo, que Chichén Itzá fue un prodigio de grandeza y lujo; se supo que hubo traiciones y guerras; y se conocieron las fundaciones de Mani y otras grandes ciudades. También se descubrió cuán fácil fue para los españoles acabar con el pueblo maya.
Los estudiosos, sin embargo, distinguían el Antiguo Imperio Maya del Nuevo Imperio. Decían que el Nuevo Imperio surgió, apro­ximadamente, en el siglo VIII de nuestra era y que se distingue del Antiguo porque, incomprensible-mente, los mayas se trasladaban de un lugar a otro, hacia el norte, abandonando ciudades y constru-yendo otras completamente nuevas, pero tan grandiosas como las que habían abandonado.
Naturalmente, los investigadores no acertaban a componer tan extraño rompecabezas y se preguntaban: «c- Quieren decir con esto que el pueblo maya ha abandonado su bien organizado Imperio, sus plazas fuertes y su territorio para edificar un nuevo Imperio más al norte, en medio de la inseguridad de una comarca virgen?».
En efecto, los mayas avanzaban en un territorio selvático, agreste, lleno de peligros, en una zona establecida entre Tabasco, Chiapas, Guatemala y Honduras.
Los misterios de esta civilización se agudizan aún más: los mayas construían una pirámide en medio de la selva, pero estas constru-cciones no guardaban relación con acontecimientos políticos o sociales (enterramientos, nacimientos, victorias, ofrendas, etc.), sino que se erigían simplemente porque así lo exigía el prodigioso calendario que regía sus vidas. Cada cinco, diez o veinte años, hacían elevar una torre. En ocasiones, y aún no se sabe por qué, volvían a las antiguas pirámides abandonadas y las revestían de nuevo, añadiendo en los capiteles y los frisos nuevas fechas y calendarios.
Lo cierto es que, llegado un momento concreto, los mayas abandonaban sus ciudades y marchaban a otro lugar, generalmente al norte, donde fundaban otra urbe semejante en todo a la que habían dejado atrás. No puede decirse que unos cuantos nobles huyeran y fundaran otra ciudad, no: se iban todos, recogían cuanto tenían y olvi­daban para siempre el antiguo emplazamiento. Ni uno solo de los mayas quedaba en la ciudad vieja: ésta sería pronto comida por las selvas y los huracanes. Sus murallas se venían abajo, cuando las raíces levantaban sus cimientos; arbustos y maleza crecía en las grietas y entre la piedra labrada; las calles, los patios y todo el esplendor de una gran ciudad quedaban en pocos años sumidos en el más profundo de los olvidos.
Para comprender un tanto lo insólito de este comportamiento, Ceram lo explica con el siguiente ejemplo: «Imaginemos, por ejemplo, que todo el pueblo francés, después de haber vivido una historia mile­naria, emigrase de pronto a Marruecos para fundar allí una nueva Francia; que abandonase sus catedrales y sus grandes urbes, que repen­tinamente los habitantes de Marsella, Toulouse, Burdeos, Lyon, Nantes y París, emigraran.
«Y no sólo esto, sino que al llegar a Marruecos empezaran inme­diatamente a construir nuevas ciudades y catedrales idénticas a las que abandonaron en Francia.»
El atinado ejemplo de Ceram es muy ilustrativo. Así sucedía de hecho y los estudiosos comenzaron a imaginar hipótesis: era necesario encontrar alguna razón para explicar un comportamiento que cualquier persona civilizada consideraría absurdo. Por ejemplo, se supuso que habían sido las guerras o ciertas invasiones lo que obligaba a los mayas a retirarse. Sin embargo, esta explicación carecía de fundamento, ya que los mayas eran en aquel tiempo el pueblo más rico y poderoso de la zona, y ninguna otra cultura podía acercarse, ni de lejos, a su poder bélico. Otra opción era razonar que fueron catástrofes naturales, como huracanes o riadas, lo que hacía huir a este pueblo; pero no hay rastro de estas supuestas tragedias meteorológicas. ¿Epidemias? ¿Cambios climáticos? ¿Revoluciones?
No hay más que hipótesis y ninguna parece demasiado atinada: los arqueólogos sólo saben, a ciencia cierta, que los mayas abandonaban sus ciudades y se internaban en la selva para construir otra ciudad idéntica o muy parecida. ¿Cómo explicarlo?

La teoría más aceptable la ofreció el profesor S. G. Morley. Según sus apreciaciones, todo radicaba en un pequeño detalle: los mayas no conocían el arado.
La civilización maya se asentaba en unos principios sociales muy rígidos: los mandatarios (almehenoob, los que tienen padres y madres, nobleza genealógica) y el pueblo. Entre los mandatarios estaban, naturalmente, los príncipes y los descendientes, pero también los sacerdotes, los sabios y los astrólogos. Estos vivían en los palacios, en las sólidas construcciones pétreas, dentro del recinto de la fortaleza. Fuera de ella vivía el pueblo común: el único destino de este pueblo era servir a los grandes señores, en los sacrificios y en la alimentación. Su vida era trabajar para el príncipe o halach uinic; ofrecían dos tercios de su trabajo a los habitantes de la fortaleza y sólo se quedaban con el tercio restante, a pesar de ser muchos más en número.
Esta estructura social era, como avanzamos, muy rígida: lo cual quiere decir que la única conexión entre el poder y el pueblo era el dinero, los alimentos y los hombres que los miserables entregaban a los nobles y los sacerdotes. Curiosamente, los sacerdotes y los astrólogos nunca se preocuparon de los trabajos de los campesinos, de modo que el pueblo maya subsistía quemando zonas periféricas y sembrando sin arado, sin carros ni bestias de carga, todo con los medios más precarios y primitivos. Así que, como afirma Ceram, el mismo pueblo que llegó a la cumbre en obras científicas era incapaz de hacer frente a la escasez de alimentos.
Cuando unas tierras se consumían, los mayas no sabían cómo obtener de ellas más fruto y el hambre acuciaba tanto a los nobles como a los desgraciados campesinos. Y por tanto, emigraban: poco importaba a los poderosos estos continuos desplazamientos: eran los miserables los que construían las pirámides, los templos y las murallas, y los que de nuevo con sus rudimentarias herramientas deberían extraer todo el jugo a una tierra que no sabían trabajar.
Aún queda por confirmar esta teoría. Tal vez un día algún estudioso descubra las verdaderas razones de estos misteriosos viajes. Quizá en esos antiguos calendarios esté aún escondida la explicación a tan extraño comportamiento. Todas las civilizaciones han buscado el lugar mágico, el centro del universo, y las catedrales, las pirámides y los grandes templos no están situados al azar, sino que se corresponden con reglas precisas, místicas, astronómicas, científicas o supersticiosas. Acaso los mayas buscaban un lugar en el mundo, un lugar ciertamente especial, secreto, misterioso, mágico...

Fuente: Jose Calles Vales

0.081.3 anonimo (sudamerica) - 018

Catalina

Este extraordinario suceso aparece en un libro que tuvo cierta fama en los siglos XVIII y XIX Fue escrito por un abad benedictino de Sénones, en la Lorena francesa: el Padre Agustin Calmet. Su ensayo se titulaba Tratado sobre las apariciones de espíritus y sobre los vampiros (1751). En la segunda parte de este trabajo, el abad describía con minuciosidad algunos hechos verdaderamente asom-brosos.
En uno de ellos habla de Catalina, una muchacha que vivía en Perú, en la región de los ititanos. No dice el autor cuándo acaeció este suceso, pero es de suponer que desde el siglo XVII la historia de Catalina era bien conocida.
Al parecer, esta joven murió a la edad de dieciséis años y las circunstancias de su fallecimiento fueron desgraciadas. Según el cronista, Catalina había cometido muchas perfidias y sacrilegios, y su vida había sido una retahíla de pecados y lujurias, porque era fornicadora hasta límites insospechados. Aún los doctores no habían certificado su muerte, cuando el cuerpo se vio atacado por una infección espantosa y la piel se cubrió de llagas purulentas y gusanos. El olor era tan penetrante y asqueroso que los familiares tuvieron que sacar el cadáver a la calle, para evitar que la pestilencia invadiera la casa.
Los presentes aseguraban que se oyeron ladridos de perros y aullidos de chacales. Ese mismo día, un caballo conocido por su docilidad se puso nervioso y comenzó a relinchar con gran temor, y a expulsar babas por la boca. Daba tan violentas coces que rompió las ataduras, se partió una pata y se hizo profundas heridas en el cuello.
No acaban aquí los sorprendentes sucesos de aquella funesta noche: un muchacho dormía plácidamente cuando una misteriosa mano tiró de su pie, sacándolo de la cama y arrastrándolo por la habitación. Y una joven criada que había en la casa recibió un golpe fuerte en la espalda, del que se estuvo doliendo muchos días.
Todos estos sucesos acaecieron, como dice Dom Calmet, «antes de que se inhumase el cuerpo de Catalina».
La casa de la difunta parecía poseída por su espíritu o alma en pena. En la casa habitaba una sirvienta que, como el otro muchacho, fue sacado de la cama por una mano fría e invisible, que tiraba de su pie. Y fue arrastrada por toda la casa, golpeándose con los quicios de las puertas y los muebles. Esta misma sirvienta contaba que, en cierta ocasión, había entrado en la habitación de Catalina para coger unos vestidos, y vio allí mismo a la muerta con una vasija de barro en las manos: con el rostro comido por las llagas e inflamado en ira, lanzó la vasija contra la criada y estuvo a punto de abrirle la cabeza. La madre de Catalina acudió a la sala cuando oyó aquel estrépito y vio que sin que nadie tocara nada, los objetos se estrellaban contra los muros, las paredes y las puertas. Los ladrillos de la casa se movían y las paredes temblaban...
Avisaron los padres de Catalina al cura de la aldea y éste les confirmó que su hija era una «reviniente», cuyas maldades en vida seguían siendo maldades en la muerte. Acogida por el demonio, Catalina seguiría en aquel lugar durante siglos y siglos hasta que Dios se apiadara de ella. Prueba de que Catalina, perversa y lujuriosa, no había sido recibida por el Señor. fue que cuando el cura entró en la sala donde había muerto, encontró un crucifijo desclavado y partido en tres piezas.
Los padres, los hermanos y los criados de Catalina abandonaron aquel lugar e hicieron quemar la casa y sembrarla con sal. Al cabo también encargaron muchas misas por el alma de Catalina, de la cual no se supo nada en adelante.

Fuente: Jose Calles Vales

0.081.3 anonimo (sudamerica) - 018

El caballero tristán y el dragón

Tristán era un noble y valiente caballero. Su nombre era si­nónimo de honor y lealtad y no había persona en todo el pueblo que no lo admirara. había ya corrido muchas aven­turas en las que había enfrentado peligros sin nombre y peleado contra los más feroces oponentes, desde hombres hasta gigantes.
Pero llegó un día en que debió partir del reino en que vivía pa­ra cumplir una misión que parecía muy fácil: ir hasta Irlanda y so­licitar la mano de la hija del rey de aquel lugar, la bella Isolda, pa­ra que se casara con el tío de Tristán, el rey.
Tristán no perdió tiempo y partió presto a cumplir esa misión.
Al llegar al reino de Irlanda notó algo extraño: nadie transita­ba el camino real. Este hecho le resultó muy sorprendente ya que el camino real o principal, en aquellos tiempos, conforme uno se iba acercando al castillo del rey, comenzaba a ser cada vez más transitado por heraldos, caballeros, comerciantes y todo tipo de gente.
Al llegar a la imponente fortaleza Tristán sintió el olor de la muerte y el sufrimiento en sus muros. Las puertas permanecían cerradas y varios soldados estaban apostados en las murallas y torres.
-Soy el caballero Tristán y vengo como embajador de mi rey a pedir la mano de la bella princesa Isolda.
Los soldados abrieron las puertas y le permitieron pasar, pero no dejaban de mirar hacia el exterior, y no realizaron ninguno de los rituales y ceremonias que la ocasión ameritaba.
-Quiero ver a vuestro rey -declaró Tristán con todo el énfasis del que era capaz de darle a su voz.
Y sin más preámbulos fue llevado al salón principal donde se encontraba el rey de Irlanda y toda su corte. El noble caballero percibió de inmediato que algo muy malo estaba sucediendo en esas tierras.
-Bienvenido eres, noble Tristán, aunque nuestros corazones nos impiden honrarte como es debido ya que nuestro tiempo es amargo.
-¿Cuál es la causa de esa amargura, Su Majestad? -preguntó el caballero con el ceño fruncido.
-Una terrible criatura, una horrible bestia salida de los mis­mos abismos del infierno, nos ha hundido en la pena más honda. Un abominable y sanguinario dragón merodea por nuestras tie­rras y exige un sacrificio humano todos los días al amanecer.
-¿Cómo es eso? -preguntó el caballero cada vez más preocupado.
-El dragón nos amenaza con devorar a todo el reino si no le entregamos una doncella todos los días. Nuestros más valientes caballeros han enfrentado a la horrible bestia pero todos han en­contrado una muerte atroz en sus fauces.
-Majestad, no podéis permitir que continúe esta situación, más tarde o más temprano vuestro reino quedará devastado. Yo enfrentaré al dragón en vuestro nombre.
El rey lo observó durante algunos instantes.
-Ésta no es tu tierra ni tu gente, eres un invitado y no puedo permitir que mueras a manos de esa horrible criatura.
-No moriré, ¡ella morirá!, ¡yo seré el vencedor de esta con­tienda! -Y acercándose con paso decidido al rey le pidió con fir­meza: Dadme vuestra bendición, Majestad, para ir a enfrentarme con el dragón.
El rey suspiró y dijo:
-No sólo te daré la bendición sino que también te daré las me­jores armas de que dispongo para semejante y desigual combate.
Tristán sonrió, saludó al rey y partió con los guardias para ata­viarse como correspondía para la batalla. Y acatando las órdenes del rey, sus servidores le colocaron la mejor armadura y le entre­garon la mejor espada y el mejor escudo. Luego la guardia real lo acompañó hasta las mismas puertas del castillo.
Tristán salió a la oscuridad de la madrugada y miró cómo los soldados retrocedían corriendo para atrancar y asegurar las puer­tas otra vez. Pronto estuvo completamente solo en los muros ex­teriores. Avanzó con su caballo hacia el camino real y luego se de­tuvo bajo la luz de una luna que empalidecía porque estaba ya comenzando a amanecer.
El caballero se dispuso a esperar pacientemente, mientras aguzaba la vista para descubrir al dragón.
El rocío de la mañana humedecía el aire tornándolo cada vez más frío. Un vaho denso surgía del hocico del caballo y ascendía hasta el yelmo de Tristán.
El sol, por fin, asomó en el horizonte, y cuando todo el disco dorado de refulgente luz acabó de mostrarse por completo, un movimiento y un rugido hacia un costado llamaron la atención del expectante caballero.
Entonces, cabalgó algunos metros y divisó a una gigantesca y terrible criatura, que se desplazaba hacia él levantando una gran polvareda.
De pronto Tristán se detuvo y se dio cuenta de que el dragón, mientras avanzaba lentamente hacia él, apoyando todo su peso en sus anchas patas que terminaban en garras, lo venía observando, como midiendo ya a su inminente rival.
El valiente caballero aprovechó de esa lentitud, para observar, a su vez, al dragón: era gigantesco y de color oscuro, una mezcla de negro y verde. Su cuerpo estaba completamente cubierto de gruesas escamas, sus cuatro patas terminaban en afiladas garras y tenía una cola larga como si fuera de una serpiente gigante.
Pero lo más impresionante de todo era su cabeza: de su boca sobresalían aguzados colmillos; desde sus inmundas entrañas arrojaba un aliento tan pestilente y de tan largo alcance que no só­lo lo percibió de inmediato Tristán sino también el fino olfato de su caballo, que se agitó pegando un relincho; sus ojos eran como dos brasas encendidas del color de la sangre enardecida y del me­dio de su frente surgían dos terribles cuernos rectos, uno debajo del otro.
Tristán no aguardó un instante más y, espoleando su bravo corcel, cargó con la lanza en ristre para embestir a la bestia. Sin embargo, para su sorpresa, al primer impacto la lanza se hizo añi­cos sin siquiera dañar a la monstruosa criatura.
El dragón parecía conocer su invulnerabilidad y esperó el ata­que con la lanza sin moverse. Ahora era su turno de atacar y no lo dejó pasar. Rápidamente arrojó dos feroces golpes de garra que hendieron el aire a la altura de la cabeza del caballero, quien, si no hubiera sido por su brioso caballo, de seguro, la habría perdido.
Tristán cargó nuevamente contra el dragón. Desenfundando la espléndida espada que le había dado el rey de Irlanda, descargó con ella tres feroces golpes que rebotaron contra las gruesas esca­mas del dragón sin siquiera hacerle mella.
El dragón reatacó a su vez, pero Tristán, que también era un hábil jinete, se las ingenió para volver a atacar por el otro flanco. Nuevamente sucedió lo que había pasado la primera vez: el filo de la espada no lograba atravesar las escamas de la bestia.
El dragón se retorcía y se debatía hacia un lado y hacia el otro buscando a su oponente para despedazarlo, pero éste era muy rá­pido y, cuando el dragón giraba hacia un lado, él lo golpeaba con su espada por el otro.
Pronto la feroz criatura se apropió de la estrategia del guerre­ro y amagó volverse, para luego arrepentirse, y aprovechó ese mo­mento para utilizar su arma más mortífera: su aliento flamígero. Sopló con fuerza y por los agujeros de su nariz brotaron llamara­das y humo venenoso que pronto envolvieron al caballo. El bra­vo animal murió al instante y cayó a la tierra.
Tristán, totalmente desconcertado y al mismo tiempo apena­do por esa muerte, saltó de su montura, para no quedar atrapado e inmovilizado bajo su peso. Fue entonces cuando el dragón le arrojó un golpe de garra que le arrebató el escudo y éste se estre­lló contra las rocas del muro y se hizo trizas.
Un guerrero, en medio de feroz combate frente a un dragón, sin caballo y sin escudo...
El dragón inspiró profundamente para largar un nuevo y más poderoso chorro de fuego y veneno y así terminar con la vida del caballero de una vez por todas.
Fue ése el momento en que Tristán supo lo que debía hacer para salvar su vida y alzarse con la victoria. Esperó el instante adecuado y, cuando el dragón estaba bajando la cabeza para emi­tir sus fluidos mortales, se abalanzó sobre la bestia y, aferrando el puño de la espada con sus dos manos, se la clavó en el largo cue­llo con toda la fuerza de la que se sintió capaz. Y fue tan certero el golpe que la punta de la espada logró atravesar el corazón de la espantosa criatura matándola al instante.
Por fin, el dragón que había asolado al reino de Irlanda yacía muerto bajo la espada del noble caballero Tristán.
Todos los moradores del castillo y el pueblo, que se habían protegido tras los muros fortificados, fueron advertidos de la ha­zaña por los hombres del rey que avistaban desde las torres. De inmediato, cuando las puertas del castillo se abrieron y el puente descendió, toda la gente salió corriendo para agradecer y felicitar a su extraordinario salvador.
El rey de Irlanda también venía entre sus súbditos. Se acercó al valiente caballero, le sonrió complacido y lo invitó a su mesa para conversar sobre la misión que le había sido encomendada y que era el verdadero motivo que lo había traído a Irlanda: pedir la mano de la bella princesa Isolda en nombre de su tío, el rey, y con­ducirla luego hasta el castillo, donde se desposaría con él.
Lo que ambos hombres no pudieron ver fue que los hermosos ojos de la dulce Isolda habían estado observando a Tristán desde cl primer momento y que su corazón ya le pertenecía al héroe.
Pero ésa es otra historia...

0.083.3 anonimo (edad media) - 016

El huevo

En una taberna de Lisboa, según cuentan, se habían reunido varios capitanes y almirantes de navíos. Es en esa parte de la hermosa ciudad lusitana llamada Alfama, cuyas calles angostas y empinadas huelen a fritanga de sardina, a berzas cocidas y a vino de saldo. En aquella época era lugar de reunión de gentes marinas y en las posadas y figones podían verse algunos rostros conocidos por su valor en la mar.
Por esos años Portugal había emprendido varias expediciones, pero su máximo interés radicaba en las costas africanas y sólo a duras penas se internaban en el Océano Atlántico, porque era un piélago peligrosísimo y monstruoso. Llegaron, eso sí, hasta las Islas Azores y allí tenían algunas casas de pescadores y algunos cultivos.
El reino de Castilla, por su parte, apenas podía embarcarse en aventuras arriesgadas: la mayor parte del tesoro se dedicaba a sufragar los gastos de la Reconquista, porque Granada aún estaba en posesión de los moros y la única intención de Isabel de Castilla era expulsar a los musulmanes de la Península.
En la famosa taberna de la Alfama estaban algunos caballeros principales y cada cual contaba al por menor las hazañas que habían vivido en sus carabelas y naos. Gon~alves, por ejemplo, contaba que había descubierto en Mauritania una tribu de ojos azules como los teutones y que había sido maravilloso verlos caminar por el desierto en sus camellos, cubiertos con túnicas azules como el cielo. Da Pinto, un marinero del sur, añadía que en las Azores se estaban construyendo unas embarcaciones poderosísimas, capaces de arrastrar ballenas y cetáceos inmensos. Otro marinero malencarado afirmaba haber degollado a cuarenta turcos él solo y que había regresado a Lisboa con un cargamento de oro. Sin embargo, a pesar de sus riquezas, volvía a la mar porque no había cosa que le hiciera más provecho a su salud.
Las fanfarronerías, teñidas de verdades y mentiras, suelen oírse en estas tabernas portuarias. Allí estaba, según cuenta la tradición, un joven capitán de navío, llamado Cristóbal. Como era de natural taciturno, apenas hablaba y sus compañeros quisieron saber en qué andaba y cuáles eran sus proyectos. El joven Cristóbal afirmó que había estado en tratos con la reina Isabel de Castilla y que, tras numerosos intentos y fracasos, había logrado que la monarquía española sufragase los gastos de una expedición arriesgadísima.
-¿Y dónde irás? -le preguntaron.
-A las Indias.
-¿A las Indias? -inquirió Da Pinto. Poco tiene de maravilloso ese viaje, pues muchos de nuestros compatriotas ya han cruzado el Cabo de Buena Esperanza...
-Sí -afirmó Cristóbal, pero yo acortaré el viaje yendo a través del Atlántico.
Los gestos de asombro se reflejaron en aquellos rostros curtidos por el salitre: todos comenzaron a vociferar y a dar palmadas, como si las palabras de Cristóbal fueran indicios de una locura o sinrazón. Afirmaban que al final del Océano había una cascada inmensa llena de monstruos y que los barcos se despeñarían allí y que todos los marineros, incluido Cristóbal, morirían. Otros, más avisados, asegu-raban que la expedición de su amigo fracasaría sin duda porque, para llegar a las Indias, no había más camino que el Cabo de Buena Esperanza.
-¡Ea, Cristóbal! -dijo un marinero anciano. Para que pudieras llegar a las Indias navegando hacia occidente, ¡la Tierra debería ser redonda! Ho, ho, ho... ¡No he oído otra cosa más divertida en mi vida!
-¡Sí! -dijo riéndose Gonçalves. Y si fuera redonda... ¡los moros se caerían hacia los lados! ¡Ja, ja, ja!
-¡Y el agua se derramaría! -vociferó otro, mientras se desternillaba de risa.
-¡Sí, sí! -exclamó Da Pinto, burlándose del joven capitán. ¡La Tierra es redonda como una pelota!
-Redonda como un huevo -dijo Cristóbal enojado por tantas risas.
Los marineros callaron y todos pensaron que aquel muchacho había perdido el juicio y que se arriesgaba a que lo excomulgaran o lo condenaran a la hoguera, porque en aquellos tiempos las palabras de Cristóbal eran tanto como una herejía. Gonçalves tomó un huevo de la cesta que había sobre la mesa y lo colocó en un plato: el huevo comenzó a rodar de un lado para otro, sin rumbo fijo. Así quería demostrar que la Tierra no podría sostenerse y que la argumentación de Cristóbal carecía de sentido. Sin embargo, el joven capitán tomó el huevo en su mano y lo agitó con fuerza, de manera que la película de grasa que rodea la yema se rompiera: después lo colocó sobre el plato por la parte más ancha y el huevo quedó inmóvil. De este modo enseñó que una esfera podía sostenerse por sí misma, y que así estaba la Tierra suspendida en el espacio. Del mismo modo, siendo la Tierra redonda, podría llegar a las Indias dando la vuelta al globo.
Esta anécdota, que algunos autores sitúan en otros lugares y circunstancias, dio origen a la expresión «el huevo de Colón», que se emplea para describir acciones o ideas que son en apariencia difíciles, pero finalmente se resuelven con ingenio.
Cristóbal Colón creyó realmente que las tierras descubiertas por él en 1492 eran las Indias, es decir: Asia. Sin embargo, pronto se conoció que el paraíso encontrado al otro lado del Atlántico era un nuevo continente, maravilloso y fértil, y en el cual se sucederían las aventuras, las leyendas y las historias inverosímiles durante los siglos siguientes.

Fuente: Jose Calles Vales

0.096.3 anonimo (portugal) - 018

La torre del oro de sevilla

Todas las ciudades y pueblos de España pueden contar leyendas, a cada cual más llamativa y apasionante, pero la audacia imaginativa de los andaluces conviene destacarse. Es por ello que en Andalucía cada casa, cada plaza y cada esquina son pruebas de un pasado legendario, misterioso o sobrenatural.
Una de estas pruebas irrefutables es la Torre del Oro. Como se sabe, la torre sevillana vecina del Guadalquivir es una de las maravillas andaluzas y uno de los símbolos de la ciudad. Cualquier sevillano bien nacido asegura que la Torre en cuestión estuvo «verdaderamente» cubierta de oro en tiempos de los musulmanes, y que su resplandor podía verse desde las marismas e incluso desde el mar abierto. Los más exagerados afirmarán que la Torre no sólo estaba cubierta de oro por fuera, sino también ¡por dentro!, lo cual es bastante probable teniendo en cuenta el uso que se le dio en los siglos XV y XVI.
Sin embargo, la leyenda más atractiva respecto a la hermosa Torre del Oro es la que tiene como protagonistas a una hermosa joven y al rey don Pedro I, llamado el Cruel, allá por el siglo XIV. De este rey se cuentan los hechos más sanguinarios y despóticos, y la tradición lo ha colocado como personaje central de narraciones donde es necesario un malvado o un tirano. Pues bien, este don Pedro se había enamoriscado de una dama sevillana cuya hermosura se alababa en todos los patios de Sevilla. La joven, cuyo nombre no se conoce a punto fijo, estaba ya casada con un caballero, pero éste se hallaba fuera de la ciudad por precaución, ya que era de todos conocido que estaba aliado con don Enrique, el hermanastro de don Pedro. Otras versiones aseguran que, simplemente, el caballero estaba «en la guerra». En lo que todos los sevillanos están de acuerdo es que don Pedro comenzó a asediar a la joven y que, cuanto más la veía, más enamorado estaba de ella. Sin embargo, la dama era muy pudorosa y, para evitar tentaciones, se recluyó en un convento a la espera del regreso de su amado esposo.
No gustó nada esta resolución en la corte de don Pedro y, sin tardanza, ordenó que se profanara el retiro conventual y se secuestrara a la hermosa dama. ¿Para qué decir los llantos y las amarguras de la joven prisionera? Los sevillanos aseguran que su pelo era tan semejante a las madejas de oro que de esa comparación le viene el nombre a la Torre donde fue encerrada. Los pescadores del Guadalquivir y los ciudadanos tenían tanta lástima por la muchacha como temor del rey, de modo que comenzaron a hablar de la Torre del Oro por no decir la «Torre de la prisionera» o la «Torre de la infamia», como convenía al caso.
Amargada por su funesta suerte, la dama quiso evitar la causa de sus desdichas y se hizo rasurar la cabeza, mientras lanzaba sus cabellos de oro por un ventanuco de su prisión. Este suceso asombró a los sevillanos, los cuales renunciaron a llamar de otro modo cualquiera a la Torre desde la cual habían visto caer oro verdadero y cierto.
No contenta con tal hazaña, la hermosa joven quiso marcarse el rostro con un puñal y pidió a la vieja que la custodiaba un arma para desfigurarse. La vieja, avarienta y pérfida, salió de la celda, mas, en vez de buscar una daga, se fue a palacio y contó al rey todo cuanto había hecho la joven y cuanto deseaba hacer.
-¡Maldita sea mi suerte! -gritó don Pedro al conocer los hechos, y corrió hacia la Torre donde estaba la dama de los cabellos de oro.
Ya en la Torre, don Pedro perpetró horribles crímenes contra la virtud de la dama y, dejándola humillada y malherida, renegó de ella.
Se dice que la joven volvió al convento y que allí murió de pena y de vergüenza, mucho antes de que su marido regresara.
La maldición que don Pedro hiciera sobre sí mismo se vio cumplida años más tarde en el castillo de Montiel, en la actual provincia de Ciudad Real. Para resolver los derechos de sucesión al trono de Castilla, don Enrique de Trastámara convino una reunión con don Pedro el Cruel y, una vez allí, la conferencia acabó en disputa. Varios nobles se echaron sobre don Pedro y allí mismo quedó muerto. Preguntado Beltrán de Guesclin si había ayudado a don Enrique en el asesinato de su hermanastro, el noble francés replicó: «Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor». Acaecieron estos hechos en el año de 1369.

Fuente: Jose Calles Vales

0.099.3 anonimo (andalucia) - 018

La calle del hombre de piedra

Los caballeros de Sevilla decían que el Mateo era un fanfarrón, un bravucón de mucho pico y poca espada. Las damas, por el contrario, adoraban su porte gallardo y la galantería con que las trataba. Se decía que había seducido a trescientas mujeres sevillanas y que estaba muy avezado en el arte de escapar por los balcones. En una ocasión, Mateo fue perseguido por un marido celoso hasta una taberna del barrio de Santa Cruz. El hombre cornudo pudo seguirlo porque el amante de su mujer iba dejando un rastro de pétalos de geranio por las calles de Sevilla: las flores se le habían quedado prendidas en su capa al saltar por la ventana... pero este desgraciado nunca llegó a encontrarlo y no pudo vengarse de su infamia.
Otras muchas cosas se dicen de este Mateo, llamado por algunos el Rubio. Por ejemplo, según aseguran algunos sevillanos, este donjuán había pasado a América, donde había hecho fortuna con las minas de oro y, por esta razón, se le llamaba Rubio, por el color del oro. Los más entendidos afirman que en cierta ocasión entró en el palacio de los duques de V*** en busca de la joven Elisenda, pero cuando Mateo y la muchacha estaban trabando razones amorosas entró en la alcoba la hermana de la doncella, Elisa, y los sorprendió. Ni corto ni perezoso, Mateo dijo a la intrusa: «Si os quedáis, os contaré lo que decía a vuestra hermana». Y cuando estaba con ambas, vino la hermana mayor, que se llamaba Elvira, pero Mateo le dijo: «Si os quedáis, os contaré lo que decía a vuestras hermanas». Y así lo hizo. Mas, cuando trataba a las tres doncellas, llegó la duquesa, y sorprendió a los cuatro. ¿Qué diréis que dijo Mateo? «Pasad, noble marquesa, que yo os contaré lo que decía a vuestras hijas.» Y en aquel palacio pasó Mateo siete días con sus siete noches, aprovechando que el duque de V*** estaba en la guerra de Flandes.
Pero Mateo no es recordado en la ciudad de Sevilla por sus hazañas amorosas, sino por su impiedad. Su altanería y su soberbia le habían llevado a renegar de Dios, y con frecuencia solía decir que siempre tendría tiempo para arrepentirse:
-¿No dicen los clérigos que con arrepentirse en el último instante Dios nos perdonará? Pues sea, que aún tengo tiempo para gozar de la vida.
Cierto día estaba nuestro bravucón en una taberna con otros amigos suyos, hablando de estas cuestiones o de otras parecidas, cuando sonó la campanilla de un viático. Era costumbre (y ordenanza real) que todos los transeúntes se quitaran el sombrero y se arrodillaran al paso de un viático o procesión de extremaunción. Los guardias tenían orden de arrestar a quien no cumpliera este precepto, propio de gentes piadosas que ven pasar a un sacerdote con los instrumentos del último sacramento.
Todos en la taberna se levantaron con la intención de salir a la calle y cumplir las órdenes reales y, al fin, era muy humano honrar al moribundo que iba a ser asistido en su último instante. Todos, como decimos, salieron a la calle con ánimo contrito, pero Mateo refunfuñó:
-¡Dita sea! ¡Otro muerto al hoyo! ¡Pues yo no me quitaré el sombrero, que ahí enfrente vive una mocita bien galana que quiero enamorar y si me destoco no luciré estas plumas tan hermosas que he mercado esta mañana! ¡Ni me arrodillaré, que hoy mismo he comprado estas medias de a nueve reales y no quiero que se me embarren!
Pasaba la comitiva fúnebre y todos los paseantes se arrodillaron como convenía, excepto Mateo el Rubio, que se puso de jarras en medio de la concurrencia y se envaneció de su soberbia. Entonces se abrió el cielo y pareció que la tierra se partía en dos: un rayo fulgurante cruzó las etéreas salas (como dijo el poeta) y fue a caer en la frente de Mateo, que se convirtió en pura piedra. El barro cedió a sus pies rocosos y se fue hundiendo en el lodazal hasta medio cuerpo. Y allí se quedó para siempre, sin arrepentimiento y condenado eternamente a las llamas del infierno.
Desde entonces, la calle del Buen Rostro (entre Santa Clara y Jesús del Gran Poder) se llamó la calle del Hombre de Piedra. Y quien pase por allí aún podrá observar una piedra: si abre bien los ojos descubrirá los rasgos de un hombre con el gesto asombrado y aterrorizado. Pues bien, el hombre al que está mirando es Mateo, el Rubio.

Fuente: Jose Calles Vales

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Granada

Corría el año de 1481 y Muley Hazén entraba en la maravillosa ciudad de Granada con sus ejércitos. Venían de cumplir una gloriosa hazaña: la conquista de Zahara. Tras el rey moro venían cuatrocientos guerreros montando caballos blancos; llevaban las lanzas adornadas con cintas de colores; las adargas blancas y las mallas ajustadas y lucientes; las aljubas escarlatas brillaban como cl sol; las plumas, los mantos con bordados de oro, las espuelas plateadas, los estribos remachados... Todos eran caballeros cumplidos, los mejores que hubo en Granada, y volvían de Zahara con un gran botín: los cofres de oro y brillantes, espadas de Toledo, escudos de Castilla... y los moros de la Alhambra recibieron a su rey entre vivas de alegría y contento.
Sin embargo, un tesoro traía el rey, para él lo más querido: la joya más preciosa de los castellanos estaba ahora en su poder. Era doña Isabel de Solís, la mujer más hermosa que vieran ojos moros, la más dulce y de buen corazón. Venía en un caballo negro, cubierta la cabeza con un manto grana, y escoltada por seis guerreros almohades engalanados como reyes.
Muley Hazén la llevaba a Granada como prisionera, pero el monarca no sabía que era su corazón el que estaba ya encadenado: amaba casi sin saberlo a doña Isabel y poco a poco su pasión se convirtió en locura. Veía a la hermosa cristiana pasear por los jardines de la Alhambra y ella era la flor más hermosa, la más delicada y fragante.
En cierta ocasión, el rey estaba espiando a su hermosa cautiva desde una celosía y se retorcía las manos preguntándose cómo podría poseerla y hacerla su esposa. Con él estaba el astrólogo Ben Amed, que era también doctor y sabio de la Ley de Alá. El alfaquí conoció de inmediato las pasiones del rey y le dijo:
-Muley Hazén, abrid los ojos y ved si habéis conquistado Zahara o Zahara os ha conquistado a vos. Las estrellas vaticinan la ruina de Granada y las cenizas de vuestros enemigos se levantarán contra vuestro reino...
-¡Callad, maldito agorero! -gritó el rey.
La dulzura y belleza de doña Isabel cautivaron al moro y a los pocos días se les pudo ver conversando entre los jazmines de la Alhambra.
Los historiadores no han podido averiguar si doña Isabel amaba fielmente a Muley Hazén o si sus actos procedieron del temor y el cautiverio. Lo cierto es que la cristiana abjuró de su religión y se convirtió al Islam, llamándose desde entonces Zoraya. Algunos meses después, el rey la tomaba por esposa de su harén y favorita de la corte.
Ha de saberse que este amor irritó a muchos: los Abencerrajes, familia poderosísima en Granada, no veían con buenos ojos la preponderancia de una infiel en la Alhambra y consideraban que aquella situación era peligrosa, con riesgo de traición. Con más odio y rencor se comportaba Aixa. Esta mujer había sido, hasta la llegada de doña Isabel, la favorita del rey y su esposa predilecta. Con ella el monarca había tenido varios hijos, de los cuales el primogénito era Boabdil, llamado a ser el sucesor de Muley Hazén y rey de Granada. Aixa recelaba de Zoraya, la renegada, porque suponía que los hijos de ésta arrebatarían el trono a los suyos; pero aún más le dolía el desprecio con que el rey la trataba desde que doña Isabel llegó a la Alhambra.
El resentimiento y los rencores comenzaron a extenderse por todo el palacio. Aixa conspiraba a espaldas de Muley Hazén e instigaba revoluciones y acechanzas. Contaba, para ello, con los Abencerrajes, los cuales juraron fidelidad a Boabdil, el heredero. Éste fue el comienzo de las guerras civiles de Granada, en las que unos estaban a favor del rey legítimo y su adorada Zoraya, y otros luchaban por la herencia de Boabdil, esgrimiendo la traición de Muley Hazén.
Por entonces doña Isabel se había rodeado de príncipes y caballeros favorables a la conquista cristiana y, desde sus puestos, hacían pactos con Isabel y Fernando, reyes de Castilla y Aragón. Con ira veían los Abencerrajes que su reino se perdía sin remedio y con gran odio Aixa comprobaba que su hijo Boabdil jamás se sentaría en el trono de la Alhambra.
Zoraya logró infundir en el corazón del rey un rencor ponzoñoso y le convenció de que los hijos de Aixa tramaban su muerte. Viendo las guerras que los moros tenían entre sí, Muley Hazén comprendió la verdad de este consejo y mandó degollar a todos los hijos de Aixa, pero ésta actuó con sagacidad y escondió a Boabdil en una torre donde nadie podía encontrarlo. Grandes lamentos se hicieron en la fortaleza cuando se supo que los herederos habían sido muertos y decapitados. No acabaron aquí los sufrimientos, porque el rey ordenó que se presentaran ante él los Abencerrajes y en su presencia los hizo matar a todos sin piedad.
Los fuegos y las batallas podían verse desde las torres de la Alhambra: moros contra moros, hermanos contra hermanos, el reino de Granada se perdía sin remedio. Muley Hazén observaba con dolor este lamentable espectáculo, pero se resistía a ceder el trono a nadie. Unos y otros pedían ayuda a los cristianos, los cuales contemplaban con gusto cómo los sarracenos se mataban entre sí, haciendo más fácil la conquista de los reinos granadinos.
Aixa encendió el corazón de su hijo Boabdil. Éste era un muchacho débil y pusilánime, y sólo por orden de su madre se puso al frente de los Abencerrajes que aún quedaban vivos y de otros caballeros valientes. En el campo y en la montaña se emprendían violentas batallas y los muertos se contaban por miles.
A la vista de estas desgracias, el rey se sentía abatido y recordaba las profecías de su astrólogo. Lamentaba profundamente las guerras civiles y la inútil muerte de sus compatriotas. Envejecido prematura-mente, Muley Hazén dejó el trono a su hermano Abdallah y una noche salió de la ciudad: una pequeña guardia de siete hombres custodiaba la deshonrosa huida del rey humillado. Tras él iba Zoraya, que veía cómo sus deseos de reinar en Granada se tornaban humo. Lentamente fueron ascendiendo hacia las cumbres nevadas, casi sin rumbo. Se dice que el rey, pronto a la muerte, quiso llegar a la Alcazaba Cadima, pero su caballo no quiso detenerse y siguió más allá y más allá... Los granadinos afirman que acabó sus días en las altas cumbres de Sierra Nevada y que está enterrado en las estribaciones de la montaña que lleva su nombre: Muley Hazén, o Mulhacén. De Zoraya o Isabel, las noticias son confusas: hay quien asegura que su corazón no pudo resistir tan vergonzosa huida y que murió de miedo y rencor a los pocos días. Otros, firman que doña Isabel fue recibida con honores por los cristianos, porque gracias a sus intrigas había logrado emponzoñar el corazón de los árabes, los cuales habían acabado matándose entre sí.
El caso es que Boabdil no tuvo resistencia en el asalto a la Alhambra. El hermano de Hazén, el cobarde Abdallah, se rindió al cabo de pocos días y el nuevo rey Boabdil y su madre Aixa subieron al trono de Granada.
Isabel de Castilla y Fernando de Aragón apremiaban a sus huestes y la ciudad se vio rodeada de cristianos dispuestos a acabar con la dominación árabe. Diezmados por las guerras intestinas, los moros no pudieron soportar el asedio castellano durante mucho tiempo y, tras crudelísimas batallas, el rey Boabdil, llamado el Chico, entregó la ciudad el día 2 de enero de 1492. Por la puerta de Hierro tuvo que huir una noche de terror y sangre, y subió a las montañas como antes había subido su padre, lleno de amargura y remordimientos. Al volverse atrás, con los ojos arrasados en lágrimas, vio por última vez la joya de los musulmanes: la ciudad de Granada y la fortaleza roja, la Alhambra. Allí ondeaban gloriosas las enseñas de Castilla y León, y al ver cuánto se perdía, Boabdil se arrodilló en tierra y comenzó a llorar con una pena que rompía el alma. Pero su orgullosa madre lo miró con desprecio y le dijo:
-Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre.

Fuente: Jose Calles Vales

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