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viernes, 3 de mayo de 2013

Granada

Corría el año de 1481 y Muley Hazén entraba en la maravillosa ciudad de Granada con sus ejércitos. Venían de cumplir una gloriosa hazaña: la conquista de Zahara. Tras el rey moro venían cuatrocientos guerreros montando caballos blancos; llevaban las lanzas adornadas con cintas de colores; las adargas blancas y las mallas ajustadas y lucientes; las aljubas escarlatas brillaban como cl sol; las plumas, los mantos con bordados de oro, las espuelas plateadas, los estribos remachados... Todos eran caballeros cumplidos, los mejores que hubo en Granada, y volvían de Zahara con un gran botín: los cofres de oro y brillantes, espadas de Toledo, escudos de Castilla... y los moros de la Alhambra recibieron a su rey entre vivas de alegría y contento.
Sin embargo, un tesoro traía el rey, para él lo más querido: la joya más preciosa de los castellanos estaba ahora en su poder. Era doña Isabel de Solís, la mujer más hermosa que vieran ojos moros, la más dulce y de buen corazón. Venía en un caballo negro, cubierta la cabeza con un manto grana, y escoltada por seis guerreros almohades engalanados como reyes.
Muley Hazén la llevaba a Granada como prisionera, pero el monarca no sabía que era su corazón el que estaba ya encadenado: amaba casi sin saberlo a doña Isabel y poco a poco su pasión se convirtió en locura. Veía a la hermosa cristiana pasear por los jardines de la Alhambra y ella era la flor más hermosa, la más delicada y fragante.
En cierta ocasión, el rey estaba espiando a su hermosa cautiva desde una celosía y se retorcía las manos preguntándose cómo podría poseerla y hacerla su esposa. Con él estaba el astrólogo Ben Amed, que era también doctor y sabio de la Ley de Alá. El alfaquí conoció de inmediato las pasiones del rey y le dijo:
-Muley Hazén, abrid los ojos y ved si habéis conquistado Zahara o Zahara os ha conquistado a vos. Las estrellas vaticinan la ruina de Granada y las cenizas de vuestros enemigos se levantarán contra vuestro reino...
-¡Callad, maldito agorero! -gritó el rey.
La dulzura y belleza de doña Isabel cautivaron al moro y a los pocos días se les pudo ver conversando entre los jazmines de la Alhambra.
Los historiadores no han podido averiguar si doña Isabel amaba fielmente a Muley Hazén o si sus actos procedieron del temor y el cautiverio. Lo cierto es que la cristiana abjuró de su religión y se convirtió al Islam, llamándose desde entonces Zoraya. Algunos meses después, el rey la tomaba por esposa de su harén y favorita de la corte.
Ha de saberse que este amor irritó a muchos: los Abencerrajes, familia poderosísima en Granada, no veían con buenos ojos la preponderancia de una infiel en la Alhambra y consideraban que aquella situación era peligrosa, con riesgo de traición. Con más odio y rencor se comportaba Aixa. Esta mujer había sido, hasta la llegada de doña Isabel, la favorita del rey y su esposa predilecta. Con ella el monarca había tenido varios hijos, de los cuales el primogénito era Boabdil, llamado a ser el sucesor de Muley Hazén y rey de Granada. Aixa recelaba de Zoraya, la renegada, porque suponía que los hijos de ésta arrebatarían el trono a los suyos; pero aún más le dolía el desprecio con que el rey la trataba desde que doña Isabel llegó a la Alhambra.
El resentimiento y los rencores comenzaron a extenderse por todo el palacio. Aixa conspiraba a espaldas de Muley Hazén e instigaba revoluciones y acechanzas. Contaba, para ello, con los Abencerrajes, los cuales juraron fidelidad a Boabdil, el heredero. Éste fue el comienzo de las guerras civiles de Granada, en las que unos estaban a favor del rey legítimo y su adorada Zoraya, y otros luchaban por la herencia de Boabdil, esgrimiendo la traición de Muley Hazén.
Por entonces doña Isabel se había rodeado de príncipes y caballeros favorables a la conquista cristiana y, desde sus puestos, hacían pactos con Isabel y Fernando, reyes de Castilla y Aragón. Con ira veían los Abencerrajes que su reino se perdía sin remedio y con gran odio Aixa comprobaba que su hijo Boabdil jamás se sentaría en el trono de la Alhambra.
Zoraya logró infundir en el corazón del rey un rencor ponzoñoso y le convenció de que los hijos de Aixa tramaban su muerte. Viendo las guerras que los moros tenían entre sí, Muley Hazén comprendió la verdad de este consejo y mandó degollar a todos los hijos de Aixa, pero ésta actuó con sagacidad y escondió a Boabdil en una torre donde nadie podía encontrarlo. Grandes lamentos se hicieron en la fortaleza cuando se supo que los herederos habían sido muertos y decapitados. No acabaron aquí los sufrimientos, porque el rey ordenó que se presentaran ante él los Abencerrajes y en su presencia los hizo matar a todos sin piedad.
Los fuegos y las batallas podían verse desde las torres de la Alhambra: moros contra moros, hermanos contra hermanos, el reino de Granada se perdía sin remedio. Muley Hazén observaba con dolor este lamentable espectáculo, pero se resistía a ceder el trono a nadie. Unos y otros pedían ayuda a los cristianos, los cuales contemplaban con gusto cómo los sarracenos se mataban entre sí, haciendo más fácil la conquista de los reinos granadinos.
Aixa encendió el corazón de su hijo Boabdil. Éste era un muchacho débil y pusilánime, y sólo por orden de su madre se puso al frente de los Abencerrajes que aún quedaban vivos y de otros caballeros valientes. En el campo y en la montaña se emprendían violentas batallas y los muertos se contaban por miles.
A la vista de estas desgracias, el rey se sentía abatido y recordaba las profecías de su astrólogo. Lamentaba profundamente las guerras civiles y la inútil muerte de sus compatriotas. Envejecido prematura-mente, Muley Hazén dejó el trono a su hermano Abdallah y una noche salió de la ciudad: una pequeña guardia de siete hombres custodiaba la deshonrosa huida del rey humillado. Tras él iba Zoraya, que veía cómo sus deseos de reinar en Granada se tornaban humo. Lentamente fueron ascendiendo hacia las cumbres nevadas, casi sin rumbo. Se dice que el rey, pronto a la muerte, quiso llegar a la Alcazaba Cadima, pero su caballo no quiso detenerse y siguió más allá y más allá... Los granadinos afirman que acabó sus días en las altas cumbres de Sierra Nevada y que está enterrado en las estribaciones de la montaña que lleva su nombre: Muley Hazén, o Mulhacén. De Zoraya o Isabel, las noticias son confusas: hay quien asegura que su corazón no pudo resistir tan vergonzosa huida y que murió de miedo y rencor a los pocos días. Otros, firman que doña Isabel fue recibida con honores por los cristianos, porque gracias a sus intrigas había logrado emponzoñar el corazón de los árabes, los cuales habían acabado matándose entre sí.
El caso es que Boabdil no tuvo resistencia en el asalto a la Alhambra. El hermano de Hazén, el cobarde Abdallah, se rindió al cabo de pocos días y el nuevo rey Boabdil y su madre Aixa subieron al trono de Granada.
Isabel de Castilla y Fernando de Aragón apremiaban a sus huestes y la ciudad se vio rodeada de cristianos dispuestos a acabar con la dominación árabe. Diezmados por las guerras intestinas, los moros no pudieron soportar el asedio castellano durante mucho tiempo y, tras crudelísimas batallas, el rey Boabdil, llamado el Chico, entregó la ciudad el día 2 de enero de 1492. Por la puerta de Hierro tuvo que huir una noche de terror y sangre, y subió a las montañas como antes había subido su padre, lleno de amargura y remordimientos. Al volverse atrás, con los ojos arrasados en lágrimas, vio por última vez la joya de los musulmanes: la ciudad de Granada y la fortaleza roja, la Alhambra. Allí ondeaban gloriosas las enseñas de Castilla y León, y al ver cuánto se perdía, Boabdil se arrodilló en tierra y comenzó a llorar con una pena que rompía el alma. Pero su orgullosa madre lo miró con desprecio y le dijo:
-Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre.

Fuente: Jose Calles Vales

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