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viernes, 3 de mayo de 2013

Leyenda de cambaral, el pirata

En la preciosa localidad asturiana de Luarca existe un puente llamado del Beso. Los parroquianos conocen, en términos generales, el origen legendario de este hermoso lugar, pero pueden escucharse distintas versiones y cada una es distinta dependiendo de la imaginación del narrador. Por ejemplo, los luarqueses más tradicio-nales hablan de un pirata moro llamado Cambaral que asoló las costas asturianas en la Edad Media; otros, en cambio, citan a un normando (también pirata) utilizando el mismo nombre: Cambaral o Gambaral. Lo cierto es que el barrio pesquero de Luarca se denomina, precisamente, así: Cambaral. La historia, en su conjunto, también tiene distintas versiones, de las cuales se ha escogido la que parece más sentimental y épica.
Allá por los siglos oscuros, cuando Europa estaba sumida en las tinieblas, vivía en la terrible Albión una joven hermosísima. El señor de aquellas tierras se enamoró de esta muchacha y, con engaños y traiciones, la llevó a una cueva que los nativos llamaban Khaan-baral, y allí la forzó y la deshonró. Avergonzada y humillada, la joven no quiso volver al pueblo y vivió en aquella gruta durante varios meses: al fin, de aquella horrible violación, nació un niño, pero su madre murió en el parto. Un discípulo del famoso mago Merlín encontró al niño recién nacido y lo trasladó a su humilde morada, situada en los inaccesibles acantilados de Dover.
El muchacho fue creciendo sano y haciéndose fuerte, y a cada instante mostraba la osadía de su padre y el buen corazón de su madre, pero el mago nada quiso decirle de sus progenitores hasta que el mozo no cumplió los diecisiete años. Cumplida esta edad, el mago, que se veía ya con las agonías de la muerte, quiso que el joven Khaan-baral supiera el porqué de su nombre y el principio de su vida. Todo se lo contó el brujo, sin esconderle nada y, finalmente, le dijo:
-¡Ay, amado hijo! Tu vida está escrita en las estrellas y los astros te auguran triunfos y glorias; mas sé precavido, porque desgraciado fue tu nacimiento y desgraciada será tu muerte.
Durante algunos años el joven huérfano vivió solo, lamentando la pérdida de su tutor, el mago. Pero al fin, lleno el corazón de ánimo, salió a los caminos en busca de aventuras. Acostumbrado a la vista del mar, pensó que su destino estaba sobre las olas del océano y muy pronto se enroló en los bajeles piratas que asolaban las costas de Francia y España. Tuvo que arreglárselas para sobrevivir en las tempestades, en las batallas costeras y en los motines, pero al fin, en todos los caminos del mar era conocido su nombre: el pirata Khaan­baral.
No transcurrió mucho tiempo hasta que nuestro héroe tuviera su propio barco, robado, según se dice, a unos moros cerca de las costas de Galicia. Era un bajel pequeño, pero volaba sobre las crestas espumosas e infundía temor a todos cuantos lo veían. Acompañado de treinta hombres, los más fieros de Bretaña, Escocia y Normandía, el pirata Khaan-baral avasallaba en las poblaciones costeras, incendiando las casas, violando a las mujeres, robando en las capillas y segando las cabezas de hombres, viejos y niños. Nada temía el pirata y, en alta mar, celebraba sus hazañas con cerveza hasta que la luz del sol volvía a brillar en oriente.
Se empecinó el capitán pirata en dirigir su proa a las costas asturianas, porque había oído que en aquellos montes residía entonces la corte hispánica que, a duras penas, podía impedir el asalto de los sarracenos. Así era, en efecto, y los asturianos ya tenían muchas dificultades para luchar contra el moro, hasta el punto que habían concedido enviar a los musulmanes cien doncellas anuales a cambio de una paz duradera.
El caso es que muy pronto Khaan-baral tuvo ante sí las costas de Ribadeo, Viavélez, Luarca, Canero y Cudillero. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro y ordenó a sus hombres que se aprestaran al combate. Una y otra vez asaltaron los puertos y las aldeas, quemándolo todo y destruyendo cuanto hallaban a su paso. Con gran algarabía volvían a mar abierto, pero la sed de violencia y oro no les permitía descansar: los pequeños barcos asturianos que se dedicaban a la pesca acababan encendidos en fuego y, finalmente, hundidos en el abismo. Incluso los rudos barcos de Vasconia que cruzaban aquellas aguas en busca de ballenas perecían a manos del temible pirata.
Por aquel entonces vivía en Luarca el señor de San Cristóbal, llamado don Ramiro. Sus súbditos le pedían que hiciera frente al bandido, pues ya no era soportable tanta mortandad y deshonra: sus casas, derruidas o incendiadas; sus mujeres, maltratadas; sus barcos, perdidos. Incluso la misma ciudad de Luarca había sufrido en varias ocasiones la ira del cruel Khaan-baral. No era necesario que los luarqueses se quejaran ante su señor: bien sabía éste que había que poner fin a tanto desastre.
Sólo una idea ocupaba el pensamiento de don Ramiro: apresar al pirata y entregarlo a la justicia. Para ello, acabó formando una pequeña flota de seis barcos, no muy aprestados para la guerra, pero suficientes para atemorizar a Khaan-baral. Además, don Ramiro confiaba en sus guerreros: cierto era que éstos estaban más acostumbrados a luchar en tierra firme y contra los moros, pero de algún modo había que poner coto a los desmanes del pirata.
De modo que, cuando el farero anunció que en el horizonte se divisaba la bandera del pirata, la escuadra de don Ramiro se hizo a la mar. Al cabo de pocas horas lo tenían rodeado, más porque Khaan­baral pensaba en abatirlos que porque no pudiera huir. En fin, la lucha fue feroz y la sangre corría de proa a popa en los barcos. Los soldados cristianos apenas podían sostenerse en cubierta, pero eran más en número y estrechaban a los piratas con sus espadas. Los abordajes se sucedían y pronto el bajel del corsario se vio envuelto en llamas: la vela ardía y las jarcias se desprendían de los mástiles; rodaban los toneles de cerveza y las cabezas de los muertos; el timonel pirata yacía atado en su puesto y algunos soldados caían por la borda vomitando sangre...
-¡A ellos! -gritaba don Ramiro desde el puente de su bergantín. ¡A ellos a muerte!
-¡Ea, mis valientes! -gritaba desesperado Khaan-baral. ¡Acabad con estos arenques!
Pero no pudo ser. Los asturianos eran muchos y bien armados, y finalmente la batalla fue ganada por las naves de don Ramiro. ¡Espectáculo sobrecogedor! En los barcos y en el agua yacían los cuerpos ensangrentados de unos y otros; los quejidos y lamentos se dividían en varias lenguas y, a buen seguro, todos pedían a Dios que los librara del infierno; el bajel pirata estaba casi hundido y envuelto en cenizas...
El señor de San Cristóbal hizo trasladar a los heridos asturianos a un barco y, después, hizo lo propio con los piratas. También se buscó al capitán vencido, y fue hallado en la proa, con una lanza que le atravesaba una pierna. Mas aún vivía.
-¡Llevadlo a tierra! -dijo don Ramiro-. Cuando sane de sus heridas, será ahorcado.
Así se hizo todo como quería el señor, y los prisioneros fueron encerrados en la prisión del señorío y guardados con setenta soldados. Los marineros piratas fueron colgados al día siguiente, estuvieran heridos o no. Pero el capitán Khaan-baral fue acomodado en una habitación del palacio, como convenía a su estado y según las leyes de la caballería.
La desgracia quiso que fuera la misma hija de don Ramiro quien se ocupara de sanar las heridas del extranjero. Y fue desgracia porque, en tanto que María vio al pirata, quedó prendada de él. Con el tiempo, la fiebre y los delirios del enfermo remitieron, y Khaan-baral se encontró en una alcoba dispuesta con el mayor lujo. No fue esto, sin embargo, lo que más le sorprendió; sino ver a aquella hermosísima joven que le prodigaba todos sus cuidados y cariños.
Pasaban las lluviosas tardes de Asturias y curaba la herida del pirata. Y las miradas de Khaan-baral y María bien indicaban lo que uno sentía por el otro. No hubo más, sino que se declararon su amor apasionadamente. Sin embargo, ambos conocían que el destino les separaría irremediablemente: don Ramiro, viendo la mejoría de su prisionero, había mandado construir el cadalso y había prevenido al verdugo que en tres días el extranjero estaría colgando de la horca.
El llanto anegaba los corazones de los amantes: María, hermosa como las flores de la primavera, no podía soportar la idea de ver muerto a su querido. Khaan-baral, arrepentido de su vida extremada, no pensaba sino en buscar una casa lejana donde colmar de felicidad a su amada. Y, con todo, ambos sabían que la felicidad estaba negada para ellos.
No pudiendo sufrir tanta angustia, María vino una noche a la sala donde descansaba su amante y le dijo:
-¡Ay, amor mío! Mi padre ha dispuesto que mañana, antes del amanecer, se te quite la vida, y si tú mueres, moriré yo sin remedio. ¡Huyamos! Conozco un pasadizo secreto que lleva al mar: allí tomaremos un barco y olvidaremos para siempre estos amargos recuerdos. ¡Huyamos, amor mío!
Y así lo hicieron. Aunque Khaan-baral apenas podía caminar, cruzaron la oculta galería y fueron a dar al mismo borde del mar, junto a las rocas. Cansado y febril, el pirata se detuvo un instante, y con los ojos arrasados en lágrimas de agradecimiento contempló los de su enamorada. Allí, con el corazón henchido de amor, abrazó a María y la besó tiernamente.
Los dos amantes no pudieron ver la sombra que les acechaba: un hombre saltó tras ellos y, de un violentísimo tajo, decapitó a los ena­morados en aquel postrero beso. Los cuerpos ensangrentados perma­necieron abrazados unos instantes y, al cabo, se desplomaron sin dejar de amarse en la dulzura de la muerte.
Don Ramiro apartó su capa, enfundó su espada y se volvió al palacio.
Al día siguiente, unos pescadores hallaron los cuerpos inertes de los amantes, aún abrazados. En ese mismo lugar se construyó un puente, que los habitantes de Luarca llaman el Puente del Beso, en recuerdo de aquellos jóvenes cuyo amor acabó de modo tan trágico. El barrio de pescadores lleva el nombre del pirata: Cambaral.

Fuente: Jose Calles Vales

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