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viernes, 3 de mayo de 2013

Catalina

Este extraordinario suceso aparece en un libro que tuvo cierta fama en los siglos XVIII y XIX Fue escrito por un abad benedictino de Sénones, en la Lorena francesa: el Padre Agustin Calmet. Su ensayo se titulaba Tratado sobre las apariciones de espíritus y sobre los vampiros (1751). En la segunda parte de este trabajo, el abad describía con minuciosidad algunos hechos verdaderamente asom-brosos.
En uno de ellos habla de Catalina, una muchacha que vivía en Perú, en la región de los ititanos. No dice el autor cuándo acaeció este suceso, pero es de suponer que desde el siglo XVII la historia de Catalina era bien conocida.
Al parecer, esta joven murió a la edad de dieciséis años y las circunstancias de su fallecimiento fueron desgraciadas. Según el cronista, Catalina había cometido muchas perfidias y sacrilegios, y su vida había sido una retahíla de pecados y lujurias, porque era fornicadora hasta límites insospechados. Aún los doctores no habían certificado su muerte, cuando el cuerpo se vio atacado por una infección espantosa y la piel se cubrió de llagas purulentas y gusanos. El olor era tan penetrante y asqueroso que los familiares tuvieron que sacar el cadáver a la calle, para evitar que la pestilencia invadiera la casa.
Los presentes aseguraban que se oyeron ladridos de perros y aullidos de chacales. Ese mismo día, un caballo conocido por su docilidad se puso nervioso y comenzó a relinchar con gran temor, y a expulsar babas por la boca. Daba tan violentas coces que rompió las ataduras, se partió una pata y se hizo profundas heridas en el cuello.
No acaban aquí los sorprendentes sucesos de aquella funesta noche: un muchacho dormía plácidamente cuando una misteriosa mano tiró de su pie, sacándolo de la cama y arrastrándolo por la habitación. Y una joven criada que había en la casa recibió un golpe fuerte en la espalda, del que se estuvo doliendo muchos días.
Todos estos sucesos acaecieron, como dice Dom Calmet, «antes de que se inhumase el cuerpo de Catalina».
La casa de la difunta parecía poseída por su espíritu o alma en pena. En la casa habitaba una sirvienta que, como el otro muchacho, fue sacado de la cama por una mano fría e invisible, que tiraba de su pie. Y fue arrastrada por toda la casa, golpeándose con los quicios de las puertas y los muebles. Esta misma sirvienta contaba que, en cierta ocasión, había entrado en la habitación de Catalina para coger unos vestidos, y vio allí mismo a la muerta con una vasija de barro en las manos: con el rostro comido por las llagas e inflamado en ira, lanzó la vasija contra la criada y estuvo a punto de abrirle la cabeza. La madre de Catalina acudió a la sala cuando oyó aquel estrépito y vio que sin que nadie tocara nada, los objetos se estrellaban contra los muros, las paredes y las puertas. Los ladrillos de la casa se movían y las paredes temblaban...
Avisaron los padres de Catalina al cura de la aldea y éste les confirmó que su hija era una «reviniente», cuyas maldades en vida seguían siendo maldades en la muerte. Acogida por el demonio, Catalina seguiría en aquel lugar durante siglos y siglos hasta que Dios se apiadara de ella. Prueba de que Catalina, perversa y lujuriosa, no había sido recibida por el Señor. fue que cuando el cura entró en la sala donde había muerto, encontró un crucifijo desclavado y partido en tres piezas.
Los padres, los hermanos y los criados de Catalina abandonaron aquel lugar e hicieron quemar la casa y sembrarla con sal. Al cabo también encargaron muchas misas por el alma de Catalina, de la cual no se supo nada en adelante.

Fuente: Jose Calles Vales

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