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viernes, 3 de mayo de 2013

La cova del drac

Cuenta esta leyenda que, en el antiguo reino de Cataluña, durante el transcurso del siglo IX, un terrible dragón se había instalado en una cueva en la altísima montaña lla­mada San Lorenzo de Munt, ubicada muy próxima al pueblo de Terrasa (también llamado Tarrasa).
La Cova del Drac ("la cueva del dragón") era una profunda ca­verna húmeda y oscura que se decía que llegaba hasta el río Llo­bregat. Allí vivía la maléfica criatura que mantenía aterrada a to­da Cataluña.
La bestia gustaba de devorar vivo a todo aquel que se atrevía a pasar cerca de su hábitat, y tenía una especial predilección por los cristianos, a quienes parecía odiar con toda la fuerza de su es­píritu bestial.
Muchas lenguas decían que aquel dragón había sido traído por los sarracenos desde su lejana tierra y que lo utilizaban para custodiar un inmenso tesoro en el que se acumulaban las piedras preciosas y todos los objetos de valor que les habían sido sustraí­dos a riquísimos cristianos en plena invasión árabe.
Otras lenguas decían que los moros lo habían dejado simple­mente para atormentar a las pobres gentes que vivían en ese lugar y de esa forma gozar con su sufrimiento.
Lo cierto era que el dragón constituía una realidad y que na­clie podía andar tranquilo por esas tierras. En un principio no se alejaba de su cueva, pues atacaba y devoraba sólo a aquellos que se atrevían a acercársele. Pero a medida que menos gente fue tran­sitando por ese lugar tan peligroso, empezó a salir a la caza de cualquier peregrino que anduviera desprevenido.
Muchos valientes caballeros habían cabalgado con su lanza en ristre contra aquella monstruosa criatura, pero habían sido devo­rados en el noble intento.
Las gentes del pueblo estaban desesperadas y ya no sabían qué hacer, salvo orar a Dios.
Pero llegó un día en que apareció de los cielos un gallardo caba­llero vestido completamente de luz. Su caballo era blanco como las nubes más blancas, su armadura resplandecía como la más brillante de las luces y el penacho de su casco era blanco como la nieve pura.
El luminoso caballero se detuvo frente a la cueva y con voz es­tridente provocó a la maléfica bestia, que no tardó en salir y en aceptar el reto.
El dragón era una cosa terrible de ver pues su aspecto infun­día pánico en el corazón del más valiente. En cuanto asomó de su cueva, la repugnante criatura lanzó un aullido y largó una poten­te llamarada desde sus fauces de aguzados colmillos.
El caballero esquivó el fuego y por un rato se mantuvieron los dos inmóviles y mirándose el uno al otro. El dragón le clavaba sus ojos fieros y el caballero se mantenía digno y sereno sin demos­trar un ápice de miedo a pesar de que sentía cómo esa mirada te­rrible parecía atravesarle la armadura.
De pronto, el dragón comenzó a rugir nuevamente pero el ca­ballero luminoso no se amedrentó y, arrancando de cuajo un ár­bol (algunas personas dicen que éste árbol era un roble), lo par­tió sobre la cabeza cornuda del dragón y lo dejó atontado por unos momentos.
La bestia había sido sorprendida, pero pronto se repuso y vol­vió al ataque.
Fue entonces cuando el luminoso caballero dio la vuelta y se alejó volando, ante los ojos desesperados de las personas que, de lejos, seguían atentamente la increíble lucha.
Pero cuando todos pensaban que el salvador venido de los cielos se marchaba para siempre y los abandonaba dejándolos con sus esperanzas partidas en miles de pedazos, incluso cuando el maléfico dragón ya daba por ganada la contienda, el caballero luminoso dio la vuelta en el aire, siempre montado en su caballo y empuñando sa lanza, y se abalanzó a gran velocidad contra la bestia.
El dragón se preparó para darle un mordisco mortal y abrió sus gigantescas fauces (de la cual emergía un olor pestilente por los restos descompuestos en sus entrañas de los cristianos que ha­bía ido devorando).
Pero el caballero luminoso fue más rápido y ensartó al dragón. La bestia aulló como nunca antes lo había hecho y toda la tierra tembló.
Entonces el caballero y su mágico caballo arrastraron al dra­gón por los aires, mientras éste se retorcía aún ensartado por aquella certeza lanza.
Y aquellos que fueron testigos de tan increíble hazaña vieron cómo los tres iban subiendo velozmente hacia el cielo, para lue­go perderse entre las nubes y desaparecer para siempre.

0.103.3 anonimo (cataluña) - 016

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