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viernes, 3 de mayo de 2013

El tesoro de moctezuma

Era el día ocho de noviembre de 1519,
fecha notable en la Historia, pues aquel día
los europeos pisaron por vez primera una capital
hasta entonces ignorada del mundo occidental.
W. H. PRESCOTT, La conquista de México

-¡He venido a buscar oro, no a labrar la tierra como un campesino!
Estas palabras, atribuidas a Hernán Cortés cuando le propusieron establecerse en Cuba, son una buena prueba del carácter belicoso y terrible del conquistador español. Sus peripecias como rebelde, proscrito o acaudalado hacendado, son dignas de un aventurero intrépido, pero Hernán Cortés ha pasado a la Historia por su expedición en el imperio azteca. El padre Bartolomé de las Casas no dudaba en afirmar que Dios le pediría cuentas, y estas palabras también reflejan a costa de cuánto sufrimiento logró el conquistador la gloria.
Fueron las narraciones extraordinarias de los viajeros lo que perturbó la imaginación de Hernán Cortés: decían que en tierra firme, en la patria de los aztecas había grandes tesoros, que la gente calzaba sandalias de oro y se adornaba con esmeraldas y plata, que todo eran maravillas, lujuria y fascinación. El soberbio español no lo dudó: vendió su hacienda cubana y logró reunir una flota de guerra imponente, con naves de cien toneladas, cuyas bodegas esperaba llenar de oro.
El día 16 de agosto de 1519 las naves de Hernán Cortés llegaban a los pantanales del río Papaloapán. El conquistador creía que en su camino sólo daría con pueblos primitivos y salvajes, y que su sola presencia bastaría para recaudar todo el oro de México. Sin embargo, se le heló la sangre al ver los palacios, las ciudades, las torres que aquellos salvajes habían erigido. ¡Aquellas tierras pertenecían a un verdadero imperio!
Pero nada arredraba a nuestro capitán: en una expedición enloquecida arrasó cuanto hallaba a su paso y no dudó en aliarse con los tlaxcaltecas, enemigos seculares de los aztecas: su único interés era llegar a la capital del imperio, dominarlo, destruirlo si era necesario, y acaparar cuantas riquezas y tesoros hallase en el camino.
Moctezuma observa la violentísima invasión de su imperio con gesto temeroso y, convencido de que no puede hacer frente a las armas de fuego ni al poder divino de los caballos, envía mensajeros a Hernán Cortés. Ya sólo resta esperar que el español se digne a no destruir la ciudad, que respete los templos y que le perdone la vida. El invasor se muestra cauto, pero generoso, y entrega a los emisarios regalos y presentes, para que los entreguen al azteca; sin embargo, Hernán Cortés no renunció a apoderarse de la inmensa ciudad mexicana. Concedió que no destruiría palacios y templos, pero ocuparía la urbe y se adueñaría de todo cuanto hubiera en ella de valor.
Los cronistas se estremecen en sus pupitres cuando relatan la entrada de Hernán Cortés a través del gran puente levadizo. La ciudad amurallada estaba emplazada sobre una isla y numerosos canales. Los seis mil soldados del conquistador se maravillaron ante los gigantescos palacios, los teocallis y las torres de sacrificios, las amplias avenidas, las sesenta y cinco mil casas... Si los aztecas no hubieran temido a los españoles tanto como los temía su príncipe, acaso la expedición de Cortés habría concluido allí mismo. Pero los aztecas no atacaron a sus invasores, bien al contrario recibieron al conquistador como si de un rey se tratase: una corte de nobles ciudadanos fue a recibirlos y pudo verse a Moctezuma II descen-diendo de su palanquín de oro.
El príncipe de los aztecas era un hombre alto, delgado, y no parecía contar más de cuarenta años, macilento y débil. Sus hombros iban cubiertos por un manto de perlas y joyas, y calzaba sandalias de oro. Los nobles tendían a sus pies telas preciosas, porque Moctezuma no podía tocar la tierra. Ambos se miraron como si fueran amigos, pero lo cierto es que sólo uno de ellos tenía el poder, y éste era Hernán Cortés.
Así se vio sometido el pueblo azteca a los españoles y el pusilánime príncipe americano quedó convertido en rehén de los invasores. Éstos no tardaron en imponer su ley, y mandaron construir capillas e iglesias. El interés de los conquistadores estaba, con todo, en las fabulosas maravillas de las que hablaban los viajeros y buscaban en todas las salas del palacio los tesoros que se prometían. Pronto descubrieron una sala en la que, al parecer, se habían realizado unos trabajos recientes: se había ocultado una habitación, cerrándola con un muro. Los españoles, ávidos de riquezas, derribaron el muro y... Hernán Cortés tuvo que echarse a un lado: telas, vasijas, copas, coronas, pendientes, pulseras, diademas, cetros... oro y plata a raudales, lingotes, barras, bolas de oro macizo: un espectáculo sobrecogedor que hubiera admirado al mismísimo rey Midas. Dice el cronista: «Me parecía que todas las riquezas del mundo se hallaban en aquella estancia». Era el tesoro de Moctezuma, tan inmenso y grandioso que a duras penas los escribanos pudieron fijar el valor de tanta riqueza, la cual valoraron en casi doscientos pesos de oro. Ningún rey de Europa podía vanagloriarse de tener tanto dinero y, sin embargo, Hernán Cortés era su dueño. Los tratados afirman que el español era sólo un «huésped» del príncipe azteca, pero la realidad era bien distinta.
El reparto de aquel tesoro no dejó contentos a los soldados, pero el capitán español prometió nuevas y más grandes riquezas, y los ánimos se sosegaron. Todo parecía discurrir según lo había previsto Cortés, pero pronto descubrió que la avaricia y la envidia nacían en los corazones de sus propios compatriotas.
Un subalterno suyo, Narváez, que había quedado en la costa, y el infame Velázquez de Cuba habían urdido una trama: le acusaban de rebeldía, y estaban dispuestos a capturarlo y encarcelarlo. Para ello habían dispuesto un ejército con dieciocho barcos, casi mil hombres armados y muchos indígenas a sueldo, con cañones y arcabuces. Esta traición irritó a Cortés, que dispuso sus tropas en pocos días y salió al encuentro de Narváez.
En la batalla de Cempoala, la noche de Pentecostés de 1520, Dios pareció estar al lado de Hernán Cortés. Aunque contaba con una tropa reducida de no más de doscientos hombres, tuvo de su lado a la Naturaleza: una tremenda tempestad se desató y el ejército de Narváez se encuentra en dificultades. Cae la noche y la lluvia, y con mucha dificultad pueden asentarse junto al río. En esto, los de Narváez observan que bolas de fuego sobrevuelan sus cabezas, miles de disparos de arcabuces rozan sus cabellos y caen en el fango abrumados por la tremenda andanada. Los de Hernán Cortés se echan sobre ellos y los despedazan. Narváez rueda en el lodo herido de muerte por una lanza que le atraviesa la cabeza. El héroe español levanta su bandera de victoria, pero las bolas de fuego siguen volando sobre su casco: eran los cocuyos, unos escarabajos lumino-sos, que habían aterrorizado a los enemigos, los cuales creyeron que verdaderamente eran balas de arcabuz.

Los soldados de Hernán Cortés estaban asombrados ante la magnificencia de Tenochtitlán: las calles de la ciudad, tan distintas a las que conocían en Europa, los mercados, los magníficos palacios, los templos, los lagos artificiales, los estanques, los diques, las chiampas o jardines flotantes... todo era maravilloso, un espectáculo singular. Bien es cierto que no comprendían porqué la vida de los aztecas estaba regida por un calendario que apenas lograban desen-trañar; y, desde luego, los españoles, cristianos hasta la médula, renegaban del culto de Huitzilopochtli y Quetzalcoalt, los dos dioses principales del imperio. Y además, veían con horror los grandes sacrificios en los templos sagrados, donde cientos de doncellas se ofrecían con gusto a ser arrojadas a los pozos, o a ser lanzadas desde lo alto de los teocallis, donde siempre ardía la llama de los dioses. Los cristianos no podían reprimir su terror cuando los sacerdotes arrancaban las vísceras de los sacrificados, estando éstos aún vivos.
Viendo esto, Hernán Cortés trató de convertir a Moctezuma a la religión cristiana y le explicó cómo era el ritual de la misa en Europa, para que el príncipe azteca comprendiera la inutilidad de los sacrificios humanos. Pero Moctezuma replicó:
-Mejor es sacrificar a los hombres y comer sus vísceras calientes que comerse al mismo Dios, como hacéis vosotros en vuestro rito.
En otra ocasión, Hernán Cortés subió a lo más alto del teocalli sagrado de Tenochtitlán, y se hizo acompañar del padre Olmedo. El conquistador ordenó que se colocara allí una cruz, para que todos los ciudadanos vieran que Dios había llegado a América y que su esplendor dominaba ya el imperio azteca. En aquel mismo lugar, según dice el cronista Bernal Díaz del Castillo, estaba la piedra del sacrificio, que era una losa jaspeada, donde las víctimas propicia-torias eran desangradas y sus vísceras se extraían con un cuchillo de obsidiana. Una fetidez repugnante invadía la sala, salpicada en todos sus ángulos por la sangre humana: «El mal olor era más penetrante que en los mataderos de Castilla», escribe el medinense en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Aún quedaban allí tres corazones humanos, sangrando y exhalando los últimos vapores... Los cristianos pudieron ver el horripilante gesto de Huitzilopochtli, cuya figura estaba adornada por la repulsiva vista de una serpiente, a la que los aztecas adoraban y coronaban con esmeraldas, rubíes, perlas, oro, plata y muchas otras maravillas. En una sala inferior había más de cien mil calaveras, todas dispuestas en hileras, apiladas en una tarima de madera.
Hernán Cortés, y todos los que con él iban, despreciaban la antiquísima religión azteca y la consideraban cosa de salvajes. De modo que los cristianos no tardaron en profanar los templos de Tenochtitlán. Cuando el capitán español entró en una de las estancias sagradas del teocalli e hizo destruir cuanto allí había, Moctezuma se le presentó como por arte de magia y le aseguró que el pueblo azteca no soportaría esta afrenta. Pero Cortés no retrocedió ante la amenaza y mandó construir una capilla, e hizo colocar allí las divinas figuras de Jesucristo y la Virgen María. El oro y las joyas de los templos desaparecieron y fueron a engrosar las arcas de los soldados. Desde lo alto del teocalli se rezaron misas y todos los invasores conocieron que Dios estaba con ellos y que, por fin, habían caído los ídolos paganos de los aztecas.
Pero los cristianos no sabían que aquellos hombres pacíficos que habitaban en Tenochtitlán podían convertirse en temibles enemigos si se profanaban sus templos. Llegó entonces la gran venganza de Huitzilopochtli, el dios de los aztecas.
Se celebraba por entonces la gran fiesta anual del dios Huitzilopochtli, el que tiene una serpiente alrededor de su cuerpo. Los aztecas llevaban incienso al teocalli o templo, y prorrumpían en cantos y danzas sagradas. El capitán Alvarado había permitido este ritual, pero había prohibido el sacrificio de seres humanos. Además, ordenó que ninguno de los participantes en dicha celebración portara armas de ninguna clase. Alvarado se había quedado en la capital mientras Cortés sofocaba intentos rebeldes en los campos cercanos.
Los españoles quedaron asombrados ante la riqueza de los vestidos, de las joyas y de los adornos que llevaban los indígenas. Y no pudieron resistir la tentación: cuando los aztecas estaban reunidos y bailaban en honor de su dios, los soldados cristianos los atacaron con furia salvaje y los mataron, robándoles cuanto de precioso llevaban consigo: los broches, las diademas, los collares de oro y esmeraldas, las pulseras, los brazaletes con perlas...
Ya no pudo soportar tanta afrenta el pueblo de Tenochtitlán y se levantó en armas. Los ciudadanos destituyeron a su príncipe Moctezuma y nombraron a un nuevo rey, llamado Cuitlahuac. Cuando Hernán Cortés conoció la rebelión, volvió de inmediato a la ciudad sagrada y encontró que Alvarado se había hecho fuerte en torno a la torre principal, y a duras penas lograba contrarrestar el asedio y los ataques de los aztecas. Cortés intentaba guerrear, pero los ciudadanos se mostraban ahora menos dóciles y pacíficos: su ira era terrible y ni siquiera Moctezuma podía refrenarlos. El otrora príncipe del imperio se había convertido en un noble débil y asustadizo, y se presentó ante Cortés para que no destruyera a su pueblo. Cuando fue a convencer a los aztecas de la necesidad de una paz duradera entre los invasores y los habitantes de Tenochtitlán, sus súbditos lo insultaron, lo apalearon y lo lapidaron. El que fuera gran guerrero y príncipe del imperio más grande de todos los tiempos murió triste y abandonado el 30 de junio de 1520, y en la memoria de su pueblo quedó siempre con el nombre de «Prisionero de los españoles».
Cortés y los suyos habían logrado llegar al fin a la fortaleza donde Alvarado resistía la furia del príncipe Cuitlahuac, pero la situación, bien pensada, era aún peor: allí no podrían resistir mucho y era imprescindible huir de la ciudad tan pronto como fuera posible. ¿Y el tesoro de Moctezuma? ¿Lo dejarían allí? Los españoles no lo dudaron: huirían, sí, pero con el tesoro. La vergonzosa huida de Tenochtitlán tendría lugar el día primero del mes de julio, durante la noche, porque Cortés sabía que los aztecas tenían un terror supersticioso a batallar durante la noche.
Cortés hizo extender el tesoro de Moctezuma en una gran plaza del fortín. Aunque él había pensado en quedarse con un quinto de aquellas inmensas riquezas, comprendió que sus propios soldados se rebelarían si no les dejaba acaparar las joyas y el oro que deseasen. Hizo llamar a sus tropas y les dijo:
-Éste es el tesoro de Moctezuma, el príncipe de los aztecas. Tomad cuanto queráis, pero sabed que en la noche anda mejor el que menos carga lleva.
Para sí tomó la quinta parte correspondiente a la corona de España y cuando los soldados se repartieron todo el tesoro, ordenó que se dispusiera la marcha.
Los españoles actuaban con cautela, cruzaban los diques e incluso fabricaron un puente flotante; otros iban cargados con sus tesoros en barcazas, con la intención de llegar a tierra firme y huir hacia la costa. Pero pronto se oyeron los gritos de los aztecas y una lluvia de dardos, piedras y fuego cayó sobre los saqueadores. Desde las torres caían flechas y lanzas, y quienes estuvieron allí sólo pudieron comparar la extrema situación con la del mismísimo infierno.
La Naturaleza, la misma que les fuera propicia algunos meses antes, se confabulaba ahora contra ellos y se desató una tempestad de lluvia y fuego como nunca se viera. Los aztecas caían sobre ellos como si estuvieran poseídos de una fuerza sobrenatural y los degollaban o los apuñalaban sin compasión. Algunos españoles llegaron a tierra firme, pero la lluvia entorpecía sus pasos y el peso del tesoro se hacía cada vez más insoportable. Muchas joyas y lingotes de oro quedaron hundidos para siempre en los canales de Tenochtitlán; otros tesoros iban desperdigándose por la selva, envueltos en el fango y en los pantanos. Ya nadie guardaba el orden de un ejército: cada cual luchaba por salvar su vida y, puestos a elegir, muchos abandonaban sus cofres y arcas, maldiciendo el tesoro de Moctezuma.
Cuando llegaron las primeras luces del alba, Cortés, herido y cansado, vio con horror que de su ejército apenas quedaba un centenar de hombres; algunos de ellos sangraban o estaban impedidos. El tesoro, simplemente, se había perdido por completo en las ciénagas y en los canales de Tenochtitlán. Esta noche fue para siempre la Noche Triste de Hernán Cortés.
Toda la gloria, todas las riquezas, todo el poder que el conquista-dor había imaginado se desvaneció. Caminaban hacia la costa, tratando de salvar sus vidas, pero con la seguridad de que si los aztecas iban tras ellos, la muerte era segura. Cansados, heridos y desesperados, los cristianos llegaron al valle de Otumba, tras una semana de insufrible camino por selvas y pantanos. Pero el destino les guardaba una terrible sorpresa: apostados en formación guerrera, pudieron ver a doscientos mil soldados aztecas dispuestos a acabar con el último de los españoles. Como dice un cronista moderno, «toda esperanza estaba perdida». Si al menos hubieran tenido arcabuces o cañones, o cualquier arma de fuego, aún restaría una posibilidad... pero, así, derrotados, con espadas melladas, con puñales de paseo, mal podían hacer frente al implacable ejército que les esperaba.
Retroceder, no podían. Avanzar era la muerte. Rendirse, nunca. La decisión estaba tomada: se sacrificarían, se autoinmolarían en aquella batalla perdida... Pero Cortés atisbó una posibilidad de victoria y ordenó a sus hombres para que irrumpieran en las filas enemigas con tanto ímpetu como fuera posible. Sólo él sabía lo que pretendía, pero si existía una mínima esperanza, los soldados seguirían a su capitán hasta la muerte.
En todo cumplieron las órdenes de su jefe y avanzaron como posesos hacia el sacrificio seguro. Pero Cortés se abrió paso a espadazos, apartando aquel hormiguero de hombres encolerizados y se dirigió a la colina central, donde el jefe azteca Cihuacu enarbolaba el pendón de oro del imperio. El conquistador español llegó hasta él y de un tajo le segó la cabeza, apoderándose de todas las insignias y de la bandera dorada. Elevado sobre su cabalgadura, Cortés muestra a todos los aztecas que él posee los símbolos del imperio y que el imperio sólo le pertenece a él.
Allí, sobre aquella colina, rodeado de aztecas asombrados por la astucia del blanco, Hernán Cortés aparecía como un verdadero dios, sobre su caballo, con su espada y enarbolando los despojos de Cihuacu. De este modo heroico, el conquistador español logró que los aztecas abandonaran el campo de batalla y huyeran despavoridos.
Y esta rendición fue el fin del imperio de Tenochtitlán: los aztecas jamás volvieron a conocer el esplendor pasado y México quedó en poder de los españoles.

Fuente: Jose Calles Vales

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