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martes, 30 de diciembre de 2014

Leyenda de la calle de niño perdido

Una de las historias coloniales que originó el nombre de la calle “niño perdido”, hoy Eje Central, es la que ahora presentamos a nuestros lectores, por ser la más aceptable y sobrecogedora.
El suceso tuvo lugar en lo que hace algunos años fue la esquina Arcos de Belén y Niño Perdido. Ahí, en 1652, existía una laguneta, y cerca de ella, una casa grande, elegantemente construida, a la que mucho tiempo después se llamó “casa del apartado”, ya que este lugar se destinó a apartar el oro y la plata.
La casa era habitada por Don Adrián de Villacaña, hombre entrado en años, viudo, y padre de un niño de unos ocho o nueve años de edad. El pequeño Lauro de la Luz llevaba una vida apacible al lado de su padre. Disfrutaba de cierta libertad, ya que podía ausentarse de su morada para ir a jugar a los alrededores, especialmente a la laguneta, su lugar de recreo favorito.
Ahí se encontraba precisamente el 30 de marzo de dicho año, día que sería definitivo para el rumbo de su existencia.
Mientras que en la casa mayor se arreglaba y disponía todo con esmero para recibir a la persona que vendría de España, dos muchachas salían en busca del niño, apresuradas e inquietas, ya que el infante debía estar vestido con propiedad, de acuerdo a la ocasión.
Después de rodear la laguna y llamarlo a gritos, lo descubrieron en una de sus orillas.
-¿Niño Lauro, en dónde andáis?
-Aquí -contestó el niño. No hagáis ruido, por favor, que espantáis a los peces.
-Pero si aquí no hay más que ajolotes.
-Aún así, no los espantéis.
-Vamos ya; venid, que vuestro padre os llama con urgencia.
-Está bien, está bien.
El niño fue llevado ante su padre, quien lo miró con severidad.
-¡Pero mirad como traéis vuestras ropas, Lauro! ¡Venís cubierto de lodo!
-Estaba jugando, padre -contestó el niño, aún malhumorado porque lo habían quitado de sus juegos.
-Bien, bien -dijo el padre. Y dirigiéndose a una de las sirvientas, ordenó:
-Aseadle y ponedle ropa apropiada para recibir a Doña Elvira.
Llevado de la mano por la muchacha, el padre ya no vio la cara interrogante del niño, quien preguntó:
-¿Por qué me arregláis con tanto esmero?
-Tendréis que estar correcto para recibir a vuestra madre.
-¡Pero mi madre está muerta! ¡Yo no tengo dos madres!
-La dama que llega hoy de España se casará con vuestro padre, niño. Por eso será vuestra madre.
-¡No! ¡Nana Ricarda me ha dicho que mi madre está en el cielo! ¡No tendré nunca otra madre! ¡Entendedlo! ¡No llamaré madre a esa mujer!
Desde el momento en que Doña Elvira descendió del carruaje, apoyada galantemente por Don Adrián de Villacaña, el niño supo que, en efecto, esa mujer no podría ocupar el lugar de su progenitura. Vestida con elegancia y sobriedad, propio de una mujer madura, su talante denotaba claramente un carácter difícil. Su mirada, exenta de toda ternura, se posaba distante en la servidumbre, amable ante Don Adrián, pero cuando miró al pequeño, desde su elevada estatura, su expresión endureció por completo, comprendió que no lo adoptaría jamás.
-¿Éste es vuestro hijo?
-Y también será el vuestro. Señora.
-Contestó Don Adrián.
-No se equivocaron quienes me dijeron que se parecía a su madre.
-Sí, se parece a la señora cuyo puesto venís a ocupar.
Casaron de inmediato y conforme el transcurso de los días, Doña Elvira fue sintiendo el peso de su condición. Era la señora de la casa, cierto, pero venía a “ocupar un lugar”, como le había dicho su esposo, un lugar vacío.
Así, empezó a tomar mayor aversión al pequeño. Lo odiaba en silencio, al igual que a la casa que habitaba, pues toda ella contenía la presencia de la difunta: el estilo y disposición de los muebles, los finos cortinajes, los candelabros y figuras de ornato, y especialmente el retrato de la mujer, que ocupaba la pared central de la sala. El porte natural de la difunta, su belleza, y la expresión dulce y sosegada que dominaba su rostro, parecía una burla ante Doña Elvira, burla sellada a diario por el enorme parecido del niño con su madre.
Ésta observaba el cuadro con desdén, diciendo para sus adentros “Ah, cuánto os odié desde siempre, tanto como odio a vuestro maldito hijo. Si no fuera porque anhelé ser la esposa de Don Adrián, jamás habría venido a la Nueva España”.
Sin embargo, Doña Elvira tuvo buen cuidado de no mostrar sus sentimientos ante el niño y menos a su esposo, de modo que, cuando llegó aquel fatídico día, fingió un enorme pesar y angustia ante su señor.
-¡Bendito Dios que habéis llegado, Don Adrián?
-¿Qué es lo que sucede?
-¡Vuestro hijo! ¡El niño se ha perdido!
-¡No es posible! ¿Lauro perdido?
-Sí, Señor mío, desde esta mañana no le encontramos.
-¡Hablad, insensatos! -dijo a la servidumbre que allí se encon-traba. ¿Dónde lo habéis visto por última vez?
-En casa, señor amo -contestó la sirvienta.
-Mas como le da por irse a jugar a la laguneta...
-¡Pronto! Reunid a toda la servidumbre e id a buscar a la laguneta. ¡Daos prisa, por Dios!
Durante muchas horas la gente recorrió la laguna; unos sondeaban en las orillas, otros remaban en las aguas, se sumergían, hundían varas largas hasta tocar el fango, sin que nada encontraran. Un día más se repitió la búsqueda hasta que, al anochecer, Don Adrián, de pie en las orillas, miró acercarse a una servidumbre exhausta y triste. El más resuelto se acercó a él:
-Patrón, yo creo que se lo tragó la laguna. ¡Dios se apiade del niño Lauro!
Los años pasaron y Don Adrián enfermó de pena. Nada quedaba de su donaire. Si bien no había sido un hombre atractivo, poseía unos ojos grandes, color de miel, que miraban con profundidad, y un bigote que juntado a la barba le cerraba virilmente los labios gruesos. Mas todo en él había cambiado, sobre todo su gesto; antes sereno, se volvió severo, oscuro, más en las noches en que veía pasar, como una sombra, la figura altiva y silenciosa de Doña Elvira.
Su corazón le decía que no estaba equivocado, cuando pensaba que esa mujer conocía la verdad de la desaparición de su hijo. Quizá no se había enamorado nunca de ella, pero creyó que se acompañarían de buen agrado. Ahora su sentimiento era extraño, una mezcla de recelo y de costumbre los unía. Mas el vínculo conyugal se hallaba roto, apenas se dirigían la palabra. Encerrados en las frías habitaciones de la gran casona, Doña Elvira se consolaba admirando sus bellos y costosos vestidos.
-¿No os cansáis de mirar esos trajes, mujer?
-No. Dejadme, ya que nunca los usé. Siempre soñé con mostrarlos en reuniones y en saraos, pero nunca me invitasteis, a gracia de...
-Sí, por la pena que me causa la desaparición de mi hijo, no os lo puedo negar.
-¿Y qué culpa tengo yo de eso?
-No lo sé, Señora, no lo sé...
-Os sumergís en vuestra pena y me arrastráis también.
-Imposible evitarlo. Más creo que la muerte me hará olvidarlo todo.
Dos años después, Don Adrián vio cumplido su deseo. Murió a causa del dolor, dice la leyenda.
Mucho tiempo después, se acercaba en dirección a la casa un carruaje, cuyo cochero llevaba como pasajera a una muchacha llamada Dorotea, sobrina de una de las criadas más antiguas, que había sido llamada por ésta para entrar en el servicio de la casa.
Expectante y un tanto insegura, por ser la primera vez que se alejaba de su hogar, la muchacha recibió en boca del cochero los indicios de lo que sería su terrible experiencia en la casa mayor.
-Así que vais a servir en casa de Doña Elvira de Zúñiga. ¡Dios nos ampare, muchacha, no durareis mucho tiempo!
-¿Por qué decís tal? -contestó asombrada Dorotea.
-No digáis una palabra de esto, pero dicen que esa vieja está poseída del demonio. Y más que por el demonio, también por los fantasmas.
-¡Dios alabado!
-Cuidaos mucho. Y decidme: ¿habréis traído consigo una reliquia?
-La llevo atada al cuello.
-Bien. No os despeguéis de ella, os hará mucha falta. Y en cuanto a la vieja, tenedla bien vigilada.
Con tan malos augurios la joven llegó a la casa, en cuya puerta de entrada la esperaba un criado. Éste la condujo hasta la cocina, donde su tía Casilda le aguardaba. La recibió amable, le ofreció chocolate caliente y una buena cena, para en seguida mostrarle su cuarto.
A la luz de una vela, la anciana le explicó sus obligaciones:
-Recibiréis vuestra paga y una buena alimentación, mas deberéis ser discreta.
-Os obedeceré en todo, tía.
-Escuchéis cuanto escuchéis, y veáis cuanto veáis, no diréis nada a nadie ajeno a esta casa. ¿Entendisteis bien?
-Sí, tía, pero sabed que siento un gran temor por esta casa. Decidme de la señora...
-La ama está enferma, eso es todo.
La tía se levantó de su asiento, y antes de irse le advirtió:
-Vuestro cuarto queda cerca de su alcoba. Si llama, no acudáis si no es preciso. Buenas noches.
Su temor aumentó con esta noticia. Ahora estaba sola, en una habitación que era sencilla y cómoda, pero Dorotea apenas si lo notaba, absorta como estaba en sus pensamientos. “¿Cómo podré saber cuál es el momento preciso? ¿Cómo será esa mujer?”. Esa noche tuvo un sueño intranquilo, apenas si logró descansar.
Al día siguiente, pudo olvidar un poco sus temores, ocupada en la cocina la mayor parte del día. Sin embargo, al llegar la noche, tuvo que pasar por la puerta de la alcoba de Doña Elvira, ya que desde una de las entradas del pasillo que conducía a su habitación, se encontraba la alcoba de la señora, antecediendo a la suya.
El retrato de Don Adrián de Villacaña, colocado a un lado de la entrada, no fue lo que la detuvo de repente. Fue el ruido que escuchó, del otro lado de la habitación; el roce de pesadas telas y el fru-frú de una falda de brocatel.
El saber que estaba despierta, escuchar sus pasos lentos, la dejaron paralizada, pero instintivamente tomó entre sus manos la medalla que le colgaba del cuello y se alejó presurosa. Se metió a la cama sin desvestirse, rezando, pidiendo al cielo protección. Así estuvo por un tiempo que le pareció interminable. No podía dormir. Rezaba y deseaba estar lejos de ahí. De pronto, oyó el rechinar de su puerta, vio que ésta se abría lentamente, y a la luz de una vela, miró una forma humana.
-¡Amparadme dios mío!
Apenas se escuchó decir, pero se tranquilizó cuando vio que se trataba de una sirvienta, de las más antiguas, lo mismo que su tía. La mujer, llamada Ricarda, se acercó con una vianda y le ordenó:
-Tomad, llevad esta leche con azahares para la señora ama.
-Pero... ¿he de ser yo?
-Sí, desde hoy seréis vos quien le lleve todas las noches la leche a la ama.
¡Qué tarea tan difícil le habían señalado!, pensaba. No se atrevía a abrir la puerta de la alcoba; las manos, temblorosas, agitaban la pequeña charola de plata, y el vaso en ella colocado. Al fin abrió, para vislumbrar, al fondo, y en medio de la tenue oscuridad apenas iluminada por una escasa vela, el lecho de la señora. Con un dosel construido con fina madera y cortinajes de hermosas telas, el lecho parecía lúgubre, tétrico. Más bien semejaba la tumba del ser que apenas, a lo lejos, se veía.
Conforme se acercó, pudo apreciar la terrible visión: la mujer, rígida y extendida a lo largo del lecho, tenía los ojos abiertos, con la expresión de un muerto que acaba de dejar la vida. La boca, levemente entreabierta, parecía exhalar aire, pero ningún ruido se escuchaba, ningún movimiento de respiración, lo mismo que en el pecho, cuyas manos huesudas y arrugadas se hallaban entrelazadas sobre éste. Dorotea no quería respirar, no quería mirar. Las cortinas se hallaban recogidas, apenas si tenía que levantarlas un poco.
Al fin, tras darse cuenta de que estaba inmóvil, quizá dormida, quería creer, adelantó unos pasos. Depositó la charola con el vaso sobre la pequeña mesita de noche, sin hacer el menor ruido, el menor tintineo que despertara a ese ser espantoso. Pero entonces, una mano fría, delgada, oprimió con fuerza la muñeca de su mano. Como un espectro, la mujer apareció ante ella. Violenta, con los ojos amarillentos que parecían desprender llamas, y sin dejar de oprimir su mano, le dijo:
-¿Por qué andáis diciendo que yo maté al niño? Decidme, pequeña criatura.
Ante la insólita pregunta, la muchacha no supo qué decir.
-¡Responded! ¿Por qué andáis diciendo que yo maté al niño?
-¡Por amor de Dios, señora, yo no dije tal!
-¡Os sacaré los ojos, os arrancaré la lengua con mis uñas, muchacha embustera!
Doña Elvira persiguió a la sirvienta, que echó a correr rumbo a la puerta. A sus gritos acudieron las viejas sirvientas, que dominaron la situación en seguida.
-Vamos, señora ama, ¡calmaos! Descansad, nadie os volverá a molestar.
Al día siguiente, muy temprano, Dorotea buscó a su tía, resuelta a marcharse. La vieja Casilda, que en ese momento se ocupaba de arreglar las plantas de una jardinera, en el corredor exterior de la casa, escuchó con paciencia su decisión, mas antes de contestarle, apareció tras de ellas una sirvienta, que dijo fríamente:
-Ya no habrá necesidad de que os marchéis, muchacha. La señora ha muerto.
Con la promesa de irse juntas una vez que llegara la persona que se haría cargo de la casa, su tía le pidió ayuda en el arreglo de la alcoba de la difunta, a lo que tuvo que acceder Dorotea. Iba temerosa, pero a la vez, una curiosidad morbosa la impelía. Cuando entró en la alcoba, el vaho de la muerte aún impregnaba el lugar, pese a los ventanales abiertos y las cortinas corridas, que permitían la entrada libre de la luz y el aire.
Miró de reojo el lecho, vio el perfil de la muerta, mas un impulso la hizo fijarse por completo en ella, y acercarse. La anciana yacía en su lecho, rígida, pálida, vestida con las mismas ropas que la noche anterior de su pesadilla. Sus ojos, desmesuradamente abiertos, no albergaban expresión alguna.
Dorotea tuvo que esforzarse por concentrarse cuando su tía le ordenaba sus ocupaciones; se animaba en parte por la presencia de los demás sirvientes, que sin mayor emoción preparaban a la muerta.
Un día después, tras el entierro, dispuesto por las ancianas sirvientas a falta de un patrón, todo volvió a la normalidad, a ese pesado ambiente de encierro, a esa opresión que lo envolvía todo con su halo de muerte y terror, y que iba creciendo conforme llegaba la noche.
Cuatro meses hubo que esperar hasta que por fin llegó Don Tomás de Villacaña, hermano del finado Don Adrián. Una vez que tomó posesión de la finca, Don Tomás determinó que la casa sería clausurada. Liquidó a la mayoría de los sirvientes, y reunió a las viejas criadas, a quienes dijo:
-Habéis servido a mi hermano y a doña Elvira fielmente. Os gratificaré espléndidamente, no pasaréis apuros en vuestra vejez.
-Gracias, caballero. Os agradecemos infinitamente. 
-Respondieron Casilda y Ricarda.
-Apuráos, pues, que mañana cerraremos la casa y nos marcharemos todos.
-Todo estará listo, señor amo.
Tras la muerte de Doña Elvira, la muchacha seguía ocupando la misma habitación que le destinaron desde su llegada. En su momento, pidió a su tía que le permitiera quedarse en otro lugar, pero ésta alegó que la difunta descansaba en paz, como al parecer así ocurría, la muchacha al fin se acostumbró.
Llegada esa noche, la última en esa casa, la limpieza y el orden de muebles y objetos, así como los preparativos para el viaje próximo, habían agotado a la joven. Sus sentimientos oscilaban: sentía una gran alegría por retornar de nuevo a su hogar, con su familia, sus conocidos; una sensación de descanso la embargaba, a sabiendas que al fin dejaría esa casa, con sus terribles recuerdos. Y sin embargo, experimentaba una gran angustia, como si algo extraño empezara a invadir la casa, algo más allá que su atmósfera lúgubre, triste, que su olor a encierro y humedad. Era como una presencia viva.
Trataba de sacudirse estos pensamientos que la afectaban precisamente a esa hora en que caminaba por el pasillo rumbo a su habitación, cuando de pronto, al pasar por la puerta que tanto temía, percibió con mayor fuerza esa presencia. Sin poder avanzar, quedó recargada en la pared, cuando escuchó, del otro lado de la alcoba de la difunta, un ruido de pasos, pesadas telas, y el fru-frú de una larga falda de brocatel.
Entonces, volvió el rostro y la vio: Doña Elvira salía de la habitación, envuelta en una luz extraña que destacaba su rostro macilento y al mismo tiempo daba fulgor a sus ojos de muerta, a su expresión decidida. Llevaba una llave luminosa en la mano, y sujetándola con fuerza, sin notar la presencia de la joven, se alejó, caminando pesadamente hasta el fondo del pasillo. Al llegar ahí, tomó la llave y abrió una puerta, para desaparecer tras ella.
Dorotea perdió el aliento, no supo cómo fue que gritó, enfoquecida:
-¡El fantasma de Doña Elvira! ¡Dios nos guarde!
A los gritos acudieron las sirvientas y Don Tomás.
-¿Qué sucede, muchacha? ¿Por qué gritáis de esa forma?
Preguntó Don Tomás, espada en mano.
La joven relató lo sucedido:
-¡Era ella, señor, os lo juro! ¡Entró por esa puerta! -decía señalando al fondo.
-¿Puerta? ¡Pero si allí no existe puerta alguna! -contestó Don Tomás, mientras caminaba hacia el lugar que la muchacha indicaba.
-¡Os lo juro! ¡Había una puerta ahí! ¡Ella la abrió con una llave luminosa!
-Aguardad, ahora recuerdo algo... Sí, venid conmigo.
La joven siguió a Don Tomás, quien extrajo una llave de un arcón, colocado entre varios muebles y objetos desordenados, en el sitio que fuera el costurero de la señora.
-Mirad, recién descubrí esta llave en este arcón. Pero miradla bien. ¿Se parecía a ésta?
La muchacha la observó por unos momentos.
-Creo que... ¡Es la misma!
-¡Dios alabado! Bien. Por ahora descansad, mañana traeré hombres para que tiren la pared. Si el fantasma de mi cuñada quiere mostrarnos algo ¡Lo hallaremos!
Muy de mañana, al día siguiente, dos hombres comenzaron a romper el muro en el lugar donde la muchacha había visto la puerta. Tras destruirlo con unos picos de metal, algunas horas después, descubrieron una puerta forrada de láminas de plomo. Don Tomás ordenó descubrirla por completo. A continuación, los hombres se colocaron en cada lado de la puerta, tiraron la mezcla, y con la ayuda de un pico largo de grueso metal metido a presión, introdujeron los picos hasta afianzarlos, y tiraron de ellos hasta derribarla.
Al fin, quedó al descubierto la puerta. Entonces, Don Tomás probó la llave, que cedió al instante. Al empujar, crujió la puerta con un chirrido; sus goznes viejos parecían quejarse. Y en el interior, una oquedad oscura se veía y un olor a polvo viejo.
Don Tomás tosió por unos momentos, tras inhalar el polvo que se alzó con el aire de la puerta abierta. Se quedó mirando al interior, y trémulo ordenó:
-¡Pronto! ¡Traed una luz! ¡Parece que hay alguien allí dentro!
Una de las sirvientas le entregó una vela encendida. Él dio unos pasos hacia el interior. Alumbró la estancia en varias direcciones, le pareció ver algo. Entonces, al dirigir la vela hacia un rincón del estrecho cuarto, gritó:
-¡Dios santo! ¡Qué cosa tan espantosa!
-¿Qué habéis visto, señor? -Preguntaron los sirvientes y trabajadores, que al fin se atrevieron a entrar.
-Algo horrible ahí, en el rincón, ¡Parece un animal momificado, como un mono!
-¿Un mono decís?
-Preguntó la vieja Ricarda.
-Sí, es una cosa pequeña...
En ese instante, la nana Ricarda se estremeció, al recuerdo de otros años, de un presentimiento callado siempre para sí.
-¡El niño, Dios mío!
La mujer se precipitó al interior para hacer el más terrible descubrimiento.
-Sí, es el niño, mi niño Lauro... ¡Mire sus ropas! ¡Son las mismas que llevaba el día en que se perdió!
Sentado en el piso y apoyando las manos sobre sus rodillas dobladas, yacía la pequeña momia. Su cabello, ralo, pajizo, cubría su rostro, cuya piel, corrompida y dura como un cartón, conservaba una expresión de horror y desaliento.
-Decidme ¿Qué le sucedió al niño? preguntó la mujer, desconsolada, al ver su aspecto.
-No sé... -dijo Don Tomás. Creo que lo encerraron, y murió de hambre y de pena.
De pronto, el semblante de la mujer se encendió.
-¡Fue ella! ¡Fue doña Elvira! ¡Por eso sufrió tanto en su vida, Don Tomás! En sus últimos años padeció terribles dolores, gritaba en las noches como enloquecida.
-Al fin sabemos lo que sucedió con el niño perdido. Llevaremos sus restos al cementerio, -dijo Don Tomás, apesadumbrado por el secreto de la familia.
Más cuando se inclinó para tomar los restos del niño, una ráfaga de aire levantó los despojos, hechos polvo. ¡Los restos del niño desaparecieron! Parecía que un hado terrible lo seguía persiguiendo.

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