Translate

martes, 30 de diciembre de 2014

Leyenda de las dos discretas estatuas

Vivía en tiempos antiguos en una de las habitaciones de la Alhambra un hombrecillo muy jovial llamado Lope Sánchez, el cual trabajaba en los jardines y se pasaba cantando todo el día, alegre y gozoso como una cigarra. Era nuestro hombre la vida y el alma de la fortaleza; cuando concluía su trabajo sentábase con su guitarra en uno de los bancos de piedra de la explanada y al son de su instrumento cantaba soberbios cantares del Cid, de Bernardo del Carpio, de Hernando del Pulgar y demás héroes españoles, con los que divertía a los inválidos del recinto, o entonaba otros aires más alegres para que las mozuelas bailasen fandangos y boleros.
Como la mayor parte de los hombres de poca estatura, Lope Sánchez habíase casado con una mujer alta y robusta, que casi se lo podía meter en un bolsillo, empero no tuvo Sánchez la misma suerte que la generalidad de los pobres, pues en lugar de hacerle diez o doce chiquillos, tuvo solamente una hija: una niña bajita de cuerpo, de hermosos ojos negros, a la sazón de unos doce años de edad, llamada Sanchica, tan alegre y jovial como él, y la cual hacía las delicias de su corazón. Jugaba a su lado mientras el padre trabajaba en los jardines, bailaba al compás de su guitarra cuando el padre se sentaba a descansar a la sombra, y corría y saltaba como una cervatilla por los bosques, alamedas y desmantelados salones de la Alhambra.
En una víspera de San Juan la gente de humor aficionada a celebrar los días festivos, hombres, mujeres y chiquillos, subieron por la noche al Cerro del Sol, que domina el Generalife, para pasar la velada en su plana y elevada meseta. Hacía una hermosa noche de luna; todas las montañas estaban bañadas de su argentada luz; la ciudad, con sus cúpulas y campanarios, mostrábase envuelta entre sombras, y la Vega parecía tierra de hadas con las mil encantadas lucecillas que brillaban entre sus oscuras arboledas. En la parte más alta del Cerro encendieron una gran hoguera, siguiendo la antigua costumbre del país, conservada desde tiempo de moros, mientras los habitantes de los campos circunvecinos festejaban del mismo modo la velada con sendas fogatas, encendidas en diversos sitios de la Vega y en la falda de las montañas, que brillaban pálidamente a la luz de la luna.
Pasose la noche bailando alegremente al son de la guitarra de Lope Sánchez, el cual nunca se sentía tan contento como en uno de estos días de fiesta y regocijo general. Mientras bailaban los concurrentes, la niña Sanchica se divertía en saltar y brincar con otras muchachas sus amigas por entre las ruinas de la vieja torre morisca que ya conocemos, denominada La Silla del Moro, cuando he aquí que, hallándose cogiendo piedrecillas en el foso, se encontró una manecita de azabache primorosamente esculpida, con los dedos cerrados y el pulgar fuertemente pegado a ella. Regocijada por su feliz hallazgo, corrió a enseñárselo a su madre, e inmediatamente se hizo aquél el tema general de conversación, siendo por casi todos con cierta superstición y desconfianza.
-¡Tiradla! -decía uno.
-¡Eso es cosa de moros; seguramente contiene alguna brujería! -decía otro.
-¡No hagáis tal cosa! -añadía un tercero. Eso puede venderse, aunque den poco, a los joyeros del Zacatín.
Engolfados estaban en esta discusión, cuando se acercó un veterano que había servido en África, de rostro tan tostado como el de un rifeño, el cual dijo, después de examinar la manecita con aire de superior inteligencia:
-He visto muchos objetos como éste allá en Berbería. Éste es un maravilloso amuleto para librarse del mal de ojo de toda clase de sortilegios y hechicerías. Os felicito, amigo Lope, pues esto anuncia buena suerte a vuestra hija.
Al oír tales palabras, la mujer de Lope Sánchez ató la manecita de azabache a una cinta y la colocó al cuello de su hija.
La vista de este talismán atrajo a la memoria del concurso las más gratas y halagüeñas credulidades referentes a los moros. Dejose, pues, de bailar, y, sentados en corrillos en el suelo, empezaron unos y otros a contar las antiguas y legendarias tradiciones heredadas de sus abuelos. Algunas de estas consejas relacionábanse con el portentoso Cerro del Sol, en el cual se hallaban, y que era tenido en verdad por una región fantástica famosísima. Una de aquellas viejas comadres hizo la descripción detallada del palacio subterráneo que se halla en las entrañas de aquel Cerro, donde todos creen, como si lo vieran, que se encuentra encantado Boabdil con su espléndida corte muslímica.
-Entre aquellas ruinas de más allá -dijo la anciana señalando unos muros desmantelados y unos montones de piedra algo distantes de la montaña- se encuentra un pozo profundo y tenebroso que llega hasta el mismo corazón del monte. Lo que es yo no me atrevería por mi parte a mirar por el brocal por todo cuanto dinero hay en el mundo, pues cierta vez, hace de esto ya bastante tiempo, un pobre pastor de la Alhambra, que guardaba sus cabras en ese paraje, bajó al pozo en busca de un cabritillo que se le había caído dentro, salió de allí, ¡santo Dios!, pálido y sobrecogido, y contando tales y tan portentosas cosas que había visto, que todo el mundo creyó que había perdido el seso. Estuvo delirando dos o tres días con los fantasmas de los moros que le habían perseguido en la caverna, y no hubo en mucho tiempo medio de persuadirlo a que subiese de nuevo a la montaña. Por su desgracia volvió al fin, y, ¡pobre infeliz!, no se le volvió a ver más. Sus vecinos encontraron sus cabras pastando entre las ruinas moriscas, y su sombrero y su manta junto a la boca del pozo, pero no se supo qué fue de él.
La muchacha del jardinero escuchó con gran atención aquella historia, y, como era en extremo curiosa, se apoderó de ella un vivo deseo de asomarse a explorar el terrible y fatídico pozo. Separose, pues, de sus compañeras y se dirigió a las apartadas ruinas, y, después de andar tropezando por algún tiempo, llegó a una pequeña concavidad en la cima de la montaña, junto al declive del Valle del Dauro, oscuro como boca de lobo, lo cual daba suficiente idea de que en su centro se abría la boca de la famosa cisterna. Sanchica se aventuró a llegar hasta el borde y miró hacia el fondo, su profundidad. Helósele la sangre en el cuerpo a la muchacha y se retiró llena de pavor; volvió a mirar de nuevo y volvió a retirarse otra vez; repitió por tercera vez la operación, y el mismo horror le hacía ya sentir cierta especie de deleite; por último, cogió un gran guijarro y lo arrojó al fondo: por algún tiempo bajó la piedra silenciosamente, pero al cabo de un momento se sintió su violento choque contra alguna roca saliente, y luego que botaba de un lado para otro y que producía un ruido semejante al del trueno, hasta que, finalmente, sonó en agua a grandísima profundidad, quedando todo otra vez en silencio completo.
Este silencio, sin embargo, no fue de mucha duración; pues no parecía sino que se había despertado algo en aquel horrible abismo; empezó por elevarse poco a poco del fondo de la cisterna un zumbido semejante al que producen las abejas en una colmena; este zumbido fue creciendo más y más, y, por último, se percibió, aunque débilmente, cierto clamoreo como lejano y el estrépito y ruido de armas, címbalos y trompetas, como si algún ejército marchase a la guerra por entre los antros y profundidades de aquella montaña. Retirose la mozuela aterrorizada y volvió al sitio donde había dejado a sus padres y compañeros; pero todos habían desaparecido y la hoguera estaba agonizante y despidiendo una débil humareda a los pálidos rayos de la luna.
Ya las fogatas que habían ardido en las próximas montañas y en la Vega se habían también extinguido completamente y todo parecía haber quedado en reposo. Sanchica llamó a gritos a sus padres y a algunos de sus conocidos por sus respectivos nombres, y, viendo que nadie respondía, bajo rápidamente a la falda de la montaña y los jardines del Generalife, hasta que llegó a la alameda que conduce a la Alhambra, y sintiéndose fatigada se sentó en un banco de madera para tomar alientos. La campana de la Torre de la Vela dio en aquel momento el toque de la medianoche; reinaba un pavoroso silencio, como si durmiese la Naturaleza entera, oyéndose tan sólo el casi imperceptible murmullo que producía un oculto arroyuelo que corría bajo los árboles. La dulzura de la atmósfera iba ya adormeciendo a la muchacha, cuando de pronto vislumbró cierta cosa que brillaba a lo lejos, y, con no poca sorpresa suya, divisó una gran cabalgata de guerreros moriscos que bajaba por la falda de la montaña, dirigiéndose a las alamedas de la Alhambra. Unos venían armados con lanzas y adargas, y otros con cimitarras y hachas; cubiertos con fulgentes corazas que brillaban a los rayos de la luna, y montados en soberbios corceles que corveteaban y piafaban e iban orgullosos tascando el freno; pero el ruido de sus cascos era sordo, como si estuviesen calzados de fieltro. Los jinetes llevaban en sus semblantes la palidez de la muerte; entre ellos cabalgaba una hermosa dama, ciñendo una corona su tersa frente y llevando sus largas trenzas rubias adornadas de perlas, así como la cubierta de su palafrén, de terciopelo carmesí bordado de oro. Caminaba la noble señora sumida en la más profunda tristeza y con la mirada fija en el suelo.
Detrás seguía un numeroso séquito de cortesanos, lujosamente ataviados con trajes y turbantes de variados colores, y en medio de ellos, sobre un caballo de guerra hermosamente enjaezado, iba el rey Boabdil el Chico, cubierto con su manto real adornado de ricas joyas y con una corona esplendorosa de diamantes. La admirada muchacha lo reconoció por su barba rubia y por el gran parecido que tenía con su retrato, que había visto mil veces en la galería de pinturas del Generalife. Contemplaba con pasmo la joven aquella regia pompa conforme iba pasando el cortejo por entre los árboles; mas, aunque persuadida de que aquel monarca y aquellos cortesanos y guerreros tan pálidos y silenciosos eran cosa sobrenatural y de magia y encantamiento, los miraba sin ningún temor; ¡tal valor le había infundido ya el virtuoso talismán de la manecita que llevaba pendiente del cuello!
Luego que pasó la cabalgata, se levantó y la siguió. Se dirigió la extraña procesión hacia la gran Puerta de la Justicia, que estaba abierta de par en par; los centinelas que estaban dando la guardia dormían en los bancos de la barbacana con un profundo y al parecer mágico sueño, pasando la fantástica comitiva por su lado sin hacer el más leve ruido, con banderas desplegadas y en actitud de triunfo. Sanchica quiso seguirla, pero, con gran sorpresa suya, vio una abertura en la tierra, dentro de la barbacana, que conducía hasta los cimientos de la Torre. Internose un poco dentro de ella y atreviose a descender por la abertura, por unos escalones informemente cortados en la roca viva, y penetró luego en un pasadizo abovedado, iluminado de trecho en trecho con lámparas de plata, las cuales, al propio tiempo que iluminaban, despedían un perfume embriagador. Aventurose la chica más y más, hasta que se encontró en un gran salón abierto en el corazón de la montaña, magníficamente amueblado al estilo morisco e iluminado con lámparas de plata y cristal. Allí, recostado en un diván, aparecía como amodorrado un viejo de larga barba blanca y vestido a la usanza morisca, con un báculo en la mano, que parecía que se le escapaba de los dedos a cada instante, y sentada a corta distancia de él una bellísima doncella, vestida a la antigua española, ciñendo su frente una diadema cuajada de brillantes y con su dorada cabellera salpicada de perlas, la cual pulsaba dulcemente una lira de plata. La hija de Lope recordó entonces cierta historia que ella había oído contar a los viejos habitantes de la Alhambra acerca de una princesa goda que se hallaba cautiva en el centro de la montaña por las artes y hechizos de un viejo astrólogo árabe, al cual tenía ella a su vez aletargado en un sueño perpetuo gracias al mágico poder de su peregrina lira.
La dama cautiva manifestó gran sorpresa al ver a una persona en carne mortal en su fatídica morada.
-¿Es la víspera de San Juan? -preguntó a la muchacha.
-Sí, señora -respondió Sanchica
-Entonces está en suspenso por esta noche el mágico encanta-miento. Acércate, hija mía, y nada temas; soy cristiana como tú, aunque me ves aquí hechizada por arte mágica. Toca mis cadenas con ese talismán que pende de tu cuello y me veré libre por esta noche.
Esto diciendo, entreabrió sus vestidos, dejando ver una ancha faja de oro que sujetaba su talle y una cadena del mismo metal que la tenía aprisionada al suelo. La niña aplicó sin vacilar la manecita de azabache a la faja de oro, e inmediatamente cayó la cadena a tierra. Al ruido despertose el astrólogo y comenzó a restregarse los ojos; pero la cautiva pasó suavemente los dedos por las cuerdas de la lira, y volvió de nuevo el anciano a su letargo y a dar cabezadas y a vacilar su báculo en la mano.
-Ahora -le dijo la joven- toca su báculo con la mágica manecita de azabache.
Obedeció la muchacha, y deslizósele al viejo la vara mágica de su diestra, quedándose profundamente dormido en su otomana. La dama aproximó su lira al diván apoyándola sobre la cabeza del aletargado astrólogo; después hirió de nuevo las cuerdas hasta que vibraron en sus oídos.
-¡Oh poderoso espíritu de la armonía! -dijo la cautiva. Ten enca-denados sus sentidos hasta que venga el nuevo día.
-Ahora sígueme, hija mía -continuó-, y verás la Alhambra como estuvo en los días de su esplendor, pues posees un talismán que descubre todas sus maravillas.
Sanchica siguió a la cautiva cristiana sin desplegar sus labios. Pasaron el umbral o barbacana de la Puerta de la Justicia y llegaron a laPlaza de los Aljibes, la cual estaba poblada de soldados de caballería e infantería morisca formados en escuadrones y con banderas desplegadas. Veíanse luego guardias reales en la puerta del Alcázar y largas filas de negros africanos con sus cimitarras desnu-das, sin pronunciar palabra. Sanchica pasó sin recelo alguno detrás de su guía. Su asombro creció de punto cuando entró en el Palacio real, pues; a pesar de haberse ella criado en aquellos sitios, como la luna iluminaba intensamente los regios salones, los patios y los jardines, se veía todo tan claro como de día, ofreciendo aquellos aposentos un aspecto enteramente diferente del que presentaban ordinariamente a sus habitantes y espectadores. Las paredes de las habitaciones no parecían manchadas ni agrietadas por la inclemencia del tiempo; en vez de verse llenas de telarañas, estaban cubiertas con ricas sedas de damasco, y los dorados y pinturas arabescas con su frescura y brillantez primitivas; los salones, en lugar de estar desamueblados y desnudos, hallábanse adornados con riquísimos divanes y otomanas cuajados de perlas y recamados de piedras preciosas, y todas las fuentes de los patios y jardines arrojaban surtidores de agua preciosísimos.
Las cocinas del antes desierto Alcázar estaban entonces funcio-nado de nuevo, viéndose en ellas multitud de marmitones ocupados en condimentar riquísimos y suculentos manjares y en aderezar sinnúmero de espectros de pollos y perdices; infinitos criados iban y venían con deliciosas viandas, servidas en vajilla de plata, destinadas al espléndido banquete. El Patio de los Leones estaba repleto de guardias, de cortesanos y alfaquíes, como en los antiguos tiempos de los moros, y en uno de los extremos de la Sala de la Justicia se veía sentado en su trono el rey Boabdil rodeado de su corte y empuñando en su mano un quimérico cetro. A pesar de tan inmensa muchedumbre, no se oía ruido alguno de pasos ni de voz humana, interrumpiendo sólo la caída del agua en las fuentes el silencio de la medianoche. La joven Sanchica siguió a la hermosa cautiva por todo el Palacio, muda de asombro, hasta que llegaron a una puerta que conducía a los pasadizos abovedados que se hallan por bajo de la Torre de Comares. A cada lado de la puerta se veía la escultura de una ninfa de hermoso y puro alabastro; sus cabezas se hallaban vueltas hacia un mismo lado y miraban a un mismo sitio dentro de la bóveda. Detúvose la dama encantada e hizo señas a la niña para que se le acercase.
-Aquí -le dijo- existe un gran misterio, que te voy a revelar en premio de tu fe y de tu valor. Estas mudas estatuas vigilan un tesoro que ocultó en este lugar un rey moro desde tiempos antiquísimos. Di a tu padre que abra un agujero en el sitio hacia donde tienen las ninfas fijos los ojos, y se encontrará una riqueza con la cual será más poderoso que cuantas personas existen en Granada; pero es preciso que sepas que tus puras manos únicamente, dotada como estás de ese talismán, podrán sacar el tesoro. Por último, di también a tu padre que use de él con discreción y que dedique una parte del mismo en decirme diariamente misas para que pueda llegar a verme libre de este mágico encantamiento.
Dichas estas palabras, condujo a la niña al pequeño Jardín de Lindaraja, contiguo a la bóveda de las estatuas. La luna jugueteaba sobre las aguas de la solitaria fuente que hay en el centro del jardín, derramando una tenue luz sobre los naranjos y limoneros. La hermosa dama cortó una rama de mirto y coronó a la niña con ella.
-Esto te recordará -le dijo- lo que te he revelado y servirá de testimonio de su veracidad. Ha llegado mi hora, y es fuerza que vuelva al salón encantado; no me sigas, no sea que vaya a ocurrirte alguna desgracia. ¡Adiós! ¡Acuérdate de mis encargos y haz que digan misas para mi desencanto!
Y diciendo estas palabras, internose la dama en el pasadizo oscuro de debajo de la Torre de Comares y desapareció. Oyose en aquel momento el lejano canto de un gallo allá por bajo de la Alhambra, en el Valle del Dauro, y luego apareció una pálida claridad por las montañas del Oriente; levantose una brisa suave, se oyó cierto ruido por los patios y corredores, como el que hace el viento cuando arrastra las hojas secas de las alamedas, y se fue cerrando una puerta tras otra con estrépito infernal.
Volvió Sanchica a recorrer los mismos sitios que antes había visto poblados por la fantástica muchedumbre, pero Boabdil y su corte habían desaparecido. La luz de la mañana sólo dejaba ver los salones como siempre, desiertos, y las galerías despojadas del pasajero nocturno esplendor, manchadas, deterioradas por el tiempo y cubiertas de telarañas; sólo los murciélagos revoloteaban a la incierta luz del crepúsculo y las ranas cantaban en el estanque.
Apresurose a subir la hija del buen Sánchez por una escalera especial que conducía a las habitaciones que ocupaba su familia. La puerta se hallaba, como de costumbre, abierta, pues el pobre Lope era tan escaso de fortuna que no necesitaba de cerrojos ni de barras; la chica buscó a tientas su colchón, y poniendo la guirnalda de mirto debajo de su almohada, durmiose profundamente. Por la mañana contó al padre todo cuanto le había acaecido en la noche anterior. Lope Sánchez lo creyó todo puro ensueño y se rió de la credulidad de su hija, marchándose de seguida a sus faenas de costumbre.
No hacía mucho tiempo que se hallaba en los jardines cuando vio venir a la muchacha corriendo y gritando sin alientos:
-¡Padre, padre! ¡Mire usted la guirnalda de mirto que la dama misteriosa me puso en la cabeza!
Quedose atónito Lope Sánchez, pues la rama de mirto era de oro purísimo y cada hoja una hermosa esmeralda. No estaba acostum-brado el pobre hombre a ver piedras preciosas e ignoraba el verda-dero valor de la guirnalda; pero sabía lo bastante para comprender que era de materias más positivas que aquellas de que se forman los sueños, y «de todos modos -decía para sí- mi hija ha soñado con provecho». Su primer cuidado fue advertirle a la niña que guardase el más absoluto secreto; y en cuanto a esto, podía el padre estar seguro, pues poseía aquella criatura una discreción maravillosa con relación a su edad y a su sexo. Después se encaminó hacia la bóveda donde se hallaban las estatuas de alabastro, y observó que sus cabezas se dirigían a un mismo lugar en el interior del edificio. Lope Sánchez no pudo menos que admirar esta discretísima invención para guardar un secreto; tiró, pues, una línea desde los ojos de las ninfas hasta el punto donde se dirigían, hizo una señalita en la pared y se retiró. Durante todo el día la imaginación del jardinero se sintió grandemente agitada. No cesaba de dar vueltas y revueltas por el sitio de las estatuas, convulso y nervioso, no fuera que se descubriese el secreto del tesoro. Cada paso que oía por los próximos lugares le hacía temblar; hubiera dado cualquier cosa por poder volver a otro lado las cabezas de las esculturas, sin tener en cuenta que se hallaban ya mirando en aquella misma dirección durante algunos siglos, sin que nadie hubiera adivinado el objeto.
«¡Malos diablos se las lleven! -se decía a sí mismo. ¡Van a descubrirlo todo! ¿Se ha visto nunca modo igual de guardar un secreto?» Además de esto, cuando oía que se aproximaba alguien, se iba silenciosamente a otro lugar, no fuera que andando por allí pudiera despertar sospechas. Luego volvía cautelosamente y miraba desde lejos para cerciorarse de que todo estaba seguro; pero la mirada fija de las dos estatuas le hacía estallar de indignación. «¡Y dele! ¡Allí están -decía para sus adentros- siempre mirando, mirando, mirando precisamente adonde no debieran mirar! ¡Mal rayo las parta! Son lo mismo que todas las mujeres; si no tienen lengua con qué charlar, esté usted seguro que hablarán con los ojos.»
Al fin, con gran satisfacción de Lope Sánchez, terminó aquel intranquilo día. Ya no se oía ruido de pasos en los acústicos salones de la Alhambra; fue despedido el último extranjero, la puerta principal cerrada y atrancada, y el murciélago, la rana y la lechuza se entregaron poco a poco a sus aficiones nocturnas en el desierto Palacio.
Lope Sánchez, sin embargo, aguardó a que estuviera bien avanzada la noche, y entonces se dirigió con su hija a la sala de las dos ninfas, a las que encontró mirando tan misteriosamente como siempre al sitio secreto del depósito. «Con vuestro permiso, gentiles damas -dijo Lope Sánchez al pasar por entre ellas, os voy a relevar del penoso cargo que habéis tenido, y que os debe haber sido bien molesto, durante los dos o tres últimos siglos.»
A seguida se puso a explorar en el punto de la pared que había marcado anteriormente, y a poco quedó abierto un hueco tremendo, en el cual se encontró con dos grandes jarrones de porcelana. Intentó sacarlos fuera, pero hallábanse clavados, inmóviles: hasta que fueron tocados por la inocente mano de su niña, con cuya ayuda los pudo extraer de su nicho, y vio con inefable alegría que se encontraban repletos de monedas de oro morunas, de alhajas y de piedras preciosas. Llevose el buen Lope los jarrones a su cuarto antes de amanecer el nuevo día, y dejó las dos estatuas que los custodiaban con sus ojos fijos todavía en la hueca pared misteriosa.
Lope Sánchez se hizo rico repentinamente de este modo; pero sus riquezas, como sucede siempre, le acarrearon un sinnúmero de cuidados que hasta entonces había ignorado. ¿Cómo iba a sacar su tesoro y tenerlo seguro? ¿Cómo disfrutaría de él sin inspirar sospechas? Entonces, por primera vez en su vida, tuvo miedo de los ladrones, considerando aterrorizado la inseguridad de su habitación y se cuidaba de asegurar las puertas y ventanas; mas, a pesar de todas sus preocupaciones, le era imposible dormir tranquilo. Su habitual alegría le abandonó por último, y ya no bromeaba ni cantaba con sus vecinos; se hizo, en una palabra, el ser más desgraciado de la Alhambra. Sus antiguos amigos notaron en él este cambio y, aunque mostraban compadecerle cordialmente, el caso es que empezaron a volverle la espalda, creyendo que estaba en la miseria y que corrían peligro de tener que socorrerle; otros, sin embargo, llegaron a sospechar que su única desgracia era el ser rico.
La mujer de Lope Sánchez participaba de las tristezas del marido, pero tenía sus consuelos espirituales; pues debemos consignar que, por ser el jardinero un hombrecillo tan ruin, insignificante y de escaso meollo, su esposa acostumbraba a aconsejarse, en todos los asuntos graves, de su confesor fray Simón, un fraile rollizo, de anchas espaldas, barba larga y cabeza gorda, del cercano convento de San Francisco, que era el director y consuelo espiritual de la mayor parte de las buenas mujeres de la vecindad. Era asímismo tenido en gran estima en diversos conventos de monjas, donde le solicitaban como confesor, y de las cuales recibía frecuentes regalitos de golosinas y frioleras confeccionadas en los mismos conventos, tales como delicadas confituras, ricos bizcochos y botellas de exquisitos vinos y licores, que servían al buen padre de maravillosos tónicos después de los ayunos y vigilias.
Fray Simón medraba con el ejercicio de sus funciones. En su grasiento cutis relucía el sol cuando subía por las cuestas de la Alhambra en los días calurosos. Mas, a pesar de su obesidad, demos-traba el padre la austeridad de su regla llevando constantemente amarrado el cordón a su cintura; las gentes se quitaban el sombrero, mirando en él un espejo de piedad, y los perros mismos olfateaban el olor de santidad que despedían sus vestiduras, y le saludaban ladrándole desde las perreras cuando pasaba.
Tal era el director espiritual de la bonachona mujer de Lope Sánchez; y como el padre confesor es el confidente doméstico de las mujeres de la clase baja de España fue pronto informado con mucho misterio de la historia del tesoro escondido.
El fraile abrió los ojos y puso una boca tamaña, santiguándose diez o doce veces al saber la noticia; mas después de un momento de pausa, exclamó:
-¡Hija de mi alma! Sábete que tu marido ha cometido un doble pecado contra el Estado y contra la Iglesia. El tesoro de que se ha apoderado pertenece a la Corona por haber sido encontrado en los dominios reales; mas como, por otro lado, es riqueza de infieles, arrebatada de las garras de Satanás debe ser consagrado a la Iglesia. Con todo, ya veremos el modo de arreglar este asunto; tráeme por de pronto la guirnalda de mirto.
Cuando se la trajeron, al buen fraile se le encandilaron los ojos viendo el tamaño y hermosura de aquellas esmeraldas.
-He aquí las primicias de este descubrimiento, que deben dedicarse a obras piadosas. La colgaré en la iglesia como ofrenda delante de la imagen de nuestro señor San Francisco, y le pediré esta misma noche con gran fervor que conceda a tu marido el poder gozar con tranquilidad de sus riquezas.
La buena mujer se alegró mucho de quedar en paz con el cielo bajo condiciones tan razonables, y el fraile, escondiendo la guirnalda debajo de sus hábitos, encaminose con mansedumbre a su convento.
Cuando nuestro buen Lope volvió a su casa le contó su mujer todo lo que había sucedido. Incomodose de lo lindo el jardinero con la intempestiva devoción de su esposa, teniéndole amostazado las frecuentes visitas del fraile.
-¡Mujer! ¿Qué has hecho? -le dijo. Vas a comprometernos con tus habladurías.
-¿Cómo con mis habladurías? -gritó la buena mujer. ¿Acaso me querrás prohibir que descargue mi conciencia en mi confesor?
-¡No es eso, mujer! Confiesa todos los pecados que quieras; pero en cuanto a este tesoro, es un pecado solamente mío, y mi conciencia no se siente abrumada por ello de ningún peso.
De nada valía ya el entregarse a estériles lamentaciones; el secreto se había publicado ya, y como agua que cae en la arena, no se podía ya recoger. Su única esperanza estaba cifrada en la discreción del fraile.
Al día siguiente, mientras Sánchez se hallaba ausente, sonó un toque muy quedito en la puerta y se entró fray Simón con su cara humilde y bonachona.
-¡Hija mía! -le dijo- He rezado con grandísima devoción a San Francisco, y ha escuchado mis oraciones. A medianoche se me apareció el santo bendito, en sueños, pero con el rostro como disgustado. «¿Cómo (me dijo) te atreves a pedirme que dé mi permiso para gozar de un tesoro de los gentiles, cuando ves la pobreza que reina en mi capilla? Ve a casa de Lope Sánchez y pide en mi nombre una parte de ese tesoro morisco para que se me hagan dos candelabros para el altar mayor, y luego que disfrute en paz el resto.»
Cuando la buena mujer oyó lo de la visión se persignó con terror, y yendo al sitio secreto donde su marido tenía escondido el tesoro llenó una gran bolsa de cuero de monedas de oro morunas y se las entregó al franciscano. El piadoso padre la colmó, en cambio, de bendiciones, en número suficiente para enriquecer a toda su raza hasta la última generación si el cielo las confirmara; y guardándose la bolsa en una de las mangas de su hábito, cruzó sus manos sobre el pecho y retirose con aire de humilde gratitud.
Cuando Lope se enteró de este segundo donativo a la Iglesia faltó poco para que perdiese el juicio.
-¡Esto no se puede sufrir! -exclamaba. ¿Qué va a ser de mí? ¡Me robarán poco a poco, me arruinarán y me dejarán, Dios mío, a pedir limosna!
Con gran dificultad pudo su mujer apaciguarlo, recordándole las inmensas riquezas que todavía le quedaban y cuán moderado se había manifestado San Francisco, puesto que se había contentado con tan poca cosa.
Desgraciadamente, fray Simón tenía una extensa parentela que mantener aparte de media docena de rollizos chiquillos, de cabeza gorda, huérfanos y desamparados, de quienes se había hecho cargo. Repitió, pues, sus visitas diariamente, solicitando limosnas para Santo Domingo, San Andrés y Santiago, hasta que el pobre Lope Sánchez llegó a desesperarse, y comprendió que, si no se alejaba de este bendito varón, tendría que hacer donativos a todos los santos del calendario. Determinó, pues, en vista de esto, empaquetar el dinero que le quedaba y marcharse secretamente de noche a otro punto del reino.
Con este objeto compró un arrogante mulo y lo escondió en una tenebrosa bóveda debajo de la Torre de los Siete Suelos; desde este sitio -según se decía- salía por la noche el Velludo, caballo endiablado y sin cabeza, que recorría las calles de Granada perseguido por una jauría de perros de los demonios. Lope Sánchez no tenía fe en semejantes patrañas, y aprovechose del pavor que tales cuentos causaban, calculando, con razón, que nadie se aventuraría a ir a la caballeriza subterránea del espectro fantástico. Durante el día hizo salir a su familia, diciéndole que lo esperase en una aldea lejana de la Vega, y ya bien entrada la noche transportó su tesoro a la bóveda subterránea de la Torre, lo cargó luego en su mulo, lo sacó fuera y bajó cautelosamente por la oscura alameda.
El precavido Lope había tomado sus medidas con el mayor secreto, no dándolas a conocer a nadie más que a su cara mitad: pero, sin duda, efecto de alguna milagrosa revelación, llegaron, a oídos de fray Simón. El celoso padre vio que se le escapaba para siempre de las manos su querido tesoro, y determinó tomarlo por asalto en beneficio de la Iglesia y de San Francisco; por lo cual, cuando las campanas dieron el toque de ánimas y toda la Alhambra yacía en completo silencio, salió de su convento, y, encaminándose hacia la Puerta de la Justicia, se encontró entre los matorrales de rosales y laureles que adornan la alameda. Estúvose allí contando los cuartos de hora que iban sonando en la campana de la Torre de la Vela, oyendo el siniestro graznido de las lechuzas y los lejanos ladridos de los perros de las próximas cuevas de los gitanos.
Al fin percibió un ruido de herraduras, y al través de la oscuridad que proyectaban los árboles distinguió, aunque confusamente, el bulto de un caballo que bajaba por la alameda. El rollizo fraile se regocijaba pensando en la mala jugada que iba a hacer al honrado Lope.
Después de haberse remangado los hábitos y agachado como el gato que acecha al ratón, se mantuvo quietecito hasta que su presa estuvo enfrente de él, y entonces salió de su escondrijo, y poniendo una mano en el lomo del animal y otra en la grupa, dio un salto que hubiera dado honor al más aventajado maestro de equitación.
-¡Ajajá! -dijo el robusto fraile. Ahora veremos quién gana la partida.
Pero no había hecho más que pronunciar estas palabras cuando el caballo empezó a tirar coces, a encabritarse y dar tremendos saltos, y luego partió a escape colina abajo. En vano trataba el reverendo fraile de sujetarlo, pues saltaba de roca en roca y de breña en breña; sus hábitos se hicieron jirones y su afeitada cabeza recibió tremendos porrazos contra las ramas de los árboles y no pocos arañazos en las zarzas. Para colmo de su terror, vio una jauría de siete perros que corrían ladrando tras él, y entonces comprendió, aunque ya era tarde, que iba caballero en el terrible Velludo.
Nunca cazador ni galgo corrieron una posta más endemoniada que aquélla, por la alameda de la Alhambra, la plaza Nueva, el Zacatín y plaza de Bibarrambla, como alma que lleva el diablo. En vano invocaba el buen padre a todos los santos del calendario y a la Santísima Virgen María; cada nombre sagrado que pronunciaba surtía el efecto de un espolazo, haciendo botar al Velludo hasta los tejados de las casas. Durante toda la noche anduvo el desdichado fray Simón correteando calles contra su voluntad, doliéndole todos los huesos de su cuerpo y sufriendo tan horrible magullamiento que causa lástima el referirlo. Al fin el canto del gallo anunció la venida del día, y lo mismo fue oírle, que volvió pies atrás el fantástico animal y escapó corriendo hacia su Torre. Atravesó de nuevo como una furia la plaza de Bibarrambla, el Zacatín, la plaza Nueva y la alameda de la Alhambra, seguido de los siete perros, que no paraban de aullar y ladrar, mordiéndole los talones al aterrorizado fraile. No había hecho más que apuntar el crepúsculo matutino cuando llegaron a la Torre; aquí la quimérica cabalgadura soltó un par de coces que hicieron dar al reverendo un salto mortal en el aire, mal de su agrado, y desapareció en la oscura bóveda, seguida de la infernal traílla de perros, sobreviniendo el más profundo silencio después de sus horribles clamores.
¿Se le jugó nunca en la vida partida más serrana a un reverendo fraile? Un labrador que iba a su trabajo muy de mañana encontró al asendereado fraile Simón tendido bajo una higuera al pie de la Torre; pero tan aporreado y maltrecho, que apenas podía hablar ni moverse, fue llevado con mucho cuidado y solicitud a su celda, y se cundió la voz de que había sido robado y maltratado por unos ladrones. Pasaron uno o dos días antes de que pudiera moverse, y consolábase entretanto pensando que, aunque se le había escapado el mulo con el tesoro, había atrapado anteriormente una buena parte del botín. Su primer cuidado, luego que pudo valerse, fue buscar debajo de su colchón en el sitio donde había escondido la guirnalda de mirto y la bolsa de cuero que había sacado a la mujer de Lope Sánchez; pero ¡cuál no sería su desesperación al ver que la guirnalda se había convertido en una simple rama de mirto y que la bolsa de cuero estaba llena de arena y de chinarros!
Fray Simón, a pesar de su disgusto, tuvo la discreción de callarse, pues de divulgar aquel secreto habría de pasar forzosamente por un ente miserable a los ojos de la gente y atraerse el condigno castigo de su superior, no refiriendo a nadie su trote nocturno sobre el Velludohasta que, pasados muchos años, lo reveló a su confesor en el lecho de muerte.
No se supo nada por mucho tiempo de Lope Sánchez desde que desapareció de la Alhambra. Recordábanse con agrado sus condiciones de hombre jovial, explicándose todos generalmente, como hemos dicho, las tristezas y melancolías que se habían apoderado de él antes de su desaparición misteriosa, como consecuencia de un extremo estado de indigencia. Pasados algunos años, ocurrió que uno de sus antiguos camaradas, un soldado inválido que se encontraba en Málaga, fue atropellado por un coche de seis caballos. Detúvose al momento el carruaje y bajó a ayudar a levantar al pobre invalido un señorón ya anciano, elegantemente vestido, con peluquín y espada. Cuál no sería el asombro del veterano al reconocer en este gran personaje a su antiguo convecino Lope Sánchez, el cual iba a celebrar en aquel mismo instante el casamiento de su hija Sanchica con uno de los grandes del reino.
En el carruaje iban los contrayentes. La señora de Sánchez, que también iba allí, se había puesto tan gruesa que parecía un tonel, e iba adornada con plumas, alhajas, sartas de perlas, collares de diamantes y anillos en todos los dedos, y con un lujo asiático que no se había visto igual desde los tiempos de la reina Saba. La niña Sanchica estaba ya hecha una mujer, y en cuanto a belleza y donosura, podría pasar por una gran duquesa y aun también por una princesa. El novio iba sentado junto a su prometida: era un tipo raquítico y, al parecer, hombre gastado, lo cual era señal y prueba de ser de sangre azul, todo un grande de España, con cinco pies apenas de estatura. Estas nupcias habían sido arregladas por la madre.
Las riquezas no habían empedernido el corazón del honrado Lope; hospedó, pues, a su antiguo camarada en su propia casa por algunos días, tratándolo a cuerpo de rey, llevándolo a los teatros y corridas de toros, y regalándole a la despedida, como muestra de cariño, una buena bolsa de dinero para él y otra para que la distribuyese entre sus antiguos compañeros inválidos de la Alhambra.
Lope decía siempre, por supuesto, que se le había muerto un hermano muy rico en América y que le había dejado heredero de una mina de cobre; pero los malignos charlatanes de la Alhambra insistían en afirmar que su riqueza provenía del tesoro que había descubierto en el Palacio árabe y que estaba guardado por dos ninfas de alabastro. Es digno de notarse que estas dos discretas estatuas continúan aún en el día con los ojos fijos en el mismo sitio de la pared; esto ha hecho suponer a muchos que todavía queda dinero escondido en aquel lugar y que bien vale la pena de que fije en él su atención el diligente viajero. Otros -y especialmente las mujeres- miran aquellas esculturas con extrema complacencia, como un monumento perpetuo que demuestra que las mujeres pueden guar-dar un secreto.

1.025.3 Irving (Washington) - 057

No hay comentarios:

Publicar un comentario