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jueves, 10 de enero de 2013

Iktomi y la tortuga

El cazador PatkaSa (Tortuga) estaba inclinado so­bre un ciervo recién muerto.
La flecha de punta roja que extrajo del animal era distinta a las demás flechas de su carcaj. El disparo perdido de algún otro cazador había matado al ciervo.
Patkasa llevaba toda la mañana de caza sin conse­guir más que un simple mirlo. Volvía ya a casa; can­sado y con el corazón triste por no haber encontrado carne para las bocas hambrientas que le esperaban en su tienda, caminando lentamente con la mirada ha­cia el suelo. Pero espiritus amables se compadecieron del desgraciado cazador y le guiaron hasta el ciervo recién abatido, para que sus hijitos no llorasen de hambre.
Cuando Patkasa se encontró con el ciervo, excla­mó: "¡Los buenos espíritus me han traído hasta aquí!" y se inclinó durante un buen rato sobre el re­galo de los piadosos invisibles.
How, amigo mío!" -dijo de pronto una voz a su espalda, al tiempo que una mano se posaba sobre su hombro. Esta vez no se trataba de un espíritu, sino del viejo Iktomi.
How, Iktomi!" -respondió Patkasa, todavía incli­nado sobre el ciervo.
"Amigo mío, eres un cazador hábil" -comenzó a hablar Iktomi, con una fina sonrisa que se extendía de oreja a oreja.
Patkasa levantó bruscamente la cabeza, y dijo pes­tañeando: "¡Oh! ¿De verdad lo crees?"
"Sí, amigo mío, eres un estupendo cazador. Ahora quiero retarte a un pequeño duelo. Veamos quién es capaz de saltar por encima del ciervo sin tocar un so­o pelo de su piel" -propuso Iktomi.
“Oh! ¡Me temo que no puedo hacerlo!" -exclamó Padasa, frotándose sus graciosas manitas gordas.
"¡Vamos, Patkasa; no tengas las dudas del cobarde! Te digo que eres un tipo hábil para quien nada resul­ta difícil". Con estas palabras Iktomi se llevó a Pat­kasa a unos pasos del ciervo. Patkasa, intran-quilo, reía dando pequeños resoplidos.
"Ahora, salta tú primero" -dijo Iktomi.
Patkasa, con los puños cerrados, empezó a balan­cear sus brazos gorditos hacia adelante y hacia atrás, sin dejar de morderse el labio inferior ni un instante. Justo antes de que iniciase la carrera para el salto, Ik­tomi añadió: "¡Que el ganador sea quien se coma el ciervo!"
Era ya demasiado tarde para negarse. Patkasa te­mía más que le llamasen cobarde que perder el cier­vo. "Ho-wo" -replicó, sin dejar de mover los brazos. Por fin inició la carrera. Sus pasos eran tan rápidos y cortos que más parecía que estuviese dando patadas al suelo. Después, ¡el salto!, pero Patkasa tropezó con una ramita y fue a caer de lleno sobre el costado del ciervo.
He-he-he!" -exclamó Iktomi, fingiendo estar disgustado por la caída de su amigo.
Le ayudó a ponerse otra vez en pie y le dijo: "¡Ahora me toca a mí intentar dar el gran salto!", y apenas había acabado de hablar, pegó un tremendo bote volando muy por encima del animal.
"¡La pieza es mía!" -rió, dando palmaditas en la espalda al malhu-morado Patkasa. "Ahora, amigo mío, vigílame al ciervo mientras voy a buscar a mis niños", dijo Iktomi, y salió corriendo a toda veloci­dad por las altas hierbas.
Patkasa se mostraba siempre dispuesto a creerse las patrañas de los intrigantes y a hacer pequeños favo­res a cualquiera que se los pidiese. Sin embargo, en esta ocasión no respondió Sí, amigo mío", pues se dio cuenta que la aduladora lengua de Iktomi le ha­bía tomado el pelo. Así que volvió la nariz hacia Ik­tomi -que casi se había perdido de vista- lo justito para decir: "¡Oh, no, Ikto, no he oído lo que me de­cías!"
Al poco rato se escuchó un murmullo de voces. Las risas se oían cada vez más fuertes, cuando de pronto todo quedó en silencio. El viejo Iktomi traía a su prole al lugar donde había dejado a la tortuga con el ciervo, pero ¡allí no había nada! Ni el más leve indicio de Patkasa o del ciervo, y los hijitos de Ikto­mi se pusieron a aullar y gimotear.
"¡Callaos!" -dijo Iktomi a su prole- "Sé dónde vive Patkasa. Seguidme. Os llevaré a la casa de la tor­tuga", y comenzó a correr por un estrecho sendero que conducía hasta un riachuelo cercano. Pegados a sus talones iban sus hijitos, con los rostros bañados en lágrimas.
"¡Allí!" -dijo Iktomi en un suave susurro, mientras agrupaba a su prole junto a la orilla. "¡Ahí está el asa­do que prepara Patkasa! ¡Ahí está su tienda, y el sa­broso asado está ahí, en su patio delantero!"
Los jóvenes Iktomis estiraron el cuello y abrieron sus ojitos como polluelos recién salidos del cascarón, mirando hacia el agua.
"Ahora voy a apagar la hoguera de Patkasa, y os traeré el ciervo asado. Observad atentamente. Cuan­do veáis las brasas apagadas flotar en el agua, poneos a aplaudir y a gritar, pues poco después de eso volve­ré con carne tierna”.
Y tras decirlo Iktomi se sumergió en el riachuelo. ¡Splash! ¡Splash!, saltaba el agua convertida en espuma. Apenas había vuelto la calma a la superficie del ria­chuelo, cuando comenzaron a ascender burbujeando unas manchas negras. El riachuelo parecía hervir con el baile de aquellas bolas negras.
"¡La hoguera apagada! ¡Las brasas!" -rieron los pe­queños Iktomis, y dando palmadas se pusieron a ju­gar persiguiéndose unos a otros por el borde del riachuelo, gritando llenos de alegría.
“¡Ahas!" -dijo entonces una voz ronca procedente del otro lado del riachuelo. Era Patkasa, subido en la rama más larga de un enorme sauce situado lejos del agua. Sobre la rama misma ardía, un fuego brillante en el que Patkasa asaba su ciervo. El agua del ria­chuelo volvía a estar en calma, y ninguna mancha negra bailaba en su superficie, pues las que habían visto antes no eran sino los dedos gordos del viejo Iktomi, que se había ahogado.
Los niños de Iktomi huyeron corriendo del ria­chuelo, llorando y llamando a su padre muerto en el agua.

0.175.3 anonimo (sioux) - 014

Iktomi y la rata almizclera

Iktomi estaba sentado sobre el suelo desnudo jun­to a un lago, bajo las ramas de un alto sauce. Un montón de rescoldos indicaba la existencia de un fuego reciente. Iktomi comía un delicioso pescado cocido de cierto pote de sopa que sostenía entre sus tobillos cruzados.
Tenía hambre, así que sumergía con rapidez su cu­chara de cuerno negro en la sopa. Iktomi no comía de forma regular, y a menudo, aun hambriento, de­bía pasarse sin comida.
Bien oculto entre el lago y el arroz silvestre, no apartaba los ojos del pote de pescado. Como no sa­bía cuándo volvería a comer, quería saciarse para unos cuantos días.
How, how, amigo mío!" -dijo una voz que salía del arrozal. Iktomi se asustó tanto que casi se ahoga con la sopa. Con la cuchara en el aire miró atenta­mente hacia las altas cañas.
How, amigo mío!" -dijo la voz de nuevo, esta vez muy cerca de él. Iktomi se dio la vuelta y allí es­taba una rata almizclera que acababa de salir del la­go, con el pelaje aún empapado de agua.
"¡Oh, es mi amiga la que me ha asustado! Me preguntaba si era un espíritu quien me hablaba desde el arrozal. ¡How, how, amiga mía!" -saludó Iktomi. La rata se quedó allí parada, sonriendo. En sus labios se apuntaba ya un "Sí, amigo mío" en cuanto Iktomi le preguntase: "Mi amiga, ¿quieres sentarte a mi lado y compartir mi comida?" Esa era la costumbre de la gente de las praderas, pero Ikto­mi permaneció sentado sin decir nada. Empezó a tararear una vieja canción de danza y a golpear sua­vemente el borde del pote con su cuchara de cuer­no de búfalo. Ante semejante falta de hospitalidad, la rata empezó a sentirse incómoda y a desear estar otra vez bajo el agua.
Tras muchos latidos de corazón, Iktomi dejó de golpear con su cuchara de cuerno, levantó la vista y miró a la rata a la cara.
"Amiga mía" -le dijo- "Vamos a echar una carrera para ver quién gana este pote de pescado. Si gano yo, no tendré que compartirlo contigo. Si ganas tú, po­drás comerte la mitad." Se levantó entonces de un salto y comenzó a ajustarse el cinto.
"Amigo Ikto, ¡no puedo echar una carrera contigo! No soy una buena corredora, y tu eres ágil como un ciervo. No vamos a echar ninguna carrera", respon­dió la rata hambrienta.
Iktomi permaneció unos segundos con la mano en su barbilla prominente. Su mirada estaba fija en el aire. La rata le espiaba con el rabillo del ojo, sin mover la cabeza: se daba cuenta de que el taimado Iktomi urdía alguna treta.
"Sí, sí" dijo Iktomi, volviéndose de pronto hacia la visitante indeseada. "Me pondré una gran piedra en la espalda, y así no podré correr a mi velocidad habitual; la carrera será justa".
Mientras decía esto, apoyó la mano en el hombro de la rata y comenzó a caminar por el borde del lago. Cuando llegaron al lado opuesto Iktomi se puso a buscar una roca pesada. Encontró una semienterrada en las aguas poco profundas de la orilla. La extrajo, la secó y la envolvió con su manta.
"Ahora, amiga mía, tu correrás por el lado izquier­do del lago, y yo por el otro. ¡El premio es el pescado cocido que está en aquel pote!", dijo Iktomi.
La rata almizclera ayudó a Iktomi a levantar la pe­sada roca y ponérsela a la espalda. Después partieron, y cada uno tomó uno de los estrechos senderos que atravesaba las altas cañas que bordeaban la orilla. Ik­tomi descubrió que su carga era en verdad pesada. Las gotas de sudor le colgaban de la frente como per­las, y su pecho se agitaba pesada y rápidamente.
Echó una mirada al otro lado del lago para ver hasta dónde había llegado la rata, mas no pudo ad­vertir ni el más leve indicio de su presencia. "¡Vaya, está corriendo muy agachada!" -se dijo. Por más que escrutaba las altas hierbas de la orilla, no veía agitar­se ni una sola. "¡Ah!, ¿Es que va tan adelantada que las hierbas que ha movido en su carrera están quietas otra vez? -exclamó Iktomi. Asustado por la idea, dejó caer rápidamente la pesada piedra de su espal­da. "¡Ya está bien!", dijo, palmeándose el pecho con ambas manos.
De un salto reanudó la carrera. Las matas de hier­ba y cañas se aplanaban bajo sus pies, y apenas habían vuelto a levantar sus cabezas cuando Iktomi estaba ya a muchos pasos de distancia.
Pronto alcanzó el montón de cenizas frías, y allí se quedó parado y rígido como si hubiera llegado al borde de un acantilado invisible. Sus ojos negros mi­raban atónitos al suelo vacío. ¡El pote de pescado ha­bía desaparecido! No había ni rastro del Hombre de las Aguas, la rata almizclera.
"¡Oh, si hubiese compartido mi comida como un verdadero Dakota nunca la hubiera perdido toda! ¿Por qué no pensé que la rata correría bajo el agua? ¡Ella nada mucho más deprisa de lo que yo pueda correr! Eso es lo que ha hecho. ¡Se ha reído de mí, que llevaba un peso a la espalda, mientras ella salía disparada hacia aquí como una flecha!"
Así lamentándose, Iktomi se acercó al borde del agua. Se inclinó hacia delante con las manos sobre las rodillas y escudriñó las profundidades del lago.
"¡Allí!" -exclamó, "¡Ya te veo, amiga mía, sentada con mi potecito de pescado entre los tobillos! Amiga mía, estoy hambriento. ¡Dame un hueso!"
`¡Ja, ja, ja!" rió el Hombre de las Aguas, la rata al­mizclera. El sonido de su risa no salía del lago, pues le llegaba de encima de la cabeza. Todavía con las manos en las rodillas, Iktomi giró su rostro hacia arriba, hacia el gran sauce. Abriendo mucho la boca imploró: "Amiga mía, amiga mía, dame un hueso para roer".
"¡Ja, ja!" -rió la rata, e inclinándose un poco sobre la rama en que estaba sentada dejó caer un hueseci­llo afilado en la garganta misma de Iktomi, que casi se ahoga antes de poder sacárselo. En el árbol la rata reía a carcajadas. 'La próxima vez dile esto al amigo que te visite: "Siéntate a mi lado, amio mío, y déja­me que comparta contigo mi comida"

0.175.3 anonimo (sioux) - 014

Iktomi y el coyote

El sol del verano brillaba con fuerza sobre la lla­nura. Aquí y allá toscas matas de maleza salpicaban los ondulantes prados. Vestido con sus pantalones de flecos de piel de ante, Iktomi caminaba solo por la pradera, y su desnuda cabellera negra brillaba a la luz del sol. Avanzaba entre la hierba sin seguir ningún sendero definido.
Sus pasos le llevaban de una mata a otra de tupida maleza, levantando los pies con ligereza y posándolos suavemente, como un gato salvaje que se arrastra en silencio entre la espesa hierba. Al llegar a unos pasos de un brote de salvia silvestre se detuvo. Movió la ca­beza de un hombro al otro, y siguió la marcha. Un poco más adelante inclinó todo el cuerpo desde las caderas, a ambos lados. Luego se detuvo y estiró su largo y fino cuello como un pato, para ver qué había bajo lo que parecía un abrigo de piel tirado más allá de un grueso matorral.
¡Era un lustroso lobo de las praderas de rostro gris! Su afilado morro negro descansaba hundido entre las cuatro patas cómodamente estiradas; su hermosa cola peluda se enroscaba sobre la nariz y las patas; ¡un coyote durmiendo a pierna suelta a la sombra de un arbusto! Cuidadosamente, Iktomi levantó un pie y comenzó a acercarse apoyado sobre las manos. Suavemente alzó el otro pie y dio un paso, y así fue aproximándose más y más a la bola de piel que yacía inmóvil bajo la mata de salvia.
Ahora Iktomi estaba ya junto al coyote, observan­do atentamente sus párpados cerrados, que no mos­traban ni el más ligero estremecimiento. Apretó los labios hasta convertirlos en una línea y se inclinó lentamente sobre el lobo. Bajó la cabeza y puso la oreja junto a la nariz del animal, mas no pudo perci­bir el menor aliento.
"¡Muerto!" -dijo al fin. "Muerto, pero ¡hará bien poco que corría por estas praderas! ¡Vaya! Tiene una pluma fresca todavía en su garra. ¡Buena car­ne!" Agarró la pata con la pluma de pájaro y excla­mó,"¡Vaya, si todavía está caliente! Me lo llevaré a mi tienda y haré un asado para la cena. ¡Já, já!" -rió Iktomi, y agarró al coyote por las patas y se lo col­gó atravesado sobre los hombros.
El lobo era grande y el tipi estaba lejos, así que Ik­tomi avanzó con dificultad con su carga a la espalda y los hambrientos labios apretados. De vez en cuan­do parpadeaba con fuerza para sacudirse de los ojos el sudor salado que le chorreaba por el rostro.
Mientras tanto, el coyote a su espalda contempla­ba el cielo con los ojos totalmente abiertos, y su son­risa dejaba ver el brillo de sus largos dientes blancos.
"¡Andar sobre tus propias patas es cansado, pero que te lleven como a un guerrero tras una valiente batalla es fantástico!", se dijo el coyote para sus adentros.
Jamás había sido transportado a espaldas de na­die, y la nueva experiencia le encantaba, así que se dejó llevar tranquilamente en los hombros de Ikto­mi, y de vez en cuando sus ojos parpadeaban con guiños azules. ¿Nunca habéis visto a los pájaros cuando hacen guiños azules? Tal es el origen de esta expresión de la gente de las praderas. Cuando un pá­aro te observa desde lo alto de una rama, un fino te­jido blanco azulado cae rápidamente sobre sus ojos y de igual modo vuelve a levantarse; lo hacen tan rápi­damente que piensas que se trata sólo de un miste­rioso guiño azul. A veces, cuando los niños están soñolientos parpadean con guiños azules, y también las personas que son demasiado orgullosas para mi­rar a los otros con ojos amables muestran este frío parpadeo como el de los pájaros.
El coyote estaba adormilado y era orgulloso, y sus guiños eran casi tan azules como el cielo. De pronto el agradable balanceo cesó, interrumpiendo su nuevo placer. Iktomi había llegado a su hogar. El coyote tu­vo que despejarse inmediatamente, pues un instante después caía de los brazos de Iktomi. Vióse a sí mis­mo cayendo, cayendo por el espacio hasta que gol­peó el suelo con tal fuerza que durante unos instantes no pudo ni respirar. Sentía curiosidad por saber qué se proponía hacer Iktomi, así que se quedó tumbado ahí donde había caído. Iktomi empezó a saltar y bailar a su alrededor en una fiesta y danza imaginarias, murmurando una de sus misteriosas canciones. Apiló un montón de ramas de sauce secas y las partió por la mitad con la rodilla. Encendió en­tonces una gran hoguera junto a la entrada de su tienda. Las llamas subían a los cielos en vetas rojas y amarillas.
Por fin Iktomi se volvió hacia el coyote, que le había estado observando a través de sus pestañas. Tomó al animal por las cuatro patas, lo balanceó de un lado a otro y lo soltó hacia las llamas. Otra vez el coyote se vio cayendo por el espacio. El aire caliente golpeó sus narices, las rojas llamas bailaron ante sus ojos y finalmente cayó contra un lecho de ascuas crujientes. Con un rápido giro salió de las llamas de un salto, expulsando con sus patas una lluvia de bra­sas que fueron a caer sobre los desnudos brazos y hombros de Iktomi. Pasmado, Iktomi pensó que ha­bía visto un espíritu saliendo de su hoguera. ¡Las mandíbulas se le abrieron de golpe, y se llevó una mano a la boca, pues apenas podía evitar ponerse a gritar de terror!
El coyote se revolcó sobre la hierba, frotándose los dos lados de la cabeza contra el suelo, y muy pronto apagó el fuego de su piel. Mientras tanto Iktomi, con los ojos casi fuera de sus órbitas, soplaba con fuerza sobre una quemadura en su brazo moreno.
El coyote se sentó sobre sus patas traseras, al otro lado de la hoguera, y empezó a reírse de Iktomi.
"Otra vez, amigo mío, no des tanto por supuesto. ¡Asegúrate de que el enemigo está bien muerto antes de encender tu hoguera!"
Y tras esto salió corriendo tan rápido que su espe­sa cola se levantó hasta situarse en línea recta con el lomo.

0.175.3 anonimo (sioux) - 014

Iktomi y el cervatillo

En uno de sus vagabundeos por los bosques, Ikto­mi vio un extraño pájaro posado en la alta rama de un árbol. Las largas plumas de su cola, dispuestas en abanico, habían tomado todos los bellos colores del arco iris. Sí, era realmente hermoso el pájaro de plu­maje arco iris bajo el resplandeciente sol del verano. Iktomi corrió hacia allí sin apartar los ojos del ave.
Se paró bajo el árbol, mirando larga y atentamen­te las brillantes plumas del pavo real. Por fin emitió un suspiro y empezó: "¡Oh, cómo me gustaría tener unas plumas tan hermosas! ¡Cómo me gustaría no ser yo mismo! ¡Qué feliz me sentiría si fuese una bo­nita criatura con plumas! ¡Me gustaría posarme en un árbol muy alto y gozar del sol de verano como tú!" -dijo, apuntando con su huesudo dedo hacia el pavo, que le contemplaba desde arriba moviendo la cabeza de un lado a otro.
"¡Por favor, conviérteme en un pájaro con plumas verde y púrpura como las tuyas!" -le imploró Ikto­mi, cansado ya de hacer de bravo guerrero vestido con pieles de ante adornadas con cuentas de colores. Entonces el pavo respondió a Iktomi: "Tengo cierto poder mágico. De un sólo toque te convertiré en el pavo real más hermoso del mundo si puedes cumplir una condición".
"¡Sí, sí!" -gritó Iktomi, saltando y dándose palma­das en la boca, lo que hacía vibrar su voz de un mo­do muy especial. "¡Sí, sí! ¡Sería capaz de cumplir diez condiciones si me transformas en un pájaro con plu­mas largas y brillantes en la cola! ¡Oh, soy tan feo! ¡Estoy tan cansado de ser yo mismo! ¡Conviérteme en pájaro! ¡Hazlo!"
Entonces el pavo extendió sus alas y sin apenas moverlas se dejó caer suavemente hasta el suelo, jus­to al lado de Iktomi, y susurró estas palabras a su oído: "¿Estás dispuesto a cumplir una condición, por dura que sea?'
"¡Sí, sí! ¡Ya te he dicho que soy capaz de cumplir diez si hace falta!" -exclamó Iktomi, impaciente.
"Entonces te declaro un pájaro de hermoso plu­maje. Ya no eres Iktomi, el pícaro", y diciendo esto tocó a Iktomi con las puntas de sus alas.
Iktomi se desvaneció. Junto al árbol había ahora dos hermosos pavos reales. Uno de ellos caminaba altivo, con la cabeza vuelta de lado como si estuviese deslumbrado por las plumas brillantemente colorea­das de su cola, mientras el otro se elevó lentamente hacia el cielo, posándose sobre el árbol en silencio e indiferente a su vivo plumaje. Parecía feliz de poder estar sobre la larga rama, disfrutando de la cálida luz del sol.
Pasado un rato el pavo vanidoso, que parecía em­bobado por sus brillantes colores, desplegó sus alas y subió hasta la rama en que descansaba el pavo más viejo.
¡Oh!" -exclamó- "¡Qué difícil es volar! Mis plu­mas de vivos colores son hermosas, pero ojalá fuesen lo bastante ligeras para poder volar". En ese momen­to el pájaro más viejo le interrumpió: "Esa es la úni­ca condición. Nunca intentes volar como los otros pájaros. El día que intentes volar, volverás a tu forma primitiva".
"¡Oh, qué pena que estas plumas tan brillantes no sirvan para volar por el cielo!" -gritó el otro pavo. Empezó a mostrarse más y más inquieto. Ansiaba lanzarse al espacio, volar sobre los árboles hacia el sol.
"¡Oh, ahí veo una bandada de pájaros volando! ¡Oh, oh!" -dijo, sacudiendo las alas. "¡Tengo que probar mis alas! ¡Estoy cansado de tener brillantes plumas en la cola. Quiero probar mis alas!"
"¡No, no!" -cloqueó el pájaro más viejo. Oyóse el zumbido de las alas de la bandada de aves parlanchi­nas, que pasaban volando a su lado, llamándose unas a otras "¡Oop! ¡Oop!"
Presa de un impulso irresistible el pavo Iktomi ex­clamó, "¡Eh! ¡Quiero ir con vosotros! ¡Esperadme!" y dio un salto en el aire. La bandada de pájaros giró revoloteando y descendió sobre el árbol de donde procedían las voces del pavo. Posado en sus ramas había sólo un extraño ave, y debajo, en el suelo vie­ron a un guerrero vestido con pieles pardas de ante.
"¡Soy yo otra vez!" -gimió Iktomi con voz triste. "¡Vuelve a trans-formarme, hermoso pájaro! ¡Dame otra oportunidad!" -rogó en vano.
"¡El viejo Iktomi quiere volar! ¡Ah! ¡No podemos quedarnos a esperarle!" -cantaron las aves mientras se alejaban volando.
Iktomi se marchó, lamentándose en voz baja de sus desgracias; mas no se había alejado mucho cuan­do se encontró con un montón de flechas largas y delgadas. Una a una subían hacia el cielo, dibujando una línea recta sobre la pradera. Otras ascendieron aún más, y pronto se perdieron de vista. Sólo una quedó en tierra, y se preparaba ya para el vuelo cuando Iktomi corrió hacia ella y le imploró lloroso: "¡Quiero ser una flecha! ¡Conviérteme en una flecha! ¡Quiero cruzar el Azul sobre nuestras cabezas! ¡Quie­ro llegar hasta el sol del verano y golpear en su mis­mo centro! ¡Conviérteme en una flecha!"
" Puedes cumplir una condición?" -le contestó la flecha, volviéndose hacia él. "¿Una única condición, por difícil que te resulte?"
"¡Sí, sí!" -gritó Iktomi, encantado. Entonces la flecha le rozó suavemente con su afilada punta de piedra: no había ya ningún Iktomi, y dos flechas se preparaban para el vuelo. "Ahora, joven flecha, esta es la condición. Deberás volar siempre en línea recta. Nunca hagas curvas ni saltes como un joven cervati­llo", dijo el Brujo Flecha, hablando lenta y severa­mente.
Se dispuso luego a enseñar a la nueva flecha cómo volar siguiendo una larga línea recta.
"Esta es la forma de atravesar el Azul sobre nues­tras cabezas", le dijo, y salió volando hacia el cielo.
Habíase marchado la flecha vieja, cuando llegó trotando una manada de ciervos, y tras ellos los jóve­nes cervatillos jugando juntos, saltando de un lado a otro cual gatitos, y brincando sobre las cuatro patas como pelotas. Luego se lanzaron hacia adelante, sa­cudiendo sus patas traseras en el aire. La flecha Ikto­mi les observaba jugar felices en el suelo. Echó una rápida mirada hacia el cielo y pensó: "El brujo se ha perdido de vista. Voy a ponerme a retozar y juguetear con estos cervatillos hasta que vuelva. ¡Eh, cervati­llos! -les llamó- "Amigos, no tengáis miedo. Quiero saltar y corretear con vosotros. Quiero ser tan feliz como vosotros". Los jóvenes cervatillos se quedaron inmóviles, contemplando con sus ojos castaños abiertos de par en par a la extraña flecha parlante.
"¡Mirad, puedo saltar tan bien como vosotros!" -siguió Iktomi, y dio un saltito como un cervartillo. De pronto los cervatillos comenza-ron a resoplar con las narices muy abiertas, sorpendidos ante lo que veían sus ojos. Allí, en medio de ellos estaba Iktomi con sus pieles marrones, y la extraña flecha parlante ha­bía desaparecido.
"¡Oh! ¡Otra vez soy yo mismo! ¡Vuelvo a ser el vie­o Iktomi otra vez!" -gimió Iktomi, pellizcándose y tirándose de su chaqueta de piel. "¡Hin-hin-hin! ¡Yo quería volar!"
Entonces la verdadera flecha volvió a tierra, aterri­zando muy cerca de Iktomi. Había visto desde el ai­re a los cervatillos jugando, y cómo Iktomi saltaba rompiendo el hechizo. Iktomi volvía a ser él mismo.
"¡Flecha, amiga mía, transfórmame una vez más!" -imploró Iktomi.
"No, no más" -replicó la flecha, y salió disparada por el aire en la dirección en que se habían marcha­do sus compañeras.
Los cervatillos en tanto se habían acercado hasta Iktomi, rozándole con sus narices para intentar ave­riguar quién era. Las lágrimas de Iktomi parecían la lluvia de primavera, pero un nuevo capricho las secó rápidamente. Iktomi se acercó atrevidamente al cer­vatillo más grande y se puso a observar las pequeñas manchas marrones que cubrían su rostro peludo.
"¡Oh, cervatillo! ¡Qué manchas tan hermosas tie­nes en la cara! ¡Cervatillo, querido cervatillo, ¿puedes contarme cómo te salieron esas manchas en la cara?"
"Sí", dijo el cervatillo. "Cuando yo era muy, muy pequeño mi madre me las marcó con una brasa al rojo vivo. Cavó un profundo hoyo en el suelo, cu­brió el fondo con un blando lecho de hierbas y ra­mitas y me depositó allí con mucho tiento. Después me cubrió completamente con hierba seca y encima dispuso una pila de ramas de cedro. De un fuego cercano trajo un ascua al rojo vivo, y con cuidado la colocó sobre mi cabeza. Así es cómo me hizo estos lunares marrones en la cara".
"Bueno, cervatillo, amigo mío, ¿harás tú lo mismo conmigo? ¿Querrás marcar mi cara con manchitas marrones iguales que las tuyas?" -pidió Iktomi, siempre ansioso de ser como los otros.
"Sí. Puedo cavar el hoyo y llenarlo de palitos y hierbas. Luego, si quieres, salta adentro y te cubriré con hierbas de dulce olor y madera de cedro", res­pondióle el cervatillo.
"Oye!" -le interrumpió Iktomi- "¿Me taparás muy bien con un montón de hierbas secas y ramas? Asegúrate de que me queden unas manchas tan ma­rrones como las tuyas".
"Oh, sí. Haré una pila de hierba y ramas de sauce mayor aún que la que hizo mi madre".
"Bueno, pues vamos a cavar el hoyo, arrancar las hierbas y recoger la madera" -exclamó Iktomi entu­siasmado.
Así que con sus propias manos Iktomi se dispuso a preparar su propia tumba. Una vez cavado el hoyo y cubierto su fondo con hierbas, Iktomi, murmuran­do algo sobre manchitas castañas, saltó a su interior, y se tumbó sobre la espalda cuan largo era. Mientras el cervatillo le cubría con las ramas de cedro llegó a sus oídos una voz lejana, que decía: "¡Manchas, manchitas marrones para siempre!" El cervatillo pu­so el ascua al rojo bajo la hierba seca, y él y los otros salieron corriendo a buscar a sus madres; sólo cuan­do estaban ya muy lejos miraron hacia atrás. Del ho­yo salía un humo azul, que subió zigzagueando hasta perderse en el éter azul.
“¿Es ese el espíritu de Iktomi?" -preguntó un cer­vatillo a otro.
"¡No! Supongo que saltó fuera del hoyo antes de quemarse y convertirse en humo y cenizas", le res­pondió su amigo.

0.175.3 anonimo (sioux) - 014

El sapo y el niño

Las aves acuáticas volaban sobre los lagos pantano­sos. Era, pues, la temporada de caza. Los hombres, armados con arcos y flechas, vadeaban los ríos y la­gos, moviéndose por los arrozales silvestres con el agua hasta la cintura. Cerca, en las tiendas, las muje­res asaban patos salvajes y confeccionaban almoha­das con las plumas.
En el tipi más grande estaba sentada una joven madre, recubriendo con púas de puercoespín los largos flecos de un almohadón de piel de ciervo. A su lado un recién nacido de ojos negros reía y hacía gorgoritos con la garganta. Alzaba sus manitas y piececitos, jugando con los cordeles de su gorrito lleno de adornos que colgaba vacío de un palo de la tienda.
Al poco, la madre dejó a un lado las púas rojas y los hilos blancos hechos de nervios de animal. El pe­queñín se había quedado profun-damente dormido. La mujer se inclinó sobre él apoyándose sobre un brazo y le cubrió con una manta ligera mientras le arrullaba cantando una nana. Era ya casi hora de que su marido regresase.
Recordó de que no quedaban ramitas de sauce pa­ra el fuego, así que rápidamente se ciñó la manta a la cintura y con un hacha de mango corto en el cintu­rón se dirigió a toda prisa al barranco del bosque. Era fuerte, y manejaba el hacha como cualquier hombre. Su amplio vestido de piel le permitía mo­verse con soltura. Pronto emprendió el camino de vuelta, cargando a la espalda una pila de largas ramas de sauce sujetas mediante un lazo a los hombros.
Cerca ya de la entrada de la tienda se agachó, ladeó el montón de leña y con ambas manos des­hizo el lazo por encima de la cabeza. Dejó así la madera en el suelo y desapareció en el interior del tipi. Un instante después salía corriendo y gritando: "¡Mi hijo! ¡Mi pequeño ha desaparecido!" Su vista penetrante barrió el horizonte de este a oeste y de norte a sur. Por ningún lado se advertían signos del niño.
Corrió con los puños apretados a los tipis cerca­nos, diciendo: "¿Alguien ha visto a mi niño? ¡Ha de­saparecido! ¡Mi pequeño ha desaparecido!"
Hinnú!¡Hinnú!" -exclamaron las mujeres, levan­tándose y precipitándose fuera de sus tiendas.
"¡No hemos visto a tu niño! ¿Qué ha pasado?" -interrogaron.
La madre les relató lo ocurrido con lágrimas en los ojos.
"Buscaremos contigo" -le dijeron, cuando se dis­ponía a partir en busca de su bebé.
Se encontraron con los maridos que volvían de la caza, quienes dando la vuelta, se unieron a la bús­queda del niño perdido. Recorrieron en vano las ori­llas de los lagos y se adentraron en los altos juncos. El niño había desaparecido. Tras muchos días y no­ches se abandonó la búsqueda. Era verdaderamente triste escuchar los lamentos de la madre llamando a su hijito.
El otoño pasó. Los pájaros volaban ya muy alto hacia el sur, y pronto desaparecieron todos los tipis de las orillas de los lagos, a excepción de uno.
Después la nieve del invierno cubrió el suelo y el hielo los lagos, pero todavía seguía escuchándose el la­mento de la madre desde el interior de la tienda soli­taria. También podía oírse a cierta distancia la voz del padre cantando una triste canción.
Pasaron diez veranos y otros tantos inviernos des­de la extraña desaparición, y cada otoño llegaban con los cazadores los desgracia-dos padres para tratar una vez más de encontrar a su pequeño.
La décima temporada de caza llegaba a su fin, y uno por uno los tipis fueron plegados y las familias comenzaron a marcharse de la región de los lagos. La madre caminaba una vez más por la orilla de la ma­risma, llorando. Una tarde estaba parada junto al agua cuando desde el otro lado del lago un par de negros ojos brillantes se pusieron a espiarla tras los altos juncos y el arroz silvestre: un muchachito salva­je había interrumpido sus juegos entre la alta hierba. Apartó descuidadamente de su cara redonda la larga cabellera que le caía suelta por sus hombros y su es­palda morena. Llevaba por toda vestimenta un tapa­rrabos hecho de hierba dulce tejida, y agazapado junto al suelo pantanoso escuchaba el lamento de la india. A medida que fue haciéndose más y más ron­co, hasta convertirse en sollozos que sacudían la es­belta figura de la mujer, los ojos del muchacho se oscurecieron y quedaron humedecidos por las lágri­mas.
Cuando por fin los gemidos cesaron, el muchacho se levantó de un salto y se alejó corriendo como una ninfa, con los pies ligeros y amplia zancada. Llegó así a una pequeña cabaña hecha de juncos y hierbas.
"¡Madre! ¡Madre!" -dijo el muchacho, casi sin aliento- "¡Dime qué voz era esa que he oído, que sonando tan dulce a mis oídos, me ha hecho saltar lágrimas!
"Han, hijo mío" -gruñó una enorme y horrible sa­po hembra- "Era la voz de una mujer que lloraba. Hijo mío, no digas que te gusta. No me digas que hi­zo brotar lágrimas en tus ojos. Nunca me has escucha­do a mí llorar. Puedo agradar a tu oído y romperte el corazón. ¡Escucha! -le dijo la vieja sapo.
Acto seguido salió de la cabaña y se quedó parada junto a la entrada. Era muy anciana, y el esfuerzo le hizo resoplar con fuerza. Había criado una gran fa­milia de sapitos, pero por ninguno de ellos había conseguido sentir amor, ni siquiera lástima. Tam­bién ella había oído el lamento de la voz humana, maravillándose de la garganta que era capaz de pro­ducir aquel extraño sonido. Ahora, ansiosa por con­servar a su niño robado, se aventuró a llorar como lo hace la mujer Dakota, y rompió con una voz grosera y ronca:
Hin-hin, piel de coneja! ¡Hin-hin, Armiño, Ar­miño! ¡Hin-hin, manta roja con borde blanco!"
La fea Madre Sapo trataba de agradar los oídos del niño pronun-ciando nombres de útiles valiosos, pues ignoraba que las palabras del llanto Dakota son los nombres de los seres amados que se han ido. Una vez acabó de chillar todas aquellas cosas absurdas con su voz torturante, la vieja sapo movió complaci­da sus ojos secos, y de un salto volvió a la cabaña y le preguntó al niño:
"Hijo mío, ¿ha hecho mi voz brotar lágrimas de tus ojos? ¿Lleva-ron mis palabras placer a tus oídos? ¿No te gusta más mi lamento que el de la mujer?
"¡No, no!" -dijo el niño poniendo mala cara y ha­ciendo pucheros impaciente- "¡Quiero escuchar la voz de la mujer! Dime, madre, ¿por qué la voz hu­mana desata todos mis sentimientos?"
La Madre Sapo pensó: "El niño humano ha oído y visto a su verdadera madre. Me temo que no podré retenerle más tiempo. ¡Oh, no! ¡No puedo deJ ar irse a la hermosa criatura a quien he enseñado a llamar­me "madre" todos estos inviernos!"
"Madre" -continuó la voz del muchacho- "dime una cosa. Dime por qué todos mis hermanitos y her­manitas son distintos a mí".
El enorme sapo feo, mirando a su prole de sapitos rechonchos, respondió: "El hijo mayor es siempre el mejor.
Su respuesta acalló al niño durante un tiempo. A partir de entonces, la vieja Mamá Sapo empezó a vi­gilar a su hijo estrechamente. Cuando al muchacho se le ocurría salir solo, Mamá Sapo sacaba a empujo­nes a uno de sus propios hijos obligándole a ir tras el niño, diciéndole: "No se te ocurra volver sin tu her­mano mayor".
Así, el muchacho salvaje de pelo largo y suelto se sentaba cada día en una isleta del pantano, oculto tras los juncos. Pero nunca solo. A sus pies podía verse siempre un pequeño Hermanito Sapo dando brincos a su alrededor.
Un día, un cazador indio se internó en las aguas del pantano y advirtió la presencia del muchacho. Había oído hablar del niño robado hacía mucho, mucho tiempo.
"¡Tiene que ser él!" -murmuró, mientras corría hacia su tienda. "¡He visto a un muchacho de pelo negro jugando entre los juncos!" -gritó a los demás al llegar al poblado indio.
Al momento acudieron los desgraciados padres, exclamando: "¡Es él, nuestro hijo!" El cazador les condujo sin perder un momento hacia el lago, y oculto entre los arrozales silvestres señaló con dedo tembloroso al muchacho que jugaba ajeno a cuanto pasaba.
"¡Es él, es él!" -gritó la madre, pues le había reco­nocido.
El cazador se apartó en silencio, mientras los feli­ces padres se deshacían en caricias hacia su bebé aho­ra convertido en un alto muchachito.

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El prisionero del árbol

Era un claro día de verano. El cielo azul intenso caía hasta el borde de la gran llanura, y un enorme sol amarillo colgaba en lo alto.
El canto de los pájaros llenaba el espacio entre cie­lo y tierra con una dulce música. Un pájaro de pe­cho amarillo cantaba una y otra vez, "¡Koda Ni Dakota!", "¡Koda Ni Dakota!", que quiere decir: "¡Amigo, tú eres un Dakota!" Quizá el pájaro se esta­ba refiriendo al Vengador de la Flecha Mágica, pues éste se acercaba caminando por la pradera. Espléndi­do con sus pinturas y sus plumas, caminaba orgullo­so con su gran carcaj de piel de ante colgado a la espalda y un largo arco en la mano. Se dirigía a un lejano campamento de tipis situado hacia el este.
Todos los días, un enorme águila roja sobrevolaba aquella aldea india amenazando a sus pobladores. Todas las mañanas este pájaro terrible surgía de un alto farallón de caliza, y desplegando sus alas gigan­tescas se dejaba caer planeando lentamente sobre el campamento indio. Entonces la gente, aterrorizada, corría a esconderse en las tiendas. Allí se cubrían la cabeza con las mantas y quedábanse sentados tem­blando de miedo. Nadie se atrevía a salir hasta que el Águila Roja no había desaparecido por el oeste, allí donde se juntan el azul y el verde.
En vano trató el jefe de la tribu de encontrar entre sus guerreros un buen tirador que pudiese lanzar una flecha mortífera al pájaro hambriento de carne hu­mana. Por fin, para atizar el valor de sus guerreros, hizo anunciar a su portavoz una nueva recompensa por abatir al Águila Roja.
Aquel que acabase con la temida águila roja de un flechazo, podría escoger como esposa a cualquiera de las dos hermosas hijas del jefe.
Al oír estas palabras, los hombres del poblado -jó­venes y viejos, héroes y cobardes- se pusieron a fa­bricar flechas nuevas para participar en la prueba. Al llegar el amanecer gris, muchas figuras humanas po­dían verse a la sombra del promontorio; silenciosos como fantasmas, envueltos en sus mantas bien ajus­tadas a la cintura, esperaban el nuevo día con sus ar­cos y flechas escogidos para la ocasión.
Algunos de los viejos guerreros, más astutos, per­manecían separados del grupo, sentados en cuclillas sobre el suelo desnudo; pero todos los ojos de la tribu miraban fijamente a la cima del peñasco, y contenien­do el aliento esperaban la aparición del Águila Roja.
Desde el interior de las tiendas otros muchos pa­res de ojos espiaban a través de los pequeños aguje­ros de las cortinas de entrada. Con las rocillas temblorosas y los dientes apretados, las mujeres ob­servaban a los hombres Dakota merodeando con sus arcos y flechas.
Por fin, cuando el sol de la mañana se asomó tam­bién por el horizonte para ver a los guerreros Dako­tas, el Águila Roja apareció caminando al borde del precipicio. Arreglóse su espléndido plumaje, agitó el cuello, sacudió sus alas poderosas, y sólo entonces se lanzó al aire. Descendió lentamente hasta el campa­mento indio, ¡donde le esperaban los hombres con sus fuertes arcos y flechas! En un instante todos los arcos se tensaron, y una lluvia de flechas salió dispa­rada hacia el cielo azul. Pero, ¡ah!, las alas indiferen­tes del águila se movieron, sin dejar que ni una de aquellas flechas las tocase siquiera, y el águila se alejó hacia el oeste, más allá del alcance de las flechas, más allá del alcance del ojo mismo.
La mortífera quietud del alba se rompió con el clamor de los lamentos de los indios. Las mujeres hablaban excitadas de las invul-nerables alas rojas del águila, y los héroes fallidos se ocultaron en las tien­das malhumorados. "¡He-he-he!"-gruñó el jefe.
Al atardecer de ese mismo día, un grupo de caza­dores descansaba sentado en torno a una brillante hoguera. Estaban hablando de un extraño joven a quien habían estado espiando mientras cazaban cier­vos más allá de los despeñaderos. Vieron cómo el ex­traño apuntaba con su arco: siguiendo con la vista la dirección de la punta de su flecha divisaron una ma­nada de búfalos. ¡La flecha salió disparada del arco, y alcanzó el cráneo del búfalo más próximo! Sin em­bargo, a diferencia de otras flechas, atravesó la cabe­za del animal y girando en el aire alcanzó la del siguiente búfalo. Así, uno a uno, los búfalos fueron cayendo sobre la dulce hierba en que pastaban, y quedaron tumbados sobre sus costados, con las patas rígidas y temblorosas. El extraño joven, muy tran­quilo, iba contando con los dedos los búfalos según iban cayendo muertos al suelo. Cuando por fin aba­tió al último, corrió hasta él, recuperó su Flecha Má­gica, la limpió cuida-dosamente sobre la suave hierba y la guardó en su largo carcaj de flecos.
"¡Sin duda va a preparar algún festín para alguna tribu hambrienta de hombres o bestias!" -comenta­ron los cazadores mientras se alejaban corriendo.
Tenían miedo del extraño guerrero de la flecha sa­grada. Sin embargo, cuando la historia de la flecha llegó a oídos del jefe, su cara se iluminó con una sonrisa, y mandó una partida de hombres a caballo para que averiguasen el nombre del cazador, cuándo nació y cuáles habían sido sus hazañas.
"Si se trata del Vengador de la Flecha Mágica, que salió de la tierra de un coágulo de sangre de búfalo, decidle que venga aquí. Que sea él quien mate al Águila Roja con su flecha mágica. Que sea él quien consiga a una de mis bonitas hijas" -dijo el jefe a sus mensajeros, pues la vieja historia del hijo-hombre del tejón era bien conocida en toda la llanura.
Pasaron cuatro días y cuatro noches, y los guerre­ros regresaron. "Viene para acá" -dijeron- "Le he­mos visto. Es alto y camina bien erguido; su rostro es hermoso, con grandes ojos negros. Se pinta las mejillas con rojo brillante, y exhibe sobre las sienes las líneas rojas que distinguen a nuestros hombres de mayor rango. Lleva colgado a la espalda un largo carcaj de flecos en el que guarda su Flecha Mágica, y tiene un arco grande y fuerte. Viene para acá, dis­uesto a matar al Gran Águila Roja". Las palabras de os mensajeros corrieron de boca en boca por todo el campamento.
Ocurrió que el inmortal Iktomi, recuperado ya de sus quemaduras marrones, oyó lo que la gente habla­ba, y al momento tuvo un nuevo deseo. "Si yo tuviese la Flecha Mágica mataría al Águila Roja y conseguiría para mí a la hija del jefe", se dijo.
Rápidamente volvió a su tienda solitaria. Se sentó en el suelo, bajo el árbol que crecía junto a la entra­da de su tipi, con la barbilla metida entre las rodillas dobladas. Sus ojos astutos escrutaban la llanura, en busca del Vengador.
¡Ya viene para acá!, dice la gente del poblado" -murmuró Iktomi. De pronto se llevó la palma de la mano a las cejas y miró con atención hacia el oeste. El sol del verano brillaba en medio de un cielo des­pe) ado. Allí, en la verde pradera un hombre con la cabeza descubierta caminaba hacia el este.
"¡Ja, ja! ¡Es él! ¡El hombre de la Flecha Mágica!" -rió Iktomi. El pájaro de pecho amarillo volvió a cantar, "¡Koda Ni Dakota! ¡Amigo, tú eres un Dako­ta!", e Iktomi se puso la mano en la boca y echó la cabeza hacia atrás, riéndose tanto del pájaro como del hombre.
"¡Él es tu amigo, pero su flecha matará a uno de tu especie! ¡Es un Dakota, pero pronto será parte de la corteza de este árbol! ¡Ja, ja, ja!" -rió de nuevo Iktomi.
El joven Vengador avanzaba a grandes pasos, acer­cándose cada vez más a la tienda y al árbol solitarios. Iktomi podía ya oír el ¡swish! ¡swish! de los pies del extraño avanzando por las altas hierbas. Acababa de pasar junto al árbol, cuando Iktomi, poniéndose en pie de un salto, le llamó: "¡How, how, amigo mío! Veo que estás vestido con hermosas pieles de ciervo y que llevas pintura roja sobre tus mejillas. ¿Es que vas a alguna fiesta o un baile, si puedo preguntarte?" Como vio que el joven se limitó a sonreírle, Iktomi continuó: "No he probado un solo bocado de comi­da en todo el día. ¡Apiádate de mí, joven guerrero, y caza a ese pájaro para mí!" -dijo, señalando a la copa del árbol, donde un pájaro descansaba sobre la rama más alta. El joven Vengador, siempre dispuesto a ayudar a quienes tuvieran problemas, lanzó una fle­cha, el pájaro cayó, y quedó colgando de la rama si­tuada más abajo.
"Amigo mío, súbete al árbol y coge el pájaro. Yo no puedo subir tan alto. Me marearía y caería" -le rogó Iktomi. El Vengador empezó a subir al árbol, pero Iktomi le gritó: "Amigo, tus hermosas pieles adornadas pueden rasgarse con las ramas. Déjalas a salvo aquí, sobre la hierba, hasta que bajes".
"Tienes razón" -replicó el joven, quitándose rápi­damente el largo carcaj de flecos de la espalda, y de­jándolo en el suelo J'unto con las bolsitas que llevaba colgando y todos los adornos tintineantes. Ahora podía ya subir al árbol sin estorbos. Pronto llegó a la punta y cogió el pájaro. "Amigo mío, tírame tu fle­cha para que pueda tener el honor de limpiarla con una suave piel de ciervo! "-exclamó Iktomi.
How!" -dijo el guerrero, arrojando la flecha y el pájaro al suelo.
Inmediatamente Iktomi agarró la flecha. La frotó primero contra la hierba y luego con una suave piel de ciervo, murmurando al tiempo cosas ininteligi­bles. El joven guerrero, que descendía de rama en ra­ma, oyó el murmullo y dijo: "¡Iktomi, no oigo lo que estás diciendo!"
"¡Oh, amigo mío! Sólo hablaba de tu gran cora­zon .
De nuevo, inclinado sobre la flecha Iktomi si­guió repitiendo los conjuros mágicos. "Quédate pe­gado, bien pegado a la corteza del árbol" -susurró en voz muy baja. El joven guerrero seguía bajando lentamente, y de pronto, Iktomi se incorporó, dejó caer la flecha al suelo y exclamó: "¡Quédate pegado a la corteza del árbol!", y así, antes de que pudiese saltar del árbol, el joven guerrero quedó unido a la corteza.
"¡Ja, ja!" -rió el malvado Iktomi, gritando y sal­j tando bajo el árbol."¡Tengo la Flecha Mágica! ¡Tengo las pieles y abalorios del Gran Vengador! ¡Mataré al Águila Roja! ¡Me casaré con la preciosa hija del jefe!"
"¡Oh, Iktomi, libérame!" -le imploró el guerrero Dakota prisionero en el árbol; pero las orejas de Ik­tomi eran como el moho de un árbol, pues parecía no oír nada.
Vistióse con las hermosas pieles, y sujetando orgu­lloso la Flecha Mágica en la mano derecha, Iktomi partió hacia el este. Imitando los largos pasos del Vengador, se alejó con la cara ligeramente vuelta ha­cia el cielo.
"¡Oh, libérame! ¡Estoy pegado al árbol como su propia corteza! ¡Sepárame del árbol!" -gemía el pri­sionero.
Pasó entonces junto al solitario tipi cierta joven que cargaba sobre su fuerte espalda una pila de ra­mas de sauce. Escuchó los lamentos del hombre, y se detuvo. Miraba a su alrededor, pero por ningún lado acertaba a ver ninguna criatura humana. "Quizá sea un espíritu", pensó.
"¡Oh, suéltame de aquí, libérame! ¡Iktomi me ha engañado! ¡Me ha convertido en corteza de este ár­bol!" -gritó la voz de nuevo.
La joven dejó en el suelo la pila de leña, y con su hacha de piedra en la mano corrió hacia el árbol. Allí, ante sus ojos atónitos, un joven guerrero estaba pegado al árbol.
Aunque era demasiado tímida para hablar, su co­razón era generoso, y no podía dejar a aquel joven prisionero del árbol. Así que valiéndose del hacha peló toda la corteza del árbol, y, abriéndola en dos como una chaqueta la dejó caer al suelo. Con ella cayó también el joven guerrero. Libre otra vez, em­prendió al momento la marcha, y tras alejarse unos pasos, volvióse a mirar a la joven y agitó la mano ha­cia arriba y hacia abajo. Este era el gesto de gratitud que se empleaba cuando las palabras parecían inca­paces de expresar sentimientos muy fuertes.
La todavía sorprendida muchacha llegó a su tien­da, montó en un pony, cabalgó a toda prisa por la llanura, y llevó su historia al campamento del este: a oídos del jefe preocupado por el Aguila Roja.

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El oso y el tejón

En la linde de un bosque vivía una gran familia de tejones. Habían construido su madriguera en el sue­lo, cubriendo las paredes y techo con piedras y paja.
El viejo Papá Tejón era un gran cazador, que sabía muy bien cómo seguir la pista del ciervo y el búfalo. Todos los días volvía a casa con alguna pieza, por lo que Mamá Tejón estaba siempre muy ocupada y los pequeños tejoncitos muy rechonchos. Mientras ellos jugaban a construir madrigueras de mentira, su ma­dre colgaba finas rodajas de carne en los soportes de madera de sauce. En cuanto la carne se secaba y cu­raba con el sol y el aire, la guardaba cuidadosa-mente en una gruesa bolsa.
Esta bolsa parecía una enorme funda rígida, pero de aspecto mucho más vistoso, pues estaba pintada con muchos colores brillantes. Los tejones colocaban las bolsas de carne firmemente atadas en las piedras de las paredes de su vivienda, de forma que resulta­sen útiles y decorativas.
Un día Papá Tejón decidió no salir de caza, y se quedó en casa haciendo flechas nuevas. Sus hijos se sentaron a su alrededor. Sus ojitos negros brillaban observando encantados los alegres colores con que su padre pintaba las flechas.
De pronto se oyó una fuerte pisada cerca de la en­trada. La puerta ovalada fue abierta de un empujón desde el exterior, dando paso a una enorme pata ne­gra con garras gigantescas. Le siguió otra pataza tor­pe. Los pequeños tejones observaban expectantes. Tras el segundo pie asomóse ¡la cabeza de un enorme oso negro! El animal entró en la casa silencioso, y se sentó en el suelo, junto a la puerta. Sus ojos negros no se apartaban de las bolsas pintadas de colores que colgaban de las paredes de piedra, pues el oso adivi­naba qué había en ellas. Se trataba de un oso muy, muy hambriento, que al ver la carne roja colgando en el patio había decidido hacer una visita a la fami­lia de tejones.
Aunque era un extraño y sus enormes patas y boca asustaban a los pequeños tejones, Papá Tejón le salu­dó: "¡How, how, amigo! Tus labios y tu nariz parecen febriles y hambrientos. ¿Quieres comer con noso­tros?"
"Sí, amigo mío" -dijo el oso- "Me muero de hambre. Ví tus tiras de carne fresca y como sé que tienes un corazón generoso, me acerqué a tu casa. Dame carne para comer, amigo mío".
Entonces Mamá Tejón cruzó la habitación con largos pasos, y como tenía que pasar junto al extraño visitante le dijo, casi discul-pándose: "¡Ah, han! ¡Per­míteme pasar!"
How, how!" -replicó el oso, pegándose más a la pared y cruzando las piernas. Mamá Tejón escogió el pedazo de carne más tierna y enseguida se puso a asarla sobre un lecho de ascuas de carbón.
Aquel día el oso comió hasta hartarse. Al caer la noche se levantó, y chasqueando los labios -que es la forma ruidosa de decir: "la comida estaba muy bue­na" -abandonó la vivienda de los tejones. Los pe­queños tejones corrieron a asomarse a la cortina de la puerta, desde donde espiaron al oso peludo hasta que desapareció en los bosques cercanos.
A partir de entonces, todos los días, el crujido de ramas procedente del bosque anunciaba a los tejones las fuertes pisadas que se acercaban: volvía otra vez el mismo oso negro. Nunca se molestaba en levantar la cortina de la puerta, sino que la apartaba con su cuerpo y entraba lentamente en la vivienda, sentán­dose en el mismo lugar junto a la entrada y cruzan­do las piernas.
Sus visitas diarias se hicieron tan regulares que Ma­má Tejón extendió una manta de piel en el lugar don­de solía sentarse, pues no quería que ningún invitado a su casa tuviera que tomar asiento en el suelo desnudo.
Por fin, el oso volvió un día con la nariz negra y brillante. El pelo de su piel estaba reluciente, y había engordado a costa de la hospitalidad del tejón. Entró en la casa y miró a los tejones con ojos malvados que resplandecían en su cabeza peluda. Sorprendido por la extraña conducta del visitante, que permanecía de pie sobre la alfombra de piel con su espalda redonda apoyada contra la pared, el Papá Tejón le preguntó: "¡How, amigo mío! ¿Qué ocurre?"
El oso dio un paso adelante y sacudió su enorme garra ante el rostro del tejón, diciendo: "¡Soy fuerte, muy fuerte!"
"Sí, sí, ya lo sé" -replicó el tejón.
"Sí, te has puesto fuerte de comer nuestra comida" -murmuró Mamá Tejón desde el otro extremo de la habitación, mientras cosía unos adornos de cuentas.
El oso sonrió, mostrando una hilera de enormes dientes afilados. "No tengo casa. No tengo bolsas de carne seca. No tengo flechas. Todo eso lo he encontrado aquí, aquí mismo" -dijo, y dando un pisotón en el suelo gritó: "¡Lo quiero todo! ¡Mirad! ¡Soy muy fuerte!" -repitió, levantando a la vez sus terribles ga­rras.
El Papá Tejón le contestó sin perder la calma :"Te he alimentado. Te he llamado amigo, aunque viniste mendigando y sin conocernos de nada. Por mis pe­queños, te ruego que nos dejes en paz".
Un gruñido sordo, que fue haciéndose cada vez más fuerte y fiero, constituyó la respuesta del oso. "¡Wa-ough!" -rugió, y echó a los tejones de la casa por la fuerza. Primero al padre, luego a la madre, y a los pequeños después por parejas. Quédose entonces parado en la entrada y mostrando sus horribles dien­tes gruñó: "¡Largaos de aquí!"
Papá y Mamá Tejón se pusieron en pie, levantaron a sus pequeños y gimiendo por la desdicha llenaron de aire sus aplastados pulmones hasta recobrar las fuerzas. Los pequeños tejones, apenas pudieron vol­ver a respirar, sólo comenzaron a aullar y chillar de dolor y miedo. ¡Ah! ¡Qué triste lamento el de la fa­milia de tejones mientras se alejaban de su hogar! A poca distancia de su casa robada, Papá Tejón cons­truyó una pequeña cabaña circular con ramas de sauce dobladas, cubierta por un techo de hierba seca y ramitas.
Este fue su refugio para la noche, pero ¡oh!, carecían de comida y de flechas, así que Papá Tejón se pasó todo el día siguiente mero-deando por el bosque; mas como no tenía flechas, no pudo conseguir alimento para sus pequeños. Al volver a la cabaña, los chillidos de sus pequeños pidiendo comida y el triste silencio de Mamá Tejón, que permanecía cabizbaja, le dolie­ron como la herida de una flecha envenenada.
"¡Mendigaré carne para vosotros!" -dijo con voz temblorosa. Se cubrió el cuerpo y la cabeza con una larga manta y fue a donde estaba el gran oso negro. El oso se afanaba cortando carne roja para colgarla al sol, y ni siquiera se detuvo a mirar al recién llegado. El tejón observó que el oso se había llevado a la casa a toda su familia. Pequeños oseznos jugaban bajo los pedazos de carne colgados en lo alto del patio, riendo y apuntando con sus diminutas narices hacia las finas rodajas.
"¿Es que no tienes corazón, Oso Negro? Mis hijos se mueren de hambre. Dame un pedacito de carne para ellos" -imploró el tejón.
"¡Wa-ough!" -rugió el oso iracundo, abalanzán­dose sobre el tejón. "¡vete!" -dijo, y de un puntapié con su enorme pata trasera lanzó al tejón rondando contra el suelo.
Todos los pequeños y malvados oseznos empeza­ron a reírse a carcajadas al ver al mendigo caer. "¡Ha-ha!", gritaban. Había uno sin embargo que ni siquiera sonrió. Parecía el osezno más jo­ven. Su piel no era tan negra y brillante como la de sus hermanos mayores, y tenía el pelo seco y deslustrado, que más bien parecía lana enredada. Era el Osezno Feo. ¡Pobre osito! Había sido siem­pre blanco de las burlas de sus hermanos mayores. El no podía evitar ser como era, no podía borrar las diferencias con sus hermanos. Así que, como decíamos, aunque todos se rieron del tejón, él no le vio la gracia al asunto,y su rostro permanecía serio y adusto. En lo profundo de su corazón se sentía triste al ver a los tejones gimiendo y mu­riéndose de hambre, y en su pecho fue encendién­dose un ardiente deseo de compartir su comida con ellos.
"No le pediré a rni padre que les dé carne" -pensó el Osito Feo- "Me diría: ¡No!, y mis hermanos se reirían de mí".
Un momento después, como si sus buenas inten­ciones hubiesen caído en el olvido, el osezno cantaba y saltaba feliz dando vueltas alrededor de su padre, que seguía trajinando con la carne. Cantaba con su vocecita aguda, arrastrando las patitas con largos pa­sos como si un espíritu travieso rezumase por sus ta­lones, y entonces se desvió perdiéndose entre las altas hierbas. Se dirigió hacia la pequeña cabaña re­donda, y al llegar frente a la entrada lanzó una pata­da con su pata trasera izquierda. ¡Zas! De pronto un pedazo de carne fresca fue a caer al interior de la ca­baña. Era una carne dura y llena de nervios, mas era el único pedazo que había podido tomar sin que su padre se diese cuenta.
Así, una vez alimentados los tejones hambrientos, el Osito Feo volvió corriendo a casa de su padre.
Al día siguiente Papá Tejón regresó a casa de los osos, y se quedó quieto mirando cómo el gran oso cortaba finas rodajas de carne.
"Dame..." -empezó a hablar, cuando el oso se volvió hacia él con un rugido, lanzándole a un lado de forma cruel. El tejón cayó sobre sus patas delan­teras, en un lugar donde la hierba estaba mojada por la sangre del búfalo recién desollado. Sus ojos ham­brientos se posaron sobre un pequeño coágulo de sangre que brillaba sobre la hierba. Papá Tejón miró temeroso hacia el oso, vio que se había dado la vuel­ta, agarró rápidamente el pedazo de sangre y se lo guardó bajo la manta.
De vuelta a su cabaña pensó: "Rogaré al Gran Es­píritu que lo bendiga", así que construyó una peque­ña tienda, apiló en su interior un montón de piedras sagradas y las calentó. Después las roció con agua y se dispuso a purgar su cuerpo. "También debo puri­ficar la sangre del búfalo antes de pedir al Gran Espí­ritu que la bendiga" -pensó, y se llevó el pedazo de sangre coagulada con él al interior de la tienda con el Vapor Sagrado. La puso junto a las piedras sagradas y se sentó al lado. Tras un prolongado silencio, mur­muró :"Gran Espíritu, bendice este pequeño pedazo de sangre de búfalo". Después se levantó y salió en silencio de la tienda. Notó que alguien le seguía, mi­ró por encima del hombro y vio con enorme alegría que se trataba de un bravo guerrero Dakota vestido con hermosas pieles de ciervo. Llevaba en la mano una flecha mágica, y de su espalda colgaba un largo carcaj con flecos. En respuesta a la oración del tejón, el Vengador había surgido de los glóbulos rojos de la sangre del búfalo.
"¡Hijo mío!" -exclamó el tejón tendiéndole su mano derecha.
"How, padre," -replicó el guerrero- "¡Yo soy tu vengador!
Al momento el tejón le contó la triste historia de sus hijitos hambrientos y el oso avaro. El guerrero le escuchaba atentamente con la vista fija en el suelo. Por fin el tejón se dispuso a marcharse.
"¿Dónde vas?" -preguntó el guerrero.
"Hijo mío, no tenemos comida. Voy otra vez a pe­dirle comida al oso" -respondió el tejón.
"Entonces iré contigo' -dijo el joven guerrero, y el tejón se sintió muy contento. Estaba orgulloso de su hijo, encantado de que por vez primera una cria­tura humana le llamase "padre".
El oso advirtió la llegada del tejón desde lejos. En­tornó los ojos tratando de distinguir al alto extraño que caminaba a su lado, y vio la flecha mágica que llevaba. Al momento adivinó que era el Vengador, de quien había oído hablar hacía mucho, mucho tiempo. Se puso muy tieso con una mano sobre el muslo, esperó a que se acercasen, y les sonrió:
How, Tejón, amigo mío! Toma mi cuchillo. Cor­ta las partes que más te gusten de este ciervo" -dijo, alargándole una hoja larga y delgada.
How!" -contestó el tejón, impaciente. Se pre­guntaba qué había inspirado al oso a portarse tan ge­nerosamente. El joven vengador esperó hasta que el tejón cogió el largo cuchillo en su mano, y entonces, mirando de frente al rostro del oso negro, dijo: "He venido a hacer justicia. Sólo le has devuelto un cu­chillo a mi pobre padre. Ahora devuélvele su casa". Su voz era profunda y poderosa, y en sus ojos negros ardía un fuego firme.
Los largos y fuertes dientes del oso empezaron a castañetearle, y su cuerpo peludo se puso a temblar de miedo. "¡Ahow!" -gritó, como si hubiese sido he­rido, y corrió a meterse en la casa. Una vez dentro, jadeando y temblando sin parar, dijo a su prole: "¡Salid todos fuera! Esta es la casa del tejón. Tene­mos que huir al bosque, porque ahí fuera está el Vengador de la Flecha Mágica".
Todos los osos se precipitaron fuera de la madri­guera y desa-parecieron corriendo en el bosque.
Los tejones regresaron a su hogar cantando y rien­do, y entonces el Vengador se despidió:
"Me voy" -dijo al partir- "Me voy a recorrer el mundo".

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