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miércoles, 29 de agosto de 2012

Historia de jarchil ibn jarchun

EN EL NOMBRE DE ALA, EL CLEMENTE, EL MISE­RICORDIOSO.

Esta es la historia de Jar­chil ibn Jarchun y de las pre­guntas que hizo a Ali ibn Abi Talib. Fue contada por Al-Hakan ibn al-Hukain al­Basari, Alá esté satisfecho de él, y por Wahab ibn Munaba y por Cilman al-­Faraciyu, y dice:
Habiendo muerto Mahoma, Alá le bendiga y le dé salvación, quedó como califa Abu Bakri il­-Siddi, Alá esté satisfecho de él. Estando sentado en la mezquita con los Emigrados de La Meca y los creyentes de Medina dijo: "Vino una vez un cristiano de tierras de Siria del que nunca se conoció ni se supo el nombre, y era de los más fuertes en la defensa de su fe, y vinieron con él cincuenta abades y cincuenta frailes. Y gritaba el cristiano con grandes voces:
-¡Eh! los de la mezquita, ¿está entre vosotros Mohamed ibn Abdullah?
Levantándose Cilman, le dijo:
-Mohamed, aquél por quien preguntas, ya está muerto.
Dijo entonces el cristiano:
-¿Tiene sucesor?
Respondió Cilman:
-Sí, su sucesor es Abu Bakri.
Preguntó el cristiano:
-¿Dónde está Abu Bakri? Quiero hablarle y rogarle.
Al-Hakan respondió:
-Habla y ruega, que está delante de ti.
Al momento dijo el cristiano:
-La paz sea contigo y con tu gente, Abu Bakri.
Contestó Abu Bakri:
-La paz sea con quienes siguen la doctrina del infierno.
Dijo el cristiano:
-Abu Bakri, he venido de tierras de Siria con difíciles preguntas, encontradas por mí en anti­guas escrituras de mi padre y de mi abuelo, y si tú les das respuesta conforme a nuestra fe, sabre­mos que Mahoma es profeta y mensajero, y que la religión del Islam es verdadera, y todo lo demás es nada.
Respondió así Abu Bakri:
-Pregunta lo que quieras, pues no hay fuerza ni poder sino en Alá, el Alto, el Todopoderoso.
Habló entonces el cristiano:
-Abu Bakri, lo primero que demando es que me hagas saber con qué voluntad salí de tierras de Siria y a qué he venido; y hazme saber quiénes son los que apresuran la marcha, y quiénes las que llevan una carga; y quiénes son las que corren con facilidad, y quiénes los que distribu­yen una orden; y hazme saber de dos que habla­ron con el Señor de las gentes, que no hay en ellos carne ni sangre; y hazme saber de cosa que habla y no tiene alma ni sangre; y hazme saber de aquello que Alá creó y después compró; y hazme saber del agua que no baja del cielo ni nace de la tierra; y hazme saber del primer muerto sobre la faz de la tierra; y hazme saber del primer árbol que estremeció el aire; y hazme saber de la carrera blanca que va por el cielo; y hazme saber lo que dice el gallo en su canto, y qué dice el perro cuando aúlla, y qué dice el caba­llo cuando relincha, y qué dice el trueno en su bramido, y qué dice el camello en su grito, y la abubilla en su canto, y la paloma, y la perdiz, y la golondrina, y la rana, y qué dice la campana en su sonido, y el león en su rugido, y el pavo real en su canto; y hazme saber de la noche cuando viene el día, y en dónde es del día cuando viene la noche; y hazme saber de uno que no tiene segundo, y de dos que no tienen tercero, y de tres que no tie­nen cuarto, y de cuatro que no tienen quinto, y de cinco que no tienen sexto, y de seis que no tie­nen séptimo, y de siete que no tienen octavo. Y si tú, Abu Bakri, respondes todas estas pregun­tas, sabremos que sois los de la verdad y nosotros los de la mentira.
Y Abu Bakri y su gente se maravillaron de la elocuencia de su lengua y de sus muchas pre­guntas.
Dijo Abu Bakri:
-¡Por Aquel que envió a Mahoma con su mensaje!, entre nosotros hay un hombre que juzga a los del Evangelio con su Evangelio, a los de la Tora con su Tora, y a los del Corán con su Corán.
Después llamó Abu Bakri a Cilman y le dijo:
-Ve a casa de Alí, esté Alá satisfecho de él, y dile que venga a la mezquita rápidamente.
Y marchó Cilman a casa de Alí, y llamó a su puerta; y saliendo deprisa Alí, le saludó.
Y dijo Cilman:
-Abu Bakri te envía su saludo y te ruega que vayas a la mezquita.
Respondió Alí:
-Oír y obedecer a Alá, y después al sucesor del mensajero de Alá.
Añadió Alí:
-No hay duda, por Alá, que ha venido algún cristiano de tierras de Siria.
Sonrióse Cilman, y dijo:
-¿Cómo lo has sabido, Alí?
Contestó:
-Ya me lo hizo saber el hijo de mi primo, Mohamed, Alá le bendiga y le dé la salvación.
Y marchando Alí y Cilman, entraron al momento en la mezquita. Saludó Alía Abu Bakri y a toda su gente, y sentándose a su lado dijo:
-Abu Bakri, Cilman ha ido por mí, ¿qué quieres?
Respondió Abu Bakri:
-Alí, este cristiano ha venido de tierras de
Siria, queriéndonos preguntar muchas cosas, a las que tú contestarás.
Y dijo Alí:
-iY qué es, Abu Bakri?
Dijo Abu Bakri:
-Pregunta tú, cristiano, que él te hará saber lo que querías.
Y dijo Alí al cristiano:
-Cuéntame tus preguntas.
Y el cristiano las volvió a contar del principio al fin, y Alí las escuchó. Y cuando el cristiano acabó sus preguntas, dijo Alí:
-Oh, Jarchil ibn Jarchun, yo responderé a tus preguntas; creerás en Alá y en su mensajero. Y cuando el cristiano oyó su nombre, se maravilló mucho, exclamando:
-¿Cómo has sabido mi nombre o quién te lo hizo saber? Pues nunca hubo ninguno que lo supiese, sino mi padre que me dio este nombre cuando nací del vientre de mi madre, y lo escri­bió en una carta, y la puso en una caja, y puso al principio de la carta: "Haced homenaje, que nin­guno que lea esta carta descubra este nombre."
Y por eso nadie conoce mi nombre, salvo mi padre, y cuando él murió y llegué a ser hombre,y me hice señor y dueño de sus cosas después de él, abrí aquella escritura y encontré en ella mi nom­bre, el cual he ocultado a la gente y nadie lo ha sabido nunca, sino tú en el díaa de hoy. Dime, ¿quién eres tú y quién te lo hizo saber?
Respondió:
-Yo soy Alí, y me ha hecho saber tu nombre el Señor de los primeros y de los últimos.
Y el cristiano le dijo:
-Alí, si contestas estas preguntas, según son entre nosotros en el Evangelio, sabremos que Mahoma era mensajero de Alá, y yo me haré musulmán en tus manos, y creeré en Alá y en el mensaje de Mahoma, su profeta.
Dijo Alí después de esto:
-Oh señor, sé testigo entre nosotros. Jarchil ibn Jarchun, en cuanto a tu pregunta de con qué vienes de tierras de Siria, viniste con cien cequíes de plata blanca y con cien cequíes de oro amarillo; en cuanto a qué viniste, tú viniste a preguntar por la religión del Islam, si era verda­dera o no; en cuanto a tu pregunta sobre los que apresuran la marcha te diré que son los cuatro aires: cierzo, faveño, bochorno y solano; y las que llevan una carga, son las nubes que transpor­tan agua de un lugar a otro; y las que corren con facilidad, son las fustas en la mar; y los que distri­buyen una orden, son los ángeles que reparten los sustentos a las criaturas cada día con la licen­cia de Alá; en cuanto a tu pregunta de dos que hablaron con el Señor de las gentes y no hay en ellos ni carne ni sangre, son los cielos y la tierra, cuando les dijo Alá: "Venid a mí, obedientes o por fuerza", dijeron: "Antes venimos obedien­tes"; en cuanto a tu deman-da sobre las llaves del cielo, están en las bocas de las criaturas.
Dijo el cristiano:
-¿Cómo es esto?
Respondió Alí:
-Cuando dice el siervo con voluntad y buena intención: "Confieso que no hay más Dios que Alá, que no tiene igual, y confieso que Mahoma es su servidor y profeta”, de entre las intencio­nes del siervo sale una claridad con figura de ave verde que vuela y desgarra los siete cielos, hasta que cae postrada ante las manos de Alá, pode­roso y ensalzado sea, temblando como las hojas de los árboles con aire fuerte; y le dice el Señor de las gentes: "Oh palabra, que por mi honra y nobleza y por lo alto de mi lugar salga de la boca de mis siervos, que le sirva de perdón, aunque no la diga sino una vez en su vida."
En cuanto a tu pregunta por un cosa que reso­pla y no tiene alma, es el alba cuando resopla; en cuanto a la cosa que creó Alá y luego compró, son las almas de los que mueren en la guerra santa; en cuanto a la cosa que creó Alá y después demandó, es el cayado de Moisés; en cuanto al agua que no desciende de los cielos ni nace de la tierra, es el sudor de los caballos en la guerra santa; en cuanto a la tumba que anda con su señor, fue Jonás en la hora en que se lo tragó el pez y clamó en la oscuridad y dijo: "No hay Señor sino Alá, y yo soy de los errados". Y si no fuera porque era de los que glorifican al Señor, habría permanecido en su vientre hasta el día del juicio; en cuanto a tu pregunta por el primer muerto sobre la faz de la tierra, fue Abel cuando lo mató su hermano Caín; en cuanto al primer árbol que estremeció el aire en el mundo, fue el árbol del que se hizo el barco de Noé; en cuanto a la carrera blanca que está en el cielo, fue por donde Alá, bendito y ensalzado sea, envió su ira cpntra las tribus de Lot; en cuanto a lo que dice el gallo en su canto, dice: "Recordad a Alá, negligentes", y el perro cuando ladra dice: "Tan mala para los del fuego", y el asno en su rebuzno dice: "La ira de Alá sobre los descreídos", y el caballo en su relincho dice: "Tan buena para los creyentes", y el trueno en su bramido dice: "De Alá es el juicio y el orden", y el camello en su bramido dice: "Bendito aquel que da el sustento a quien quiere sin cuenta", y el león en su rugido dice: "Yo soy barragán de barraganes y soy muy fuerte", y la abubilla en su canto dice: "El peor de las gentes, el de dos caras", y la paloma en su canto dice: "Toda alma ha de catar la muerte", y la perdiz en su canto dice: "El piadoso se igualó sobre su trono y sobre su reino, y está en alto estrado", y la golondrina en su canto dice: "Bendito sea el vivo perdurable, aquel que no muere", y la rana en su croar dice: "Bendito sea aquel que nos llevó a morar en el agua, y llena con su obedien­cia todo lugar", y la campana en su tañido dice: "Bendito sea Alá, el único verdadero", y el pavo en su canto dice: "Bendito sea quien prodiga las gracias sobre quienes le pertenecen", y en cuanto a la pregunta de en dónde está la noche cuando viene el día y en dónde está el día cuando viene la noche, la respuesta es que aquél cuyo nombre es Israfil (Rafael) toma una perla negra, cuya anchura y largura es de seiscientos años junto al sol naciente, y cuando el sol mira aquella perla negra, traspone más rápido que la pestaña del ojo, pues Alá ordenó al sol que no se pusiese hasta mirar aquella perla. Y cuando el sol se ha puesto viene un ángel cuya largueza es andadura de seiscientos años, y una cortina de oscuridad cae sobre el séptimo mar, y no ha creado Alá oscuridad más profunda que ésta. Toma enton­ces el ángel un puñado de ella y va junto al sol poniente, y no cesa el ángel de lanzar oscuridad de entre sus dedos, poco a poco, hasta que tira la mayor parte, que es antes de la entrada de la noche. Y cuando traspone el mar mayor, suelta oscuridad y extiende sus alas, con glorificacio­nes y alabanzas santificadoras a Alá hasta que llega el sol poniente y ábrese el alba. Después viene otro ángel cuyo nombre es Jarail, y toma otra perla blanca y asómase con ella al sol saliente, y viene el día con su claridad y su res­plandor y su señorío. Esto ocurre cada día y cada noche, y Alá lo sabe.
Y en cuanto a tu pregunta por uno que no tiene segundo a él, es Alá, tan bendito es, y en cuanto a dos que no tienen tercero a ellos, son Adán y Eva, y tres que no tienen cuarto, son Gabriel, Miguel y Rafael, y cuatro que no tienen quinto, son los cuatro libros: la Tora, el Evange­lio, los Salmos y el Corán, y cinco que no tienen sexto, son las cinco oraciones rituales que pres­cribió Alá para sus siervos, y los seis que ño tie­nen séptimo, son los días que nombró Ala en el Corán; nuestro señor Alá que creó los cielos y la tierra en seis días, y después sentóse sobre su trono, y siete que no tienen octavo, son los siete cielos, que Alá creó en siete días con su poderío y grandeza. Y éstas son las respuestas a lo que pre­guntabas. ¿Qué dices ahora?
Dijo el cristiano:
-Por Alá, que has respondido conforme al Evangelio: no has quitado ni añadido letra alguna.
Y puesto en pie, añadió:
-Soy testigo y doy testimonio de que no hay Señor sino Alá, que no tiene igual, y Mahoma es su siervo y su profeta verdadero.
Y se hizo musulmán él y los que con él vinie­ron, y fue buena su religión, y enseñáronles la ley y la doctrina.
Así pues, pidamos a Alá que nos prepare bien, por su gracia, honra y nobleza; que no hay señor sino El, ni servimos a nadie sino a El, y El es pode­roso sobre todas las cosas.
ALABADO SEA ALA, SEÑOR DE LOS MUNDOS.

117. anonimo (morisco)

Cuento del árabe y la doncella

EN EL NOMBRE DE ALA, EL CLEMENTE, EL MISE­RICORDIOSO.

Esta es la historia del árabe y la doncella, fundado en la costumbre preislá­mica de enterrar vivas a las hijas recién nacidas, con­tado por Ibn Abbas, Alá tenga piedad piedad de él, que dijo:
-Cuenta Zaid ibn Jalin e Ibn al-Hucain el­-Basari, que estando el profeta, Alá le bendiga y le dé salvación, sentado un día en la mezquita, des­cendió sobre él el ángel Gabriel, la paz sea con él, enviado por Alá, bendito y ensalzado sea, y saludó a Mahoma. El profeta devolvió el saludo, y Gabriel le dijo:
-Mahoma, dice tu Señor que mañana cuando amanezca, si Alá quiere, envíes a uno de tus caba­lleros que vaya camino de Siria y que se aleje de la ciudad una distancia de dos leguas.
Cuando amaneció Alá la hermosa mañana, madrugó el mensajero de Alá, Mahoma, Alá le bendiga y le dé la salvación, con los emigra-dos y los creyentes, y con él Abú Bakri Sidiq y Omar ibn al-Hatab, y Usman ibn Afán y Caid y Tal­hata y Azubayri. Y se fueron con el profeta, Alá le bendiga y le dé la salvación. Volvióse el pro­feta de Alá y los miró, y no vio entre ellos a al­-Faraçy que era un caballero que cuando salía a la guerra a caballo, estimábase su valor por mil caballeros, y a pie por quinientos. Y por esto el profeta, Alá le ben-diga y le dé salvación, le tenía en alta estima.
Y dijo:
-¿Dónde está Bilal ibn Haman?
Respondió éste con gran humildad:
-¡Oh, profeta!, mírame aquí delante de ti.
Mándame lo que quieras.
Dijo el profeta:
-Bilal, porque te prefiero, quiero que vayas a casa de Cilman al Faraçi y le digas que venga aquí prestamente.
Marchó Bilal a casa de Cilmán al-Faraçi y llamó a su puerta quedamente, y respondió Cilman:
-¿Quién es? Alá se apiade de ti.
Y respondió:
-Cilman, soy Bilal. El mensajero de Alá te llama.
Respondió Cilman:
-Oigo y obedezco a Alá, después a su men­sajero.
Y así fueron los dos juntos, y llegaron a la mez­quita del profeta, Alá le bendiga y le dé salva­ción. Y después del saludo dijo el profeta:
-Oh Cilman, por la estima que te tengo, ve a tu casa, coge tu caballo y marcha camino de Siria hasta una distancia de dos leguas, y tráeme un hombre que encontrarás, porque en este hecho habrá maravillas.
Volvió Cilman a su casa, tomó sus armas y su caballo y salió camino de Assam.
Y cuando estuvo a dos leguas de la ciudad, se encontró con un árabe que venía sobre una camella que levantaba una polvareda que apenas dejaba ver. Acercóse Cilman a él y distinguió a un árabe muy alto, largo, recio, de grandes espal­das, grueso de muslos, y tenía una mirada tan espantosa que parecía de las legiones del in­fierno, con la espada desenvainada chorrean­do sangre.
Cuando Cilman vio su enormidad y su recie­dumbre, tuvo miedo y se espantó. Volvió enton­ces Cilman huyendo hasta las puertas de la ciudad.
Allí se encontró con Al¡ ibn Abi Talib, el luchador de dos espadas, lancero, valiente y esforzado, señor de la batalla del día de Badri Huanain, Alá esté satisfecho de él.
Dijo Alí:
-Cilman, ¿dónde está lo que te mandó traer el profeta, Alá le bendiga y le dé salvación?
Dijo Cilman:
-Oh Alí, no te apresures en avergonzarme por cobarde, porque nuestro Señor es piadoso y es prudente; te juro por Alá que no conozco corazón por fuerte que sea que no se espante, salvo el tuyo que sólo temió a Alá.
Al momento se fue Alí, esté Alá satisfecho de él, por el camino hasta que se encontró con el árabe, y no lo espantó su grandeza ni tuvo miedo de él, sino que al llegar a su lado entabló una batalla que duró una hora larga. Alí combatió con saña y acercóse a él le echó mano a los vesti­dos y dio con él en tierra con furia muy grande, como león sañudo, y se puso sobre su pecho y sacó su espada para degollarlo cuando oyó una voz que decía:
-Alí, no te apresures en matar al árabe que en este hecho hay maravilla muy grande. Tómalo y tráelo como cautivo humillado delante del pro­feta, Alá le bendiga y le dé salvación.
Así hizo Alí, esté Alá satisfecho de él, y cogién­dolo fuertemente lo llevó delante del profeta, Alá le bendiga y le dé salvación. Cuando el pro­feta de Alá lo vio dijo:
-¡Oh, árabe!, dime de dónde vienes y cuénta­nos tu historia hasta el final.
Dijo el árabe:
-¡Oh, Mahoma!, mucho me place: Has de saber que yo soy de Siria, de una ciudad que se llama Saguraca, y en ella hay ochenta mil casas de infieles, pues no hay en todos ellos quien diga: "No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta." En cuanto a lo que me preguntas sobre mi historia, has de saber, Mahoma, que en aque­lla tierra tenemos costumbre y es práctica co­mún entre nosotros, cuando un hombre se casa y tiene un hijo, sacrificarlo con una espada, y asi­mismo si es la primera hija degollarla en sacrifi­cio a nuestra ídola. Por lo cual te hago saber, Mahoma, que yo casé con una hija de mi prima y estuve con ella doce meses; dio a luz una hija muy hermosa, que nunca mis ojos vieron cara más hermosa que aquélla. Y quísela degollar conforme a la práctica del sacrificio con la espada y he aquí que me conjuró mi mujer diciendo:
-"Oh hijo de mi primo, por Alata w-Al'uzza te ruego que no degüelles a esa niña tan her­mosa.”
Y la dejé, Mahoma, hasta que llegó a la edad de siete años cum-plidos.
Un día, sentado en mi almohadón y con el birrete sobre la cabeza, vino a mí la muchacha y me dijo:
-Oh padre, ¿quién es mi señor?
Dije:
-Tu madre, hija mía.
-¿Y quién es el señor de mi madre?
Contesté:
-Yo soy el señor de tu madre.
Y preguntó de nuevo la niña:
-¿Y quién es tu señor?
Le dije:
-Mi señor es la ídola mayor Alata w-Al'uzza.
Dijo la niña:
-¿Y quién es el señor de la ídola mayor?
A esto, Mahoma, no supe darle respuesta. Y la niña añadió:
-Padre, vives en el error y la mentira, pues la ídola Alata w-Al'uzza no tiene ningún poder, ni saber, ni provecho, ni daña, ni defiende. Padre, mi Señor y el Señor de mi madre y tu Señor, y el Señor de la ídola mayor es Alá, aquél que creó los cielos y la tierra, y creó las personas y las cosas.
Cuando oí aquello de la niña, Mahoma, fui a su madre y le conté lo ocurrido, y me dijo:
-Marido, por Alata w-Al'uzza, cabalga en tu camella y llévate a la muchacha contigo, ve donde la tierra es yerma y degüéllala, y tráeme su corazón y su hígado, porque si no ella corrom­perá nuestra fe.
Al momento tomé mi camella, llevando la niña delante de mí y fui con ella donde la tierra es yerma. Cuando llegué, bajé a la niña y la senté en tierra: y empecé a hacer su tumba para ente­rrarla cuando la hubiese degollado, y haciendo la tumba el sudor me caía por la cara y por los ojos, y la niña se levantaba y me limpiaba el sudor y me compadecía por lo que trabajaba; y me decía:
-Padre, ya veo que esta tumba es para mí, y que me has traído para degollarme.
Y yo, que nunca había sentido piedad de la muchacha cuando acabé la fosa, cogí a la niña, la derribé, saqué mi espada y la degollé. Una vez tomados su corazón y su hígado, la enterré. Cuando acabé, quise volver a casa pero he aquí que apareció frente a mí un fuego abrasador, y se alzaron enormes llamas a mi derecha y a mi izquierda y delante y detrás.
No había amparo para mí, Mahoma, del calor de aquel fuego, ni tenía a dónde ir. Estando en esta situación casi perdido, desesperan-zado, oí un clamante que gritaba, aunque no veía su figura, y decía:
-Hermano de los árabes, si quieres salvarte de este fuego y librar-te de él, vete a Mahoma, Alá le bendiga y le dé la salvación, hazte musulmán en sus manos y así te salvarás.
Al momento tomé la decisión de venir junto a ti y hacerme musulmán en tus manos, y afirmo que no hay tropiezo para quien bien guía, ni falta de fe después de la creencia. Soy testigo de que no hay señor sino Alá, el sin igual, y tú eres Mahoma, su siervo y mensajero, y esto digo con mi carne, mis huesos y mi sangre y mis costados y todo mi cuerpo.
Una vez que el árabe hizo profesión de que no hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta, dijo el enviado de Alá:
-Arabe, ¿quieres venir conmigo a la tumba de tu hija?
Respondió el árabe:
-Sí, Mahoma, pero, ¿quién nos guiará para que acertemos con la tumba de mi hija? Con el espanto del fuego y la gran tribulación en que me vi, no sé por dónde vine ni sabría tornar allá.
Dijo Mahoma, Alá le bendiga y le dé la sal­vación:
-Ven conmigo, árabe.
Dice Zeydi ibn Halid que se fueron el profeta y diez hombres honrados de su cortejo, y el árabe con ellos, sin guía ninguna, que no los guiaba sino Alá, tan alto es, que lo conducía con su poder; y anduvieron hasta que llegaron a la fosa.
Maravillóse el árabe de aquello, y nada más lle­gar hincó el Profeta su pie en la tierra, encimá de la tumba, y Alá hizo manar una fuente de agua perfecta, y tomó ablución y sus compañeros con él. Después hizo oración, dos inclinaciones y rezó una plegaria que no detuvieron los cielos hasta que llegó a la potencia de Alá. Después puso por segunda vez su pie en la tumba. Y he aquí que se hinchó como un cuerpo, cuál si fuese una criatura en el vientre de su madre; hincó entonces por tercera vez en la tumba su pie el profeta y abrióse enteramente ésta hasta que apareció la niña. Y dijo Mahoma:
-Muchacha, ponte en pie y resucita y hábla­nos de Alá y de su poder, que resucita los huesos después de ser polvo.
Y he aquí que la doncella, levantada, sacu­diendo la tierra de sus largos y hermosos cabe­llos, dijo a grandes voces y con lengua pala-dina:
-Te saludo, profeta de Alá, la piedad y la ben­dición de Alá sean sobre ti.
Dijo el profeta:
-Muchacha, ¿cómo sabes que soy Mahoma, el profeta de Alá?
Respondió la niña:
-¡Oh, enviado de Alá! tan bendito y tan alto es que me ha hecho conocerte en el reino celes­tial, que es aquel que nunca fenecerá, y no hay otro señor sino Alá.
Dijo el profeta:
-Muchacha, he ahí a tu padre, perdónale del pecado que ha cometido contra ti. Respondió la niña:
-¡Oh, profeta!, no perdonaré a mi padre hasta que no le oiga testimoniar la palabra ben­dita, aquella que es de escaso trabajo para la len­gua y de mucha importancia, y con la que se contenta el piadoso Alá y se ensaña por ella Sata­nás, aquella que dice: "Confieso que no hay más dios que Alá", y que reconozca que tú eres Mahoma, el mensajero.
Dijo el profeta:
-Muchacha, perdónale porque ya lo ha di­cho.
Dijo ella:
-¡Oh, enviado de Alá!, si es que lo ha dicho interior y superficialmente, yo hago testigos a Alá, y a sus ángeles, y a sus profetas, y a sus elegi­dos, y a los que llevan su trono, y a los moradores de los cielos, y te pongo por testigo a ti, enviado de Alá, de que lo perdono de todo pecado que contra mí haya obrado.
Dijo el profeta:
-Muchacha, si quieres vivir con tu padre y volver al mundo, rogaré a Alá que te conceda una larga vida de tranquilidad.
Dijo ella:
-Profeta, ya llegó mi hora, y he pasado lo que Alá ordenó en el Corán con la omnipotencia de su saber, y ahora estoy en el paraíso, y vivo en sus alcázares, y no cambiaría esta gloria por el placer del mundo.
Al momento dijo el profeta:
-Muchacha, torna a tu lugar.
Dice el narrador Zaydi ibn Halid, que la muchacha volvió a su fosa, y cerróse tras ella, con la potencia de Alá, aquel que resucita los huesos del polvo. Maravillóse el árabe de aquello y afirmó su creencia en Alá y en todo lo que Alá puso como obligación para los creyentes, y siempre se mantuvo en el servicio de Alá hasta su muerte, Alá se apiade de él. Amén.
Y volvióse el profeta y los diez de su compañía hasta que llegaron a la ciudad.
Todo esto ocurrió por la bendición de nuestro profeta Mahoma, Alá le bendiga y le dé salva­ción. Esto es lo que nos llegó a la declaración del versículo del Corán que dice: "Cuando se interrogue a la niña enterrada viva acerca del pecado que motivó que se la matara."
Acábase el cuento con la alabanza a Alá, que es poderoso sobre todas las cosas.
ALABADO SEA ALA, SEÑOR DE LOS MUNDOS.

117. anonimo (morisco)

Odjáa sima y el ze mintzón

Por los contornos del poblado de Akonibe Obuc, distrito de Nsor, un «Ze Mintzón» sembraba el pánico en los rebaños de ovejas y de cabras y traía a maltraer a todos los habitantes de la región: constituía un riesgo aventuarse a salir solo, según a que horas del día y, sobre todo, de noche.
Ante situación tan alarmante, el valeroso Odjáa Sima dijo a sus hermanos:
-Para poner remedio a la desaparición de nuestras cabras y ovejas y al posible daño de las personas, a partir de hoy, siempre que salgáis de vuestras casas, salid en grupos de tres o de cuatro. Que los niños no salgan del poblado, sin que una o varias personas mayores los acompañen.
La prudente recomendación de Odjáa Sima fue acatada con prontitud y puntualidad por todos los vecinos del poblado; pero, con todo, cabras, ovejas y otros animales domésticos seguían siendo víctimas del terrible y misterioso «Ze Mintzón». Las numerosas trampas que le prepararon no consiguieron atraparlo. Odjáa Sima intentó montar la vigilancia, pero nadie le prestaba concurso.
Cierto día, Mba Ondó, sobrino de Odjáa Sima, que sólo contaba catorce años, salió a las cercanías del poblado, en busca de unas cañas de azúcar, en la finca paterna. El adolescente desobedeciendo el cauto consejo de su tío, salió solo.
Ya Mba Ondó estaba a punto de echar el haz de cañas al hombro, cuando se abalanzó sobre él el terrible «Ze Mintzón». Un grito de horror llegó a los oídos de los que estaban en el Abá (casa de la palabra). Inmediatamente, adivinaron el causante del grito.
Con la rapidez e impetuosidad de un violento tornado, salieron todos del Abá; se armaron con lo primero que hallaron a mano, y volaron en dirección al despavorido lamento. Mas, ¡oh dolor!, llegaron tarde.
En un charco de sangre, -horror daba verlo, yacía, palpitante aún, el cuerpo de Mba Ondó, pero sin corazón, pues el cruel «Ze Mintzón» se lo había arrancado. Lloros, vituperios, maldiciones de hombres y mujeres contra la temible fiera... pero todo inútil.
La trágica muerte del sobrino sorprendió a Odjáa Sima en el cafetal que tenía a kilómetro y medio del poblado, donde estaba limpiando los cafetos de chupones. Dejó el trabajo, y corrió al lado de los restos del sobrino.
En dolido silencio con gesto tranquilo y decidido comenzó a afilar con la lima el cortante machete. Entró en casa. Cogió dos frutos de Ndón. Masticó, sin pestañear, sus semillas. Tomó del fuego un rojo tizón y se lo tragó incandescente. Finalmente, se colgó al cuello su «abuboyan» (amuleto). Llamó a sus hermanos de tribu y les habló en estos términos:
-Hermanos, hasta el presente, hemos intentado defendernos de la terrible fiera, pero no lo hemos conseguido. Empuñad, pues, vuestras armas, para liquidarla de una vez.
Nadie, de los allí reunidos, se atrevió a secundar los propósitos de Odjáa, quien, en vistas del fracaso, salió solo al encuentro de la temible fiera. No tardó mucho en encontrarse frente a frente del depredador de vidas.
La lucha era inevitable; las fuerzas, desiguales, por lo que Odjáa recurrió a la astucia: cogió el machete con la izquierda, simulando que era zurdo. «Ze Mintzón» le dio una dentellada en dicho brazo, obligándole a soltar el machete. Con rapidez felina, Odjáa clavó sus afilados dientes en la garganta de la fiera. Mantuvieron una dura e incierta lucha, cuerpo a cuerpo, hasta que Odjáa recuperó su machete con la mano derecha. Entonces, logró enfundarlo reiteradas veces en el disforme cuerpo del terrible animal, que tuvo que abandonar la pelea y darse a la fuga.
Odjáa fue siguiendo el rastro de sangre que dejaba el enemigo. Llevaba cuatro kilómetros de fatigosa persecución, cuando, detrás del «Akun» (basurero) de un primo suyo, vio yacente al que fuera el azote de los contornos. Sin pérdida de tiempo, le cortó la cola, las orejas y los bigotes: constituían los trofeos del vencedor.
Odjáa, como si tuviera alas en los pies, llegó presuroso al poblado, donde encontró a los suyos con los cantos rituales por la defunción de Mba Ondó. Les mostró los trofeos arrancados a la fiera. La espectación, primero, y el entusiasmo, después, fueron creciendo, a medida que Odjáa contaba su feliz aventura con la fiera temible. Los vivas de los hombres y los gritos de alegría de las mujeres resonaban la silenciosa selva; pero dominando el entusiasmo humano, las tristes notas del Nkú anunciaban el fallecimiento del sobrino de Odjáa, dueño de la terrible fiera que exhaló el último aliento en las inmediaciones de su casa.
El valiente Odjáa, puesto en pie, pidió silencio y dijo a sus hermanos:
-Tenéis a la vista un ejemplo de lo que debéis hacer cuando algo os molesta: no tenéis que cejar hasta aniquilarlo, como yo mismo he hecho: a partir de hoy, todos podéis vivir en paz. Disponed la sepultura para Mba Ondó; cantad y bailad, pues ya no existe el peligro.
A partir de esta hazaña, el poblado de Akonibe ha sido siempre uno de los más valerosos y decididos.

111. anonimo (guinea ecuatorial)

Nkut y oteteñ

Hace muchos años, en un apacible poblado de la selva ecuatorial, vivían dos honrados matrimonios. Sus cabezas de familia eran, respectivamente, Bibás-Bidsop y Ngomdan. El hijo del primero, Nkut, estaba locamente enamorado de Oteteñ, hija del segundo. Ambos temían que sus padres, conocedores de su enamoramiento, lo dificultasen, pues aun eran jovencitos. Por ello, tomaban todas las precauciones para no manifestar el afecto que recíprocamente se tenían. A hurtadillas, y de vez en cuando, se comunicaban por señas a través de un ventanuco frontero en la parte trasera de sus contiguas viviendas.
Cierto día Nkut y Oteteñ acordaron encontrarse a la orilla del río lento que discurría a cien metros del poblado. En el lugar de la cita estaba la tumba del que fuera, durante muchos años, encúcuma del poblado. Un corpulento «anvut-besek» protegía la sepultura con su verde follaje y la preservaba de los rigores del sol con grata sombra.
Nkut, que concilió difícilmente el sueño aquella noche, llegó con anticipa-ción al sitio del encuentro. Sentóse en el borde del sepulcro, cuando, ¡horror!, una leona con la boca abierta y tinta en sangre avanzaba hacia él. Echó a correr y, en la precipitada carrera, perdió el pañuelo que habitualmente llevaba en torno al cuello.
La leona atrapó el pañuelo, lo dividió en dos mitades, que abandonó luego, rojas de sangre. Ella misma, calmada la sed en el río, se fue en busca de nuevas presas.
Cuando Nkut creyó que el peligro de la leona había desaparecido, desanduvo el corrido camino, con las debidas precauciones. Su corazón se acongojó duramente al ver junto al sepulcro el jirón del pañuelo tinto en sangre. En el escenario de su enamorada mente, se le representó viva la dolorosa tragedia de su amada Oteteñ, devorada por la cruel leona. ¿Sería capaz de sobrevivir separado de su Oteteñ? El penetrante y afilado cuchillo, que llevaba a la cintura, dio respuesta a esta angustiosa pregunta y cortó el hilo primaveral de Nkut.
Habían transcurrido breves instantes, cuando llegó Oteteñ, descui-dada y amorosa, para abrazarse con Nkut; pero, ¡oh dolor! ¿qué ven sus ojos? ¿Quién puso término a la vida de su amor? ¿Podría seguir viviendo sin él? Sin esperar respuesta, con crispada y convulsa mano, envaina en su pecho el puñal caliente, que la mano de Nkut abandonó en tierra.
La roja sangre de los jóvenes amantes fue absorbida, fecunda y caliente aún, por las raíces del «anvut-besek», que amparaba la tuma del antiguo jefe. A partir de hoy, no sería una tumba sola, serían dos -una con dos cadáveres- las cobijadas por el «anvut-besek».
A diario pasaban las madres de los infortunados jóvenes al lado de su sepulcro, al ir y regresar de sus fincas. Nada extraordinario llamaba su atención, sino era la herida incurable que la trágica muerte les había causado. Mas, cuando llegó la época en que los frutos del «anvut-besek» están en sazón, quisieron comer de ellos; ¡cuál no fue el asombro de las madres al partirlos! La pulpa estaba moteada como de gotas de sangre: cosa no vista hasta esta cosecha. ¿Qué había pasado? Se corrió la voz, y así lo conservó la tradición, de que la sangre de Nkut y Oteteñ, absorbida por el «anvut-besek», es la que ha coloreado sus frutos por dentro.
A partir de este año, pesa la prohibición sobre los habitantes del poblado de comer los frutos del «anvut-besek».

111. anonimo (guinea ecuatorial)

El héroe mbogo nsogo

Hace muchos años, la región que se extiende desde el río Utonde (Bata) hasta más allá del poblado de Kam Esacunan (Micomiseng) era de las más pobladas del Continente guineano. Sus habitantes se caracterizaban por ser altos, fuertes, muy negros en su mayoría y dedicados a la caza y a la pesca; la agricultura estaba poco exten-dida. Llevaban una vida feliz, exenta de grandes necesidades, e ignoraban la existencia de los blancos y de otras razas.
Dos vecinos del poblado de Ayamiken recorrían la enmarañada selva persiguiendo su caza favorita: los monos. De pronto, un ruido poco habitual en esos parajes cautivó su atención: los cazadores, cuando están en plena actividad, caminan sigilosos como el gato montés que se apresta para caer sobre su presa. El primer reflejo de los cazadores fue ocultarse.
A los pocos instantes, vieron cómo por la trocha que ellos llevaban, con andar cansino y fatigoso, avanzaban, apartando con los fusiles las flexibles ramas, dos blancos: eran soldados alemanes que habían logrado fugarse de la guerra del Camerún. Fiados en un mapa militar, habían atravesado Río Campo y se dirigían a la ciudad de Bata.
Los cazadores se miraron asustados. El más valeroso dijo al otro:
-Estos son de la «raza fantasma»; -que es como llamaban a los blancos los pocos que tenían noticia de su existencia.
Instintivamente, ambos a una, determinaron matarlos, pues su presencia allí no tenía explicación. Con la agilidad y rapidez del hombre del bosque, dispararon sus flechas y aprestaron sus lanzas. Uno de los soldados cayó mortalmente herido y el otro logró llegar a Bata, después de muchas penalidades a través de la selva. En Bata dio parte a las autoridades coloniales, entonces alemanas, de que un negro había matado a su colega.
La venganza fue horrible: «todo varón mayor de trece años y las mujeres más robustas de la región tenían que morir a manos de los soldados alemanes, destacados desde Bata con tan cruel misión».
Los soldados, como tornado exterminador, fueron ejecutando la orden, con rigor implacable, desde Pembe, a orillas del Utonde, hasta el poblado de Kam Esacunan (Micomiseng), pasando antes por Punta Mbonda. Ningún varón con más de trece años logró escapar a las bayonetas, a no ser aquellos que encontraron un escondrijo en el bosque, o refugio en el extranjero.
El destacamento alemán encontró a la mayoría de los hombres en los poblados, porque días antes se había dado la orden de que no se tocasen las tumbas, (Nkú), único medio de comunicación entre los poblados de la selva. Sólo el suegro de Mbogo Nsogo desobedeció la orden y comunicó con las sonoras notas del Nkú que su poblado era invadido por el enemigo; que se preparasen los otros para la resistencia.
El gran héroe Nbogo Nsogo organizó a los hombres de su tribu Esamengón. Los armó con las mortíferas armas del país, y, al frente de ellos, salió a enfrentarse con el enemigo.
Con la rapidez del incendio y el sigilo de la selva, la resistencia de Nbogo Nsogo se extendía por los poblados a donde aún no habían llegado las tropas alemanas.
Varios jefes de tribus vecinas y de allende las fronteras ofrecieron ayuda a Nbogo Nsogo. La lucha de guerrillas, los asaltos por sorpresa, las enferme-dades, y el dejamiento de las bases diezmaban a diario las filas alemanas... Las Autoridades de Bata tuvieron que capitular y fimar la paz con Mbogo Nsogo.
Cuando en 1968 Guinea Ecuatorial accedió a la Independencia, el pueblo volvió sus ojos atrás para reconocer los rostros y los hechos que la habían conseguido. Entre esos héroes y acontecimientos, la personalidad de Mbogo Nsogo y de sus hombres brillan con luz propia.
La ciudad de Bata ha sabido reconocer la gesta dedicando a Mbogo Nsogo una de sus principales calles, la que une la Plaza de Correos con el Estadio de la Libertad, nombre este último en consonancia con la existencia de MBOGO NSOGO.

111. anonimo (guinea ecuatorial)

Edjan evuna

En un pueblecito de la tribu de Nsomo, vivía el solitario Edjan Evuna, quien, debido al exiguo número de personas capaces de alternar en una conversación, se pasaba los días y las noches con la boca cerrada.
La víspera de la Fiesta Patronal de un poblado, distante veinte kilómetros del suyo, se puso en camino, deseoso de compartir el día con sus amistades y conocidos. Pasó la mañana de la fiesta en alegres conversaciones; avanzaba la tarde, amenizada por los baleles; pero Edjan Evuna aún no había probado bocado. A eso de las seis, su padrino Abaga Elá, lo invitó a su mesa. Ñame, sopa de maíz y pollo en salsa de cacahuete prometían saciar copiosamente el hambre atrasada de Edjan.
Mas, ¡oh decepción!, apenas había comenzado a comer, cuando le dijo el padrino:
-Puedes comer de todas las comidas, menos del pollo.
Edjan, molesto por la prohibición, intentó levantarse de la mesa, pero su mucha hambre le forzó a comer ávidamente los manjares permitidos. No tuvo otra bebida que un jarro de agua clara.
Acabada la comida, dio las gracias a Abaga, y sin humor para. concluir la fiesta, tomó el camino de su poblado, ganoso de regresar cuanto antes. Entre las mil ideas que, cual furiosas avispas, agitaban su mente, se volvía y revolvía una: cómo vengarse de la prohibición de saborear el apetitoso pollo de su padrino. Después de pensarlo mucho, dio con la solución.
-Me comeré yo solo -se dijo- el gallo de mi corral.
Llegado a casa, le faltó tiempo para armarse de un palo, matar el gallo y aderezarlo en sabroso guiso. Habría que acompañarlo con el alegre y sazonador topé, que recogió de las palmeras de la finca vecina de la casa. Nada faltó a la preparación del banquete: ni el refrescante baño, ni el excitante- aperitivo, ni la tranca detrás de la puerta, para que ningún importuno estorbase la labor gastronómica o le obligase a compartir lo que él consideraba irrepartible.
Aún no se había sentado a la mesa, cuando alguien llamó a la puerta.
-¿Quién va?, -preguntó displicente Edjan.
-Soy tu amigo Eyimi Ondó, -contestaron desde fuera.
-Lo siento, amigo, -le respondieron desde dentro. Ayer comisteis y bebisteis hasta saciaros, pero a mí no me invitasteis. Ahora estoy -reparando lo que entonces no hice. No insistas; pues no abriré ni a mi propio abuelo.
Eyimi Ondó partió maldigiriendo el merecido reproche. A los pocos instantes, fue Ndon Mbá quien golpeó la puerta. Edjan preguntó, nuevamente:
-¿Quién es?
-Soy tu hermano Ndon Mbá; tengo que comunicarte algo interesante.
-Vuelve mañana, pues estoy comiendo.
Insistía Ndon en que le abriese la puerta; pero Edjan lo avergonzó con estas palabras:
-En vuestra fiesta me considerasteis como un mirlo blanco; no me convidasteis; por eso ahora me convido a mí mismo. Cuando haya acabado de comer, volveremos a ser hermanos.
Ndon Mbá cabizbajo y sin palabras regresó a su casa. Minutos después, el adivino Esimi pulsó a la puerta de Edjan Evuna, que no se hizo de rogar para abrirla, tratándose de quien se trataba. Ambos compartieron la parte del gallo que quedaba, así como de la botella.
Al despedirse, Esimi entregó a Edjan una botella de agua misteriosa y le dijo:
Con esta agua misteriosa podrás curar enfermos graves e, incluso, resucitar muertos. Bastará con que eches unas gotas en la nariz del enfermo o del difunto. Cuando entres en una casa, me encontrarás siempre en ella. Si estoy sentado a la cabecera del enfermo o del muerto, quiere decir que puedes curarlo; si, por el contrario, estoy a los pies, no intentes curarlo, pues cargarás tú con las consecuencias. Dicho esto, desapareció.
Días más tarde, estaba Edjan a la puerta de casa, cuando oyó los gritos desgarrados de Nguema Nasari.
-¿Qué te pasa?, -le preguntó compadecido de su llanto.
-Mi señora Nchama está en estado de coma, -repuso Nguema.
-¿Qué me darás, si la curo?, inquirió Edjan.
-Cuanto me pidas, si está en mi mano, -respondió el afligido esposo.
Fueron a casa de Nguema; encontraron a su esposa moribunda; Edjan vio a Esimi, sentado a la cabecera; le dio las gracias, puso las gotas de la misteriosa agua en la nariz de la enferma, y ésta se levantó inmediatamente. Recompensár,oiva, rujan con dos cerdos y una gallina.
Otro día, le mandaron recado de que una mujer, rica y conocida en la comarca, tenía a su hija en estado de coma. Edjan acudió presuroso, sin pactar la recompensa. Al entrar donde estaba la joven, vio a Esimi, sentado a la cabecera; le dio las gracias y aplicó las misteriosas gotas en la nariz de la joven, que recobró instantánea-mente la salud.
En pago, la madre de la hermosa y rica joven la quiso dar como esposa a Edjan; pero éste no la aceptó por no disgustar a su mujer Biyé, que no hubiese consentido una competidora de esa calidad en el hogar. En cambio, consiguó que se casara con su sobrino, Eyén.
La fama de Edjan alcanzaba ya muchos kilómetros a la rendonda de Nzomo. En cierta ocasión, llegó la noticia de que Nimi Mañana, jefe de una conocida y valerosa tribu, había muerto. Allá acudió nuestro Edjan con su agua misteriosa.
Cuando entró a la cámara mortuoria, vio al adivino Esimi sentado, no a la cabecera, sino a los pies del cadáver. Edjan estaba perplejo; ¿qué haría? Vino a sacarlo de la duda el rumor que corría entre los circunstantes: «Si Edjan resucita al jefe, lo nombraremos a él subjefe de la tribu». Desobedeciendo, pues, las órdenes de Esimi, le echó las gotas de la misteriosa agua en la nariz, y el muerto resucitó al instante.
Los gritos de entusiasmo estremecieron la moribunda tarde del poblado. Jefe y súbditos ponderaban la virtud curativa de Edjan... pero éste fue arrebatado en visión debajo de un chocolatero, donde se encontró con el adivino Esimi, que le dijo:
-¿Qué te ordené, respecto a la curación de los enfermos?
-Que te encontraría siempre al lado del enfermo; que si te veía a la cabecera, lo curase; en caso contrario, que no lo hiciese, pues yo cargaría con las consecuencias.
-Entonces, ¿por qué resucitaste al jefe?, -preguntó el adivino.
-Porque era grande la recompensa que me esperaba, -respondió Edjan.
-En castigo de tu desobediencia a mis mandatos, morirás en lugar del jefe; pero te concedo dos días de vida.
Dicho esto, Edjan volvió a alternar normalmente con el regocijado jefe y sus súbditos. Comieron, bebieron y se alegraron. Dos días después, cuando iban a nombrarlo subjefe, Edjan murió repentinamente.

111. anonimo (guinea ecuatorial)

Adjaba edjo

La tribu Efac penetró en Guinea, hace siglos, por las fronteras de Ebibeyín y de Mongomo. Poco a poco, como una mancha de aceite, fue mezclándose con las otras tribus del país, quedando los núcleos principales en los distritos antes mencionados.
Adjaba Edjo, ya desde pequeño, capitaneando a los niños y adolescentes del poblado dio muestras de lo que iba a ser más tarde.
A sus cuarenta años era todo un hombre: apuesto, de cabeza proporcio-nada, pelo negro y ensortijado, frente ancha y despejada, ojos negros como la noche y brillantes como dos estrellas, nariz entre dos extremos, más bien ancha, dientes blancos como la espuma del mar, torso robusto y bien proporcionado, brazos y piernas aptos para la lucha y la fatiga; en una palabra, físicamente, reunía las cualidades del héroe.
Era inteligente, con mediana cultura, y adiestrado en las artes de la guerra; de natural bondadoso y acogedor. Cuantos acudían a él, fuesen o no familiares, en demanda de ayuda experimentaban los efectos de su bondad. Por todo ello, era respetado y escuchado de sus vecinos.
En cierta ocasión, una tribu nómada avanzaba saqueando y asolando poblados. El eco de las tumbas alertó al poblado de Adjaba Edjo del peligro que corría. Entonces los ancianos acudieron a Adjaba Edjo y le dijeron:
-Varias personas armadas con escopetas, flechas y machetes se acercan e intentan apoderarse del poblado. Te nombramos jefe, para que organices la defensa.
-Acepto vuestro ruego -respondió Adjaba Edjo- si cumplís con lo que os voy a pedir.
Así lo prometieron. Inmediatamente, el nuevo jefe ordenó reunir a los enfermos, niños, ancianos y mujeres y rogó que las protegieran en casas construídas con cortezas del Oñang, resistentes a las aceradas lanzas y a las flechas envenenadas. Metieron comida y agua suficiente para los días que podría durar el asedio.
Doce hombres de los más valientes quedarían allí custodiando esos tesoros vivientes, que eran los que más amaban y valían. Adjaba Edjo al frente de los demás hombres, capaces de luchar, se escondieron a ambos lados del camino por donde penetraría el enemigo. Sonaron varios disparos de los invasores; aladas flechas cruzaban los aires y se clavaban en troncos y ramas de los árboles. El no encontrar abierta resistencia les hacía sospechar.
La orden que Adjaba Ejdo había dado a los suyos era: Dejad que el enemigo agote la pólvora y las flechas y luego caed sobre ellos y hacedlos prisioneros. Sus previsiones se cumplieron. A una señal convenida, los que estaban en el poblado y los emboscados cayeron sobre los desprovistos atacantes y los derrotaron completamente.
Fue indescriptible la alegría con que enfermos, niños, ancianos y mujeres recibieron a los vencedores. Los regocijos por la victoria, a los que se asociaron muchos poblados vecinos, duraron varios días. El nombre de ADJABA EDJO entró en el catálogo de los inmortales de Guinea Ecuatorial.

111. anonimo (guinea ecuatorial)