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martes, 5 de noviembre de 2013

Lo más espantoso del mundo

Es una historia divertida y extraña que explica el porqué los monos tienen la cara roja y la cola corta. Se cuenta en Japón, China y Corea, con algunas variantes:
En algún lugar, hace muchísimos años, vivían unos abuelos que se hacían cargo del cuidado de su nietecito, que era huér­fano. En.invierno, después de cenar, la abuela solía contar historias para que el pequeño se durmiera.
Era aquél un día frío y lluvioso, los tres estaban cerca del fuego y oían cómo iba penetrando el agua por el viejo tejado de la casa. El nietecito le preguntó a su abuelo:
-Oye, abuelo, ¿qué es lo más espanto­so del mundo?
-¡Ah! ¿Qué debe ser?... Hay muchas cosas horribles en este mundo pero, entre los hombres, el más horrible es el «la­drón», él puede quitarte toda tu fortuna y puede dejar pobre al rico.
Precisamente, escondido en el tejado del establo había un ladrón, que aprovechán­dose de la lluvia pensó que no le oirían y se proponía robar el caballo nuevo que el anciano había comprado. Al percibir la respuesta del abuelo a su nieto, se alegró muchísimo y se dijo:
-Je, je, je... Conque lo más espantoso del mundo es el «ladrón», ya decía yo que soy el mejor ladrón del Japón, todo el mun­do me teme...
Y se quedó tan satisfecho en su escondi­te, esperando que todos se durmieran para hacer la faena.
El abuelo siguió:
-Entre los animales también existe uno terrible y temido por todos, es el «lobo». El lobo puede comerse a los demás ani­males.
Justo entonces, debajo de las tablas del establo, había un lobo escondido que que­ría comerse al joven caballo y también estaba esperando la oportunidad. Al escu­char el comentario del abuelo se regocijó:
-¿Qué, qué?, ¿lo más espantoso del mundo es el lobo? Sí, es cierto, soy el más fuerte de entre los animales.
Luego, la abuela habló así:
-Hay otra cosa en el mundo más horri­ble que el ladrón y que el lobo. -Abuela, abuela, ¿qué es?
-Lo más espantoso es una gotera...
-¿La «gotera», ¿qué será esto? –se preguntó el nietecito, quien no entendió bien lo que quiso decir la abuela.
-¡CRAC! ¡CRAC!
Se oyó un gran ruido. Era el ladrón que se había caído del tejado, sorprendido al escuchar lo que dijo la abuela.
-¿La gotera es más temible que yo?
De repente, se resbaló y se cayó enci­ma del lomo del lobo quien, al sorprender­se también, pensó que lo que se había caí­do encima de él era la dichosa gotera, y muerto de miedo empezó a correr por el bosque pidiendo auxilio.
El ladrón, que no se soltaba del lomo del lobo, pero se figuraba que era la gotera lo que estaba debajo, también gritaba ¡so­corrooo!
¡Caramba!, ¡Dios mío!, ¿qué ocurrirá? El lobo seguía corriendo, atravesó la mon­taña, el valle..., y por fin entró en la cueva donde vivían los animales de aquel bos­que. Entonces, el ladrón cayó dentro de un hoyo muy profundo.
Dentro de la cueva, el lobo habló así a los demás animales:
-Reuníos todos. ¡Estamos perdidos! Lo más espantoso de este mundo está fuera de esta cueva.
Todos los animales agrupados y tem­blando de miedo le preguntaron al lobo cómo era la gotera. El mono, que era el más inteligente, dijo que lo sabía:
-Cuando una casa se hace vieja, el te­jado se estropea y la lluvia penetra por él. Esto es la «gotera».
Todos quedaron admirados por su sabi­duría pero no le creyeron ya que según el lobo estaba todavía fuera de la cueva y le había perseguido hasta allá.
El mono probó a meter su larga cola dentro del agujero donde había caído el ladrón para averiguar si había alguien.
El ladrón que estaba deseando salir se agarró a ella y empezó a trepar por la pared, mas la cola no pudo resistir tanto peso y se rompió, cayendo el mono de bruces.
El tigre, en vista de lo sucedido, les propuso a los demás salir de Japón. Si existía una cosa tan terrible no podrían vivir nunca más tranquilos.
Sin embargo, sólo él logró atravesar el mar hasta la India; los otros, como no pudieron nadar, se quedaron en Japón.
Por eso, desde aquel día el mono tiene la cola más corta que antes y la cara roja.

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La zorra y el tejón

En una alta montaña de la parte este del Japón vivían hace siglos el tejón Gombe y la zorra Herakoi. Según la leyenda, los dos eran especialistas en transformarse en las cosas más inverosímiles. Eran muy buenos amigos pero siempre discutían quién de los dos era más hábil y rápido en disfrazarse sin que fuese reconocido. Ambos estaban orgullosos de su arte.
Un día, la zorra Herakoi se presentó en casa del tejón Gombe y le dijo:
-Oye, Gombe, ¿qué te parece si hace­mos una competición para ver quién de los dos engaña mejor al otro? Ahora mismo voy al santuario que,hay cerca de tu casa, te esperaré allí. Ven enseguida, ¿de acuerdo?
La zorra Herakoi hablaba sola y sin es­perar a que el tejón le respondiese se fue dando saltos hacia el santuario.
Gombe se apresuró a buscar un libro, heredado de su abuelo, donde estaban to­dos los procedimientos, desde los más fá­ciles hasta los más dificiles, para lograr una transformación perfecta.
Empezó a leerlo, el libro estaba dividido según la edad, el sexo o la clase de animal. Encontró la sección para los tejones, y en uno de los apartados decía así:
«Para tejones hembra: Transformación en novia con su correspondiente cortejo».
-Esto parece interesante, pero necesi­taré la ayuda de mis compañeros para for­mar el cortejo.
Leyó rápidamente las instrucciones y se fue al bosque para reclutar tejones. Des­pués se reunieron y empezaron a repartirse los papeles. El problema estaba en que todos querían ser la novia. Gombe, al ver tal alboroto, dijo:
-Callaos y prestad atención a lo que voy a deciros: no podemos perder el tiem­po, la zorra debe de estar ya dispuesta, la novia seré yo, pues soy el que lo ha pro­puesto.
Luego repartió los papeles según la es­tatura:
-Tú te convertirás en caballo. Voso­tros, en samurais. Tú, en la madre de la novia. Tú serás el padre, etc., etc...
Dicho esto, dio la señal convenida y todos a la vez se transformaron tan bien que parecía un auténtico cortejo.
La comitiva empezó a andar al son de la campanilla que se usa en estas ocasiones y se dirigieron al santuario. Su imitación era perfecta: ni siquiera se les veía la cola.
En mitad del camino encontraron un su­culento pastel de judías dulces que olía a recién hecho.
-¡Ah! ¡Un pastel! -dijeron todos a la vez y se lanzaron sobre él para comerlo.
Entonces, el encanto desapareció y vol­vieron a su forma primitiva. En aquel mo­mento, se oyó una voz que decía:
-Ja, ja, ja... Gombe, te he ganado. Yo soy la mejor.
Al darse cuenta de que el pastel era la mismísima zorra Herakoi, los tejones la miraron enfurecidos y avergonzados de ha­ber sido engañados por una sola zorra.
Entonces, Gombe le pidió otra oportu­nidad. Enseguida se reunieron de nuevo para planear algo mejor. Después citaron a la zorra en la calle principal.
Esta vez, Herakoi tomó la forma de sa­murai. Vanidosamente se paseaba por la calle luciendo una brillante espada.
Al cabo de un rato, vio que a lo lejos se acercaba el Shogun en palanquín y su sé­quito. Al pasar delante de la zorra, ésta les hizo parar y ordenó a los palanquineros que descorrieran las cortinas para ver la cara del Shogun, convencida de que sería Gombe el que estaba dentro. Mas, resultó ser el general en persona que se dirigía a Tokyo en su viaje anual.
El Shogun se enfadó mucho por la falta de respeto de la zorra y los samurais le dieron su merecido.
Los tejones, escondidos detrás de unas matas, habían observado sin perder detalle todo lo acontecido y se burlaron muchísi­mo de la torpeza de la zorra Herakoi.

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La toalla del pobre

Cuentan que érase una vez un hombre muy muy rico que tenía una esposa fea y avara.
Un día, cuando la esposa estaba tejien­do tela para un kimono, vio desde la ven­tana que se acercaba un mendigo sucio y harapiento. Éste sé atrevió a pedirle un vaso de agua.
La señora, indignada y sin mirarle a la cara siquiera, le dijo:
-¡Cómo te atreves!, acércate al río y bebe allí.
El mendigo se fue cabizbajo. En aquel momento, la criada, que había visto el des­precio de su señora, se apiadó de él y se apresuró a envolver en un papel lo que le correspondía a su desayuno. Llenó un vaso con agua fresca del pozo y se fue detrás de él, procurando no ser vista por el ama.
El harapiento, que además de sed tam­bién tenía hambre, se alegró muchísimo.
Le dio efusivamente las gracias a la mu­chacha y le regaló la única toalla que tenía.
A la mañana siguiente, la criada se le­vantó antes del amanecer, se lavó la cara y se la secó con la toalla del mendigo, des­pués se fue al pozo a recoger agua, pensan­do que le esperaba un día muy ocupado. Lavó y coció el arroz para el desayuno y empezó a poner la mesa. Cuando la señora se levantó y fue al comedor se quedó bo­quiabierta al ver la cara de la criada, a ella le pareció raro y le preguntó:
-¿Le ocurre algo, señora? o ¿acaso mi cara tiene tiznajos?
Después de decir esto, se sacó del bolsi­llo la toalla y se limpió otra vez la cara restregándosela, pensando que se le había ensuciado con las cenizas de la lumbre.
La señora abrió todavía más los ojos y sin poder salir de su asombro le preguntó:
-¿De dónde has sacado esta toalla?, ¿qué has hecho con tu cara, mente-cata? Ahora es tan diferente que si no hubiera sido por tu voz no te habría reconocido.
La muchacha sentía curiosidad por sa­ber qué era lo que chocaba tanto a su ama y empezó a buscar un espejo. Como no encontraba ninguno, fue a mirarse al pozo.
Su cara, morena y fea como un mono, aparecía ahora blanca y con unos ojos gran­des y negros. Era realmente muy bonita. No podía creer que se trataba de ella mis­ma y hacía muecas para asegurarse de que la cara que se reflejaba en las cristalinas aguas era la suya.
-Te has vuelto guapa al secarte con esta toalla, déjamela a mí -le dijo irritada la señora, y se la quitó de las manos de un tirón.
Enseguida, empezó a frotarse la cara, mas no se producía ningún cambio. Sin embargo, si lo hacía la criada se volvía cada vez más bonita.
-¿Quién te la ha dado?
-Aquel mendigo de ayer, señora. Le di un vaso de agua y me la regaló.
-¡Qué rabia! Si yo le hubiera dado agua, me la habría regalado a mí.
Muerta de envidia y furiosa, reunió a los demás criados y les ordenó buscar por los alrededores a todos los mendigos que en­contrasen y traérselos sin pérdida de tiempo.
Al. cabo de un rato, cada criado apareció con un pobre. La señora pensó que al me­nos uno de ellos llevaría una toalla mágica como la de su criada.
Hizo preparar un banquete y les dio de comer y beber hasta que se saciaron. Pa­recía una persona distinta: les trataba con una voz dulce y cariñosa. Los mendigos, muy contentos, comieron y bebieron tanto sake como pudieron, después empezaron a cantar y bailar. Rompían cosas, se pelea­ban... Pero el ama todo lo permitía, pen­sando en lo guapa que se iba a poner.
La fiesta duró hasta el amanecer. Cuan­do los mendigos ya empezaron a desfilar hacia sus chabolas, la señora les dijo:
-¿No tenéis ninguna toalla?, si tenéis alguna, aunque esté sucia y vieja no impor­ta, dejádmela, por favor.
Pero ninguno de ellos tenía. Cuando sa­lía el último, le miró sus bolsillos y le quitó un trapo tan pringoso que nadie podía ima­ginar que fuera una toalla.
-¡Ja! Te puedes ir; tengo lo que quería.
Enseguida se lavó la cara y se la secó con el trapo, luego mandó trajesen un es­pejo... Mas, la cara de la avara se había convertido en la de un caballo. Fue tanta su sorpresa y vergüenza que incluso re­linchaba como uno más. Y trotando se fue hacia la montaña para no ser vista. Se dice que no volvió nunca más a aquella casa.

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La princesa kaguyá

Como todos los días, el tío Taketori, que era como popularmente le llamaba la gen­te, había ido al bosque a cortar bambú. De repente, quedó estupefacto por el gran res­plandor que desprendía uno de ellos. Tan­tos años dedicado a su oficio de confeccio­nar objetos con bambú, no había visto caña como aquélla. ¡Relucía como el oro! Se acercó para cortarla y su luz le dejó casi ciego. Cerró un momento los ojos y cuan­do pudo abrirlos de nuevo, se asombró más todavía: dentro del tronco cortado ha­bía una hermosa niñita envuelta en paña­les. La cogió con mucho cuidado y se la llevó a casa. Por el camino, pensó:
-Seguramente, el dios de la montaña, como sabe que no tenemos niños, ha que­rido damos esta alegría en la vejez.
Los dos ancianos decidieron llamarla «Kaguyahimé», que significa «princesa del bambú».
Desde aquel hallazgo, cada vez que el tío Taketori iba al bosque, dentro del bam­bú, donde había nacido la chiquilla, encon­traba monedas de oro. De este modo, se convirtió en el artesano más rico de la aldea.
Educaron a la princesa con tanto esme­ro que no tardó en convertirse en una pre­ciosa doncella. Además, todos la admira­ban por su bondad.
Sin embargo, algo raro había en ella, los días de luna llena abría el balcón y toda la noche contemplaba la luna con nostalgia. Sus padres adoptivos no entendían el mo­tivo de estos momentos de tristeza y pro­curaban darle todos los caprichos.
Mientras tanto, la fama de la belleza de Kaguyahimé se extendía por todo el país y muchos nobles y ricos sentían curiosidad por conocerla. Cada día rodeaban su casa y le pedían al tío Taketori la mano de su hija. Pero la princesa no mostraba ningún interés en casarse y el anciano no sabía cómo evitar aquella situación de agobio. Finalmente, quedaron cinco pretendientes, famosos por su habilidad en conseguir no­vias.
El tío Taketori los reunió a los cinco y les pidió a cada uno de ellos una cosa imaginaria, dificil de conseguir. Pensó que de este modo se darían por vencidos.
-Usted, príncipe Ishi-tsukuri, me trae­rá la escudilla azul de Buda. Usted, prínci­pe Kuramochi, la rama con raíces de pla­ta, tallos de oro y frutos de rubí. El señor Abé-no-Mimuraji, traerá el vestido hecho con la piel de hinezumí (especie de puerco espín). Usted, señor Otomo-no-Miyuki, el collar de brillantes, enrollado alrededor del cuello del dragón. Y usted, señor Iso-no­Kami, la moreta que la golondrina guarda en su nido. A quien me traiga lo que he pedido le entregaré la mano de Kaguya­himé.
Todos se fueron pensando cómo ser los primeros en conseguirlo. Después de mu­chos años los resultados fueron éstos: el príncipe Ishi-tsukuri era un hombre calcu­lador. Pensó que era imposible conseguir una de las cuatro escudillas de Buda exis­tentes sólo en India y que el viaje sería en vano. Así que fue a casa de Kaguyahimé para despedirse del simulado viaje a la India.
Al cabo de tres años, cogió una escudi­lla vieja que había en un templo de Nara, la guardó dentro de un saquito brocado y se la presentó a la princesa. Mientras con­taba las peripecias sufridas para conse­guirla, Kaguyahimé cogió la escudilla, pero al ver que no brillaba le dijo que era falsa. Él le contestó que, ante su belleza, había perdido todo resplandor.
Después de la infortunada visita, el prín­cipe seguía escribiéndole, pero ella no le hizo ningún caso.
La leyenda china cuenta que en el mon­te Hora¡ existe la rama con raíces de plata, tallos de oro y los frutos de rubí, también dicen que se encuentra allí el elixir de la larga vida.
Pero el monte Hora¡ está en China y el príncipe Kuramochi que era muy astuto pensó la manera dé conseguir la rama, sin necesidad de ir allí. Pidió vacaciones a la corte para descansar de su trabajo y man­dó una carta a la princesa, explicándole su partida. Después, se hizo acompañar por sus vasallos hasta el puerto de Osaka y se marchó hacia Kiushu durante tres días, al cabo de los cuales volvió al puerto de par­tida, todo en absoluto secreto.
En un apartado lugar se hizo construir una casa, donde se encerró durante mil días con los mejores joyeros del reino. És­tos le hicieron una rama igual a la que la princesa pedía.
Después, sus vasallos llevaron la rama al puerto de Osaka y aparentó llegar de un largo y penoso viaje, se le veía cansado y con una barba de días. Por Kyoto se rumo­reaba que el príncipe había traído la rama del monte Hora¡ y la princesa se entriste­ció sólo de pensar que tendría que casarse con él.
Con el mismo aspecto desaliñado, el prín­cipe Kuramochi fue a visitar al tío Taketo­ri y delante de él y de Kaguyahimé empezó el relato de su viaje:
-El día 10 de febrero de hace tres años, salimos del puerto de Osaka sin saber qué dirección tomar, remábamos en alta mar cuando sopló un viento tan fuerte que nos hizo llegar a un país desconocido. Allí vi­vían unos ogros que nos asaltaron. Para sobrevivir, tuvimos que comer raíces sil­vestres y conchas de mar. Nos pusimos enfermos, no obstante seguimos buscando el monte Horai. Un día, cerca de una mon­taña muy alta vimos la aparición de una mujer que sacaba agua del mar con una taza de plata. Ella nos indicó por dónde subir al monte Hora¡; éste estaba lleno de árboles y flores de oro, nos quedamos ma­ravillados. La rama que traigo aquí no es nada compa-rado con las preciosidades que allí vimos.
Mientras Kaguyahimé y su padre le es­cuchaban, entraron seis señores con una carta y se la dieron a la princesa. La misi­va decía:
«Hemos trabajado para hacer esta rama más o menos mil días. En todo este tiempo apenas nos dieron de comer, aguantamos malos tratos, pensando que el príncipe nos pagaría al terminar el trabajo, sin embargo, no ha sido así; todavía no hemos recibido nada».
El príncipe allí presente, se puso nervio­sísimo y se enfureció con los joyeros. ¡Le habían dejado en ridículo!
Por el contrario, Kaguyahimé y el an­ciano se alegraron de haber descubierto a tiempo el engaño.
El señor Abé-no-Mimuraji era el más rico de todos los preten-dientes y estaba convencido de que con dinero se podía conseguir incluso lo imposible.
Supo que un comerciante chino llamado Ozeki a menudo viajaba a Japón y le en­cargó que buscase en China el vestido he­cho con la piel de hinezumí.
Pasados unos años, se enteró de que el barco chino había llegado a Kiushu y que traía su encargo. Enseguida mandó a un vasallo con el caballo más rápido para que volviese pronto.
Cuando Abé-no-Mimuraji cogió el ves­tido pudo comprobar que verdadera-mente era precioso, tenía un color azul intenso y la punta del pelo de oro.
Kaguyahimé quiso comprobar si la tela era la verdadera y Abé-no-Mimuraji orde­nó a un sirviente que la quemara. Ensegui­da empezó a flamear fuertemente. El por­tador del regalo se puso muy pálido al comprobar por sus propios ojos que lo que el comerciante le había traído era imita­ción. Muy desilusionado, volvió a su casa.
Otomo-no-Miyuki reunió a sus vasallos y les dijo:
-A quien me traiga el collar de brillan­tes enrollado alrededor del cuello del dra­gón, le regalaré lo que me pida.
Los vasallos le dijeron que era imposible conseguir tal collar. Entonces, se enfadó:
-Los vasallos tienen que cumplir las órdenes del señor a costa de sus vidas.
Después de este mandato, les repartió ropa y comida para que empren-dieran el viaje. Ellos sabían que era una locura de su señor y por miedo al castigo le dijeron que intentarían lo imposible, pero se es­condieron en distintos lugares.
Otomo-no-Miyuki esperaba a sus vasa­llos con impaciencia, no obstante ni reci­bía noticias de los pormenores del viaje ni volvía ninguno de ellos. Cansado de espe­rar, decidió intentarlo por su cuenta.
Navegó por todas partes para buscar al dragón. De repente, el mar empezó a enfu­recerse y se desencadenó una gran tempes­tad y el barco amenazaba con irse a pique. Los tripulantes le dijeron a su señor:
-La causa de esta tempestad es que usted quiere conseguir el collar de brillan­tes y el dragón está irritado. Si le pide perdón, la tempestad cesará.
El señor, muerto de miedo, se arrodilló y le suplicó mil veces que le perdonara, y poco a poco la tempestad se calmó.
Con viento favorable, llegaron al puerto de Asahi. La gente, al saber de su llegada, se aglomeró para saludarle y ver el collar. Pero Otomo-no-Miyuki llegó con los ojos enrojecidos y el vientre hinchado; su as­pecto era lamentable y la gente se rió de él.
Sus cortesanos trajeron un palanquín y le llevaron a palacio, mientras se quejaba desesperadamente.
Dice la leyenda que cuando la golondri­na pone huevos, depone al mismo tiempo la moreta, como talismán de buen parto. Por eso, antiguamente la gente creía que este molusco ayudaba a tener un buen par­to y a conseguir la felicidad.
El señor Iso-no-Kami les dijo a sus va­sallos que le avisaran cuando una golon­drina anidara ya que quería conseguir la moreta en su nido. Los vasallos habían matado muchas golondrinas para buscar la moreta en su vientre, pero no habían en­contrado nada. Porque se dice que la go­londrina pone la moreta al poner los hue­vos y que ésta desaparece en cuanto al­guien la mira.
Uno de los vasallos descubrió un nido en el alero de la cocina de palacio. Ense­guida prepararon un andamio y veinte va­sallos hacían guardia para vigilar a la go­londrina, pero ésta se dio cuenta y no vol­vió más a su nido.
Un anciano del palacio le recomendó a su señor que lo mejor era subir con una canasta sujetada por cuerdas y coger la moreta en el momento en que la golondri­na diera siete vueltas levantando la cola al poner los huevos.
Iso-no-Kami se alegró mucho. Pensó que era muy fácil y quiso subir personalmente a buscarla. Observó que realmente la go­londrina daba siete vueltas; enseguida me­tió la mano en el nido y logró coger algo; muy alboro-tado dijo:
-¡La cogí!, ¡la cogí! ¡Bajad la canasta lo más pronto posible!
Los vasallos también se atolondraron y tiraron de las cuerdas demasiado pronto. La canasta bajó precipitadamente e Iso­no-Kami se dio un golpe muy fuerte en la cadera. Sin embargo, mantenía el puño bien cerrado. A pesar del dolor, estaba satisfe­cho de haberlo logrado. Mandó traer una linterna y cuando abrió el puño sólo había un excremento seco de golondrina.
Se quedó tan desilusionado que enfermó de verdad y murió. No pudo soportar que la gente se riera de él.
Kaguyahimé y sus padres vivían muy felices. Por fin se habían librado de los pretendientes, ya que todos ellos se habían dado por vencidos.
Durante el mes de agosto, Kaguyahimé contemplaba la luna más que de costum­bre, se sumergía en sus pensamientos y a veces lloraba mucho. Sus padres le pre­guntaron qué le ocurría y ella les contestó:
-Yo no pertenezco a este mundo. Mi casa está en la luna y ha llegado el momen­to de despedirme. Me siento muy triste y tengo mucha pena. Mis verdaderos padres están en la luna. Me mandaron aquí como castigo por ser desobediente. He pasado muchos años en la tierra sin darme cuenta y me he olvidado de mis padres de la luna y ustedes me han llenado con su amor.
Los ancianos y también los servidores se sintieron muy tristes y no podían comer ni beber de la pena que tenían.
Cuando llegó a oídos del Emperador la noticia, éste le prometió al tío Taketori mandar muchos vasallos para proteger a Kaguyahimé el día 15 de agosto, que era el día de luna llena.
Llegó la noche esperada y en el tejado de la casa de Kaguyahimé los samurais estaban preparados. De pronto, un gran resplandor vino desde la luna y de dentro de ella salió una carroza tirada por un caballo alado. En ella iban los mensajeros de la luna. Cuando ya estaban cerca de la casa, los samurais dispararon los arcos, pero las flechas volvían a su lugar de origen.
La carroza entró en la habitación de Kaguyahimé, donde estaba llorando por última vez en brazos de sus protectores:
-Les agradezco mucho que me hayan cuidado durante todo este tiempo. Quiero dejarles un pequeño recuerdo mío; acép­tenlo, por favor.
Y les entregó una bolsita que contenía el elixir de la larga vida.
Kaguyahimé subió a la carroza. Ésta empezó a correr por el cielo dejando- a su paso un camino de estrellas hasta que de­sapareció en la luna.
Los dos ancianos se quedaron mirando la carroza con la bolsita entre las manos. Entre lloros, repetían desconsolados:
-Tú dices que esto da felicidad, pero no queremos vivir muchos años si tú no estás entre nosotros. ¡Con lo dichosos que éramos!
Después de aquella noche cayeron gra­vemente enfermos de tristeza y mandaron a un vasallo que quemara el elixir en el monte Fuji. Se dice que desde entonces siempre sale humo de este monte.

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La mujer del cuadro

Erase una vez un joven llamado Heiro­ku, tan enamorado de su bella esposa, que pasaba la mayor parte del día contemplán­dola y admirándola, con lo que se olvidaba por completo de las labores del campo, la base económica de aquellos recién casados.
Y la joven esposa, aunque en un princi­pio le agradaban estas muestras de cariño, se empezaba a preocupar y no sabía cómo hacerle trabajar. Varias ideas le pasaron por la mente, y al fin decidió que lo más conveniente sería dibujar su cara a tamaño natural. Enseguida cogió un pincel y tinta china y mirándose a un espejo no tardó en hacer un bosquejo.
-Toma, cariño, llévate este dibujo al campo, así podrás mirarlo de cuando en cuando y te parecerá que estoy contigo.
-¡Oh!, ¡pero si el dibujo es igualito a ti! Es cierto, si me llevo esta copia será casi como si estuviéramos juntos.
Luego, Heiroku dobló cuidadosamente el papel y después de coger el almuerzo preparado por su bonita mujer, se fue al campo muy contento.
Al llegar allí, se sentó en una piedra, sacó el papel que había guardado en el cinturón del kimono y con una sonrisa de oreja a oreja disfrutó mirando el retrato: Después, lo guardó y empezó a cavar un poquito; al rato, lo desplegó de nuevo... Y así estuvo todo el santo día sin que le cundiera nada el trabajo.
-¿Qué estará haciendo ahora mi amor? -y mientras pensaba esto, se sacó otra vez el dibujo de la faja.
En aquel mismo instante sopló un fortí­simo viento arrebatándole de las manos el papel que con tanto esmero y cariño Hei­roku guardaba, volando muy alto, muy alto...
-¡Eh! ¡Espera, espera! -iba diciendo, mientras corría detrás de él atra-vesando campos y ríos...
Pero el dibujo voló tan alto, que desapa­reció al otro lado de la montaña y le resul­tó imposible alcanzarlo.
El caso es que el retrato de la esposa de Heiroku fue a caerse encima de la cabeza del señor feudal que vivía al otro lado de la sierra.
El caballero del castillo, al ver el perfil de aquella hermosa mujer, se enamoró de ella enseguida, y ordenó a sus vasallos que la buscasen donde fuera y la trajeran ante su presencia de inmediato.
Los súbditos empezaron la minuciosa búsqueda por todas las casas de los con­tornos. Una mañana, se presentaron a la casa de Heiroku y al comparar la mujer del dibujo con su esposa se dieron cuenta del gran parecido y se dispusieron a cumplir las órdenes de su señor, sin hacer caso ni de las súplicas del marido ni de los llori­queos de la esposa. Pero antes de separar­se ella pidió que le concediesen unos minu­tos para hablar con su marido. Se arrodilló encima de la estera, se sacó una bolsa de dentro del kimono y muy humildemente le dijo:
-Esta bolsa contiene semillas de melo­cotón, plántalas y dentro de tres años los árboles darán frutos, entonces, ven a ven­derlos al castillo donde me llevarán.
Heiroku no prestó atención a las pala­bras de su mujer, atado de pies y manos, se arrastraba por la estera para rogarles de nuevo a los samurais que no se la llevaran. Sin embargo, su esposa ya estaba dentro del palanquí y los palanquineros estaban dispuestos a emprender la marcha, conten­tos de haber podido cumplir la orden.
Desde el día en que secuestraron a su esposa, Heiroku quedó sin fuerzas y enfer­mizo de tristeza. En cierta ocasión se acor­dó de la bolsa que le entregó ella antes de despedirse. La abrió y efectiva-mente con­tenía unas gruesas semillas de melocotón, las plantó en el huerto de delante de casa y se quedó otra vez cabizbajo observando lo que acababa de plantar, sin abrigar ningún tipo de esperanza.
Mientras tanto vino el invierno y cubrió con su nieve montes, ríos y campos. Hei­roku esperó el paso de los días fríos ence­rrado en casa, sin ganas de hacer nada. Sólo le venían a la memoria los ratos feli­ces vividos junto a ella.
Pasado el invierno llegó la primavera y luego el verano y..., así pasaron tres años, al cabo de los cuales, aquellos melocoto­neros dieron espléndido fruto.
En el castillo, durante este largo tiempo de separación, la vida transcurría sin nin­gún aliciente, la esposa del noble no se reía nunca, aunque el señor feudal había inten­tado todos los recursos posibles para que lo hiciese.
Heiroku recogió los melocotones y los puso en un gran capazo. Se lo cargó a la espalda y se dirigió hacia el castillo. Al llegar por sus alrededores empezó a dar voces:

«Melocotoneees, melocotoneees,
melocotones dulcees y baratooos,
¿no quiere melocotones el señor?».

Heiroku se atrevió a acercarse al filo de la puerta, con el fin de ser vista por su esposa.
Súbitamente, la señora soltó una carca­jada, lo que llenó de alegría al señor, el cual hizo llamar al vendedor ambulante y le hizo repetir el estribillo.
Heiroku no se hizo rogar y sin poder contener el regocijo de ver a su esposa tan cerca, repitió:

«Melocotoneees, melocotoneees,
melocotoneees, dulcees y baratooos...».

La señora volvió a reírse. Entonces el noble quiso que se riera más todavía y se puso el kimono del vendedor para imitarle mejor y Heiroku se puso el del noble, sen­tándose al lado de su esposa. El caballero, así disfrazado, salió fuera del castillo para que pareciese más real.
Al quedarse solos los dos enamorados, se abrazaron muy emocio-nados, ¡tres años sin verse! Era para estar locos de contento...
Un rato después, el soberano obligó a su vasallo a que le abriese la puerta, pero éste no le reconoció y le dijo:
-Oye, vendedor, ya viniste antes, ade­más con este kimono tan viejo y pringoso ensuciarás la estera.
El señor no se daba por enterado y como quería entrar a la fuerza, salieron más guar­dias y con grandes paros le echaron del castillo.
Desde entonces, Heiroku y su bella es­posa vivieron muy muy felices en el casti­llo. En cambio, el verdadero amo no vol­vió más a su gran fortaleza, y cada día se pasaba las horas mirando a la mujer, del cuadro con un aire triste y desolado.

0.040.3 anonimo (japon) - 028

La grulla de la pared

Hace ya muchos años, vivía un hombre llamado Shin propietario de una bodega en la que servía sake.
Un día, un viejo con aspecto de ermita­ño se presentó en su bodega y le dijo:
-No tengo ni un céntimo pero, ¿podría ofrecerme un vasito de sake?
Shin le miró de pies a cabeza y le pare­ció que a pesar de su aspecto de pordiose­ro tenía algo que no podía adivinar, pero que le inspiraba respeto. Así pues, calentó un poco de sake al baño María y se lo sirvió con unas tapas diciendo:
-No se preocupe, aunque no tenga di­nero tómese unas copitas. En la calle hace mucho frío y le calentará un poco el cuerpo.
El anciano anacoreta se sirvió una copi­ta y con mucha delicadeza la vació a pe­queños sorbitos.
-Sirve usted un sake excelente -dijo, y siguió alabándolo a cada sorbo.
Después mantuvo una conversación muy agradable con el bodeguero, mientras iba tomando las tapas. Ya entrada la noche, se fue del estable-cimiento.
No obstante, al día siguiente se presentó de nuevo, más o menos a la misma hora y poniendo la misma excusa de que no tenía dinero, pidió también una copita de sake.
Esta historia duró varios días seguidos y como Shin era buena persona y se había hecho amigo del ermitaño le servía sake gratis, diciéndole que ya se lo pagaría cuan­do pudiera.
Pero un día dejó de aparecer por la bo­dega y Shin lo encontró en falta, así pasó largo tiempo. Al llegar el verano, una tarde apareció otra vez y le dijo a Shin:
-Vine a beber muchas veces sake gra­tis, te debo ya mucho dinero. Pero sigo sin fondos igual que en invierno. Voy a dibu­jarte algo en la pared para pagar mi deuda.
Entonces cogió una mandarina de un cesto que había en la mesa. La peló y con la piel empezó a trazar un bosquejo en la pared blanca de la bodega.
El resultado del dibujo fue una preciosa grulla que parecía viva, a pesar del color amarillo de la mandarina.
-Mira Shin, cuando vengan los clientes diles que hagan palmas y canten mirando a este dibujo.
Esta vez, sin beber el sake acostumbra­do, se fue prometiendo volver a no tardar.
Al cabo de poco rato, empezaron a venir algunos clientes asiduos. Cuando Shin les sirvió la bebida les pidió que cantaran mi­rando al dibujo.
En cuanto empezaron a tocar palmas, ocurrió algo extraño: la grulla del dibujo se movía de un lado a otro de la pared al compás de la música.
La bodega de Shin se hizo pronto famo­sa por todo el contorno y se vio más llena de clientes que nunca. La gente se aglome­raba para ver bailar a la grulla.
Algunos años después, se presentó el anciano en la bodega. Shin era ya muy rico. El ermitaño se alegró de haber podi­do pagar de sobras su cuenta pendiente.
Colocándose delante de la grulla sacó del bolsillo una flauta y empezó a tocar. La grulla salió de la pared y le siguió hasta la calle y emprendieron juntos el vuelo al son de la música hasta perderse en el fir­mamento.
Shin junto con los otros parroquianos observaron cómo desaparecía su benefac­tor, de la misma misteriosa manera que había aparecido aquel lejano día de in­vierno.

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El regalo de la zorra

En una montaña había una aldea y allí vivía un anciano, viudo desde hacía tiempo.
Este anciano, cargándose cada mañana a las espaldas un gran canasto, iba a la montaña para ganarse el jornal.
Un día bajaba del bosque con una gran carga de leña y vio que debajo de una parra alguien estaba dando saltos para atra­par un racimo de uvas. Al acercarse, com­probó que se trataba de una pequeña zorra que por más que saltaba no lograba alcan­zar las uvas porque tenía una patita rota.
-¡Oh desdichada zorrita!, ahora com­prendo por qué no puedes coger el racimo, yo te lo agarraré. Y habiendo dicho esto, el anciano le dio de comer las sabrosas uvas y le recomendó que volviera pronto a casa ya que mamá le estaría esperando.
Cuando la zorrita se había ido, el viejo descansó un poco, para continuar después de un rato el regreso a casa.
La pequeña zorra agradeció el tierno y cariñoso corazón del anciano y desde lo alto de la colina le observó hasta que le perdió de vista.
Algún tiempo después, el viejo se dirigió a la ciudad para hacer unas compras; como se entretuvo demasiado, a la vuelta ya es­taba oscureciendo, así que apresuró el paso por el sinuoso camino. De pronto, sentada en la vera, se encontró esperándole a la zorrita de aquel día.
Como el abuelo tenía prisa, no le hizo caso pero la zorrita dando saltos le seguía detrás.
-¿Por qué me sigues?, ¿acaso quieres venir conmigo?, ¿o es que quieres decirme algo?
El animalito, sin decir nada, empezó a correr delante de él y el anciano probó acompañarle para ver qué quería. El sol ya se había puesto del todo, estaba completa­mente oscuro. Por eso le costaba trabajo seguir a la zorra y tenía que hacerlo pres­tando atención al rumor de sus pisadas.
-Pero, ¿adónde diablos me llevará? -pensaba el anciano.
Después de andar un buen rato se paró delante de la guarida.
-Empiezo a entender... ¡Esta es tu casa!
Dentro estaba Mamá zorra, enferma. Al ver entrar al abuelo, hizo un esfuerzo para levantarse del lecho y le saludó lo más cortésmente que sabía.
-Mi hija me contó lo amable que fue usted en cogerle las uvas. Quise venir yo misma a darle las gracias, pero como estoy enferma, mandé a mi pequeña que. le espe­rara en el camino-. Después de decir esto, sacó del cojín una caperuza roja y se la dio.
El anciano sonrió contento, la guardó dentro de la bolsa y regresó a casa...
Al día siguiente por la mañana, antes de ir al monte, quiso partir un poco de leña delante de casa; se acordó del regalo de la zorra y como hacía frío, fue a buscar la caperuza, se la puso y continuó su trabajo.
Entonces le pareció oír la conversación de dos personas. El caso es que no había nadie alrededor de la casa... El viejo se quitó la caperuza para oír mejor y echó un vistazo, pero todo estaba en calma y ya no se oía nada; se la volvió a poner y, ¡caram­ba!, la misma conversación de antes pare­cía continuar.
-¡Qué extraño!, parece ser la caperuza la causante de lo que oigo-. Le vinieron a la memoria las palabras de Mamá zorra cuando se la dio: «Esta caperuza es algo especial, trátala con cuidado».
Pero después de recordar estas pala­bras, examinó bien la capucha, por dentro y por fuera, sin encontrarle nada de par­ticular. Volvió a ponérsela y a quitársela, una y otra vez, hasta que se convenció de que, efectivamente, con ella puesta perci­bía la charla de alguien.
Ocurría que el regalo de la zorra tenía un don especial: el que se ponía la caperu­za podía escuchar la conversación de las plantas, de los árboles y de toda clase de animales.
Desde entonces, el ir al monte dejó de ser un trabajo pesado para el viejo, era más bien una diversión; podía entretenerse oyen­do lo que hablaban los pajaritos o de lo que se reían las plantas, mientras iba cortando la leña.
Cierto día, encima de la rama de un pino habían dos cuervos que estaban chacha­reando. El anciano se ajustó bien la cape­ruza y se sentó debajo para escuchar con atención su conversación.
-Oye, ¿te has enterado de que la hija del más rico de la aldea hace mucho tiem­po que está enferma?
-Sí, precisamente ayer por la noche, mis padres hablaban de ello, decían que había caído una maldición sobre su casa.
-¿Una maldición?, ¿a qué te refieres?
-En el jardín hay un alcanforero, ¿te acuerdas de él?, pues, encima de las raíces de este árbol el padre de la niña hizo cons­truir un granero de piedra. Desde enton­ces, el alcanforero odia al ricachón y le ha demostrado su antipatía enfermando a su bonita hija.
Aquel día, el abuelo no podía quitarse de la cabeza las palabras del cuervo, le daba lástima que la niña estuviera enferma sin tener ninguna culpa. Así, decidió ha­cerle una visita.
En la casa del millonario, encontró a todos muy preocupados. El padre estaba sentado en cuclillas sin moverse del lecho de la enferma. El anciano le habló así:
-Me he enterado de la incurable enfer­medad que sufre su hijita; si me lo permite, me parece tener la solución, pero quiero contar con su ayuda y confianza.
Aquel hombre tan poderoso había lla­mado a los mejores médicos y todos le habían dicho que no tenía curación, así que por probar lo que el viejo le diría pensó que nada podría perder.
Aquella misma noche, el anciano, con la roja caperuza puesta, se sentó cerca del granero, sacó la pipa y esperó paciente­mente oír algo; sin embargo, por más que esperaba todo estaba tranquilo. Se figuró en el apuro que se había puesto prome­tiéndole al ricacho la solución segura... Entre aquellas cavilaciones, de pronto per­cibió una voz lastimera que se quejaba así:
-¡Ay!, ¡ay! ¡Cómo me duele! ¡Cada día me aprisionas más tan repleto de cosas!... -era la raíz del alcanforero que se lamen­taba del gran peso del granero.
Entonces, el viejo le preguntó a la raíz:
-Oye, raíz, ¿si te quitaran ese granero de encima, eliminarías la maldición que hi­ciste caer sobre la chiquilla?
La raíz asintió, y el anciano se alegró.
En cuanto clareó el día, fue de nuevo a ver al padre de la niña y le dijo:
-Haga el favor de retirar el granero que hay cerca del árbol de alcanfor lo más pronto posible. Si hace lo que le digo, su hija se curará.
El millonario se sorprendió de lo que decía aquel pobre viejo, pero, por su que­rida hija única era capaz de intentarlo todo. Inmediatamente ordenó que quitaran el granero del jardín. Después de aquello, transcurrieron cinco días y las raíces del alcanforero se fueron llenando de vida, las hojas se vistieron de un verde precioso y parecía que el tronco sonreía. La voz del árbol le dijo al viejo:
-Gracias, muchas gracias, no sabes el bien que me has hecho, ahora podré llegar a ser el alcanforero más grande de la aldea.
Los demás árboles de su contorno tam­bién se pusieron muy contentos y partici­paron de su alegría.
Por su parte, la chiquilla fue mejorando día a día, hasta restablecerse por comple­to. El padre no sabía cómo agradecérselo al abuelo y le entregó un montón de oro.
Al recibir tanto oro, el viejo pensó que todo se lo debía a Mamá zorra. Hizo un fajo con él, y ya de camino pensó:
-Para demostrarle a la zorra mi grati­tud, voy a comprarle mucha pasta de soja frita, ya que es su comida preferida.
Y como al abuelo le importaba poco el dinero se sintió satisfecho con el restable­cimiento de aquella preciosa niña.

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