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martes, 5 de noviembre de 2013

El perrito pochi

Hace no sé ya cuántos años, cerca de un río había unas cuantas casas agrupadas formando una aldehuela. En una de ellas vivían un viejo y una vieja muy caritativos y honrados.
Cierto día, la anciana fue al río para lavar y mientras enjabonaba la ropa, ob­servó que río abajo, arrastradas por la co­rriente, discurrían varias cajitas de bambú de diferente tamaño. Al verlas, exclamó:

«Las cajas llenas hacia mí,
las cajas vacías hacia allí».

Acabando de decir esto, una de ellas parecía que se arrimaba hacia la orilla, la anciana, alargando la mano, la cogió y después de lavar se la llevó a casa y la dejó en el estante, sin mirar el contenido.
Al atardecer, cuando su esposo regresó del bosque con un fajo de leña, la anciana le enseñó la extraña caja que había encon­trado. Abrieron la tapa y apareció un pe­rrito blanco que al verles movió la cola de contento.
-¡Ah pillín!, ¡qué bien nos vienes!, como no tenemos hijos, verás lo que te mimare­mos... ¿Qué te parece abuela si le llama­mos Pochi?
Y a partir de aquel día, le daban de su misma comida con lo que no tardó en ha­cerse grande y fuerte.
Una mañana, cuando el anciano se iba a trabajar con la azada al hombro, Pochi le dijo:
-¡Abuelo, monta encima de mi lomo, como si fuera un caballo!
-¿Cómo quieres que suba?, yo peso de­masiado -contestó sorprendidísimo el abuelo.
-No te preocupes, tengo suficiente fuer­za para llevarte; rápido, sube y carga tam­bién la azada y el canasto.
El anciano no sabía qué hacer pero, como insistió tanto, montó encima de él. Pochi empezó a correr tan deprisa que le hizo tambalearse.
Ya bastante arriba de la montaña, el perro se detuvo y le dijo:
-Puedes bajar, ya hemos llegado. Coge la azada y cava aquí.
Siguiendo el consejo del perro, el ancia­no empezó a cavar en el lugar señalado. Y de repente, se oyó un ruido como si la azada hubiese chocado con algo metálico, se agachó para mirar dentro del hoyo y ¡SORPRESA!, un montón de monedas de oro relucían ante sus ojos.
-¡Qué maravilla! -murmuró el abue­lo. Las recogió, las puso dentro de una bol­sa, subió otra vez sobre el lomo de Pochi y regresaron a casa.
Entre la vecindad, vivía otro matrimo­nio conocido por su tacañería. Cuando se enteraron de la buena suerte de estos hon­rados viejos, una envidia terrible se apode­ró de ellos y se presentaron en la casa para que les prestasen a Pochi.
El malvado viejo ató una soga al cuello del animal y arrastrándolo a la fuerza se lo llevó. Después subieron él y la vieja enci­ma y atizándole con un palo para que tro­tara, le obligaron a llevarles al lugar donde habían aparecido las monedas. Al llegar allí, el viejo empezó a cavar delante del hocico de Pochi. Al cabo de un rato el azadón tropezó con algo duro...
-Je, je, je. Ya encontré el tesoro. Pre­para la bolsa para poner las monedas -dijo a su mujer.
Sin embargo..., lo que encontraron fue­ron excrementos secos de perro.
-¿Qué broma es ésta? Este odioso perro nos lo ha hecho adrede.
En aquel momento, empezó a soplar un viento helado y aparecieron unos fantasmas que les persiguieron hasta su casa.
-¡Qué susto! Y todo por culpa de este miserable.
El viejo enfurecido, cogió un garrote y empezó a pegarle hasta dejarle yerto.
Al enterarse de la desgracia, los bonda­dosos ancianos se entristecieron mucho y enterraron a Pochi en aquel lugar. Allí plantaron un arbolito y arrodillados los dos rezaron así:
-Pochi, perdónanos, no debíamos ha­berte prestado a los perversos vecinos. Per­dónanos, perdónanos -repitieron entre so­llozos.
Desde entonces, solían ir a rezarle, le llevaban como ofrenda los típicos pasteli­tos de arroz y regaban el árbol que cada día crecía más y más. Llegó a ser tan grande que ni dos hombres podían rodear­lo. Un buen día, el abuelo decidió cortar el tronco y hacer con él un mortero. Así po­drían machacar el arroz para hacer los pastelitos que le llevaban. Ambos pensa­ron que esto alegraría a Pochi.
En cuanto el mortero estuvo listo, la abuela hirvió arroz, lo machacó hasta con­seguir una pasta blanda y con las manos cogió un poco para redondearla. Pero ocu­rrió que..., el color blanquísimo del arroz, al tocarlo la abuela con las manos, res­plandecía hasta convertirse en monedas de oro del tamaño de los pastelitos.
-¿Qué ocurre abuela? ¿Qué es esto, qué es esto que reluce en tus manos?
-Este milagro también es gracias a Po­chi, abuelo, que nos está ayudando a salir de esta miseria.
Y cuando la abuelita le decía esto a su marido, los maliciosos viejos lo escucha­ron desde la ventana que estaba entreabier­ta. Y se apresuraron a entrar para pedirles el mortero.
-¡Buenas noches! Venimos a que nos prestéis el mortero, ya que todo lo ocurri­do es gracias a nosotros; si no hubiéramos matado al perro no hubiera crecido aquel árbol.
Apenas dicho esto, lo cogieron uno por cada asa y se lo llevaron corriendo. Al llegar a casa les faltó tiempo para hervir arroz y los dos empezaron a amasarlo. No obstante, por más que lo redondeaban no se convertía en oro, así que el viejo le dijo a su esposa:
-¿Qué te parece si lo asáramos?. Y dicho y hecho, lo pusieron enseguida en­cima de las brasas, las bolas de arroz em­pezaron a hincharse hasta que explotaron, saliendo de su interior toda clase de sus­tancias malolientes.
-¡Maldito mortero! -tan enfadados es­taban, que lo echaron a las brasas hasta reducirlo a cenizas.
Como los vecinos no les devolvían el mortero, el buen abuelo fue en su busca y no encontró de él más que las cenizas, muy compungido las recogió, las puso dentro de una canasta de mimbre y se las llevó a casa. Por el camino, empezó a soplar un gran vendaval que esparció gran parte de las cenizas por los árboles de alrededor y, al momento, ¡oh maravilla!, apare-cieron unas flores hermosas.
-¡Cielos, qué flores tan bonitas! Pero con el frío que hace..., ¿cómo es posible? -se preguntó el anciano extrañado. Se­guro que esto también es gracias a Pochi.
Unos días después, supieron que casual­mente el rey pasaría por la aldea para diri­girse a la ciudad. Al enterarse de la noti­cia, el buen viejo cogió las cenizas restan­tes y subido a un cerezo esperó a que pasara el rey. Al verle un samurai del sé­quito del monarca, le preguntó:
-¿Qué haces encima de esta rama? Baja enseguida de ahí.
Honorable samurai, un servidor tiene el poder de hacer florecer los cerezos espar­ciendo estas simples cenizas. Si me lo per­mite vuestra señoría, voy a demostrárselo.
-Si es como dices, haznos ver este pro­digio.
Enseguida el abuelo obedeció las órde­nes del samurai, y no tardaron en aparecer unas preciosas flores de cerezo que se des­hojaban cayendo como lluvia encima del kimono del rey. Éste se alegró muchísimo:
-¡Esto es magnífico! Como recompen­sa, llévate esta caja.
De nuevo la mala vieja se asomó a la puerta de los vecinos honrados y al ver el regalo del rey sus ojos brillaron de codicia y pensó entre sí:
-Esta vez no fallaremos.
De vuelta, el rey pasó otra vez por allí y entonces el que esperaba encima del árbol. era el mal viejo con una gran bolsa llena de cenizas, obtenidas de la quema de todos los muebles de la casa, pensando que cuan­tas más cenizas mejor sería la recompensa.
Al esparcirlas no floreció ninguna flor, los escombros penetraron en los ojos y ensuciaron el kimono del rey, uno de los samurais sacó la espada y le cortó una oreja al mal viejo.
La vieja, escondida detrás de otro árbol, esperaba ver el premio. De pronto, vio lle­gar a su marido con el kimono rojo, pensó que se había puesto el kimono de gala para recibir al rey. Pero el caso es que el kimo­no estaba rojo a causa de la sangre que goteaba de su oreja.

0.040.3 anonimo (japon) - 028

El mono y el cangrejo

Éranse un mono y un cangrejo que vi­vían muy cerca el uno del otro y solían jugar juntos. Se divertían, pero el mono siempre se aprovechaba de la bondad y pequeñez del cangrejo para engañarle.
En una ocasión, fueron a la playa y bus­cando algo de comer el cangrejo dio con una bola de arroz debajo de una mata. Se le debía haber caído a alguien de la bolsa del desayuno. Muy contento, exclamó:
-¡Acabo de encontrar una cosa deli­ciosa!
El mono, al verlo, sintió envidia y pensó que él no podía quedarse atrás, así que empezó a buscar también. Sin embargo, lo único que pudo hallar fue una semilla de ca­qui. La recogió y se fue a ver al cangrejo:
--¡Oye amigo!, ¿por qué no me cambias tu bola de arroz por este hueso de caqui?
-¡Uy! ¡No! ¡Ni pensarlo! Tengo mucha hambre y tu semilla no me la saciaría.
-Te equivocas. Escúchame: después de comerte el arroz no te quedará nada. En cambio, si tienes la semilla y la planta, te nacerá de ella un árbol y de él muchos caquis. Sin duda, tú saldrás ganando.
Como el mono era muy sabio y hablaba tan bien, le convenció y se intercambiaron las dos cosas.
En un abrir y cerrar de ojos, el mono se comió el arroz y se fue a casa. El cangrejo también se fue a la suya para plantar sin pérdida de tiempo el hueso de caqui. Cada día lo regaba, cavaba y observaba si crecía. Pasaban los días y el cangrejo se impacien­taba. Un día, se acercó y le dijo a la semilla:
-Óyeme bien, semilla: si no te das pri­sa en salir, te cortaré con mis tijeras.
La semilla tuvo miedo y tímidamente echó dos pequeñas hojitas y al poco tiem­po ya era un árbol grandísimo, pero no daba ningún fruto.
-Te has hecho un árbol hermoso, sin embargo no puedo comerte. Si no me das caquis te cortaré las raíces con el hacha.
Después de decir esto, colocó el hacha cerca del tronco.
El árbol se asustó con la amenaza del cangrejo y empezó a dar magníficos ca­quis. Algunos de ellos iban poniéndose de color anaranjado. El cangrejo pensó que ya estaban maduros. Intentó subir, mas no podía agarrarse al tronco y cada vez que probaba se caía. En aquel momento, el mono, que bajaba de la montaña, vio las frutas maduras y se apresuró a llegar a la casa del cangrejo y subir al árbol. Cada caqui que recogía se lo comía.
El cangrejo, que lo estaba observando desde abajo, le dijo:
-Amigo mono, estos caquis son míos, pero como yo no puedo subir, ¿no me ha­rías el favor de alcanzarme unos cuantos?
-Es verdad que este árbol es tuyo, ya no me acordaba... No te preocupes, que voy a cogerte los que quieras.
El mono, adrede, cogió un caqui verde y se lo tiró.
El otro lo mordió pero no pudo comerlo.
-Oye, un poco más maduro.
-De acuerdo. ¿Qué tal éste?
Si el de antes era verde, éste todavía más. Entonces, uno detrás de otro y con toda su fuerza, el mono empezó a lanzarle caquis verdes que pesaban como piedras, con tan mala suerte que lo aplastó. Del cuerpo sin vida del cangrejo salieron siete cangrejitos que al darse cuenta de que su mamá estaba muerta lloraron muy tristes.
Había una abeja que solía revolotear por allí.
-Los veía siempre gemir y les preguntó:
-Cangrejitos, ¿por qué lloráis?
-Porque el mono que vive en la monta­ña mató a nuestra mamá a golpes de ca­quis el día que nosotros nacimos.
La abeja, que era muy buena, les conso­ló diciendo:
-No os lamentéis más, ya pensaré cómo darle su merecido a ese maldito mono.
Enseguida se fue a notificarlo a sus ami­gos. Primero se lo dijo a la castaña, des­pués a la aguja, al mortero y a la piel de plátano. Todos prometieron colaborar.
Juntos se dirigieron a la guarida del mono. Éste no estaba, pero como ya era oscuro imaginaron que no tardaría en volver. Cada uno escogió un lugar para esconderse.
La castaña se introdujo dentro de las brasas del hogar que estaba encendido en el centro de la habitación. Los cangrejitos, dentro del cubo del agua que había en la cocina. La abeja, en el tarro de la confitu­ra. La aguja, dentro del colchón. El morte­ro, encima de la puerta y la piel de plátano al lado. Todos ellos esperaron la lle­gada del mono, procurando no ser vistos.
Al cabo de un rato, el mono volvió que­jándose de frío. Se arrimó inmediata-mente al fuego para calentarse las manos y, en ese momento, la castaña se abrió por el calor de las brasas y saltó al ojo del mono.
-¡Ay!, ¡me he quemado!... Para las que­maduras es buena el agua -pensó.
Casi a tientas, pues no podía abrir más que un ojo, fue a buscar agua a la cocina. Entonces, de dentro de ella los cangrejitos con sus tijeras empezaron a pellizcarle todo el cuerpo.
-¡Ay, ay, ay! ¡El agua todavía es peor!... Quizás, la confitura... Cuando abrió el bote, la abeja que estaba escondida, con su agui­jón le picó de lo lindo.
-Lo mejor será que vaya a dormir -murmuraba de malhumor.
Cuando se acostó, se le clavó en el tra­sero la aguja que estaba en el colchón.
-Tampoco podré estar tranquilo dur­miendo... Iré al río para bañarme.
Al salir, resbaló con la piel de plátano y en el mismo momento le cayó encima de la cabeza el pesado mortero dejándole aplas­tado.

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El gorrión agradecido

Hace ya mucho tiempo, un precioso día de primavera, un leñador llamado Tomiki­chi fue al monte para cortar árboles. Estu­vo trabajando toda la mañana y al llegar la hora del almuerzo dejó el hacha y se diri­gió hacia el pino donde había dejado su fiambrera, pero cuando llegó allí, se asom­bró al ver que un gorrioncillo se había comido todo el arroz y estaba durmiendo tranquilamente la siesta dentro de la fiam­brera, que era justa a su medida.
-¡Mira el dormilón! -pensó el viejo Tomikichi quien, en lugar de enfadarse, le cayó en gracia el gorrión y, cogiéndolo en la palma de la mano, lo acarició y se lo llevó a casa.
Por el camino reflexionó en el nombre que le iba a poner y decidió llamarle «Chon».
La esposa que no tenía tan buen cora­zón, al ver llegar a su marido con el go­rrión y contarle que se había comido todo el almuerzo, sintió mucha rabia y no esta­ba de acuerdo con que se quedara en casa. Sin embargo, Tomikichi no le hizo caso y desde aquel día siguió mimándolo, dándo­le de comer en la mano los mejores granos de arroz y enseñándole a subir sobre su hombro en cuanto le llamaba.
Todos los días, Tomikichi se levantaba muy temprano, esperaba que su esposa le preparara el almuerzo y después se mar­chaba al bosque para recoger leña.
-¡Oye, abuela! ¿Me has preparado el almuerzo? Hoy llegaré un poco tarde, quie­ro ir al mercado para vender la leña.
La esposa ni tan siquiera respondió, co­giendo la fiambrera le puso un poco de arroz y unas cuantas algas, y luego se la entregó sin mirarle a la cara.
Él estaba acostumbrado a la hosca y desabrida esposa, y a pesar de sus despre­cios se veía siempre de buen humor y tra­bajaba hasta chorrearle el sudor por su arrugada frente.
Cuando Tomikichi estaba en el monte, la esposa empezó a hervir arroz para pre­parar almidón para la ropa blanca. Des­pués salió al jardín y comenzó a lavar den­tro de un barreño. Mientras el pequeño Chon, que estaba en ayunas desde la ma­ñana, ya que la vieja no le daba de comer, olió el aroma del arroz, le hizo acordarse del primer día que comió el arroz de la fiambrera de Tomikichi y de pronto le die­ron tantas ganas de comer que se acercó a la olla, la destapó y poco a poco se fue comiendo todo el almidón... ¿Qué ocurrirá ahora?...
Al terminar la colada, la vieja entró en casa para buscar el almidón y encontró la olla vacía; comprendió enseguida que ha­bía sido Chon el culpable.
-Ven aquí enseguida, Chon -le dijo.
Agarró al gorrión con una mano y con la otra unas tijeras, le abrió el pico y le cortó la lengua que con tanto gusto había rela­mido el almidón, después le echó de casa persiguiéndole con una escoba.
-Sólo era un estorbo -pensó.
El gorrión voló débilmente desapare­ciendo en el bosque de bambúes. Al poco rato volvió Tomikichi del mercado con un gran cesto de verduras.
-¡Chon! ¡Chon! ¿Dónde estás? -pero el gorrión no respondió.
Al ver la jaula vacía, le preguntó a su esposa si sabía dónde estaba Chon. Ella muy irritada le explicó la diablura que ha­bía hecho y que le había cortado la lengua.
Tomikichi lo lamentó mucho, por la no­che dentro de su edredón derramó lágri­mas en silencio y decidió buscarlo por don­de fuera.
Al amanecer, se preparó él mismo el almuerzo y salió de casa sin que le viera su esposa.
Atravesó el río, subió la montaña, bus­cando de aquí para allá, sin embargo no se oía ni el piulido de un solo gorrión.
Cansado de andar, se sentó un poco en una roca. Desde allí se veía algo muy enor­me que se movía, se acercó para ver qué era y resultó ser un gigante que estaba lavando nabos en el río.
Tomikichi tenía miedo, nunca había vis­to a nadie tan grande. Sin embargo, se atrevió a preguntar:
-¡Oiga, señor Gigante!, ¿no ha visto por casualidad a un gorrioncillo sin lengua?
-Sí que lo he visto, pero si quieres que te diga qué dirección ha tomado, tienes que comerte diez nabos crudos -le res­pondió.
A pesar de que los nabos también eran enormes, el viejo Tomikichi estaba dis­puesto a hacer todo lo posible para encon­trar a su Chon, y se los comió sin rechistar.
El Gigante añadió después:
-Bien, como has hecho lo que te he dicho, voy a decírtelo -y le señaló el lugar hacia donde le había visto volar.
Después de haberse comido los nabos su vientre pesaba mucho y le costaba subir la pendiente que le había señalado el gi­gante.
Cuando acabó de subir, no se veía ni rastro del gorrión y el anciano no sabía qué dirección tomar ya que el camino se rami­ficaba. Al fin, decidió tomar el sendero que pasaba delante del río. A medio cami­no encontró a una mujer colosal que lava­ba zanahorias, era una mujer gigante que debía de vivir por aquellos alrededores.
El anciano se apresuró a preguntarle so­bre Chon y ella le respondió:
-Voy a enseñarte el camino que ha tomado, pero antes tienes que comerte doce zanahorias crudas.
Estas zanahorias, al ser silvestres eran como los nabos de un tamaño exorbitante.
Tomikichi se las comió con la esperanza de encontrar pronto a Chon. Pero después de emprender el camino que le señaló la mujer gigante, su estómago pesaba tanto que se detuvo otra vez a descansar.
-¡Qué lleno estoy! Sería incapaz de co­mer más. Pero, ¿y si me dijeran que tengo que comer coles o sandías para encontrar a Chon?...
El corazón del viejo era tan bondadoso que seguramente se lo hubiera comido para ver a su querido Chon. ¿Qué os parece, amiguitos?...
A lo lejos, parecía que alguien cortaba árboles. Mirando alrededor, el viejo sintió que el bosque de bambúes se movía como llamándole a penetrar en él. Dentro de la espesura la temperatura era agradable y el cielo que se dejaba ver a través de las cañas era de un azul intenso. De pronto, apareció Mamá gorrión y le dijo:
-¡Bienvenido! Supimos que buscabas nuestra humilde casa y he venido a buscar­te, será un honor el recibirte. ¡Sígueme!
Una vez delante de la casa, todos salie­ron a su encuentro para darle la bienveni­da, Chon se echó en brazos del anciano y los dos lloraron de emoción.
-Chon, he venido para que perdones lo que la abuela te hizo y no nos guardes rencor.
-Yo soy el que tendría que disculpar­se, hice mal en comerme el almidón. Pero entra y disfruta con el festín que te hemos preparado.
Mamá gorrión aprovechó para darle las gracias por haber cuidado de su hijo tanto tiempo. Después, varios gorriones músicos empeza-ron a tocar el arpa, mientras los demás, ataviados con ricos kimonos, dan­zaban a su alrededor. Tomikichi estaba sentado en cuclillas delante del «ozén» (mesilla individual). Le sirvieron arroz blan­co en un bol rojo, verduras, besugo y sake. Para él eran platos suculentos, ya que sólo comía besugo en las grandes solemnidades.
Aquella noche se quedó en casa de Chon. Y al día siguiente Mamá gorrión preparó dos cajas de mimbre y le dijo:
-Quiero que te lleves una como recuer­do, escoge la que quieras.
-No tendría que aceptar nada, os he ocasionado demasiadas molestias, pero ya que insistís cogeré la pequeña, parece lige­ra y como soy viejo podré llevarla mejor.
Cargándose a la espalda la caja, se des­pidió de los gorriones y tomó el sendero que le aconsejaron, por ser más corto el camino para llegar a casa.
Su esposa le esperaba muy enfadada.
-¿Dónde has estado desde ayer por la mañana sin decirme nada?
Tomikichi sin responder, depositó la caja de mimbre en el suelo. Entonces, la vieja se apresuró a abrirla. Estaba repleta de monedas de oro y plata, telas de seda, corales, piedras preciosas, etcétera.
La avariciosa vieja, en vez de contentar­se con lo regalado, al saber que había otra caja más grande, le dijo a su marido:
-¡Qué tonto eres! ¿Por qué no cogiste la caja grande? ¡En la otra deben de haber más tesoros! Enséñame el camino para ir a casa de Chon y esta vez iré yo misma.
Tomikichi quería detenerla, pero no pudo: ella empezó a correr y a correr... Parecía que fuese la propia avaricia la que estaba corriendo. En el camino encontró al gigan­te de los nabos y a la gigante de las zana­horias. Antes de preguntarles ya empeza­ba a comerse las verduras, para ganar tiem­po. Cuando llegó a casa de Chon, éste se sorprendió al verla y le dijo:
-¿A qué has venido, abuela?
-Vine porque tenía muchas ganas de verte, ¿cómo estás querido Chon? -res­pondió hipócritamente.
-Estoy bien, pero no te quedes en la puerta, entra y te serviremos algo de comer.
Chon le sirvió la comida en una mesilla vieja descolorida y en unos recipientes des­conchados, pero la vieja comió rápidamen­te sin hacer caso. Después de comer qui­sieron agasajarla con sus danzas, pero ella dijo:
-No quiero ver vuestros bailes ni oír vuestras canciones, sólo me interesa la caja grande que no cogió el tonto de mi marido. ¡Rápido, la caja! ¡La caja!
Chon fue a buscar la gran caja de mim­bre y le dijo:
-Te la entregamos, pero recuerda que no la puedes abrir hasta llegar a casa.
Le ayudaron a cargársela a las espaldas y sin darles ni tan siquiera las gracias se fue andando con pasos inseguros a causa del peso.
-¡Ah, cuánto pesa! Voy a descansar un poco y echaré una ojeada, si veo el brillo de las monedas recuperaré las fuerzas y podré llegar a casa. Diciendo esto, le­vantó la tapa de la caja.
Enseguida salió de ella una cosa brillan­te que no era el resplandor de las monedas, sino los ojos de una serpiente, salieron des­pués un gusano peludo, un fantasma sin ojos, un cienpiés grande y feo, un búho con pies de persona y con unos dientes muy afilados... Todos estos monstruos se echa­ron encima de la vieja, quien muy asustada se desmayó.
Desde.aquel día tuvo que guardar cama y su marido tenía que cuidar de ella, lim­piar la casa, hacer la comida, ir al campo, etcétera. Al enterarse de la situación, los gorriones se presentaron en casa de Tomi­kichi para ayudarle.
La abuela tuvo remordimiento de lo ava­ra y mala que había sido y les pidió perdón a los gorriones, después acarició a Chon, quien se quedó a vivir con ellos para siem­pre.

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El colmo de los tontos

Soube era un labrador, conocido en su pueblo y sus alrededores por no acertar nunca a hacer las cosas al derecho. Era realmente el colmo de los atolondrados.
Una mañana, al despertarse miró al ca­mastro donde dormía su mujer y, no sa­liendo de su asombro, le dijo:
-¡Dios mío! ¡Qué desgracia, tu cabeza se ha convertido en pies!
Su esposa, acostumbrada a sus tonte­rías, sin enfadarse, le respondió:
-¿No te das cuenta de que eres tú el que duerme al revés?, tienes los pies enci­ma del almohadón.
Pero Soube mirando fijamente a los pies de la esposa...
-¡Socorro! ¡Los pies están hablando y sin tener boca!
Se levantó medio dormido y fue a la cocina para lavarse la cara.
-Oye, ¡levántate ya!, ¿qué te parece si me preparas el desayuno?, hoy tengo mu­cho que hacer en el campo.
La esposa se levantó y se quedó miran­do la cara de Soube.
-Oye, cariño, te has lavado la cara con la sopa, ¿verdad? Pues hoy te quedas sin ella en el desayuno.
Con la cara llena de residuos de sopa y sin rechistar, se tomó el arroz con un tazón de agua hirviendo, en lugar del caldo. Des­pués fue al establo a coger la vaca.
Una vez en los sembrados, empezó a buscar una estaca para atarla; después de largo rato encontró un tronco grueso.
-Éste me vale. Oye vaquita, come mu­cha hierba que hoy tenemos que labrar todo el campo.
Cuando Soube hizo ademán de coger la azada, no podía moverse, le costó trabajo darse cuenta de que había atado la vaca a su propia pierna. Enfadándose con ella, le pegó con un palo.
Al levantar el azadón vio que el sol es­taba medio escondido detrás de las monta­ñas ñas del este. Inmediatamente, bajó el azadón.
-Pero... Si ya se está poniendo el sol..., y todavía no he hecho nada, ¡qué deprisa se me ha pasado hoy el día!
Soube había confundido la salida con la puesta del sol.
-Por eso tengo tanta hambre, tengo que darme prisa; mi mujercita ya me estará esperando, y la vaca se habrá dado un buen panzón de hierba sin dar golpe.
Desató la vaca y subió encima para re­gresar a casa. En el momento en que se cogió al cuello del animal no comprendía qué ocurría, la cabeza era pequeñísima.
-¿Qué pasa? Tanta hierba que te he dejado comer hoy y has disminuido de ta­maño, de poca ayuda me servirás...
Soube, agarrado a la cola de la vaca, regresó a casa. Así llegó delante de la puer­ta del establo. Dando voces, le dijo a su esposa que estaba fuera:
-No te entretengas y prepara la cena que vengo con mucho apetito -dijo mien­tras le sonreía. Y qué guapa se ha vuelto mi mujer en mi ausencia -pensó.
Sin embargo, era a la vecina a la que Soube le pedía la cena y le sonreía de aquella manera. Ella quedó: boquiabierta al verle sentado al revés encima de la vaca.
Su propia esposa lloró de pena al ver que ni siquiera a ella le reconocía y le dijo:
-Mira, me parece que tu atolondra­miento ha llegado a un estado anormal y tendríamos que pensar en hacer algo.
-A mí también me gustaría curarme. ¿Qué me sugieres?
-Yo no creo que tu enfermedad sea cosa de médicos. Mejor sería que fueras al templo del dios Oinari, he oído que este dios hace muchos milagros.
-¡Qué buena idea! El dios Oinari es el patrón del arroz y como yo soy campesino, seguro que me comprenderá y ayudará.
Aquella misma noche se preparó para la larga caminata, tal como lo hacían los pe­regrinos, y se acostó pronto.
Al cabo de un rato se oyó cantar a un búho, mas Soube lo confundió con el gallo y se levantó precipitadamente. Se cubrió la . cabeza con lo primero que encontró, se puso la espada en el cinto y se hizo un bocadillo sin mirar lo que cogía.
-Parezco un peregrino de verdad, el dios Oinari se alegrará de verme, cada vez hay menos gente que haga estos sacrificios.
Nadie podría imaginarse que fuera un peregrino, parecía más bien un espantapá­jaros. En la cabeza llevaba una olla vieja y en el cinto la mano del mortero.
Emprendió el camino delante de su casa y al cabo de unas horas, ya cansado de andar, se preguntó:
-¿Adónde voy si se puede saber? Hu­biera sido mejor que mi esposa me acom­pañara, ella creo que lo sabía.
Se sentó en una piedra y esperó a que pasase alguien para pedir ayuda.
De pronto, una muchacha que iba a re­coger agua pasó por aquel camino. Soube la llamó:
-Oiga, oiga, por favor...
-Sí, usted dirá.
-Sí, eso. ¡Eh!, no me acuerdo por qué la llamé, quería preguntarle algo, pero...
-Entonces, ¿por qué me llamó? Parece una zorra disfrazada -le dijo la chica.
-¡Zorra! ¿Ha dicho zorra? Eso es. ¡Qué inteligente soy! Precisamente es lo que bus­co, el templo del dios Oinari, en el que hay dos zorras de piedra en la entrada. Muchí­simas gracias, señorita.
Contento consigo mismo, continuó el camino y subió la montaña. Al llegar a la cima entró en una casa de té para tomarse un descanso y le preguntó a la dueña si sabía dónde estaba el templo del dios Oinari.
-Es justamente dirección contraria, se­ñor. Tiene que tomar este otro camino.
Soube salió disparado y sin pagar la consumición. Seguramente, la mujer se sor­prendió de aquel tipo tan extraño.
Por fin, llegó al templo. Y delante del altar rezó así:
-Dios Oinari, dígnate curar a este po­bre campesino como tú. Todos dicen que soy necio y atolondrado, pero yo tengo confianza en que tú remediarás mi mal.
Con las manos cruzadas, oraba con de­voción. Cuando ya se iba a ir, se acordó de que no había dado limosna. Subió otra vez las escaleras y al no poder sacarlas mone­das de dentro de la bolsa, la echó entera dentro de la caja y bajó las escaleras muy pensativo:
-Como di todo el dinero voy a tener suerte..., almorzaré en esta sombra.
Entonces buscó la bolsa de la merienda y dentro de ella encontró un cojín envuelto con la faja de su mujer.
-¡Qué broma es ésta! Seguro que me lo ha hecho adrede. ¡Vaya bocadillo! Yo que le dije que iba a rezar...
A medio camino de regreso, vio una tienda donde vendían pane-cillos recién he­chos.
Soube empezó a buscar en todos los bolsillos y afortunadamente encontró la úl­tima moneda. Se apresuró a comprar uno y se fue tan contento. Lo mordió y..., era más duro que una piedra. Lo que Soube había cogido era el panecillo de cerámica expuesto en el aparador de la tienda.
Muerto de fatiga y de hambre, llegó a casa. Al abrir la puerta encontró a su mu­jer de espaldas preparando la comida en la cocina. Tan enfadado estaba por la broma del bocadillo que cogiéndola por el kimono le dio un puntapié y le dijo:
-La próxima vez ten más cuidado cuan­do me prepares el desayuno.
Dicho esto, la mujer se levantó con un gran chichón en la frente. En aquel instan­te Soube palideció, también esta vez se había equivocado con la vecina. Avergon­zado, salió fuera para refrescar su cabeza y volvió a entrar para pedir perdón.
-¡Ay, cómo lo siento! Perdón, perdón. Debió ser a causa del cansancio... -iba diciendo sin atreverse a mirarle a la cara.
Soube, pensando que había entrado en la casa de la vecina, resulta que ahora estaba en la suya y su mujer quedó mara­villada al ver que se había producido el milagro tan deseado.

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El bonzo, la zorra y la vieja ciega

Había una vez una isla, rodeada de un ancho mar y olas azules. En esta pequeña isla había un templo habitado por un solo bonzo, que se había retirado allí para me­ditar y hacer oración. Detrás del templo se extendía un verde bosque, donde vivía un zorro blanco. El zorro y el bonzo eran casi los únicos habitantes de esta pequeña isla.
El bonzo siempre rezaba tocando al mis­mo tiempo un gongo de madera, este soni­do tan característico lo oía el zorro cada día desde su guarida y siempre esperaba impaciente a que tocara la campanilla de hierro, signo de que ya había terminado. Pero aquel día la oración era muy larga y el zorro tenía hambre...
-¡Date prisa!, ¡termina ya la oración! ¿Por qué será hoy tan larga la oración del bonzo? =pensaba el zorro.
El bonzo seguía rezando... De pronto: iCHIN! ¡CHIN!..., la campanilla de hierro.
-¿Ya terminó, señor bonzo?
El hambriento animal quería bajar del monte ya; sin embargo, esperó a que el bonzo saliera del templo.
-¡Ah! El bonzo lleva hoy el kimono morado, debe de asistir a alguna ceremo­nia, quizá vuelva tarde... ¡Tengo tanta ham­bre!... No puedo resistir más...
Se acercó a la puerta del templo y empezó a husmear.
-¡Qué bien!, ¡tres pastelitos de arroz con judías dulces! ¡¡Mmmmmm!! Se me hace agua la boca...
El zorro blanco siempre iba a comerse las ofrendas que el bonzo ponía en el altar de Buda después de su oración cotidiana.
Se había zampado ya dos pastelitos y cuando quería empezar con el tercero, al­guien llamó a la puerta.
-¡Con permiso! -dijo una anciana. El zorro se sorprendió y se escondió debajo del altar.
-¡Qué susto!, ¡por poco me pilla! Como no está el bonzo, la vieja se dará cuenta de que no hay nadie y se marchará.
Sin embargo, la anciana estaba de pie, sin demostrar ninguna prisa.
-¡Qué raro, parece ciega!... Si salgo no se dará cuenta de que soy el zorro y si le explico..., quizá se irá.
-¡Oiga, oiga, abuela!, el bonzo hoy no está -dijo imitando la voz humana.
Entonces, la anciana respondió:
-¡Ah sí!, muchísimas gracias por la in­formación, señor bonzo, permítame entrar y esperaré a que venga.
-¡Es extraño!, parece que no me ha entendido...
La vieja entró a tientas y palpando con las manos el suelo se dirigió hacia donde oía la voz de la zorra y saludándole luego más cortésmente, añadió:
-Señor bonzo, quisiera pedirle un fa­vor, hoy es el aniversario de la muerte de mi esposo y he venido para que le dedique unas oraciones.
-Esta anciana es ciega y además pare­ce que tampoco oye bien, piensa que soy el bonzo, ¡qué pesada!, no quiero perderme el último pastelito, pero será mejor que huya, ya volveré después...
Cuando el zorro blanco se escapaba si­gilosamente por la puerta trasera, miró de nuevo a la vieja y vio que en las manos tenía ya el rosario que se usa para oír los rezos del bonzo. Le dio pena y pensó:
-No puedo dejarla de este modo, nun­ca la he visto por aquí, creo que debe de haber venido de muy lejos para pedirle al bonzo este favor y si me voy... ¡Bien!, me convertiré en bonzo.
Inmediatamente fue a la sacristía y co­gió el hábito, mientras iba murmu-rando:
-No sé si estaré bien vestido, es la primera vez en mi vida que me disfrazo de bonzo. ¡Qué raro me siento! Si alguien me viera seguramente se reiría de mí...
-¡Ejem, ejem! -hizo para afinar la voz.
El zorro se sentó en el cojín que había cerca del altar, pero no sabía cómo em­pezar.
-¡Qué apuro!, me transformé en bonzo y no me sé las oraciones, bueno, vamos a ver qué sale. De todas formas, esta ancia­na no tiene el oído demasiado fino.
Entonces, dijo cantando como si rezara, al mismo tiempo que se acompañaba con el gongo:

«En con tré un pas te li to muy ri co...
Me co mí dos, pe ro aún que da u no...
quie ro co mér me lo pron to
Din - Don, Din - Don...
¡¡iCHIN!!!».

Al final, tocó la campanilla de hierro, tal como lo hacía el bonzo. La anciana com­prendió que ya se había terminado la ple­garia, guardó el rosario, se levantó y dijo:
-Mil gracias señor bonzo, mi esposo que está en el cielo se pondrá muy conten­to. Mire, es muy poco, pero acepte este di­nero. Al decirle esto, le dio un sobre conteniendo algunas monedas de oro.
Aquel día al atardecer, cuando el bonzo volvió, vio las pisadas del zorro y que no quedaba ningún pastel en el altar; en la bandeja de las ofrendas había un sobre.
-¡Ah! Debe de haber venido el zorro blanco cuando yo estaba ausente. Sin em­bargo, ¿y este dinero?, ¡es imposible que el zorro haya pagado el importe de los pas­teles!
El bonzo pensó largo tiempo en la pro­cedencia de aquellas monedas, mas nunca logró entender el misterio.

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El bonzo ciego

Según la leyenda, había un ancho valle en la isla de Hokkaido donde vivían mu­chas zorras malvadas que acechaban cons­tantemente a los caminantes.
La gente que iba o venía de la ciudad, a pesar del miedo que les tenía, estaba obli­gada a pasar por el único camino que cru­zaba el valle.
Cada día en el pueblo se oían contar historias relacionadas con las zorras:
-A mí, después de robarme el pescado, me han afeitado la cabeza al raso -decía uno.
-Pues a mí me quitaron dos monedas de oro y me hicieron dar cincuenta vueltas alrededor del valle sin sandalias -decía otro.
Eran realmente personas sencillas y hon­radas, que trabajaban mucho para con­seguir un poco de comida en la ciudad, intercambian-do sus productos, y encima se la robaban cuando volvían a sus casas. Había que tomar una resolución para exterminarlas.
Se reunieron todos los hombres con gran­des garrotes y por la noche empezaron a recorrer el valle de punta a punta, pero fue inútil: no pudieron encontrar ni rastro. Era posible que se hubieran transformado en cualquier cosa irreconocible, gracias a su habilidad, y les prepararan otra mala juga­da. Sudorosos y desanimados volvieron al amanecer a sus casas.
Cierto día, pasó por allí un bonzo ciego que iba recorriendo los pueblos a pie con su laúd, cantando antiguos romances. Era viejo y muy sabio y vivía de limosna.
El bonzo se enteró del grave problema de aquellas pobres gentes y quiso ayudarles.
Cuando estaban todos reunidos en la plaza escuchando sus canciones, les dijo:
-Soy ciego y quizá no tengáis confian­za en mí pero os prometo cazar a estas, malditas zorras si me preparáis lo que os voy a decir.
A todos les pareció que podían confiar en él y prometieron proporcionarle lo que les pidiera. Entonces, el bonzo dijo:
-Traedme un saco de unos cinco me­tros de largo. En el fondo de él colocaréis muchos ratones fritos y en la boca del saco un palo vertical para que quede abierto. Para mí, preparadm'e pescado salado y buen sake.
¡Qué poco pedía el bonzo! Si con sólo aquello consiguiera eliminar a aquellos ani­males estarían salvados.
Las mujeres confeccionaron el largo saco, los chiquillos cazaron los ratones y los hombres fueron a la ciudad para comprar el mejor sake.
Cuando todo estuvo listo, el bonzo se sentó en medio del valle, al lado del saco, y empezó a cantar romances de zorras acom­pañán-dose de su laúd.
Las historias eran amenas y el olor de la fritura iba penetrando por todo el bosque.
Las zorras fueron acercándose atraídas por el olor y por la curiosidad de saber quién era el que cantaba acerca de ellas. Cuando estuvieron alrededor del bonzo, le preguntaron:
-Señor bonzo, ¿cómo es que sabe nues­tros romances? y ¿qué hace solo aquí?, no le hemos visto nunca en este valle.
El bonzo les respondió:
-Como soy ciego no puedo ver quiénes sois; pero no importa, acercaos, a mí me gusta beber al mismo tiempo que toco este viejo instrumento, pero es triste beber solo y no poder conversar con nadie, tengo su­ficiente sake y pescado, ¡vamos a termi­narlo juntos!
Las zorras tenían mucha hambre; sin embargo, para complacer al bonzo empe­zaron a bailar y cantar con él. Después, una a una, aprovechando que el bonzo no las podía ver, fueron entrando dentro del saco para comerse las ratas.
Cuando el anciano ya no oyó ningún ruido cerca de él, pensó que todas estaban dentro y se apresuró a atar la boca del saco con una cuerda. Seguidamente, llamó a la gente del pueblo que con grandes bambúes apalearon a las zorras hasta dejarlas sin vida.
Agradecidos, invitaron al bonzo a que­darse para siempre en el pueblo, ya era demasiado viejo para ir andando de aquí para allá. Desde entonces, solía ir de casa en casa tocando su laúd.

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Con una pajita se hizo rico

Hace ya muchos años, vivía un hombre muy pobre que siempre pensaba cómo ha­cerse rico para no pasar tantas penalidad,es.
Cierto día fue al templo de la diosa bu­dista de la Merced para pedirle la gracia deseada. Dentro del templo estuvo ence­rrado haciendo oración durante veintiún días; el último de ellos, la diosa le habló ásí:
-Ya ha llegado la hora de que salgas de este templo. Cuando emprendas el viaje de regreso, la primera cosa que toques con las manos guárdala como algo muy valioso. Ten la seguridad de que si haces lo que yo te digo podrás llevar una vida mejor...
-Muchísimas gracias.
Muy contento, salió del templo pero no se dio cuenta de que había un escalón y tropezó cayéndose de bruces. En aquel mo­mento su mano tocó una paja de arroz que estaba tirada en el suelo.
-Esto es lo primero que he tocado. Me lo llevaré tal como me ha dicho la diosa. Sin embargo, no creo que con esta pajita pueda llegar a rico...
Y se marchó con la pajita, teniendo cui­dado de que no se le rompiera. Entonces, alrededor de su cara empezó a dar vueltas un moscardón. Como le molestaba mucho, lo cazó y lo ató a la punta de la paja.
Caminando, caminando, vio que por el mismo sendero, a lo lejos se acercaba un largo desfile de personas que también via­jaban pero en dirección contraria. Parecía tratarse de alguien rico o quizá del séqui­to de algún general. En medio del desfile llevaban un adornado palanquín. Al pasar cerca de él, de dentro del palanquín salían voces de un niño que lloraba desespera-da­mente. El séquito se paró un momento para descansar y la madre salió con el niño en brazos para distraerle. El pequeño, al ver el moscardón con la pajita, dejó de llorar inmediatamente y le dijo a su madre que quería aquel juguete.
El hombre le explicó que aunque fuera una cosa de poco valor no podía dársela ya que la diosa del templo le había aconseja­do guardar lo primero que encontrase...
Entonces, aquella señora sacó de la ca­rroza una bolsa de seda que contenía man­darinas y le convenció de que si lo inter­cambiaban seguro que la diosa no se en­fadaría.
El niño se marchó la mar de contento y el hombre igualmente con las frutas.
Como era un día de verano muy caluro­so, pensó buscar una sombra y comerse alguna mandarina para aplacar la sed. Mas, sentado debajo de un árbol vio a un indivi­duo que le llamaba. Al acercarse se dio cuenta de que estaba casi desmayado a causa de la fatiga; detrás de él tenía un pesado paquete. Aquel hombre le pidió que, por favor, le diera las mandarinas; no había encontrado ninguna fuente desde que había comenzado el viaje y no tenía más agua en la cantimplora.
El pobre hombre se resistía a dárselas por la misma razón que antes. Entonces, el mercader sacó del gran paquete tres piezas de seda y le rogó aceptara el canje.
Como las telas eran muy bonitas y sin duda alguna de mucho más valor que las mandarinas, se las dio, olvidándose de su propia sed. En aquel instante se dio cuenta de que la diosa tenía razón.
-De una simple pajita me han dado mandarinas y de las manda-rinas telas. Soy ya mucho más rico de lo que era. Estoy muy agradecido a la diosa.
Mientras se hacía estas reflexiones vio a un samurai sentado al lado de su caballo medio moribundo. Al preguntarle qué su­cedía, el samurai le dijo:
-Llevo ya muchas horas de viaje y ne­cesitaría cambiar de caballo, éste ya no puede seguir más. Pero aquí no puedo en­contrar ninguno y tampoco quiero abando­narlo así... Mi señor se enfadará por el retraso que llevo.
Al hombre le dio lástima del caballo y también de que el samurai no pudiera con­tinuar el viaje. Por eso, le propuso pagar el animal con los tres pedazos de tela.
El samurai aceptó y se fue a pie en dirección del castillo.
El hombre cogió el caballo y como pudo lo acercó al río más próximo. Allí bebió mucha agua y recobró fuerzas enseguida. Después, montado en él y sin prisas ya que no tenía adónde ir, fue cabalgando.
Al cabo de un buen rato se hizo de noche y desde la cima de la montaña divi­só una casa que todavía tenía luz. Aunque ya era un poco tarde, se atrevió a llamar.
-¡Toc, toc! Se me ha hecho oscuro por esos caminos y..., ¿le importaría darme posada?
El que abrió la puerta era un hombre mayor que con aire muy pacífico y son­riente le dijo:
-Pase, pase. No sabe usted en qué buen momento ha venido. Yo vivo solo y maña­na tengo que salir de viaje, como la casa es muy grande y tengo muchos animales, he estado buscando a alguien que se encargue de ello durante mi ausencia. ¿Puede hacer­me este favor?
-¡Cómo!... Sí, sí. ¿Cómo no? Yo no tengo adónde ir y sé trabajar el campo... Puede irse tranquilo, le cuidaré bien la casa.
Cuando entró se sorprendió de lo grande y bonita que era, nunca había visto una casa así.
El amo de la mansión empezó a prepa­rar el equipaje y le pidió que le prestase el caballo. Al amanecer, antes de irse, le dijo:
-En caso de que no vuelva puede que­darse con la casa y con todo lo que hay dentro. Me voy a la isla de Kyushu a ver a mi hermana enferma y no sé si podré volver.
Después de aquel día pasaron muchos años, pero el propietario de aquel caserón no apareció por allí nunca. De esta forma, aquel hombre tan pobre se quedó con aquella casa para siempre, y vivió tranquilo y sin problemas.

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