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lunes, 4 de noviembre de 2013

El cerro del grillo de oro

Hace más de cincuenta años, en el viejísimo pueblo de Rabinal, nació un muchachito que se llamaba Chema López.
Cuando era pequeñito, de tres semanas, de cuatro semanas, se pasó cinco días, seis días sin llorar, ni comer, ni mojar los pañales. Se puso amarillo como un muñequito de cera y se le hinchó la barriga. Entonces sus padres mandaron llamar a la abuelita Luna, que iría en las alturas del Volcancillo Tuncaj, y ella vino, le pinchó el ombligo con una espina de naranjo, lo bañó en agua con pétalos de flores de siete colores y lo alimentó con chilate, que es el más fino de todos los atoles[1] de maíz.
Chema creció y vivió entre la milpa[2], allá en el pueblo de Rabinal. Creció entre pájaros y ardillas, como los demás patojos "chinitos" y espinudos que cada mañana salen a la orilla del camino para ver pasar los camiones del "enganchador", el contratista que lleva peones a las plantaciones de la costa sur.
Creció el muchacho "en tiempos de Poncio Pilato[3]... viendo injusticias, apuntando los nombres y señales de las víctimas, y todo eso lo guardó su corazón de niño campesino. Se hizo amigo del silencio y lo observaba todo con sus ojos negros.
En Rabinal hay un cerro encantado llamado Cakyup. En el cerro hay una cueva. A la entrada de la cueva vive una culebra inmensa, vieja y sholca[4], que tiene la misión de no permitir la entrada a nadie, salvo a unos cuantos muchachos escogidos, una vez cada cien años.
La culebra mandó al pájaro Cuatrojos a buscar a Chema López, pues tenía que darle un mensaje muy importante. Cuando el pájaro encontró al muchacho, se valió de mil engaños para atraerlo al cerro encantado. Poco a poco se lo fue llevando, con cantos maravillosos, vuelos rasantes y provocadores, como diciéndole: “Atrápame si puedes"... ¡Y así fue!
En el preciso instante en que Chema lograba capturar al pájaro, la tierra se abrió bajo sus pies y el muchacho fue a caer frente a la enorme serpiente. Aún estaba aturdido por el golpe y la caída repentina, cuando oyó que ella le hablaba, pero sólo pudo entender las últimas palabras:
-... y no te preocupes, sé que eres un muchacho muy inteligente; si además eres valiente, yo te enseñaré muchas cosas que jamás olvidarás.
Y en seguida lo condujo por una complicada red de galerías subterráneas, túneles de tacuasín[5] y vericuetos de conejo, hasta que llegaron debajo de un maizal sembrado en la inclinada ladera de la montaña. Chema vio con asombro que las raíces de la milpa crecían como cabelleras sobre las calaveras de los antepasados. Alguien menos valiente que el muchacho quizás se habría horrorizado, pero él no dio muestras de miedo ni mucho menos.
Antiguamente -dijo muy complacida la serpiente-, nadie sembraba milpas en la montaña, sino en las llanuras; pero vinieron hombres extraños que derrotaron a los antepasados y, poco a poco, se fueron adueñando de las mejores tierras, de los ríos y los lagos, de los nacimientos de agua y...
La serpiente interrumpió su plática porque Chema se distrajo viendo el mundo desde el interior de la montaña, a través de un agujerito redondo como un tragaluz que, probablemente, servía de nido a un gavilán. Se podían distinguir claramente las laderas de otras montañas: en veinte leguas a la redonda, todas estaban sembradas de maíz. Chema comenzó a comprender muchas cosas...
Luego emprendieron el regreso, entre túneles de liebre y de taltuza[6], madrigueras de coyotes y de otras alimañas, que formaban un verdadero laberinto subterráneo; y en una de las once mil vueltas que había que dar, la serpiente se esfumó. En un instante, no quedó de ella más que el eco de una risita burlona.
Chema se asustó muchísimo. Por un momento pensó que nunca podría salir de allí. Pero en seguida recordó las enigmáticas palabras de la sierpe: "... y si además eres valiente, yo te enseñaré muchas cosas que nunca olvidarás". Eso significaba que había una esperanza.
Comenzó, pues, a tantear una salida. Iba palpando la tierra. "La culebra venía arrastrándose -pensó- y además tiene el cuerpo escamoso." Creyó encontrar unas huellas y trató de seguirlas, pero era una tarea difícil y tan lenta como para desesperar a una tortuga.
Chema debe haberse quedado dormido por un instante, o quizás sólo era el cansancio que amenazaba derrotarlo, cuando oyó el conocido cric-cric de un grillo lejano. A pesar de ser un ruido tan débil, lo alegró como un concierto de marimba y se propuso buscarlo.
Todos sabemos que los grillos desorientan. Lanzan su metálico cric-cric y lo hacen rebotar en los muros, en los troncos de los árboles, en las piedras, donde sea. Buscarlos puede resultar una tarea enloquecedora.
Chema no se desalentó ni se dejó desorientar. Si escuchaba el grillo a su derecha, lo buscaba hacia la izquierda; si lo oía detrás de él, lo buscaba adelante. Y a cada paso, el grillo parecía estar más cerca.
El cric-cric se estacionó por fin. Unos tanteos más y Chema lo encontró bajo una piedra. La levantó cuidadosamente y se llevó una enorme sorpresa: el grillo era de oro y relumbraba en la oscuridad.
Te felicito, muchacho -dijo el grillo. Has pasado todas las pruebas con valor e inteligencia y en premio te mostraré la salida. Pero antes debo revelarte tres grandes secretos: el primero es que "la vida rota", ¿me entiendes? La vida es una naranja dando vueltas: todo aquel que ha venido una vez al mundo, volverá a venir en el futuro; la gente no lo sabe, así es que cada vez que vuelva cometerá los mismos errores; tú, en cambio, irás haciéndote cada vez más sabio.
El grillo comenzó a saltar y Chema tuvo que seguirlo guiado por sus destellos de oro.
-El segundo gran secreto es que los señores de antes lo perdieron todo, pero se quedaron con las banderas verdes de la milpa; con las lanzas verdes del maíz, para derrotar el hambre; con los granos rojos, blancos, negros, amarillos, que valen más que el oro del mundo. ¡Y éste es un tesoro que nadie les podrá quitar jamás!
-El tercero y último secreto -dijo la sierpe, que apareció detrás de ellos- es que la gente de este siglo tiene muchos y muy grandes conocimientos, pero no tiene sabiduría: si los hombres civilizados siguen agotando los recursos de la Tierra, pondrán en peligro su civilización. Pero los indios seguirán sembrando milpa...
-La sabiduría del indio -intervino el grillo- es como los granos de maíz, que pueden germinar en las laderas de los cerros y aun en los peñascos...
El grillo y la serpiente desaparecieron. Chema quedó encandilado unos instantes, pero en seguida pudo ver claramente el agujero de salida.
Chema López regresó al pueblo de Rabinal, más silencioso que nunca. No le contó a nadie su secreto, pero la gente notaba que había algo muy raro en su mirada. Sus ojos negros y penetrantes daban la impresión de que él podría traspasar las paredes, agujerear los troncos de los árboles y leer los pensamientos de los hombres, y que todo lo guardaba en su memoria.
Un día de tantos, un viejecito lo encontró en la calle y lo detuvo con estas palabras:
-¿Vos sos Chema López?... ¡Yo también! Estuve hace muchos, muchísimos años, en el corazón de la montaña; sabía que algún día vos vendrías a quedarte en mi lugar, así es que ya me voy. Cuídate mucho...
Y Chema se quedó completamente solo a media calle, mientras el polvo de los siglos seguía cayendo sobre el pueblo sin que nadie lo notara.

0.065.3 anonimo (guatemala)



[1] Ato: Bebida espesa y caliente, hecha de maíz.
[2] Milpa: Planta de maíz.
[3] "En tiempos de Poncio Pilato": Hace mucho, mucho tiempo.
[4] Sholca: Que le falta uno o varios dientes.
[5] Tacuasin: Mamífero de carne muy sabrosa.
[6] Taltuza: Pequeño mamífero que habita en túneles que él mismo construye.

Simba, el rey de la sabana

Netii apa netui erikitejo etii oltome shoo neipoti inkulie ng'wesi...

Pasó el tiempo y, tras la muerte de Tembo, el rey elefante, el león Simba se convirtió en el rey de todos los animales.
Pero, al no sentirse gobernados por un rey justo y bueno, pronto surgieron numerosas querellas entre ellos. Todos pensaban: «¡Ojalá las cosas fueran como antes, como cuando, Tunampenda Tembo era nuestro bienamado rey!»
A Simba no le importaba demasiado lo que pensaran los animales: él era el rey y con eso bastaba. Pero tenía que reconocer que, en el fondo, las palabras que le había transmitido Tembo le habían dejado enormemente preocupado. Cuando esas ideas le atormentaban trataba de alejarlas de su pensamiento, diciéndose: «No escuches a ese viejo y tonto elefante. Tú eres el rey de los animales y eso es lo único que importa». Ni siquiera intentaba administrar justicia en los conflictos que surgían entre las criaturas de Enkai, pues sabía que todos añoraban a Tunampenda Tembo, su anterior y querido rey. Todo aquello hacía que Simba fuese aún más huraño y celoso.
Simba reafirmaba su poder sobre los animales utilizando el miedo. Temible cazador, había almacenado los huesos de todas sus víctimas en un cercado vigilado por dos buitres, que eran sus esbirros. Simba disponía, además, de un poder mágico: tenía el don de volar. Había conseguido tal supremo poder mediante un acuerdo secreto con Watai, el jefe de los buitres. A cambio de los alimentos que le proporcionaba Simba, Watai le concedió el privilegio de volar. Pero para ello había tenido que privar al resto de los buitres de la posibilidad de utilizar sus alas. El sortilegio perduraría mientras Simba continuase alimentando a Watai, llevando sus presas al cercado y dejándole los despojos. Los huesos simbolizaban el acuerdo entre Simba y Watai y todos tenían que estar enteros, ninguno roto. Aquél era el reino de Simba.
Un día, Simba salió de su cubil y se fue a cazar. Voló lejos, hacia las inmensas llanuras de Enkai, donde los animales son presas fáciles.
Aprovechando su ausencia, el jefe de los impalas, Swala, acompañado de los suyos, y Ngiri, jefe de los facoceros, junto con todos los de su especie, se dirigieron a los dominios de Simba. Los dos buitres intentaron impedirles el paso por todos los medios, pero los impalas les amenazaron con su cornamenta y los facoceros les embistieron. Los buitres se asustaron. Ngiri les habló así:
«¿Os parece bien que Watai y Simba se repartan entre ellos lo que cazan, atemoricen a los demás animales y a vosotros os prohíban volar, teniendo alas?»
Los buitres no respondieron, asustados por los colmillos de los facoceros y los cuernos de los impalas. Retrocedieron, dejándoles libre el paso al cercado. Al ver la montaña de osamentas que allí había se encolerizaron tanto que se lanzaron sobre ella, desparramándola toda. Y se pusieron a quebrar todos los huesos con sus colmillos, pezuñas y cornamentas.
Los dos buitres se aterrorizaron ante el estallido de cólera de los animales, pero aún se asustaron más al pensar en la reacción de Simba cuando regresase. Decidieron huir, aunque sabían que no podían ir muy lejos pues serían presas fáciles para Simba, que podía volar. Corrieron, pues, lo más rápido que pudieron e, instintiva-mente, batieron las alas como si quisieran echarse a volar.
Cuál no sería su sorpresa cuando se elevaron por los aires. Fue porque los invasores, al romper los huesos que había en el cercado, habían roto el sortilegio. Los buitres, entusiasmados, describieron círculos muy altos en el cielo, por encima de su antigua prisión.
Simba, mientras tanto, se disponía a cazar. Había dormido mucho tiempo sobre unas rocas a la sombra de una inmensa acacia y estaba listo para buscar su presa. Se levantó, se sentó en lo más alto del roquedal y escrutó la sabana. Vio a lo lejos un tropel de cebras y dio un salto para iniciar el vuelo.
Pero, en lugar de elevarse por los aires, cayó pesadamente al suelo. Volvió a intentarlo pero cayó de nuevo. Sorprendido por aquella inesperada dificultad, se agazapó en el suelo de la sabana para acechar los movimientos de las cebras. Avanzó unos pasos con el cuello estirado y todos sus músculos en tensión, evitando siempre salir de la zona de las altas hierbas, que el viento ondulaba suavemente. Pero las cebras, inquietas, percibieron el peligro y se alejaron al galope. Demasiado perezoso para perseguir a sus presas, el león volvió sobre sus pasos y regresó a su cubil.
Tardó mucho en llegar a su guarida y cuando vio a lo lejos a los buitres dibujando círculos en el cielo lanzó un terrible rugido. Fue a ver a Watai pero su cómplice había desaparecido, temeroso de la reacción del león.
Entró en su territorio y, por primera vez en su vida, privado de la magia, se sintió débil y solo.
Cuando llegó a su cercado vio a todos los animales dentro y los huesos rotos y esparcidos por el suelo. Asustado por el gran número de animales y, especialmente, por los temibles colmillos de los facoceros, dispuestos a embestir, trató de huir. Pero éstos formaron un gran círculo a su alrededor para que no pudiera escapar.
Swala fue el primero en hablar:
-Simba, has creado un reino de terror en la sabana. Poseías el supremo don de volar y sólo lo has utilizado para acrecentar tu propio poder. Hoy, sin embargo, te ves como nosotros, obligado a sobrevivir a ras del suelo. Eres nuestro rey, sí, pero ¿de qué sirve un rey que no es amado? Tu poder no es grande, Simba, porque el corazón de tus súbditos no lo reconoce. Hemos venido a decirte que no te queremos, aunque nos preocupe quedar abandonados a nuestra suerte... ¡Ojalá las cosas fuesen como antes, como cuando Tunampenda Tembo era nuestro bienamado rey!
-¡Te prohíbo que digas eso, Swala! -rugió Simba-. Tembo ya no es el rey. El rey soy yo.
-Sí, Simba, pero tú nunca has hecho nada por los animales. Al contrario, siempre has utilizado tu fuerza sólo para atemorizarnos. Pero Enkai ve todo lo que pasa en sus vastas llanuras y un día sabrá castigar tu crueldad.
Después de esto, los animales se fueron y dejaron solo a Simba ante los huesos rotos y su menguado poder.
Pasó el tiempo y Simba reflexionó sobre las palabras de Tembo. Aún resonaba en sus oídos la voz del viejo elefante: «Lo que es bueno para ti, Simba, es bueno para todos. Y lo que es malo para ti es malo para todos. He aquí mi secreto. Ahora vete y sé digno de las criaturas de Enkai», recordó Simba.
Simba partió entonces en busca de los animales. Se sentía muy solo, necesitaba amigos. Se encontró con Ng'aa, el guepardo, que dormitaba bajo un árbol.
-Buenos días, Ng'aa -dijo Simba.
-No quiero hablar contigo, Simba, porque cuando voy de caza tú esperas tranquilamente a que atrape mi presa y luego me la robas. Sigue tu camino, no quiero verte.
Simba se fue. Luego se encontró con Ngiri, el facocero, y le dijo:
-Buenos días, Ngiri.
-Vete, Simba, o te embisto con mis colmillos aunque arriesgue la vida en ello. No deseo tu compañía.
Simba siguió adelante, cada vez más triste. Más allá vio a Kanzu, la cebra. Le dijo:
-¡Buenos días!
Pero Kanzu, asustada, dio media vuelta y se internó a toda velocidad en la sabana.
«Esto es lo que provoco en los animales», pensó lleno de tristeza. «Nadie quiere hablar conmigo».
Entonces Simba escaló la montaña la sagrada Oldoinyo Lengai y le habló al Creador:
-Enkai -le dijo, vengo a verte para decirte que quiero ser un buen rey.
-Para eso, Simba, deberías comportarte como tal... Y, por lo que he visto, no lo haces -dijo Enkai.
-Tienes razón, Enkai, me he portado mal. Lo lamento de veras. ¿Qué crees que puedo hacer? -preguntó el león.
-Debes escuchar a tu corazón, Simba, y hacer lo que te parezca más justo. Pero, sabiendo cómo has actuado antes, no van a creer fácilmente en ti -respondió Enkai.
-Puede que sea demasiado tarde -dijo Simba, suspirando.
-Es demasiado tarde siempre que se decide que es demasiado tarde. ¿Decides que es demasiado tarde, Simba? En tal caso, nada puedo hacer por ti. Ni tú mismo puedes -dijo Enkai con voz tronante.
-No, no es demasiado tarde, Enkai, puesto que si el sol se levanta cada día, cada día hay una nueva posibilidad. Quiero ser un buen rey. ¿Qué tengo que hacer? -preguntó Simba.
-Tienes que recordar el secreto de Tembo... -dijo Enkai.
-«Lo que es bueno para mí es bueno para todos. Y lo que es malo para mí es malo para todos». Ése es el secreto de Tembo. Seré digno de tus criaturas, Enkai -prometió Simba.
-Tus buenas intenciones son muy hermosas, Simba, pero veremos si logras llegar a ser un buen rey. A veces es más fácil llegar a ser buen rey que mantenerse como tal. No engañes a los animales y ellos, al igual que fueron fieles a Tembo, también te serán fieles si les amas y eres justo. Pero has hecho que reine el terror en mis tierras, has intentado tomar el lugar de Tembo comportándote con maldad y así los demás animales, e incluso los hombres, han aprendido a temerte. Y como los hombres no tienen un corazón tan puro como los animales, pues matan por placer, por vanidad, por aburrimiento o por pasar el tiempo, para ellos serás por siempre el símbolo de la fuerza y querrán medirse contigo y apoderarse de tu hermosa melena. Querrán matarte, sí; y tú aprenderás a tener miedo, exactamente el mismo miedo que has engendrado en los animales acosándolos día y noche, sin darles el menor respiro, para sentirte más poderoso. Sé uno de los tuyos, Simba: aprende a amar a los demás, a ser justo y no olvides el secreto de Tembo.
Simba bajó de la montaña sagrada e intentó acercarse a los animales. Pero éstos le rehuían y permaneció solo. Después conoció el miedo, un miedo que le hacía esconderse de sus perseguidores, guerreros con túnicas rojas armados con lanzas y deseosos de arrebatarle la vida. Simba, oculto en un rincón perdido de la sabana, sin atreverse a hacer el menor movimiento, reflexionaba.
Pasado algún tiempo, salió por fin de su ~ escondrijo y fue a visitar a Swala, el jefe de los impalas.
-Swala -dijo Simba, quiero hablar contigo.
-¿Qué quieres de mí, Simba? ¿Vienes a jugarme alguna mala pasada? -le preguntó Swala.
-No, Swala, vengo como amigo. He conocido el miedo, pues me acosan los hombres, y he comprendido lo que Tembo me dijo antes de morir. He conocido también el hambre porque, deseando mostrar mi arrepentimiento con las criaturas de Enkai, no he vuelto a cazar.
Enkai ha dicho que todos los seres han sido creados para vivir juntos. Pero yo no puedo vivir si no puedo comer, y mis fuerzas se están acabando. Esto es lo que te propongo, Swala: para que tú y los tuyos podáis vivir sin sentir miedo en cada instante de vuestra vida, cazaré sólo a la puesta del sol. Así os podréis mover por la sabana a lo largo de todo el día y de la noche sin temer por vuestras vidas. ¿Qué dices a eso, Swala? Será nuestro secreto, el secreto de los impalas y de Simba.
-Has cambiado, Simba -respondió Swala. Puesto que Enkai te ha creado de forma tal que necesitas cazar para sobrevivir, no puedo pretender que seas lo que no eres. Acepto tu proposición, Simba. ¿Pero qué deseas tú a cambio?
-Sólo quiero lo que todos necesitamos: cariño, amistad. También quiero ser un buen rey, un rey bienamado, como Tunampenda Tembo.
-Necesitarás tiempo, Simba, para convencernos de ello; pero si tus palabras son verdaderas y si escuchas a tu corazón, puede que llegues a ser el rey de la sabana, el guardián de la vida en las llanuras, aquél que logra hacer el bien porque ha sido capaz de hacer el mal.

Fuente: Anne W. Faraggi

0.113.3 anonimo (masai) - 026

Ramat, la vaca que hablaba con los hombres

Hace mucho tiempo, en la época en que el cielo y la tierra se tocaban, las vacas sabían comunicarse con los hombres en el lenguaje de éstos. En aquel tiempo vivía una mujer que se llamaba Nariku Olari. Tenía una vaca llamada Ramat que, como todas las vacas de aquellos tiempos, hablaba el lenguaje de los hombres.

Un día, Nariku llamó a Ramat y le dijo:
-Querida Ramat, necesito un poco de tu leche.
-Toma mi leche, Nariku. Te la doy con mucho gusto -respondió Ramat.
El día siguiente, Nariku llamó a Ramat:
-Ramat, querida vaca, necesito un poco de nata.
-Toma mi leche para hacer nata, querida Nariku. Ponla a hervir, déjala reposar y la nata flotará en la superficie... -le aconsejó Ramat.
Al otro día, Nariku llamó a Ramat:
-Ramat, querida Ramat, necesito un poco de tu sangre.
-No hay nada más sencillo, mi querida Nariku. Coge una flecha bien afilada y pincha mi vena yugular. Recoge mi sangre en una calabaza y vuelve a cerrar bien la pequeña herida con un emplasto de hojas.
Así se hizo, pues Ramat siempre deseaba contentar a Nariku.
Pasaron unos días y Nariku llamó a Ramat:
-Ramat, querida Ramat, necesito que me des algo.
Ramat acudió enseguida.
-Claro que sí, querida Nariku; dime qué necesitas de mí.
-Dame un poco de tu médula espinal -le pidió Nariku.
-No me es posible darte mi médula espinal sin darte también mi vida... -repuso Ramat.
Pero Nariku insistía.
-¿Tendré que irme de tu lado para que no me mates? ¿O debo darte mi vida por amor a ti y para satisfacer todos tus caprichos? -preguntó Ramat.
Nariku no respondió y buscó un cuchillo para matar a Ramat.
Ramat escapó hacia el llano corriendo con todas sus fuerzas. Mientras corría, gritó a Nariku:
-Antes de que me vaya para siempre, voy a advertirte de tres cosas:
La primera es que a partir de ahora las vacas saben que los hombres no respetan a las criaturas de Dios y están dispuestos a sacrificarlas. Por eso, las vacas se alejarán del hombre y no volverán a hablar en su lengua.
La segunda es que a partir de ahora las vacas no vivirán con los hombres sino fuera de las casas y los hombres tendrán que llevarlas a caminar durante todo el día lejos de los poblados para que puedan alimentarse.
Y, por último -dijo Ramat con una voz cada vez menos audible, mientras se alejaba de la casa de Nariku, la tercera cosa es que tendréis que ordeñarnos todos los días y ya no nos comportaremos con tanta paciencia y amor. A veces os daremos una buena patada para recordaros que somos criaturas vivas que sufren. Los hombres tendréis que aceptar estas obligaciones, al igual que nosotras asumiremos que hemos sido creadas para vivir con los hombres y que dependeremos eternamente de su vanidad.
Desde ese día, ninguna mujer puede sacrificar una vaca. Y, también desde ese día, los hombres tienen que cuidar de su rebaño en cada momento del día y de la noche.

Fuente: Anne W. Faraggi

0.113.3 anonimo (masai) - 026

Origenes del pueblo masai

En el principio de todo, Enkai vivía solo en su trono de oro en la cima del Oldoinyo Lengai, la montaña sagrada. Enkai era el Dios supremo y nadie podía llevar su nombre.

Enkai estaba en todas las cosas: en el trueno que anuncia los aguaceros, en las lluvias que dan vida, en los rebaños que proporcionan el alimento, en las hierbas sagradas, en la luz del cielo sobre la tierra, en la sonrisa de los más pequeños.
Enkai Narok era el dios negro: el dios lleno de bondad y de benevolencia. Pero también podía destruir con su cólera.
Enkai Na-Nyokie era el dios rojo, el dios de la venganza, que podía llamar al rayo, a la sequía, al hambre y a la muerte.
Enkai era el poder supremo.
En determinado momento engendró tres hijos, que fueron los padres de las razas masai, kamba y kikuyu, y dio a elegir a cada uno de los tres entre una vara, un arco y una azada.
Gikuyu, el primer kikuyu, eligió la azada. Enkai le enseñó los secretos de la siembra y de la recolección. Le dio la montaña de Kirinyaga y sus fértiles tierras.
El primer kamba eligió el arco, y Enkai le envió a cazar venados en los inmensos bosques.
Natero Kop, el primer masai, que sabía que Enkai amaba la tierra, el transcurrir de las estaciones, los animales y las vastas llanuras, eligió la vara para guardar los rebaños sagrados del Creador.
Como agradecimiento, Enkai le otorgó todo el ganado que existía en la Tierra.

Fuente: Anne W. Faraggi

0.113.3 anonimo (masai) - 026

Origen de los rebaños

Ore apa tenkitenenoto nemeta olmasani enkiterzg. Nisho ake nab oolong enkai, neipotu oloyioni obo loo imaasai nejoki ‘Evo nomo ntobiru enkang...

Al principio de todo, Enkai llamó a la Massinda, uno de los primeros masai, y le dijo: «Construye una barrera de espinos alrededor de un gran círculo de tierra y protégelo con vuestras casas. Cuando termines, ven a decírmelo».
Massinda construyó el gran cercado y fue a decirle a Enkai que ya había terminado.
Enkai le dijo:
«Cuando te llame, saldrás de tu casa y yo te daré algo que llamarás «rebaño». Guarda silencio hasta que tal cosa se cumpla».
Massinda volvió a su casa y esperó la señal del Creador. Esperó durante mucho tiempo; se despertó varias veces sobresaltado, aguardando con ansia el momento y mirando por una rendija que hacía las veces de ventana de la choza
Un día el cielo se oscureció y una espesa bruma cubrió la sabana.
Massinda miró a su alrededor y se cubrió los hombros con su manta roja para protegerse del gélido viento. Oyó el estruendo del trueno y levantó los ojos al cielo.
Vio cómo se abrían los cielos y de las alturas caía una larga escala. Un rebaño fue bajando por ella al interior del cercado y la tierra tembló con tanta intensidad que hasta las cabañas se estremecieron.
Massinda estaba aterrorizado, pero no . mostró miedo.
Ndorobo, que ayudaba a Massinda en las tareas domésticas, salió de la casa y exclamó: «¡Hala!... ¡Cuántos animales!»
Al oírlo, Enkai retiró la escala y dijo a Massinda, creyendo que era él quien había hablado: «Como parece que tienes suficiente con este rebaño, no volveré a bajarte más animales. Y ahora tienes que aprender a amarlos como yo los amo y como amo al resto de mis criaturas».
Esa es la razón por la que los masai quieren tanto a sus rebaños.
Massinda se encolerizó con Ndorobo, pues por su culpa Enkai había retirado la escala.
Se acercó a Ndorobo y le abofeteó. Toda la arrogancia de sus rasgos aparecía esculpida a cincel en su hermoso y delgado rostro. Le dijo:
«Ndorobo, por tu culpa Enkai ha retirado la escala, privando a los masai de poseer muchos más animales. Seguirás siendo tan pobre como siempre has sido ...Tú y tus descendientes seréis siempre nuestros sirvientes y viviréis con las fieras. Que la leche de mis rebaños sea veneno para ti y para tus hijos si alguna vez intentáis probarla».
Esta es la razón por la cual los ndorobo viven en los bosques y no beben leche.

Fuente: Anne W. Faraggi

0.113.3 anonimo (masai) - 026

Lumeya (ol-le-mweiya), el primer laibon

Lhoo apa nepuo ilmurran ilpali npuo onya inkiri. Ore apa ilmurrart lormaasai naa intim apa naa lakua irzasie intiri nelakuanikisü ingonyek oo ngariak...

A comienzos de la estación seca, un grupo de guerreros se reunió en el bosque para hablar de lo último que había acaecido en la sabana y para compartir su comida. Siempre, en estas importantes reuniones, montaban el campamento junto a algún curso de agua para saciar la sed.
Un día, paseaba un guerrero del clan Ilmolelian cuando se encontró con un muchacho que iba solo.
-¿Qué haces solo en el bosque? -le preguntó el guerrero.
-He venido a las tierras masai porque pretendo vivir con los más valientes de los hombres y porque espero conseguir que me adopte un hombre que desee tener un hijo -respondió el muchacho.
-No puedes quedarte solo en el bosque -contestó el guerrero. Sígueme hasta nuestro campamento.
El muchacho siguió al guerrero por el bosque y la sabana. Al llegar al campamento, éste contó a sus amigos, que estaban preparando la comida, en qué circunstancias había encontrado al muchacho. Uno de los guerreros le preguntó al joven:
-¿Es cierta esa historia? ¿Qué hacías tú solo en el bosque?
Y obtuvo idéntica respuesta.
Uno de los guerreros, perteneciente al clan Laiser, decidió tomarlo como hijo. Esa noche, al ponerse el sol, contó al chico la historia de su pueblo, de sus padres y de sus jefes. Al cabo de algunos días, el muchacho, deseoso de ser útil, expresó su deseo de ir a buscar agua para todo el campamento. Pero los guerreros le explicaron que la fuente estaba demasiado alejada y que el recipiente era muy pesado para un muchacho pues sólo entre dos guerreros, y de los más fuertes, podían acarrear la vasija del agua. Además, el día estaba acabando y no había posibilidad alguna de ir y regresar antes de que cayese la noche.
Pero el niño insistió y los guerreros le dejaron partir, convencidos de que no tardaría en desistir y de que regresaría enseguida.
Sin embargo, poco tiempo después le vieron llegar portando la pesada vasija llena de agua. Admirado de su hazaña, su padre adoptivo le preguntó:
-¿Pero dónde has encontrado agua?
-En el lugar donde el agua me estaba esperando, padre.
-¿Pero estaba donde te habíamos explicado o has ido a otro lugar?¿Y cómo has conseguido traer este cántaro tan pesado?
-He traído el agua al campamento y su origen no importa. Lo importante es el agua -respondió el muchacho, con pocas ganas de decir nada más.
Al día siguiente el muchacho decidió ir de nuevo a buscar agua y partió hacia el bosque. Cuando estaba rodeado de árboles comenzó a cantar: «¡Oh!¡Por mi padre y por mi madre, acércate a mí!»
Enseguida se abrió un agujero en el suelo y de él comenzó a brotar agua. El niño llenó el cántaro y volvió al campamento. Los guerreros se quedaron de nuevo muy sorprendidos.
Al día siguiente, cuando el niño salió, le siguieron dos guerreros sin hacer ruido. Pero, nada más ponerse en marcha, el muchacho desapareció súbitamente y sólo pudieron verle pasado un tiempo y cargado con la vasija llena de agua. Regresaron al campamento e informaron a sus amigos de que el niño no había ido a buscar el agua a la fuente de siempre.
A la mañana siguiente, partió de nuevo hacia el bosque y los guerreros le volvieron a seguir, escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño reapareció, esperaron a que regresara al campa-mento y se dirigieron al lugar donde había desaparecido. Descubrieron que, justo allí, estaba la hierba muy verde y muy alta en tanto que, a su alrededor, la llanura seguía amarillenta y seca.
-Es un milagro... -dijeron de regreso al campamento.
Al día siguiente, acabado el olpul, los guerreros volvieron con sus familias.
El guerrero laiser se llevó al muchacho con él y le instaló en la casa de sus padres. Contó a todo el poblado lo que había pasado. Nadie se lo podía creer y fueron a ver los lugares donde se había producido el milagro para ver si era cierto que allí la hierba estaba tan verde.
Bien pronto el niño se distinguió por sus capacidades adivinatorias y por su lucidez para elegir los itinerarios por los que conducir a los animales. Cuando llevaba el ganado a pacer, las bestias regresaban siempre bien saciadas de agua y alimentos. Si le preguntaban dónde había encontrado agua respondía que había muchos pequeños lugares donde se podía encontrar agua procedente de las lluvias.
El muchacho creció, confirmó sus excepcionales dotes y su familia le dio el nombre de Lumeya (Ol-le-Mweiya).
Se convirtió en el primer Laibon del pueblo masai y fue consejero en las reuniones de guerreros que se organizaban antes de entrar en guerra.
Hizo una caja mágica a la que llamó Enkidong, por lo cual sus descen-dientes llevaban el nombre familiar de Kidongy. Su hijo, Lesikiariashi, su nieto Kipepete, así como su biznieto Parinyombe, fueron prestigiosos Laibones. El descendiente de Parinyombe, Sitonik, cuyo hijo primogénito Supeet cedió la urna mágica a Mbatian, fue uno de los más célebres jefes de la historia de los masai. Todos fueron una saga de sanadores, especialmente Lenana, hijo de Mbatian.

Fuente: Anne W. Faraggi

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Los gemelos

Ore apa netii orpayian obo ota intasati are. Neeng'olupi apa entasat nabo aaku meisho kake eísho inang'ae...

Un día, hace mucho tiempo, vivía un hombre con sus dos esposas. La primera esposa tenía numerosos hijos e hijas, en tanto que la segunda no lograba tener descendencia.
Se sentía muy triste por no poder ser madre y tener que hacer las tareas domésticas más difíciles: pastorear el ganado, recoger leña e ir a buscar agua muy lejos. Y, si se cansaba, no podía quedarse dormida a la sombra de un árbol pues tenía que vigilar a los asnos. Así, con el tiempo, cogió muchos celos a la otra mujer, para la cual la vida era mucho más fácil.
Con ocasión de que la primera esposa tuvo gemelos, la esposa menospreciada, buscó el modo de deshacerse de su rival.
La noche anterior a la ceremonia del nombre, mientras la madre y los niños dormían profundamente, la mujer amordazó a los recién nacidos, les cortó el dedo meñique y manchó de sangre la boca de su madre. Se llevó a los bebés lejos del poblado, los metió en un tonel, lo lanzó al río y se lo llevó la corriente.
Después volvió al poblado y dijo a todo el mundo que la madre había devorado a sus propios hijos. Como prueba, enseñó los dos dedos meñiques gritando: «¡Mirad, esto es lo único que he encon-trado de los recién nacidos! ¡Aquí está la prueba del espantoso crimen que su madre ha cometido!»
Por mucho que la madre protestó nadie la creyó pues se veían las manchas de sangre en su rostro y los gemelos habían desaparecido.
Su marido, triste y abatido por la terrible acción de su mujer, no quiso mantenerla a su lado y la hizo responsable de los rebaños de asnos, una de las tareas más duras.
Mientras tanto el tonel, que continuaba flotando por el río, se quedó varado entre las ramas de un árbol caído.
Un hombre que pasaba por allí lo vio.
Se acercó y lo llevó a la orilla. ¡Cuál no sería su sorpresa cuando, al abrirlo, descubrió a los recién nacidos! Los llevó a su casa y los crió.
Años más tarde, los dos niños habían crecido y se habían convertido en fuertes y bellos guerreros.
-Padre -le preguntaban a menudo al hombre, dinos de dónde hemos venido.
-Habéis venido del río. Yo os recogí cuando erais tan pequeños que podía llevaros a cada uno en un brazo -respondía el anciano.
-¿Pero no sabes de dónde venimos, en qué país hemos nacido?
-No sé nada más, hijos míos. Sé que procedéis de muy lejos pues tenéis en las mejillas un pequeño círculo que, sin duda, indica que pertenecéis a alguna familia lejana... Cuando seáis hombres, llegará el día en que tendréis que ir a buscar a vuestra madre. Pero sois también mis hijos y, hasta que no seáis mayores para emprender un viaje tan largo, permaneceréis en esta casa, que es donde habéis crecido -respondía el padre.
Cuando se hicieron hombres, su padre les dijo:
-Ha llegado el día en que debéis averiguar de dónde procedéis. Pero no creáis que, por no saber de qué lugar ni de qué familia venís, no sabéis quiénes sois.
Sois mis amados hijos y os habéis educado en el respeto a la vida y en el amor a Ngai, nuestro Dios, que me dio la ventura de sentirme como padre vuestro.
-¿Y qué vas a hacer tú, padre, durante nuestra ausencia? -le preguntaron los gemelos.
-No lo sé -respondió el padre. Puede que busque otra mujer que me ayude a cultivar mi shamba. Llevaos este dinero -les dijo entregándoles una bolsa- y que Dios cuide cada uno de vuestros pasos.
Y, mientras pronunciaba estas palabras, el anciano volvió a experimentar la emoción, ahora incluso con más intensidad que en los felices días en que cuidaba de ellos, de haberles dedicado su vida entera.
Los gemelos se pusieron en camino.
Caminaron durante mucho tiempo, trabajando en los poblados por los que pasaban para no gastar el dinero que su padre les había dado.
Por las noches, cuando no disponían de un sitio resguardado del frío, se quedaban en plena sabana a dormir.
Un día, cuando la estación de las lluvias acababa de comenzar y ellos habían caminado durante toda la jornada sobre terrenos dificultosos, e incluso habían tenido que escalar altos farallones, la fortuna les llevó hasta el país de su madre, en territorio masai.
Muy fatigados, decidieron dormir bajo un árbol. L
El cortejo amoroso de los turacos les despertó temprano. Gracias a su excelente vista pudieron descubrir, por la oscilación de las copas de unos grandes árboles en la lejanía, la presencia de elefantes. Aguzaron el oído y oyeron un débil ruido de ramas quebradas. Deseando evitar las rutas de los animales salvajes que emigraban de los pastos a los humedales, marcharon en dirección opuesta. El sol, todavía bajo, desgranaba sobre la llanura una luz anaranjada y bañaba de resplandores dorados las onduladas laderas de las colinas cercanas, donde pastaban las cebras y las gacelas.
Vieron en lo más hondo del valle un rebaño de asnos y hacía allí se dirigieron. Vigilaba a los animales una anciana que acarreaba a sus espaldas una enorme y pesada banasta llena de leña, sujeta a su frente mediante una correa de cuero.
-Buenos días, anciana -dijo uno de los gemelos-. ¿Podemos ayudarte a llevar la leña? Eres demasiado mayor para una carga tan pesada...
-No os preocupéis por mí -dijo la mujer. Además, hace ya mucho que a nadie le importa lo que me pueda pasar...
-¿Por qué tienes que cuidar tú de los asnos? -preguntó uno de ellos. ¿Es que no tienes hijos que te ayuden?
-Ay, no -respondió ella-. Dos hijos míos desaparecieron y nadie quiere hablarme desde aquel maldito día...
Al acercarse a la mujer los gemelos observaron en sus mejillas unos círculos semejantes a los suyos.
Impresionados, le contaron su historia:
-Estamos buscando el país donde vive nuestra madre porque no conocemos nuestros orígenes. Puede que, como tenemos las mismas marcas que tú en las mejillas, sepas decirnos quiénes somos.
La anciana se acercó a ellos, miró los círculos y dijo:
-¿De dónde venís, queridos míos?
-Venimos de un país muy lejano, cerca de un lago tan grande que los pájaros tienen que volar por la orilla para ir de un lado al otro. Nuestro padre nos recogió cuando éramos muy niños y en el país del que venimos nadie tiene marcas como las nuestras. Puede que nuestra madre, o el padre que nos engendró, nos hiciera estas marcas, las mismas que tienes tú en tus mejillas.
-Esas señales fueron hechas, sin duda, por vuestros padres con ol-ngeriantus, una flor que crece en la estación de las grandes lluvias y que usamos por aquí para colorear la piel. Pero vuestros dientes y vuestras orejas están intactos. Vosotros no habéis crecido entre los masai.
Su espíritu viajó hacia el pasado y recordó haber aplicado ella misma la savia para teñir la piel sobre las incisiones circulares que había hecho en las mejillas de sus añorados hijos.
Al recordar el dolor que había sentido por la pérdida de una vida tan feliz se desvaneció; pero los guerreros la sujetaron antes de que cayese al suelo.
-Estás demasiado fatigada, anciana. Déjanos ayudarte en tus tareas.
-Vuestra historia ha despertado mis propios sufrimientos -dijo la mujer- pues yo también perdí a mis seres queridos. Os contaré cómo fue...
Los dos guerreros ayudaron a sentarse a la anciana bajo un árbol, le dieron agua fresca y escucharon su historia. Según avanzaba en su relato iban comprendiendo que aquella mujer era su madre.
-¡Mira nuestras manos, madre! -exclamaron. ¡Nos falta un dedo a cada uno! ¡Somos tus hijos! ¡Vayamos juntos al poblado para que se sepa toda la verdad!
Por primera vez después de mucho tiempo gruesas lágrimas recorrieron las negras mejillas de la anciana, ya arrugadas y curtidas por el sol. La pena y la alegría se entremezclaban en su ánimo, desbordado por tan intensas emociones.
Los gemelos vistieron a su madre con los más bellos ropajes y adornaron sus muñecas y su cuello con preciosas joyas. Dejaron a los asnos pastando y marcharon juntos al poblado.
Las gentes se sorprendieron al ver a la anciana tan bien vestida y tan enjoyada. Al ver a los dos hombres, su sorpresa aún fue mayor. Dijeron:
-Anciana, ¿no serán éstos, aquellos dos niños que te comiste?
-Sí -respondió la mujer, son mis hijos. Yo nunca me los comí. Aquí los tenéis ante vosotros, bien vivos y dispuestos a contaros su historia.
Un anciano se aproximó a los guerreros y tocó sus mejillas. Al instante reconoció a sus hijos. Emocionado, los estrechó entre sus brazos.
-Todo ha sido por mi culpa -dijo él lleno de cólera, por no haber creído a vuestra madre y haber confiado en mi segunda esposa, que intentó separarnos para siempre. Voy a buscarla ahora mismo y a matarla ante vuestros propios ojos para reparar mi error.
-No hagas tal cosa, padre. Buscábamos nuestros orígenes, pero tenemos conciencia porque nuestro padre adoptivo nos enseñó el valor que tiene la vida. No mates a esa mujer. Castígala a llevar una vida miserable y penosa como la que ha llevado nuestra madre durante todo ese tiempo.
Y así se hizo y así fue cómo los gemelos la encontraron a sus verdaderos padres.
También descubrieron que tenían sentido todas las buenas ideas que su padre adoptivo les había inculcado.
Se celebró una ceremonia que duró la noche entera y en ella participó toda la comunidad, unida en alegres cánticos e interminables danzas.
Los gemelos vivieron dichosos en compañía de sus padres y pronto olvidaron sus largos años de separación. Se sentían felices en su nueva vida de nómadas y pudieron visitar al hombre que les había criado y cuidar de él hasta su muerte.


Fuente: Anne W. Faraggi

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