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lunes, 4 de noviembre de 2013

Lumeya (ol-le-mweiya), el primer laibon

Lhoo apa nepuo ilmurran ilpali npuo onya inkiri. Ore apa ilmurrart lormaasai naa intim apa naa lakua irzasie intiri nelakuanikisü ingonyek oo ngariak...

A comienzos de la estación seca, un grupo de guerreros se reunió en el bosque para hablar de lo último que había acaecido en la sabana y para compartir su comida. Siempre, en estas importantes reuniones, montaban el campamento junto a algún curso de agua para saciar la sed.
Un día, paseaba un guerrero del clan Ilmolelian cuando se encontró con un muchacho que iba solo.
-¿Qué haces solo en el bosque? -le preguntó el guerrero.
-He venido a las tierras masai porque pretendo vivir con los más valientes de los hombres y porque espero conseguir que me adopte un hombre que desee tener un hijo -respondió el muchacho.
-No puedes quedarte solo en el bosque -contestó el guerrero. Sígueme hasta nuestro campamento.
El muchacho siguió al guerrero por el bosque y la sabana. Al llegar al campamento, éste contó a sus amigos, que estaban preparando la comida, en qué circunstancias había encontrado al muchacho. Uno de los guerreros le preguntó al joven:
-¿Es cierta esa historia? ¿Qué hacías tú solo en el bosque?
Y obtuvo idéntica respuesta.
Uno de los guerreros, perteneciente al clan Laiser, decidió tomarlo como hijo. Esa noche, al ponerse el sol, contó al chico la historia de su pueblo, de sus padres y de sus jefes. Al cabo de algunos días, el muchacho, deseoso de ser útil, expresó su deseo de ir a buscar agua para todo el campamento. Pero los guerreros le explicaron que la fuente estaba demasiado alejada y que el recipiente era muy pesado para un muchacho pues sólo entre dos guerreros, y de los más fuertes, podían acarrear la vasija del agua. Además, el día estaba acabando y no había posibilidad alguna de ir y regresar antes de que cayese la noche.
Pero el niño insistió y los guerreros le dejaron partir, convencidos de que no tardaría en desistir y de que regresaría enseguida.
Sin embargo, poco tiempo después le vieron llegar portando la pesada vasija llena de agua. Admirado de su hazaña, su padre adoptivo le preguntó:
-¿Pero dónde has encontrado agua?
-En el lugar donde el agua me estaba esperando, padre.
-¿Pero estaba donde te habíamos explicado o has ido a otro lugar?¿Y cómo has conseguido traer este cántaro tan pesado?
-He traído el agua al campamento y su origen no importa. Lo importante es el agua -respondió el muchacho, con pocas ganas de decir nada más.
Al día siguiente el muchacho decidió ir de nuevo a buscar agua y partió hacia el bosque. Cuando estaba rodeado de árboles comenzó a cantar: «¡Oh!¡Por mi padre y por mi madre, acércate a mí!»
Enseguida se abrió un agujero en el suelo y de él comenzó a brotar agua. El niño llenó el cántaro y volvió al campamento. Los guerreros se quedaron de nuevo muy sorprendidos.
Al día siguiente, cuando el niño salió, le siguieron dos guerreros sin hacer ruido. Pero, nada más ponerse en marcha, el muchacho desapareció súbitamente y sólo pudieron verle pasado un tiempo y cargado con la vasija llena de agua. Regresaron al campamento e informaron a sus amigos de que el niño no había ido a buscar el agua a la fuente de siempre.
A la mañana siguiente, partió de nuevo hacia el bosque y los guerreros le volvieron a seguir, escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño reapareció, esperaron a que regresara al campa-mento y se dirigieron al lugar donde había desaparecido. Descubrieron que, justo allí, estaba la hierba muy verde y muy alta en tanto que, a su alrededor, la llanura seguía amarillenta y seca.
-Es un milagro... -dijeron de regreso al campamento.
Al día siguiente, acabado el olpul, los guerreros volvieron con sus familias.
El guerrero laiser se llevó al muchacho con él y le instaló en la casa de sus padres. Contó a todo el poblado lo que había pasado. Nadie se lo podía creer y fueron a ver los lugares donde se había producido el milagro para ver si era cierto que allí la hierba estaba tan verde.
Bien pronto el niño se distinguió por sus capacidades adivinatorias y por su lucidez para elegir los itinerarios por los que conducir a los animales. Cuando llevaba el ganado a pacer, las bestias regresaban siempre bien saciadas de agua y alimentos. Si le preguntaban dónde había encontrado agua respondía que había muchos pequeños lugares donde se podía encontrar agua procedente de las lluvias.
El muchacho creció, confirmó sus excepcionales dotes y su familia le dio el nombre de Lumeya (Ol-le-Mweiya).
Se convirtió en el primer Laibon del pueblo masai y fue consejero en las reuniones de guerreros que se organizaban antes de entrar en guerra.
Hizo una caja mágica a la que llamó Enkidong, por lo cual sus descen-dientes llevaban el nombre familiar de Kidongy. Su hijo, Lesikiariashi, su nieto Kipepete, así como su biznieto Parinyombe, fueron prestigiosos Laibones. El descendiente de Parinyombe, Sitonik, cuyo hijo primogénito Supeet cedió la urna mágica a Mbatian, fue uno de los más célebres jefes de la historia de los masai. Todos fueron una saga de sanadores, especialmente Lenana, hijo de Mbatian.

Fuente: Anne W. Faraggi

0.113.3 anonimo (masai) - 026

Los gemelos

Ore apa netii orpayian obo ota intasati are. Neeng'olupi apa entasat nabo aaku meisho kake eísho inang'ae...

Un día, hace mucho tiempo, vivía un hombre con sus dos esposas. La primera esposa tenía numerosos hijos e hijas, en tanto que la segunda no lograba tener descendencia.
Se sentía muy triste por no poder ser madre y tener que hacer las tareas domésticas más difíciles: pastorear el ganado, recoger leña e ir a buscar agua muy lejos. Y, si se cansaba, no podía quedarse dormida a la sombra de un árbol pues tenía que vigilar a los asnos. Así, con el tiempo, cogió muchos celos a la otra mujer, para la cual la vida era mucho más fácil.
Con ocasión de que la primera esposa tuvo gemelos, la esposa menospreciada, buscó el modo de deshacerse de su rival.
La noche anterior a la ceremonia del nombre, mientras la madre y los niños dormían profundamente, la mujer amordazó a los recién nacidos, les cortó el dedo meñique y manchó de sangre la boca de su madre. Se llevó a los bebés lejos del poblado, los metió en un tonel, lo lanzó al río y se lo llevó la corriente.
Después volvió al poblado y dijo a todo el mundo que la madre había devorado a sus propios hijos. Como prueba, enseñó los dos dedos meñiques gritando: «¡Mirad, esto es lo único que he encon-trado de los recién nacidos! ¡Aquí está la prueba del espantoso crimen que su madre ha cometido!»
Por mucho que la madre protestó nadie la creyó pues se veían las manchas de sangre en su rostro y los gemelos habían desaparecido.
Su marido, triste y abatido por la terrible acción de su mujer, no quiso mantenerla a su lado y la hizo responsable de los rebaños de asnos, una de las tareas más duras.
Mientras tanto el tonel, que continuaba flotando por el río, se quedó varado entre las ramas de un árbol caído.
Un hombre que pasaba por allí lo vio.
Se acercó y lo llevó a la orilla. ¡Cuál no sería su sorpresa cuando, al abrirlo, descubrió a los recién nacidos! Los llevó a su casa y los crió.
Años más tarde, los dos niños habían crecido y se habían convertido en fuertes y bellos guerreros.
-Padre -le preguntaban a menudo al hombre, dinos de dónde hemos venido.
-Habéis venido del río. Yo os recogí cuando erais tan pequeños que podía llevaros a cada uno en un brazo -respondía el anciano.
-¿Pero no sabes de dónde venimos, en qué país hemos nacido?
-No sé nada más, hijos míos. Sé que procedéis de muy lejos pues tenéis en las mejillas un pequeño círculo que, sin duda, indica que pertenecéis a alguna familia lejana... Cuando seáis hombres, llegará el día en que tendréis que ir a buscar a vuestra madre. Pero sois también mis hijos y, hasta que no seáis mayores para emprender un viaje tan largo, permaneceréis en esta casa, que es donde habéis crecido -respondía el padre.
Cuando se hicieron hombres, su padre les dijo:
-Ha llegado el día en que debéis averiguar de dónde procedéis. Pero no creáis que, por no saber de qué lugar ni de qué familia venís, no sabéis quiénes sois.
Sois mis amados hijos y os habéis educado en el respeto a la vida y en el amor a Ngai, nuestro Dios, que me dio la ventura de sentirme como padre vuestro.
-¿Y qué vas a hacer tú, padre, durante nuestra ausencia? -le preguntaron los gemelos.
-No lo sé -respondió el padre. Puede que busque otra mujer que me ayude a cultivar mi shamba. Llevaos este dinero -les dijo entregándoles una bolsa- y que Dios cuide cada uno de vuestros pasos.
Y, mientras pronunciaba estas palabras, el anciano volvió a experimentar la emoción, ahora incluso con más intensidad que en los felices días en que cuidaba de ellos, de haberles dedicado su vida entera.
Los gemelos se pusieron en camino.
Caminaron durante mucho tiempo, trabajando en los poblados por los que pasaban para no gastar el dinero que su padre les había dado.
Por las noches, cuando no disponían de un sitio resguardado del frío, se quedaban en plena sabana a dormir.
Un día, cuando la estación de las lluvias acababa de comenzar y ellos habían caminado durante toda la jornada sobre terrenos dificultosos, e incluso habían tenido que escalar altos farallones, la fortuna les llevó hasta el país de su madre, en territorio masai.
Muy fatigados, decidieron dormir bajo un árbol. L
El cortejo amoroso de los turacos les despertó temprano. Gracias a su excelente vista pudieron descubrir, por la oscilación de las copas de unos grandes árboles en la lejanía, la presencia de elefantes. Aguzaron el oído y oyeron un débil ruido de ramas quebradas. Deseando evitar las rutas de los animales salvajes que emigraban de los pastos a los humedales, marcharon en dirección opuesta. El sol, todavía bajo, desgranaba sobre la llanura una luz anaranjada y bañaba de resplandores dorados las onduladas laderas de las colinas cercanas, donde pastaban las cebras y las gacelas.
Vieron en lo más hondo del valle un rebaño de asnos y hacía allí se dirigieron. Vigilaba a los animales una anciana que acarreaba a sus espaldas una enorme y pesada banasta llena de leña, sujeta a su frente mediante una correa de cuero.
-Buenos días, anciana -dijo uno de los gemelos-. ¿Podemos ayudarte a llevar la leña? Eres demasiado mayor para una carga tan pesada...
-No os preocupéis por mí -dijo la mujer. Además, hace ya mucho que a nadie le importa lo que me pueda pasar...
-¿Por qué tienes que cuidar tú de los asnos? -preguntó uno de ellos. ¿Es que no tienes hijos que te ayuden?
-Ay, no -respondió ella-. Dos hijos míos desaparecieron y nadie quiere hablarme desde aquel maldito día...
Al acercarse a la mujer los gemelos observaron en sus mejillas unos círculos semejantes a los suyos.
Impresionados, le contaron su historia:
-Estamos buscando el país donde vive nuestra madre porque no conocemos nuestros orígenes. Puede que, como tenemos las mismas marcas que tú en las mejillas, sepas decirnos quiénes somos.
La anciana se acercó a ellos, miró los círculos y dijo:
-¿De dónde venís, queridos míos?
-Venimos de un país muy lejano, cerca de un lago tan grande que los pájaros tienen que volar por la orilla para ir de un lado al otro. Nuestro padre nos recogió cuando éramos muy niños y en el país del que venimos nadie tiene marcas como las nuestras. Puede que nuestra madre, o el padre que nos engendró, nos hiciera estas marcas, las mismas que tienes tú en tus mejillas.
-Esas señales fueron hechas, sin duda, por vuestros padres con ol-ngeriantus, una flor que crece en la estación de las grandes lluvias y que usamos por aquí para colorear la piel. Pero vuestros dientes y vuestras orejas están intactos. Vosotros no habéis crecido entre los masai.
Su espíritu viajó hacia el pasado y recordó haber aplicado ella misma la savia para teñir la piel sobre las incisiones circulares que había hecho en las mejillas de sus añorados hijos.
Al recordar el dolor que había sentido por la pérdida de una vida tan feliz se desvaneció; pero los guerreros la sujetaron antes de que cayese al suelo.
-Estás demasiado fatigada, anciana. Déjanos ayudarte en tus tareas.
-Vuestra historia ha despertado mis propios sufrimientos -dijo la mujer- pues yo también perdí a mis seres queridos. Os contaré cómo fue...
Los dos guerreros ayudaron a sentarse a la anciana bajo un árbol, le dieron agua fresca y escucharon su historia. Según avanzaba en su relato iban comprendiendo que aquella mujer era su madre.
-¡Mira nuestras manos, madre! -exclamaron. ¡Nos falta un dedo a cada uno! ¡Somos tus hijos! ¡Vayamos juntos al poblado para que se sepa toda la verdad!
Por primera vez después de mucho tiempo gruesas lágrimas recorrieron las negras mejillas de la anciana, ya arrugadas y curtidas por el sol. La pena y la alegría se entremezclaban en su ánimo, desbordado por tan intensas emociones.
Los gemelos vistieron a su madre con los más bellos ropajes y adornaron sus muñecas y su cuello con preciosas joyas. Dejaron a los asnos pastando y marcharon juntos al poblado.
Las gentes se sorprendieron al ver a la anciana tan bien vestida y tan enjoyada. Al ver a los dos hombres, su sorpresa aún fue mayor. Dijeron:
-Anciana, ¿no serán éstos, aquellos dos niños que te comiste?
-Sí -respondió la mujer, son mis hijos. Yo nunca me los comí. Aquí los tenéis ante vosotros, bien vivos y dispuestos a contaros su historia.
Un anciano se aproximó a los guerreros y tocó sus mejillas. Al instante reconoció a sus hijos. Emocionado, los estrechó entre sus brazos.
-Todo ha sido por mi culpa -dijo él lleno de cólera, por no haber creído a vuestra madre y haber confiado en mi segunda esposa, que intentó separarnos para siempre. Voy a buscarla ahora mismo y a matarla ante vuestros propios ojos para reparar mi error.
-No hagas tal cosa, padre. Buscábamos nuestros orígenes, pero tenemos conciencia porque nuestro padre adoptivo nos enseñó el valor que tiene la vida. No mates a esa mujer. Castígala a llevar una vida miserable y penosa como la que ha llevado nuestra madre durante todo ese tiempo.
Y así se hizo y así fue cómo los gemelos la encontraron a sus verdaderos padres.
También descubrieron que tenían sentido todas las buenas ideas que su padre adoptivo les había inculcado.
Se celebró una ceremonia que duró la noche entera y en ella participó toda la comunidad, unida en alegres cánticos e interminables danzas.
Los gemelos vivieron dichosos en compañía de sus padres y pronto olvidaron sus largos años de separación. Se sentían felices en su nueva vida de nómadas y pudieron visitar al hombre que les había criado y cuidar de él hasta su muerte.


Fuente: Anne W. Faraggi

0.113.3 anonimo (masai) - 026

La luz de alapa, la luna

Ore apa tenkiterunoto nemeti keeya. Ore ele loongukuurmi naa keitayiolo iyiool ajo kai apa ekununye erikeeya pee ewuo enkop.

En los primeros tiempos de la Tierra, Natero Kop vivía con los suyos en un poblado masai llamado Enkang. Sus viviendas estaban hechas con ramas cubiertas de barro con bosta de vaca y ceniza y protegidas por barreras de espinos. En aquel tiempo, el Sol brillaba siempre y la Luna no se veía. Estaba escondida detrás del Sol.
En aquel poblado vivía un anciano que llevaba por nombre Olesikari. Este hombre tenía dos mujeres y cada una de ellas le había dado un hijo. Natero Kop le dijo al patriarca Leeyo que Enkai le había dado el siguiente mandato: si moría un niño de la tribu, tenía que llevar su cuerpo lejos, a la sabana, diciendo: «Hombre, muere y vuelve a nosotros. Luna, muere y no vuelvas jamás».
Uno de los niños estaba muy enfermo desde su nacimiento y se puso muy grave.
Olesikari fue a ver a Leeyo y le pidió consejo. Leeyo le comunicó el mandato de Natero Kop.
Olesikari volvió a su casa y se encontró con Notatimi, su primera esposa. Aunque no era suyo el niño enfermo, ella lo cuidaba.
Él le comunicó el mandato de Leeyo y le pidió que, si el niño moría, lo cumpliera.
Cuando el niño murió, en el momento de depositar el cuerpo en medio de la sabana, Notatimi pensó: «Al fin y al cabo, el niño ya está muerto así que voy a decir lo contrario del mandato, a ver qué pasa».
Notatimi pronunció las siguientes palabras: «Hombre, muere y no vuelve nunca. Luna, muere y vuelve con nosotros», y regresó a su casa.
Entonces el cielo se tiñó de los colores del fuego, lanzando destellos dorados sobre las acacias y sobre toda la sabana. Después se fue oscureciendo lentamente, hasta que se hizo negro, y las tinieblas se adueñaron de la, sabana.
Era la noche. La primera noche de la Tierra...
Todo el mundo tenía miedo y los la animales no se atrevían a moverse.
Notatimi comprendió que la cólera de Enkai había caído sobre ella como castigo por su desobediencia. Después apareció en el cielo una bola blanca que desprendía un débil resplandor sobre la sabana. Nadie se atrevía a mirarla, temiendo perder la vida. Aquella noche, la primera noche en la Tierra, nadie durmió.
Por fin, poco a poco, la luz regresó y con ella el alba. Los gallos fueron los primeros en manifestar su alegría. Después, todas y cada una de las criaturas dejaron de tener miedo y volvieron a sus ocupaciones de siempre. Volvió a caer la noche, y regresó la Luna, y todo el mundo se fue acostumbrando a su opalescente luz.
Notatimi no había dormido aquella noche: había estado rezando para que el niño volviese, renaciendo, al mundo de los vivos. Pero el niño no regresó. Y cuando Olesikari comprendió que había perdido a su hijo para siempre, le preguntó a su mujer qué era lo que había dicho.
Ella se lo contó y Olesikari la echó de la choza y le dijo que se construyera su propio hogar al otro extremo del poblado. Por esta razón, desde hace mucho y hasta nuestros días, las esposas de un masai no viven bajo un mismo techo.
Algún tiempo después, el hijo menor de Leeyo murió. Él, al depositar su cuerpo en la sabana, siguió el mandato de Natero Kop. Dijo: «Hombre, muere y vuelve a nosotros. Luna, muere y no vuelve jamás».
Pero no sucedió nada. El pequeño no regresó.
Entonces, transido de dolor, Leeyo decidió ir a ver al Dios Enkai. Emprendió la marcha y caminó largo tiempo hacia la montaña sagrada. Acometió la ardua escalada. Cuando llegó a la cima, imploró a Enkai:
-Todopoderoso Enkai: devuélvele la vida a mi hijo y te prometo que cuidaré de que ningún miembro de mi comunidad te desobedezca jamás.
-No puedo hacer tal cosa, Leeyo -respondió Enkai.
-Pero tú tienes el poder de hacerlo, Enkai. Te suplico piedad.
-Es inútil que me supliques -replicó Enkai- pues, al no seguir mi mandato, tú lo estropeaste todo con el primer niño, actuando a tu manera. Ese niño era uno de los nuestros. Os di a los hombres el poder de disponer de una bendición divina y, en la primera ocasión que se os presentó, actuasteis en contra. Ahora es demasiado tarde y nadie puede ya regresar a la vida. El hombre que muera, no volverá y la Luna, aunque muera, volverá siempre. Ahora baja a reunirte con los tuyos, pues bastante cruel es tu castigo, y recuerda que lo que diga Enkai no puede desobedecerlo ningún hombre sobre la Tierra. Yo soy el que Es...
Leeyo descendió y meditó acerca de lo sucedido. Rezó durante mucho tiempo.
Días después, el hermano de otro moran enfermó gravemente. Natero Kop dijo que nadie se acercase a él, excepto su madre y él mismo, pues todos los que le tocasen enfermarían también.
Pero no pudieron curarle y el niño murió, al igual que la madre. Natero Kop, al que no afectó la enfermedad, llevó ambos cuerpos a la sabana, lejos del boma. Luego regresó y todos rezaron a Enkai.
Un día, Mbua, el perro de Leeyo, guardián del rebaño, cayó también muy enfermo y todo el ganado del poblado quedó afectado por la misma enfermedad. Laibon recordó, tras mucho pensar, que había visto a Mbua acercarse al lugar donde el niño y su madre reposaban en la sabana. Era evidente que al entrar en contacto con los dos cuerpos había adquirido la terrible enfermedad y luego la había transmitido a los rebaños.
Ni las hierbas curativas, ni las hechicerías, ni ninguna de las habilidades de Natero Kop pudieron salvar al ganado, que murió al igual que el perro Mbua.
Leeyo se dijo: «Todo es por mi culpa: he desobedecido a Enkai y todo está yendo de mal en peor. Soy yo el que debe morir pues por mi culpa ha venido la desgracia a mi pueblo». Leeyo partió hacia la morada de Enkai.
Se detuvo al pie de la montaña a dormir y contempló el caer de la noche sobre la soñolienta sabana.
A la salida del sol, trepó hasta lo alto de Oldoinyo Lengai, la montaña sagrada, y dijo al Creador:
-Aquí me tienes, Enkai. Toma mi vida y protege la de tus hijos y la de tus rebaños. Ellos no han hecho nada para merecer ese castigo.
-No tomaré tu vida, Leeyo. Has vivido honrando tu nombre y con eso me basta.
-Pero no he hecho respetar tu voluntad, Enkai. Prefiero morir antes que ver cómo mi pueblo se extingue por mi culpa.
-Enkai nunca quita la vida a aquello que Él ha creado. He creado la vida sobre la tierra y todo lo que vive está en armonía y ha sido hecho para que viva en armonía. Si los hombres modifican o destruyen lo que Yo he creado, no puedo rectificar sus errores utilizando mi poder. ¿De qué sirve el poder de un Dios si los hombres se creen también dioses, en lugar de desear comportarse dignamente como hombres?
-Creo que te comprendo, Enkai. Nuestra obligación es, sencilla-mente, vivir en el mundo que Tú has creado para nosotros, venerándolo cada día por ser como es -dijo Leeyo.
-Solamente Yo soy el que Es... Y puesto que la muerte es ahora inevitable para cada uno de vosotros, y como vuestros ritos no contemplan el sepultar los cuerpos sino ofrecerlos a otros elementos de la Creación, haré algo para restablecer el equilibrio que has destruido e invocaré a Alapa, la Luna, poder celeste. Voy a crear un nuevo animal: Fisi, la hiena. Fisi poseerá una poderosa mandíbula; hallará a mis criaturas dormidas para siempre en la sabana y devorará sus cuerpos para que su mal no perdure y no contaminen al resto de los seres vivos. Fisi tendrá una tarea muy importante, pues purificará la sabana. Pero cuidaros de ella: podría devoraros también a vosotros, los vivos. Otorgo a Fisi la gracia de Hekima, el antílope; la fuerza de Ng'aa, el guepardo; y la inteligencia de Tumbili, el mono.
Y cuando los hombres de tu poblado miren a la Luna, se acordarán del poder de Enkai y de su error de creerse omnipotentes.
Regresa con los tuyos, Leeyo, y di a tu pueblo que el poder de Enkai es infinito y que todo lo que vive sobre la tierra está para proteger a todo lo que vive sobre la tierra.

Fuente: Anne W. Faraggi

0.113.3 anonimo (masai) - 026

La ascension del crater

Neing'uari orkinyang ake, neto akiti peyie eidip aitayu imasaa enyenak. Ore peyie ebau olotoko, eeta tenkufiiík enye inkujit nainepua teine.

Fue en los orígenes de la Tierra. Natero Kop vivía con sus hijos y con sus rebaños en el Andikiru Enero, un inmenso y árido cráter rodeado de altas paredes rocosas, del valle de Kerio, en la comarca de Kalenjin.
Todas las personas allí concentradas hablaban el olmaa, y no había ni jefes ni clanes. Todos tomaban parte en las decisiones y llevaban una existencia armoniosa.
Pero su vida era muy dura: el suelo, cubierto de piedras, no valía para alimentar a los animales. La hierba era muy escasa. La tierra, dura y yerma, no era capaz de absorber las aguas aportadas por unas lluvias violentas y demasiado breves.
Natero Kop y los suyos sufrían enormes dificultades para encontrar agua en las estaciones secas, que además duraban demasiado tiempo.
Transcurridas varias lunas, el hambre se convirtió en una auténtica amenaza; los niños más débiles comenzaron a morir y la tribu estaba muy desmoralizada.
Bajo el árbol de las palabras, Natero Kop y los suyos le preguntaron al patriarca Leeyo qué debían hacer para no ver sufrir a sus hijos y a su ganado.
Leeyo les dijo a los guerreros de la manyatta que había visto pasar a tres pájaros que llevaban hierba verde en sus picos para hacer sus nidos.
La comunidad mantuvo una larga reunión aquel día. Entre todos llegaron a la conclusión de que la hierba verde procedía del otro lado de las rocosas crestas, mucho más allá de los escarpados montes que se alzaban ante ellos; de allá donde crece la hierba y cae la lluvia.
Massinda, el guerrero, le dijo entonces a Leeyo que él era joven y fuerte y que, con algunos guerreros más, podía intentar averiguar lo que había al otro lado del cráter.
Se pusieron en camino sin volver la vista atrás, formando un armonioso desfile de vivas estatuas de bronce delicadamente cinceladas. Massinda marchaba en cabeza. La punta de su larga lanza brillaba al sol, despidiendo cegadores destellos al compás del animoso ritmo de sus pasos, que hacían que se balancease su larga y trenzada cabellera, emplastecida con ocre.
Su shuka, de tela roja anudada al hombro, restallaba al viento, descubriendo por instantes sus largas y bien conformadas piernas, tan ligeras que parecía que apenas tocaban el suelo. Avanzaron durante mucho tiempo entre piedras y zarzas y escalaron gateando los rocosos picos del farallón.
«¡Valor, se decían en silencio, que después del esfuerzo seremos recompensados!».
Cada uno de sus movimientos hacía destacar su fuerte musculatura bajo la negra y brillante piel, que resplandecía con la luz del sol. A veces se detenían a escuchar los sonidos de la naturaleza, intentando identificar la ronca tos del leopardo o el rugido del león. Mientras continuaban escalando vieron una columna de humo blanco ascendiendo hacia el cielo.
Al llegar a la cima descubrieron que había árboles frutales y llanuras de prados verdes hasta donde alcanzaba la vista, surcadas por multitud de arroyos por los que corría un agua cristalina. Ante ellos se erigía una gran montaña de la que surgía humo blanco.
Sus laderas estaban cubiertas por una espesa selva verde. Rebaños de tiernas gacelas reposaban entre los matorrales. A lo lejos, un lago teñido de púrpura por los rayos del sol, resplandecía con destellos plateados.
Recogieron frutas y algunas hierbas para llevárselas a los mayores de la tribu como testimonio de su descubrimiento.
Después reemprendieron la marcha para bajar de nuevo al cráter. Caminaron mucho tiempo, descendiendo por las paredes inclinadas y cruzando barrancos.
Cuando llegaron hasta los suyos fueron recibidos con grandes muestras de alegría y enorme curiosidad. Contaron lo que habían visto. Los ancianos se reunieron durante varios días y convinieron en declarar que Enkai les había dado todo el ganado existente en la Tierra y que, sin embargo, el suyo se moría en el fondo de un cráter. Acordaron también que, para dar gracias a Enkai por su gesto de bondad al haberles dado la montaña sagrada Oldoinyo Lengai, en la cima de la cual Él vivía, sus hijos debían desafiar las crestas del farallón y acercarse a Él con el fin de pedirle para sus rebaños la nutricia hierba que crecía al pie de la montaña sagrada.
¿Todos estuvieron de acuerdo y los ancianos comenzaron a estudiar el modo de escalar las crestas del farallón. Decidieron construir una gran escala lo suficientemente larga como para subir a lo alto de aquella terrible escarpadura. «Debemos llevar la menor carga posible», dijo Massinda. «Llevemos sólo lo esencial. Con nuestros corazones, nuestros espíritus y nuestros cuerpos bastará».
Cuando acabaron de hacer la escala se pusieron todos en marcha. También subieron a los animales, ansiosos por llegar a los pastos que aseguraban su subsistencia.
Cuando la mitad del poblado había alcanzado la cumbre, la escala se rompió. La otra mitad de la gente aún estaba en el fondo del cráter. Los mayores se reunieron y acordaron continuar y seguir a los que ya habían subido e iniciado la marcha.
Al llegar al pie de la montaña sagrada dieron gracias a Enkai por haber guiado sus pasos hasta Él. Para recompensarlos por su valor y felicitarlos por lo que habían conseguido, Enkai les reconoció como a sus hijos e hizo de ellos los primeros masai.
Mientras tanto, los que se habían quedado en el fondo del cráter fabricaron otra escala. Al ser menos, tuvieron que trabajar mucho durante la estación de las lluvias, y en toda la estación seca, para poder partir en busca de sus compañeros. Pero había pasado mucho tiempo y tuvieron que labrarse su propio destino.
Cuando llegaron hasta Enkai le preguntaron qué sería de ellos. Él les felicitó por su valor.
Para recompensar los esfuerzos que habían hecho para llegar hasta Él, sin dejar de cuidar de sus animales, decidió otorgarles el nombre de Ilmeek y regalarles las grandes llanuras del norte de Kenia.
Pero el camino era largo y el sol ardiente.
Enkai creó entonces un animal nuevo capaz de hacer largos viajes por la arena del desierto y de vivir con Sus hijos nómadas.
Y creó a Ngamia, el camello.
Luego Enkai les dijo que, además de en la cima de la montaña sagrada también vivía en el cielo y que, por las noches, les pondría en el firmamento señales de luz para acompañarles.
Cuando los recién llegados se pusieron en camino hacia los lugares en donde corría el agua, oyeron los nombres que les serían dados.
Nombres como Rendille, Pokot, Samburu, Turkana...

Fuente: Anne W. Faraggi

0.113.3 anonimo (masai) - 026

El daman y el elefante

Ore nabo olong, tenkiterunoto, neitubiru enkai ing'wesi osero, neitayu isapukin onkunyinyi...

Un día, en los comienzos del mundo, Enkai creó a los animales de la sabana. De cada especie creó dos modelos: uno grande y otro pequeño.
Creó a Nyoka Mkubua, la serpiente grande, y a Nyoka Kidogo, la serpiente pequeña. Creó a Swala Pala, el impala, y a Kadjabu, el pequeño antílope, apenas más alto que un helecho. Creó a Simba, el león, y a Paka, el gato. Después creó a Tembo Kidogo, el elefante pequeño, y a Tembo Mkubua, el elefante grande.
Tembo Mkubua era un soberbio animal de tres metros de alto que se alimentaba, bebía y respiraba gracias a una larga trompa. Dos grandes defensas de marfil le permitían defenderse.
Tembo Mkubua era respetado por todos y no tenía miedo ni de las aceradas garras de Simba. Tembo Kidogo, sin embargo, se lamentaba sin cesar de su desmesurada trompa, de su larga cola y de sus grandes y pesadas orejas.
Un día, Tembo Kidogo subió a la cima de la montaña sagrada Oldoinyo Lengai para ver a Enkai. Como era muy pequeño, tuvo grandes dificultades para trepar hasta el trono de Enkai.
-¿Qué sucede, Tembo Kidogo? -tronó Enkai-. ¡No te oigo más que quejarte!
-Esta trompa tan larga me molesta, Enkai, pues soy demasiado pequeño y me pesa mucho. Mis orejas son también demasiado grandes y me cuesta llevarlas -gimió Tembo Kidogo.
-Te he dado la misma fuerza que a Tembo Mkubua, pero a ti te he hecho más pequeño y más rápido -respondió Enkai-. Tienes las orejas grandes, es cierto, pero gracias a su consistencia y movilidad podrás tener menos calor cuando el sol esté en lo más alto. Te he dado una vista mucho más aguda que la de Kanzu, la cebra, y un olfato más fino que el de Ng'aa, el guepardo.
-Entonces haz de mí un elefante grande para que no tema ni a Simba ni a Ng'aa y para que no me moleste tanto la trompa -imploró el pequeño elefante.
-Tú eres Tembo Kidogo -se molestó Enkai, y no puedo hacer que seas Tembo Mkubua. Espera con paciencia a que pasen varias estaciones de lluvias y comprobarás que serás mucho más hábil con tu trompa y que tus defensas serán la admiración de todos. Tendrás la fuerza de Tembo Mkubua y la gracia de Kadjabu.
Muy contrariado, Tembo Kidogo bajó de la montaña sagrada Oldoinyo Lengai y volvió a la sabana.
Pasaron dos nuevas estaciones de lluvias. Tembo Kidogo utilizaba mejor su trompa. Todos los animales le felicitaron por sus hermosas defensas de marfil y el calor del sol le resultaba más soportable gracias a sus grandes orejas. Pero Tembo Kidogo era pequeño y seguía queriendo tener la fuerza de Tembo Mkubua.
Volvió a ver a Enkai, que estaba sobre su trono de oro en la cima de la montaña sagrada Oldoinyo Lengai.
-¿Qué quieres, Tembo Kidogo? -le preguntó Enkai.
-Quiero ser más grande. Grande como Tembo Mkubua -respondió el pequeño animal.
-¿Acaso no ha sucedido lo que te había anunciado? -inquirió Enkai.
-Sí -respondió Tembo Kidogo, manejo mejor la trompa aunque todavía sea muy pesada para mí. Mis defensas de marfil son hermosas y me protegen de las garras de Simba y de Ng'aa. Soporto bien el peso de mis orejas y mi pequeño tamaño me permite correr con rapidez.
-Entonces ¿qué quieres?
-Quiero ser grande como Tembo Mkubua. Suplico tu magnani-midad -murmuró Tembo Kidogo bajando la cabeza.
-¡¡¡No puedes implorar de mi bondad ser más fuerte sólo por pura vanidad!!! -tronó Enkai.
Por haber tenido la osadía de pedirme ser quien no eres, ya no serás Tembo Kidogo.
En su cólera, el Dios creador hizo que le desaparecieran de Tembo Kidogo su trompa, su cola, sus defensas y sus orejas.
-¿Y ahora qué voy a ser? -gimió la pequeña criatura.  ¿Qué soy?
-Te he dado garras para que puedas agarrarte a los salientes de las paredes rocosas. Seguirás teniendo la misma agudeza de oído y de olfato, lo que te permitirá distinguir el peligro desde lejos. Tendrás siempre una vista muy penetrante y, además, le doy a tus ojos una tercera membrana para que puedas mirar de frente al sol y así prevenir el ataque del águila, que caza cuando el sol de la mañana aún está bajo. Ya no eres Tembo Kidogo pues jamás te conformarías con no ser Tembo Mkubua. Ahora eres un damán y no pretendas ser jamás otra cosa. Entra en una nueva vida y míralo todo con ojos nuevos. Solamente así podrás renacer.

Dos tipos de elefantes
En África existen dos tipos de elefantes: el elefante de la selva y el elefante de la sabana. Éste es el más grande de los dos y puede medir hasta cuatro metros de altura. Posee cuatro uñas en las patas anteriores y tres en las posteriores. A pesar de ser de menor tamaño, el elefante de la selva tiene una uña más en cada pata. Las hembras son más pequeñas pero, aun así, pesan entre dos y tres toneladas.

Fuente: Anne W. Faraggi

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El ciclo de las calamidades

El carancho les anunció que la tierra iba a ser quemada porque un gran fuego, originado por un obrar divino, se acercaba. Tiempo después, y ante la urgencia de la catástrofe, les comunicó que por desgracia no tenían escapatoria porque aunque poseyeran alas, no habían sido hechos para entrar al cielo, y además, aseguraba que las llamas también alcanzarían el firmamento.
Los tobas lloraron. De noche, el fuego fulgurante encandilaba la vista. Estaba cerca pero nadie sabía cuándo llegaría a la tierra toba.
Pasaron varios años y, finalmente, el ardiente calor arribó anunciado por la aparición de tigres y aguará‑guazúes[1] cerca del caserío. Un jabalí huía entonando estrofas de una canción de lamento:
"Ya estoy cerca de aquella orilla, ya estoy cerca, ya estoy cerca, cerquita estoy."
Y cuando arribó al poblado les comunicó que estaba tratando de escapar pero que era muy difícil, y continuó su marcha. Lo siguió un aguará‑guazú, y más tarde un ciervo, lamentándose con una canción. El mensaje se reiteraba: no había salida de aquel desastre.
De repente, alguien llegó con un plan de supervivencia: debían cargar bolsos con tierra para refugiarse bajo la superficie y cubrirse antes de que el fuego los alcanzara. Así lo hicieron varios, pero los que permanecieron en la superficie, sin resguardo, murieron quemados.
La catástrofe pasó, pero de inmediato se inició una fuerte lluvia. El agua aprisionó la tierra y, atrapados, permanecieron ocultos. El carancho se aventuró a averiguar qué pasaba arriba, imaginando que el monte había desaparecido. Lentamente se asomó sin atreverse a mirar. Unos momentos después abrió los ojos y comprobó que todo era uno: cielo y tierra se confundían por la ceniza acumulada.
Al bajar, les advirtió a todos los sobrevivientes que no debían levantar la vista ni observar enseguida, para evitar ser víctimas del dolor y transformarse en animales. Los que no obedecieron sufrieron los augurios: fueron convertidos en ciervos, avestruces y otras especies pequeñas. Dos mujeres solteras abandonaron el pueblo bajo el aspecto de osos hormigueros y perpetuaron su género exclusivo en ellos.
Al carancho no le pasó nada malo, no obstante, no lograba tener descendencia. Pensó en la bondad del creador y la capacidad de brindarle hijos. Entonces recibió una mujer y un pequeño varón del creador, quien le advirtió que debía enseñarle a ella a no temer por sus futuros dos hijos. Chiiquí calló hasta que su mujer quedó embarazada: dio a luz dos mellizos de diferente sexo y aprendió a cuidarlos sin miedo.
Las familias fueron creciendo y dispersándose en comunidades.
Cierto tiempo después, se repitió el anuncio del fuego. Cerca de la catástrofe, un hombre inició una excavación para salvar al pueblo, pero pocos podían comprender el sentido de sus actos. Solo algunos, los entendidos, confiarían en el refugio que estaba construyendo. Los demás, incrédulos, sufrirían.
La tierra, dos veces quemada, volvió a recobrar vida. Las parejas siguieron reproduciéndose y su número aumentó.

0.056.3 anonimo (toba)


[1] Mamífero parecido al zorro.

El cerro uritorco y sus secretos

Este cerro se muestra imponente, con sus casi 2 mil metros de altura, en las sierras chicas de la provincia de Córdoba. Esconde, de acuerdo con el relato de los habitantes más antiguos del lugar, la sabiduría de los ancestros de los comechingones, que desde sus orígenes lo veneraron porque lo consideraban sagrado; allí habitaban los espíritus de los muertos milenarios que emergían de sus tumbas para regalar a sus descendientes todo el conocimiento adquirido a través de los tiempos.
¿Cómo podían tener los comechingones esta certeza?
Sus antepasados, benévolos, les ofrecían a modo de maravillosas luces u otras señales cósmicas que surcaban el cielo, los mensajes que evidenciaban su existencia, Cuanto más grande era la luz, mayor energía y sabiduría demostraba tener el espíritu.
Para agradecer tanta deferencia de parte de sus ancestros, los hombres, mujeres y niños, realizaban bailes tomados de las manos y entonaban cantos llamados mantras (cantos especiales para llamar a entidades astrales).
Parece ser que, además, usaban elementos similares a morteros en rituales mágicos y sagrados, que fueron encontrados en diferentes zonas cercanas al Uritorco. Quizá los utilizaban para observar mejor las estrellas y el recorrido de las señales luminosas, porque en su parte inferior estaba representado el cosmos.
Pero no acaban aquí las sorpresas del Uritorco, también se podían ver caminando por el cerro a extraños hombres que desaparecían entre las piedras sin dejar rastro alguno. Según parece estos seres provenían del más profundo fondo de la tierra: de la enigmática ciudad de Erks.

0.025.3 anonimo (comechingon)