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lunes, 4 de noviembre de 2013

La luz de alapa, la luna

Ore apa tenkiterunoto nemeti keeya. Ore ele loongukuurmi naa keitayiolo iyiool ajo kai apa ekununye erikeeya pee ewuo enkop.

En los primeros tiempos de la Tierra, Natero Kop vivía con los suyos en un poblado masai llamado Enkang. Sus viviendas estaban hechas con ramas cubiertas de barro con bosta de vaca y ceniza y protegidas por barreras de espinos. En aquel tiempo, el Sol brillaba siempre y la Luna no se veía. Estaba escondida detrás del Sol.
En aquel poblado vivía un anciano que llevaba por nombre Olesikari. Este hombre tenía dos mujeres y cada una de ellas le había dado un hijo. Natero Kop le dijo al patriarca Leeyo que Enkai le había dado el siguiente mandato: si moría un niño de la tribu, tenía que llevar su cuerpo lejos, a la sabana, diciendo: «Hombre, muere y vuelve a nosotros. Luna, muere y no vuelvas jamás».
Uno de los niños estaba muy enfermo desde su nacimiento y se puso muy grave.
Olesikari fue a ver a Leeyo y le pidió consejo. Leeyo le comunicó el mandato de Natero Kop.
Olesikari volvió a su casa y se encontró con Notatimi, su primera esposa. Aunque no era suyo el niño enfermo, ella lo cuidaba.
Él le comunicó el mandato de Leeyo y le pidió que, si el niño moría, lo cumpliera.
Cuando el niño murió, en el momento de depositar el cuerpo en medio de la sabana, Notatimi pensó: «Al fin y al cabo, el niño ya está muerto así que voy a decir lo contrario del mandato, a ver qué pasa».
Notatimi pronunció las siguientes palabras: «Hombre, muere y no vuelve nunca. Luna, muere y vuelve con nosotros», y regresó a su casa.
Entonces el cielo se tiñó de los colores del fuego, lanzando destellos dorados sobre las acacias y sobre toda la sabana. Después se fue oscureciendo lentamente, hasta que se hizo negro, y las tinieblas se adueñaron de la, sabana.
Era la noche. La primera noche de la Tierra...
Todo el mundo tenía miedo y los la animales no se atrevían a moverse.
Notatimi comprendió que la cólera de Enkai había caído sobre ella como castigo por su desobediencia. Después apareció en el cielo una bola blanca que desprendía un débil resplandor sobre la sabana. Nadie se atrevía a mirarla, temiendo perder la vida. Aquella noche, la primera noche en la Tierra, nadie durmió.
Por fin, poco a poco, la luz regresó y con ella el alba. Los gallos fueron los primeros en manifestar su alegría. Después, todas y cada una de las criaturas dejaron de tener miedo y volvieron a sus ocupaciones de siempre. Volvió a caer la noche, y regresó la Luna, y todo el mundo se fue acostumbrando a su opalescente luz.
Notatimi no había dormido aquella noche: había estado rezando para que el niño volviese, renaciendo, al mundo de los vivos. Pero el niño no regresó. Y cuando Olesikari comprendió que había perdido a su hijo para siempre, le preguntó a su mujer qué era lo que había dicho.
Ella se lo contó y Olesikari la echó de la choza y le dijo que se construyera su propio hogar al otro extremo del poblado. Por esta razón, desde hace mucho y hasta nuestros días, las esposas de un masai no viven bajo un mismo techo.
Algún tiempo después, el hijo menor de Leeyo murió. Él, al depositar su cuerpo en la sabana, siguió el mandato de Natero Kop. Dijo: «Hombre, muere y vuelve a nosotros. Luna, muere y no vuelve jamás».
Pero no sucedió nada. El pequeño no regresó.
Entonces, transido de dolor, Leeyo decidió ir a ver al Dios Enkai. Emprendió la marcha y caminó largo tiempo hacia la montaña sagrada. Acometió la ardua escalada. Cuando llegó a la cima, imploró a Enkai:
-Todopoderoso Enkai: devuélvele la vida a mi hijo y te prometo que cuidaré de que ningún miembro de mi comunidad te desobedezca jamás.
-No puedo hacer tal cosa, Leeyo -respondió Enkai.
-Pero tú tienes el poder de hacerlo, Enkai. Te suplico piedad.
-Es inútil que me supliques -replicó Enkai- pues, al no seguir mi mandato, tú lo estropeaste todo con el primer niño, actuando a tu manera. Ese niño era uno de los nuestros. Os di a los hombres el poder de disponer de una bendición divina y, en la primera ocasión que se os presentó, actuasteis en contra. Ahora es demasiado tarde y nadie puede ya regresar a la vida. El hombre que muera, no volverá y la Luna, aunque muera, volverá siempre. Ahora baja a reunirte con los tuyos, pues bastante cruel es tu castigo, y recuerda que lo que diga Enkai no puede desobedecerlo ningún hombre sobre la Tierra. Yo soy el que Es...
Leeyo descendió y meditó acerca de lo sucedido. Rezó durante mucho tiempo.
Días después, el hermano de otro moran enfermó gravemente. Natero Kop dijo que nadie se acercase a él, excepto su madre y él mismo, pues todos los que le tocasen enfermarían también.
Pero no pudieron curarle y el niño murió, al igual que la madre. Natero Kop, al que no afectó la enfermedad, llevó ambos cuerpos a la sabana, lejos del boma. Luego regresó y todos rezaron a Enkai.
Un día, Mbua, el perro de Leeyo, guardián del rebaño, cayó también muy enfermo y todo el ganado del poblado quedó afectado por la misma enfermedad. Laibon recordó, tras mucho pensar, que había visto a Mbua acercarse al lugar donde el niño y su madre reposaban en la sabana. Era evidente que al entrar en contacto con los dos cuerpos había adquirido la terrible enfermedad y luego la había transmitido a los rebaños.
Ni las hierbas curativas, ni las hechicerías, ni ninguna de las habilidades de Natero Kop pudieron salvar al ganado, que murió al igual que el perro Mbua.
Leeyo se dijo: «Todo es por mi culpa: he desobedecido a Enkai y todo está yendo de mal en peor. Soy yo el que debe morir pues por mi culpa ha venido la desgracia a mi pueblo». Leeyo partió hacia la morada de Enkai.
Se detuvo al pie de la montaña a dormir y contempló el caer de la noche sobre la soñolienta sabana.
A la salida del sol, trepó hasta lo alto de Oldoinyo Lengai, la montaña sagrada, y dijo al Creador:
-Aquí me tienes, Enkai. Toma mi vida y protege la de tus hijos y la de tus rebaños. Ellos no han hecho nada para merecer ese castigo.
-No tomaré tu vida, Leeyo. Has vivido honrando tu nombre y con eso me basta.
-Pero no he hecho respetar tu voluntad, Enkai. Prefiero morir antes que ver cómo mi pueblo se extingue por mi culpa.
-Enkai nunca quita la vida a aquello que Él ha creado. He creado la vida sobre la tierra y todo lo que vive está en armonía y ha sido hecho para que viva en armonía. Si los hombres modifican o destruyen lo que Yo he creado, no puedo rectificar sus errores utilizando mi poder. ¿De qué sirve el poder de un Dios si los hombres se creen también dioses, en lugar de desear comportarse dignamente como hombres?
-Creo que te comprendo, Enkai. Nuestra obligación es, sencilla-mente, vivir en el mundo que Tú has creado para nosotros, venerándolo cada día por ser como es -dijo Leeyo.
-Solamente Yo soy el que Es... Y puesto que la muerte es ahora inevitable para cada uno de vosotros, y como vuestros ritos no contemplan el sepultar los cuerpos sino ofrecerlos a otros elementos de la Creación, haré algo para restablecer el equilibrio que has destruido e invocaré a Alapa, la Luna, poder celeste. Voy a crear un nuevo animal: Fisi, la hiena. Fisi poseerá una poderosa mandíbula; hallará a mis criaturas dormidas para siempre en la sabana y devorará sus cuerpos para que su mal no perdure y no contaminen al resto de los seres vivos. Fisi tendrá una tarea muy importante, pues purificará la sabana. Pero cuidaros de ella: podría devoraros también a vosotros, los vivos. Otorgo a Fisi la gracia de Hekima, el antílope; la fuerza de Ng'aa, el guepardo; y la inteligencia de Tumbili, el mono.
Y cuando los hombres de tu poblado miren a la Luna, se acordarán del poder de Enkai y de su error de creerse omnipotentes.
Regresa con los tuyos, Leeyo, y di a tu pueblo que el poder de Enkai es infinito y que todo lo que vive sobre la tierra está para proteger a todo lo que vive sobre la tierra.

Fuente: Anne W. Faraggi

0.113.3 anonimo (masai) - 026

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