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viernes, 3 de mayo de 2013

El tesoro de moctezuma

Era el día ocho de noviembre de 1519,
fecha notable en la Historia, pues aquel día
los europeos pisaron por vez primera una capital
hasta entonces ignorada del mundo occidental.
W. H. PRESCOTT, La conquista de México

-¡He venido a buscar oro, no a labrar la tierra como un campesino!
Estas palabras, atribuidas a Hernán Cortés cuando le propusieron establecerse en Cuba, son una buena prueba del carácter belicoso y terrible del conquistador español. Sus peripecias como rebelde, proscrito o acaudalado hacendado, son dignas de un aventurero intrépido, pero Hernán Cortés ha pasado a la Historia por su expedición en el imperio azteca. El padre Bartolomé de las Casas no dudaba en afirmar que Dios le pediría cuentas, y estas palabras también reflejan a costa de cuánto sufrimiento logró el conquistador la gloria.
Fueron las narraciones extraordinarias de los viajeros lo que perturbó la imaginación de Hernán Cortés: decían que en tierra firme, en la patria de los aztecas había grandes tesoros, que la gente calzaba sandalias de oro y se adornaba con esmeraldas y plata, que todo eran maravillas, lujuria y fascinación. El soberbio español no lo dudó: vendió su hacienda cubana y logró reunir una flota de guerra imponente, con naves de cien toneladas, cuyas bodegas esperaba llenar de oro.
El día 16 de agosto de 1519 las naves de Hernán Cortés llegaban a los pantanales del río Papaloapán. El conquistador creía que en su camino sólo daría con pueblos primitivos y salvajes, y que su sola presencia bastaría para recaudar todo el oro de México. Sin embargo, se le heló la sangre al ver los palacios, las ciudades, las torres que aquellos salvajes habían erigido. ¡Aquellas tierras pertenecían a un verdadero imperio!
Pero nada arredraba a nuestro capitán: en una expedición enloquecida arrasó cuanto hallaba a su paso y no dudó en aliarse con los tlaxcaltecas, enemigos seculares de los aztecas: su único interés era llegar a la capital del imperio, dominarlo, destruirlo si era necesario, y acaparar cuantas riquezas y tesoros hallase en el camino.
Moctezuma observa la violentísima invasión de su imperio con gesto temeroso y, convencido de que no puede hacer frente a las armas de fuego ni al poder divino de los caballos, envía mensajeros a Hernán Cortés. Ya sólo resta esperar que el español se digne a no destruir la ciudad, que respete los templos y que le perdone la vida. El invasor se muestra cauto, pero generoso, y entrega a los emisarios regalos y presentes, para que los entreguen al azteca; sin embargo, Hernán Cortés no renunció a apoderarse de la inmensa ciudad mexicana. Concedió que no destruiría palacios y templos, pero ocuparía la urbe y se adueñaría de todo cuanto hubiera en ella de valor.
Los cronistas se estremecen en sus pupitres cuando relatan la entrada de Hernán Cortés a través del gran puente levadizo. La ciudad amurallada estaba emplazada sobre una isla y numerosos canales. Los seis mil soldados del conquistador se maravillaron ante los gigantescos palacios, los teocallis y las torres de sacrificios, las amplias avenidas, las sesenta y cinco mil casas... Si los aztecas no hubieran temido a los españoles tanto como los temía su príncipe, acaso la expedición de Cortés habría concluido allí mismo. Pero los aztecas no atacaron a sus invasores, bien al contrario recibieron al conquistador como si de un rey se tratase: una corte de nobles ciudadanos fue a recibirlos y pudo verse a Moctezuma II descen-diendo de su palanquín de oro.
El príncipe de los aztecas era un hombre alto, delgado, y no parecía contar más de cuarenta años, macilento y débil. Sus hombros iban cubiertos por un manto de perlas y joyas, y calzaba sandalias de oro. Los nobles tendían a sus pies telas preciosas, porque Moctezuma no podía tocar la tierra. Ambos se miraron como si fueran amigos, pero lo cierto es que sólo uno de ellos tenía el poder, y éste era Hernán Cortés.
Así se vio sometido el pueblo azteca a los españoles y el pusilánime príncipe americano quedó convertido en rehén de los invasores. Éstos no tardaron en imponer su ley, y mandaron construir capillas e iglesias. El interés de los conquistadores estaba, con todo, en las fabulosas maravillas de las que hablaban los viajeros y buscaban en todas las salas del palacio los tesoros que se prometían. Pronto descubrieron una sala en la que, al parecer, se habían realizado unos trabajos recientes: se había ocultado una habitación, cerrándola con un muro. Los españoles, ávidos de riquezas, derribaron el muro y... Hernán Cortés tuvo que echarse a un lado: telas, vasijas, copas, coronas, pendientes, pulseras, diademas, cetros... oro y plata a raudales, lingotes, barras, bolas de oro macizo: un espectáculo sobrecogedor que hubiera admirado al mismísimo rey Midas. Dice el cronista: «Me parecía que todas las riquezas del mundo se hallaban en aquella estancia». Era el tesoro de Moctezuma, tan inmenso y grandioso que a duras penas los escribanos pudieron fijar el valor de tanta riqueza, la cual valoraron en casi doscientos pesos de oro. Ningún rey de Europa podía vanagloriarse de tener tanto dinero y, sin embargo, Hernán Cortés era su dueño. Los tratados afirman que el español era sólo un «huésped» del príncipe azteca, pero la realidad era bien distinta.
El reparto de aquel tesoro no dejó contentos a los soldados, pero el capitán español prometió nuevas y más grandes riquezas, y los ánimos se sosegaron. Todo parecía discurrir según lo había previsto Cortés, pero pronto descubrió que la avaricia y la envidia nacían en los corazones de sus propios compatriotas.
Un subalterno suyo, Narváez, que había quedado en la costa, y el infame Velázquez de Cuba habían urdido una trama: le acusaban de rebeldía, y estaban dispuestos a capturarlo y encarcelarlo. Para ello habían dispuesto un ejército con dieciocho barcos, casi mil hombres armados y muchos indígenas a sueldo, con cañones y arcabuces. Esta traición irritó a Cortés, que dispuso sus tropas en pocos días y salió al encuentro de Narváez.
En la batalla de Cempoala, la noche de Pentecostés de 1520, Dios pareció estar al lado de Hernán Cortés. Aunque contaba con una tropa reducida de no más de doscientos hombres, tuvo de su lado a la Naturaleza: una tremenda tempestad se desató y el ejército de Narváez se encuentra en dificultades. Cae la noche y la lluvia, y con mucha dificultad pueden asentarse junto al río. En esto, los de Narváez observan que bolas de fuego sobrevuelan sus cabezas, miles de disparos de arcabuces rozan sus cabellos y caen en el fango abrumados por la tremenda andanada. Los de Hernán Cortés se echan sobre ellos y los despedazan. Narváez rueda en el lodo herido de muerte por una lanza que le atraviesa la cabeza. El héroe español levanta su bandera de victoria, pero las bolas de fuego siguen volando sobre su casco: eran los cocuyos, unos escarabajos lumino-sos, que habían aterrorizado a los enemigos, los cuales creyeron que verdaderamente eran balas de arcabuz.

Los soldados de Hernán Cortés estaban asombrados ante la magnificencia de Tenochtitlán: las calles de la ciudad, tan distintas a las que conocían en Europa, los mercados, los magníficos palacios, los templos, los lagos artificiales, los estanques, los diques, las chiampas o jardines flotantes... todo era maravilloso, un espectáculo singular. Bien es cierto que no comprendían porqué la vida de los aztecas estaba regida por un calendario que apenas lograban desen-trañar; y, desde luego, los españoles, cristianos hasta la médula, renegaban del culto de Huitzilopochtli y Quetzalcoalt, los dos dioses principales del imperio. Y además, veían con horror los grandes sacrificios en los templos sagrados, donde cientos de doncellas se ofrecían con gusto a ser arrojadas a los pozos, o a ser lanzadas desde lo alto de los teocallis, donde siempre ardía la llama de los dioses. Los cristianos no podían reprimir su terror cuando los sacerdotes arrancaban las vísceras de los sacrificados, estando éstos aún vivos.
Viendo esto, Hernán Cortés trató de convertir a Moctezuma a la religión cristiana y le explicó cómo era el ritual de la misa en Europa, para que el príncipe azteca comprendiera la inutilidad de los sacrificios humanos. Pero Moctezuma replicó:
-Mejor es sacrificar a los hombres y comer sus vísceras calientes que comerse al mismo Dios, como hacéis vosotros en vuestro rito.
En otra ocasión, Hernán Cortés subió a lo más alto del teocalli sagrado de Tenochtitlán, y se hizo acompañar del padre Olmedo. El conquistador ordenó que se colocara allí una cruz, para que todos los ciudadanos vieran que Dios había llegado a América y que su esplendor dominaba ya el imperio azteca. En aquel mismo lugar, según dice el cronista Bernal Díaz del Castillo, estaba la piedra del sacrificio, que era una losa jaspeada, donde las víctimas propicia-torias eran desangradas y sus vísceras se extraían con un cuchillo de obsidiana. Una fetidez repugnante invadía la sala, salpicada en todos sus ángulos por la sangre humana: «El mal olor era más penetrante que en los mataderos de Castilla», escribe el medinense en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Aún quedaban allí tres corazones humanos, sangrando y exhalando los últimos vapores... Los cristianos pudieron ver el horripilante gesto de Huitzilopochtli, cuya figura estaba adornada por la repulsiva vista de una serpiente, a la que los aztecas adoraban y coronaban con esmeraldas, rubíes, perlas, oro, plata y muchas otras maravillas. En una sala inferior había más de cien mil calaveras, todas dispuestas en hileras, apiladas en una tarima de madera.
Hernán Cortés, y todos los que con él iban, despreciaban la antiquísima religión azteca y la consideraban cosa de salvajes. De modo que los cristianos no tardaron en profanar los templos de Tenochtitlán. Cuando el capitán español entró en una de las estancias sagradas del teocalli e hizo destruir cuanto allí había, Moctezuma se le presentó como por arte de magia y le aseguró que el pueblo azteca no soportaría esta afrenta. Pero Cortés no retrocedió ante la amenaza y mandó construir una capilla, e hizo colocar allí las divinas figuras de Jesucristo y la Virgen María. El oro y las joyas de los templos desaparecieron y fueron a engrosar las arcas de los soldados. Desde lo alto del teocalli se rezaron misas y todos los invasores conocieron que Dios estaba con ellos y que, por fin, habían caído los ídolos paganos de los aztecas.
Pero los cristianos no sabían que aquellos hombres pacíficos que habitaban en Tenochtitlán podían convertirse en temibles enemigos si se profanaban sus templos. Llegó entonces la gran venganza de Huitzilopochtli, el dios de los aztecas.
Se celebraba por entonces la gran fiesta anual del dios Huitzilopochtli, el que tiene una serpiente alrededor de su cuerpo. Los aztecas llevaban incienso al teocalli o templo, y prorrumpían en cantos y danzas sagradas. El capitán Alvarado había permitido este ritual, pero había prohibido el sacrificio de seres humanos. Además, ordenó que ninguno de los participantes en dicha celebración portara armas de ninguna clase. Alvarado se había quedado en la capital mientras Cortés sofocaba intentos rebeldes en los campos cercanos.
Los españoles quedaron asombrados ante la riqueza de los vestidos, de las joyas y de los adornos que llevaban los indígenas. Y no pudieron resistir la tentación: cuando los aztecas estaban reunidos y bailaban en honor de su dios, los soldados cristianos los atacaron con furia salvaje y los mataron, robándoles cuanto de precioso llevaban consigo: los broches, las diademas, los collares de oro y esmeraldas, las pulseras, los brazaletes con perlas...
Ya no pudo soportar tanta afrenta el pueblo de Tenochtitlán y se levantó en armas. Los ciudadanos destituyeron a su príncipe Moctezuma y nombraron a un nuevo rey, llamado Cuitlahuac. Cuando Hernán Cortés conoció la rebelión, volvió de inmediato a la ciudad sagrada y encontró que Alvarado se había hecho fuerte en torno a la torre principal, y a duras penas lograba contrarrestar el asedio y los ataques de los aztecas. Cortés intentaba guerrear, pero los ciudadanos se mostraban ahora menos dóciles y pacíficos: su ira era terrible y ni siquiera Moctezuma podía refrenarlos. El otrora príncipe del imperio se había convertido en un noble débil y asustadizo, y se presentó ante Cortés para que no destruyera a su pueblo. Cuando fue a convencer a los aztecas de la necesidad de una paz duradera entre los invasores y los habitantes de Tenochtitlán, sus súbditos lo insultaron, lo apalearon y lo lapidaron. El que fuera gran guerrero y príncipe del imperio más grande de todos los tiempos murió triste y abandonado el 30 de junio de 1520, y en la memoria de su pueblo quedó siempre con el nombre de «Prisionero de los españoles».
Cortés y los suyos habían logrado llegar al fin a la fortaleza donde Alvarado resistía la furia del príncipe Cuitlahuac, pero la situación, bien pensada, era aún peor: allí no podrían resistir mucho y era imprescindible huir de la ciudad tan pronto como fuera posible. ¿Y el tesoro de Moctezuma? ¿Lo dejarían allí? Los españoles no lo dudaron: huirían, sí, pero con el tesoro. La vergonzosa huida de Tenochtitlán tendría lugar el día primero del mes de julio, durante la noche, porque Cortés sabía que los aztecas tenían un terror supersticioso a batallar durante la noche.
Cortés hizo extender el tesoro de Moctezuma en una gran plaza del fortín. Aunque él había pensado en quedarse con un quinto de aquellas inmensas riquezas, comprendió que sus propios soldados se rebelarían si no les dejaba acaparar las joyas y el oro que deseasen. Hizo llamar a sus tropas y les dijo:
-Éste es el tesoro de Moctezuma, el príncipe de los aztecas. Tomad cuanto queráis, pero sabed que en la noche anda mejor el que menos carga lleva.
Para sí tomó la quinta parte correspondiente a la corona de España y cuando los soldados se repartieron todo el tesoro, ordenó que se dispusiera la marcha.
Los españoles actuaban con cautela, cruzaban los diques e incluso fabricaron un puente flotante; otros iban cargados con sus tesoros en barcazas, con la intención de llegar a tierra firme y huir hacia la costa. Pero pronto se oyeron los gritos de los aztecas y una lluvia de dardos, piedras y fuego cayó sobre los saqueadores. Desde las torres caían flechas y lanzas, y quienes estuvieron allí sólo pudieron comparar la extrema situación con la del mismísimo infierno.
La Naturaleza, la misma que les fuera propicia algunos meses antes, se confabulaba ahora contra ellos y se desató una tempestad de lluvia y fuego como nunca se viera. Los aztecas caían sobre ellos como si estuvieran poseídos de una fuerza sobrenatural y los degollaban o los apuñalaban sin compasión. Algunos españoles llegaron a tierra firme, pero la lluvia entorpecía sus pasos y el peso del tesoro se hacía cada vez más insoportable. Muchas joyas y lingotes de oro quedaron hundidos para siempre en los canales de Tenochtitlán; otros tesoros iban desperdigándose por la selva, envueltos en el fango y en los pantanos. Ya nadie guardaba el orden de un ejército: cada cual luchaba por salvar su vida y, puestos a elegir, muchos abandonaban sus cofres y arcas, maldiciendo el tesoro de Moctezuma.
Cuando llegaron las primeras luces del alba, Cortés, herido y cansado, vio con horror que de su ejército apenas quedaba un centenar de hombres; algunos de ellos sangraban o estaban impedidos. El tesoro, simplemente, se había perdido por completo en las ciénagas y en los canales de Tenochtitlán. Esta noche fue para siempre la Noche Triste de Hernán Cortés.
Toda la gloria, todas las riquezas, todo el poder que el conquista-dor había imaginado se desvaneció. Caminaban hacia la costa, tratando de salvar sus vidas, pero con la seguridad de que si los aztecas iban tras ellos, la muerte era segura. Cansados, heridos y desesperados, los cristianos llegaron al valle de Otumba, tras una semana de insufrible camino por selvas y pantanos. Pero el destino les guardaba una terrible sorpresa: apostados en formación guerrera, pudieron ver a doscientos mil soldados aztecas dispuestos a acabar con el último de los españoles. Como dice un cronista moderno, «toda esperanza estaba perdida». Si al menos hubieran tenido arcabuces o cañones, o cualquier arma de fuego, aún restaría una posibilidad... pero, así, derrotados, con espadas melladas, con puñales de paseo, mal podían hacer frente al implacable ejército que les esperaba.
Retroceder, no podían. Avanzar era la muerte. Rendirse, nunca. La decisión estaba tomada: se sacrificarían, se autoinmolarían en aquella batalla perdida... Pero Cortés atisbó una posibilidad de victoria y ordenó a sus hombres para que irrumpieran en las filas enemigas con tanto ímpetu como fuera posible. Sólo él sabía lo que pretendía, pero si existía una mínima esperanza, los soldados seguirían a su capitán hasta la muerte.
En todo cumplieron las órdenes de su jefe y avanzaron como posesos hacia el sacrificio seguro. Pero Cortés se abrió paso a espadazos, apartando aquel hormiguero de hombres encolerizados y se dirigió a la colina central, donde el jefe azteca Cihuacu enarbolaba el pendón de oro del imperio. El conquistador español llegó hasta él y de un tajo le segó la cabeza, apoderándose de todas las insignias y de la bandera dorada. Elevado sobre su cabalgadura, Cortés muestra a todos los aztecas que él posee los símbolos del imperio y que el imperio sólo le pertenece a él.
Allí, sobre aquella colina, rodeado de aztecas asombrados por la astucia del blanco, Hernán Cortés aparecía como un verdadero dios, sobre su caballo, con su espada y enarbolando los despojos de Cihuacu. De este modo heroico, el conquistador español logró que los aztecas abandonaran el campo de batalla y huyeran despavoridos.
Y esta rendición fue el fin del imperio de Tenochtitlán: los aztecas jamás volvieron a conocer el esplendor pasado y México quedó en poder de los españoles.

Fuente: Jose Calles Vales

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El señor hatuey de cuba

La historia que aquí se cuenta puede leerse con gusto también en la Historia de las Indias de Fray Bartolomé de las Casas y, resumida, en la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, del mismo autor. Ha de decirse, primeramente, que Fray Bartolomé de las Casas (1474-1566) era un fraile dominico que se esforzó en denunciar las tropelías y crueldades de los españoles en América. La corte española de Carlos v y el Consejo de Indias argumentaban, en términos generales, que los españoles tenían el derecho de sojuzgar a los indígenas de acuerdo con las leyes de la guerra, tal y como se entendían entonces. Y, por otro lado, las autoridades eclesiásticas ordenaban la conversión de los indios al cristianismo. No todos los españoles estaban de acuerdo con estas prácticas aberrantes, sobre todo cuando la imposición política y religiosa se llevaba a cabo mediante torturas y crímenes horrorosos. Francisco de Vitoria y Bartolomé de las Casas denunciaron las tremendas injusticias y brutalidades de los españoles en América, y defendieron la libertad de los indios en lo que pudieron. El debate entre los defensores de los indígenas y los que pretendían una invasión sin límites acabó en un debate feroz, resuelto en parte por la bula del papa Pablo III (Sublimis Deus), donde se proclamaba la libertad de los indios y la legitimidad de sus posesiones; además, desde Roma se ordenaba que la conversión al cristianismo debía realizarse mediante la predicación y el buen ejemplo.
El caso es que ni el papa Pablo III, ni Francisco de Vitoria, ni Bartolomé de las Casas tuvieron mucho éxito, y la conquista de América se desarrolló en la mayor injusticia y crueldad. Si los españoles fueron los artífices de grandes matanzas en el centro y sur de América, los ingleses hicieron lo propio en el norte, asolando y destruyendo las poblaciones indígenas. Tal y como afirma el cronista del siglo XVI «la causa porque han muerto y destruido tantas y tales y tan infinito número de almas los cristianos, ha sido solamente por tener su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días».
El oro y la ambición fueron, precisamente, los impulsores de dichas matanzas. A continuación se da noticia de la conquista de la isla de Cuba en 1511 por la expedición de Diego Velázquez.
Vivía por entonces en la isla un señor principal, muy amado de sus súbditos, llamado Hatuey. Este rey o señor había vivido antes en Haití, una isla preciosa a la que los conquistadores llamaron La Española. Pero las amenazas y las guerras hicieron que Hatuey se trasladara con muchos de los suyos a Cuba, esperando que los españoles jamás llegaran allí. Sin embargo, los conquistadores de Europa no se contentaron con pequeños territorios y la ambición gobernaba sus corazones. Quisieron, por tanto, asolar Cuba, matar a sus pobladores y quedarse con tanta riqueza como había en la isla. Hatuey se veía apremiado y reunió a sus súbditos diciéndoles:
-Ya sabéis cómo nos tratan los cristianos, y sabéis las grandes matanzas que han hecho con nuestro pueblo, pero ¿sabéis por qué?
A lo que los indios contestaron:
-Porque son por naturaleza crueles y despiadados.
El rey Hatuey negó con la cabeza y les informó que los cristianos tenían un dios al que querían y estimaban mucho. Y porque los cristianos amaban mucho a su dios, querían que todos los hombres de la tierra lo adoraran igualmente y quien no se avenía a adorarlo era torturado y muerto sin piedad.
Junto a Hatuey había un cofrecillo con diademas, brazaletes y anillos de oro. El rey lo abrió y dijo a sus súbditos:
-Éste es el dios de los cristianos. Cantaremos y danzaremos en torno a él, y suplicaremos a este dios que nos dé paz y que los cristianos no nos maten.
Así lo hicieron aquellos indios y durante toda una noche estuvieron bailando en derredor del cofrecillo de oro; cantaban himnos y se arrodillaban ante él, y aunque ellos tenían en poco valor el oro, pensaban que, siendo el dios de los cristianos, algo podría hacer por salvarles la vida. Estas danzas y cantos se llamaban areitos.
Llegaron al fin noticias y se supo que los capitanes y tropas de Diego Velázquez habían pasado a la isla, destruyendo todo cuanto encontraban a su paso, robando el oro, asesinando a hombres y niños, y violando a las jóvenes doncellas. Así vieron los súbditos de Hatuey que sus danzas de nada habían servido. De nuevo se reunieron todos en asamblea y el rey les dijo:
-Por el oro que tenemos, nos matarán. Echémoslo al río.
Así lo hicieron: recogieron en cestas todo el oro que poseían y lo lanzaron al río, porque estaban desesperados viendo la cruel muerte que les acechaba.
Durante muchos meses Hatuey estuvo huyendo de los cristianos, emboscado en las montañas, viendo como morian sus gentes y lamentándose de su mala fortuna. Finalmente, él mismo fue apresado y llevado al patíbulo. Se preparó una hoguera y se le condenó sin juicio a ser quemado vivo, sólo porque se había defendido, porque huía de la crueldad y porque no quiso rendirse a la opresión de los castellanos.
Ya tenían la pira dispuesta, cuando un fraile franciscano se acercó a él y le habló de Dios y de los beneficios de la fe cristiana. También le dijo que si renegaba de sus dioses y se convertía al cristianismo podría ir al cielo, donde había gloria y descanso eterno. Y si no, se vería en el infierno donde arden sin cesar los fuegos y las almas padecen grandes tormentos. Dijo Hatuey:
-¿Y van los cristianos al cielo?
-Sí -contestó el franciscano.
-Prefiero entonces ir al infierno -contestó Hatuey.
En pocos años la isla de Cuba quedó desolada. Fray Bartolomé de las Casas asegura que los indios salían a los caminos a recibir a los cristianos, y llevaban en cestas pescados, pan de maíz y otros manjares, los que tenían. Y que allí mismo los mataban, como sucedió en la matanza de Caonao. En otra ocasión, el capitán Pánfilo de Narváez aseguró que si los indios se rendían, no los mataría, pero traicionó su palabra y quiso quemar vivos a todos los caciques o reyes de aquel lugar. Se cuenta que un oficial recibió trescientos esclavos indios y que, al cabo de poco tiempo, no le quedaban sino treinta, porque a todos los mataba trabajando en las minas. En cuatro meses los cristianos mataron a siete mil niños, porque los hacían trabajar sin descanso en las minas y no les importaba que se murieran.
Tantas calamidades pasaban los indios que muchos se subían a los montes; pero otros, viendo que serían muertos de un modo u otro, se ahorcaban. Por toda la isla se podían ver hombres, y mujeres, y niños colgados. Por culpa de un cristiano se acabaron quitando la vida doscientos indios.
Los cristianos no quisieron que los indígenas estuvieran en las montañas y los persiguieron con crueldad, asolando cuanto encontraban a su paso. Por eso, dice Fray Bartolomé, durante mucho tiempo estuvo Cuba sin habitantes y la soledad y la amargura llenaban las ciudades vacías y los campos muertos.

Fuente: Jose Calles Vales

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El misterio de las ciudades abandonadas

¡Cada monumento maya
era un calendario convertido en piedra!
C. W. CERAM

Los siguientes párrafos son, en parte, un extracto del capítulo XXXI del famoso libro Dioses, tumbas y sabios, escrito por Kurt Wilhelm Marek (C. W Ceram) en 1949. El título de dicho capítulo es también el que se emplea aquí para encabezar la leyenda de los mayas: una aventura maravillosa que es, en palabras de Ceram, uno de los procesos «más asombrosos de la Historia».

Los arqueólogos y exploradores del siglo XIX tuvieron ocasión de asombrarse ante los restos de la prodigiosa cultura maya. Los mayas representaron la cumbre de la ciencia y la cultura desde el norte del Yucatán hasta Copán, en la actual Honduras; y desde Tikal, en Guatemala, hasta Palenque, en Chiapas. Durante al menos un milenio los mayas ocuparon estos territorios y desarrollaron el método más ajustado de cómputo del tiempo, más preciso aún que el que se realizó para el calendario juliano, el calendario gregoriano o el moderno cálculo astronómico. Las matemáticas eran para ellos casi una religión y, sin duda, eran la base científica de su cultura. Todo en el mundo maya es representación numérica, calendario sin fin: las columnas, los frisos, las escalinatas, los altares... cualquier edificio está coronado y rodeado por símbolos numéricos (tzolkin, haab, cumhu, etc., etc.) Los investigadores aprendieron a contar los meses y los años de aquella insondable civilización pero a duras penas conseguían saber a qué se referían. En otras palabras: no se conocía la historia de los mayas.
La ciencia arqueológica había descubierto algunos fragmentos de un texto conocido como los «Libros de Chilam Balam», con anotaciones mixtas de español y maya, pero sólo un documento hallado en 1860 revelaba la verdadera historia del pueblo maya. Afortunadamente para los arqueólogos este manuscrito de Chilam Balam fue fotografiado antes de que desapareciera «en condiciones bastante misteriosas». Pero en fin, algo se podía saber de los escurridizos habitantes del Yucatán. Se supo, por ejemplo, que Chichén Itzá fue un prodigio de grandeza y lujo; se supo que hubo traiciones y guerras; y se conocieron las fundaciones de Mani y otras grandes ciudades. También se descubrió cuán fácil fue para los españoles acabar con el pueblo maya.
Los estudiosos, sin embargo, distinguían el Antiguo Imperio Maya del Nuevo Imperio. Decían que el Nuevo Imperio surgió, apro­ximadamente, en el siglo VIII de nuestra era y que se distingue del Antiguo porque, incomprensible-mente, los mayas se trasladaban de un lugar a otro, hacia el norte, abandonando ciudades y constru-yendo otras completamente nuevas, pero tan grandiosas como las que habían abandonado.
Naturalmente, los investigadores no acertaban a componer tan extraño rompecabezas y se preguntaban: «c- Quieren decir con esto que el pueblo maya ha abandonado su bien organizado Imperio, sus plazas fuertes y su territorio para edificar un nuevo Imperio más al norte, en medio de la inseguridad de una comarca virgen?».
En efecto, los mayas avanzaban en un territorio selvático, agreste, lleno de peligros, en una zona establecida entre Tabasco, Chiapas, Guatemala y Honduras.
Los misterios de esta civilización se agudizan aún más: los mayas construían una pirámide en medio de la selva, pero estas constru-cciones no guardaban relación con acontecimientos políticos o sociales (enterramientos, nacimientos, victorias, ofrendas, etc.), sino que se erigían simplemente porque así lo exigía el prodigioso calendario que regía sus vidas. Cada cinco, diez o veinte años, hacían elevar una torre. En ocasiones, y aún no se sabe por qué, volvían a las antiguas pirámides abandonadas y las revestían de nuevo, añadiendo en los capiteles y los frisos nuevas fechas y calendarios.
Lo cierto es que, llegado un momento concreto, los mayas abandonaban sus ciudades y marchaban a otro lugar, generalmente al norte, donde fundaban otra urbe semejante en todo a la que habían dejado atrás. No puede decirse que unos cuantos nobles huyeran y fundaran otra ciudad, no: se iban todos, recogían cuanto tenían y olvi­daban para siempre el antiguo emplazamiento. Ni uno solo de los mayas quedaba en la ciudad vieja: ésta sería pronto comida por las selvas y los huracanes. Sus murallas se venían abajo, cuando las raíces levantaban sus cimientos; arbustos y maleza crecía en las grietas y entre la piedra labrada; las calles, los patios y todo el esplendor de una gran ciudad quedaban en pocos años sumidos en el más profundo de los olvidos.
Para comprender un tanto lo insólito de este comportamiento, Ceram lo explica con el siguiente ejemplo: «Imaginemos, por ejemplo, que todo el pueblo francés, después de haber vivido una historia mile­naria, emigrase de pronto a Marruecos para fundar allí una nueva Francia; que abandonase sus catedrales y sus grandes urbes, que repen­tinamente los habitantes de Marsella, Toulouse, Burdeos, Lyon, Nantes y París, emigraran.
«Y no sólo esto, sino que al llegar a Marruecos empezaran inme­diatamente a construir nuevas ciudades y catedrales idénticas a las que abandonaron en Francia.»
El atinado ejemplo de Ceram es muy ilustrativo. Así sucedía de hecho y los estudiosos comenzaron a imaginar hipótesis: era necesario encontrar alguna razón para explicar un comportamiento que cualquier persona civilizada consideraría absurdo. Por ejemplo, se supuso que habían sido las guerras o ciertas invasiones lo que obligaba a los mayas a retirarse. Sin embargo, esta explicación carecía de fundamento, ya que los mayas eran en aquel tiempo el pueblo más rico y poderoso de la zona, y ninguna otra cultura podía acercarse, ni de lejos, a su poder bélico. Otra opción era razonar que fueron catástrofes naturales, como huracanes o riadas, lo que hacía huir a este pueblo; pero no hay rastro de estas supuestas tragedias meteorológicas. ¿Epidemias? ¿Cambios climáticos? ¿Revoluciones?
No hay más que hipótesis y ninguna parece demasiado atinada: los arqueólogos sólo saben, a ciencia cierta, que los mayas abandonaban sus ciudades y se internaban en la selva para construir otra ciudad idéntica o muy parecida. ¿Cómo explicarlo?

La teoría más aceptable la ofreció el profesor S. G. Morley. Según sus apreciaciones, todo radicaba en un pequeño detalle: los mayas no conocían el arado.
La civilización maya se asentaba en unos principios sociales muy rígidos: los mandatarios (almehenoob, los que tienen padres y madres, nobleza genealógica) y el pueblo. Entre los mandatarios estaban, naturalmente, los príncipes y los descendientes, pero también los sacerdotes, los sabios y los astrólogos. Estos vivían en los palacios, en las sólidas construcciones pétreas, dentro del recinto de la fortaleza. Fuera de ella vivía el pueblo común: el único destino de este pueblo era servir a los grandes señores, en los sacrificios y en la alimentación. Su vida era trabajar para el príncipe o halach uinic; ofrecían dos tercios de su trabajo a los habitantes de la fortaleza y sólo se quedaban con el tercio restante, a pesar de ser muchos más en número.
Esta estructura social era, como avanzamos, muy rígida: lo cual quiere decir que la única conexión entre el poder y el pueblo era el dinero, los alimentos y los hombres que los miserables entregaban a los nobles y los sacerdotes. Curiosamente, los sacerdotes y los astrólogos nunca se preocuparon de los trabajos de los campesinos, de modo que el pueblo maya subsistía quemando zonas periféricas y sembrando sin arado, sin carros ni bestias de carga, todo con los medios más precarios y primitivos. Así que, como afirma Ceram, el mismo pueblo que llegó a la cumbre en obras científicas era incapaz de hacer frente a la escasez de alimentos.
Cuando unas tierras se consumían, los mayas no sabían cómo obtener de ellas más fruto y el hambre acuciaba tanto a los nobles como a los desgraciados campesinos. Y por tanto, emigraban: poco importaba a los poderosos estos continuos desplazamientos: eran los miserables los que construían las pirámides, los templos y las murallas, y los que de nuevo con sus rudimentarias herramientas deberían extraer todo el jugo a una tierra que no sabían trabajar.
Aún queda por confirmar esta teoría. Tal vez un día algún estudioso descubra las verdaderas razones de estos misteriosos viajes. Quizá en esos antiguos calendarios esté aún escondida la explicación a tan extraño comportamiento. Todas las civilizaciones han buscado el lugar mágico, el centro del universo, y las catedrales, las pirámides y los grandes templos no están situados al azar, sino que se corresponden con reglas precisas, místicas, astronómicas, científicas o supersticiosas. Acaso los mayas buscaban un lugar en el mundo, un lugar ciertamente especial, secreto, misterioso, mágico...

Fuente: Jose Calles Vales

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Catalina

Este extraordinario suceso aparece en un libro que tuvo cierta fama en los siglos XVIII y XIX Fue escrito por un abad benedictino de Sénones, en la Lorena francesa: el Padre Agustin Calmet. Su ensayo se titulaba Tratado sobre las apariciones de espíritus y sobre los vampiros (1751). En la segunda parte de este trabajo, el abad describía con minuciosidad algunos hechos verdaderamente asom-brosos.
En uno de ellos habla de Catalina, una muchacha que vivía en Perú, en la región de los ititanos. No dice el autor cuándo acaeció este suceso, pero es de suponer que desde el siglo XVII la historia de Catalina era bien conocida.
Al parecer, esta joven murió a la edad de dieciséis años y las circunstancias de su fallecimiento fueron desgraciadas. Según el cronista, Catalina había cometido muchas perfidias y sacrilegios, y su vida había sido una retahíla de pecados y lujurias, porque era fornicadora hasta límites insospechados. Aún los doctores no habían certificado su muerte, cuando el cuerpo se vio atacado por una infección espantosa y la piel se cubrió de llagas purulentas y gusanos. El olor era tan penetrante y asqueroso que los familiares tuvieron que sacar el cadáver a la calle, para evitar que la pestilencia invadiera la casa.
Los presentes aseguraban que se oyeron ladridos de perros y aullidos de chacales. Ese mismo día, un caballo conocido por su docilidad se puso nervioso y comenzó a relinchar con gran temor, y a expulsar babas por la boca. Daba tan violentas coces que rompió las ataduras, se partió una pata y se hizo profundas heridas en el cuello.
No acaban aquí los sorprendentes sucesos de aquella funesta noche: un muchacho dormía plácidamente cuando una misteriosa mano tiró de su pie, sacándolo de la cama y arrastrándolo por la habitación. Y una joven criada que había en la casa recibió un golpe fuerte en la espalda, del que se estuvo doliendo muchos días.
Todos estos sucesos acaecieron, como dice Dom Calmet, «antes de que se inhumase el cuerpo de Catalina».
La casa de la difunta parecía poseída por su espíritu o alma en pena. En la casa habitaba una sirvienta que, como el otro muchacho, fue sacado de la cama por una mano fría e invisible, que tiraba de su pie. Y fue arrastrada por toda la casa, golpeándose con los quicios de las puertas y los muebles. Esta misma sirvienta contaba que, en cierta ocasión, había entrado en la habitación de Catalina para coger unos vestidos, y vio allí mismo a la muerta con una vasija de barro en las manos: con el rostro comido por las llagas e inflamado en ira, lanzó la vasija contra la criada y estuvo a punto de abrirle la cabeza. La madre de Catalina acudió a la sala cuando oyó aquel estrépito y vio que sin que nadie tocara nada, los objetos se estrellaban contra los muros, las paredes y las puertas. Los ladrillos de la casa se movían y las paredes temblaban...
Avisaron los padres de Catalina al cura de la aldea y éste les confirmó que su hija era una «reviniente», cuyas maldades en vida seguían siendo maldades en la muerte. Acogida por el demonio, Catalina seguiría en aquel lugar durante siglos y siglos hasta que Dios se apiadara de ella. Prueba de que Catalina, perversa y lujuriosa, no había sido recibida por el Señor. fue que cuando el cura entró en la sala donde había muerto, encontró un crucifijo desclavado y partido en tres piezas.
Los padres, los hermanos y los criados de Catalina abandonaron aquel lugar e hicieron quemar la casa y sembrarla con sal. Al cabo también encargaron muchas misas por el alma de Catalina, de la cual no se supo nada en adelante.

Fuente: Jose Calles Vales

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El caballero tristán y el dragón

Tristán era un noble y valiente caballero. Su nombre era si­nónimo de honor y lealtad y no había persona en todo el pueblo que no lo admirara. había ya corrido muchas aven­turas en las que había enfrentado peligros sin nombre y peleado contra los más feroces oponentes, desde hombres hasta gigantes.
Pero llegó un día en que debió partir del reino en que vivía pa­ra cumplir una misión que parecía muy fácil: ir hasta Irlanda y so­licitar la mano de la hija del rey de aquel lugar, la bella Isolda, pa­ra que se casara con el tío de Tristán, el rey.
Tristán no perdió tiempo y partió presto a cumplir esa misión.
Al llegar al reino de Irlanda notó algo extraño: nadie transita­ba el camino real. Este hecho le resultó muy sorprendente ya que el camino real o principal, en aquellos tiempos, conforme uno se iba acercando al castillo del rey, comenzaba a ser cada vez más transitado por heraldos, caballeros, comerciantes y todo tipo de gente.
Al llegar a la imponente fortaleza Tristán sintió el olor de la muerte y el sufrimiento en sus muros. Las puertas permanecían cerradas y varios soldados estaban apostados en las murallas y torres.
-Soy el caballero Tristán y vengo como embajador de mi rey a pedir la mano de la bella princesa Isolda.
Los soldados abrieron las puertas y le permitieron pasar, pero no dejaban de mirar hacia el exterior, y no realizaron ninguno de los rituales y ceremonias que la ocasión ameritaba.
-Quiero ver a vuestro rey -declaró Tristán con todo el énfasis del que era capaz de darle a su voz.
Y sin más preámbulos fue llevado al salón principal donde se encontraba el rey de Irlanda y toda su corte. El noble caballero percibió de inmediato que algo muy malo estaba sucediendo en esas tierras.
-Bienvenido eres, noble Tristán, aunque nuestros corazones nos impiden honrarte como es debido ya que nuestro tiempo es amargo.
-¿Cuál es la causa de esa amargura, Su Majestad? -preguntó el caballero con el ceño fruncido.
-Una terrible criatura, una horrible bestia salida de los mis­mos abismos del infierno, nos ha hundido en la pena más honda. Un abominable y sanguinario dragón merodea por nuestras tie­rras y exige un sacrificio humano todos los días al amanecer.
-¿Cómo es eso? -preguntó el caballero cada vez más preocupado.
-El dragón nos amenaza con devorar a todo el reino si no le entregamos una doncella todos los días. Nuestros más valientes caballeros han enfrentado a la horrible bestia pero todos han en­contrado una muerte atroz en sus fauces.
-Majestad, no podéis permitir que continúe esta situación, más tarde o más temprano vuestro reino quedará devastado. Yo enfrentaré al dragón en vuestro nombre.
El rey lo observó durante algunos instantes.
-Ésta no es tu tierra ni tu gente, eres un invitado y no puedo permitir que mueras a manos de esa horrible criatura.
-No moriré, ¡ella morirá!, ¡yo seré el vencedor de esta con­tienda! -Y acercándose con paso decidido al rey le pidió con fir­meza: Dadme vuestra bendición, Majestad, para ir a enfrentarme con el dragón.
El rey suspiró y dijo:
-No sólo te daré la bendición sino que también te daré las me­jores armas de que dispongo para semejante y desigual combate.
Tristán sonrió, saludó al rey y partió con los guardias para ata­viarse como correspondía para la batalla. Y acatando las órdenes del rey, sus servidores le colocaron la mejor armadura y le entre­garon la mejor espada y el mejor escudo. Luego la guardia real lo acompañó hasta las mismas puertas del castillo.
Tristán salió a la oscuridad de la madrugada y miró cómo los soldados retrocedían corriendo para atrancar y asegurar las puer­tas otra vez. Pronto estuvo completamente solo en los muros ex­teriores. Avanzó con su caballo hacia el camino real y luego se de­tuvo bajo la luz de una luna que empalidecía porque estaba ya comenzando a amanecer.
El caballero se dispuso a esperar pacientemente, mientras aguzaba la vista para descubrir al dragón.
El rocío de la mañana humedecía el aire tornándolo cada vez más frío. Un vaho denso surgía del hocico del caballo y ascendía hasta el yelmo de Tristán.
El sol, por fin, asomó en el horizonte, y cuando todo el disco dorado de refulgente luz acabó de mostrarse por completo, un movimiento y un rugido hacia un costado llamaron la atención del expectante caballero.
Entonces, cabalgó algunos metros y divisó a una gigantesca y terrible criatura, que se desplazaba hacia él levantando una gran polvareda.
De pronto Tristán se detuvo y se dio cuenta de que el dragón, mientras avanzaba lentamente hacia él, apoyando todo su peso en sus anchas patas que terminaban en garras, lo venía observando, como midiendo ya a su inminente rival.
El valiente caballero aprovechó de esa lentitud, para observar, a su vez, al dragón: era gigantesco y de color oscuro, una mezcla de negro y verde. Su cuerpo estaba completamente cubierto de gruesas escamas, sus cuatro patas terminaban en afiladas garras y tenía una cola larga como si fuera de una serpiente gigante.
Pero lo más impresionante de todo era su cabeza: de su boca sobresalían aguzados colmillos; desde sus inmundas entrañas arrojaba un aliento tan pestilente y de tan largo alcance que no só­lo lo percibió de inmediato Tristán sino también el fino olfato de su caballo, que se agitó pegando un relincho; sus ojos eran como dos brasas encendidas del color de la sangre enardecida y del me­dio de su frente surgían dos terribles cuernos rectos, uno debajo del otro.
Tristán no aguardó un instante más y, espoleando su bravo corcel, cargó con la lanza en ristre para embestir a la bestia. Sin embargo, para su sorpresa, al primer impacto la lanza se hizo añi­cos sin siquiera dañar a la monstruosa criatura.
El dragón parecía conocer su invulnerabilidad y esperó el ata­que con la lanza sin moverse. Ahora era su turno de atacar y no lo dejó pasar. Rápidamente arrojó dos feroces golpes de garra que hendieron el aire a la altura de la cabeza del caballero, quien, si no hubiera sido por su brioso caballo, de seguro, la habría perdido.
Tristán cargó nuevamente contra el dragón. Desenfundando la espléndida espada que le había dado el rey de Irlanda, descargó con ella tres feroces golpes que rebotaron contra las gruesas esca­mas del dragón sin siquiera hacerle mella.
El dragón reatacó a su vez, pero Tristán, que también era un hábil jinete, se las ingenió para volver a atacar por el otro flanco. Nuevamente sucedió lo que había pasado la primera vez: el filo de la espada no lograba atravesar las escamas de la bestia.
El dragón se retorcía y se debatía hacia un lado y hacia el otro buscando a su oponente para despedazarlo, pero éste era muy rá­pido y, cuando el dragón giraba hacia un lado, él lo golpeaba con su espada por el otro.
Pronto la feroz criatura se apropió de la estrategia del guerre­ro y amagó volverse, para luego arrepentirse, y aprovechó ese mo­mento para utilizar su arma más mortífera: su aliento flamígero. Sopló con fuerza y por los agujeros de su nariz brotaron llamara­das y humo venenoso que pronto envolvieron al caballo. El bra­vo animal murió al instante y cayó a la tierra.
Tristán, totalmente desconcertado y al mismo tiempo apena­do por esa muerte, saltó de su montura, para no quedar atrapado e inmovilizado bajo su peso. Fue entonces cuando el dragón le arrojó un golpe de garra que le arrebató el escudo y éste se estre­lló contra las rocas del muro y se hizo trizas.
Un guerrero, en medio de feroz combate frente a un dragón, sin caballo y sin escudo...
El dragón inspiró profundamente para largar un nuevo y más poderoso chorro de fuego y veneno y así terminar con la vida del caballero de una vez por todas.
Fue ése el momento en que Tristán supo lo que debía hacer para salvar su vida y alzarse con la victoria. Esperó el instante adecuado y, cuando el dragón estaba bajando la cabeza para emi­tir sus fluidos mortales, se abalanzó sobre la bestia y, aferrando el puño de la espada con sus dos manos, se la clavó en el largo cue­llo con toda la fuerza de la que se sintió capaz. Y fue tan certero el golpe que la punta de la espada logró atravesar el corazón de la espantosa criatura matándola al instante.
Por fin, el dragón que había asolado al reino de Irlanda yacía muerto bajo la espada del noble caballero Tristán.
Todos los moradores del castillo y el pueblo, que se habían protegido tras los muros fortificados, fueron advertidos de la ha­zaña por los hombres del rey que avistaban desde las torres. De inmediato, cuando las puertas del castillo se abrieron y el puente descendió, toda la gente salió corriendo para agradecer y felicitar a su extraordinario salvador.
El rey de Irlanda también venía entre sus súbditos. Se acercó al valiente caballero, le sonrió complacido y lo invitó a su mesa para conversar sobre la misión que le había sido encomendada y que era el verdadero motivo que lo había traído a Irlanda: pedir la mano de la bella princesa Isolda en nombre de su tío, el rey, y con­ducirla luego hasta el castillo, donde se desposaría con él.
Lo que ambos hombres no pudieron ver fue que los hermosos ojos de la dulce Isolda habían estado observando a Tristán desde cl primer momento y que su corazón ya le pertenecía al héroe.
Pero ésa es otra historia...

0.083.3 anonimo (edad media) - 016

El huevo

En una taberna de Lisboa, según cuentan, se habían reunido varios capitanes y almirantes de navíos. Es en esa parte de la hermosa ciudad lusitana llamada Alfama, cuyas calles angostas y empinadas huelen a fritanga de sardina, a berzas cocidas y a vino de saldo. En aquella época era lugar de reunión de gentes marinas y en las posadas y figones podían verse algunos rostros conocidos por su valor en la mar.
Por esos años Portugal había emprendido varias expediciones, pero su máximo interés radicaba en las costas africanas y sólo a duras penas se internaban en el Océano Atlántico, porque era un piélago peligrosísimo y monstruoso. Llegaron, eso sí, hasta las Islas Azores y allí tenían algunas casas de pescadores y algunos cultivos.
El reino de Castilla, por su parte, apenas podía embarcarse en aventuras arriesgadas: la mayor parte del tesoro se dedicaba a sufragar los gastos de la Reconquista, porque Granada aún estaba en posesión de los moros y la única intención de Isabel de Castilla era expulsar a los musulmanes de la Península.
En la famosa taberna de la Alfama estaban algunos caballeros principales y cada cual contaba al por menor las hazañas que habían vivido en sus carabelas y naos. Gon~alves, por ejemplo, contaba que había descubierto en Mauritania una tribu de ojos azules como los teutones y que había sido maravilloso verlos caminar por el desierto en sus camellos, cubiertos con túnicas azules como el cielo. Da Pinto, un marinero del sur, añadía que en las Azores se estaban construyendo unas embarcaciones poderosísimas, capaces de arrastrar ballenas y cetáceos inmensos. Otro marinero malencarado afirmaba haber degollado a cuarenta turcos él solo y que había regresado a Lisboa con un cargamento de oro. Sin embargo, a pesar de sus riquezas, volvía a la mar porque no había cosa que le hiciera más provecho a su salud.
Las fanfarronerías, teñidas de verdades y mentiras, suelen oírse en estas tabernas portuarias. Allí estaba, según cuenta la tradición, un joven capitán de navío, llamado Cristóbal. Como era de natural taciturno, apenas hablaba y sus compañeros quisieron saber en qué andaba y cuáles eran sus proyectos. El joven Cristóbal afirmó que había estado en tratos con la reina Isabel de Castilla y que, tras numerosos intentos y fracasos, había logrado que la monarquía española sufragase los gastos de una expedición arriesgadísima.
-¿Y dónde irás? -le preguntaron.
-A las Indias.
-¿A las Indias? -inquirió Da Pinto. Poco tiene de maravilloso ese viaje, pues muchos de nuestros compatriotas ya han cruzado el Cabo de Buena Esperanza...
-Sí -afirmó Cristóbal, pero yo acortaré el viaje yendo a través del Atlántico.
Los gestos de asombro se reflejaron en aquellos rostros curtidos por el salitre: todos comenzaron a vociferar y a dar palmadas, como si las palabras de Cristóbal fueran indicios de una locura o sinrazón. Afirmaban que al final del Océano había una cascada inmensa llena de monstruos y que los barcos se despeñarían allí y que todos los marineros, incluido Cristóbal, morirían. Otros, más avisados, asegu-raban que la expedición de su amigo fracasaría sin duda porque, para llegar a las Indias, no había más camino que el Cabo de Buena Esperanza.
-¡Ea, Cristóbal! -dijo un marinero anciano. Para que pudieras llegar a las Indias navegando hacia occidente, ¡la Tierra debería ser redonda! Ho, ho, ho... ¡No he oído otra cosa más divertida en mi vida!
-¡Sí! -dijo riéndose Gonçalves. Y si fuera redonda... ¡los moros se caerían hacia los lados! ¡Ja, ja, ja!
-¡Y el agua se derramaría! -vociferó otro, mientras se desternillaba de risa.
-¡Sí, sí! -exclamó Da Pinto, burlándose del joven capitán. ¡La Tierra es redonda como una pelota!
-Redonda como un huevo -dijo Cristóbal enojado por tantas risas.
Los marineros callaron y todos pensaron que aquel muchacho había perdido el juicio y que se arriesgaba a que lo excomulgaran o lo condenaran a la hoguera, porque en aquellos tiempos las palabras de Cristóbal eran tanto como una herejía. Gonçalves tomó un huevo de la cesta que había sobre la mesa y lo colocó en un plato: el huevo comenzó a rodar de un lado para otro, sin rumbo fijo. Así quería demostrar que la Tierra no podría sostenerse y que la argumentación de Cristóbal carecía de sentido. Sin embargo, el joven capitán tomó el huevo en su mano y lo agitó con fuerza, de manera que la película de grasa que rodea la yema se rompiera: después lo colocó sobre el plato por la parte más ancha y el huevo quedó inmóvil. De este modo enseñó que una esfera podía sostenerse por sí misma, y que así estaba la Tierra suspendida en el espacio. Del mismo modo, siendo la Tierra redonda, podría llegar a las Indias dando la vuelta al globo.
Esta anécdota, que algunos autores sitúan en otros lugares y circunstancias, dio origen a la expresión «el huevo de Colón», que se emplea para describir acciones o ideas que son en apariencia difíciles, pero finalmente se resuelven con ingenio.
Cristóbal Colón creyó realmente que las tierras descubiertas por él en 1492 eran las Indias, es decir: Asia. Sin embargo, pronto se conoció que el paraíso encontrado al otro lado del Atlántico era un nuevo continente, maravilloso y fértil, y en el cual se sucederían las aventuras, las leyendas y las historias inverosímiles durante los siglos siguientes.

Fuente: Jose Calles Vales

0.096.3 anonimo (portugal) - 018

La torre del oro de sevilla

Todas las ciudades y pueblos de España pueden contar leyendas, a cada cual más llamativa y apasionante, pero la audacia imaginativa de los andaluces conviene destacarse. Es por ello que en Andalucía cada casa, cada plaza y cada esquina son pruebas de un pasado legendario, misterioso o sobrenatural.
Una de estas pruebas irrefutables es la Torre del Oro. Como se sabe, la torre sevillana vecina del Guadalquivir es una de las maravillas andaluzas y uno de los símbolos de la ciudad. Cualquier sevillano bien nacido asegura que la Torre en cuestión estuvo «verdaderamente» cubierta de oro en tiempos de los musulmanes, y que su resplandor podía verse desde las marismas e incluso desde el mar abierto. Los más exagerados afirmarán que la Torre no sólo estaba cubierta de oro por fuera, sino también ¡por dentro!, lo cual es bastante probable teniendo en cuenta el uso que se le dio en los siglos XV y XVI.
Sin embargo, la leyenda más atractiva respecto a la hermosa Torre del Oro es la que tiene como protagonistas a una hermosa joven y al rey don Pedro I, llamado el Cruel, allá por el siglo XIV. De este rey se cuentan los hechos más sanguinarios y despóticos, y la tradición lo ha colocado como personaje central de narraciones donde es necesario un malvado o un tirano. Pues bien, este don Pedro se había enamoriscado de una dama sevillana cuya hermosura se alababa en todos los patios de Sevilla. La joven, cuyo nombre no se conoce a punto fijo, estaba ya casada con un caballero, pero éste se hallaba fuera de la ciudad por precaución, ya que era de todos conocido que estaba aliado con don Enrique, el hermanastro de don Pedro. Otras versiones aseguran que, simplemente, el caballero estaba «en la guerra». En lo que todos los sevillanos están de acuerdo es que don Pedro comenzó a asediar a la joven y que, cuanto más la veía, más enamorado estaba de ella. Sin embargo, la dama era muy pudorosa y, para evitar tentaciones, se recluyó en un convento a la espera del regreso de su amado esposo.
No gustó nada esta resolución en la corte de don Pedro y, sin tardanza, ordenó que se profanara el retiro conventual y se secuestrara a la hermosa dama. ¿Para qué decir los llantos y las amarguras de la joven prisionera? Los sevillanos aseguran que su pelo era tan semejante a las madejas de oro que de esa comparación le viene el nombre a la Torre donde fue encerrada. Los pescadores del Guadalquivir y los ciudadanos tenían tanta lástima por la muchacha como temor del rey, de modo que comenzaron a hablar de la Torre del Oro por no decir la «Torre de la prisionera» o la «Torre de la infamia», como convenía al caso.
Amargada por su funesta suerte, la dama quiso evitar la causa de sus desdichas y se hizo rasurar la cabeza, mientras lanzaba sus cabellos de oro por un ventanuco de su prisión. Este suceso asombró a los sevillanos, los cuales renunciaron a llamar de otro modo cualquiera a la Torre desde la cual habían visto caer oro verdadero y cierto.
No contenta con tal hazaña, la hermosa joven quiso marcarse el rostro con un puñal y pidió a la vieja que la custodiaba un arma para desfigurarse. La vieja, avarienta y pérfida, salió de la celda, mas, en vez de buscar una daga, se fue a palacio y contó al rey todo cuanto había hecho la joven y cuanto deseaba hacer.
-¡Maldita sea mi suerte! -gritó don Pedro al conocer los hechos, y corrió hacia la Torre donde estaba la dama de los cabellos de oro.
Ya en la Torre, don Pedro perpetró horribles crímenes contra la virtud de la dama y, dejándola humillada y malherida, renegó de ella.
Se dice que la joven volvió al convento y que allí murió de pena y de vergüenza, mucho antes de que su marido regresara.
La maldición que don Pedro hiciera sobre sí mismo se vio cumplida años más tarde en el castillo de Montiel, en la actual provincia de Ciudad Real. Para resolver los derechos de sucesión al trono de Castilla, don Enrique de Trastámara convino una reunión con don Pedro el Cruel y, una vez allí, la conferencia acabó en disputa. Varios nobles se echaron sobre don Pedro y allí mismo quedó muerto. Preguntado Beltrán de Guesclin si había ayudado a don Enrique en el asesinato de su hermanastro, el noble francés replicó: «Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor». Acaecieron estos hechos en el año de 1369.

Fuente: Jose Calles Vales

0.099.3 anonimo (andalucia) - 018