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viernes, 3 de mayo de 2013

La calle del hombre de piedra

Los caballeros de Sevilla decían que el Mateo era un fanfarrón, un bravucón de mucho pico y poca espada. Las damas, por el contrario, adoraban su porte gallardo y la galantería con que las trataba. Se decía que había seducido a trescientas mujeres sevillanas y que estaba muy avezado en el arte de escapar por los balcones. En una ocasión, Mateo fue perseguido por un marido celoso hasta una taberna del barrio de Santa Cruz. El hombre cornudo pudo seguirlo porque el amante de su mujer iba dejando un rastro de pétalos de geranio por las calles de Sevilla: las flores se le habían quedado prendidas en su capa al saltar por la ventana... pero este desgraciado nunca llegó a encontrarlo y no pudo vengarse de su infamia.
Otras muchas cosas se dicen de este Mateo, llamado por algunos el Rubio. Por ejemplo, según aseguran algunos sevillanos, este donjuán había pasado a América, donde había hecho fortuna con las minas de oro y, por esta razón, se le llamaba Rubio, por el color del oro. Los más entendidos afirman que en cierta ocasión entró en el palacio de los duques de V*** en busca de la joven Elisenda, pero cuando Mateo y la muchacha estaban trabando razones amorosas entró en la alcoba la hermana de la doncella, Elisa, y los sorprendió. Ni corto ni perezoso, Mateo dijo a la intrusa: «Si os quedáis, os contaré lo que decía a vuestra hermana». Y cuando estaba con ambas, vino la hermana mayor, que se llamaba Elvira, pero Mateo le dijo: «Si os quedáis, os contaré lo que decía a vuestras hermanas». Y así lo hizo. Mas, cuando trataba a las tres doncellas, llegó la duquesa, y sorprendió a los cuatro. ¿Qué diréis que dijo Mateo? «Pasad, noble marquesa, que yo os contaré lo que decía a vuestras hijas.» Y en aquel palacio pasó Mateo siete días con sus siete noches, aprovechando que el duque de V*** estaba en la guerra de Flandes.
Pero Mateo no es recordado en la ciudad de Sevilla por sus hazañas amorosas, sino por su impiedad. Su altanería y su soberbia le habían llevado a renegar de Dios, y con frecuencia solía decir que siempre tendría tiempo para arrepentirse:
-¿No dicen los clérigos que con arrepentirse en el último instante Dios nos perdonará? Pues sea, que aún tengo tiempo para gozar de la vida.
Cierto día estaba nuestro bravucón en una taberna con otros amigos suyos, hablando de estas cuestiones o de otras parecidas, cuando sonó la campanilla de un viático. Era costumbre (y ordenanza real) que todos los transeúntes se quitaran el sombrero y se arrodillaran al paso de un viático o procesión de extremaunción. Los guardias tenían orden de arrestar a quien no cumpliera este precepto, propio de gentes piadosas que ven pasar a un sacerdote con los instrumentos del último sacramento.
Todos en la taberna se levantaron con la intención de salir a la calle y cumplir las órdenes reales y, al fin, era muy humano honrar al moribundo que iba a ser asistido en su último instante. Todos, como decimos, salieron a la calle con ánimo contrito, pero Mateo refunfuñó:
-¡Dita sea! ¡Otro muerto al hoyo! ¡Pues yo no me quitaré el sombrero, que ahí enfrente vive una mocita bien galana que quiero enamorar y si me destoco no luciré estas plumas tan hermosas que he mercado esta mañana! ¡Ni me arrodillaré, que hoy mismo he comprado estas medias de a nueve reales y no quiero que se me embarren!
Pasaba la comitiva fúnebre y todos los paseantes se arrodillaron como convenía, excepto Mateo el Rubio, que se puso de jarras en medio de la concurrencia y se envaneció de su soberbia. Entonces se abrió el cielo y pareció que la tierra se partía en dos: un rayo fulgurante cruzó las etéreas salas (como dijo el poeta) y fue a caer en la frente de Mateo, que se convirtió en pura piedra. El barro cedió a sus pies rocosos y se fue hundiendo en el lodazal hasta medio cuerpo. Y allí se quedó para siempre, sin arrepentimiento y condenado eternamente a las llamas del infierno.
Desde entonces, la calle del Buen Rostro (entre Santa Clara y Jesús del Gran Poder) se llamó la calle del Hombre de Piedra. Y quien pase por allí aún podrá observar una piedra: si abre bien los ojos descubrirá los rasgos de un hombre con el gesto asombrado y aterrorizado. Pues bien, el hombre al que está mirando es Mateo, el Rubio.

Fuente: Jose Calles Vales

0.099.3 anonimo (andalucia) - 018

Granada

Corría el año de 1481 y Muley Hazén entraba en la maravillosa ciudad de Granada con sus ejércitos. Venían de cumplir una gloriosa hazaña: la conquista de Zahara. Tras el rey moro venían cuatrocientos guerreros montando caballos blancos; llevaban las lanzas adornadas con cintas de colores; las adargas blancas y las mallas ajustadas y lucientes; las aljubas escarlatas brillaban como cl sol; las plumas, los mantos con bordados de oro, las espuelas plateadas, los estribos remachados... Todos eran caballeros cumplidos, los mejores que hubo en Granada, y volvían de Zahara con un gran botín: los cofres de oro y brillantes, espadas de Toledo, escudos de Castilla... y los moros de la Alhambra recibieron a su rey entre vivas de alegría y contento.
Sin embargo, un tesoro traía el rey, para él lo más querido: la joya más preciosa de los castellanos estaba ahora en su poder. Era doña Isabel de Solís, la mujer más hermosa que vieran ojos moros, la más dulce y de buen corazón. Venía en un caballo negro, cubierta la cabeza con un manto grana, y escoltada por seis guerreros almohades engalanados como reyes.
Muley Hazén la llevaba a Granada como prisionera, pero el monarca no sabía que era su corazón el que estaba ya encadenado: amaba casi sin saberlo a doña Isabel y poco a poco su pasión se convirtió en locura. Veía a la hermosa cristiana pasear por los jardines de la Alhambra y ella era la flor más hermosa, la más delicada y fragante.
En cierta ocasión, el rey estaba espiando a su hermosa cautiva desde una celosía y se retorcía las manos preguntándose cómo podría poseerla y hacerla su esposa. Con él estaba el astrólogo Ben Amed, que era también doctor y sabio de la Ley de Alá. El alfaquí conoció de inmediato las pasiones del rey y le dijo:
-Muley Hazén, abrid los ojos y ved si habéis conquistado Zahara o Zahara os ha conquistado a vos. Las estrellas vaticinan la ruina de Granada y las cenizas de vuestros enemigos se levantarán contra vuestro reino...
-¡Callad, maldito agorero! -gritó el rey.
La dulzura y belleza de doña Isabel cautivaron al moro y a los pocos días se les pudo ver conversando entre los jazmines de la Alhambra.
Los historiadores no han podido averiguar si doña Isabel amaba fielmente a Muley Hazén o si sus actos procedieron del temor y el cautiverio. Lo cierto es que la cristiana abjuró de su religión y se convirtió al Islam, llamándose desde entonces Zoraya. Algunos meses después, el rey la tomaba por esposa de su harén y favorita de la corte.
Ha de saberse que este amor irritó a muchos: los Abencerrajes, familia poderosísima en Granada, no veían con buenos ojos la preponderancia de una infiel en la Alhambra y consideraban que aquella situación era peligrosa, con riesgo de traición. Con más odio y rencor se comportaba Aixa. Esta mujer había sido, hasta la llegada de doña Isabel, la favorita del rey y su esposa predilecta. Con ella el monarca había tenido varios hijos, de los cuales el primogénito era Boabdil, llamado a ser el sucesor de Muley Hazén y rey de Granada. Aixa recelaba de Zoraya, la renegada, porque suponía que los hijos de ésta arrebatarían el trono a los suyos; pero aún más le dolía el desprecio con que el rey la trataba desde que doña Isabel llegó a la Alhambra.
El resentimiento y los rencores comenzaron a extenderse por todo el palacio. Aixa conspiraba a espaldas de Muley Hazén e instigaba revoluciones y acechanzas. Contaba, para ello, con los Abencerrajes, los cuales juraron fidelidad a Boabdil, el heredero. Éste fue el comienzo de las guerras civiles de Granada, en las que unos estaban a favor del rey legítimo y su adorada Zoraya, y otros luchaban por la herencia de Boabdil, esgrimiendo la traición de Muley Hazén.
Por entonces doña Isabel se había rodeado de príncipes y caballeros favorables a la conquista cristiana y, desde sus puestos, hacían pactos con Isabel y Fernando, reyes de Castilla y Aragón. Con ira veían los Abencerrajes que su reino se perdía sin remedio y con gran odio Aixa comprobaba que su hijo Boabdil jamás se sentaría en el trono de la Alhambra.
Zoraya logró infundir en el corazón del rey un rencor ponzoñoso y le convenció de que los hijos de Aixa tramaban su muerte. Viendo las guerras que los moros tenían entre sí, Muley Hazén comprendió la verdad de este consejo y mandó degollar a todos los hijos de Aixa, pero ésta actuó con sagacidad y escondió a Boabdil en una torre donde nadie podía encontrarlo. Grandes lamentos se hicieron en la fortaleza cuando se supo que los herederos habían sido muertos y decapitados. No acabaron aquí los sufrimientos, porque el rey ordenó que se presentaran ante él los Abencerrajes y en su presencia los hizo matar a todos sin piedad.
Los fuegos y las batallas podían verse desde las torres de la Alhambra: moros contra moros, hermanos contra hermanos, el reino de Granada se perdía sin remedio. Muley Hazén observaba con dolor este lamentable espectáculo, pero se resistía a ceder el trono a nadie. Unos y otros pedían ayuda a los cristianos, los cuales contemplaban con gusto cómo los sarracenos se mataban entre sí, haciendo más fácil la conquista de los reinos granadinos.
Aixa encendió el corazón de su hijo Boabdil. Éste era un muchacho débil y pusilánime, y sólo por orden de su madre se puso al frente de los Abencerrajes que aún quedaban vivos y de otros caballeros valientes. En el campo y en la montaña se emprendían violentas batallas y los muertos se contaban por miles.
A la vista de estas desgracias, el rey se sentía abatido y recordaba las profecías de su astrólogo. Lamentaba profundamente las guerras civiles y la inútil muerte de sus compatriotas. Envejecido prematura-mente, Muley Hazén dejó el trono a su hermano Abdallah y una noche salió de la ciudad: una pequeña guardia de siete hombres custodiaba la deshonrosa huida del rey humillado. Tras él iba Zoraya, que veía cómo sus deseos de reinar en Granada se tornaban humo. Lentamente fueron ascendiendo hacia las cumbres nevadas, casi sin rumbo. Se dice que el rey, pronto a la muerte, quiso llegar a la Alcazaba Cadima, pero su caballo no quiso detenerse y siguió más allá y más allá... Los granadinos afirman que acabó sus días en las altas cumbres de Sierra Nevada y que está enterrado en las estribaciones de la montaña que lleva su nombre: Muley Hazén, o Mulhacén. De Zoraya o Isabel, las noticias son confusas: hay quien asegura que su corazón no pudo resistir tan vergonzosa huida y que murió de miedo y rencor a los pocos días. Otros, firman que doña Isabel fue recibida con honores por los cristianos, porque gracias a sus intrigas había logrado emponzoñar el corazón de los árabes, los cuales habían acabado matándose entre sí.
El caso es que Boabdil no tuvo resistencia en el asalto a la Alhambra. El hermano de Hazén, el cobarde Abdallah, se rindió al cabo de pocos días y el nuevo rey Boabdil y su madre Aixa subieron al trono de Granada.
Isabel de Castilla y Fernando de Aragón apremiaban a sus huestes y la ciudad se vio rodeada de cristianos dispuestos a acabar con la dominación árabe. Diezmados por las guerras intestinas, los moros no pudieron soportar el asedio castellano durante mucho tiempo y, tras crudelísimas batallas, el rey Boabdil, llamado el Chico, entregó la ciudad el día 2 de enero de 1492. Por la puerta de Hierro tuvo que huir una noche de terror y sangre, y subió a las montañas como antes había subido su padre, lleno de amargura y remordimientos. Al volverse atrás, con los ojos arrasados en lágrimas, vio por última vez la joya de los musulmanes: la ciudad de Granada y la fortaleza roja, la Alhambra. Allí ondeaban gloriosas las enseñas de Castilla y León, y al ver cuánto se perdía, Boabdil se arrodilló en tierra y comenzó a llorar con una pena que rompía el alma. Pero su orgullosa madre lo miró con desprecio y le dijo:
-Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre.

Fuente: Jose Calles Vales

0.099.3 anonimo (andalucia) - 018

Don alonso pérez de guzmán en la torre de tarifa

A duras penas podía don Alonso contener el ímpetu de los moros: por un lado y por otro acosaban a los cristianos de Tarifa y, a pesar de la heroica defensa de la ciudad, el capitán temía que muy pronto los sarracenos tomarían la fortaleza.
Don Alonso Pérez de Guzmán se hallaba en su alcoba pero no podía dormir: desde su torre podía ver los fuegos del campamento ene­migo y aun pensaba que en cualquier momento los moros aparecerían sobre sus corceles salvajes y que atacarían una vez más su ya maltrecha ciudad. Así había pasado muchas noches, esperando el asalto definitivo, pero los infieles siempre esperaban hasta el amanecer y entonces los soldados de uno y otro bando se enfrentaban cruelmente. Si los moros eran osados en el asedio, los cristianos no les andaban a la zaga. Se fundía plomo, se calentaba aceite, se apilaban las rocas, se aguzaban las espadas y las lanzas, se tensaban los arcos: toda la noche era febril agitación en el castillo, esperando el nuevo asalto sarraceno. Pero los días pasaban y Tarifa no se rendía.
Sin embargo, don Alonso estaba ahora amargado: los moros habían raptado a su joven hijo y lo tenían preso en el campamento. Los vasallos le habían dicho que el muchacho había cometido una imprudencia y que había salido del castillo solo, con la intención de matar al caudillo sarraceno. Las noticias en este punto eran confusas y hubo quien aseguró que ciertos espías lo habían prendido dentro de la propia fortaleza... ¿Qué importaba ya? Lo único cierto, lo único verdadero era que su hijo estaba en poder del enemigo y que su vida corría peligro.
Apenas lograba recordar don Alonso las heroicas proezas de otros tiempos. Durante mucho tiempo estuvo al servicio del sultán de Marruecos, combatiendo a su lado contra otros moros que deseaban su perdición. Desde los desiertos africanos había regresado a España, acudiendo veloz a la llamada del rey Alfonso, el cual también tenía dificultades para doblegar la soberbia de su hijo Sancho. Fue precisamente Sancho quien le encomendó defender la plaza de Tarifa contra los moros y era en este lugar donde la tragedia se veía llegar. Toda una vida, en fin, dedicada a la guerra, andando de acá para allá buscando honores y victorias... para al fin rendir cuentas a Dios en el extremo del mundo, en Tarifa. Desde la torre del castillo, don Alonso podía ver las dos partes del mundo: África a un lado, Castilla al otro, y tan amadas eran para él unas tierras como las otras.
La amargura por la pérdida de su hijo aumentaba en la consideración de la triste vida que le había concedido el destino: siempre con el escudo preparado, siempre con la lanza en ristre, siempre acuciado por las intrigas políticas, siempre yendo de un lugar a otro, sin paradero ni alegría. ¡Si entre los moros acechaban los mismos cristianos! ¡El mismo infante don Juan ayudaba a los sarracenos! ¡El mismo hermano del rey lo asediaba tan fuertemente!
Por fin clareaba: la noche había pasado y en el campamento sarraceno había gran agitación: los moros iban de un lado para otro dando voces y llamando a Alá constantemente. Don Alonso imaginó que en aquella tienda púrpura y blanca estaba su amado hijo, la única esperanza de su vejez, el único honor de su casa. Quién sabe si en aquel precioso amanecer una daga traidora se hendiría en su pecho o si una cimitarra violenta le cortaría el cuello. Acaso cometieran la infamia de ahorcarlo frente a la torre de Tarifa, para dar más pena al padre...
-¡Basta de penas! -gritó don Alonso en su alcoba. ¡Ah de la casa! ¿No hay nadie que vele en el castillo cuando su señor está despierto? ¡Los míos, los míos! ¡Preparad los calderos de aceite hirviendo! ¡Aprestad las armas! ¡Hoy verán esos perros con quién se están jugando la vida!
Aún estaba el sol rojo en oriente cuando el castillo bullía en actividad frenética: las mujeres preparaban el condumio, los hombres hacían sonar sus armas, los niños apilaban rocas en la muralla, los capitanes disponían los turnos y las escuadras, los viejos martilleaban en los yunques y afilaban las espadas...
El mismo don Alonso estaba en la torre observando el campo enemigo. Para su desgracia, los musulmanes no hacían preparativos de guerra. Bien al contrario, se podían ver algunos soldados reunidos en corros, como si estuvieran en tiempo de paz: unos parecían conversar amigablemente, otros jugaban a los dados y otros dormían como perros al sol. Sólo, de tanto en tanto, se reunían los capitanes en la famosa tienda adornada con los colores púrpura y blanco. Pronto comprendió don Alonso que aquel día no habría batalla y que los sarracenos pretendían que Tarifa se rindiera por el dolor de un padre: esperaban seguramente que don Alonso se arrastrara como una prostituta para pedir la liberación de su hijo, que se humillara ante ellos y que rindiera la plaza a cambio de la vida de su vástago.
Al fin, desde el campamento musulmán, salieron diez hombres de a caballo. Entre siete soldados ataviados con ropas nobles a la usanza mora iban los caballeros principales: allí venía con aire soberbio don Juan, al que los tarifeños llamaban el Perro, y el famoso caudillo árabe cuyo nombre no se debe pronunciar. Entre ambos, sobre un caballo negro y con las manos atadas, venía un muchacho joven... apenas quince años tendría, con el semblante serio y la mirada fija en la torre. Desde este lugar lo observaba su padre, con los ojos nublados por las lágrimas: allí llegaba su hijo amado, lo único que en la vida le quedaba.
Llegó la comisión mora a los pies del castillo y don Alonso apenas podía contener su furia. Así habló el infame sarraceno:
-¡Tú, Alonso Pérez de Guzmán, llamado el Bueno: aquí tienes a tu hijo! ¡Te decimos que entregues la plaza de Tarifa o tu hijo morirá!
Don Alonso escuchaba en lo alto de la torre y miraba a su hijo que, con ojos llorosos, pedía clemencia a Dios. Entonces, el heroico defensor de Tarifa tomó una daga de su cintura y con gesto de desprecio se la lanzó al sarraceno, diciendo:
-Ahí tienes mi puñal: mátalo si es tu gusto, pero Tarifa no se rinde.
Y se volvió a sus aposentos, donde lloró amargamente.
Don Alonso Pérez de Guzmán, llamado el Bueno, murió poco después, en el año 1309, habiendo dejado en la Historia amplio y venerado recuerdo.

Fuente: Jose Calles Vales

0.099.3 anonimo (andalucia) - 018

Leyenda de cambaral, el pirata

En la preciosa localidad asturiana de Luarca existe un puente llamado del Beso. Los parroquianos conocen, en términos generales, el origen legendario de este hermoso lugar, pero pueden escucharse distintas versiones y cada una es distinta dependiendo de la imaginación del narrador. Por ejemplo, los luarqueses más tradicio-nales hablan de un pirata moro llamado Cambaral que asoló las costas asturianas en la Edad Media; otros, en cambio, citan a un normando (también pirata) utilizando el mismo nombre: Cambaral o Gambaral. Lo cierto es que el barrio pesquero de Luarca se denomina, precisamente, así: Cambaral. La historia, en su conjunto, también tiene distintas versiones, de las cuales se ha escogido la que parece más sentimental y épica.
Allá por los siglos oscuros, cuando Europa estaba sumida en las tinieblas, vivía en la terrible Albión una joven hermosísima. El señor de aquellas tierras se enamoró de esta muchacha y, con engaños y traiciones, la llevó a una cueva que los nativos llamaban Khaan-baral, y allí la forzó y la deshonró. Avergonzada y humillada, la joven no quiso volver al pueblo y vivió en aquella gruta durante varios meses: al fin, de aquella horrible violación, nació un niño, pero su madre murió en el parto. Un discípulo del famoso mago Merlín encontró al niño recién nacido y lo trasladó a su humilde morada, situada en los inaccesibles acantilados de Dover.
El muchacho fue creciendo sano y haciéndose fuerte, y a cada instante mostraba la osadía de su padre y el buen corazón de su madre, pero el mago nada quiso decirle de sus progenitores hasta que el mozo no cumplió los diecisiete años. Cumplida esta edad, el mago, que se veía ya con las agonías de la muerte, quiso que el joven Khaan-baral supiera el porqué de su nombre y el principio de su vida. Todo se lo contó el brujo, sin esconderle nada y, finalmente, le dijo:
-¡Ay, amado hijo! Tu vida está escrita en las estrellas y los astros te auguran triunfos y glorias; mas sé precavido, porque desgraciado fue tu nacimiento y desgraciada será tu muerte.
Durante algunos años el joven huérfano vivió solo, lamentando la pérdida de su tutor, el mago. Pero al fin, lleno el corazón de ánimo, salió a los caminos en busca de aventuras. Acostumbrado a la vista del mar, pensó que su destino estaba sobre las olas del océano y muy pronto se enroló en los bajeles piratas que asolaban las costas de Francia y España. Tuvo que arreglárselas para sobrevivir en las tempestades, en las batallas costeras y en los motines, pero al fin, en todos los caminos del mar era conocido su nombre: el pirata Khaan­baral.
No transcurrió mucho tiempo hasta que nuestro héroe tuviera su propio barco, robado, según se dice, a unos moros cerca de las costas de Galicia. Era un bajel pequeño, pero volaba sobre las crestas espumosas e infundía temor a todos cuantos lo veían. Acompañado de treinta hombres, los más fieros de Bretaña, Escocia y Normandía, el pirata Khaan-baral avasallaba en las poblaciones costeras, incendiando las casas, violando a las mujeres, robando en las capillas y segando las cabezas de hombres, viejos y niños. Nada temía el pirata y, en alta mar, celebraba sus hazañas con cerveza hasta que la luz del sol volvía a brillar en oriente.
Se empecinó el capitán pirata en dirigir su proa a las costas asturianas, porque había oído que en aquellos montes residía entonces la corte hispánica que, a duras penas, podía impedir el asalto de los sarracenos. Así era, en efecto, y los asturianos ya tenían muchas dificultades para luchar contra el moro, hasta el punto que habían concedido enviar a los musulmanes cien doncellas anuales a cambio de una paz duradera.
El caso es que muy pronto Khaan-baral tuvo ante sí las costas de Ribadeo, Viavélez, Luarca, Canero y Cudillero. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro y ordenó a sus hombres que se aprestaran al combate. Una y otra vez asaltaron los puertos y las aldeas, quemándolo todo y destruyendo cuanto hallaban a su paso. Con gran algarabía volvían a mar abierto, pero la sed de violencia y oro no les permitía descansar: los pequeños barcos asturianos que se dedicaban a la pesca acababan encendidos en fuego y, finalmente, hundidos en el abismo. Incluso los rudos barcos de Vasconia que cruzaban aquellas aguas en busca de ballenas perecían a manos del temible pirata.
Por aquel entonces vivía en Luarca el señor de San Cristóbal, llamado don Ramiro. Sus súbditos le pedían que hiciera frente al bandido, pues ya no era soportable tanta mortandad y deshonra: sus casas, derruidas o incendiadas; sus mujeres, maltratadas; sus barcos, perdidos. Incluso la misma ciudad de Luarca había sufrido en varias ocasiones la ira del cruel Khaan-baral. No era necesario que los luarqueses se quejaran ante su señor: bien sabía éste que había que poner fin a tanto desastre.
Sólo una idea ocupaba el pensamiento de don Ramiro: apresar al pirata y entregarlo a la justicia. Para ello, acabó formando una pequeña flota de seis barcos, no muy aprestados para la guerra, pero suficientes para atemorizar a Khaan-baral. Además, don Ramiro confiaba en sus guerreros: cierto era que éstos estaban más acostumbrados a luchar en tierra firme y contra los moros, pero de algún modo había que poner coto a los desmanes del pirata.
De modo que, cuando el farero anunció que en el horizonte se divisaba la bandera del pirata, la escuadra de don Ramiro se hizo a la mar. Al cabo de pocas horas lo tenían rodeado, más porque Khaan­baral pensaba en abatirlos que porque no pudiera huir. En fin, la lucha fue feroz y la sangre corría de proa a popa en los barcos. Los soldados cristianos apenas podían sostenerse en cubierta, pero eran más en número y estrechaban a los piratas con sus espadas. Los abordajes se sucedían y pronto el bajel del corsario se vio envuelto en llamas: la vela ardía y las jarcias se desprendían de los mástiles; rodaban los toneles de cerveza y las cabezas de los muertos; el timonel pirata yacía atado en su puesto y algunos soldados caían por la borda vomitando sangre...
-¡A ellos! -gritaba don Ramiro desde el puente de su bergantín. ¡A ellos a muerte!
-¡Ea, mis valientes! -gritaba desesperado Khaan-baral. ¡Acabad con estos arenques!
Pero no pudo ser. Los asturianos eran muchos y bien armados, y finalmente la batalla fue ganada por las naves de don Ramiro. ¡Espectáculo sobrecogedor! En los barcos y en el agua yacían los cuerpos ensangrentados de unos y otros; los quejidos y lamentos se dividían en varias lenguas y, a buen seguro, todos pedían a Dios que los librara del infierno; el bajel pirata estaba casi hundido y envuelto en cenizas...
El señor de San Cristóbal hizo trasladar a los heridos asturianos a un barco y, después, hizo lo propio con los piratas. También se buscó al capitán vencido, y fue hallado en la proa, con una lanza que le atravesaba una pierna. Mas aún vivía.
-¡Llevadlo a tierra! -dijo don Ramiro-. Cuando sane de sus heridas, será ahorcado.
Así se hizo todo como quería el señor, y los prisioneros fueron encerrados en la prisión del señorío y guardados con setenta soldados. Los marineros piratas fueron colgados al día siguiente, estuvieran heridos o no. Pero el capitán Khaan-baral fue acomodado en una habitación del palacio, como convenía a su estado y según las leyes de la caballería.
La desgracia quiso que fuera la misma hija de don Ramiro quien se ocupara de sanar las heridas del extranjero. Y fue desgracia porque, en tanto que María vio al pirata, quedó prendada de él. Con el tiempo, la fiebre y los delirios del enfermo remitieron, y Khaan-baral se encontró en una alcoba dispuesta con el mayor lujo. No fue esto, sin embargo, lo que más le sorprendió; sino ver a aquella hermosísima joven que le prodigaba todos sus cuidados y cariños.
Pasaban las lluviosas tardes de Asturias y curaba la herida del pirata. Y las miradas de Khaan-baral y María bien indicaban lo que uno sentía por el otro. No hubo más, sino que se declararon su amor apasionadamente. Sin embargo, ambos conocían que el destino les separaría irremediablemente: don Ramiro, viendo la mejoría de su prisionero, había mandado construir el cadalso y había prevenido al verdugo que en tres días el extranjero estaría colgando de la horca.
El llanto anegaba los corazones de los amantes: María, hermosa como las flores de la primavera, no podía soportar la idea de ver muerto a su querido. Khaan-baral, arrepentido de su vida extremada, no pensaba sino en buscar una casa lejana donde colmar de felicidad a su amada. Y, con todo, ambos sabían que la felicidad estaba negada para ellos.
No pudiendo sufrir tanta angustia, María vino una noche a la sala donde descansaba su amante y le dijo:
-¡Ay, amor mío! Mi padre ha dispuesto que mañana, antes del amanecer, se te quite la vida, y si tú mueres, moriré yo sin remedio. ¡Huyamos! Conozco un pasadizo secreto que lleva al mar: allí tomaremos un barco y olvidaremos para siempre estos amargos recuerdos. ¡Huyamos, amor mío!
Y así lo hicieron. Aunque Khaan-baral apenas podía caminar, cruzaron la oculta galería y fueron a dar al mismo borde del mar, junto a las rocas. Cansado y febril, el pirata se detuvo un instante, y con los ojos arrasados en lágrimas de agradecimiento contempló los de su enamorada. Allí, con el corazón henchido de amor, abrazó a María y la besó tiernamente.
Los dos amantes no pudieron ver la sombra que les acechaba: un hombre saltó tras ellos y, de un violentísimo tajo, decapitó a los ena­morados en aquel postrero beso. Los cuerpos ensangrentados perma­necieron abrazados unos instantes y, al cabo, se desplomaron sin dejar de amarse en la dulzura de la muerte.
Don Ramiro apartó su capa, enfundó su espada y se volvió al palacio.
Al día siguiente, unos pescadores hallaron los cuerpos inertes de los amantes, aún abrazados. En ese mismo lugar se construyó un puente, que los habitantes de Luarca llaman el Puente del Beso, en recuerdo de aquellos jóvenes cuyo amor acabó de modo tan trágico. El barrio de pescadores lleva el nombre del pirata: Cambaral.

Fuente: Jose Calles Vales

0.103.3 anonimo (cataluña) - 018

La cova del drac

Cuenta esta leyenda que, en el antiguo reino de Cataluña, durante el transcurso del siglo IX, un terrible dragón se había instalado en una cueva en la altísima montaña lla­mada San Lorenzo de Munt, ubicada muy próxima al pueblo de Terrasa (también llamado Tarrasa).
La Cova del Drac ("la cueva del dragón") era una profunda ca­verna húmeda y oscura que se decía que llegaba hasta el río Llo­bregat. Allí vivía la maléfica criatura que mantenía aterrada a to­da Cataluña.
La bestia gustaba de devorar vivo a todo aquel que se atrevía a pasar cerca de su hábitat, y tenía una especial predilección por los cristianos, a quienes parecía odiar con toda la fuerza de su es­píritu bestial.
Muchas lenguas decían que aquel dragón había sido traído por los sarracenos desde su lejana tierra y que lo utilizaban para custodiar un inmenso tesoro en el que se acumulaban las piedras preciosas y todos los objetos de valor que les habían sido sustraí­dos a riquísimos cristianos en plena invasión árabe.
Otras lenguas decían que los moros lo habían dejado simple­mente para atormentar a las pobres gentes que vivían en ese lugar y de esa forma gozar con su sufrimiento.
Lo cierto era que el dragón constituía una realidad y que na­clie podía andar tranquilo por esas tierras. En un principio no se alejaba de su cueva, pues atacaba y devoraba sólo a aquellos que se atrevían a acercársele. Pero a medida que menos gente fue tran­sitando por ese lugar tan peligroso, empezó a salir a la caza de cualquier peregrino que anduviera desprevenido.
Muchos valientes caballeros habían cabalgado con su lanza en ristre contra aquella monstruosa criatura, pero habían sido devo­rados en el noble intento.
Las gentes del pueblo estaban desesperadas y ya no sabían qué hacer, salvo orar a Dios.
Pero llegó un día en que apareció de los cielos un gallardo caba­llero vestido completamente de luz. Su caballo era blanco como las nubes más blancas, su armadura resplandecía como la más brillante de las luces y el penacho de su casco era blanco como la nieve pura.
El luminoso caballero se detuvo frente a la cueva y con voz es­tridente provocó a la maléfica bestia, que no tardó en salir y en aceptar el reto.
El dragón era una cosa terrible de ver pues su aspecto infun­día pánico en el corazón del más valiente. En cuanto asomó de su cueva, la repugnante criatura lanzó un aullido y largó una poten­te llamarada desde sus fauces de aguzados colmillos.
El caballero esquivó el fuego y por un rato se mantuvieron los dos inmóviles y mirándose el uno al otro. El dragón le clavaba sus ojos fieros y el caballero se mantenía digno y sereno sin demos­trar un ápice de miedo a pesar de que sentía cómo esa mirada te­rrible parecía atravesarle la armadura.
De pronto, el dragón comenzó a rugir nuevamente pero el ca­ballero luminoso no se amedrentó y, arrancando de cuajo un ár­bol (algunas personas dicen que éste árbol era un roble), lo par­tió sobre la cabeza cornuda del dragón y lo dejó atontado por unos momentos.
La bestia había sido sorprendida, pero pronto se repuso y vol­vió al ataque.
Fue entonces cuando el luminoso caballero dio la vuelta y se alejó volando, ante los ojos desesperados de las personas que, de lejos, seguían atentamente la increíble lucha.
Pero cuando todos pensaban que el salvador venido de los cielos se marchaba para siempre y los abandonaba dejándolos con sus esperanzas partidas en miles de pedazos, incluso cuando el maléfico dragón ya daba por ganada la contienda, el caballero luminoso dio la vuelta en el aire, siempre montado en su caballo y empuñando sa lanza, y se abalanzó a gran velocidad contra la bestia.
El dragón se preparó para darle un mordisco mortal y abrió sus gigantescas fauces (de la cual emergía un olor pestilente por los restos descompuestos en sus entrañas de los cristianos que ha­bía ido devorando).
Pero el caballero luminoso fue más rápido y ensartó al dragón. La bestia aulló como nunca antes lo había hecho y toda la tierra tembló.
Entonces el caballero y su mágico caballo arrastraron al dra­gón por los aires, mientras éste se retorcía aún ensartado por aquella certeza lanza.
Y aquellos que fueron testigos de tan increíble hazaña vieron cómo los tres iban subiendo velozmente hacia el cielo, para lue­go perderse entre las nubes y desaparecer para siempre.

0.103.3 anonimo (cataluña) - 016

San andrés de teixido

Se dice que San Andrés estaba triste. La razón, según cuentan, tenía un punto de envidia y otro punto de compasión. Al parecer, San Andrés había observado que de todos los lugares del mundo venían a Galicia los peregrinos. Estos, fuese cual fuese su patria, no dudaban en echarse a los caminos y en hacerse a la mar con el único fin de visitar la tumba de Santiago. Los peregrinos sorteaban grandes dificultades, peligros, enfermedades, asaltos de bandidos... no importaba: lo principal era seguir el Camino Francés que viene desde el monasterio de Cluny, el Camino Inglés, más corto, y que partía en La Coruña, el Camino Portugués o la Ruta de la Plata. Todo por abrazar al Apóstol y ganarse el perdón de los pecados.
No es que San Andrés le tuviera ojeriza a su condiscípulo Santiago, es que no hallaba razón para que éste tuviera tantos devotos y él, ninguno. El santuario de San Andrés se encuentra un poco a trasmano, en el cabo norte de Galicia, llamado Ortegal. Nótese también que el acceso era muy penoso y que a San Andrés de Teixido se llega de muy malas maneras, tras subir cuestas empinadas y pedregosas y tras bajar molestos barrancos.
El caso es que a San Andrés de Teixido no iba nadie, mientras que Santiago de Compostela bullía en contento, algarabía y piedad devota. Estaba en estas meditaciones San Andrés cuando, a la revuelta de un camino, se le apareció Nuestro Señor Jesucristo.
-¿Por qué andas triste y desconsolado, Andrés? -le preguntó.
-Maestro, tengo una gran amargura: que a Compostela van todos los peregrinos del mundo y a mi santuario no viene nadie. Y esto ha de señalar, por fuerza, que algún pecado he cometido y que no me amaste tanto como a Santiago, y por esta razón mi santuario está vacío.
Dicen que Jesús sintió lástima de su discípulo Andrés y tomándolo del brazo le dijo:
-Yo te digo, Andrés, que no fuiste menos que Santiago y que tanto te amé a ti como a él. Y te prometo que nadie ha de entrar en el Reino de los Cielos sin pasar antes por tu santuario. Y quien no haga esta peregrinación en vida, la hará en la muerte.
Por esta razón dicen los gallegos que

a San Andrés de Teixido
vai de morto o que non vai de vivo.

Y así es, en efecto. Muchas gentes, sobre todo en Galicia, no faltan a esta promesa que Jesús le hizo a San Andrés y, a pesar de los muchos inconvenientes que tiene el camino, acuden a San Andrés de Teixido para evitar la peregrinación tras la muerte. Muchos devotos cargan con piedras durante toda la caminata y las depositan en los llamados milladoiros, tal y como se hace en otros tantos lugares santos. Tanto como dura el camino, los viajeros han de tener cuidado con las serpientes, los sapos, los lagartos y otras alimañas propias de aquellas tierras: se dice que en esos animales están encarnadas las almas de los que no quisieron peregrinar en vida a San Andrés y, por tanto, deben hacerlo en muerte, convertidos en esos animales repugnantes.
En fin, peregrino, recuerda las palabras del Santo y no olvides que a San Andrés de Teixido va de muerto el que no va de vivo.

Fuente: Jose Calles Vales - 018

0.105.3 anonimo (galicia) - 018

La torre de hércules (2)

Cuando el poderoso Hércules supo la villanía que había perpetrado Gerión, no lo dudó y lo buscó en todos los lugares, en las playas y en los montes, con la intención de matarlo, pero no pudo dar con él. El infame Gerión ya había abandonado aquellas tierras y, robándole una barca a un pescador, había huido por mar poniendo rum­bo al norte. Estaba el traidor contento y ufano, mofándose y riéndose a solas de la tropelía que había cometido, pero quisieron los dioses que aquellas carcajadas llegaran en el viento hasta tierra y desde un monte costero pudo Hércules ver la embarcación en que Gerión huía. No tardó mucho el héroe en encontrar una barquichuela y menos aún se demoró en hacerse a la mar, persiguiendo al embustero violador.
Gerión confiaba en la ventaja que le llevaba y en las velas que inflaba el viento, porque su barco era un tanto mejor que el de Hércules. Así discurrieron varios días, en los que perseguido y perseguidor se retaban desde sus naves y se alzaban el puño, como amenazándose y maldiciéndose. Por entonces bordeaban la antigua Lusitania y el viento los empujaba a las peligrosas costas de Galicia. El viento del sur hizo su oficio, pero favoreció al traidor llevándolo sobre las olas de modo que Hércules lo perdió de vista y creyó frustrado su empeño.
Gerión creyó que su enemigo jamás lo encontraría ya. Confiado en su fortuna y puesto que Hércules ya no se avistaba en toda la línea del horizonte, decidió poner pie en tierra firme. Fue a refugiarse en las escarpadas costas de Galicia, allí donde los vientos y las olas baten con furia contra las rocas. Se fabricó entonces un chozo con los maderos de su embarcación y, agotado por la persecución, se quedó dormido.
Estaba Hércules furioso por haberle perdido el rastro a Gerión y no hacía sino volver su mirada a un lado y a otro, sin hallarlo por parte ninguna. Pasó la noche en vela, aguzando el oído, por si algún sonido delatara la presencia de su presa; pero la noche era oscura como boca de lobo, el viento soplaba con fuerza y las nubes oscurecían el cielo: lo había perdido. Ya estaba Hércules mesándose los cabellos, desesperado ante este revés de la fortuna cuando el sol comenzó a brillar en el cielo, iluminando las verdes costas de Galicia y, del mismo modo que los dioses le volvieron la espalda durante la noche, ahora lo favorecían con sus designios: en la costa pudo ver una cabaña de pescadores en la que descansar y aplacar su ira.
Cuando entró en la pobre choza un rayo de venganza iluminó su rostro: allí estaba Gerión, durmiendo plácidamente y ajeno a la cruel muerte que le esperaba. Sin embargo, no quiso Hércules actuar como un traidor y agitando el hombro de su enemigo, le despertó.
-¡Levántate, infame! ¡Que los dioses me sean propicios y pueda derramar tu sangre!
Tres días con sus noches duró la fiera pelea en la que Gerión no cedía y Hércules no cejaba. Pero la fuerza sobrehumana de Hércules al fin se impuso, y de un golpe mortal derribó a su enemigo por tierra: con un violento y certero tajo de su espada separó la cabeza del cuerpo de Gerión y éste fue a rendir cuentas a los dioses del cielo.
Hércules derribó las armas de su enemigo, pasó sobre ellas y las enterró. Excavó una fosa en la tierra y arrojó allí la cabeza de Gerión, cubriéndola después con piedras; pero el cuerpo lo arrojó al mar, para que fuera pasto de los peces y de las alimañas marinas. Sobre la calavera de Gerión fue amontonando rocas, unas sobre otras, hasta que el túmulo se elevó veinte pies y se convirtió en una torre, llamada en la antigüedad la Torre de Hércules. Ordenó entonces que se levantara allí una ciudad y que los pobladores de aquellos campos, que andaban entonces dispersos, vinieran y habitaran en las casas conforme se hacía en Grecia, su patria. De todas las mujeres que llegaron, una fue por su hermosura y condición la que más agradó al héroe: la joven se llamaba Coruña y Hércules mandó que, de allí en adelante, la ciudad llevara el nombre de aquella muchacha.
Otras muchas cosas buenas hizo Hércules en aquellas lejanas tierras; entre ellas, ordenó que un fuego perpetuo coronara la torre que llevaba su nombre y que la luz de las llamas no se apagara ni de noche ni de día, para que los pescadores pudieran conocer la distancia que les separaba de la costa y para que todos recordaran la muerte de Gerión, el infame.
Los pobladores recordaron esta leyenda y estamparon en el escudo de la ciudad la figura de la torre, una calavera (la de Gerión) y dos tibias cruzadas. Las seis conchas que también figuran en el blasón de La Coruña se deben a la preminencia de la sede arzobispal de Santiago de Compostela, porque las conchas son el principal símbolo del apóstol.
Los peligrosos acantilados y escollos donde, según la leyenda, se desarrollaron estos acontecimientos reciben el nombre de Costa de la Muerte, no porque recuerden el episodio de Hércules y Gerión sino por­que, desgraciadamente, muchos marineros han perecido en sus aguas. Se dice también que las misteriosas luces de la torre de Hércules atraen a los marineros, cuyas embarcaciones se destrozan en las afiladas aristas de las rocas y que allí las sirenas, los demonios y las brujas devoran los cuerpos de los infortunados pescadores...

De Gerión o de los Geríones hay varias versiones en la mitología griega y latina. Según se refiere en alguna de ellas, este ser fantástico tendría tres cuerpos y tres cabezas; pero en otros lugares se dice que, efectivamente, eran tres individuos diferentes, llamados Euritión, Ortro y Geríones (Gerión). Hércules o Heracles persiguió durante muchos años a estos seres, o a alguno de ellos, y les dio muerte. Gran parte de la persecución tuvo lugar en las costas occidentales (en Hispania) y fue en estas lejanas tierras donde se produjo el maravilloso acontecimiento que se va a relatar: antiguas crónicas narran que Gerión embaucó a la hermana de Hercules y que la violó, pues de este modo quería burlarse de las acechanzas y hostigamientos del semidiós.

Fuente: Jose Calles Vales - 018

0.105.3 anonimo (galicia) - 018