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martes, 27 de agosto de 2013

El pie del romero

Cuentan que el apóstol Santiago el Mayor llegó a España desembarcando en una playa al pie de la montaña de Montjuic y caminó durante toda la noche buscando una ciudad.
Cerca ya de Lérida tuvo la mala fortuna de clavarse una espina en el pie. El dolor le impidió seguir su camino y no lograba sacarse la espina. Por fin, angustiado le imploró ayuda a Dios.
El Señor escuchó la súplica de su fiel servidor y envió a la Tierra a la Virgen María y a un séquito de ángeles que acudieron a socorrerle...
Venimos en el nombre del Señor -explicó la Virgen cuando se acercó al apóstol. Has pedido ayuda y Él jamás abandona a sus fieles. Los ángeles te sacarán la espina que causa tu dolor.
Así fue y el buen apóstol pudo seguir su camino hasta llegar a Lérida, donde continuó con entusiasmo su misión de conseguir nuevos adeptos a la religión de Cristo. Y según cuentan, el lugar donde se detuvo el caminante cristiano y recibió ayuda divina de la Virgen y los ángeles hoy se llama «Pie de romero».

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El pescador y la diosa

En la isla de Lesbos vivía un muchacho llamado Faón que se ganaba la vida llevando pasajeros en su barca.
Cierto día una mendiga le pidió que la trasladase hasta Asia Menor. Era evidente su pobreza, pero a Faón le conmovió su aspecto y, olvidándose del dinero, decidió llevarla.
Al llegar a la costa de Asia y desembarcar la pobre mujer, Faón aún quiso tener un detalle más con ella.
Sacando la mayor de las monedas que llevaba, se la tendió a la vieja mendiga.
Ella le había contado que aún tenía que continuar viaje y Faón pensó que no tendría con qué pagarse más transportes, de ahí su generosidad.
-Gracias, muchacho -dijo ella agradecida. A cambio, recibe este obsequio.
La mujer le entregó un frasco de perfume tan exquisito que el joven Faón supo en ese momento que la viajera era la diosa Venus.
De vuelta a Lesbos, contento por su encuentro con la diosa, Faón se refrescó el rostro con aquel perfume extraordinario.
Al instante quedó convertido en el hombre más hermoso de la Tierra. Desembarcó y se dirigió a Mitilene, donde a su paso fue provocando el asombro de todas las doncellas, que se prendaban de su belleza. Pero especialmente cautivó a Safo, una mujer noble, que se enamoró perdidamente de Faón. Hasta tal punto que, sin el menor pudor, decidió perseguirle sin cesar con sus requerimientos procurando ablandar su corazón.
Sin embargo Faón no demostraba estar enamorado de Safo y ella, dolida por el desprecio de quien había elegido su corazón, un mal día decidió ir al salto de Léucades para curarse de su mal de amor. Allí acudían los enamorados desdichados desde que Venus se había curado del amor que sentía por Adonis tras bañarse en él. Safo se embarcó hacia Léucades, pero, desfallecida como estaba, cayó al agua. Un remolino la enredó entre sus garras y Safo desapareció para siempre.

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El origen de ceeland

Cuando el rey Gyli gobernaba en Suecia, una mujer hermosa visitó su corte.
El monarca quedó prendado de ella y de su dulzura, así que antes de que partiese de nuevo le preguntó:
-¿Puedo hacer algo para demostrar lo mucho que me ha complacido su visita?
Ella contestó que querría una parte de sus tierras: las que pudiese labrar con cuatro bueyes, a lo que el rey accedió. Pero ocurrió que la dama no era humana...
Pertenecía, en realidad, a la familia de los dioses escandinavos y, con su poder, convirtió en bueyes a los hijos que había tenido con un gigante y los unció a un arado.
Trazó surcos tan profundos alrededor del terreno otorgado que la tierra marcada se separó del continente. Entonces los bueyes arrastraron el trozo de tierra hasta el mar... y así nació la isla de Seeland.

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El naufrago rescatado

Un velero cruzaba el mar del Norte repleto de mercancías cuando su capitán advirtió que se aproximaba una tormenta. Erik, el más joven de los marineros, se echó a reír porque a su parecer las aguas seguían tranquilas, pero el viejo lobo de mar insistió en que la tormenta se acercaba y así fue: en media hora se desató. Las olas agitaron el barco y el agua arrastró a Erik, que desapareció sumergido. Cuando se aplacó la tormenta todos le buscaron pero, al no encontrarlo, el velero tuvo que seguir su ruta dando por perdido al joven marinero.
Días después, cuando regresaban por la misma ruta, el vigía gritó que había un náufrago a la vista. Enseguida echaron al mar una chalupa y rescataron al pobre náufrago que, para sorpresa detodos, resultó ser Erik.
-¡Es imposible! –murmuró el viejo lobo de mar-.
En todos mis años de capitán no he conocido a nadie que sobreviviera tantos días nadando en el mar, sin alimento ni agua. ¡Cuéntanos que te ha sucedido!
Erik tenía la mirada perdida y no dejaba de repetir que nadie iba a creerle... porque su relato era tan extraordinario como fantástico:
-Cuando me tiró la ola, algo me arrastró al fondo del océano. Estaba casi inconsciente y agotado, pero respiraba bien, cuando unos brazos de seda tiraron de mí. Sin saber cómo, me encontré en un palacio de algas y corales; el lugar más hermoso que se pueda imaginar. No hay nada semejante sobre la tierra y tanta belleza sólo puede darse protegida bajo las aguas del océano. Pero lo más hermoso era la sirena que me rescató.
Sus cabellos parecían de seda negrísima y sus ojos de purísimas turquesas.
Erik relató que había vivido en el palacio sintiéndose feliz y no se habría marchado, pero la sirena le había dicho que sus compañeros marineros iban a pasar por allí y que ella misma le acompañaría a la superficie. Erik dudó si aceptar, pero comprendiendo que no podía quedarse para siempre en el océano, decidió regresar a su vida normal.
¿Sería verdad su historia?
Erik lo aseguró siempre.

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El monstruo del tejado

Hace años, en la villa francesa de Theil, los vecinos morían atacados por un extraño mal.
Se dieron cuenta de que el mal no atacaba a quienes no salían de sus casas y que sucumbían con más facilidad los que vivían cerca del ayuntamiento. Así, decidieron montar vigilancia en los alrededores hasta que encontraron la causa de todos los males: ¡era un dragón!
El animal vivía en el tejado del ayuntamiento y sólo se le podía mirar cuando dormía, porque si no, se moría fulminado.
-¿Qué podemos hacer para terminar con él? -se preguntaban todos reunidos en consejo.
La única solución que tenemos -dijo un anciano- es utilizar armas de fuego contra él. ¿Pero quién se atreve a subir ahí?
En aquel tiempo había pocas armas de fuego y en el pueblo sólo un joven tenía una.
A él acudieron los sabios del consejo para pedir ayuda, pues no se había topado nunca con la mirada del dragón.
El joven, que encontraba entretenimiento en afinar su puntería y entrenarse para ser el mejor con su arma, recibió de buen grado a los hombres que pedían su ayuda.
No dudéis de que mañana mismo iré al pie del ayuntamiento y terminaré con ese dragón gracias a mi poderosa arma.
Al día siguiente, metido dentro de un tonel en el que había hecho los agujeros adecuados, el joven hizo que lo situasen al pie del edificio del dragón. Actuaba con precaución para evitar que su mirada se cruzase con la de éste. En cuanto asomó los cañones de su arma por los orificios del tonel, sonó un terrible estruendo y las balas certeras fueron a atinar en la frente del dragón que, visto y no visto, se desplomó muerto a los pies del que, desde entonces, fue el héroe del pueblo.

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El lamento de los marinos

Cerca de Córcega y Cerdeña existen unos islotes que visitan los turistas. En cierta ocasión un matrimonio con dos hijos desembarcó en uno de ellos. Mientras los padres descansaban, sus hijos decidieron explorar el centro del islote. Aunque al poco tiempo el muchacho dijo que debían regresar, su hermana insistió en continuar por un sendero.
-Vamos a ver qué hay detrás -le rogó la niña, curiosa.
Y su hermano aceptó.
Cuando llegaron a un cerro vieron que ante sus ojos se extendía una planicie verde en la que, con gran estruendo, apareció una manada de vacas salvajes.
Al regresar junto a sus padres, divisaron un valle que parecía presidido por una enorme cruz.
Justo cuando la vieron, llegó hasta los niños un sonido semejante al de angustiosos lamentos. Se preguntaron qué podía ser aquello y ambos pensaron que debía de haber un viejo cementerio donde se levantaba la cruz, pero no se detuvieron a investigarlo.
Ya junto a sus padres, les contaron todo lo que habían visto. Ellos trataron de persuadirles de que aquel lugar no podía ser un cementerio, pues el oficial se encontraba en otro islote. Rodeando la isla con su barco llegaron al faro y llamaron al centinela para preguntarle si alguien podía guiarles para cruzar el estrecho de Bonifacio.
El farero se ofreció a hacerlo y, durante el trayecto, los niños le hablaron del valle, de las vacas y de la enorme cruz sobre el supuesto cementerio. Al oír su narración el farero exclamó:
¡Así que es cierto lo que dicen!
Y explicó a la familia que otros decían haber visto lo mismo que los niños. Y es que se cuenta que muchos años atrás, un barco naufragó en el islote.
Llevaba más de cien hombres y muy pocos se salvaron. Se dice que éstos hicieron su propio campo santo para sus compañeros y parece ser que sus lamentos son los que aún hoy se pueden oír en el valle.

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El joven desdeñado

En una época ya lejana, vivía en Saint-Michael un joven de gran inteligencia y bondad. Se había enamorado de la hija de unos ricos vecinos, pero ellos no lo querían por su falta de linaje y no permitían que se casaran. Desolado, solía pasear por la playa. Se decía que sumergido en el mar había un castillo donde moraba una bella princesa prisionera de espíritus malignos y a la que sólo se podía ver en la noche de San Juan.
A las doce de la noche el mar se abría y mostraba un acceso al castillo. Una vez en él, para liberar a la princesa, había que encontrar una varita mágica. El joven empezó a obsesionarse con la idea... y acabó creyendo que aquella varita le concedería todos sus deseos. La noche de San Juan el joven fue a la playa y esperó a que sonaran las campanadas de medianoche. Entonces vio que el mar se abría ante sus ojos...
Al fondo de un sendero vio el castillo iluminado y, en un balcón, a una dama que pedía socorro.
El joven fue a rescatarla, no sin antes buscar la varita mágica. Cuando las aguas empezaban a juntarse, el muchacho, con la varita, mandó retirarse al mar y con él a los espíritus malignos.
Así liberó a la princesa de la que, sin haberlo imaginado, se enamoró.

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