Translate

jueves, 22 de agosto de 2013

La lavandera de el hornillo

Tienen los caminantes una costumbre peculiar: es ésta la de adentrarse en montes y sierras, buscando lugares amenos donde descansar o solazarse un tanto, alejados del bullicio cotidiano y de los sinsabores comunes. El caminante que esto escribe se hallaba en cierta ocasión en los pinares de la Risquera, cerca del pueblo llamado El Hornillo, en la provincia de Ávila. Queda esta aldea un tanto a trasmano y más vale llegarse a ella desde Arenas de San Pedro, porque por el norte uno se topa con las inmensas moles graníticas del monte Almanzor y su imponente circo glaciar, fabricado por la naturaleza en el principio de la Creación.
Este pueblo que digo goza de un excelente clima y por esta razón se cultivan allí desde hace mucho tiempo las cerezas, que compiten en sabor y dulzura con las del valle del Jerte. Sus gentes son amables y laboriosas, y uno puede hallar en El Hornillo condumio bastante cocinado al estilo castellano. De este pueblo sale un camino hacia el monte, hacia la Risquera y desde allí cruzando el arroyo de Cañamarejo se llega, por una senda empinada, hasta el lugar que llaman Los Roperos. Este espléndido lugar debe su nombre a una antigua costumbre: las mujeres iban a lavar su ropa a estos lavaderos naturales; las piletas fueron horadadas por el agua desde tiempos inmemoriales y la gran cantidad de cascadas, arroyos y surtidores lo convierten en el mejor lugar para hacer la colada. En las grandes losas o lanchas de granito las mujeres de El Hornillo tendían la ropa blanca y pasaban el día entre risas y chascarrillos hasta que el atardecer las devolvía a la aldea.
Pues bien, estaba el caminante en este maravilloso lugar: imaginaba a las jóvenes lavanderas hacer su trabajo y en sueños podía oír las risas de las muchachas. En esto, la voz de una joven lo sobresaltó:
-Has de saber, viajero, que este lugar es sagrado.
-Por cierto que lo es -contestó el caminante. Y si no lo es, debería serlo, que no he encontrado jamás en mis caminatas un lugar tan ameno y sosegado como éste.
Tenía la joven la mirada más profunda que nunca se viera, lo cual sobresaltó un tanto al andariego; y su voz era tan dulce y severa al mismo tiempo, que cualquiera habría dicho que se trataba de un ángel o cosa parecida.
-No queda memoria -continuó aquella joven misteriosa- de los tiempos en que muchachas como yo subían a este lugar con el humilde canasto de ropa. Tal día como hoy, hace tantos años, las gentes de El Hornillo se disponían a honrar a su Dios como conviene: en las plazas y en las esquinas las mujeres disponían los mejores paños y fabricaban delicados altarcillos en los que venerar al Señor. Las rosas, los geranios, los claveles y la albahaca perfumaban el aire y en aquella mañana primaveral todo era bullicio y alegría. No quisieron los labradores salir a cuidar sus sembrados, ni los pastores sacaron aquel día sus ganados al campo. Las hilanderas guardaron su rueca y las lavanderas vistieron las mejores galas... Todas, salvo una. Dicen de aquella joven que era la más hermosa y gentil de cuantas mujeres había en El Hornillo: su dulce hablar, su risa, su pelo moreno, sus manos como palomas... todo era en ella gracias y alegría. Mas quiso su pecado ser la avaricia e imaginó que, mientras en la aldea todos pasaban el tiempo en fiestas, ella podría adelantar trabajo y ganar el dinero que le faltaba. Así, bien de mañana tomó el camino de Los Roperos y partió del pueblo sin ser notada, con su cesto de ropa y el jabón de lavar. Aún quedaban estrellas en el cielo cuando Eloísa, que así se llamaba la lavandera, llegó a Los Roperos. Como era bien hacendosa, se puso a la labor sin tardanza y, entre cantar y cantar, y lavar y lavar, pronto se le llegó el mediodía. De lejos podía oír el tañido de las campanas en el pueblo y la algarabía de sus convecinos, pero ella se decía: «Gozad, gozad, que mientras vosotros gozáis, yo gano mi dinero y para mi gusto lo gastaré». En fin, la joven lavandera acabó su tarea y, puesto que aún era pronto para regresar, quiso disfrutar de su día con un refrescante baño en aquellas pozas de agua fresca. Como no había nadie que la espiara, desnudóse y, entre risas y cantares, gozó de aquel paisaje en soledad y placer. Cansada ya del baño, tendióse desnuda al sol en una de las rocas y allí le sobrevino un profundo sueño. Aún dormida, pudo escuchar una voz grave y profunda que decía: «Pues has preferido trabajar y gozar en este lugar en vez de honrar al Señor tu Dios, ¡quédate aquí dormida para siempre!». Y así fue.
Esperaba el caminante que la muchacha concluyera el cuento pero, cuando quiso volver la cabeza, la joven había desaparecido. La buscó por todos los lugares y la llamó sin descanso, pero no hubo forma de hallarla. Como llegara el atardecer en tan infructuosa búsqueda, el viajero decidió volver los pasos hacia El Hornillo. Pero antes giró la mirada hacia aquel lugar maravilloso y, en la misma piedra donde estuvo sentado escuchando el relato de la joven misteriosa, pudo adivinar la silueta de una mujer tendida: allí estaba, tal y como la joven la había descrito y tal como quedó dormida para siempre.
Los lugareños conocen esta figura con el nombre de la mujer muerta, y la historia es bien sabida entre niños y viejos. Pero el caminante no quiso contar a nadie lo que le había sucedido y, al día siguiente, volvió a sus quehaceres cotidianos.

Fuente: Jose Calles Vales

0.003.3 anonimo (españa) - 018

La judía de toledo

Tu amor es mi delito.
V. GARCÍA DE LA HUERTA

El rey de Castilla, Alfonso VIII, regresó de los Santos Lugares a su patria, tras haber conquistado para la Cristiandad el Santo Sepulcro. Tan preciada joya permanecía por entonces en manos del infame Saladino, que se la arrebató a Guy de Lusignan. Le faltó tiempo al noble rey castellano para hacerse a la mar, llegarse a Jerusalén y abalanzarse sobre la Morisma. Dobló la cerviz el infiel y, al fin, la Tierra Santa volvió a quedar en manos de los piadosos monjes y caballeros que durante muchos años velaron las reliquias sagradas.
Pasados todos estos trabajos, Alfonso se casó con doña Leonor, una dama de alta alcurnia, hermosa pero irascible. Celebrados los despo­sorios, el rey y la reina se trasladaron a Toledo, como convenía, pues allí estaba entonces la corte de Castilla y todos los ricos hombres del reino se hallaban en esta ciudad preparando nuevas guerras contra moros.
Los días transcurrían apaciblemente en la ciudad del Tajo y el rey arreglaba sus asuntos como mejor convenía, con seso y justicia. Disputaba con García de Castro o con Manrique de Lara tal o cual cuestión bélica, dirimía enojos de los aldeanos por razón de aguas o lindes, e incluso promulgó leyes contra bandidos y otros malhecho-res.
Cuando sus obligaciones regias se lo permitían, Alfonso dedicaba su tiempo a la caza; y era muy diestro en este arte dificilísimo. Fue en una de estas partidas de caza cuando sucedió el hecho que estuvo en trance de hacerle perder el juicio, el reino y la vida: dice la leyenda que bien de mañana partió el rey del palacio, con la intención de cruzar el Tajo y adentrarse en los bosques en busca de algún venado o jabalí. Pero antes de alcanzar el puente no pudo más que detenerse a observar una desigual lucha que en el cielo se entablaba: un fiero halcón perseguía con saña a una blanca paloma, y le lanzaba tan duros envites que la paloma, teñido de púrpura su blanco ropaje, ya cedía a las garras de la alimaña. No dudó un instante el rey Alfonso y, montando su ballesta, dirigió su aéreo dardo con tanta pericia que, al cabo, el halcón cayó a un huerto cercano con el corazón traspasado. Mucho satisfizo al rey este lance y quiso tener en sus manos a tan fiero animal, mas como el halcón cayese en un jardín particular tuvo ciertos reparos en abrir la cancela y adentrarse en el vergel.
Pertenecía este huerto a una muchacha judía, llamada Raquel. Era esta joven huérfana, pero la fortuna que le legaron sus padres antes de morir le concedía cierta holganza y su discreta vida le había permitido conservar el solar paterno. Aunque el rey no la conocía, la hermosura de Raquel era ya famosa en Toledo: sin cesar se hablaba en corrillos y tabernas de la Fermosa Raquel, de sus grandes ojos verdes, de su pelo de azabache y de otros mil encantos. A todas estas habladurías permanecía ajena Raquel, ocupada en las rosas de su jardín y en los ungüentos mágicos que heredara de su padre y que servían para curar los males de otros judíos que creían en su poder.
Aquella fatídica mañana se hallaba Raquel recogiendo algunas hierbas en su huerto, y había presenciado, con temor, la cruel lucha del halcón y la paloma, cuando pudo observar asombrada cómo una saeta derribaba a la fiera, que caía a sus pies hendida y agonizante. No tardó en comprobar que el autor de tal hazaña se internaba en su jardín con el ánimo de recuperar su trofeo. Pocas palabras necesitó el amor para prender ambos corazones: ella era hermosa sin par, dulce y discreta; él, apuesto, gentil y caballero.
Las noches siguientes resultaron terribles para ambos: él, sumido en el desconsuelo, no tenía pensamientos sino para la joven Raquel; ella, abrumada por sensaciones nunca antes vividas, llenaba sus melancólicas horas con la imagen de aquel caballero desconocido. Pero como quien está empeñado en amores no ceja en el intento, pronto volvieron a verse y el amor fue hilando sus corazones. Las visitas fueron cada vez más frecuentes, los encuentros en el jardín se prolongaban hasta bien entrada la noche y los amorosos galanteos confirmaron a uno y a otra en sus sentimientos.
Finalmente, decididos a prolongar su felicidad, se declararon sin ambages y aquí comenzó el tormento para ambos: ella era judía y él, cristiano; ella, una pobre joven sin patria y él, el rey de Castilla; ella, huérfana y él, casado... Todas las desgracias se acumulaban en este amor: pero Alfonso, ciego de pasión, estaba dispuesto a sacrificarlo todo, incluso su reino, por Raquel.
Dispuesto a derribar todos los impedimentos, hizo trasladar todas sus pertenencias a un lugar apartado del palacio y convenció a Raquel para que fuese a vivir con él. Abandonado a los placeres del amor, Alfonso olvidó la perpetua guerra contra los moros, se negó a recibir a los súbditos y rehusaba las fiestas y convites de los nobles cortesanos. Las salas del rey, custodiadas por una pequeña guardia, permanecían cerradas para todos y allí, ajenos a cuanto sucedía en el mundo, pasaban los días Raquel y Alfonso. Para él sólo existía su Raquel, aquellos ojos verdes hechiceros, aquellas manos como palomas, aquellas dulces palabras...
Durante siete años se alargó tan ardiente amor y el reino se perdía irremediablemente. La plebe comenzaba a murmurar: decían que la judía había hechizado al rey y que lo mantenía dormido con pócimas y brebajes, usurpando las riquezas del reino. Los nobles, enojados y despechados, también atizaban el fuego de la indignación y proferían en secreto mil calumnias contra Raquel y contra el propio rey. Doña Leonor, celosa y resentida, urdía mil acechanzas y no dudaba en llamar a su rival la bruja, o la concubina. En fin, fue anidando el odio y el rencor en los corazones de nobles y plebeyos, y el respeto y el honor que antaño mostraran al rey se tornó en desprecio y burlas.
Dicen que fue la mismísima reina, doña Leonor, la que instigó a los nobles para que dieran muerte a Raquel: hicieron llegar recado al rey de que su esposa quería hablarle y, aunque Alfonso se negaba a acceder a hablar con doña Leonor, pues la aborrecía, tanto insistieron que al fin abandonó sus aposentos y fue a reunirse con ella. Aprovecharon dos infames para adentrarse en la sala donde estaba Raquel, acompañada de un sirviente suyo, también judío.
-No mancharemos nuestras espadas con sangre infiel -dijeron. Tú, Rubén, que eres también judío, mátala con tu daga si no quieres morir.
Pronto conoció Alfonso el engaño, al ver la sonrisa despreciable de su esposa doña Leonor, pero, aunque corrió cuanto pudo por las galerías del castillo, al llegar a sus aposentos sólo pudo contemplar con horror a su amada Raquel envuelta en un baño de sangre y a su criado Rubén que en ese momento se hería de muerte.
Rabioso de furia, Alfonso hizo colgar a los dos alevosos asesinos y desterró a otros muchos nobles que habían participado en tan infame acechanza. También ordenó que su esposa, doña Leonor, fuera enviada a un convento de Galicia, tan alejada de su vista como fuera posible. Pero tras estos sentiemientos de ira, el corazón del rey se sumió en una profunda melancolía y un terrible dolor anegaba su pecho. No pudo sino hacer construir un rico túmulo donde reposaran para siempre los restos de su querida amante, y allí pasaba las horas del día y de la noche, consumido por la pena.
Aseguran algunos cronistas que la muerte de sus hijos hizo volver un tanto el juicio al rey, y que durante los últimos años de su existencia quiso participar en algunas batallas contra los moros. Se dice que era el primero en espolear su caballo y que arrojaba el escudo antes de lidiar con sus enemigos, como si buscara la muerte. Los que le vieron morir aseguraban que el rey pasó a mejor vida con dulce gesto y que hablaba con Raquel, como si ésta le llamase desde el más allá.

Fuente: Jose Calles Vales

0.003.3 anonimo (españa) - 018

La chica de la curva

Ésta es una leyenda moderna. Acaso ni sea leyenda, sino cuento, superstición o suposición. Puede que los eruditos la clasifiquen entre las novedosas «leyendas urbanas», que no tienen la antigüedad y el carácter de las leyendas tradicionales, pero son muy jugosas y divertidas.
En términos generales, la superstición es sólo un concepto falso o, al menos, no demostrado científicamente. Por ejemplo, hasta el siglo XIX se creía que la séptima ola que llegaba a la playa era mortal, aunque nunca se especificaba cuándo había que empezar a contar. Hay supersticiones más populares, como la que alude a tocar adera cuando se habla de algún suceso desagradable o pernicioso, cuya explicación se remonta a tiempos antiquísimos (en la Persia oriental, los babilonios creían que en la madera residían los dioses protectores). Las leyendas y suposiciones se extienden a casi todas las materias: por ejemplo, todo el mundo sabe que Eva tomó una manzana del árbol prohibido y que éste fue el origen del pecado original; sin embargo, en la Biblia no se dice que el árbol fuera un manzano y, por supuesto, no se dice nada de una manzana, de modo que bien pudo haber sido un higo o un melocotón. Otra tradición muy extendida es la del portal de Belén: como todos los niños saben, la Virgen María dio a luz un niño en un pesebre y allí había un burro y un buey. Pero ninguno de los evangelistas dice nada de estos dos animales. La tradición parte de un texto apócrifo y no aceptado por la Iglesia como canon religioso: es en el Pseudo Mateo donde se dice que un asno y un buey adoraron al recién nacido (véanse más ejemplos en Errores, falacias y mentiras, de P. Villanueva Hering, 2000). Estos son algunos casos de suposiciones o supuestos inventados, pero ha habido otros más peligrosos: por ejemplo, los médicos del siglo XVIII pensaban que la melancolía se curaba sangrando (o desangrando) al paciente.
Como se ha indicado arriba, lo más novedoso en cuanto a leyendas se refiere es el capítulo de «leyendas urbanas». En realidad, no son más que cuentos o suposiciones sin ninguna base. La más conocida es la de los restaurantes chinos. Según se dice, los chinos en España no se mueren, o al menos no se ven funerales de chinos, ni en los periódicos hay esquelas con nombres chinos, ni en los cementerios hay lápidas con nombres chinos. De modo que ya se puede suponer qué hacen los chinos con sus compatriotas muertos... Como es natural, esto no es más que una falacia que intenta provocar el desprestigio de ciertos establecimientos de hostelería: los restaurantes chinos. Otra leyenda moderna muy conocida es la de los peligros en las alcantarillas: en el último cuarto de siglo hubo una afición singular: la de tener como animales de compañía a serpientes, pirañas, ratas, iguanas e incluso cocodrilos y caimanes. Cuando los propietarios se cansaban de ellos, los echaban a las alcantarillas y hubo muchos que sobrevivieron, de manera que los bajos fondos de las ciudades modernas están plagadas de animales peligrosísimos... Esto también es absolutamente falso. Corre también otra leyenda urbana muy curiosa: de tanto en tanto suele comentarse que en tal incendio, en los bosques de España, se han encontrado los restos calcinados de un submarinista, con su escafandra, sus bombonas de oxígeno y sus aletas para los pies. La extrañeza del suceso es notable porque ¿qué demonios hace un submarinista en los montes o en los campos incendiados? La explicación es tan peregrina como la invención del suceso: se afirma que los hidroaviones que utilizan los bomberos para apagar el fuego habrían succionado al submarinista en un pantano y que, sin reparar en ello, lo habrían dejado caer con el resto del agua sobre las llamas. No será necesario apuntar que esta idea roza lo esperpéntico, ya que los hidroaviones absorben el agua mediante tubos o rejillas por las que un hombre jamás podría entrar. Para concluir con estos ejemplos de leyendas urbanas modernas citaremos una que tuvo un éxito espectacular: todo el mundo sabe que los últimos años de un siglo o de un milenio provocan cierto terror en el hombre; es la sensación de que algo concluye y se tiene la impresión de que hasta la misma vida puede acabarse. Durante los últimos años del siglo XX esta sensación se repitió, como había sucedido en el año 1000, en el 1500 y en el 1900. Naturalmente, no se hablaba de una gran catástrofe que destruyera el mundo, sino de otro mal aún peor: el «Efecto 2000». Consistía en que los ordenadores de todo el mundo, que identificaban las fechas con dos dígitos (por ejemplo: 23.12.99), no sabrían distinguir si las dos últimas cifras (00) pertenecían al año 1900 o al año 2000, que estaba ya muy cercano. Aterrorizados por un colapso informático, los estados, las empresas y las instituciones invirtieron miles y miles de millones en tratar de anular el terrible Efecto 2000. Los agoreros anunciaron que la instalación eléctrica dejaría de funcionar, que no habría gas ni medios de transporte, que las televisiones, los vídeos e incluso los hornos microondas se volverían locos. Muchas empresas informáticas hicieron su agosto. Sin embargo, pocos cayeron en la cuenta de que los sistemas informáticos que señalaban las fechas del año con sólo dos cifras se habían dejado de fabricar hacía muchos años. Por supuesto, nada ocurrió y el mundo siguió rodando como siempre, y el mar siguió donde estaba.

La moderna leyenda de «la chica de la curva» recuerda las tradicionales historias de aparecidos y fantasmas: una muerte cruel y violenta impide que el alma del difunto descanse en paz, y el pobre espíritu anda vagando por los caminos en busca de una persona caritativa que le solucione el problema, bien con misas, bien con venganzas, etc. Durante el romanticismo, las historias de fantasmas tuvieron su apogeo y los eruditos han llegado a siguiente conclusión: los fantasmas sólo aparecen para recriminar, recordar, prevenir o buscar la propia salvación. Desde luego, las historias de espectros han ocupado la actividad de los especialistas en fenómenos paranormales (extra-ordinarios, sin explicación científica) y se han asociado a otras circunstancias también misteriosas: psicofonías, ovnis, extraterrestres, abducciones, desapariciones, apariciones religiosas, combustión espontánea, etc., etc.
Respecto a la leyenda que ahora se propone es necesario tener en cuenta dos advertencias: uno, la chica de la curva no puede situarse en ningún lugar concreto de la geografía; y dos, las versiones son tantas y tan diferentes que las personas que han tenido esta experiencia la explican de modos muy diversos. En términos generales, es como sigue:

Se dice que cinco jóvenes, dos muchachos y tres muchachas, habían decidido visitar el pueblo vecino. La cosa era que en la pequeña aldea donde estaban veraneando las diversiones eran escasas y el aburrimiento, mucho. Aprovecharon entonces que en una población cercana se celebraban las fiestas patronales y había verbena, tomaron un coche y, con el ánimo alegre y jovial de estas ocasiones, marcharon.
La noche resultó estupenda: los dos varones encontraron guapas mozas con las que danzar, y las tres muchachas bailaron cuanto quisieron con otros jóvenes. Concluida la verbena, los forasteros se despidieron de sus nuevos amigos y tomaron de nuevo el vehículo para regresar a su pueblo. Entre ellos, al parecer, había una muchacha muy hermosa y dulce. Estaba deseosa de encontrarse a solas con sus compañeros porque había tenido oportunidad de bailar con el muchacho más apuesto y amable que jamás viera. Y así lo hizo: cuando estuvieron ya en el vehículo, la jovencita comenzó a hablar de su amado y su corazón se estremecía en el recuerdo. Acaso sus amigos se burlaron un poco, pero como todos tenían buen talante admitieron de buena gana que su compañera estaba verdaderamente enamorada... Y tal vez fue que el conductor se excedió en la velocidad, tal vez que el licor hizo su efecto y mermó los reflejos, tal vez el destino... ¿quién sabe? Lo cierto es que en una curva cerrada, el vehículo se salió de la calzada, giró sobre un costado y, dando vueltas de campana, fue a estrellarse en el despeñadero. El vehículo no tardó en incendiarse y el depósito de gasolina estalló en aquella trágica noche...
Se dice que dos muchachos habían decidido ir a un pueblo vecino. La cosa era que en la pequeña aldea donde estaban veraneando las diversiones eran escasas y el aburrimiento, mucho. Aprovecharon entonces que en una población cercana se celebraban las fiestas patronales y había verbena, tomaron un coche y, con el ánimo alegre y jovial de estas ocasiones, marcha-ron.
La noche resultó estupenda y los dos varones encontraron guapas mozas con las que danzar. Concluida la verbena, los forasteros se despidieron de sus nuevas amigas y tomaron de nuevo el vehículo. Uno de ellos estaba deseoso de encontrarse a solas con su compañero porque había tenido oportunidad de bailar con la muchacha más hermosa y amable que jamás viera. Y así lo hizo: cuando estuvieron ya en el vehículo, el joven comenzó a hablar de su amada y su corazón se estremecía en el recuerdo. Acaso su amigo se burló un poco, pero como tenía buen talante admitió de buena gana que su compañero estaba verdaderamente enamorado...
Y en ese instante vieron a una chica que hacía auto-stop en la oscura carretera: llevaba un vestido blanco y su mismo rostro parecía tan luminoso como la luna. No dudaron en detener el coche e invitarla a subir. A ambos le pareció que aquella muchacha no era de este mundo, pero le preguntaron de dónde era y cómo era posible que estuviera sola en la carretera. Ella contestó:
-He ido a la fiesta. He bailado con un joven guapo y amable, y mi corazón se ha prendado de él. Pronto nos volveremos a ver y... ¡Detente! ¡Frena! ¡Cuidado!
El joven conductor detuvo el coche y entonces se percató del enorme peligro que había corrido al llevar su vehículo a tanta velocidad. Los dos muchachos quisieron agradecer a la muchacha su aviso, pero cuando giraron la cabeza hacia el asiento de atrás, la joven había desaparecido...

Se dice que tres muchachos habían decidido ir a un pueblo vecino. La cosa era que, en la pequeña aldea donde estaban veraneando, las diversiones eran escasas y el aburrimiento, mucho...
Así, el espíritu enamorado de aquella muchacha avisaba a los conductores desprevenidos del peligro de la curva donde ella perdió su vida. Algunos afirman que esta joven se ha convertido en el ángel de los conductores y que no sólo aparece en la curva donde ella se mató, sino en otros muchos lugares, recordando a los viajeros que la muerte siempre está... demasiado cerca.

Fuente: Jose Calles Vales

0.003.3 anonimo (españa) - 018

La culebra de vivar

¿Quien nos darie nueuas de myo Cid el de Bivar?
¡Fose a rio d'ovirna los molinos picar
e prender maquilas, commo lo suele far.
CANTAR DEL CID

En las riberas del río Ubierna había una culebra que atemorizaba los contornos, ni en Quintanilla Morocisla ni en Vivar estaban los aldeanos tranquilos. Se decía que esta espantosa serpiente medía tres varas de largo y tenía dientes como de dragón. Ha de saberse que este tipo de alimañas eran muy frecuentes en los tiempos antiguos y se sabe de una que habitaba los fangos de Barrio Panizares, la cual era tan grande que sobrepasaba la media legua.
Mas volvamos a las riberas del Ubierna: en un molino cercano vivía una mujer honrada llamada Teresa. Tenía esta mujer un hijo, de nombre Rodrigo. Las malas lenguas dicen que la molinera había tenido a este muchacho por unos amores con un noble burgalés, llamado Diego Laínez, un caballero de pro, descendiente de una de las familias más importantes de Castilla. El caso, según se asegura en la comarca, fue que don Diego amaba más a la humilde molinera que a su iracunda esposa y que siempre estimó más a su hijo bastardo, Rodrigo, que a los herederos legítimos de su casa. Tanto es así que Rodrigo, ya mozo, fue educado en palacio, pasó pronto a Burgos y, de allí, a Zamora, donde tuvo tratos con la mismísima reina doña Urraca. Pero ésta es otra historia.
Rodrigo era un niño vivo y travieso, un verdadero perillán: no paraba quieto y siempre andaba tramando malicias y desastres. Cuando no estaba enbadu-rnándose en la harina, estaba cazando ranas en el río... Como se dice en aquella parte, su madre no hacía vida de él.
Cierto día estaba Teresa preparando la molienda cuando bajó Rodrigo corriendo y saltando como de costumbre. Pedía a su madre que admirase el magnífico ratón que había capturado en el granero y estaba empeñado en que la pobre molinera tejiera un sayo para el roedor. Harta ya de las ocurrencias de Rodrigo, su madre le entregó una hoz y un saco:
-Y ahora -le decía- te vas al prado que hay camino abajo, y te traes el saco lleno de hierba para el burro. A ver si haces algo de provecho y te dejas de ratones y ranas.
Rodrigo, en el fondo, era buen muchacho y por nada del mundo hubiera querido enojar a su madre o molestarla en el duro trabajo del molino. Así que, dispuesto a obedecer, tomó la hoz y el saco y bajó por los caminos del prado dispuesto a segar tanta hierba como pudiera. Desde luego, Rodrigo sabía que podría encontrarse con la maldita culebra, pero el mozalbete era animoso y vivo, y no temía en nada al reptil.
Cuando llegó al prado soplaba una brisa suave y el sol brillaba en todo lo alto. Ya se conoce que los días soleados son muy propicios para que las serpientes y las culebras salgan entre las rocas o abandonen durante unas horas las charcas; porque estas alimañas gustan de tomar el sol para calentarse la sangre, que la tienen fría como el hielo.
Estaba segando Rodrigo sin pensar en los peligros que le acechaban cuando, de pronto, vio aparecer entre las hierbas la cabeza afilada de la temida culebra: bien se podía decir que la bicha medía treinta pasos, o más. Rodrigo se echó para atrás, un tanto sobrecogido. Pero, repuesto de la primera impresión, quedóse quieto y observó detenidamente los sinuosos movimientos del reptil. Entonces, lanzó al aire un manojito de hierbas que volaron con la brisa sobre la cabeza de la serpiente. Esta, atraída por el oscilante batir de las hojas, lanzó una fiera mordedura a las briznas volanderas y dejó libre su cuello, a merced de Rodrigo. En ese preciso instante, sin dudas ni temor, el muchacho se lanzó hacia ella con la hoz en la mano y, de un solo tajo, la culebra quedó descabezada.
Rodrigo estaba orgulloso, y con razón, de su proeza; mas no quiso volver al molino con el saco vacío y estuvo segando hierba hasta que el sol comenzó a ocultarse. Regresó entonces junto a su madre y le mostró ufano su trofeo. En esto, y en otras cosas que ya había demostrado, conoció Teresa que su hijo estaba llamado a hacer grandes prodigios en la historia del pueblo.

Este muchacho no defraudó las expectativas de su madre y, por supuesto, tampoco las que depositó en él su padre, don Diego Laínez (o Lainez): con el tiempo, el pequeño Rodrigo fue llamado Rodrigo Díaz de Vivar, y los moros le decían Sidi o Cid, que significa «señor».
De él se cuentan numerosas leyendas, como la de la piedra de Quintanilla: se dice que entre Quintanilla y Vivar había disputas por los límites comarcales y que quisieron poner fin a las querellas enco­mendándole al Cid que lanzara una piedra en Vivar. Tanto como alcanzara la piedra, tanto sería el término del pueblo de Vivar. Se asegura que el Cid cogió un canto y que lo lanzó con tanta fuerza que estuvo a punto de golpear en la ermita de San Roque, ya muy cerca de Quintanilla. Viendo que la piedra volaba sin parar y que estaba a punto de alcanzar la ermita, Rodrigo Díaz de Vivar dijo:

¡Detente canto,
no pegues contra el santo!

Y reprendió a los alcaides de Quintanilla, diciéndoles que si la cuestión fuese la distancia, sin duda Quintanilla pertenecería a Vivar.
Con todo, lo más asombroso es que la piedra que hoy se puede contemplar junto a la ermita de San Roque (y que dicen es la misma que lanzó el Cid) pesa más de un quintal y tiene los agujeros propios de un bolo, como para introducir una enorme mano en ellos y poder arrojarla.
El Cid también es el protagonista de otra leyenda en el paraje llamado la Patada del Cid. Según se comenta en Basconcillos del Tozo y en Arcellares, en el valle cercano vivía una enorme serpiente. Rodrigo Díaz de Vivar fue a luchar contra ella y la venció, pero en el transcurso de la pelea Babieca se vio obligado a arrodillarse; con tanta fuerza lo hizo que allí quedó impresa, en la roca, su huella. A veces el relato se transforma y se dice que lo que puede verse en la piedra son los cascos de la mítica cabalgadura y el hueco dejado por la lanza del Cid al derribar a su enemiga.
De todas las leyendas de Ruy Díaz, acaso la más popular es la que aconteció en Valencia. Falleció al parecer el Cid en la ciudad levantina y, enterados los moros, quisieron reconquistar de nuevo la preciosa joya del Mediterráneo. Aterrorizados ante tan siniestra perspectiva, los caballeros del Cid montaron el cadáver de su señor en Babieca y lo hicieron desfilar por las playas al encuentro de los sarracenos. Estos, que temían al Cid como si fuese el mismísimo demonio, huyeron despavoridos y la Ciudad del Turia estuvo en paz durante muchos años después.

Fuente: Jose Calles Vales

0.003.3 anonimo (españa) - 018

La brecha de roland

N'at tel vassal suz la cape del ciel.
(No hay un caballero como él bajo el cielo)
CHANSON DE ROLAND

Hay en el norte de la provincia de Huesca un lugar tan hermoso que con dificultad puede hallarse uno semejante. Cuando llega el viajero a Torla, un pequeño pueblo de calles empinadas y casitas de piedra, debe ir un tanto más allá y entrará en el actual Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Los visitantes más perezosos no cruzan siquiera el Puente de los Navarros, pero el viajero curioso sigue adelante y difícil será describir las maravillas que puede gozar: cascadas cristalinas, prados amenos, bosques umbríos, colosales montañas... En ocasiones, los jóvenes llegan hasta Bujaruelo; otras veces siguen el valle de Ordesa hasta dar con las faldas del imponente Monte Perdido, que vigila las cumbres de los Pirineos con sus 3.355 metros de altitud. Cerca de este coloso de piedra está la Brecha de Roland o de Roldán. Este lugar es uno de los más imponentes y misteriosos que se puedan conocer: las inmensas moles de roca parecen separar Francia y España de modo definitivo, pero en mitad del gigantesco muro se abre una hendidura, una descomunal tajadura que produce asombro y terror en aquellos que la contemplan. Esta brecha, que parece cortada a pico, es un paso natural entre Francia y España, pero su acceso es difícil y los riesgos de caída son muchos. Del lado francés está el circo de Gavarnie, con su imponente cascada y una caída de mil metros hacia una sima profunda y terrible. Del lado español están las peladas cumbres de Monte Perdido, una cueva de hielo y los bosques y valles de Ordesa.
La historia legendaria tiene una respuesta que explica esta formación pétrea y su impresionante aspecto:
Carlomagno, el emperador de Francia, tenía un sobrino, llamado Roland, cuyo valor y apostura eran bien conocidos en los lejanos tiempos medievales. De Roland o Roldán se cuentan innumerables leyendas, y es el protagonista del canto épico más importante de la literatura francesa: la Chanson de Roland. Como es sabido, los francos entraron en guerra con los reinos hispánicos y los sarracenos. La batalla más importante fue la que tuvo lugar en Roncesvalles, donde los franceses resultaron vencidos. En este emplazamiento Roldán demostró que era un verdadero héroe y se comportó con la dignidad y valentía que todos le reconocían, pero finalmente cayó abatido por los escuadrones del rey Marsil. Viendo que su derrota era segura, Roldán trató de avisar a su tío Carlomagno e hizo sonar el olifante. Las tropas francesas ya no podrían salvarle de una muerte segura, pero al menos su tío comprendería que habían sucumbido llenos de gloria y honor. El supremo esfuerzo para hacer sonar el olifante le reventó las sienes, y quedó tendido en el campo de batalla. Los enemigos lo tuvieron por muerto, pero él se despertó y huyó de aquel trágico escenario. No tardaron mucho los sicarios del rey Marsil en darse cuenta de que Roldán había escapado, y rápidamente aparejaron sus caballos y salieron tras él.
Grandes fueron las penalidades de Roldán por las ásperas montañas del Pirineo: confundido y turbado, no sabía dónde estaba su patria ni qué camino podría ser el que le llevara junto a los suyos. Caminando entre rocas y pedregales, seguido de cerca por la jauría de los sarracenos y los navarros, llegó a un valle donde los árboles se entretejían en mil enramadas y un río saltaba de roca en roca. De tanto en'tanto, ya desfallecido, miraba hacia atrás y podía oír el galope de sus perseguidores y los fieros ladridos de los perros que seguían su rastro. Roldán no se dejó abatir y prosiguió su alocada huida: sabía que al otro lado de aquellas montañas estaba Francia y morir en su patria era todo cuanto pedía a Dios.
Los vientos helados de aquellas cumbres herían su rostro, las rocas llagaban sus pies y aún tuvo que soportar los salvajes ataques de los lobos. Pero todo lo sobrellevó con una fuerza de ánimo casi sobrenatural. Se arrastraba ya por las faldas del Monte Perdido, cuando a su espalda pudo oír los rugidos de la jauría y los alaridos de sus enemigos: lo tenían a la vista.
Sólo un héroe puede tener presencia de espíritu en estos trances funestos. Más allá de las fuerzas humanas, Roldán perseveró en su agónica huida. Mas estaba ya en las lindes de Francia cuando ante él descubrió un gran muro de piedra. Dios y la Naturaleza habían querido privarlo de su mayor anhelo: morir en tierra francesa, en los brazos de su amada Alda. El héroe estaba herido de muerte y acaso ni el mismo Dios le daría fuerzas para cumplir sus deseos.
Ante aquella mole rocosa, Roldán desenvainó su espada Durendal y la lanzó por los aires: esperaba que los franceses conocieran por este gesto que él había amado a su patria con todo su corazón y que sólo la mala fortuna había impedido que sus restos mortales hubieran llegado a Francia. Pero su esfuerzo fue inútil; el gran muro rocoso era muy alto y la espada golpeó en la piedra y cayó de nuevo a sus pies.
Los enemigos se hallaban ya muy cerca. Roldán tomó de nuevo su espada y trató de arrojarla al otro lado de la montaña, pero su brazo herido y maltrecho no pudo salvar la terrible barrera, y Durendal cayó otra vez a su lado.
Ya desistía Roldán de su intento cuando, al volverse, vio de cerca a sus enemigos: ciego de ira y rabia, lanzó con furia su espada contra la roca y, con un estruendo descomunal, la montaña se abrió en dos, dejando el paso libre hacia Francia. La brecha le permitió ver por última vez el suelo de sus padres y, agotado por el esfuerzo supremo, se le partió el corazón y murió. Cuando llegaron sus enemigos, lo encontraron allí tendido y quedaron asombrados al ver la hendidura que había en la montaña, la cual no habían visto nunca antes. Desde entonces, aquel lugar recibe el nombre de la Brecha de Roland, o Roldán, en honor del héroe galo.

Fuente: Jose Calles Vales

0.003.3 anonimo (españa) - 018

La anxana de la hoz de santa lucía

Pudiera pensarse que los duendes y las hadas habitan por igual en todos los lugares, pero esta idea es bien falsa. Ha de saberse que estos seres maravillosos prefieren los lugares sombríos y húmedos, con nieblas frecuentes y lluvias pertinaces. Suelen encontrarse en tierras donde abunden los robles, los tejos, el serbal y crezca hierba abundante, ya que su estatura les permite esconderse con más facilidad en los bosques y en las praderas. También son muy aficionados a la mandrágora y a los hongos de cualquier tipo. Por tanto, aquellos que estén interesados en dar con ellos han de viajar a Irlanda, Escocia, la Bretaña francesa, a los bosques de Alemania y a otros lugares parecidos. Sin salir de la Penísula, pueden encontrarse con facilidad en Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco, Navarra y en algunos bosques de los Pirineos.
Los más conocidos entre los duendes son los trasgos (trasgu, en la lengua asturiana), famosos en las aldeas de Asturias por sus correrías en los establos y las cocinas. De ellos se dice que si miran leche, la hacen hervir, pero no es cosa probada. Andan rondando los lugares deshabitados pero con frecuencia se introducen en las cabañas de los aldeanos y cambian los cacharros de lugar, lo revuelven todo y hacen mil trastadas.
Entre las hadas, la más popular es la Xana, o el hada de las fuentes, también en Asturias. De ella se cuentan maravillas (todas muy bien fundadas), pero lo que más se alaba es su hermosura. Estas hadas se llaman en Cantabria ánjanas o anxanas y, como sus parientes asturianas, viven cerca de las fuentes, en los remansos de los ríos o en los arroyos de los bosques. De una de estas anxanas se cuenta la siguiente historia.

Antonio era un joven apuesto, bien parecido, elegante cuanto lo puede ser un leñador, alegre y de buen corazón. Vivía este muchacho en una aldea cerca de la Hoz de Santa Lucía, dedicado a su labor y sin mayores contratiempos. Sabido es que tuvo sus amores, pero con el tiempo dejó de rondar a las mozas y se enamoró de Rosaura.
Cierto día subió al monte a cortar leña, como solía. Poi allí andaban otras cuadrillas de leñadores pero él quiso adentrarse más en el bosque porque había visto un roble bien hermoso del que podría obtener excelente madera. Se alejó de sus compañeros y vino a dar con el árbol que tanto le agradaba. Y sin más tardanza, comenzó a cortarlo. Cuál no sería su sorpresa cuando, en medio de un hachazo y otro, comenzó a escuchar los quejidos lastimeros de una dama. Creyó que eran imaginaciones suyas y, tras la sorpresa, continuó con su trabajo. De nuevo surgieron los lamentos y se detuvo a escuchar con atención: ¡era el árbol quien se quejaba! Aterrorizado ante este prodigio se retiró un tanto y, aguzando el oído, pudo escuchar que el roble le decía de este modo:
-No me hieras con tu hacha, leñador, no me hieras. Que soy una doncella encantada: si me desencantas, yo te daré tesoros para que vivas feliz el resto de tus días.
-¿Y cómo he de hacer? -preguntó Antonio.
-Ve al remanso del río y, con un palo, golpea el agua tres veces. Entonces saldrá la anxana y ella te dirá lo que has de hacer.
Aturdido, atemorizado y asombrado, Antonio bajó corriendo a la aldea; con premura buscó a su novia Rosaura y le contó lo ocurrido. Esta, que era bella en extremo, pecaba también de avaricia y encomendó a su prometido que fuera pronto al remanso del río y que hiciera cuanto se le mandase, porque tal vez la dama encantada fuera una princesa o una reina y si Antonio era capaz de devolverle figura humana, acaso les otorgaría tantos bienes que jamás pasarían penurias.
De modo que Antonio se fue al río y allí, con una vara de avellano, golpeó tres veces el agua, como se le había ordenado. De pronto, surgió del agua la figura de la anxana, hermosa como un ángel, con su pelo dorado y los ojos verdes. El hada jugaba, reía, danzaba y cantaba sobre el agua como una ninfa y miles de gotas saltaban y brincaban a su alrededor.
Antonio, con voz temerosa, le contó lo sucedido en el bosque y la anxana, después de reírse y hacer ondas en el agua, le encomendó lo siguiente:
-Si quieres que desencante a la doncella, has de ir a la cueva del monte Ucieda y traerme una flor brillante que allí se esconde. Si me la traes, yo retiraré el hechizo; mas si no me la traes, la princesa seguirá para siempre en figura de árbol.
Aunque Antonio creía estar viviendo un sueño (¡tantos prodigios le habían sucedido!), no dudó en subir al monte y entrar en la cueva. Esta gruta, como saben todos los lugareños, es un lugar peligro-sísimo, porque hay muchas galerías y corrientes de agua; muchos hombres osados se han perdido en sus recovecos y no se ha vuelto a saber de ellos. Pero Antonio pensaba más en los tesoros que la doncella encantada le regalaría y en la felicidad que gozaría cuando fuese rico. De modo que, con precaución, comenzó a caminar en la oscuridad. Esperaba encontrar pronto la brillante flor que la anxana le pidió pero, por más que abría los ojos, todo era oscuridad. A su espalda aún había luz, de modo que, teniendo segura la salida, no había nada que temer y siguió avanzando. Cuando quiso darse cuenta, todo a su alrededor eran tinieblas. Y la flor no aparecía. Tentó las paredes húmedas, tuvo que inclinarse para sortear las columnas pétreas que colgaban de la bóveda, se internó más y más en la gruta... y la flor no aparecía.
Cansado, aterido de frío y hambriento, Antonio estaba a punto de renunciar, pero... ¿hacia dónde ir? ¿Cómo volver? Siguió caminando y caminando, iba y volvía, tomaba a ciegas un camino y éste se cerraba; regresaba y, al tomar otra vía, el imprudente leñador se percataba de que un abismo se abría a sus pies. Tornaba a caminar, tropezaba y caía, escalaba paredes y descendía barrancos, todo en la más absoluta oscuridad... y la flor no aparecía.
Desesperado, Antonio comprendió la agonía que le esperaba: se hallaba perdido, no tenía modo de volver y allí quedaría sepultado para siempre. Estaba tan cansado que, en medio de sus lamentos, repetidos mil veces por el eco tenebroso, se quedó dormido. Tuvo una pesadilla horrible: soñó que su amada Rosaura se casaba con un antiguo pretendiente...
Cuando despertó, tuvo la impresión de haber dormido durante mucho mucho tiempo. Se palpó la barba y ésta le había crecido sorprendentemente. Incluso podía notar las arrugas de su frente y de su manos. Pero, al fin, se había repuesto un tanto de su cansancio y continuó su vagabundear por la cueva... ¡Oh, con cuánta alegría pudo distinguir una débil luz al final de la galería! Al girar el recodo pudo contemplar una flor, brillante como una estrella, tal y como dijo la anxana. Con sumo cuidado cortó la flor y, con ella en las manos, no tardó mucho en encontrar la salida. «Verdaderamente esto es cosa de hadas», se decía Antonio.
Más se alegraba el leñador de haber salido de la cueva que de tener la flor prodigiosa. Estaba deseoso de ver a sus padres y a su novia y contarles la terrible aventura que le había sucedido en la cueva, y más tarde iría a llevarle la flor a la anxana. Pero cuando llamó a la puerta de su casa, un hombre salió y tomándole por vagabundo le dijo: «Ea, vete de aquí y no molestes». Fue después a casa de su novia, y cuando golpeó en la puerta salió una vieja que le espetó: «¿A qué Rosaura buscas? Yo soy la única Rosaura en esta casa. Vete de aquí, mendigo, y no molestes». Desesperado, cansado y casi loco, Antonio no sabía qué hacerse. A sí mismo se veía con la ropa desastrada, con una barba larguísima y envejecido de modo lastimoso... no pudo más y dejóse caer junto a la iglesia. Acertaron a pasar por allí una anciana y su hijo, y, sintiendo lástima de él, lo llevaron a su casa y lo acomodaron tan bien como pudieron. A la mañana siguiente le cortaron las barbas, le dieron ropa nueva y le ofrecieron el pobre desayuno que tenían.
No quiso comer nada Antonio. Pensó que acaso la anxana pudiera explicarle las desgracias que padecía: por qué había envejecido, por qué sus padres no habitaban la casa en la que vivieron, por qué aquella vieja desagradable decía llamarse como su novia...
Llamó a la anxana con tres golpes de vara y, entre sollozos, le dijo:
-Aquí tienes la flor que me pediste y, ahora, dime: ¿qué me ha sucedido y dónde están mis padres y Rosaura?
-Es el castigo que mereces, avaricioso, falso y engañador. Asombrado y aterrorizado, Antonio echó varios pasos hacia atrás.
-Eso que a ti te han parecido días, fueron en verdad cincuenta años -continuó la maga. Del mismo modo que tú olvidaste a Mercedes, aquella moza a la que prometiste bodas, así el tiempo te ha olvidado a ti; y te olvidaron tus padres, cuyos cuerpos reposan en el cementerio desde hace muchos años; y te olvidó tu prometida Rosaura, que tomó por marido a otro, tal y como soñaste; y después de tanto tiempo Rosaura, ya vieja y maltrecha, no ha querido recibirte en su casa. Pero, anda, ve allí donde te han dado cobijo esta noche; que puedas comprobar que el buen amor no tiene olvido: esa mujer, anciana como tú, es Mercedes, y el mozo que te ayudó a sostenerte es tu propio hijo. Anda, ve con ellos y no vuelvas a visitarme jamás.

Fuente: Jose Calles Vales

0.003.3 anonimo (españa) - 018

Historia de la guerra de las comunidades y juan de padilla

Lo legendario y lo histórico se mezclan en este episodio: los personajes principales de esta peripecia son reales y existieron verdaderamente. En cambio, otras circunstancias de su vida están entretejidas con suposiciones e invenciones de cronistas y poetas. Ocurrieran las cosas como quiera que ocurrieran, lo cierto es que el nombre de Juan de Padilla está íntimamente ligado a la revolución de Castilla y al deseo de los castellanos de guardar sus antiguos fueros: la rebeldía castellana no tuvo lugar porque quisieran más de lo que en justicia les pertenecía, sino porque no le fueran usurpados los derechos que a fuerza de trabajo e historia se habían ganado.
Dice el erudito don Francisco Martínez de la Rosa que ya desde la monarquía de los Reyes Católicos se veía venir la infamia que Castilla tendría que soportar. Con la llegada al trono de Carlos 1, las imposiciones se hicieron más fuertes y a los castellanos se les negó el pan y la sal: para los intereses del Imperio, Castilla era el granero de trigo y de hombres, y a cambio sólo se les ofrecerían deberes e infamias. Carlos no conocía a los castellanos: era, de hecho, un extranjero en el trono e ignoraba las costumbres y la lengua de la nación que gobernaba. Colocó en cargos honoríficos y políticos a sus amigos de Flandes y Alemania, los cuales no dudaron en sangrar a Castilla y llevar todas las riquezas lejos de España. Impuestos, gravámenes, órdenes: esto era cuanto hacían aquellos ministros. Se anularon los fueros y las libertades de las ciudades castellanas y el descontento se extendía desde Palencia a Toledo.
Ni siquiera se atrevió Carlos v, emperador de Alemania, a convocar cortes en Castilla: lo hizo en Santiago y no para escuchar los ruegos de sus miserables súbditos, sino para evitarlos y no enojarse con sus peticiones. Castilla podía sobrellevar la opresión, pero no el desprecio, y en las calles de Toledo se oyeron las primeras quejas y se organizaron los primeros tumultos. El paladín de este primer amago de revolución fue Juan de Padilla, del que un enemigo suyo dice que era limpio de sangre, bien dispuesto de cuerpo, de ánimo esforzado, ducho en armas, juicioso, mozo en edad y querido por todos los vecinos. Sugirió Juan de Padilla que se enviasen cartas a otras ciudades de Castilla y que, formado el consejo, se pidiera al emperador la restitución de libertades y fueros. Varias peticiones más se solicitaban: que el rey no abandonase su patria, que no se diesen oficios a extranjeros, que no se sacase moneda del país, que no se pidiera más dinero a Castilla, que las cortes se celebrasen en el país, que no se vendiesen los cargos, que la Inquisición no oprimiese a los pueblos y, finalmente, que se administrara justicia como es debido. Excepto Burgos, Sevilla y Granada, las demás ciudades estuvieron de acuerdo, y fueron los procuradores de Salamanca los que represen-taron a Castilla en la audiencia. Pero el monarca no los escuchó, les volvió la espalda y les reprendió muy severamente. Los procuradores de Salamanca y Toledo reclamaron de nuevo sus derechos y se negaron a jurar obediencia, de modo que Carlos desterró a unos y encarceló a otros.
Cuando llegaron estas noticias a Toledo, Juan de Padilla y los suyos asaltaron el alcázar y colgando a ciertos nobles corruptos, se hicieron con el poder. Poco importó esto a Carlos, que abandonó España en el año 1520 habiendo conseguido un inmenso tesoro que dilapidaría en el extranjero.
Esta noticia produjo un levantamiento general en gran parte de Castilla y no se acataron las órdenes de Adriano de Utrech, un cardenal faldero y débil al que Carlos había puesto al frente del país. Los procuradores de Cortes que habían concedido el dinero a Carlos fueron perseguidos e insultados pública-mente y en Segovia llegaron a matar a uno de ellos. Toledo, Segovia, Burgos, Zamora, Madrid, Cuenca y Guadalajara se alzaron en armas y alertaron al resto de ciudades: por la ley o por las armas lograrían zafarse del yugo imperial y del deshonroso sometimiento de Carlos. Este conoció el desastre de la guerra civil que se urdía en Castilla y mandó aviso de que aceptaba las peticiones de Toledo, pero, al fin, envió soldados a Segovia y quiso hacer un escarmiento en aquella población. Pero Segovia pidió ayuda y toledanos, burgaleses, zamoranos, madrileños, toresanos, leoneses y murcianos, entre otros muchos, acudieron al auxilio de sus compatriotas. Al mando de los de Toledo iba, por supuesto, Juan de Padilla. Tan gran ejército se formó que el capitán de las tropas imperiales tuvo que retroceder, pero acudieron a Medina del Campo en busca de ayuda y de la artillería. Los ciudadanos de Medina lo impidieron, pues no querían participar en la humillación de sus compatriotas. Resueltos y valientes, los pobladores de Medina se enfrentaron a los soldados. La furia imperial se cebó en el pueblo: se quemaron las casas, colgaron a los vecinos y se cometieron las peores tropelías en aquel año de 1521. Medina quedó en la mayor ruina y el dolor fue inmenso entre los honrados ciudadanos. No dudaron los comuneros en acudir en su auxilio y pusieron en fuga a las tropas imperiales, que huyeron a Flandes como el niño llora en las faldas de su madre. Los comuneros se hicieron con la artillería de Medina y desde Galicia, Asturias y Vizcaya llegaron cartas de ánimo y apoyo.
Padilla y Zapata eran ya los capitanes de un numeroso ejército de revolucionarios. Fueron a Tordesillas y allí se entrevistaron con la reina Juana, encerrada y tratada con crueldad por su propio hijo. Doña Juana les escuchó y les trató con respeto, y sostuvo con su presencia el nuevo gobierno: la Santa Junta de Castilla. Los castellanos vitorearon a su nueva reina y el sello real volvió a ser respetado por todos. Todas las ciudades estaban entonces gober-nadas pacíficamente por los comuneros, excepto las de Andalucía que anunciaron su incondicional apoyo a Carlos y amenazaron con atacar a los castellanos. Pero esto no llegó a suceder.
En fin, las ciudades de Castilla veían florecer de nuevo sus campos y los habitantes comerciaban y trabajaban en la mayor felicidad. Pero los nobles comenzaron a quejarse abiertamente de este gobierno del pueblo y recordaron que la reina Juana no era más que una pobre loca. De modo que la avaricia y la tiranía invadieron sus pechos y volvieron sus ojos al emperador, traicionando del modo más infame a sus compatriotas. También tuvo mucho que ver en el descontento de los nobles el propio Carlos, que enviaba cartas secretas a los nobles, prometiéndoles el oro y el moro si lograban acabar con la revolución.
Cuando el rey tuvo convencidos a los nobles, envió una carta a los comuneros jurando que haría cumplir las antiguas leyes y asegurándoles todas las antiguas peticiones de Castilla. Aceptaron de buen grado los comuneros e ingenuamente creyeron en la buena fe del emperador. Pero éste traicionó su confianza y, ya en España, ordenó que los cabecillas de la revolución fuesen condenados a muerte, sin juicio y sin proceso; anuló todas las leyes contrarias a su voluntad y se declaró señor absoluto de los reinos de Castilla. Los navarros y los portugueses contribuyeron a sojuzgar al pueblo y los ciudadanos libres fueron sometidos de nuevo a la más penosa esclavitud. A duras penas los comuneros, sorprendidos por esta traición y asaltados por las tropas imperiales, pudieron reunir sus tropas: fue nombrado don Pedro Girón capitán de los revolucionarios. Los imperiales sitiaron Tordesillas y en su auxilio llegó Acuña, obispo de Zamora, del cual se dice en las crónicas que, pese a su avanzada edad, tenía un ánimo tan templado y un espíritu de libertad que podría competir con el mismo Juan de Padilla. Gran batalla se entabló en la capital de Castilla y numerosos los muertos que quedaron en sus calles, pero al fin la heroica ciudad no resistió y fue tomada por las armas y sus ciudadanos colgados o degollados. La misma reina Juana fue de nuevo encarcelada y se le pusieron cadenas durísimas.
Cundió el desánimo entre los comuneros, los cuales se sintieron engañados y traicionados, y todo anunciaba que la revolución tocaba a su fin. Muchos caudillos abandonaron la bandera de la libertad y se unieron al Imperio, unos por ambición y otros por un puñado de monedas. Dice el cronista Martínez de la Rosa que esta situación hubiera bastado para desanimar a cualquier pueblo, «pero eran castellanos» los que luchaban y era la libertad lo que anhelaban. Tomaron las riendas de la rebeldía Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado.
Juan de Padilla fue elegido capitán del ejército y aclamado por el pueblo y las tropas. Dispersó sus huestes por la comarca de Valladolid y durante mucho tiempo batalló contra nobles y partidarios del emperador. «Fueron frecuentes las escaramuzas con las tropas de los gobernadores, haciéndose unos y otros gran daño, talando campos, tomando villas y lugares, y sin escuchar nunca palabras de paz a pesar de haber venido a esta sazón un legado del Papa».
Por segunda vez los comuneros remontaban el vuelo y por segunda vez la libertad desplegaba sus alas en Castilla. Fiero y valiente cual ninguno, Padilla se lanzó contra Tordesillas y, tras varios días de sangrientas batallas, la ciudad volvió a manos revolucionarias. De nuevo los gobernadores imperiales trataron de convencer a Padilla y a los suyos, pero esta vez los comuneros no cedieron y no quisieron ser traicionados una segunda vez.
Siete mil infantes y cuatro mil caballos se dirigían a los campos de Tordesillas: así lo había ordenado Carlos, dispuesto a terminar de una vez por todas con los comuneros. Y a ellos se le unieron otros seis mil infantes y otros cuatro mil de a caballo. Viendo Padilla que era imposible resistir a tan inmenso ejército, dirigió sus tropas a Toro, donde esperaba encontrarse con otros partidarios. El día 23 de abril de 1521 las tropas imperiales alcanzaron a los comuneros cerca de la población de Villalar.
Aquel día la lluvia y el barro hacía más lenta la marcha de Padilla y los suyos, y los imperiales atacaron violentamente y a traición. Quinientos comuneros perdieron la vida en el primer lance. Se batalló con singular fiereza y la sangre castellana se mezclaba con el agua que corría a torrentes en aquel lugar.
-¡Libertad, libertad, libertad! -gritaba Padilla a los suyos.
Los partidarios de Carlos hicieron gran mortandad, pero el ánimo de Padilla insuflaba coraje a los suyos. Todos conocían que era inútil la resistencia y, aun así, lucharon con valentía ante los traidores a su patria. Por cientos caían en el barro, con el corazón hendido o con el cuello tajado. En aquella gloriosa batalla, entre el blandir de espadas y los atronadores estallidos de la artillería, un grito se elevaba por encima de todos: era Padilla que lanza en ristre reclamaba libertad para su pueblo.
-¡Libertad, libertad, libertad!
Desesperado, buscó la muerte y en un último esfuerzo ensartó de un espadazo al vizconde de Valduerna, a un escudero y, sin espada, se lanzó contra el enemigo... Cayó al fin, herido y sin fuerzas.
Esa misma noche del 23 de abril fue encarcelado v atado con cadenas; junto a él estaban Juan Bravo, capitán de Segovia, y Francisco Maldonado, capitán de Salamanca. El héroe castellano hizo escribir cartas a su esposa: «más siento tu pena que mi muerte», le decía. Al día siguiente los tres capitanes fueron conducidos al patíbulo y caminaban con ánimo resuelto y con la conciencia tranquila. Cuando Juan Bravo oyó que eran condenados por traidores, con un gesto de desprecio le dijo al pregonero:
-Mientes tú y quien te lo mandó decir: no somos traidores sino amantes de nuestro pueblo y defensores de la libertad.
Oyendo esto, dijo Padilla:
-Amigo Juan, ayer fue tiempo de luchar como caballeros; hoy es tiempo de morir como cristianos.
Llegados al lugar del suplicio, Juan Bravo gritó:
-Degüéllenme a mí primero, que no quiero ver morir a los mejores caballeros de Castilla.
Y fue decapitado. También ajusticiaron a Maldonado, que quiso morir mirando a su tierra salmantina. Después quisieron ejecutar a Juan de Padilla. Muy sereno y con el alma entregada a Dios, el capitán castellano miró a su verdugo y le espetó:
-¿Ahí estáis vos, buen caballero? Acabad pronto.
Con la restauración de las libertades en España, en 1975, se convino que sería fiesta de Castilla y León el 23 de abril, y con este motivo se celebra en la población de Villalar algún acto público en recuerdo de los castellanos que dieron su vida por la libertad de su pueblo.

Fuente: Jose Calles Vales

0.003.3 anonimo (españa) - 018