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domingo, 28 de diciembre de 2014

Ladrones exagerados

Hiro no era un ladrón común. ¡Era el dios de los ladrones! Y Pai, su hijo adoptivo, era el más fuerte de los guerreros. Una noche, cuando Pai estaba durmiendo, su padre Hiro decidió cometer el mayor robo de la historia. Un robo tan espectacular que quedaría para siempre en la memoria de los dioses y de los hombres: con su banda de ladrones, se lanzó a robar la sagrada montaña de Rotui, en la isla de Moorea. Su plan era llevársela de allí sin que se enteraran los demás dioses y dejarla instalada en su propia isla de Raiatea.
Moviéndose con un sigilo que solo un dios era capaz de conseguir, Hiro y los suyos ataron con lianas fuertes y larguísimas el pico de la montaña.
Aseguraron el otro extremo de las lianas a su poderosa canoa y comenzaron a tirar y a empujar con todas sus fuerzas. No lograron llevarse la montaña entera, pero pronto sintieron que la parte superior del monte Rotui se rompía y se desprendía.
Temiendo ser descubiertos, Hiro,le mandó un mensaje a su hijo rogándole que le enviara su lanza mágica. Pai se despertó, corrió a la zona más elevada de la isla y desde allí lanzó con todas sus fuerzas su lanza hacia Tahití para que su padre pudiera usarla lo más pronto posible. En un segundo, la lanza atravesó el canal entre las islas y horadó un gran agujero en una de las montañas, que desde entonces se llama Montaña Agujereada. Pero el brillo de la lanza mágica y el ruido que hizo al atravesar las rocas despertaron a los gallos de la isla, que empezaron a cantar todos al mismo tiempo.
Sabiendo que los otros dioses no tardarían en llegar, atraídos por el estrépito, Hiro y sus ladrones escaparon asustados, pero sin soltar el botín. Los poderosos músculos de los remeros brillaban empapados de sudor, arrastrando el pico del monte Rotui por el fondo del mar, detrás de la canoa.
Hiro se salió con la suya. Su hazaña resultó inolvidable. Porque todavía hoy se puede ver, por la forma del monte Rotui, que le falta la parte de arriba. El pico robado está ahora instalado en el costado sur de Raiatea. Es una colina cubierta con árboles de una especie que no crece en el resto de la isla, una vegetación exactamente igual a la del monte Rotui, en Tahití.

0.191.3 anonimo (tahiti) - 059

La princesa roro anteng

Cuenta la leyenda que hace muchos cientos de años un imperio hindú reinaba en gran parte de las islas que forman Indonesia. Pero el imperio se veía acosado por sus enemigos. Para escapar de esa situación, Roro Anteng, la princesa real, y su marido, el príncipe Joko Seger, decidieron fundar un nuevo reino, al este de la isla de Java.
Embarcándose con muchos seguidores, navegaron hasta llegar a la isla de Java. Y allí, en el este de la isla, al pie del monte Bromo, un volcán inactivo, se instalaron con toda su gente. Uniendo las últimas sílabas de sus nombres decidieron que su reino se llamaría Tengger.
Y su reinado hubiera sido próspero y feliz si no fuera porque una gran pena perseguía a la pareja real: no podían tener hijos. En su desesperación, decidieron subir a la cima del monte Bromo para rogarle a los dioses que les dieran descendencia. Rezaron y suplica-ron con fe y humildad. De pronto, un relámpago feroz iluminó toda la región y como un trueno se escuchó la voz retumbante del mensa-jero de los dioses.
-La princesa Roro Anteng y el príncipe Joko Seger podrán tener hijos. Pero a cambio de este favor, el último de sus hijos será nuestro.
Con una mezcla de pena y alegría, los príncipes volvieron al palacio. En efecto, poco después la princesa quedó embarazada y tuvo un precioso bebé. ¿Y si ese fuera el último? Muy asustados, al año siguiente tuvieron otro. Y siguieron procreando hijos todos los años para no tener que entregar ninguno a los dioses del volcán. Así tuvieron veinticinco hijos. Pero la princesa era ahora una mujer mayor y ya no estaba en condiciones de seguir teniendo bebés. El último hijo se llamó Kesuma y sus padres lo amaron todavía más que a los otros, porque sabían que en cualquier momento los dioses podían reclamarlo para ellos.
Y así fue. Un día entre los días se escuchó otra vez la voz retumbante que exigía a los padres la entrega del hijo menor. Debían arrojarlo por el cráter del volcán. Si no lo hacían, el volcán entraría en erupción, matando a la gente que vivía en los alrededores.
Unos dicen que los príncipes huyeron con Kesuma, pero que, adonde fueran, un brazo de lava del volcán los seguía. Y que, finalmente, la lava roja y ardiente atrapó a Kesuma y se lo llevó hasta su destino. Otros dicen que el mismo Kesuma, compadecido de la suerte de los pobres campesinos a los que el volcán mataba sin piedad, decidió arrojarse al cráter del monte Bromo.
Lo cierto es que una vez que Kesuma desapareció dentro del cráter, la erupción del volcán se detuvo repentinamente. Como por arte de magia, la lava volvió hacia atrás, y el monte Bromo quedó convertido otra vez en una inofensiva montaña.
Poco después de su desaparición, se escuchó la voz de Kesuma, que parecía salir desde dentro de las entrañas del volcán.
-Amados padres, amados súbditos, no sufran por mí. Soy feliz de haber podido salvarlos. Ayúdense unos a otros y no olviden adorar a los dioses. Todos los años, en la noche de luna llena del mes de Kasada, deben realizar una ceremonia en el monte Bromo para recordar mi sacrificio.
Y desde entonces hasta hoy, todos los catorce de Kasada (el mes número doce del calendario Tengger), el pueblo que rodea el monte Bromo sube las laderas del volcán para recordar el sacrificio de Kesuma.

0.190.3 anonimo (isla de java) - 059

Lucha de dragones

Los dragones chinos eran reyes y casi dioses de las profundidades acuáticas: cada río, cada lago, cada océano, tenía su rey dragón. A veces podían tomar forma humana. Cada uno tenía su propia personalidad. Por ejemplo, el gran dragón negro del lago Erhai era muy malhumorado, y cuando se enojaba, podía ser peligroso.
Un día, el gran dragón negro fue a ponerse su túnica de seda preferida y no la pudo encontrar. Enfurecido, pensó que alguien se la había robado, y para que el ladrón no pudiera escapar, obstruyó la salida de agua del lago. Para la gente que vivía cerca de sus orillas, la situación se volvió desesperante. Como había varios ríos que llevaban su caudal hasta el lago, el nivel del agua empezó a subir y subir. Pero además, el enorme dragón negro revolvía el lago buscando su ropa y hacía levantarse tremendas olas, que provocaban inundaciones, destruían diques y puentes y muchas veces avanzaban sobre los cultivos de arroz.
Cerca de allí vivía un niño muy especial. Su madre era una joven lavandera que cierto día vio un delicioso melocotón flotando en el agua del río y se lo comió. En realidad, no era una simple fruta, sino una perla de dragón, y a partir de ese momento, el niño mágico comenzó a crecer en el vientre de su madre. Era todavía muy pequeño cuando decidió enfrentarse al temible dragón negro.
-Madre, no podemos permitir que ese dragón loco siga causando daño. En la ciudad el gobernador ha puesto anuncios ofreciendo una recompensa para quien logre dominarlo. Y yo lo haré.
La madre quiso detenerlo, pero fue imposible. El niñito no solo era capaz de hablar como un adulto, sino que tenía mucha fuerza. Al llegar a la ciudad, arrancó de un manotazo el cartel. El guardia se rio mucho cuando vio quién era el valiente que quería enfrentarse al dragón. Pero los vecinos, que habían visto al niño jugar sin miedo con las serpientes del campo, le insistieron en que lo llevara al palacio de su senor.
El gobernador recibió al niño con mucha curiosidad. Apenas habló con él, se dio cuenta de que no era una persona común y corriente.
-¿Y qué necesitas para vencer al gran dragón negro? -le preguntó.
-No es mucho, pero deben seguir exactamente mis instrucciones -dijo el niño. Necesito que haga forjar en bronce una cabeza de dragón. Necesito dos pares de garras de hierro, para mis manos y mis pies, y seis cuchillos muy afilados. Quiero también trescientas croquetas hechas de hierro y trescientas croquetas de harina cocina-das al vapor.
Era un pedido muy extraño, pero la situación era tan especial que el gobernador decidió hacerle caso en todo a esta extraña personita.
El niño se puso la cabeza de dragón, se calzó las cuatro garras, se ató tres cuchillos en la espalda, con el filo hacia afuera, se puso un cuchillo en la boca y los otros dos los empuñó en sus manos.
-Voy a lanzarme a las aguas del lago para luchar contra el gran dragón negro -les dijo a los vecinos, que se habían reunido para ver el asombroso espectáculo. Cuando vean surgir olas amarillas, lancen las croquetas de harina. Pero donde vean olas negras, arrojen las croquetas de hierro. Tengan preparado un gran trozo de tierra en el que crezca el pasto. Si consigo triunfar en la lucha, tiren el terrón al agua.
El niño se lanzó al lago y apenas su cuerpo tocó el agua, se trans-formó en el pequeño dragón amarillo. La terrible batalla comenzó. Las olas eran enormes, pero los hombres más valientes cargaron las croquetas en sus botes de madera y se hicieron al agua para alentar a su campeón.
Los dos dragones lucharon durante días enteros. Cuando el pequeño dragón amarillo tenía hambre, en la superficie del agua aparecían olas amarillas. Entre las salpicaduras, asomaba la cabeza amarilla con la boca abierta y la gente le tiraba croquetas de harina. Así, bien alimentado, podía luchar con más fuerzas. Cuando el gran dragón negro tenía hambre, aparecían olas negras. Y su gigantesca cabeza surgía sobre la superficie con la boca abierta como un pozo del infierno. Entonces la gente le tiraba las croquetas de hierro. Cuando el gran dragón negro se las tragaba, no solo seguía teniendo hambre, sino que volvía a la lucha con un tremendo dolor de estómago.
El pequeño dragón amarillo era muy inteligente y al tercer día decidió convertir su tamaño en una ventaja. Aprovechando que el gran dragón negro estaba desesperado de hambre y abría su enorme boca buscando comida, se le metió por allí, se deslizó como una serpiente por la garganta y fue a parar a su estómago. Moviéndose de un lado al otro, lo hirió desde dentro con sus cuatro garras y sus seis cuchillos. El dragón negro se retorcía de dolor y cada vez que su cabeza aparecía entre las enormes olas, la gente le tiraba más croquetas de hierro.
El enorme dragón negro había perdido la batalla.
-Ay, ay, Pequeño Dragón Amarillo, no soporto más tanto dolor, me rindo, te ruego por favor que salgas de mi cuerpo. Prometo irme del lago y nunca volveré.
-Muy bien, pero... ¿por dónde salgo?
-Por atrás.
-De ninguna manera, eso no está a la altura de mi dignidad. La gente dirá que salgo cuando haces tus necesidades.
-Entonces, por mi nariz.
-Un insulto. Parecerá que me arrojas cuando te suenas.
-¡Sal por mi oído!
-¿Como si te limpiaras de cera las orejas? Es ofensivo.
-¡Por favor, por favor, puedes salir por mi axila!
-Ah, claro. Para que me aplastes bajo el sobaco en el momento de salir.
-Ay, ay, ay, te lo ruego, sal pronto. ¡Que sea por la planta del pie!
-No pienso morir de un pisotón -dijo el pequeño dragón amarillo, retorciéndose otra vez con sus seis cuchillos dentro del enorme dragón negro, que estaba ya enloquecido de dolor.
-¡Está bien, está bien, puedes salir por mi ojo!
El pequeño dragón amarillo desenroscó un ojo de su enemigo y salió por la órbita vacía. El gran dragón negro quedó tuerto, pero muy contento de estar vivo. Perforó un túnel en una enorme roca y por ahí se escapó. Junto con él, escapó el agua sobrante, que estaba causando inundaciones.
Después de vencer a su enemigo, el pequeño dragón amarillo ya no volvió a su forma humana. De acuerdo con sus instrucciones, los vecinos arrojaron al agua un terrón con hierbas, al que trepó el pequeño, transformado en serpiente.
-No me verán más -les dijo a los vecinos. Pero no teman por mí. Donde se detenga este terrón, deben levantar un templo en mi honor. Desde allí, vigilaré y los protegeré para siempre.
El terrón fue flotando sobre el agua hasta el lugar donde se levanta hoy el Templo del Rey Dragón. Y dicen que el espíritu del pequeño dragón amarillo vive allí, asegurándose de que no haya inundaciones y las aguas del lago se mantengan siempre mansas.

0.005.3 anonimo (china) - 059

Peces en el rio grande

Hoy se les llama los indios de San Juan, porque ese nombre les dieron los conquistadores españoles. Pero hace muchas generacio-nes, cuando todavía no existía el estado de Nuevo México, donde viven ahora, este grupo de la nación pueblo llegó a las orillas del Río Grande desde una lejana y fría región del norte.
En esa región, los inviernos se hacían cada vez más largos y duros. Era difícil conseguir caza, y pocos bebés sobrevivían a los meses invernales, que parecían eternos, cuando toda la tierra estaba cubierta de nieve y de hielo. Una parte de la gente, harta de sufrimientos, decidió emigrar en busca de una zona más amable donde vivir felices. Pero, como suele suceder, muchos otros prefirie-ron quedarse. Les esperaba un viaje largo y dudoso, no podían estar seguros de que encontrarían ese lugar que buscaban, y seguramente tendrían que luchar con otros pueblos para quedarse con la nueva tierra. Era mejor permanecer donde estaban.
Los viajeros emprendieron la marcha. Era todo un pueblo que se ponía en camino, avanzando como podían, con sus niños y sus mujeres embarazadas. Seguían al sol, siempre hacia el sur, hasta que llegaron a las orillas del Río Grande. Caminaron a lo largo de la costa oeste del río. Atravesaron cañones profundos y cordilleras, yendo siempre hacia el sur, hacia el calor. Hasta que por fin llegaron a un valle amplio y soleado, donde había árboles y plantas, donde la tierra era fértil y servía para cultivar el maíz. Allí se detuvieron y construyeron un poblado de adobe al que llamaron Yuque Yunque, que significa «soleada tierra del sur». Y se llamaron a sí mismos «gente del verano».
Entretanto, los que se habían quedado en el norte, estaban sufriendo una vida cada vez más penosa y miserable. Cada año el frío aumentaba más y más hasta que, hartos de pasar hambre, decidieron emigrar hacia el sur siguiendo a sus hermanos.
En esa época y en ese lugar no había rutas. Hacía ya varios años que los primeros emigrantes se habían ido, y la naturaleza había cubierto las huellas de sus pasos. Los nuevos viajeros siguieron su propio rumbo y terminaron vagando por las grandes llanuras del este, donde no encontraron ningún valle cálido, ningún hermoso río.
Finalmente, después de muchas penurias, avanzando por otros caminos, pero yendo siempre hacia el sur, en busca del calor, llegaron a la orilla este del Río Grande y la siguieron hasta encontrar el valle soleado y el alegre poblado de Yuque Yunque.
¡Qué felicidad sintieron cuando se encontraron con sus compatriotas! Pero los indios pueblo no sabían en esa época cómo navegar y no podían cruzar el río. Tuvieron que contentarse con gritarse de un lado al otro, saludándose con gestos. Se instalaron en la otra orilla y construyeron casas para vivir. Se llamaron «gente del invierno», porque habían pasado mucho más tiempo en el frío del norte.
Los dos poblados a cada lado del río soñaban con reunirse, pero por el momento era imposible. Hasta que los dos hombres de medicina de cada aldea mantuvieron una larga conversación a gritos, cada uno desde su orilla, y decidieron reunir sus artes mágicas para crear un puente que permitiera cruzar el río.
Lamentablemente, no todos estaban de acuerdo con la reunificación. Sobre todo, había descontento entre la gente del verano, que estaba instalada allí desde hacía más tiempo y, por lo tanto, tenían más provisiones, habían organizado el cultivo del maíz y, en general, vivían en condiciones mucho mejores que los recién llegados. Entre los disconformes había un hombre malvado que tenía fama de brujo.
El hombre de medicina de la gente del verano era un experto en la magia del papagayo. Mientras que el hombre de medicina de la gente del invierno había aprendido en el viaje todo lo que había que saber sobre la magia de la urraca. Cada uno de ellos preparó una pluma gigante de su ave preferida, tan grande que podía partir de la orilla y alcanzar hasta la mitad del río. Graciosamente curvadas, las dos plumas se encontraron. Y apenas se tocaron, se unieron formando un puente fuerte y sólido por el que la gente del invierno podía cruzar para llegar al otro lado. Muy felices, cantando y bailando, contentos de encontrarse con sus amigos y parientes, las familias comenzaron a cruzar el río. Pero cuando el puente estaba realmente cargado de gente, con un hechizo cruel, el brujo malvado hizo que volcara, y toda la gente cayó al río. Los hombres de medicina no pudieron impedirlo, pero al menos consiguieron que no se ahogaran, convirtiéndolos en peces.
Desde entonces los pobladores de Yuque Yunque ya no se atrevieron a probar los peces del río, por temor a comerse a alguien de su propio pueblo. Los navajos y los apaches, que eran naciones vecinas, supieron lo que había sucedido y decidieron que tampoco ellos debían comer pescado, porque hubiera sido como cometer canibalismo. Y así, por más hambre que sufrieran los pueblos indígenas de la región, nunca jamás volvieron a pescar en el Río Grande.

0.011.3 anonimo (america-indios poeblo) - 059

Los manantiales de manitu

Hace muchos cientos de inviernos, todos los hombres rojos que cazaban búfalos en la pradera hablaban el mismo idioma y fumaban juntos la pipa de la paz. Cierta vez, en las Montañas Rocosas, un comanche y un shoshone se encontraron por casualidad junto a un arroyuelo. Los dos volvían sedientos de una jornada de caza. Unos metros más arriba, un manantial que salía de la roca viva vertía sus aguas en el arroyo. El cazador shoshone llegó hasta el manantial y antes de beber derramó un poco de agua en honor al Gran Espíritu. En cambio el comanche, exhausto, se arrojó al piso y hundió la cara en la corriente del riachuelo.
-Este es nuestro territorio -dijo, de mal humor, después de saciar su sed. ¿Acaso un extranjero tiene derecho a beber de la fuente cuando un comanche se contenta con el agua del arroyo?
-Manitú creó los manantiales para que todos sus hijos podamos beber agua pura. Au-sa-qua es un jefe de los shoshones y tiene tanto derecho como cualquiera a beber este agua.
-Los shoshones son una tribu comanche. Waco-mish es un gran jefe comanche -contestó el otro. Ningún shoshone tiene derecho a beber por encima de donde él bebe.
-Waco-mish miente -dijo el shoshone. Tiene lengua de serpiente y el corazón negro como el espíritu del mal. Cuando Manitú hizo a sus hijos, los comanches y los shoshones, los arapahó y los paine, a todos por igual les dio búfalos para alimentarse y manantiales para beber agua pura.
El comanche no contestó. Lleno de odio, esperó hasta que el otro cazador bajara la cabeza para beber, y cuando estaba descuidado se abalanzó sobre él, haciéndolo caer. Después le hundió la cabeza en el agua del arroyo hasta ahogarlo.
Pero cuando las últimas burbujas de aire desaparecieron, porque el cazador shoshone había dejado de respirar, un extraño sonido sibilante brotó del agua. Una nube de vapor se elevó sobre el arroyo y en el aire se materializó una figura que el asesino conocía muy bien. Era un anciano de cabellos blancos que lo miraba con severidad: el gran Wau-kau-aga, el padre de la nación comanche y la nación shoshone. Wau-kau-aga había sido un gran guerrero mientras vivió como humano sobre la Tierra, famoso por sus hazañas y por sus buenas acciones.
-Has roto el vínculo entre dos naciones hermanas y poderosas -le dijo al asesino. En recuerdo de tu crimen, que el agua de este manantial se vuelva para siempre ácida y venenosa. En cambio, este será el recuerdo del buen cazador shoshone.
-Golpeando con su mazo mágico la roca, creó un manantial y un estanque de agua fresca y cristalina.
Desde ese día, los comanches y los shoshones se convirtieron en enemigos. Muchos cráneos comanches fueron escalpados y muchas cabelleras adornaron los tipis de los guerreros shoshones, en venganza por la muerte de su jefe.
Y allí están los manantiales de Manitú, uno venenoso y el otro puro, como recuerdo de la triste hazaña del cazador comanche.

0.011.3 anonimo (america-comanche) - 059

El robo del fuego

Para los seres humanos no tener fuego era un problema grave. Entre otras cosas, había que comer todo crudo y frío. La única manera de calentar los alimentos era llevarlos durante horas bajo la axila. Pero con este método, la gente se hacía llagas, que muchas veces se infectaban y les provocaban la muerte.
El dueño del fuego era el gigante Takea. Lo tenía escondido en una caverna y no se lo prestaba a nadie. Los indios shuar, cuando se morían, se transformaban en aves, y trataban de meterse volando en la caverna de Takea para robar una brasa. Pero era imposible. La puerta de la cueva se abría y se cerraba tan rápido, que ningún pájaro lograba escapar a tiempo con su botín.
Había un solo pájaro lo bastante veloz y lo bastante astuto como para engañar a Takea: era Jempe, el colibrí de la cola larga, que era amigo de los shuar y se apenaba de verlos sufrir tanto. Cierta vez, después de una tremenda lluvia tropical, el colibrí se instaló, empapado y tiritando, en la boca de la caverna. Allí lo encontraron los hijos de Takea, el señor del fuego. Encantados con sus colores y con esa cola rarísima, mucho más larga que el resto de su cuerpo, los niños lo llevaron dentro de la cueva y lo acercaron al fuego para que se calentara.
Jempe mantenía a los niños fascinados con la belleza de su plumaje de colores. Pronto estuvo lo bastante seco como para mostrarles que podía mantenerse suspendido en el aire, agitando sus alas a tanta velocidad que no llegaban a verse. Entonces, de golpe, tan rápido que nadie atinó a impedirlo, el colibrí se acercó al fuego, encendió su propia cola con las llamas y salió por la puerta de la caverna en un abrir y cerrar de ojos. Cuando Takea se dio cuenta de lo que pasaba, ya todo había sucedido.
El colibrí voló hasta encontrar un árbol seco, con su cola encendida lo hizo arder y así les entregó el precioso fuego a los shuar. Después voló tan rápido como le permitían sus alas hasta el arroyo más cercano y metió allí su la cola en llamas para apagarla.
Desde entonces los shuar fueron dueños del fuego y nunca más lo perdieron, manteniéndolo siempre encendido en sus fogones de tres troncos. Así pudieron cocinar y comer alimentos mucho más calientes que entibián-dolos bajo el brazo, pudieron calentarse después de las lluvias, andar en la noche y quemar maleza para preparar sus huertas.
Y quedaron para siempre agradecidos a Jempe, el único entre las muchas variedades de colibríes que vuelan por el Amazonas que tiene la cola bifurcada. Porque quedó para siempre así desde que se le quemó en el medio, cuando le robó el fuego a Takea para dárselo a los hombres.

0.011.3 anonimo (america-shuar) - 059

El llanto de las estrellas

Se cuenta en Papúa que el rocío, esas gotas que vemos todas las mañanas sobre las hojas de los árboles, en el pasto, sobre las piedras, son las lágrimas de las estrellas. Pero no son lágrimas de pena, ni de emoción. ¡Son lágrimas de rabia! Hace mucho, mucho tiempo, antes de que existieran los hombres sobre la tierra, las estrellas discutieron con la arena.
-Los granos de arena somos más que las estrellas -dijo la arena, muy orgullosa. ¡Muchos más!
-No es verdad -dijeron las estrellas. Y podemos probarlo. Vamos a contarnos. Las estrellas nos contaremos a nosotras mismas y la arena contará cuántos granos la componen.
-Tengo una idea mejor -dijo la arena. Para que la competición sea más justa, yo contaré las estrellas y ustedes contarán mis granos.
Y así lo hicieron. La arena fue la primera. Le llevó mucho tiempo, pero después de contar y contar, terminó por saber exactamente el número de las estrellas.
En cambio cuando les tocó el turno de contar a las estrellas, se encontraron con un grave problema. ¡Los granos de arena eran tantos que ni siquiera se podían contar! Las estrellas podían llegar a calcular cuántos eran todos los que se veían en la superficie, pero por debajo la arena seguía y seguía. ¡Era infinita!
Las estrellas se dieron cuenta de que la arena había ganado. Y desde entonces lloran todas las noches esas lágrimas de rabia y de vergüenza que la gente llama rocío.

0.140.3 anonimo (papuasia) - 059