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lunes, 4 de noviembre de 2013

La luz de alapa, la luna

Ore apa tenkiterunoto nemeti keeya. Ore ele loongukuurmi naa keitayiolo iyiool ajo kai apa ekununye erikeeya pee ewuo enkop.

En los primeros tiempos de la Tierra, Natero Kop vivía con los suyos en un poblado masai llamado Enkang. Sus viviendas estaban hechas con ramas cubiertas de barro con bosta de vaca y ceniza y protegidas por barreras de espinos. En aquel tiempo, el Sol brillaba siempre y la Luna no se veía. Estaba escondida detrás del Sol.
En aquel poblado vivía un anciano que llevaba por nombre Olesikari. Este hombre tenía dos mujeres y cada una de ellas le había dado un hijo. Natero Kop le dijo al patriarca Leeyo que Enkai le había dado el siguiente mandato: si moría un niño de la tribu, tenía que llevar su cuerpo lejos, a la sabana, diciendo: «Hombre, muere y vuelve a nosotros. Luna, muere y no vuelvas jamás».
Uno de los niños estaba muy enfermo desde su nacimiento y se puso muy grave.
Olesikari fue a ver a Leeyo y le pidió consejo. Leeyo le comunicó el mandato de Natero Kop.
Olesikari volvió a su casa y se encontró con Notatimi, su primera esposa. Aunque no era suyo el niño enfermo, ella lo cuidaba.
Él le comunicó el mandato de Leeyo y le pidió que, si el niño moría, lo cumpliera.
Cuando el niño murió, en el momento de depositar el cuerpo en medio de la sabana, Notatimi pensó: «Al fin y al cabo, el niño ya está muerto así que voy a decir lo contrario del mandato, a ver qué pasa».
Notatimi pronunció las siguientes palabras: «Hombre, muere y no vuelve nunca. Luna, muere y vuelve con nosotros», y regresó a su casa.
Entonces el cielo se tiñó de los colores del fuego, lanzando destellos dorados sobre las acacias y sobre toda la sabana. Después se fue oscureciendo lentamente, hasta que se hizo negro, y las tinieblas se adueñaron de la, sabana.
Era la noche. La primera noche de la Tierra...
Todo el mundo tenía miedo y los la animales no se atrevían a moverse.
Notatimi comprendió que la cólera de Enkai había caído sobre ella como castigo por su desobediencia. Después apareció en el cielo una bola blanca que desprendía un débil resplandor sobre la sabana. Nadie se atrevía a mirarla, temiendo perder la vida. Aquella noche, la primera noche en la Tierra, nadie durmió.
Por fin, poco a poco, la luz regresó y con ella el alba. Los gallos fueron los primeros en manifestar su alegría. Después, todas y cada una de las criaturas dejaron de tener miedo y volvieron a sus ocupaciones de siempre. Volvió a caer la noche, y regresó la Luna, y todo el mundo se fue acostumbrando a su opalescente luz.
Notatimi no había dormido aquella noche: había estado rezando para que el niño volviese, renaciendo, al mundo de los vivos. Pero el niño no regresó. Y cuando Olesikari comprendió que había perdido a su hijo para siempre, le preguntó a su mujer qué era lo que había dicho.
Ella se lo contó y Olesikari la echó de la choza y le dijo que se construyera su propio hogar al otro extremo del poblado. Por esta razón, desde hace mucho y hasta nuestros días, las esposas de un masai no viven bajo un mismo techo.
Algún tiempo después, el hijo menor de Leeyo murió. Él, al depositar su cuerpo en la sabana, siguió el mandato de Natero Kop. Dijo: «Hombre, muere y vuelve a nosotros. Luna, muere y no vuelve jamás».
Pero no sucedió nada. El pequeño no regresó.
Entonces, transido de dolor, Leeyo decidió ir a ver al Dios Enkai. Emprendió la marcha y caminó largo tiempo hacia la montaña sagrada. Acometió la ardua escalada. Cuando llegó a la cima, imploró a Enkai:
-Todopoderoso Enkai: devuélvele la vida a mi hijo y te prometo que cuidaré de que ningún miembro de mi comunidad te desobedezca jamás.
-No puedo hacer tal cosa, Leeyo -respondió Enkai.
-Pero tú tienes el poder de hacerlo, Enkai. Te suplico piedad.
-Es inútil que me supliques -replicó Enkai- pues, al no seguir mi mandato, tú lo estropeaste todo con el primer niño, actuando a tu manera. Ese niño era uno de los nuestros. Os di a los hombres el poder de disponer de una bendición divina y, en la primera ocasión que se os presentó, actuasteis en contra. Ahora es demasiado tarde y nadie puede ya regresar a la vida. El hombre que muera, no volverá y la Luna, aunque muera, volverá siempre. Ahora baja a reunirte con los tuyos, pues bastante cruel es tu castigo, y recuerda que lo que diga Enkai no puede desobedecerlo ningún hombre sobre la Tierra. Yo soy el que Es...
Leeyo descendió y meditó acerca de lo sucedido. Rezó durante mucho tiempo.
Días después, el hermano de otro moran enfermó gravemente. Natero Kop dijo que nadie se acercase a él, excepto su madre y él mismo, pues todos los que le tocasen enfermarían también.
Pero no pudieron curarle y el niño murió, al igual que la madre. Natero Kop, al que no afectó la enfermedad, llevó ambos cuerpos a la sabana, lejos del boma. Luego regresó y todos rezaron a Enkai.
Un día, Mbua, el perro de Leeyo, guardián del rebaño, cayó también muy enfermo y todo el ganado del poblado quedó afectado por la misma enfermedad. Laibon recordó, tras mucho pensar, que había visto a Mbua acercarse al lugar donde el niño y su madre reposaban en la sabana. Era evidente que al entrar en contacto con los dos cuerpos había adquirido la terrible enfermedad y luego la había transmitido a los rebaños.
Ni las hierbas curativas, ni las hechicerías, ni ninguna de las habilidades de Natero Kop pudieron salvar al ganado, que murió al igual que el perro Mbua.
Leeyo se dijo: «Todo es por mi culpa: he desobedecido a Enkai y todo está yendo de mal en peor. Soy yo el que debe morir pues por mi culpa ha venido la desgracia a mi pueblo». Leeyo partió hacia la morada de Enkai.
Se detuvo al pie de la montaña a dormir y contempló el caer de la noche sobre la soñolienta sabana.
A la salida del sol, trepó hasta lo alto de Oldoinyo Lengai, la montaña sagrada, y dijo al Creador:
-Aquí me tienes, Enkai. Toma mi vida y protege la de tus hijos y la de tus rebaños. Ellos no han hecho nada para merecer ese castigo.
-No tomaré tu vida, Leeyo. Has vivido honrando tu nombre y con eso me basta.
-Pero no he hecho respetar tu voluntad, Enkai. Prefiero morir antes que ver cómo mi pueblo se extingue por mi culpa.
-Enkai nunca quita la vida a aquello que Él ha creado. He creado la vida sobre la tierra y todo lo que vive está en armonía y ha sido hecho para que viva en armonía. Si los hombres modifican o destruyen lo que Yo he creado, no puedo rectificar sus errores utilizando mi poder. ¿De qué sirve el poder de un Dios si los hombres se creen también dioses, en lugar de desear comportarse dignamente como hombres?
-Creo que te comprendo, Enkai. Nuestra obligación es, sencilla-mente, vivir en el mundo que Tú has creado para nosotros, venerándolo cada día por ser como es -dijo Leeyo.
-Solamente Yo soy el que Es... Y puesto que la muerte es ahora inevitable para cada uno de vosotros, y como vuestros ritos no contemplan el sepultar los cuerpos sino ofrecerlos a otros elementos de la Creación, haré algo para restablecer el equilibrio que has destruido e invocaré a Alapa, la Luna, poder celeste. Voy a crear un nuevo animal: Fisi, la hiena. Fisi poseerá una poderosa mandíbula; hallará a mis criaturas dormidas para siempre en la sabana y devorará sus cuerpos para que su mal no perdure y no contaminen al resto de los seres vivos. Fisi tendrá una tarea muy importante, pues purificará la sabana. Pero cuidaros de ella: podría devoraros también a vosotros, los vivos. Otorgo a Fisi la gracia de Hekima, el antílope; la fuerza de Ng'aa, el guepardo; y la inteligencia de Tumbili, el mono.
Y cuando los hombres de tu poblado miren a la Luna, se acordarán del poder de Enkai y de su error de creerse omnipotentes.
Regresa con los tuyos, Leeyo, y di a tu pueblo que el poder de Enkai es infinito y que todo lo que vive sobre la tierra está para proteger a todo lo que vive sobre la tierra.

Fuente: Anne W. Faraggi

0.113.3 anonimo (masai) - 026

La ascension del crater

Neing'uari orkinyang ake, neto akiti peyie eidip aitayu imasaa enyenak. Ore peyie ebau olotoko, eeta tenkufiiík enye inkujit nainepua teine.

Fue en los orígenes de la Tierra. Natero Kop vivía con sus hijos y con sus rebaños en el Andikiru Enero, un inmenso y árido cráter rodeado de altas paredes rocosas, del valle de Kerio, en la comarca de Kalenjin.
Todas las personas allí concentradas hablaban el olmaa, y no había ni jefes ni clanes. Todos tomaban parte en las decisiones y llevaban una existencia armoniosa.
Pero su vida era muy dura: el suelo, cubierto de piedras, no valía para alimentar a los animales. La hierba era muy escasa. La tierra, dura y yerma, no era capaz de absorber las aguas aportadas por unas lluvias violentas y demasiado breves.
Natero Kop y los suyos sufrían enormes dificultades para encontrar agua en las estaciones secas, que además duraban demasiado tiempo.
Transcurridas varias lunas, el hambre se convirtió en una auténtica amenaza; los niños más débiles comenzaron a morir y la tribu estaba muy desmoralizada.
Bajo el árbol de las palabras, Natero Kop y los suyos le preguntaron al patriarca Leeyo qué debían hacer para no ver sufrir a sus hijos y a su ganado.
Leeyo les dijo a los guerreros de la manyatta que había visto pasar a tres pájaros que llevaban hierba verde en sus picos para hacer sus nidos.
La comunidad mantuvo una larga reunión aquel día. Entre todos llegaron a la conclusión de que la hierba verde procedía del otro lado de las rocosas crestas, mucho más allá de los escarpados montes que se alzaban ante ellos; de allá donde crece la hierba y cae la lluvia.
Massinda, el guerrero, le dijo entonces a Leeyo que él era joven y fuerte y que, con algunos guerreros más, podía intentar averiguar lo que había al otro lado del cráter.
Se pusieron en camino sin volver la vista atrás, formando un armonioso desfile de vivas estatuas de bronce delicadamente cinceladas. Massinda marchaba en cabeza. La punta de su larga lanza brillaba al sol, despidiendo cegadores destellos al compás del animoso ritmo de sus pasos, que hacían que se balancease su larga y trenzada cabellera, emplastecida con ocre.
Su shuka, de tela roja anudada al hombro, restallaba al viento, descubriendo por instantes sus largas y bien conformadas piernas, tan ligeras que parecía que apenas tocaban el suelo. Avanzaron durante mucho tiempo entre piedras y zarzas y escalaron gateando los rocosos picos del farallón.
«¡Valor, se decían en silencio, que después del esfuerzo seremos recompensados!».
Cada uno de sus movimientos hacía destacar su fuerte musculatura bajo la negra y brillante piel, que resplandecía con la luz del sol. A veces se detenían a escuchar los sonidos de la naturaleza, intentando identificar la ronca tos del leopardo o el rugido del león. Mientras continuaban escalando vieron una columna de humo blanco ascendiendo hacia el cielo.
Al llegar a la cima descubrieron que había árboles frutales y llanuras de prados verdes hasta donde alcanzaba la vista, surcadas por multitud de arroyos por los que corría un agua cristalina. Ante ellos se erigía una gran montaña de la que surgía humo blanco.
Sus laderas estaban cubiertas por una espesa selva verde. Rebaños de tiernas gacelas reposaban entre los matorrales. A lo lejos, un lago teñido de púrpura por los rayos del sol, resplandecía con destellos plateados.
Recogieron frutas y algunas hierbas para llevárselas a los mayores de la tribu como testimonio de su descubrimiento.
Después reemprendieron la marcha para bajar de nuevo al cráter. Caminaron mucho tiempo, descendiendo por las paredes inclinadas y cruzando barrancos.
Cuando llegaron hasta los suyos fueron recibidos con grandes muestras de alegría y enorme curiosidad. Contaron lo que habían visto. Los ancianos se reunieron durante varios días y convinieron en declarar que Enkai les había dado todo el ganado existente en la Tierra y que, sin embargo, el suyo se moría en el fondo de un cráter. Acordaron también que, para dar gracias a Enkai por su gesto de bondad al haberles dado la montaña sagrada Oldoinyo Lengai, en la cima de la cual Él vivía, sus hijos debían desafiar las crestas del farallón y acercarse a Él con el fin de pedirle para sus rebaños la nutricia hierba que crecía al pie de la montaña sagrada.
¿Todos estuvieron de acuerdo y los ancianos comenzaron a estudiar el modo de escalar las crestas del farallón. Decidieron construir una gran escala lo suficientemente larga como para subir a lo alto de aquella terrible escarpadura. «Debemos llevar la menor carga posible», dijo Massinda. «Llevemos sólo lo esencial. Con nuestros corazones, nuestros espíritus y nuestros cuerpos bastará».
Cuando acabaron de hacer la escala se pusieron todos en marcha. También subieron a los animales, ansiosos por llegar a los pastos que aseguraban su subsistencia.
Cuando la mitad del poblado había alcanzado la cumbre, la escala se rompió. La otra mitad de la gente aún estaba en el fondo del cráter. Los mayores se reunieron y acordaron continuar y seguir a los que ya habían subido e iniciado la marcha.
Al llegar al pie de la montaña sagrada dieron gracias a Enkai por haber guiado sus pasos hasta Él. Para recompensarlos por su valor y felicitarlos por lo que habían conseguido, Enkai les reconoció como a sus hijos e hizo de ellos los primeros masai.
Mientras tanto, los que se habían quedado en el fondo del cráter fabricaron otra escala. Al ser menos, tuvieron que trabajar mucho durante la estación de las lluvias, y en toda la estación seca, para poder partir en busca de sus compañeros. Pero había pasado mucho tiempo y tuvieron que labrarse su propio destino.
Cuando llegaron hasta Enkai le preguntaron qué sería de ellos. Él les felicitó por su valor.
Para recompensar los esfuerzos que habían hecho para llegar hasta Él, sin dejar de cuidar de sus animales, decidió otorgarles el nombre de Ilmeek y regalarles las grandes llanuras del norte de Kenia.
Pero el camino era largo y el sol ardiente.
Enkai creó entonces un animal nuevo capaz de hacer largos viajes por la arena del desierto y de vivir con Sus hijos nómadas.
Y creó a Ngamia, el camello.
Luego Enkai les dijo que, además de en la cima de la montaña sagrada también vivía en el cielo y que, por las noches, les pondría en el firmamento señales de luz para acompañarles.
Cuando los recién llegados se pusieron en camino hacia los lugares en donde corría el agua, oyeron los nombres que les serían dados.
Nombres como Rendille, Pokot, Samburu, Turkana...

Fuente: Anne W. Faraggi

0.113.3 anonimo (masai) - 026

El daman y el elefante

Ore nabo olong, tenkiterunoto, neitubiru enkai ing'wesi osero, neitayu isapukin onkunyinyi...

Un día, en los comienzos del mundo, Enkai creó a los animales de la sabana. De cada especie creó dos modelos: uno grande y otro pequeño.
Creó a Nyoka Mkubua, la serpiente grande, y a Nyoka Kidogo, la serpiente pequeña. Creó a Swala Pala, el impala, y a Kadjabu, el pequeño antílope, apenas más alto que un helecho. Creó a Simba, el león, y a Paka, el gato. Después creó a Tembo Kidogo, el elefante pequeño, y a Tembo Mkubua, el elefante grande.
Tembo Mkubua era un soberbio animal de tres metros de alto que se alimentaba, bebía y respiraba gracias a una larga trompa. Dos grandes defensas de marfil le permitían defenderse.
Tembo Mkubua era respetado por todos y no tenía miedo ni de las aceradas garras de Simba. Tembo Kidogo, sin embargo, se lamentaba sin cesar de su desmesurada trompa, de su larga cola y de sus grandes y pesadas orejas.
Un día, Tembo Kidogo subió a la cima de la montaña sagrada Oldoinyo Lengai para ver a Enkai. Como era muy pequeño, tuvo grandes dificultades para trepar hasta el trono de Enkai.
-¿Qué sucede, Tembo Kidogo? -tronó Enkai-. ¡No te oigo más que quejarte!
-Esta trompa tan larga me molesta, Enkai, pues soy demasiado pequeño y me pesa mucho. Mis orejas son también demasiado grandes y me cuesta llevarlas -gimió Tembo Kidogo.
-Te he dado la misma fuerza que a Tembo Mkubua, pero a ti te he hecho más pequeño y más rápido -respondió Enkai-. Tienes las orejas grandes, es cierto, pero gracias a su consistencia y movilidad podrás tener menos calor cuando el sol esté en lo más alto. Te he dado una vista mucho más aguda que la de Kanzu, la cebra, y un olfato más fino que el de Ng'aa, el guepardo.
-Entonces haz de mí un elefante grande para que no tema ni a Simba ni a Ng'aa y para que no me moleste tanto la trompa -imploró el pequeño elefante.
-Tú eres Tembo Kidogo -se molestó Enkai, y no puedo hacer que seas Tembo Mkubua. Espera con paciencia a que pasen varias estaciones de lluvias y comprobarás que serás mucho más hábil con tu trompa y que tus defensas serán la admiración de todos. Tendrás la fuerza de Tembo Mkubua y la gracia de Kadjabu.
Muy contrariado, Tembo Kidogo bajó de la montaña sagrada Oldoinyo Lengai y volvió a la sabana.
Pasaron dos nuevas estaciones de lluvias. Tembo Kidogo utilizaba mejor su trompa. Todos los animales le felicitaron por sus hermosas defensas de marfil y el calor del sol le resultaba más soportable gracias a sus grandes orejas. Pero Tembo Kidogo era pequeño y seguía queriendo tener la fuerza de Tembo Mkubua.
Volvió a ver a Enkai, que estaba sobre su trono de oro en la cima de la montaña sagrada Oldoinyo Lengai.
-¿Qué quieres, Tembo Kidogo? -le preguntó Enkai.
-Quiero ser más grande. Grande como Tembo Mkubua -respondió el pequeño animal.
-¿Acaso no ha sucedido lo que te había anunciado? -inquirió Enkai.
-Sí -respondió Tembo Kidogo, manejo mejor la trompa aunque todavía sea muy pesada para mí. Mis defensas de marfil son hermosas y me protegen de las garras de Simba y de Ng'aa. Soporto bien el peso de mis orejas y mi pequeño tamaño me permite correr con rapidez.
-Entonces ¿qué quieres?
-Quiero ser grande como Tembo Mkubua. Suplico tu magnani-midad -murmuró Tembo Kidogo bajando la cabeza.
-¡¡¡No puedes implorar de mi bondad ser más fuerte sólo por pura vanidad!!! -tronó Enkai.
Por haber tenido la osadía de pedirme ser quien no eres, ya no serás Tembo Kidogo.
En su cólera, el Dios creador hizo que le desaparecieran de Tembo Kidogo su trompa, su cola, sus defensas y sus orejas.
-¿Y ahora qué voy a ser? -gimió la pequeña criatura.  ¿Qué soy?
-Te he dado garras para que puedas agarrarte a los salientes de las paredes rocosas. Seguirás teniendo la misma agudeza de oído y de olfato, lo que te permitirá distinguir el peligro desde lejos. Tendrás siempre una vista muy penetrante y, además, le doy a tus ojos una tercera membrana para que puedas mirar de frente al sol y así prevenir el ataque del águila, que caza cuando el sol de la mañana aún está bajo. Ya no eres Tembo Kidogo pues jamás te conformarías con no ser Tembo Mkubua. Ahora eres un damán y no pretendas ser jamás otra cosa. Entra en una nueva vida y míralo todo con ojos nuevos. Solamente así podrás renacer.

Dos tipos de elefantes
En África existen dos tipos de elefantes: el elefante de la selva y el elefante de la sabana. Éste es el más grande de los dos y puede medir hasta cuatro metros de altura. Posee cuatro uñas en las patas anteriores y tres en las posteriores. A pesar de ser de menor tamaño, el elefante de la selva tiene una uña más en cada pata. Las hembras son más pequeñas pero, aun así, pesan entre dos y tres toneladas.

Fuente: Anne W. Faraggi

0.113.3 anonimo (masai) - 026

El ciclo de las calamidades

El carancho les anunció que la tierra iba a ser quemada porque un gran fuego, originado por un obrar divino, se acercaba. Tiempo después, y ante la urgencia de la catástrofe, les comunicó que por desgracia no tenían escapatoria porque aunque poseyeran alas, no habían sido hechos para entrar al cielo, y además, aseguraba que las llamas también alcanzarían el firmamento.
Los tobas lloraron. De noche, el fuego fulgurante encandilaba la vista. Estaba cerca pero nadie sabía cuándo llegaría a la tierra toba.
Pasaron varios años y, finalmente, el ardiente calor arribó anunciado por la aparición de tigres y aguará‑guazúes[1] cerca del caserío. Un jabalí huía entonando estrofas de una canción de lamento:
"Ya estoy cerca de aquella orilla, ya estoy cerca, ya estoy cerca, cerquita estoy."
Y cuando arribó al poblado les comunicó que estaba tratando de escapar pero que era muy difícil, y continuó su marcha. Lo siguió un aguará‑guazú, y más tarde un ciervo, lamentándose con una canción. El mensaje se reiteraba: no había salida de aquel desastre.
De repente, alguien llegó con un plan de supervivencia: debían cargar bolsos con tierra para refugiarse bajo la superficie y cubrirse antes de que el fuego los alcanzara. Así lo hicieron varios, pero los que permanecieron en la superficie, sin resguardo, murieron quemados.
La catástrofe pasó, pero de inmediato se inició una fuerte lluvia. El agua aprisionó la tierra y, atrapados, permanecieron ocultos. El carancho se aventuró a averiguar qué pasaba arriba, imaginando que el monte había desaparecido. Lentamente se asomó sin atreverse a mirar. Unos momentos después abrió los ojos y comprobó que todo era uno: cielo y tierra se confundían por la ceniza acumulada.
Al bajar, les advirtió a todos los sobrevivientes que no debían levantar la vista ni observar enseguida, para evitar ser víctimas del dolor y transformarse en animales. Los que no obedecieron sufrieron los augurios: fueron convertidos en ciervos, avestruces y otras especies pequeñas. Dos mujeres solteras abandonaron el pueblo bajo el aspecto de osos hormigueros y perpetuaron su género exclusivo en ellos.
Al carancho no le pasó nada malo, no obstante, no lograba tener descendencia. Pensó en la bondad del creador y la capacidad de brindarle hijos. Entonces recibió una mujer y un pequeño varón del creador, quien le advirtió que debía enseñarle a ella a no temer por sus futuros dos hijos. Chiiquí calló hasta que su mujer quedó embarazada: dio a luz dos mellizos de diferente sexo y aprendió a cuidarlos sin miedo.
Las familias fueron creciendo y dispersándose en comunidades.
Cierto tiempo después, se repitió el anuncio del fuego. Cerca de la catástrofe, un hombre inició una excavación para salvar al pueblo, pero pocos podían comprender el sentido de sus actos. Solo algunos, los entendidos, confiarían en el refugio que estaba construyendo. Los demás, incrédulos, sufrirían.
La tierra, dos veces quemada, volvió a recobrar vida. Las parejas siguieron reproduciéndose y su número aumentó.

0.056.3 anonimo (toba)


[1] Mamífero parecido al zorro.

El cerro uritorco y sus secretos

Este cerro se muestra imponente, con sus casi 2 mil metros de altura, en las sierras chicas de la provincia de Córdoba. Esconde, de acuerdo con el relato de los habitantes más antiguos del lugar, la sabiduría de los ancestros de los comechingones, que desde sus orígenes lo veneraron porque lo consideraban sagrado; allí habitaban los espíritus de los muertos milenarios que emergían de sus tumbas para regalar a sus descendientes todo el conocimiento adquirido a través de los tiempos.
¿Cómo podían tener los comechingones esta certeza?
Sus antepasados, benévolos, les ofrecían a modo de maravillosas luces u otras señales cósmicas que surcaban el cielo, los mensajes que evidenciaban su existencia, Cuanto más grande era la luz, mayor energía y sabiduría demostraba tener el espíritu.
Para agradecer tanta deferencia de parte de sus ancestros, los hombres, mujeres y niños, realizaban bailes tomados de las manos y entonaban cantos llamados mantras (cantos especiales para llamar a entidades astrales).
Parece ser que, además, usaban elementos similares a morteros en rituales mágicos y sagrados, que fueron encontrados en diferentes zonas cercanas al Uritorco. Quizá los utilizaban para observar mejor las estrellas y el recorrido de las señales luminosas, porque en su parte inferior estaba representado el cosmos.
Pero no acaban aquí las sorpresas del Uritorco, también se podían ver caminando por el cerro a extraños hombres que desaparecían entre las piedras sin dejar rastro alguno. Según parece estos seres provenían del más profundo fondo de la tierra: de la enigmática ciudad de Erks.

0.025.3 anonimo (comechingon)

jueves, 5 de septiembre de 2013

Aquelarre con humor

Sentado en la cadiera al anochecer y con el señor José de contertulio y la bota dando vueltas sin cesar ("que no pare, que no pare, como a coda o burro"), es imposible aburrirse. Y allí sale todo a colación: los años de la guerra, el tiempo que hará la semana que viene ("ha empezau a luna con cierzo, pues pa'l cuarto, agua"), los famosos del pueblo, y las brujas, lo misterioso, que siempre está en el subconsciente de nuestras gentes.
Es curioso constatar con qué facilidad se pasa del chascarrillo y la mazada, a la historia para no dormir. Y hasta los adornos complementarios de las historias que uno ha escuchado ya de otras brujas y de otros tiempos. Hay una que se repite inexorablemente en todos los casos y es el misterio en torno al libro de los conjuros que al parecer tienen todas las brujas.
Le descubren a la vieja el libro "para hacer el mal", el libro verde o de San Cipriano, que casi siempre resulta ser un libro viejo escrito en latín que ninguna entiende y que se escribió con la más piadosa intención para los rezos o el refrigerio espiritual de clérigos. Naturalmente, nadie puede nada contra el libro. Dicen que lo tiras al fuego y salta de él sin quemarse, lo destruyes, pero siempre vuelve a aparecer entero:
-Abuela, ya te he roto el libro.
-Pues bien entero lo tengo otra vez en el arca!
Aunque muchas brujas sean bondadosas las hay de todos los estilos y, naturalmente, la señal religiosa des­hace los encantamientos más endiabla-dos.
En un pueblo de la montaña me contaron con pelos y señales y hasta con nombres propios un hecho insólito:
A las afueras del pueblo se había organizado el baile, alrededor de la cruz terminal. Todo el pueblo bailaba y bien inocentemente, pues bailaban la jota. Un hombre del pueblo cogió la guitarra para tocar y cantar una especie de cantiga tan en boga por nuestra geogra­fía. Afinó las cuerdas, rasgueó unos acordes, carraspeó para aclararse la garganta y comenzó la canción:

"En el nombre de Dios comienzo
y de la Virgen María..."

Y de repente, así como suena, desapareció todo el baile. Y hasta la guitarra se le volatilizó en las manos al buen hombre.
No sé hasta qué punto nuestros montañeses creen en las brujas. Lo digo porque con frecuencia se mezcla lo tétrico con lo humorístico y no parece que les afecten demasiado las cualidades que se supone que poseen las brujas para hacer el mal. En cierto lugar del Pirineo, cuando una buena mujer se sentaba a la puerta de su casa con el huso y la rueca para hilar, solía aparecérsele todas las veces un gato negro que se quedaba plantado delante de ella mirándola fijamente. Al final, la mujer cogió miedo, convencida de que se trataba de una bruja y se lo contó a su marido. El se lo dijo al cura y el cura le recomendó:
-Tú que no tienes miedo y le puedes plantar cara, disfrázate con la ropa de tu mujer y ponte a hilar, a ver qué pasa.
Así lo hizo. Y en cuanto se sentó a la puerta de la casa, allí estaba el gato negro y mirando más fijamente que nunca. Al final no pudo reprimirse y le habló al hombre con mucha sorna:
-¿Con bigote y estás hilando? ¡Eso es cosa de mujeres!
El le contestó, con no menos sorna:
-¿Gato y hablas? ¡Eso es cosa de hombres!
Agarró una piedra y se la tiró al gato a la cabeza. No lo mató, pero desde aquel día ya no volvió a molestar a la pobre mujer.
Pero la leyenda que quería contar ahora se cuenta de otro pueblo y sucedió en una Nochebuena.
El día de Nochebuena era propicio en muchos sitios para la actividad de las brujas. Por eso antes de salir para la iglesia a Misa de Gallo aquella noche, en casi todas las casas colgaban por la cuadra romanceros y rosarios para que no les pasara nada a las caballerías y ruda en las habitaciones para que la bruja no les raptase a los niños.
Hay una leyenda muy salada relacionada con casa Mairal de las Almunias aunque también se cuenta de otros muchos pueblos del Alto Aragón y aun fuera de él.
Un marchante, que además era zapatero remendón, llegó por allí a vender y trabajar y se hospedó en la casa, ya que no había posada en el lugar. Tampoco tenían cama disponible y tuvo que acomodarse en la cadiera de la cocina. Estaba durmiendo cuando le despertó un leve rumor y la impresión de que alguien se movía por la cocina. Debía ser más de medianoche porque la gente ya había vuelto de misa y había silencio en la casa.
Miró sin abrir del todo los ojos y vio que había dos mujeres por allí. El se hizo el dormido y a través de los párpados semicerrados observó que se acercaban a la tizonera del hogar y levantaban una losa con todo sigilo. De un hueco que allí tenían preparado sacaron un pote con un ungüento que él no distinguió muy bien. Se empezaron a frotar todo el cuerpo y luego exclamaron:
-"Por encima de rama y hoja, a bailar a la sierra de Tolosa!"
Con estas palabras mágicas, se sintieron arrebata­das y desaparecieron chimenea arriba.
El marchante se quedó de una pieza. Trató en reac­cionar pero luego pensó que tal vez valía la pena hacer él también la prueba. Sería una aventura interesante para poder contar después.
Bastante nervioso, se acercó a la losa que ocultaba el frasco. La levantó con cuidado y sacó el unguento mágico, hecho sin duda con hierbas misteriosas y fór­mulas brujeriles.
Se frotó bien todo el cuerpo igual que había visto hacer a las dos mujeres y con voz clara exclamó:
"Por entremedio de rama y hoja, a bailar a la sierra de Tolosa!"
Una sacudida lo levantó en vilo y una fuerza des­conocida se apoderó de él. Se sintió sorbido por la chimenea y por ella salió de la casa arrebatado. Una vez fuera de la casa y del pueblo comenzó a estorrozarse por toda la maleza. Y es que se había equivocado de fórmula y vez de decir "por encima de rama y hoja" había pronunciado "por entremedio de rama y hoja...". Eso fue su perdición. Creyó que su viaje no acababa nunca. Al cabo de un rato que le pareció interminable llegó a Tolosa, que está en Cochiplano.
El pobre estaba ya todo lastimado cuando pudo de­tenerse. Empezó a frotarse para aliviarse pero inmedia­tamente la vista del espectáculo que tenía delante le hizo olvidarse de sus males.
Ya estaban todas las brujas reunidas. ¡Qué cantidad de brujas! ¡Seguro que habían venido de todo el Pirineo! En aquel momento hacían todas cola delante del diablo, encarnado en forma de macho cabrío al estilo de Zuga­rramurdi. Para disimular tuvo que ponerse también en la cola. Conforme iba acercándose al buco le entraron verdaderas náuseas porque todas las brujas adoraban al diablo dándole un beso debajo del rabo.
No se podía volver atrás porque todos lo hubieran notado y vete a saber cómo hubiera terminado. Se acercó pues, pero cuando le llegó su turno de adoración, en vez de besar, que no le apetecía en absoluto, sacó un punzón de zapatero que llevaba en el bolsillo y le arreó un pinchazo. El diablo pegó un respingo pero no dijo nada.
Luego se pusieron todos a danzar y eso lo encontró divertido. Pero luego un brujón, que parecía el jefe dijo:
-"Ahora, otra vez a adorar."
Y volvieron a ponerse en cola. El zapatero también  El macho cabrío miraba de reojo y cuando fue a pasar él, le dijo todo tembloroso:
-"Tú pasa, pero no beses. O al menos aféitate el bigote! ".

Leyenda del pirineo

0.013.3 anonimo (aragon) - 009

El blasfemo

Junto a la portería del monasterio estaban reuni­dos varios menesterosos esperando que llegase la hora de repartir la sopa. Todos departían entre sí, más o menos amigablemente; que la identidad de suerte excluye el ruin sentimiento de la envidia. ¡Qué tristes historias hubieran podido relatar aque­llos harapos! ¡Cuántos sufrimientos aquellos cuer­pos curtidos por el sol y castigados por las lluvias y mal alimentados en su errante peregrinación sobre la tierra!
-Ya es la hora, gritó un viejo impaciente y gruñón.
Y sus compañeros en coro gritaron:
-Hermano Joaquín, abra la puerta, que es la hora de la refacción.
Asomóse el lego por la rejilla, y contestó:
-No sean tan vivos de genio, hermanos; es tem­prano todavía.
-Es la hora, repitieron los pobres.
-No es la hora, y no repliquen, que cuando yo lo digo sabido me lo tendré.
Continuaba el murmullo, y dijo el hermano Joa­quín:
-¿Les parece regular que la portería de esta ca­sa se convierta en una mala behetría?. ¡Si lo llega a entender nuestro Rvdo. Padre! Al primero que chiste, por nuestro santo Padre S. Bernardo, que le voy a castigar. Por cada palabra le quitaré una cucharada de sopa, y se la daré al más prudente y temeroso de Dios. ¡Canastos! Yo soy muy bueno, pero cuidado con apurarme la paciencia; -y cerró la rejilla.
Quizá la amenaza del hermano Joaquín no hubie­ra sido bastante eficaz para imponer silencio a los pobres, pero en el instante que cerraba la rejilla, venía en dirección al grupo un mendigo que llamó la atención de los demás. Era de todos el más des­harrapado, alto, cenceño, y tenía cortado el labio inferior, y el, superior, por el centro, de arriba abajo.
-Tocará a menos sopa -dijo una vieja.
-¿Quién habrá traído aquí a este buen hombre? -exclamó el anciano gruñón.
De seguro hubieran llovido preguntas, inspiradas por un sentimiento no muy caritativo, sobre el re­cién llegado, a no haber abierto de par en par la portería el hermano Joaquín.
Como se atropellan las aguas represadas al le­vantar la compuerta, así cayeron los pobres sobre la caldera de la pitanza, y el hermano, con el cazo, hizo entrar en razón a los más atrevidos, que eran quizá los más necesitados.
-¡Canastos, atrás, pónganse en fila y por orden!
-A mí, a mí, gritaban muchos.
-Para todos hay. Sepamos cuántos son; ¿los mismos de ayer? No; allí detrás me parece que veo uno nuevo. Por él empezaremos; venga acá; -y al mismo tiempo llamó con la mano al mendigo cen­ceño. ¿Trae escudilla donde echar la sopa?
Alargóla el mendigo, sirvióle su ración el herma­no, y al fijarse en la incisión de los labios, que mejor pudiera llamarse terrible cortadura, le pre­guntó en tono dulce y compasivo:
-¿Qué le ha pasado, hermano?
Contestó el mendigo unas palabras que no pudo comprender el lego por originales y por mal pro­nunciadas. No era aquella ocasión oportuna de em­peñarse en curiosas investigaciones, ni le dejaran los pobres, aunque tal se hubiera propuesto el her­mano. Siguió la distribución, y cuando cada cual se retiraba ya con su ración en la escudilla, acer­cóse el lego al desconocido y volvió a preguntarle cómo se había cortado los labios, que no parecía sino que a propósito se los hubiera hendido, y el mendigo contestó con acento extranjero y como si tuviera un defecto físico en la boca que le impidie­ra pronunciar, o como si le hubiera acometido una parálisis en la lengua:
-Es un castigo de los hombres; bien merecido, bien merecido.
Abrió la boca y vio el lego que tenía cortada la punta de la lengua.
-¿También los hombres le han cortado la len­gua? Habrá sido maldiciente, habrá mentido,.habrá calumniado a algún inocente; ¿por qué, si no, le han impuesto ese suplicio?
-Por blasfemo.,
Un movimiento de horror se advirtió en cuantos le escuchaban.
Echóse instintivamente atrás el hermano Joa­quín, hizo la señal de la cruz, y exclamó:
-Dios perdone al pecador. ¿Se ha arrepentido siquiera de los ultrajes que ha inferido a su Divina Majestad?
-Sí, hermano, y se lo prueba que me he impues­to el castigo de ir mendigando por el mundo, sin descansar en parte alguna, hasta que llegue mi úl­tima hora. Ya no volverá a verme, hermano.
Habían acudido a la portería dos conversos, y deseosos de saber algo de la historia de aquel sin­gular personaje, le instaron a que entrase, pero él pidió su venia para entrar antes en la capilla de Nuestra Señora de la Blanca, cuyas puertas estaban entreabiertas.
Cruzó el umbral, dejóse caer boca abajo, besó repetidas veces el suelo y dióse sendos golpes en el pecho, rezando pausadamente una oración.
Apenas salió del oratorio, el padre bolsero, que no sólo había tenido noticia de la llegada de aquel desdichado, sino que había dado cuenta de ella al reverendo padre abad, le indicó que éste deseaba conocerle; rindióse el mendigo de buen grado al deseo del abad, y acompañado por el padre bolse­ró, entró por la puerta de clausura, pasó por el primer claustro y subió por la escalera principal a una espaciosa celda, en cuya puerta le estaba es­perando un monje de distinguidos modales y es­crutadora mirada.
Era el reverendo padre abad.
A una indicación suya el mendigo, con gran tra­bajo, relató la historia de sus errores y de su de­testable y aborrecible costumbre.
Remí de Fereol, que así se llamaba el mendigo, explicó cómo las contrarie-dades de la vida habían influído en su carácter; que muerto su padre y fal­to de recursos, había entrado a servir en casa de un alquimista que se vanagloriaba de haber encon­trado el brebaje de la inmortalidad.
-Creía en la sabiduría de mi señor -prosiguió Remí, y como él renegaba de Dios, también yo renegué de su santo nombre; pero mi señor se sal­vó de las garras del verdugo, y yo caí en ellas. Vi­víamos en el Delfinado. La primera vez que me acusaron, fui condenado a la picota. Nueve horas permanecí atado en medio de una plaza, y los muchachos, los hombres y las mujeres, con un al­boroto infernal, me arrojaban a la cara lodo e in­mundicias. Bramaba yo de cólera y blasfemaba. Como reincidente, el verdugo me hizo una incisión en el labio superior y seguí blasfemando, y me cortó el inferior, y después la lengua... La ira, el dolor, la furia de la impotencia produjeron en mí tan terrible efecto, que quedé sin sentido por largo rato y llegaron a temer por mi vida.
Cuando me dejaron en libertad volví a mi casa y no encontré a mi señor. Temeroso de que las leyes de Felipe de Valois pudieran alcanzarle como a mí, cruzó la frontera y se fue del Delfinado a Saboya, en donde sólo se impone al blasfemo una pena pecuniaria. En Francia el verdugo, en Saboya el procurador fiscal[1].
-Los pontífices -interrumpió el abad dirigién­dose al padre bolsero- han condenado estos san­grientos suplicios: la Iglesia detesta el pecado, pero no quiere la muerte del pecador; quiere que el pecador viva y se enmiende. ¿Sentís, Remí de Fereol, un arrepentimiento sincero? ¿Detestáis con toda la fuerza de vuestra voluntad los agravios que habéis hecho vos, miserable gusano de tierra, al Soberano Autor de todo lo creado?
-Sí, padre -contestó; maldita sea la hora en que conocí a mi blasfemo señor.
-No maldigáis, Remí, que la maldición es semi­lla que produce amargos frutos. Ofrecisteis a Dios, en desagravio de vuestros enor-mísimos pecados, que andaríais mendigando el sustento sin dormir dos noches en el mismo sitio. Cumplid la promesa; yo rogaré por vos, y conmigo toda esta comunidad.
-Remí se puso de rodillas.
-Levántese el penitente y reciba con mi bendi­ción el abrazo de despedida.

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Al pasar por la plaza del monasterio, camino de la portería, el andrajoso mendigo, los criados de la labor, los pastores y demás sirvientes formaban un corrillo.
Un pastor, llevando de la mano a su hijo, zagal de no muy santas inclinaciones, le dijo:
-¿Ves Juan, lo que sucede a los que son malos? Por jurar el santo nombre de Dios en vano a ese hombre le han cortado los labios y la lengua. ¿Se­rás bueno?
-Sí, padre, contestó el rapaz siguiendo con la vista al mutilado.
El hermano Joaquín esperaba en la portería.
-¿Ha hablado con nuestro reverendo padre? -preguntó a Remí.
-Sí, y doy gracias a Dios por haberme propor­cionado tanta dicha.
-¿Vendrá mañana a la hora de la refacción?
-No: ya no volveremos a vernos. Dios tenga en su santa guarda al hermano portero.
-Dios guíe y consuele al blasfemo arrepentido, y después de una santa muerte le dé la gloria eter­na, como a todos. Amén.

Leyenda del monasterio de piedra

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[1] No hemos encontrado en el fuero de Calatayud ni en el de Daroca pena alguna contra los blasfemos.