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sábado, 24 de agosto de 2013

El cu y el chom

Cuando el dios Tonatiuh regía los destinos del universo poseían los pájaros la facultad de hablar como los humanos.
Era el más feo, de entre todos los pájaros, y el más insignificante también, el pájaro Cu. Cuando en las noches de luna llena las aves, bajo la presidencia del águila, se reunían en consejo, a todos aburría con sus lamentos. No se resignaba a lucir plumaje tan vulgar como lo era el suyo; mas un día, el águila, cansada de tantas quejas, quiso buscarle un remedio y preguntó a la lechuza (al teocolote), que tenía reputación de sabia, si se le ocurría algo para embellecer al pájaro Cu. Meditó largamente la lechuza, y al cabo propuso, solemnemente, que cada uno de los pájaros regalase al Cu una de sus bellas plumas. Pero como éstos no se mostraran dispuestos a desprenderse ni de una sola, la lechuza creyó oportuno que, a cambio, el pájaro Cu se convirtiera en mensajero de las aves, a fin de pagar así los sacrificios que hacían por él. Se hizo. Las plumas de los más bellos colores fueron a parar al pájaro Cu, que se contemplaba embelesado.
El pájaro Cu, desde ese momento en el que recíbiera las plumas de los demás, fue el más hermoso de todos. Pronto, sin embargo, olvidó su compromiso; pasaba, pues, las horas contemplándose en la superficie de las aguas y se escabullía cada vez que alguna de las aves precisaba de sus servicios.
Llegó un día en que el águila quiso reunirse en consejo con las demás aves, y encomendó al mensajero la tarea de dar el aviso pertinente. El pájaro Cu no se preocupó de cumplir el encargo, y siguió contemplando la belleza de su deslumbrante plumaje. Cuando llegó la hora de dar inicio al consejo, el águila se encontró en solitario. Atribuyendo la culpa a los convocados, acudió en su busca y a picotazos los fue llevando, uno a uno, al lugar señalado para la reunión. Una vez allí todos manifestaron sus quejas. Ninguna de las aves había recibido orden ni mensaje alguno. Se oyeron insultos, protestas... Las voces subieron de tono; tanto, que el mismísimo dios Tonatiuh pudo oírlas desde el cielo y ordenó que callaran. Pero estaban tan enfurecidas las aves, que siguieron gritando y culpando de todo a la lechuza y al pájaro Cu.
El dios Tonatiuh, entonces, extendió su mano y condenó a los pájaros a la pérdida de su facultad de expresarse como los humanos. Sus voces, desde entonces, no son más que graznidos; pero su cólera contra los culpables de esta desdicha persistió.
El tocolote, aún hoy día, no puede salir cuando el sol alumbra, porque se expone a ser picoteado; el pájaro Cu, que tampoco puede salir más que durante la noche, tiene que esconderse de la lechuza, que a su vez le busca para consumar en él su venganza.
Su plumaje sigue siendo el más bello y el de mayor brillo; pero de muy poco le sirve, ya que nadie, merced a la oscuridad, puede contemplarlo. Sólo él se lo alaba, tristemente, mirándose como antaño lo hiciera en la superficie de las aguas.
El castigo más famoso, sin embargo, de entre los recibidos por las aves, fue el que sufriera el Chom, ave que en el presente, y desde entonces, sólo se alimenta de inmundicias. Tiene la cabeza pelada, oscuro y áspero el plumaje, y puede dejar calvo a un hombre, o a una mujer, sólo con dejar caer sus excrementos en sus cabellos cuando vuela. Los mismos árboles, a los que escoge para cobijarse, se marchitan y mueren pronto. Todo ello se debe a un castigo que en tiempos le impusieran los dioses por su glotonería.
Hace muchos años, en el palacio real de Uxmal, se celebraba una fiesta en honor del dios que da la vida. El rey quería que todo se hiciese con la mayor magnificencia; invitó, por ello, a los más poderosos príncipes a un espléndido banquete en la terraza de su palacio, y encargó los más exquisitos manjares.
Cuando los servidores estaban ocupados en los preparativos, un Chom, que volaba por encima del palacio real, divisó los platos. Se despertó su gula al instante, pero no atreviéndose a comérselos él solo, fue a dar aviso a varios de sus congéneres. Se dice que, desde entonces, el Chom jamás vuela solo, por si vuelve a presentársele ocasión como aquella. Acecharon desde el aire, buscando el momento más propicio; y cuando los servidores se marchaban en busca de nuevos manjares, se abalanzaron sobre los que ya estaban dispuestos, devorándolos ansiosamente.
El rey y sus servidores sorprendieron a los pájaros en medio del festín; mas, aunque los arqueros reales quisieron abatirlos con sus flechas, consiguieron huir no dejando sino unas pocas plumas en aquél lugar.
El rey, preso de un ataque de ira, exigía venganza y mandó a los sacerdotes que consultasen con los dio-, ses acerca de la manera de castigar duramente a los sacrílegos. Al cabo de tres días, obtuvieron los sacerdotes la respuesta a lo pedido. Quemaron entonces las plumas que las aves habían perdido y mezclaron su ceniza con aguas estancadas, obteniendo así un líquido negruzco y de olor repugnante. Cuando las aves pasaron de nuevo, fueron salpicadas por los sacerdotes con aquel líquido, el cual, al darles de lleno, volvió su plumaje áspero y negro. Las aves, asustadas, remontaron su vuelo con tanto azoramiento que se aproximaron al sol, cuyos rayos quemaron las plumas de sus cabezas. Desde entonces son calvas. Y, como castigo a su gula, fueron condenadas por los dioses a alimentarse de inmundicias y de carroña.
Son tan sucias, desde aquel día, que dejan pelados los árboles en donde se posan, y calvas, como las suyas, las cabezas humanas que ensucian con sus excrementos.

0.063.3 anonimo (mexico) - 023

Ehecatl y mayahuel

Ehecatl, dios del viento, se enamoró de Mayahuel, que vivía en la región de los dioses al cuidado de una vieja mujer llamada Tzitzimil. Ehecatl fue un día a cortejar a Mayahuel mientras Tzitzimil dormía. Con mucho cuidado despertó a la muchacha, y ambos se escaparon en secreto para llegar hasta la tierra. Tan pronto como sus pies tocaron el suelo, quedaron convertidos en un árbol que tenía dos ramas. Una de ellas era nacida del dios del viento. La otra era nacida de Mayahuel. La rama que brotó de Ehecatl pronto alumbró hojas frescas y verdes. Pero no eran tan bellas como las flores que brotaron en la rama de Mayahuel.
Despertó Tzitzimil y acompañada por un tropel de jóvenes dioses descendió a la tierra en busca de Mayahuel. Cuando estuvo ante el árbol de Mayahuel, supo que era ella por la belleza de las flores que había en sus ramas. La vieja, furiosa, ordenó al dios de las tempestades que arrojara un rayo para romper el árbol. Y, una vez truncada la rama que naciera de Mayahuel, procedió a convertirla en astillas que entregó a los jóvenes dioses para que las arrojasen por la tierra. La rama que naciera de Ehecatl quedó intacta.
Tzitzimil y los jóvenes dioses regresaron a la región en donde moraban, y Ehecatl adoptó su forma de dios del viento; triste y abatido sobrevoló todos los confines de la tierra en busca de las astillas sembradas por los dioses. Lloraba y lloraba la pérdida de su amor. Entonces vio que las astillas en que fuera convertida la rama de Mayahuel se habían transformado en un hueso, al que pronto dio sepultura en la tierra. De aquel hueso brotó, al cabo, la primera viña, que floreció cual antes lo hiciese la rama nacida de Mayahuel, y que dio a los hombres, posteriormente, el vino.

0.063.3 anonimo (mexico) - 023

El fuego del jaguar

Esta es la forma en la que conocimos el fue­go, según lo cuentan los indios matacos.
Por aquellos tiempos, el único dueño del fuego era el jaguar. Lo usaba para cocinar sus alimentos y mantenerse ca­liente por las noches de invierno, y no dejaba que nadie, absolutamente na­die, se acercara a él.
Los animales llevaban muchos años intentando arreba­társelo. Habían construido túneles, habían tratado de correr más rápido que el viento, habían querido robarlo desde el cielo, pero el jaguar siempre tenía mejor oído, mejor olfato, o mejores reflejos.
Fue al conejo al que se le ocurrió la idea.
Una tarde en que el jaguar se acicalaba junto a las bra­sas, el conejo se acercó a su guarida con tres pescados y una mojarrita.
-¡¿Qué haces aquí?! -rugió el jaguar, dispuesto a lanzar­se sobre él para comérselo de un sólo bocado.
-¡Amigo jaguar! -dijo el conejo, intentando que no se le notara el miedo en la voz. He venido a traerle estos pescados, y he pensado que, para que no se moleste, se los podría coci­nar yo mismo.
El jaguar lo miró desde arriba con esa arrogancia que tie­nen los jaguares cuando saben que son poderosos.
-Me parece bien -contestó al fin, y se enroscó a seguir lamiéndose las garras.
El conejo puso los tres pescados sobre el fuego, y sin que el jaguar se diera cuenta, colocó una pequeña brasa sobre la cola de la mojarrita que, como era chiquita, la había po­dido esconder sin que el jaguar la viera.
Mientras el jaguar comía sus pescados, el conejo empezó a alejarse despacito. Cuando estuvo distante de su guarida, echó a correr con todas sus fuerzas, que eran muchas. Ape­nas el jaguar terminó sus pescados, se dio vuelta, dispuesto a comerse también al conejo, y se encontró con que había desaparecido. A lo lejos, divisó la pequeña columna de hu­mo que salía de la brasa que el conejo llevaba sobre la cola de la mojarrita. El jaguar se lanzó tras él.
Está claro que un conejo es rápido, pero un jaguar lo es mucho más. En pocos segundos estaban tan cerca el uno del otro que al jaguar le hacían cosquillas en el hocico los peli­tos de la cola del conejo. Esta historia terminaría aquí mismo, de no ser porque, del miedo que tenía, al conejo se le cayó la brasa sobre un montón de pasto seco que había en el monte. Los pastos se prendieron fuego en segundos, y el jaguar, que no podía correr a través de las llamas, debió abandonar la persecución. El fuego encendió todos los árboles, y rápido como un rayo, se extendió por todo el monte.
Así, y no de otra forma, fue como todos tuvimos acceso al fuego.

Fuente: Azarmedia-Costard

0.042.3 anonimo (mataco) - 020

Lo más fuerte del mundo

Esta es la historia de dos ratones enamorados  Se conocían desde que eran chiquitos, y siempre se habían amado.
Lamentablemente, el padre de la ratoncita no quería saber nada con esa historia de amor, y le decía a su hija todos los días:
-¡Vas a casarte con el más fuerte del mundo, es decir, con el sol!
Los ratones enamorados estaban muy tristes, porque no había nada de lo que estuvieran más seguros en este mun­do que de su enamoramiento.
Entonces decidieron que tenían que ir a hablar con la abuela del ratón, que era una ratona muy vieja que sabía muchas cosas.
La abuela escuchó a los enamorados les prometió que hablaría con el padre. Se dirigió hacia la casa, y al encon­trarse con él, le dijo:
-¿Usted está seguro de que el sol es el más fuerte del mundo? ¿Acaso no se esconde tras las nubes?
-¡Tiene razón! -dijo el padre, sorprendido. Entonces... ¡se casará con una nube!
-Pero a las nubes las arrastra el viento -dijo la señora.
-Ehhh... -El padre se quedó pensativo. ¿Se casará en­tonces con el viento?
-No, porque un viento fuerte no puede atravesar una pa­red bien construida.
-Me estoy volviendo loco -gemía el padre. ¿Deberé casar a mi hija con una pared?
-Tampoco. Porque nosotros los ratones atravesamos las paredes de una forma con la que el viento ni sueña hacerlo.
-¡Pues ya está! Mi hija se casará con el ratón más fuerte.
Y dicho esto, organizó una competición de fuerza entre todos los jóvenes. El ratoncito enamorado no era ni de lejos el más fuerte de todos, pero amaba tanto a su ratoncita, que se presentó en la contienda.
Cuando llegó su turno, le tocó pelearse ni más ni menos que con el más fortachón de todos los ratones, que le saca­ba como cinco cabezas de altura.
Pero el ratoncito no se detenía ante nada, y una y otra vez lo atacaba y lo atacaba, a pesar de que no lograba hacerle ningún daño.
Al final, el ratón fortachón exclamó:
-¡Es imposible ganarle! ¡Su fuerza de voluntad es inven­cible!
Y entonces el padre de la ratoncita gritó:
-¡No hay nada más fuerte en este mundo que estar muy decidido! Ratoncito, puedes casarte con mi hija.
Entonces los ratoncitos enamorados se casaron y vivieron más que felices para siempre.


Fuente: Azarmedia-Costard

0.040.3 anonimo (japon) - 020

La doncella de la princesa dragón

Aquella mañana, Uroshima se encontró con una tortuga malherida a orillas del mar. Uroshima primero pensó en hacerse una sopa con ella, pero la mirada lángui­da y penosa del animal le dio lástima, y decidió llevarla a su casa para cuidarla. La alimentó, le dio calor y le curó las heridas durante una semana. Cuando ya estuvo bien, la dejó ir en libertad.
Nada de esto hubiera tenido ninguna importancia, de no ser que, tiempo después, Uroshima se vio atrapado por una temible tormenta en medio del mar. Había salido a pescar, como todos los días, sólo que por alguna extraña razón no se había percatado de las nubes que a lo lejos, amenazaban con transformarse en lluvia. La tormenta había sido más fuerte de lo normal. El bote de Uroshima se había dado vuel­ta, y él se hubiera ahogado, si no hubiera sido por la tortuga que había salvado tiempo atrás. La tortuga lo reconoció, lo montó en su caparazón y lo llevó, a nado, hasta la orilla.
En todos los cuentos fantásticos suceden cosas fantásti­cas, y como si este rescate en manos de una tortuga fuera poco, el pequeño animal se convirtió en una hermosa mu­chacha frente a los ojos del sorprendido Uroshima.
-Soy la doncella de la princesa dragón -le dijo.
-Está claro que eres demasiado hermosa para ser una tortuga -le contestó Uroshima, que se había enamorado de ella para siempre.
Y si hablamos de cosas fantásticas que pasan, lo más fantás­tico de este cuento es que la hermosísima doncella también se enamoró del joven pescador.
Se casaron a los pocos días de haberse conocido. La don­cella lo llevó al Reino de los Mares, en lo más profundo del océano.
Los habitantes de ese reino no morían nunca, vivían para siempre.
Ahora, Uroshima era uno de ellos.
-El único problema -le dijo su esposa, es que no puedes volver a la tierra.
A Uroshima no le importaba. Estaba tan enamorado, que hubiera hecho cualquier cosa por su amada.
Los días pasaron, con los días se fueron los meses, y con los meses, los años. Uroshima y su mujer seguían tan ena­morados como el primer día, pero el pescador extrañaba a su madre y a sus hermanos, y cada día le pesaba más en el corazón no poder verlos.
-Amada mía -le dijo una noche, llevo varios años lejos de mi gente. Ya no puedo dejar pasar más tiempo. -Sabes que si sales no puedes volver, ¿verdad?
-Lo sé, pero estoy seguro de que podremos hallar una solución para encontra-rnos otra vez. Ahora sólo me importa regresar.
La doncella le entregó a su marido una pequeña caja de madera, y le hizo prometer que no la abriría.
Se despidieron con tristeza, y Uroshima partió hacia su pueblo.
Lo primero que lo sorprendió al llegar, fue que ninguna de las casas que él conocía estaba en su sitio. Ninguno de sus amigos caminaba por las calles. Ni siquiera los sonidos le eran familiares.
Al llegar a su casa, descubrió horrorizado que estaba vacía. Desesperado, se acercó a un vecino.
-¿Sabe usted que le ha ocurrido a la gente que habitaba esta casa?
-¡Esta casa lleva deshabitada muchísimos años! -res­pondió el señor, que era un viejito de larga barba blanca, como todos los viejitos de los cuentos fantásticos. Dice la leyenda, que hace trescientos años, la mujer que habitaba esta casa perdió a su hijo en el mar, y que nunca pudo re­cuperar la alegría.
-¿Y cómo se llamaba ese hijo?
-Tengo entendido que Uroshima -respondió el viejo, y volvió a meterse en su casa.
Uroshima estaba desconsolado. ¡Habían pasado trescien­tos años desde su partida! Todos los que él conocía habían muerto.
Se sentó a llorar junto a un árbol. Tomó entre sus manos la caja que su esposa le había regalado, y pensó:
"Tal vez ella sabía que esto me iba a pasar, y al abrir la caja, pueda volver en el tiempo y encontrarme con mis se­res queridos...”
Sin darse tiempo para pensar más, Uroshima abrió la ca­ja que no debía abrir. Un fantasma surgió como una ráfaga de viento y lo envolvió en sus brazos. Era el fantasma del tiempo. El pescador envejeció en dos segundos todo lo que no había envejecido en trescientos años.
Se convirtió en polvo y desapareció.
Quedó, junto al árbol, la caja de madera abierta, que na­die volvió a cerrar.
Y un sonido entre las ramas, como un lamento, cada vez que sopla la brisa.

0.040.3 anonimo (japon) - 020

El tengu azul y el tengu rojo

Los tengus son pequeños duendes de largas narices que viven a lo largo y ancho de to­do Japón. Son gente tranquila y pacífica que nunca se mete con nadie y vive duran­te cientos de años.
Ésta es una historia de dos tengus que vivieron hace muchísimo tiempo. Uno era azul y el otro, rojo. Habitaban en una alta montaña desde donde observaban todo lo que hacían los hu­manos, que es algo siempre entretenido y curioso para hacer.
El hecho de que llevaran tanto tiempo subidos a la mon­taña, los había hecho excelentes amigos.
Un día, el tengu rojo dijo:
-¿Cuánto tiempo hace que vivimos aquí?
-Unos quinientos años -contestó el otro.
-Es extraño -dijo el tengu rojo, rascándose la barbilla.
-Los humanos en todo este tiempo han cambiado muchísi­mo, pero nosotros seguimos iguales.
-Lo que pasa es que ellos están siempre peleándose, construyendo ciudades y destruyéndolas y luego volvién­dolas a construir, y así todo el tiempo. En cambio nosotros nunca discutimos por nada.
-¡Está clarísimo! -El tengu rojo levantó el dedo índice so­bre su cabeza, como quien tiene una idea. Es muy fácil. ¡Lo único que debemos hacer es pelearnos!
-No estoy muy seguro. A mí me gusta ser amigo tuyo.
-Pero fíjate cómo en tantos años no cambiamos nada por ser tan pacíficos.
-Puede ser que tengas razón -dijo al fin el tengu rojo. Así fue que se empezaron a pelear.
Desde entonces observaron al mundo desde dos picos distintos de la misma montaña.
Pero el tengu rojo se aburrió muy pronto de estar solo. Una tarde en que no sabía qué hacer, vio que en un castillo cercano, una princesa se quitaba un hermoso kimono y bus­caba un lugar para colgarlo. El tengu se apresuró a estirar su nariz hasta que se hizo larguísima y entró por la ventana del castillo la princesa, al verla, la confundió con un per­chero y colgó allí su kimono.
Cuando el tengu rojo achicó su nariz nuevamente, se en­contró con la bellísima prenda de vestir. El tengu azul, desde lejos, le preguntó:
-¿Qué es eso que llevas ahí?
-Es el kimono de una princesa. Ven aquí, que te lo regalo.
-¡No! ¿Acaso no recuerdas que estamos peleados? -con­testó el tengu azul, y buscó un castillo cercano a su lado de la montaña.
Encontró uno y estiró la nariz para que se metiera por una ventana, con tan mala suerte que fue a parar justo en el sa­lón de entrenamiento de artes marciales. los estudiantes, al ver la nariz, comenzaron a atacarla con patadas y espadas. El tengu azul achicó la nariz rápidamente y se la encontró llena de chichones y lastimaduras.
-¿Ves lo que te pasa? -le dijo el tengu rojo, acercándose al otro pi­co de la montaña.
-Tienes razón. Acepto tu regalo, amigo mío -contestó avergonzado el tengu azul.
Se reconciliaron y vivieron, para siempre en armonía.

Fuente: Azarmedia-Costard

0.040.3 anonimo (japon) - 020

San jorge y el dragón

Cuenta la leyenda[1] que, luego de combatir a las tropas he­réticas en la región que hoy se conoce con el nombre de Libia, el valeroso caballero llamado Jorge llegó a las tierras de un rey que estaba sumido en una honda agonía, pues cada atardecer debía entregar a una joven o a un niño en sacrificio pa­ra que un terrible dragón los devorara.
Hacía ya mucho tiempo que el abominable dragón venía cada tarde a reclamar su víctima. Después, los cielos se teñían de rojo co­mo si lloraran lágrimas de sangre y la bestia engullía a la persona viva. Luego se retiraba y desaparecía en la oscuridad de la noche.
Para poder elegir a la víctima con total justicia, el rey había or­ganizado un sorteo en el cual todos los nombres de las jóvenes y niños eran escritos a fuego en astillas de madera y luego se colo­caban éstas en un gran recipiente de metal. El rey en persona era el encargado de meter su mano derecha en dicho recipiente para escoger, al azar, el nombre del desdichado que sería engullido por el maléfico dragón.
Pero una vez sucedió que, en uno de esos nefastos sorteos, el monarca sacó la astilla con el nombre que él nunca hubiera que­rido extraer. La angustia golpeó su corazón y pareció hacerse vie­jo de repente cuando, habiendo alzando su mano, leyó el nombre de la persona que más amaba en el mundo entero: Elya.
La joven y hermosa princesa -la única hija del rey, al escu­char su nombre, trató de esconder sus lágrimas, pero éstas brota­ron de sus ojos como el agua de la vertiente de su apesadumbra­do corazón.
El rey estaba como petrificado, no sabía qué hacer, pues no podía contradecir la ley que él mismo había sancionado, pero tampoco quería que su pobre hija fuera devorada viva por la mal­dita bestia.
La angustia y el pesar ya se habían apoderado de todos y cada uno de los habitantes de aquel reino -que vivían en un duelo constante porque muchos ya habían perdido a sus propios hijos, pero perder a la princesa era como si perdieran el último aliento, la última esperanza en un milagro.
El monarca se derrumbó en el podio y los cortesanos lo tuvie­ron que socorrer y lo trasladaron a sus aposentos. De repente, las fiebres y el delirio colmaron su cuerpo y su alma, víctimas ambos de un intenso dolor.
El senescal hizo entonces su aparición y realizó los preparati­vos para que la joven princesa fuera llevada al sacrificio.
Mientras la doncella real lloraba por su reino, por su padre y por su propia vida a punto de perderla de la peor manera, era ves­tida por sus damas de honor -en medio de llantos y suspiros acongojados de todas ellas- con los más ricos vestidos, como si se tratara de una novia que llevarían al altar para contraer santo ma­trimonio.
Cuando la princesa estaba ya adecuadamente ataviada, la escoltaron hasta el lugar donde haría su aparición el terrible dragón.
Los soldados, mudos, apesadumbrados y cobardes, dejaron a la princesa y se retiraron con premura, pues ninguno de ellos tu­vo el coraje de quedarse a esperar al dragón.
Elya quedó sola, muerta de miedo y de angustia, mirando a los soldados en retirada que se recortaban sobre el crepúsculo.
Era el atardecer. La hora de la muerte se acercaba...
Mientras tanto, un caballero, montado en un hermoso caba­llo blanco como la nieve pura y que venía cabalgando hacia el lu­gar del sacrificio (ignorando que lo era), pudo ver, de lejos, que una mujer era abandonada por los soldados del rey en paraje tan solitario.
Intrigado, al cruzarse con ellos, el caballero detuvo su andar, y le preguntó a uno de los soldados:
-¿Qué es lo que aquí ocurre? -con firmeza en su voz.
-La princesa Elya ha sido elegida en el sorteo, según la ley de este reino, y aquí esperará la muerte a manos de un dragón que exige el sacrificio de niños y doncellas cada atardecer.
-¿Cómo permiten un acto tan atroz? -volvió a preguntar con voz firme como si fuera una demanda.
-Si no lo hiciéramos, el dragón devastaría todo el reino y na­die quedaría vivo.
-¡Yo le haré frente a ese dragón! -repuso él sin un ápice de temblor en su voz.
-Pues... ¡que Dios lo bendiga, noble caballero! ¿Cuál es su nombre?
-Mi nombre es Jorge y soy nada más y nada menos que un sim­ple caballero, pero mi fe en Dios es más grande que mi nombre, mi lanza o mi escudo. A Él me encomendaré y por Él venceré.
De pronto, el cielo se puso rojo como la sangre. Señal de la in­minente aparición del dragón.
Los soldados comenzaron a huir despavoridos. Y la bestia, surgida de golpe como de la nada, empezó a avanzar lentamen­te, desde el final del camino real hacia el lugar del sacrificio, co­mo saboreando por anticipado el cuerpo de la joven que pronto engulliría.
Jorge pudo observar a la monstruosa criatura cuando la tuvo más cerca: era extremadamente alta, su cuerpo estaba cubierto de escamas a manera de armadura, de su lomo surgían dos alas co­mo de demonio y se movilizaba en cuatro patas que terminaban en feroces garras. De su inmunda boca surgían colmillos filosos como espadas y su cabeza estaba coronada por cuernos. "Los cuernos del Maligno" -pensó Jorge y se persignó.
El dragón, ya de lejos, había olfateado la presencia de un adul­to humano y, al ir acercándose, divisó a un gallardo caballero, er­guido en la montura de su brioso corcel, y que portaba una arma­dura plateada, una larga lanza y un escudo blanco con una cruz roja en el centro.
Inmediatamente el dragón se percató de que a esta víctima no lograría devorarla sin antes pelear a muerte con ella, y entonces emitió un aullido aterrador.
Jorge, a su vez, rezó una plegaria:
-Dios Padre Todopoderoso, dame la fuerza necesaria para vencer a esta maléfica criatura.
Y sin esperar un momento más se lanzó al galope con la lan­za en ristre.
Los cascos del caballo blanco levantaron terrones de tierra del tamaño de un hombre y una polvareda semejante a la de un ciclón.
El gigantesco dragón agitó la cola enfurecido y sus ojos se convirtieron en una línea delgada por la que arrojaba todo el mal de su interior.
El caballero tensó sus músculos.
Por su parte, la bestia -que era muy diestra y rápida a pesar de su aspecto gigantesco- se lanzó velozmente contra el Caballe­ro de Dios.
Jorge también atacó. Y ambos contendientes se lanzaron a la lucha con todo su cuerpo, su alma y su fuego interior.
La tierra pareció temblar ante el choque de ambos. El valien­te guerrero mantenía con fuerza la lanza en su mano y logró atra­vesar la armadura de escamas de la bestia, pero ésta se retorció co­mo una serpiente. Era tanta la resistencia que oponía el dragón, que la lanza crujió y se partió con un ruido seco.
Desde lejos, la princesa, por su parte, observaba la batalla es­tupefacta y temblorosa al mismo tiempo, mientras rezaba a Dios, sin cesar, para que el caballero se alzara con el triunfo definitivo.
Entonces el dragón se alejó unos metros, aún retorciéndose. El caballero sabía que no debía darle tregua, pues la lucha contra el Mal no debe detenerse nunca. Desenfundó su espada, que bri­llaba con los últimos rayos del sol, y se lanzó con renovada fuer­za al ataque decisivo.
El pérfido dragón lanzó una nube de veneno por sus fauces de afilados dientes y e intentó morder al Caballero de Dios, pero Jor­ge fue más rápido y de un sablazo hundió todo el filo de su espa­da en la cabeza de la bestia que se derrumbó en tierra con un gran estrépito.
Las patas del dragón intentaron flexionarse para poner a su dueño nuevamente de pie mientras la sangre negra, como las in­mundas aguas de un pantano, manaba de sus heridas.
El noble caballero, entre tanto, desmontó de su caballo, se acercó corriendo a la princesa y le dijo:
-¡Pronto, dame el lazo que sujeta tu cintura!
Ella lo desató con premura y se lo entregó al guerrero, que re­gresó velozmente a retomar el combate al ver que la bestia, tras varios intentos fallidos, al fin había logrado ponerse de pie.
Jorge montó de un salto sobre su caballo e hizo un lazo, con rapidez y destreza admirables, y de inmediato lo pasó por la cor­nuda cabeza del dragón que, de pronto, se volvió sumiso como un cordero asustado.
El caballero volvió su rostro hacia la doncella real y le dijo con voz firme y segura:
-¡Adiós, princesa! ¡Que Dios bendiga todos los días de tu lar­ga vida!
Y montando sobre su brioso corcel blanco se alejó al galope, llevándose al dragón como a una mansa criatura.

0.039.3 anonimo (inglaterra) - 016


[1] Son muchos los países que se atribuyen la "verdadera" historia de San Jorge: Italia, España, Francia, Alemania, etc. He decidido denominarla leyenda, "inglesa", porque Inglaterra fue el país que convirtió a San Jorge en su patrono. (El lector in­teresado puede leer otra versión de esta misma historia en El Mágico Mundo de los Dragones del mismo autor y de la misma editorial. [N.de E.].)