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sábado, 17 de agosto de 2013

Don rodrigo y la pérdida de españa

Amores trata Rodrigo...
ROMANCE TRADICIONAL

Así lo dice el romancero.
La historia de don Rodrigo es una de las más conocidas y populares, y ha sido recreada en obras de teatro y romances modernos. Los sucesos que se narran acaecieron allá por el siglo VII, poco antes de la invasión sarracena de la Península. Don Rodrigo es, según la tradición, el último rey godo y tenía su residencia en Toledo. En los palacios de la ciudad imperial residía buena parte de la corte española y sólo algunos nobles vigilaban la frontera sur, donde los moros comenzaban a aventurarse con el propósito de conquistar la antigua Hispania. Seguramente los infieles creían cuanto de España se contaba: «donde nace el oro fino, / y la plata no faltaba», como dejó escrito San Isidoro.
El conde don Julián, hombre de valor, vivía en el alcázar de Ceuta y desde allí repelía los violentísimos ataques moros. Sin embargo, el norte de África no era lugar propio para mantener a una familia, y don Julián envió a su hija a Toledo, donde las guerras y las algazaras no podrían dañarla.
En la corte toledana, a decir verdad, la vida transcurría apacible-mente y nada quebraba el sosiego de los caballeros y damas. El palacio se extendía en un vergel o jardín donde las muchachas cortesanas jugaban y bailaban durante la primavera. Entre todas ellas, la más hermosa era la hija de don Julián, llamada Florinda y a la que todos conocían con el nombre de la Cava. Era esta muchacha una joven dulce y amable, que sólo lamentaba los peligros en los que se veía su padre y siempre lo tenía presente en la memoria. Su belleza cautivaba a cuantos la veían y su galanura la hacía querida por amigas y jóvenes pajes.
No pudo don Rodrigo sustraerse a la hermosura de Florinda y, aun sabiendo que hacía mal, comenzó a cortejarla. La Cava rechazaba sus pretensiones, porque era muy niña y, además, el rey no había contado con el beneplácito del conde don Julián. En vano luchaba don Rodrigo por atraer sus miradas, pero su corazón estaba inflamado de amor y una pasión desordenada agitaba su alma. Comenzó a presentarle regalos y cortesías: un día se acercaba a su cámara y le mostraba las más raras flores del reino; al cabo, le venía con sedas escogidas entre las mejores de Arabia; en una ocasión le ofreció un collar de oro y rubíes que deslumbraba... En el palacio no se veían con buenos ojos estos alardes de riqueza y esta soberbia en la conquista de una muchacha. Aun así, de nada valieron presentes y galanterías: Florinda se negaba una y otra vez a conceder su amor al rey.
Amargado y violento, el rey se retorcía las manos y se mesaba los cabellos: ninguna dama se había resistido con tanta obstinación. Ideó entonces un malévolo plan: encerróse en una cámara apartada e hizo llamar a la hermosa muchacha bajo pretexto de tener noticias de su padre, el conde don Julián. La Cava acudió sin dilación, porque no había cosa más grata para ella que recibir nuevas de su padre, al que amaba con tierno afecto. Mas cuando la muchacha hubo entrado, el rey cerró con siete llaves la sala y allí mismo la forzó. La joven gritaba y maldecía a don Rodrigo, pero éste tenía la frente nublada y no concebía otro deseo más que el de poseer a la hermosísima Florinda.
Los días siguientes se tiñeron de amargura: la Cava se había encerrado en su cámara y pasaba las noches llorando y gimiendo. Nada la consolaba y en nada encontraba placer. Más deseaba morir que cualquier otra cosa: veíase a sí misma indigna y creía que su hermosura había tenido la culpa. Golpeábase el pecho, rasgaba sus ropas y se cortó los preciosos cabellos, en señal de luto. Por días se marchitaba su belleza, a nadie quería hablar y una profunda tristeza anidó en su corazón. Ni siquiera su mejor amiga, la joven Inés, comprendía aquel súbito cambio en el carácter de la Cava.
-Hermana mía -le decía; decidme qué os pesa... ¿os he ofendido en algún modo? ¿Dónde quedó vuestra alegría y la dulzura con que me hablabais? ¿Tendré yo la culpa?
Tanto apremió Inés a su amiga, que ésta al fin confesó cuanto le había sucedido. Con los ojos arrasados en lágrimas dijo que el rey la había deshonrado del modo más infame y que ya nunca más la Cava sería digna de llevar el blasón del conde don Julián.
Con dulces palabras Inés consoló a su amiga y le hizo ver que todo el deshonor caía sobre la corona de España, toda la infamia sobre don Rodrigo y todo el pecado sobre el alma del rey. La convenció para que escribiera a su padre, y para que le contara la grave ofensa que había recibido. Al fin accedió Florinda y, tomando recado de escribir, envió cartas al conde y en ellas derramó muchas lágrimas y lamentos, que daba pena verlo.
Toda la sangre del corazón se le subió al rostro. Don Julián ardía de ira y venganza. Cuando recibió las cartas de su hija, las abrió con gran alegría, pues la amaba tiernamente. Pero el contenido de las mismas casi le hizo perder el juicio...
-¡Maldito seáis por siempre, don Rodrigo! -gritaba mientras golpeaba con su espada cuanto hallaba a su paso. ¡Maldito seáis vos y toda vuestra estirpe! ¡Hijo de mala putaña, sobre vuestra tumba han de vivir las serpientes y los escorpiones! ¡Un hombre que tal hace, merece la perdición eterna!
No pasaron tres días y el conde don Julián ya había pergeñado su venganza: escribió cartas a los moros y en ellas les aseguraba que entregaría las llaves de España con gusto. También envió mensajeros a Sevilla, donde un siniestro clérigo llamado don Opas esperaba también la caída de don Rodrigo. De modo que todas las desgracias se acumulaban sobre el trono del rey.
Sin embargo, el monarca vivía agradablemente en Toledo: nada sabía de cuanto se le preparaba. Para continuar su infame trato a la Cava, había ordenado que la llevaran a sus aposentos y allí, una vez y otra la deshonraba sólo para su gusto, y de este modo aumentaban sus pecados y la venganza de sus enemigos. En cierta ocasión estaba el rey dormido junto a la desgraciada Florinda, y aquel día tuvo un sueño don Rodrigo: vio una tienda sostenida por trescientas cuerdas de plata. En la tienda había cien doncellas hermosísimas, engala-nadas con los más preciosos vestidos de seda y oro. Sus cabellos eran oscuros y los ojos verdes como la mar: su piel, blanquísima como nieve; y las sedas y armiños dejaban ver las dulzuras de sus cuerpos lascivos. Cincuenta de aquellas damas tañían laúdes y cítaras, y la armonía resultaba extraña y misteriosa. Las otras cincuenta cantaban y bailaban con voces dulcísimas que enamora-ban. Una de aquellas hermosas avanzó hacia el rey, envuelta en vapores de ámbar e incienso: una banda ceñida en su pecho decía que la dama se llamaba Fortuna. Traía los ojos vendados con un rico paño de oro y en sus manos una esfera universal.
-Si duermes -dijo Fortuna, despierta, rey don Rodrigo. Y verás tu destino aciago y tu desdichado final. Verás a tus caballeros desangrados y tu batalla, perdida. Tu reino, don Rodrigo, yace sepultado en las ruinas: tus ciudades, tus villas, tus castillos pertenecen a otro. El conde don Julián, padre de tu amada, te ha traicionado. Tú deshonraste a su hija y él ha jurado que te dará muerte. Tal mereces, Rodrigo, por tu desgraciada vida.
Despertó sobresaltado el rey y vio con extremo dolor a la Cava, que lloraba a su lado. Grandes voces se oían en palacio y el monarca salió por ver a qué se debía tanto alboroto. Ahora lo supo: el conde don Julián arrasaba Ceuta y, de la mano de los moros, pasaba a tierras cristianas asolando fortalezas y quemando cuanto hallaba a su paso. Don Rodrigo aprestó sus ejércitos y salió al encuentro de sus enemigos.
Las batallas fueron terribles y la sangre derramada anegaba los campos y los valles. Siete encuentros tuvieron moros y cristianos, y en los siete las huestes de don Rodrigo fueron derrotadas. La carnicería asombraba a los aldeanos, que se refugiaban en las cuevas de las montañas. Por todos lugares se encontraban los restos de los valerosos godos, heridos de muerte o comidos por los perros. Don Julián y sus vasallos eran los más fieros e incluso a los mismos sarracenos asombraba su sangrienta venganza. La octava batalla tuvo lugar en el sitio de Guadalete, en el año 711. Los soldados de Tariq ben Ziyad y don Julián atacaron con violencia singular y los ejércitos de don Rodrigo se vieron abocados a una muerte implacable: por el campo se veían hombres cansados, con los escudos abollados y las lanzas rotas; los rostros, tintos de sangre, imploraban piedad al sarraceno, y éstos no dudaban en degollarlos sin compasión. Ningún capitán salvó su vida, ningún estandarte ni pendón quedó a salvo...
Desde un otero, el perverso rey veía el espectáculo vergonzoso de su derrota y allí se lamentó con estas palabras:
-Ayer era rey de España... hoy, no lo soy de una villa.
Volvió riendas y dio por perdido su reino. Solo, triste y amargado vagó por esos caminos de Dios, pidiendo la muerte y fustigándose el cuerpo a puñaladas. Ahora comprendía todo el mal que había hecho y cuánto lo merecía. Ahora comprendía los augurios y los sueños, y no hubiera dado un maravedí por su alma. La vergüenza le comía el corazón y no se atrevía a entrar en ciudades o villas: rodeaba por collados, se internaba en los bosques y espesuras, subía a las montañas, pero en ningún lugar hallaba sosiego para su corazón perdido.
En una ocasión don Rodrigo topó con un pastor y le pidió asilo en una choza, pues estaba tan cansado que apenas podía sostenerse sobre los estribos. Pero el pastor le negó con la cabeza: en ningún lugar hallaría donde dormir, porque aquellas tierras estaban desoladas y los cristianos, que esperaban la llegada de los moros, habían huido hacia el norte, quemando sus posesiones y llevándose con ellos a los sirvientes y ganados.
-Sólo queda, si gustáis, una ermita pobre, en lo bajo de aquel valle. Un monje la cuida, que él no ha querido marchar.
Don Rodrigo se vio obligado a comer un mendrugo de pan negro con aquel pastor y el infame más lloraba por los placeres que había perdido que por la desgracia de su reino. El monarca ni siquiera tenía con qué pagar el pan rancio del pastor, y con gran pesar tuvo que desprenderse de una cadena de oro y de un anillo.
Llegada la noche, el rey llegó a la ermita. Aquel lugar solitario y pobre le ablandó el corazón y los arrepentimientos comenzaron a morderle la garganta. Así, se arrodilló ante la santa imagen de Cristo y comenzó a orar. Muy fuertes golpes se daba en el pecho y, arrepentido, pedía a Dios que le quitara la vida.
En esto, llegó el ermitaño y le ofreció un jergón donde dormir y un mendrugo de pan negro para comer. Al borde del fuego, don Rodrigo se confesó y contó al viejo fraile todos los males que había hecho y cuán infame había sido su conducta. El eremita lo consoló y rogó a Dios por su alma de perdición.
-Ved, santo ermitaño -dijo el rey, si podéis imponerme una penitencia con la que pueda salvarme y reparar todo el mal que he hecho.
El pobre monje advirtió que él era poco letrado y que no tenía autoridad para impartir justicia a los reyes. No obstante, como don Rodrigo lo apremió, el ermitaño dijo que reflexionaría durante la noche y que, a la mañana siguiente, le daría una respuesta.
Esta misma noche el fraile tuvo un sueño y, en él, Dios le hizo saber la penitencia que debía imponerle al lujurioso monarca. Quiso el Señor que don Rodrigo purgara su pecado de modo singular: que se metiera vivo en una tumba, con serpientes y escorpiones, y que allí se estuviera hasta que las alimañas hubieran muerto.
Viendo el rey que era mandato divino, también pensó que con tal penitencia salvaría su cuerpo y su alma, y no dudó en aceptar la penitencia. Cuando hubo cavado la fosa, se introdujo en ella y el fraile echó allí un cesto de serpientes y escorpiones. Después, cubrió la tumba con una pesada lápida y allí quedó encerrado don Rodrigo.
Pasaban los días y el fraile iba cada mañana a preguntar al monarca: «¿Cómo os va, buen rey? ¿Vaos bien con la compañía?». Don Rodrigo respondía que, por el momento, las alimañas no lo habían tocado, y con gran ánimo se esforzaba en pensar que saldría de aquella penitencia con bien. El ermitaño rogaba por su alma y pedía a Dios que lo absolviese y que acabara aquel tormento, del cual a duras penas podría sobrevivir. Pero Dios no volvió a revelar su palabra.
Más de siete noches pasaron, y el rey perdía su brío. Al cabo de la octava luna, las serpientes mordieron a don Rodrigo allí donde estaba su pecado, y comenzaron a comerle las entrañas. Grandes alaridos daba y el pobre fraile tenía que alejarse de la ermita para no escuchar los lamentos del penitente. Sentía por él gran compasión, pero así había querido Dios que acabara sus días el hombre que entregó España en manos de los sarracenos. Al cabo, don Rodrigo murió y cuando el ermitaño levantó la lápida sólo pudo ver los huesos negros y la calavera del monarca, que había sido comido por las alimañas, confirmando la maldición del conde don Julián, padre de la hermosa Florinda.

Se dice, también, que don Rodrigo había presentido esta tragedia algunos años antes de su muerte, cuando visitó la famosa cueva de Hércules en Toledo. Se decía que el mismo Hércules, en sus andanzas tras los Geríones, había fundado la ciudad sobre el Tajo y que había escondido grandes tesoros en una misteriosa gruta. Al parecer, el héroe hizo grabar en la entrada del pasadizo una terrible inscripción:

CAIGA SOBRE TU CABEZA LA DESDICHA.

De este modo Hércules advertía de las penurias que acontecerían al que osara traspasar las puertas de la cueva.
Durante muchos siglos nadie se atrevió a cruzar el umbral de aquellos pasadizos, pero don Rodrigo era ambicioso y quiso poseer las inmensas riquezas del héroe griego. Era común que todos los reyes de Hispania, cuando llegaban al trono, hicieran colocar un candado nuevo a las puertas de la cueva, con el fin de perpetuar la tradición y preservar los tesoros de Hércules. Sin embargo, don Rodrigo hizo todo lo contrario: mandó que se quebraran todas las cadenas y que se rompieran todas las cerraduras.
Así, el rey pudo entrar en aquel misterioso recinto. Pero no encontró los tesoros que esperaba: sólo había un tapiz, guardado en paños de lino y oro. Cuando desenvolvieron la tela, el rey pudo observar una escena de guerra, trabajada al estilo antiguo. Se veían guerreros envueltos en sangrienta lid: unos llevaban turbantes y armas parecidas a las que utilizaban los sarracenos; los otros vestían al estilo cristiano. Sobre un otero, un rey admiraba la contienda y a los pies de su caballo había culebras y escorpiones.
Pero don Rodrigo no dio más importancia a aquel hallazgo e hizo derruir la cueva, olvidándose de ello hasta que la desgracia que se anunciaba en la entrada se ciñó sobre sus sienes.
Del conde don Julián se supo que la amargura anidó en su corazón cuando comprendió que había entregado su patria a los infieles. La pena por su hija también consumió su existencia del modo más lamentable: la pobre Florinda no pudo soportar su vida y se arrojó al Tajo, donde pereció ahogada. El conde huyó hacia el norte y nada quiso saber de los sarracenos, pero éstos lo encontraron en tierras de Aragón y le dieron una muerte terrible, cortándole los miembros y esparciéndolo por los caminos, donde los cuervos y los lobos se lo comieron.

Fuente: Jose Calles Vales

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Don fernando el emplazado

¿Por qué nos matas, rey?
ROMANCERO

Corría el año de 1312. Don Fernando IV, rey de Castilla, había cenado con doce pordioseros el Jueves Santo, tal y como era costumbre entre los monarcas de Castilla, para conmemorar la Santa Cena de Nuestro Señor Jesucristo.
Al día siguiente, don Fernando mandó que todo se dispusiera para marchar hacia Alcaudete, ciudad de fuerte castillo situada en la actual provincia de Jaén.
Estando en aquel lugar, vinieron dos hombres dando alaridos y rasgándose las vestiduras. Cuando el rey oyó tanta algarabía, ordenó que hicieran pasar a dichos caballeros y les preguntó qué querían.
-¡Justicia! ¡Justicia! -gritaron ambos.
-¿De quién? -quiso saber el monarca.
-De don Pedro Carvajal y de su hermano, don Rodrigo Carvajal. Señor, todos los males han hecho: pasan nuestras lindes, dan fuego a nuestras mieses, roban nuestras haciendas, fuerzan a nuestras mujeres y no pagan lo que nos deben...
-Y no es esto sólo -dijo el otro. Que esos malvados han matado a nuestro pariente Juan de Benavides, el mejor hombre que hubo en Castilla... si se quita vuestra majestad.
Los dos caballeros dijeron allí todas las tropelías y crímenes cometidos por los hermanos Carvajal, sin olvidar muchos asesinatos, alevosías, traiciones, violaciones y robos de mujeres y niños. Tanto se enfadó el rey don Fernando que, sin dudarlo, envió a sus mejores hombres con el mandado de que, allí donde fueran encontrados los dos hermanos, se les cargaran de cadenas y fueran llevados sin dilación a Jaén.
En la ciudad de Medina del Campo, famosa por su mercado, fueron hallados don Pedro y don Rodrigo. Allí dio con ellos el almirante de Castilla y les ordenó que se dispusieran a partir. Don Pedro y don Rodrigo de Carvajal eran caballeros nombrados, de modo que sólo el rey podía ordenar su prisión. Así se lo hizo saber el almirante, diciéndoles que quedaban arrestados por orden misma del rey don Fernando, y les enseñó el documento que lo probaba.
Al cabo de varios días, llegaron a Jaén, escoltados por la guardia real. Ya en el castillo, los dos hermanos se hicieron vestir con elegantes ropajes y ricos cordones, y vistieron espuelas doradas, como les correspondía por su estado de caballeros. Cuando pasaron a la sala del trono, hicieron gran reverencia y sonrieron amablemente al monarca, porque, al parecer, no tenían nada que temer. Sin embargo, don Fernando los miró con ira y les dijo:
-¡Malnacidos! ¡Hijos de mala perra! ¡Ya conozco vuestras traiciones y vuestras infamias! ¡Y, como hay Dios, que pagaréis por ellas!
Y en aquel mismo instante los cargaron de cadenas y candados, rasgaron sus vestiduras y les arrebataron las espuelas. Después les raparon las barbas, para denigrarlos y ofender a toda su estirpe. Al día siguiente los montaron en un carro tirado por bueyes y los llevaron a la peña de Martos. Allí, los ataron de pies y manos y les dieron suplicio durante tres días. Al cabo, vino el rey a verlos y les dijo:
-¡Forzad mujeres ahora, robad campos, destruid haciendas ahora, si podéis!
Entonces, habló el mayor de los Carvajal, que tenía el rostro ensangrentado:
-¿Por qué nos matáis, señor? ¿Quién os engañó con tales infamias? Jamás os hemos traicionado, jamás vendimos vuestras ciudades, ni abandonamos el pendón de Castilla en las batallas. Siempre os fuimos leales, como leales vasallos... mas si vos lo mandáis,cúmplanse vuestros designios...
-¡Callad, os lo ordeno!
-¡Sabed, señor -dijo don Rodrigo de Carvajal, que pediremos justicia al Juez que os puede juzgar: en el plazo de treinta días nos veremos, por testigos tenemos a San Pedro, a San Pablo y al Apóstol Santiago!
No pudo sufrir esta insolencia y estas amenazas el monarca. Y mandó que les cortaran las manos y los pies a ambos, y después hizo que los despeñaran desde la torre de Martos.
Aquella noche los cielos se nublaron. Durante la noche el rey tuvo pesadillas horrorosas y veía a los dos hermanos ensangrentados, sin pies y sin manos, con la cabeza rota, que le decían: «Treinta días te quedan, rey». A la mañana siguiente se supo que el rey tenía fiebre y que era una calentura grave. Lo trasladaron a Jaén, porque allí había médicos moros y judíos que podían conocer la fuente del mal y curarlo como convenía. Pero los días pasaban y el monarca no daba muestras de mejoría. Bien al contrario, se le oían delirios y en sus imaginaciones veía a los de Carvajal, siempre con sus ropas sangrientas, que le decían: «Veinte días te quedan, rey» o «Quince días te quedan, rey».
La angustia se reflejaba en su rostro y, cuando recuperaba el juicio, hacía como si apartara sombras de su vista y muchas veces aseguraba que había visto a San Pedro, a San Pablo y al Apóstol, que lo llamaban desde el más allá. Otras veces derramaba el vino de su copa y echaba las culpas a los dos fantasmas sangrientos que lo apremiaban. «Diez días os quedan, rey».
El plazo otorgado por los Carvajal se acababa y los médicos no daban con la enfermedad del rey: le componían ungüentos, cata-plasmas, bebedizos; estudiaban libros árabes, griegos y romanos; acudieron incluso a la magia y la alquimia, pero no había modo: el rey Fernando se moría sin remedio.
-¡Qué horror! -decía. ¡Qué horror y qué angustia saber que voy a morir en tres días!
El último día del plazo otorgado por los dos hermanos, el rey se despertó súbitamente y con los ojos en blanco pudo ver los cráneos destrozados de los dos hermanos, colgando de los cordones de las cortinas. Y le decían: «Hoy se cumplen los veinte y nueve: de mañana has de ir a plazo».
Antiguas crónicas dicen que el día de la muerte de don Fernando, el Emplazado, se vieron en el castillo de Jaén dos sombras que mancharon con sangre las galerías y los corredores. Alguno oyó que decían: «El plazo está cumplido, don Fernando». Los cortesanos y los deudos colocaron la corona sobre las sienes del monarca y una candela en la mano derecha. Se puso la cama mirando a oriente, en dirección a Jerusalén, y cuando se le dieron al rey los últimos sacramentos, murió.
Tres hombres vestidos de ermitaños, con luengas barbas, acudieron al entierro. Nadie pudo saber quiénes eran, sino que decían: «Somos los testigos», y por esta razón se dijo durante mucho tiempo que aquellos tres peregrinos eran San Pedro, San Pablo y el apóstol Santiago, aunque esto último no se pudo probar nunca.

Fuente: Jose Calles Vales

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Cuatro estudiantes en salamanca

La hermosa ciudad de Salamanca tiene tantos encantos que cualquier elogio que de ella se dijera quedaría corto y vulgar. Aunque su Univer­sidad tiene mucha fama, los doctos profesores que enseñan allí suelen repetir algunos dichos y refranes bien conocidos: Quod natura non dat, Salmantica non praestat (Lo que no da la naturaleza, no lo presta Salamanca), y este otro: «Quien va burro a Salamanca, de Salamanca vuelve burro». Y así es en efecto: que no todos los que pasan por aquellas aulas aprovechan sus enseñanzas. Allí impartió clases de Teología Fray Luis de León, quien, después de salir de su injusta prisión, volvió a su aula y comenzó la lección del siguiente modo: «Decíamos ayer...».
En fin, Salamanca es mucho más que su Universidad y a cada paso pueden encontrarse maravillas arquitectónicas y rincones deliciosos que encantan a los viajeros. Además de la catedral, de la prodigiosa fachada de la Universidad, de los innumerables palacios y de las tortuosas calles del barrio viejo, los curiosos visitantes suelen admirar el llamado Jardín de Melibea, donde, según se dice, tuvieron sus amorosos encuentros los dos amantes de Fernando de Rojas. La Casa de las Conchas atrae también las miradas del paseante y no faltará quien le diga que bajo una de esas conchas se encierra un tesoro.
Como no podía ser menos, Salamanca también cuenta con un buen surtido de leyendas. A continuación se da noticia de una muy popular entre los estudiantes mozos.
Hace muchos años, quizás antes de que el doctor Diego de Torres Villarroel escandalizara la ciudad con sus extravagancias, llegaron a Salamanca cuatro jóvenes con el ánimo de inscribirse en la Universidad y cursar letras. Carlos, Guillermo, Francisco y José, que así se llamaban, venían pensando por el camino dónde dormirían aquella noche, pues no conocían la ciudad y temían que les engañaran en el precio. Los cuatro amigos llegaron a la Plaza Mayor y aún no habían visto posada ni figón que se acomodara a su escaso bolsillo. Siguieron por la Rúa y llegaron a la Catedral, pero en ningún lugar hallaban acomodo: o bien las posadas eran muy caras o bien otros estudiantes se les habían adelantado.
Llegaba la noche y el frío helaba los huesos de los cuatro mozos. De modo que se resolvieron a entrar en el primer lugar que encontraran, aunque fuese pajar o porqueriza. En esto, una mujer anciana que salía de la catedral se les acercó y les preguntó si tenían dónde dormir aquella noche. Los muchachos contestaron que no, y el más joven de ellos, José, aseguró que daría un ojo y siete años de su vida por dormir aquella noche bajo techo.
La mujer les enseñó su casa y a los cuatro estudiantes les pareció bien.
-Pero habéis de saber, hijos míos, que a veces se oyen ruidos y gemidos, como si hubiera almas en pena. Mas si os quedáis, os cobraré la mitad.
Convinieron los muchachos y se hizo el trato. Los jóvenes no creían en los espíritus y tachaban de supersticiosos ignorantes a los aldeanos que hablaban de fantasmas y almas en pena. De modo que acostándose cada cual en su cama, se quedaron dormidos profun­damente.
Pero llegada la medianoche, se despertaron sobresaltados: pudieron oír con claridad el sonido de unas cadenas que se arrastraban por el corredor; las tablas del suelo crujían; el candil que lúgubremente iluminaba la estancia palpitaba como si el viento de la muerte rondara en aquella sala; ciertos gemidos, como los de una niña que llora, sobrecogieron a los jóvenes; y una respiración honda, como la que tienen los tuberculosos, amenazaba tras la puerta. Los cuatro muchachos se apiñaron en un extremo de la alcoba, temerosos y atenazados por el miedo...
De pronto, la respiración pareció entrar en la sala y una neblina verde se deslizó bajo la puerta. Una voz profunda, como la que aseguran que se oye en los cementerios, habló y dijo:
-Nooooo temáis. Yoooo no soy Satanás, soy un alma en penaaaaa... Yoooo forcé a una niña de diecisiete años y la degollé... y la arrojé al pozo del patio... ¡Sacadla de allí! ¡Sacadla de allí! Y con el tesoro que hallarééééis, mandad decir setecientas misas por mi almaaaa...
Quedaron sobrecogidos los muchachos, pero al poco todos los ruidos habían cesado y la casa quedó en paz. Asomóse Guillermo por la ventana y vio que, tal como había dicho el espíritu, había un pozo en el patio. No tardaron mucho los cuatro estudiantes en bajar a la cocina y llamaron a la mujer para contarle lo sucedido, pero por ningún lugar pudieron encontrarla. Decididos y curiosos como eran, salieron al patio y tomaron unas cuerdas con las que pudieran bajar al pozo. Carlos y Francisco, que eran osados y valientes, des­cendieron y comprobaron que, efectivamente, allí reposaban los huesos de una persona. Creyeron entonces a pies juntillas lo que les había dicho el espíritu y corrieron a dar aviso al obispo. Éste les dijo que aunque había oído hablar de aquel fantasma, él nunca había querido darle verosimilitud, pero que accedía a enterrar aquellos huesos en la iglesia, tal y como los jóvenes pedían.
De vuelta a la casa, los jóvenes quisieron descansar pero cuando Francisco fue a abrir un armario para coger una manta, halló un cofre con un inmenso tesoro. Y en esto vieron que el fantasma no les había engañado. Al día siguiente concertaron las setecientas misas por el alma del asesino y repartieron lo sobrante entre ellos, viviendo en la mayor felicidad durante su estancia en la ciudad de Salamanca.
Se ha de decir que todos completaron sus estudios con gran provecho y que todos siguieron el camino de sus vidas con felicidad y alegría, salvo uno. El más joven de todos, José, perdió la vista del ojo derecho, con lo cual aprendió a no jurar en vano, y durante siete años sufrió grandes penurias y se vio pobre y miserable vagando por las calles, hasta que al fin fue perdonado y vivió feliz el resto de sus días.

Fuente: Jose Calles Vales

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Burgos

Por besar mano de rey
no me tengo por honrado...
ROMANCERO

El peregrino se había extraviado.
Quería entrar en Burgos antes de la anochecida, pero el sol caminó deprisa y las sombras ocultaron los senderos. Desde un otero podía ver las luces de la ciudad, mas no quiso ir a la aventura entre zarzas y ortigas, con riesgo de caer por barrancos y pedregales. Allí, al arrimo de una encina pasaría la noche y, a la mañana siguiente, continuaría su camino hacia Santiago de Compos-tela.
Tuvo suerte el romero y al poco llegó un pastor de ovejas merinas, con quien compartió el vino y el queso que aún llevaba en las albardas. Al calor del fuego, los recientes amigos conversaron apaciblemente: hablaba el pastor de su rebaño y si era tiempo de esquilar, o si el queso estaba bien curado, o si aquellos montes eran propios para el pastoreo. El peregrino narraba sus aventuras en Puente la Reina y en Logroño, y decía cuántos deseos tenía de visitar el Papamoscas de Burgos, Frómista, León y llegar al fin a Santiago, para abrazar al Apóstol.
A pesar del vino y la amena conversación, el pastor se mostraba intranquilo y, de tanto en tanto, miraba a un lado y a otro, como buscando algo. Quiso saber el peregrino si tenía temores o había alguna cosa que le infundiera miedo. El buen hombre contestó que precisamente aquella noche no era buena para estar en el campo, porque era noche de Difuntos y, afirmaba, había oído hablar de apariciones y fantasmas en aquel lugar, cerca del monasterio de Fresdelval. El romero, que era tan supersticioso como su acompañante, quiso tranquilizarse y dijo:
-¡Ea, amigo! Ésos son cuentos de viejas: echemos un tanto de vino al gaznate y se curarán nuestros temores.
Pero aún no había acabado de pronunciar estas palabras cuando los dos pudieron oír el sonido de un caballo cabalgando en los matorrales cercanos... Giraron el rostro y pudieron ver la silueta de un caballero sobre su corcel: la luz de la luna se reflejaba en la armadura y aun se distinguía perfectamente la espada y la lanza.
El pastor y el peregrino se agazaparon junto a la lumbre y observaron con terror que el brioso caballo se dirigía hacia ellos: era un imponente ejemplar, y los pálidos fulgores de la noche parecían en­volver sus crines. Sin duda, caballo y caballero eran fantasmas: almas en pena que vagaban en la noche de Difuntos en aquel solitario paraje. Traía el jinete una espada, la más brillante y pulida que hubieran visto jamás...
El misterioso espectro se detuvo ante ellos, mas no levantó la celada de su yelmo. De pronto, volvió grupas y espoleando a su cabalgadura remontó el collado y fue a situarse en lo alto de la loma. Allí estuvo un buen tiempo, como si estuviera observando la ciudad de Burgos. El pastor y el peregrino comprendieron, por los gestos del caballero, que una suerte de triste melancolía lo embargaba.
Al poco, tiró de las riendas y, veloz como el viento, se dirigió al otro externo del otero, desde donde podía ver toda la extensión de Castilla. En ese lugar permaneció también, sin moverse y con el gesto sereno. De nuevo volvió atrás y quedóse mirando la ciudad de Burgos y sus inmediaciones. Mirando a un lado y a otro, todo le pareció conforme y comenzó a bajar por la cuesta de los Grillos, donde nuestros amigos estaban sentados observando tan extraña conducta.
Cuando el misterioso caballero pasó junto a ellos, se detuvo un instante y, sin descubrirse, les dijo:
-Recordad que yo, Rodrigo Díaz de Vivar, vigilo Burgos y Castilla.
Quedaron aterrados los hombres cuando oyeron aquella voz sepulcral y apenas pudieron susurrar un lastimero «Sí, señor» o un «Dios nos ampare».
El caballero fue descendiendo el barranco hasta que todo volvió a quedar en silencio. El pastor y el peregrino apenas podían creer lo que habían visto y quedaron sumidos en el más terrible de los espantos.
A la mañana siguiente, los dos amigos se despidieron. El pastor volvió a su pueblo y contó el suceso maravilloso que le había acaecido, asegurando que el Cid iba durante la noche de Difuntos a aquel lugar, para asegurarse de que Burgos aún estaba allí y de que Castilla continuaba siendo tan hermosa como siempre, y que el mismísimo Rodrigo Díaz de Vivar se lo había dicho así. El peregrino bajó a Burgos y contó la misma historia en los mesones y en las posadas de la ciudad:
-...y cada noche de Difuntos -decía- Ruy Díaz sube a aquel otero y vigila sus tierras de Castilla; y vuelve otra vez al cortado para admirar su ciudad, Burgos, y así pasa toda la noche. Y si queréis comprobarlo, id y lo veréis.

Fuente: Jose Calles Vales

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Beatriz de montcada

...un ferro que llança gegantina
que una nissaga d'héroes clavada allí ha deixat.
JACINTO VERDACUER

En un calabozo húmedo, donde los rayos del sol no penetraban jamás, había un hombre y una mujer que apenas podían verse el rostro. La única luz que hasta ellos llegaba procedía de una antorcha en la galería de la prisión. Unos gruesos barrotes de hierro cerraban la salida: los dos reos se aferraban a la reja y pedían a gritos un vaso de agua y un mendrugo de pan. Pero nadie podía oírles porque los que bajaban a la galería de la muerte jamás volvían a ver la luz.
Uno de ellos tanteaba las húmedas paredes de la celda, buscando, tal vez, una hendidura por donde escapar, pero era inútil: nadie había escapado de tan férrea prisión. ¿Nadie? Quizá no sea del todo cierto: en esa misma cárcel estuvieron cargados de cadenas dos famosos amantes y, según se cuenta, salieron vivos de allí y pudieron vivir felices...
Hace mucho, mucho, mucho tiempo, el conde de Barcelona, don Ramón Berenguer IV, estaba en guerra con uno de los más poderosos nobles de Cataluña: don Guillén de Montcada. En vano el conde trataba de sosegar la ambición de don Guillén, porque la soberbia del noble no tenía límites y, se dice, incluso llegó a pretender el poder absoluto en Barcelona. Una pequeña disputa por el uso de cierta acequia fue suficiente para que don Guillén formara sus tropas y asediara a los nobles leales al conde Berenguer. Los partidos, por entonces, andaban divididos y las fuerzas, muy igualadas. No había más que incursiones y fechorías: las traiciones, las acechanzas, las emboscadas eran frecuentes, pero rara vez se formaban batallones para enfrentarse en campo abierto. En todo caso, el conde de Barcelona y don Guillén de Montcada se habían declarado odio eterno.
Don Guillén vivía en su castillo de Montcada con su esposa, Beatriz, una de las jóvenes más hermosas y más dulces de Cataluña, cuya belleza había dado mucho que hablar. El poder de don Guillén había logrado que Beatriz le diera el sí en la iglesia y, aunque Beatriz no podía soportar el orgullo y la insolencia de su esposo, la vida en el castillo era apacible y los enfrentamientos sólo se producían de puertas para adentro. Pero el corazón de Beatriz tenía un dueño y ni siquiera la fuerza bruta de su esposo había logrado domeñar esta pasión: desde muy joven, la preciosa doncella había amado a Guillermo de Sant Martí, un caballero apuesto y gentil, más dado a las canciones amorosas que a la espada. El trovador había cortejado a Beatriz desde muy joven y la muchacha había quedado prendada de su cortesía y galanura. Sin embargo, Guillermo había tenido que aceptar que su amada se casara con el orgulloso don Guillén, porque así lo habían querido el destino y los padres de la joven.
Pese a todo, ambos amantes seguían viéndose en secreto y el poeta acudía al castillo de Montcada cuando el señor se hallaba fuera. Una tierna canción de amor servía para que Beatriz abriese la reja de su ventana y el trovador escalara por las enramadas del castillo hasta la alcoba de su fiel amada.
Estos amores, como suele ocurrir, eran conocidos por todos en Cataluña, excepto por el iracundo don Guillén, más ocupado en des­tronar a su enemigo que en guardar la casa propia.
El señor de Montcada había reunido, en cierta ocasión, a todos sus caballeros en el castillo. Había también nobles, guerreros y soldados de fortuna llegados desde Francia, Aragón y Castilla. Estaba en la idea de don Guillén dar el asalto definitivo a Barcelona y desterrar al conde Berenguer IV. Para ello había dispuesto una gran corte en la que cada cual daría su opinión y se dispondría para la guerra abierta. Pero era don Guillén quien llevaba la voz cantante y todo cuanto él decía se aceptaba de inmediato.
En aquellos cónclaves bélicos estaba también Guillermo de Sant Martí, al que todos -excepto el señor de Montcada- veían como amante de la señora Beatriz, más que como guerrero dispuesto a dar la vida. Algunos nobles apreciaban verdaderamente al trovador y les enternecían los delicados amores de Beatriz y Guillermo, pero la mayoría estaban incómodos con su presencia y afirmaban por lo bajo: «¿Qué hará aquí el poeta? Otros castillos asalta con más fortuna». Los demás, simplemente, se burlaban de él y de los pocos soldados con que había acudido a la reunión guerrera.
Como era costumbre, el señor de Montcada celebró un festín en el que debería decidirse quién sería el senescal del ejército, esto es: el capitán de todas las tropas. Como era privilegio de las damas señalar este honor, todos estuvieron de acuerdo en que la propia Beatriz de Montcada designara al caudillo que tendría la gloria de derribar al conde de Barcelona. Además, todos estaban persuadidos de que Beatriz depositaría en su propio marido esta confianza, porque, en el fondo, lo tenían por su verdadero capitán.
En la ceremonia que se llevaba a efecto, la dama en cuestión debería entregar una copa de plata al futuro caudillo, y con este gesto quedaba certificada la validez del cargo de capitán.
Pero Beatriz actuó de modo imprevisto. Acompañada por siete doncellas hermosísimas, la señora de Montcada escanció vino y miel en la copa ceremonial y, tras beber el dulce néctar, ofreció la copa de plata... ¡a Guillermo de Sant Martí! Un murmullo de desaprobación recorrió la bóveda de la sala, e incluso algunos rieron abiertamente. Una voz, en un extremo del comedor, se dejó notar:
-¿Cómo vas a disponer las tropas, poeta? ¿En versos de arte mayor o en cuaderna vía?
Y desde el otro lado se decía:
-¿Y vienes con nosotros o te quedas para defender el castillo de la Montcada?
Sin embargo, todos bebieron de la copa de plata, pues así había que consolidar la alianza. Pero cuando la copa llegó a manos del señor de Montcada éste la arrojó violentamente y se levantó de la mesa mostrando su enojo:
-Mañana hablaremos, señores.
Y cerró la sesión de malos modos.
A grandes zancadas don Guillén de Montcada cruzó el patio del castillo seguido de cuatro guardias armados hasta los dientes. Subió a sus aposentos y allí encontró a Beatriz, su esposa. La ira se reflejaba en su rostro y sus ojos estaban inyectados en sangre:
-¡Maldita zorra! -dijo. ¡Eres la vergüenza de mi casa! ¡Lleváosla y encerradla en las mazmorras!
Los guardias apresaron a Beatriz y le colocaron fuertes cadenas en el cuello, las manos y los pies. Después, la trasladaron por las galerías del castillo y bajaron una escalera de cuatrocientos peldaños: allí abajo, en las profundidades siniestras de Montcada, se abría una profunda gruta, utilizada desde tiempos inmemoriales para dar suplicio a, los reos. Los huesos de los muertos se apilaban en las esquinas y un lodazal de barro y sangre era el suelo sobre el que caminaba Beatriz. Fue arrojada en una celda y allí, en medio de la terrible oscuridad, junto a ratas y culebras, fue olvidada para siempre. Así lo había ordenado el señor de Montcada: «Echadla en las cuevas, y que nadie baje a visitarla: que se coma las serpientes o que las serpientes se la coman a ella, tanto me da».
No se detuvo aquí la terrible venganza de Montcada: a las tres de la madrugada, cuando aún no había cantado el gallo y todo el castillo estaba dormido, entró en la alcoba donde descansaba el caballero Guillermo de Sant Martí. Sin embargo, no lo halló en la cama, sino despierto y escribiendo un apasionado poema a la luz de una candela.
-Ahora podrás leer esos versos a tu amada, traidor.
Con estas palabras, el señor de Montcada ordenó a sus soldados que lo apresasen y que lo bajasen a la terrible prisión. Mientras bajaba por la escalera, cargado de cadenas y zarandeado por los guardias, Guillermo oyó a don Guillén que, con grandes carcajadas, decía:
-¡Abre bien los ojos, poeta, o no podrás distinguir las letras!
Fue arrojado de malos modos en el fango de una celda y cuando se hizo el silencio apenas podía escuchar el discurrir del agua sobre las paredes y algunas alimañas que se movían en las grietas de la cárcel. Todo permanecía en la más lúgubre oscuridad. El caballero tentaba las paredes pero la roca sólo confirmaba su soledad y el terrible destino que le esperaba. De pronto, en un extremo de la galería oyó un débil mur­mullo... ¡una mujer sollozaba, aterida de frío! No podía ver su rostro, pero el corazón le decía que era su amada Beatriz y que sus amores habían sido descubiertos. El infame señor de Montcada los había encerrado en aquellas prisiones, de donde nadie pudo salir jamás.
Guillermo avanzó junto a la pared y pudo notar que aún había cadáveres en el fango: apenas pudo sortearlos y espantar a las ratas que se los estaban comiendo. Llegó finalmente cerca de Beatriz y ambos pudieron abrazarse y demostrarse su amor: al fin, incluso en la muerte permanecerían unidos.
Allí pasaron siete días, aunque para ellos todo era noche y penumbras. Ya las ratas y las culebras empezaban a acecharlos, impa­cientes ante la tardanza de su muerte, cuando oyeron que el agua se deslizaba por una abertura en un extremo de la celda. Si el agua corría por allí, significaba que un pozo o un río subterráneo acogía el caudal y ésa era la única salida posible. Sólo armados con sus uñas y con los guijarros desprendidos del muro, trataron de abrir una galería: el agua corría desesperada por una cueva. Excavaron y excavaron hasta que se hicieron sangre en las manos, pero al fin pudieron abrir un hueco por el que internarse en la inmensa caverna horadada bajo el castillo de Montcada. Caminaron durante varios días, envueltos en el fango, atrapados por las corrientes, sometidos a todos los peligros... pero al fin, tras muchas agonías, llegaron al final de la gruta: a sus vista estaba el mar y la luz del Mediterráneo hería sus ojos.
Arrodillados en la playa dieron gracias a Dios por haberlos librado de una muerte terrible y acudieron al palacio del Conde de Barcelona. Allí fueron recibidos con gran cordialidad y Beatriz y su amante informaron al conde de las traiciones que se le preparaban. Berenguer IV los cobijó en su corte y envió correos al Papa para que anulase el matrimonio de Beatriz, puesto que la joven se había desposado contra su voluntad y sólo por la tiranía del señor de Montcada.
Las nuevas bodas de Guillermo y Beatriz fueron presididas por el propio conde don Ramón Berenguer, y se celebraron grandes fiestas en Barcelona, donde se recuerda con emoción la fidelidad y la pasión de los dos amantes de Montcada.

Fuente: Jose Calles Vales

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miércoles, 14 de agosto de 2013

Aníbal en hispania

Tras muchas penalidades y preocupaciones,
tomó la ciudad al asalto, al cabo de ocho meses.
POLIBIO, Historias

El recordado Amílcar, héroe de los cartagineses, había dejado el poder a Asdrúbal, el cual luchó contra los romanos de forma heroica. Por descontado, durante el transcurso de las guerras púnicas, Roma obtuvo muchos triunfos pero los guerreros de Numidia hacía temblar los cimientos del Imperio. Tras la muerte de Asdrúbal, la asamblea de Cartago se reunió para decidir quién sería su caudillo, y entre todos salió vencedor Aníbal, hijo de Amílcar.
Aníbal no lo dudó: no había mejor forma de herir a los romanos que atacándolos fuera de sus dominios naturales y se internó en Hispania. Sometió a los ólcades y asentó sus campamentos en Cartago Nova o Cartagena, su ciudad predilecta. Tanto era así que ni los romanos tuvieron que pagar más tributos que otros, y se le concedió a la ciudad grandes honores. La popularidad de Aníbal crecía en la misma medida que crecían sus triunfos en el campo de batalla.
Dispuesto a conquistar Hispania de un extremo a otro, Aníbal lanzó sus tropas contra los vacceos, en el extremo occidental de la Península, cerca del río Durius o Duero. Salmantica y Arbucala cayeron en sus manos, aunque las tribus carpetanas y algunos ólcades lo estrecharon fuertemente. Sin embargo, un gran río llamado Tagus o Tajo le sirvió de defensa y Aníbal volvió a Cartago con grandes riquezas y con más honor del que jamás hubiera imaginado.
Hasta Roma llegaron las hazañas del general cartaginés y las murallas del Imperio se resquebrajaban con sólo oír el nombre de aquel caudillo que, al frente de sus elefantes y caballería, estaba asolando las tierras de Hispania. Sin embargo, Aníbal aún no había atacado directamente a los romanos, cuya principal ciudad en la Península era Sagunto. Antes quería hacerse con el resto del territorio y apremiar de este modo a los cónsules y pretores de Roma.
Roma envió una embajada a Cartagena. Los mensajeros llevaban órdenes tajantes e instaron al caudillo cartaginés del siguiente modo:
-Con los dioses por testigos, Aníbal, que te mantengas alejado de Sagunto porque esta ciudad está bajo la protección de Roma. Y no cruces el río Iberus (Ebro), según está firmado con tu predecesor Asdrúbal.
-A esos dioses vuestros invoco, romanos: nos habéis arrebatado Cerdeña, nos habéis robado sin tregua, nos impusisteis tributos vergonzosos ¿y aún queréis que mantenga tratados infames? Vedlo vosotros mismos: ni los propios saguntinos son felices bajo vuestro yugo y no ha más de un año que las revueltas se suceden en la ciudad. Y sólo por unirlos, los enviáis contra mi pueblo para que destruyan mis ciudades. Decid a vuestros dioses que tomaré Sagunto, que cruzaré los Alpes con mis elefantes y que en poco tiempo entraré en Roma.
Sin duda Aníbal era, como dice Polibio, un joven impetuoso, que se dejaba llevar por su pasión antes que por su razón.
Sagunto estaba cerca del mar, junto a unas montañas que separan a los iberos de los celtíberos. Muy cerca está también la ciudad de Segóbriga y los sedetanos. Los campos de Sagunto son muy feraces y con facilidad podrían alimentar a media Hispania. Aníbal estableció su campamento y comenzó el asedio a la ciudad romana. Estaba persuadido de que la toma de aquella ciudad le otorgaría la confianza de sus tropas y que ya nada se impondría entre él y Roma. Por otro lado, era necesario que ninguna ciudad romana quedara a sus espaldas mientras continuaba su gloriosa hazaña contra la metrópolis. En Sagunto encontraría oro y alimentos suficientes para consolidar su caudillaje y ni un solo soldado se atrevería a levantar la voz contra un general dadivoso y valiente como él.
El propio Aníbal participaba en los trabajos de guerra y arengaba a sus tropas desde las torres. Los soldados cartagineses estaban de enhorabuena: su general no escatimaba en gastos y para cada uno de ellos había palabras de ánimo y dispendio generoso. Tal era el propósito del caudillo africano: si lograba, como dice Polibio, aumentar el ardor guerrero de los suyos y predisponía a los cartagineses para lo que les esperaba, nada podría interponerse entre él y Roma.
Tras varios meses de asedio, Sagunto cayó en manos de Cartago y Aníbal vio el camino libre hacia la gloria: incluso los indomables iberos, que habían luchado hasta la extenuación contra las tropas romanas, veían con espanto la furia de los cartagineses y actuaban del modo más cauto y prevenido. Por otro lado, Roma no se atrevía a enfrentarse a Aníbal tan lejos de la península itálica; hasta entonces, los combates por la hegemonía del Mediterráneo se habían llevado a cabo en las aguas cercanas a Italia, o en Sicilia o Cerdeña; pero Hispania era un lugar lejano, abrupto, donde las tropas republicanas apenas podían contar con la ayuda de algunos súbditos o algunos mercaderes.
No se sabe, a punto fijo, cuál fue la reacción de Roma: en el Senado se debatían los antiguos pactos entre ellos y los cartagineses, pero parecía evidente que Aníbal no los tenía en cuenta y que negaba su validez.
La costa de Hispania vio con terror el paso de la caballería carta­ginesa, con sus aguerridas tropas y aquella suerte de espectáculo impresionante: los elefantes como torres móviles que asolaban cada lugar por el que transitaban. Los sedetanos, los segobrigenses o los ausetanos junto al Mare Baliaricum admiraban la gran proeza de Aníbal, y muchos iberos se unieron a las tropas invasoras con el ánimo de llegar a Roma. En Hispania, como dicen los historiadores, fundó Aníbal su gloria.
Volvió el fiero cartaginés sus ojos hacia Calagurris, una ciudad situada en el norte de Hispania, muy cerca del gran río Iberus. Las casi salvajes tribus de iberos oponen resistencia a los descendientes de la hermosa Dido, pero el avance de Aníbal es implacable. El consejo de ancianos de Calahorra se reúne en la plaza, como era costumbre, y señala al joven Calón como héroe y capitán de las tropas iberas. Pero a duras penas pueden detener la furia cartaginesa durante dos o tres días: al fin, se ven reducidos en los límites de sus murallas y sólo resta esperar un crudelísimo asedio.
Aníbal era un general impaciente y estaba ya pensando en la gloria de la conquista de Roma, de modo que envió mensajeros a Calón, los cuales le instaron para que rindiera la ciudad en ese mismo día o todos los ciudadanos de Calagurris serían pasados a cuchillo tan pronto como los cartagineses se hicieran con la fortaleza. Pero Calón respondió: «Calahorra no se rinde».
De este modo comenzó el más terrible asedio que hayan conocido los siglos: Aníbal distribuyó sus hordas en torno al fuerte amurallado e hizo construir, además, otra muralla con siete torres, para asegurarse de que ningún ibero salía de la ciudad. Cortó las aguas del río Cidacos y envenenó los manantiales, e incluso pagaba enormes sumas de oro a los hechiceros y los magos para evitar que la lluvia cayera en Calahorra.
Los alimentos comenzaron a escasear: el hambre y la sed atenaza a los asediados, y las enfermedades merman considerablemente su número. La peste, las ratas y las culebras se hacen dueños de la ciudad, pero los iberos colocan a sus muertos en las murallas y los visten como guerreros para intentar atemorizar a los cartagineses.
Muchos días pasaron y la ciudad quedó en completo silencio: ya no se oían los cánticos guerreros en la ciudad, ni podía distinguirse el humo de las fraguas y las chimeneas... Aníbal observó que en las murallas sólo había cadáveres pues los cuervos y los buitres se comían los ojos de aquellos vigilantes inmóviles. Con sumo cuidado, el capitán cartaginés ordenó que se acercaran sus soldados a la muralla... pero desde las almenas no se lanzaban saetas, ni aceite hirviendo, ni rocas. Sólo un silencio sepulcral parecía habitar en aquella ciudad.
Cuando abrieron las puertas, un fétido olor a podredumbre provocó las náuseas de Aníbal: los cadáveres estaban amontonados en las calles, los perros y los cerdos se comían a los muertos, que se desmembraban al sol. Un pestilente hedor salía de las casas, de los templos y de las posadas: algunos cuerpos estaban mutilados, porque los últimos vivos se habían visto en la necesidad de comerse a su parentela. El espectáculo era tan horroroso que Aníbal ordenó que pusiera fuego en la ciudad y que nadie tocase ni una moneda de oro de los calagurritanos. Asombrado por el valor y el sacrificio de aquellos hombres, Aníbal volvió la espalda y no quiso saber nada de los iberos.

Aún permanecen ocultas o son misteriosas las razones del fracaso de Aníbal en Italia. Habían logrado lo más difícil: cruzar los Alpes. Habían conseguido, ante el asombro del mundo, traspasar las inmensas cumbres a lomos de los elefantes y, sin embargo, jamás llegaron a la capital del mundo. Tras la terrible batalla de Canas, en la que perecieron más de setenta mil romanos, Aníbal solicitó a Cartago más tropas y oro con el que dar el asalto definitivo a Roma, pero Cartago se lo negó. En aquel año de 216 a.C., los cartagineses se retiraron a Capua, la capital de la Campania, y allí se entregaron a los placeres. De esta irresponsabilidad guerrera nació la expresión «Las delicias de Capua», con la que se da a entender que los placeres y la molicie acaban por arruinar los triunfos obtenidos. En Capua, el poderoso caudillo Aníbal vio cómo sus guerreros perdían todo interés por la conquista de Roma y cómo preferían una vida fácil y holgada en la maravillosa ciudad, en vez de animarse en las glorias de la batalla. En el verano siguiente, Roma preparó concienzudamente el asalto a los campamentos cartagineses y, en esta ocasión, no dejó pasar la oportunidad. De este modo, el gran caudillo que vino de Hispania cayó derrotado y así terminó la osada gesta de Aníbal.

Fuente: Jose Calles Vales

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Amores de don fadrique

Para ser de sangre real,
ha hecho gran villanía.
ROMANCERO POPULAR

Reinaba por entonces don Pedro I, llamado el Cruel, que tenía su corte en Sevilla y el alcázar era la residencia del monarca y los suyos. Don Pedro tenía muchos enemigos, pero los más peligrosos eran, sin duda, sus hermanos y hermanastros, los cuales no se podrían contar con los dedos de las manos, porque su padre, don Alfonso XI, era muy aficionado a los romances.
Uno de los hermanos de don Pedro era don Fadrique de Castilla, Maestre de la orden de Calatrava. De este hombre se decía que era apuesto como pocos y valiente como ninguno. Su historia, mitad legendaria y mitad histórica, está salpicada de sucesos notables, entre los que destacan sus amores. Se dice, por ejemplo, que don Fadrique no podía soportar la idea de que su hermano Pedro fuera rey, y que hizo cuanto estuvo en su mano por aliarse con los Trastámara. Pero lo más curioso de don Fadrique era su tendencia a enamorarse de las mujeres de su hermano.
Don Pedro estaba casado con Blanca de Navarra, pero ni el rey amaba a la reina, ni ésta amaba al monarca. Más bien se despreciaban mutuamente. Don Fadrique, galán y cortés, enamoróse de la reina perdidamente y doña Blanca le correspondía. Como el monarca andaba enredado en otros asuntos (también amorosos), ignoraba que los dos amantes se veían cada noche y que cada noche las cámaras reales cobijaban los requiebros, las caricias y la lujuria de aquellos dos adúlteros.
Como puede suponerse, aquellos encuentros terminaron por dar sus frutos y doña Blanca quedó embarazada del Maestre. Asustada y temerosa, doña Blanca se desmayaba sólo con pensar en la venganza del rey don Pedro. «Me matará» se decía, «nos matará a los dos». La reina simuló estar enferma para no presentarse ante el rey, y en verdad que lo estaba porque el temor que le infundía el monarca le daba fiebres. Don Pedro, que algo había oído, no le prestó al asunto mayor importancia y siguió con sus amores y sus batallas como si tal cosa.
Cumplidos los nueve meses, vino al mundo un niño. No pasaron dos días desde el parto cuando la reina doña Blanca hizo llamar a Alonso Pérez, secretario del Maestre, y le dijo:
-Estoy enojada con don Fadrique. He sabido que ha tenido amores con una de mis doncellas y que ésta ha parido un hijo suyo.
-¿Cómo ha de ser? -preguntó el secretario asombrado.
Pero la reina hizo traer a su propio hijo en mantillas y, encarándose con el secretario, le espetó:
-¿No es este niño el vivo retrato de tu amo, el Maestre?
Pocas dudas cabían: aquel niño era, con certeza, hijo del Maestre: sus mismos ojos, su misma boca; hasta en los gestos se le parecía. No tuvo más remedio el secretario que certificar que aquel infante era una innoble prueba de los amores de don Fadrique.
Doña Blanca, cuyas maldades no tenían límite, se sentó en el trono y con aire sombrío le dijo al secretario:
-A pesar de esta deshonra, estimo al Maestre en lo que vale y no quisiera que este desliz le acarreara ningún disgusto. Llevaos a este niño de mi vista y que no lo vuelva a ver más. Y por tu parte, Alonso Pérez, que no se vuelva a hablar de esto.
El secretario cumplió el mandado y llevó al rapaz a Llerena. Allí lo entregó a una judía que se llamaba Paloma y que, en tiempos, había sido criada del Maestre.

Por aquellos años tenía don Pedro una amante, llamada María de Padilla, hermosa y alegre. Sus encantos eran bien conocidos y en Sevilla se proclamaba que no se había visto una mujer tan hermosa desde que los moros abandonaran la ciudad.
Don Fadrique, enamoradizo y lujurioso, no tardó en poner sus ojos en la bellísima María. Aprovechaba cualquier pequeña ausencia del rey para cortejarla y como el Maestre era ducho en los requiebros y galanterías cortesanas, doña María de Padilla cayó rendida en sus brazos. De don Fadrique se decía que podía recitar el Ars amandi de Ovidio de cabo a rabo, y que sus destrezas en la alcoba eran insólitas.
Pero los amores de don Fadrique y de doña María de Padilla no pudieron ocultarse con tanta fortuna como los que tenía con la reina. Entre otras razones porque el alcázar tenía oídos (los guardias vigilaban cada movimiento de la favorita del rey) y, cuando el monarca estaba ausente, se oían grandes lamentos en la sala de doña María. Por esto vino a enterarse don Pedro que su concubina tenía un amante y que éste era, ni más ni menos, que su hermano Fadrique.
Doña María adivinó que el rey sospechaba de ellos y pidió a don Fadrique que se ausentara; ella misma trataría de huir tan pronto como le fuera posible. Su amante era valentón y por nada del mundo quiso abandonar Sevilla. Insistió doña María y tanto le obligó que don Fadrique resolvió ir al castillo de Monteagudo, en Navarra. Su amante prometió reunirse con él en el plazo de siete días.
Con gran amargura el Maestre tuvo que abandonar Sevilla, casi como un proscrito. Cuando llegó a Monteagudo en su cabeza rondaban los más terribles augurios. No obstante, esperó pa­cientemente los siete días. Pero doña María no aparecía. No sabía don Fadrique si su amante lo había traicionado o si el rey, conociendo los amores prohibidos, habría encarcelado a la dulce María. Estaba el galán en un sinvivir, preso de las angustias del amor y abatido por la ausencia de su dama.
Un mes cumplido había pasado desde que abandonara Sevilla, pero de su amante nada sabía. Las cartas no llegaban, los mensaje-ros pasaban de largo, las noticias todas referían asuntos extraños a los de su corazón. Cada tarde subía a las almenas el Maestre y oteaba el horizonte: esperaba divisar a su amada en lontananza, seguida de sus doncellas y criados... Pero doña María no llegaba.
Decidido y valiente como era, don Fadrique no pudo esperar más: tomó su caballo y su espada, y, aun sabiendo el riesgo que corría, voló a Sevilla en busca de doña María. Era bien posible que su hermano don Pedro estuviera esperándolo y que lo prendiera, pero nada importaba ya al galán: su pasión por doña María era más fuerte que sus deseos de vivir. En ningún momento recordó a doña Blanca, la reina, pero la delicadeza y alegría de María no podía quitársela de la cabeza.
Pronto estuvo el Maestre de Calatrava en Sevilla. A las puertas de la ciudad fue detenido por varios soldados, que le arrebataron la espada.
-¡Dejadme, insensatos! -gritó don Fadrique. Soy hermano del rey, ¿acaso no podré verlo?
-Sea como queráis, pero sin espada -respondieron los esbirros de don Pedro.
Inflamado de amores, don Fadrique no hizo caso de esta afrenta y con aire resuelto pasó las puertas del alcázar. Llegó a los aposentos del rey: éste lo miraba con gesto sombrío; sus ojos, inyectados en sangre, reflejaban la ira y la violencia con que fue conocido por sus súbditos.
-En mala hora venís, Maestre -dijo. ¡Soldados, cumplid!
Y en esto, salieron doce guardias y ataron a don Fadrique; hicie­ron que se arrodillara y sin esperar que un diácono oyera su confesión, con una espada le cortaron la cabeza. Aún pudo levantarse el ajusticiado sin cabeza: daba vueltas y giraba sobre sí mismo con las manos extendidas como queriendo palpar. Por el cuello brotaba sangre negra sin cesar y don Fadrique fue a golpearse contra un muro, manchando la pared de la antecámara del rey. Allí aún puede verse su sangre porque, aunque don Pedro hizo limpiar aquella sala a conciencia, no hubo modo de devolverle el color al muro y cuando alguna vez logró eliminarse la mancha, al cabo volvía a aparecer.
Don Pedro cogió la cabeza de su hermano, aún chorreando sangre, y la colocó en una bandeja. Con tan sangriento presente cruzó el alcázar de parte a parte y llegó a las habitaciones de doña María de Padilla. Un gesto de repulsión y de terror se reflejó en el rostro de la dama. El rey, preso de ira, volvió la cabeza y encarán-dose al cadáver le dijo:
-Así pagaréis por lo que me hicisteis con la reina y lo que me hicisteis con María de Padilla.
Y cogiendo la cabeza mutilada por los cabellos, se la arrojó a los perros para que se la comieran. Todos los canes comieron a su gusto, excepto el alano de don Fadrique, que huyó de la sala y estuvo ladrando a la luna durante tres días, hasta que murió.
Don Pedro ordenó encarcelar a doña María de Padilla y a la reina doña Blanca; mandó también que se les pusieran cadenas de hierro y que nadie les diera de comer, sino él mismo, porque desconfiaba de todos y presumía que algún traidor podría darles la libertad.
Ocurrieron estos sucesos en el año de 1358 y algún ingenio sevillano quiso hacer romances de estas historias para que los hombres del porvenir supieran lo que había sucedido en aquel caso. También se dice que algunos días más tarde el rey don Pedro estaba cazando en los campos de Jerez. A lo largo de todo el día el monarca había tenido malos augurios y, como supersticioso que era, creía a pies juntillas los signos de los astros y de la naturaleza...
Finalmente los presagios acabaron por cumplirse. Junto a una laguna estaba el rey, cuando vio acercarse una figura embozada en un manto negro. A no más de dos pasos de su caballo, el bulto negro se detuvo: descubrióse y el rey pudo ver a un hombre que más parecía una fiera. Traía el pelo desgreñado y sucio hasta la cintura; sus pies desnudos estaban cubiertos de abrojos y espinas; venía con una serpiente en la mano derecha, y en la izquierda tenía un puñal ensangrentado; sobre su hombro, una mortaja; y de su cuello pendía una soga con una calavera en el extremo. Un perro negro, según dice el romance, venía con él y daba el can tan fuertes aullidos que espantaba a quien lo oía...
-¡Morirás, rey don Pedro, morirás! -decía aquel diablo aparecido. Tú mataste a los mejores de Castilla, a tu propio hermano el Maestre don Fadrique mataste en el alcázar, desterraste a tu madre y a tu esposa la tienes con cadenas. ¡Morirás, rey don Pedro! ¡Morirás a puñaladas y tu hermano heredará el reino de Castilla!
Y maldiciendo a todos los cortesanos que acompañaban al rey, aquel monstruo huyó en la espesura y no se le pudo encontrar nunca.
No falta quien diga que este diablo infernal que se le apareció a don Pedro era su hermano, el galante don Fadrique, que penaba sus culpas por esos mundos de Dios y que vino a avisar al rey del destino que le aguardaba. Lo cierto es que los días de don Pedro terminaron como aseguró aquel demonio y que todo sucedió tal y como había profetizado.

Fuente: Jose Calles Vales

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