Translate

jueves, 10 de enero de 2013

El prisionero del árbol

Era un claro día de verano. El cielo azul intenso caía hasta el borde de la gran llanura, y un enorme sol amarillo colgaba en lo alto.
El canto de los pájaros llenaba el espacio entre cie­lo y tierra con una dulce música. Un pájaro de pe­cho amarillo cantaba una y otra vez, "¡Koda Ni Dakota!", "¡Koda Ni Dakota!", que quiere decir: "¡Amigo, tú eres un Dakota!" Quizá el pájaro se esta­ba refiriendo al Vengador de la Flecha Mágica, pues éste se acercaba caminando por la pradera. Espléndi­do con sus pinturas y sus plumas, caminaba orgullo­so con su gran carcaj de piel de ante colgado a la espalda y un largo arco en la mano. Se dirigía a un lejano campamento de tipis situado hacia el este.
Todos los días, un enorme águila roja sobrevolaba aquella aldea india amenazando a sus pobladores. Todas las mañanas este pájaro terrible surgía de un alto farallón de caliza, y desplegando sus alas gigan­tescas se dejaba caer planeando lentamente sobre el campamento indio. Entonces la gente, aterrorizada, corría a esconderse en las tiendas. Allí se cubrían la cabeza con las mantas y quedábanse sentados tem­blando de miedo. Nadie se atrevía a salir hasta que el Águila Roja no había desaparecido por el oeste, allí donde se juntan el azul y el verde.
En vano trató el jefe de la tribu de encontrar entre sus guerreros un buen tirador que pudiese lanzar una flecha mortífera al pájaro hambriento de carne hu­mana. Por fin, para atizar el valor de sus guerreros, hizo anunciar a su portavoz una nueva recompensa por abatir al Águila Roja.
Aquel que acabase con la temida águila roja de un flechazo, podría escoger como esposa a cualquiera de las dos hermosas hijas del jefe.
Al oír estas palabras, los hombres del poblado -jó­venes y viejos, héroes y cobardes- se pusieron a fa­bricar flechas nuevas para participar en la prueba. Al llegar el amanecer gris, muchas figuras humanas po­dían verse a la sombra del promontorio; silenciosos como fantasmas, envueltos en sus mantas bien ajus­tadas a la cintura, esperaban el nuevo día con sus ar­cos y flechas escogidos para la ocasión.
Algunos de los viejos guerreros, más astutos, per­manecían separados del grupo, sentados en cuclillas sobre el suelo desnudo; pero todos los ojos de la tribu miraban fijamente a la cima del peñasco, y contenien­do el aliento esperaban la aparición del Águila Roja.
Desde el interior de las tiendas otros muchos pa­res de ojos espiaban a través de los pequeños aguje­ros de las cortinas de entrada. Con las rocillas temblorosas y los dientes apretados, las mujeres ob­servaban a los hombres Dakota merodeando con sus arcos y flechas.
Por fin, cuando el sol de la mañana se asomó tam­bién por el horizonte para ver a los guerreros Dako­tas, el Águila Roja apareció caminando al borde del precipicio. Arreglóse su espléndido plumaje, agitó el cuello, sacudió sus alas poderosas, y sólo entonces se lanzó al aire. Descendió lentamente hasta el campa­mento indio, ¡donde le esperaban los hombres con sus fuertes arcos y flechas! En un instante todos los arcos se tensaron, y una lluvia de flechas salió dispa­rada hacia el cielo azul. Pero, ¡ah!, las alas indiferen­tes del águila se movieron, sin dejar que ni una de aquellas flechas las tocase siquiera, y el águila se alejó hacia el oeste, más allá del alcance de las flechas, más allá del alcance del ojo mismo.
La mortífera quietud del alba se rompió con el clamor de los lamentos de los indios. Las mujeres hablaban excitadas de las invul-nerables alas rojas del águila, y los héroes fallidos se ocultaron en las tien­das malhumorados. "¡He-he-he!"-gruñó el jefe.
Al atardecer de ese mismo día, un grupo de caza­dores descansaba sentado en torno a una brillante hoguera. Estaban hablando de un extraño joven a quien habían estado espiando mientras cazaban cier­vos más allá de los despeñaderos. Vieron cómo el ex­traño apuntaba con su arco: siguiendo con la vista la dirección de la punta de su flecha divisaron una ma­nada de búfalos. ¡La flecha salió disparada del arco, y alcanzó el cráneo del búfalo más próximo! Sin em­bargo, a diferencia de otras flechas, atravesó la cabe­za del animal y girando en el aire alcanzó la del siguiente búfalo. Así, uno a uno, los búfalos fueron cayendo sobre la dulce hierba en que pastaban, y quedaron tumbados sobre sus costados, con las patas rígidas y temblorosas. El extraño joven, muy tran­quilo, iba contando con los dedos los búfalos según iban cayendo muertos al suelo. Cuando por fin aba­tió al último, corrió hasta él, recuperó su Flecha Má­gica, la limpió cuida-dosamente sobre la suave hierba y la guardó en su largo carcaj de flecos.
"¡Sin duda va a preparar algún festín para alguna tribu hambrienta de hombres o bestias!" -comenta­ron los cazadores mientras se alejaban corriendo.
Tenían miedo del extraño guerrero de la flecha sa­grada. Sin embargo, cuando la historia de la flecha llegó a oídos del jefe, su cara se iluminó con una sonrisa, y mandó una partida de hombres a caballo para que averiguasen el nombre del cazador, cuándo nació y cuáles habían sido sus hazañas.
"Si se trata del Vengador de la Flecha Mágica, que salió de la tierra de un coágulo de sangre de búfalo, decidle que venga aquí. Que sea él quien mate al Águila Roja con su flecha mágica. Que sea él quien consiga a una de mis bonitas hijas" -dijo el jefe a sus mensajeros, pues la vieja historia del hijo-hombre del tejón era bien conocida en toda la llanura.
Pasaron cuatro días y cuatro noches, y los guerre­ros regresaron. "Viene para acá" -dijeron- "Le he­mos visto. Es alto y camina bien erguido; su rostro es hermoso, con grandes ojos negros. Se pinta las mejillas con rojo brillante, y exhibe sobre las sienes las líneas rojas que distinguen a nuestros hombres de mayor rango. Lleva colgado a la espalda un largo carcaj de flecos en el que guarda su Flecha Mágica, y tiene un arco grande y fuerte. Viene para acá, dis­uesto a matar al Gran Águila Roja". Las palabras de os mensajeros corrieron de boca en boca por todo el campamento.
Ocurrió que el inmortal Iktomi, recuperado ya de sus quemaduras marrones, oyó lo que la gente habla­ba, y al momento tuvo un nuevo deseo. "Si yo tuviese la Flecha Mágica mataría al Águila Roja y conseguiría para mí a la hija del jefe", se dijo.
Rápidamente volvió a su tienda solitaria. Se sentó en el suelo, bajo el árbol que crecía junto a la entra­da de su tipi, con la barbilla metida entre las rodillas dobladas. Sus ojos astutos escrutaban la llanura, en busca del Vengador.
¡Ya viene para acá!, dice la gente del poblado" -murmuró Iktomi. De pronto se llevó la palma de la mano a las cejas y miró con atención hacia el oeste. El sol del verano brillaba en medio de un cielo des­pe) ado. Allí, en la verde pradera un hombre con la cabeza descubierta caminaba hacia el este.
"¡Ja, ja! ¡Es él! ¡El hombre de la Flecha Mágica!" -rió Iktomi. El pájaro de pecho amarillo volvió a cantar, "¡Koda Ni Dakota! ¡Amigo, tú eres un Dako­ta!", e Iktomi se puso la mano en la boca y echó la cabeza hacia atrás, riéndose tanto del pájaro como del hombre.
"¡Él es tu amigo, pero su flecha matará a uno de tu especie! ¡Es un Dakota, pero pronto será parte de la corteza de este árbol! ¡Ja, ja, ja!" -rió de nuevo Iktomi.
El joven Vengador avanzaba a grandes pasos, acer­cándose cada vez más a la tienda y al árbol solitarios. Iktomi podía ya oír el ¡swish! ¡swish! de los pies del extraño avanzando por las altas hierbas. Acababa de pasar junto al árbol, cuando Iktomi, poniéndose en pie de un salto, le llamó: "¡How, how, amigo mío! Veo que estás vestido con hermosas pieles de ciervo y que llevas pintura roja sobre tus mejillas. ¿Es que vas a alguna fiesta o un baile, si puedo preguntarte?" Como vio que el joven se limitó a sonreírle, Iktomi continuó: "No he probado un solo bocado de comi­da en todo el día. ¡Apiádate de mí, joven guerrero, y caza a ese pájaro para mí!" -dijo, señalando a la copa del árbol, donde un pájaro descansaba sobre la rama más alta. El joven Vengador, siempre dispuesto a ayudar a quienes tuvieran problemas, lanzó una fle­cha, el pájaro cayó, y quedó colgando de la rama si­tuada más abajo.
"Amigo mío, súbete al árbol y coge el pájaro. Yo no puedo subir tan alto. Me marearía y caería" -le rogó Iktomi. El Vengador empezó a subir al árbol, pero Iktomi le gritó: "Amigo, tus hermosas pieles adornadas pueden rasgarse con las ramas. Déjalas a salvo aquí, sobre la hierba, hasta que bajes".
"Tienes razón" -replicó el joven, quitándose rápi­damente el largo carcaj de flecos de la espalda, y de­jándolo en el suelo J'unto con las bolsitas que llevaba colgando y todos los adornos tintineantes. Ahora podía ya subir al árbol sin estorbos. Pronto llegó a la punta y cogió el pájaro. "Amigo mío, tírame tu fle­cha para que pueda tener el honor de limpiarla con una suave piel de ciervo! "-exclamó Iktomi.
How!" -dijo el guerrero, arrojando la flecha y el pájaro al suelo.
Inmediatamente Iktomi agarró la flecha. La frotó primero contra la hierba y luego con una suave piel de ciervo, murmurando al tiempo cosas ininteligi­bles. El joven guerrero, que descendía de rama en ra­ma, oyó el murmullo y dijo: "¡Iktomi, no oigo lo que estás diciendo!"
"¡Oh, amigo mío! Sólo hablaba de tu gran cora­zon .
De nuevo, inclinado sobre la flecha Iktomi si­guió repitiendo los conjuros mágicos. "Quédate pe­gado, bien pegado a la corteza del árbol" -susurró en voz muy baja. El joven guerrero seguía bajando lentamente, y de pronto, Iktomi se incorporó, dejó caer la flecha al suelo y exclamó: "¡Quédate pegado a la corteza del árbol!", y así, antes de que pudiese saltar del árbol, el joven guerrero quedó unido a la corteza.
"¡Ja, ja!" -rió el malvado Iktomi, gritando y sal­j tando bajo el árbol."¡Tengo la Flecha Mágica! ¡Tengo las pieles y abalorios del Gran Vengador! ¡Mataré al Águila Roja! ¡Me casaré con la preciosa hija del jefe!"
"¡Oh, Iktomi, libérame!" -le imploró el guerrero Dakota prisionero en el árbol; pero las orejas de Ik­tomi eran como el moho de un árbol, pues parecía no oír nada.
Vistióse con las hermosas pieles, y sujetando orgu­lloso la Flecha Mágica en la mano derecha, Iktomi partió hacia el este. Imitando los largos pasos del Vengador, se alejó con la cara ligeramente vuelta ha­cia el cielo.
"¡Oh, libérame! ¡Estoy pegado al árbol como su propia corteza! ¡Sepárame del árbol!" -gemía el pri­sionero.
Pasó entonces junto al solitario tipi cierta joven que cargaba sobre su fuerte espalda una pila de ra­mas de sauce. Escuchó los lamentos del hombre, y se detuvo. Miraba a su alrededor, pero por ningún lado acertaba a ver ninguna criatura humana. "Quizá sea un espíritu", pensó.
"¡Oh, suéltame de aquí, libérame! ¡Iktomi me ha engañado! ¡Me ha convertido en corteza de este ár­bol!" -gritó la voz de nuevo.
La joven dejó en el suelo la pila de leña, y con su hacha de piedra en la mano corrió hacia el árbol. Allí, ante sus ojos atónitos, un joven guerrero estaba pegado al árbol.
Aunque era demasiado tímida para hablar, su co­razón era generoso, y no podía dejar a aquel joven prisionero del árbol. Así que valiéndose del hacha peló toda la corteza del árbol, y, abriéndola en dos como una chaqueta la dejó caer al suelo. Con ella cayó también el joven guerrero. Libre otra vez, em­prendió al momento la marcha, y tras alejarse unos pasos, volvióse a mirar a la joven y agitó la mano ha­cia arriba y hacia abajo. Este era el gesto de gratitud que se empleaba cuando las palabras parecían inca­paces de expresar sentimientos muy fuertes.
La todavía sorprendida muchacha llegó a su tien­da, montó en un pony, cabalgó a toda prisa por la llanura, y llevó su historia al campamento del este: a oídos del jefe preocupado por el Aguila Roja.

0.175.3 anonimo (sioux) - 014

El oso y el tejón

En la linde de un bosque vivía una gran familia de tejones. Habían construido su madriguera en el sue­lo, cubriendo las paredes y techo con piedras y paja.
El viejo Papá Tejón era un gran cazador, que sabía muy bien cómo seguir la pista del ciervo y el búfalo. Todos los días volvía a casa con alguna pieza, por lo que Mamá Tejón estaba siempre muy ocupada y los pequeños tejoncitos muy rechonchos. Mientras ellos jugaban a construir madrigueras de mentira, su ma­dre colgaba finas rodajas de carne en los soportes de madera de sauce. En cuanto la carne se secaba y cu­raba con el sol y el aire, la guardaba cuidadosa-mente en una gruesa bolsa.
Esta bolsa parecía una enorme funda rígida, pero de aspecto mucho más vistoso, pues estaba pintada con muchos colores brillantes. Los tejones colocaban las bolsas de carne firmemente atadas en las piedras de las paredes de su vivienda, de forma que resulta­sen útiles y decorativas.
Un día Papá Tejón decidió no salir de caza, y se quedó en casa haciendo flechas nuevas. Sus hijos se sentaron a su alrededor. Sus ojitos negros brillaban observando encantados los alegres colores con que su padre pintaba las flechas.
De pronto se oyó una fuerte pisada cerca de la en­trada. La puerta ovalada fue abierta de un empujón desde el exterior, dando paso a una enorme pata ne­gra con garras gigantescas. Le siguió otra pataza tor­pe. Los pequeños tejones observaban expectantes. Tras el segundo pie asomóse ¡la cabeza de un enorme oso negro! El animal entró en la casa silencioso, y se sentó en el suelo, junto a la puerta. Sus ojos negros no se apartaban de las bolsas pintadas de colores que colgaban de las paredes de piedra, pues el oso adivi­naba qué había en ellas. Se trataba de un oso muy, muy hambriento, que al ver la carne roja colgando en el patio había decidido hacer una visita a la fami­lia de tejones.
Aunque era un extraño y sus enormes patas y boca asustaban a los pequeños tejones, Papá Tejón le salu­dó: "¡How, how, amigo! Tus labios y tu nariz parecen febriles y hambrientos. ¿Quieres comer con noso­tros?"
"Sí, amigo mío" -dijo el oso- "Me muero de hambre. Ví tus tiras de carne fresca y como sé que tienes un corazón generoso, me acerqué a tu casa. Dame carne para comer, amigo mío".
Entonces Mamá Tejón cruzó la habitación con largos pasos, y como tenía que pasar junto al extraño visitante le dijo, casi discul-pándose: "¡Ah, han! ¡Per­míteme pasar!"
How, how!" -replicó el oso, pegándose más a la pared y cruzando las piernas. Mamá Tejón escogió el pedazo de carne más tierna y enseguida se puso a asarla sobre un lecho de ascuas de carbón.
Aquel día el oso comió hasta hartarse. Al caer la noche se levantó, y chasqueando los labios -que es la forma ruidosa de decir: "la comida estaba muy bue­na" -abandonó la vivienda de los tejones. Los pe­queños tejones corrieron a asomarse a la cortina de la puerta, desde donde espiaron al oso peludo hasta que desapareció en los bosques cercanos.
A partir de entonces, todos los días, el crujido de ramas procedente del bosque anunciaba a los tejones las fuertes pisadas que se acercaban: volvía otra vez el mismo oso negro. Nunca se molestaba en levantar la cortina de la puerta, sino que la apartaba con su cuerpo y entraba lentamente en la vivienda, sentán­dose en el mismo lugar junto a la entrada y cruzan­do las piernas.
Sus visitas diarias se hicieron tan regulares que Ma­má Tejón extendió una manta de piel en el lugar don­de solía sentarse, pues no quería que ningún invitado a su casa tuviera que tomar asiento en el suelo desnudo.
Por fin, el oso volvió un día con la nariz negra y brillante. El pelo de su piel estaba reluciente, y había engordado a costa de la hospitalidad del tejón. Entró en la casa y miró a los tejones con ojos malvados que resplandecían en su cabeza peluda. Sorprendido por la extraña conducta del visitante, que permanecía de pie sobre la alfombra de piel con su espalda redonda apoyada contra la pared, el Papá Tejón le preguntó: "¡How, amigo mío! ¿Qué ocurre?"
El oso dio un paso adelante y sacudió su enorme garra ante el rostro del tejón, diciendo: "¡Soy fuerte, muy fuerte!"
"Sí, sí, ya lo sé" -replicó el tejón.
"Sí, te has puesto fuerte de comer nuestra comida" -murmuró Mamá Tejón desde el otro extremo de la habitación, mientras cosía unos adornos de cuentas.
El oso sonrió, mostrando una hilera de enormes dientes afilados. "No tengo casa. No tengo bolsas de carne seca. No tengo flechas. Todo eso lo he encontrado aquí, aquí mismo" -dijo, y dando un pisotón en el suelo gritó: "¡Lo quiero todo! ¡Mirad! ¡Soy muy fuerte!" -repitió, levantando a la vez sus terribles ga­rras.
El Papá Tejón le contestó sin perder la calma :"Te he alimentado. Te he llamado amigo, aunque viniste mendigando y sin conocernos de nada. Por mis pe­queños, te ruego que nos dejes en paz".
Un gruñido sordo, que fue haciéndose cada vez más fuerte y fiero, constituyó la respuesta del oso. "¡Wa-ough!" -rugió, y echó a los tejones de la casa por la fuerza. Primero al padre, luego a la madre, y a los pequeños después por parejas. Quédose entonces parado en la entrada y mostrando sus horribles dien­tes gruñó: "¡Largaos de aquí!"
Papá y Mamá Tejón se pusieron en pie, levantaron a sus pequeños y gimiendo por la desdicha llenaron de aire sus aplastados pulmones hasta recobrar las fuerzas. Los pequeños tejones, apenas pudieron vol­ver a respirar, sólo comenzaron a aullar y chillar de dolor y miedo. ¡Ah! ¡Qué triste lamento el de la fa­milia de tejones mientras se alejaban de su hogar! A poca distancia de su casa robada, Papá Tejón cons­truyó una pequeña cabaña circular con ramas de sauce dobladas, cubierta por un techo de hierba seca y ramitas.
Este fue su refugio para la noche, pero ¡oh!, carecían de comida y de flechas, así que Papá Tejón se pasó todo el día siguiente mero-deando por el bosque; mas como no tenía flechas, no pudo conseguir alimento para sus pequeños. Al volver a la cabaña, los chillidos de sus pequeños pidiendo comida y el triste silencio de Mamá Tejón, que permanecía cabizbaja, le dolie­ron como la herida de una flecha envenenada.
"¡Mendigaré carne para vosotros!" -dijo con voz temblorosa. Se cubrió el cuerpo y la cabeza con una larga manta y fue a donde estaba el gran oso negro. El oso se afanaba cortando carne roja para colgarla al sol, y ni siquiera se detuvo a mirar al recién llegado. El tejón observó que el oso se había llevado a la casa a toda su familia. Pequeños oseznos jugaban bajo los pedazos de carne colgados en lo alto del patio, riendo y apuntando con sus diminutas narices hacia las finas rodajas.
"¿Es que no tienes corazón, Oso Negro? Mis hijos se mueren de hambre. Dame un pedacito de carne para ellos" -imploró el tejón.
"¡Wa-ough!" -rugió el oso iracundo, abalanzán­dose sobre el tejón. "¡vete!" -dijo, y de un puntapié con su enorme pata trasera lanzó al tejón rondando contra el suelo.
Todos los pequeños y malvados oseznos empeza­ron a reírse a carcajadas al ver al mendigo caer. "¡Ha-ha!", gritaban. Había uno sin embargo que ni siquiera sonrió. Parecía el osezno más jo­ven. Su piel no era tan negra y brillante como la de sus hermanos mayores, y tenía el pelo seco y deslustrado, que más bien parecía lana enredada. Era el Osezno Feo. ¡Pobre osito! Había sido siem­pre blanco de las burlas de sus hermanos mayores. El no podía evitar ser como era, no podía borrar las diferencias con sus hermanos. Así que, como decíamos, aunque todos se rieron del tejón, él no le vio la gracia al asunto,y su rostro permanecía serio y adusto. En lo profundo de su corazón se sentía triste al ver a los tejones gimiendo y mu­riéndose de hambre, y en su pecho fue encendién­dose un ardiente deseo de compartir su comida con ellos.
"No le pediré a rni padre que les dé carne" -pensó el Osito Feo- "Me diría: ¡No!, y mis hermanos se reirían de mí".
Un momento después, como si sus buenas inten­ciones hubiesen caído en el olvido, el osezno cantaba y saltaba feliz dando vueltas alrededor de su padre, que seguía trajinando con la carne. Cantaba con su vocecita aguda, arrastrando las patitas con largos pa­sos como si un espíritu travieso rezumase por sus ta­lones, y entonces se desvió perdiéndose entre las altas hierbas. Se dirigió hacia la pequeña cabaña re­donda, y al llegar frente a la entrada lanzó una pata­da con su pata trasera izquierda. ¡Zas! De pronto un pedazo de carne fresca fue a caer al interior de la ca­baña. Era una carne dura y llena de nervios, mas era el único pedazo que había podido tomar sin que su padre se diese cuenta.
Así, una vez alimentados los tejones hambrientos, el Osito Feo volvió corriendo a casa de su padre.
Al día siguiente Papá Tejón regresó a casa de los osos, y se quedó quieto mirando cómo el gran oso cortaba finas rodajas de carne.
"Dame..." -empezó a hablar, cuando el oso se volvió hacia él con un rugido, lanzándole a un lado de forma cruel. El tejón cayó sobre sus patas delan­teras, en un lugar donde la hierba estaba mojada por la sangre del búfalo recién desollado. Sus ojos ham­brientos se posaron sobre un pequeño coágulo de sangre que brillaba sobre la hierba. Papá Tejón miró temeroso hacia el oso, vio que se había dado la vuel­ta, agarró rápidamente el pedazo de sangre y se lo guardó bajo la manta.
De vuelta a su cabaña pensó: "Rogaré al Gran Es­píritu que lo bendiga", así que construyó una peque­ña tienda, apiló en su interior un montón de piedras sagradas y las calentó. Después las roció con agua y se dispuso a purgar su cuerpo. "También debo puri­ficar la sangre del búfalo antes de pedir al Gran Espí­ritu que la bendiga" -pensó, y se llevó el pedazo de sangre coagulada con él al interior de la tienda con el Vapor Sagrado. La puso junto a las piedras sagradas y se sentó al lado. Tras un prolongado silencio, mur­muró :"Gran Espíritu, bendice este pequeño pedazo de sangre de búfalo". Después se levantó y salió en silencio de la tienda. Notó que alguien le seguía, mi­ró por encima del hombro y vio con enorme alegría que se trataba de un bravo guerrero Dakota vestido con hermosas pieles de ciervo. Llevaba en la mano una flecha mágica, y de su espalda colgaba un largo carcaj con flecos. En respuesta a la oración del tejón, el Vengador había surgido de los glóbulos rojos de la sangre del búfalo.
"¡Hijo mío!" -exclamó el tejón tendiéndole su mano derecha.
"How, padre," -replicó el guerrero- "¡Yo soy tu vengador!
Al momento el tejón le contó la triste historia de sus hijitos hambrientos y el oso avaro. El guerrero le escuchaba atentamente con la vista fija en el suelo. Por fin el tejón se dispuso a marcharse.
"¿Dónde vas?" -preguntó el guerrero.
"Hijo mío, no tenemos comida. Voy otra vez a pe­dirle comida al oso" -respondió el tejón.
"Entonces iré contigo' -dijo el joven guerrero, y el tejón se sintió muy contento. Estaba orgulloso de su hijo, encantado de que por vez primera una cria­tura humana le llamase "padre".
El oso advirtió la llegada del tejón desde lejos. En­tornó los ojos tratando de distinguir al alto extraño que caminaba a su lado, y vio la flecha mágica que llevaba. Al momento adivinó que era el Vengador, de quien había oído hablar hacía mucho, mucho tiempo. Se puso muy tieso con una mano sobre el muslo, esperó a que se acercasen, y les sonrió:
How, Tejón, amigo mío! Toma mi cuchillo. Cor­ta las partes que más te gusten de este ciervo" -dijo, alargándole una hoja larga y delgada.
How!" -contestó el tejón, impaciente. Se pre­guntaba qué había inspirado al oso a portarse tan ge­nerosamente. El joven vengador esperó hasta que el tejón cogió el largo cuchillo en su mano, y entonces, mirando de frente al rostro del oso negro, dijo: "He venido a hacer justicia. Sólo le has devuelto un cu­chillo a mi pobre padre. Ahora devuélvele su casa". Su voz era profunda y poderosa, y en sus ojos negros ardía un fuego firme.
Los largos y fuertes dientes del oso empezaron a castañetearle, y su cuerpo peludo se puso a temblar de miedo. "¡Ahow!" -gritó, como si hubiese sido he­rido, y corrió a meterse en la casa. Una vez dentro, jadeando y temblando sin parar, dijo a su prole: "¡Salid todos fuera! Esta es la casa del tejón. Tene­mos que huir al bosque, porque ahí fuera está el Vengador de la Flecha Mágica".
Todos los osos se precipitaron fuera de la madri­guera y desa-parecieron corriendo en el bosque.
Los tejones regresaron a su hogar cantando y rien­do, y entonces el Vengador se despidió:
"Me voy" -dijo al partir- "Me voy a recorrer el mundo".

0.175.3 anonimo (sioux) - 014

Baile en un cráneo de búfalo

La noche había caído sobre la pradera. Las estre­llas parpadeaban brillantes con sus luces rojas y ama­rillas. La luna era todavía joven, apenas un hilo plateado entre las estrellas que pronto desapareció tras el horizonte.
Debajo, la tierra parecía negra como el carbón. Hay en la llanura gentes nocturnas que aman la os­curidad, y bajo su manto se reúnen para retozar bajo las estrellas. Entonces, cuando sus agudos oídos per­ciben alguna pisada extraña en las cercanías, se dis­persan y corren a ocultarse en las profundas sombras de la noche. Allí están -piensan- a salvo de todos los peligros.
Ocurrió, pues, que en una de esas noches negras, en plena planicie, un par de bolas de fuego salieron deslizándose del fondo del río. Se fueron adentrando más y más en la llanura, haciéndose cada vez más grandes y brillantes. La oscuridad ocultaba el cuerpo de aquella criatura de ojos tan fieros, que avanzaban apenas sobresaliendo de las hierbas de la pradera. Bien podría tratarse de un gato salvaje merodeando con pasos suaves y sigilosos. Lenta pero inexorable­mente, los terribles ojos fueron aproximándose más y más al corazón de la pradera.
Allí, en el interior de un enorme cráneo de búfalo ¡se celebraba una alegre fiesta! Los pequeños ratonci­tos de campo cantaban y bailaban en círculo al son de un tambor diminuto. Reían y charlaban mientras los cantores selectos cantaban una alegre canción.
Habían encendido una pequeña hoguera en el cen­tro mismo de su extraño salón de baile, y la luz se desparramaba desde el interior del cráneo del búfalo a través de todas sus curiosas cuencas y cavidades.
Una luz en la llanura en medio de la noche era al­go poco corriente, pero tan felices estaban los rato­nes que no escuchaban siquiera los "kin, kin" de los pájaros soñolientos turbados por el inusual fuego. Una manada de lobos, temerosos de acercarse a aquel fuego nocturno, se detuvo a cierta distancia y, apuntando muy juntitos con sus morros afilados ha­cia las estrellas, se pusieron a aullar y gruñir lastime­ramente. Ni siquiera a esto prestaron atención alguna los ratoncillos, felices en el cráneo del búfalo.
Los ratones -estos diminutos seres peludos- feste­jaban y bailaban, cantaban y reían. Mientras tanto, el par de ojos fieros continuaba avanzando por la os­curidad desde el fondo del río.
Cada vez más cerca, más ágiles, más fieros y res­plandecientes, los ojos comenzaron a moverse hacia el cráneo del búfalo. Sin sospechar nada, los felices ratoncillos roían y mordisqueaban pedazos de carne y raíces secas. Los cantores empezaron otra canción. Los tamborileros llevaban el ritmo, moviendo acom­pasadamente sus cabezas de un lado a otro. Los rato­nes saltaban en su corro en torno al fuego, botando con fuerza sobre las patitas traseras. Algunos lleva­ban la cola entre los brazos, mientras que otros la de­jaban arrastrar orgullosamente.
¡Ah! ¡Muy cerca están ya esos redondos ojos ama­rillos! Parecen arrastrarse pegados al suelo, aproxi­mándose al cráneo del búfalo. De pronto, ¡se colocan en las mismísimas cuencas de los ojos del iejo cráneo!
“¡El espíritu del búfalo!" -chilló un ratón asusta­do, y saltó fuera por un agujerito de la parte poste­rior del cráneo.
"¡Un gato! ¡Un gato!" gritaron los demás, pug­nando por salir corriendo de allí a través de agujeros grandes y pequeños. Luego, en silencio, huyeron y se perdieron en la oscuridad.

0.175.3 anonimo (sioux) - 014

jueves, 20 de diciembre de 2012

Un amor más fuerte que la sangre

Colgado de la suave meseta que guarda el fértil valle, por donde el Nalón teje sus recortadas curvas en vueltas y re­vueltas, se alzan las ruinas del castillo de Blimea. Las altas cumbres, que caminan a ambos lados del río hasta perderse en la lejanía del paisaje, son como dos guardias legendarios, adormilados en su eterna melancolía de siglos. Tal parece como si aguardaran el sonido de un gong que les sacase de su triste letargo.
Bajo su sombra, en un gemido que trae el viento de leja­nos horizontes, se mezclan al unísono, en extraña amalga­ma, la historia y la leyenda.
Al principio es como un susurro que va cobrando vida al rebotar en el azul cobalto de las rocas en este anochecer de estío, cuando el sol no es más que un manchón de sangre en el horizonte tachonado de nubes.
El sol ha muerto en el horizonte. Unas nubes ruedan en el cielo. La voz ha callado de pronto y el silencio ha invadi­do el valle. Por el sendero que conduce al castillo resuena el ruido de unos pasos.
El viajero se ha detenido ante los muros y en su imagina­ción se agolpan confusos los recuerdos.
Fue el castillo de Blimea casa de señorío y misericordia. Las cadenas que hasta hace pocos años se conservaron en los poyos de la fachada así lo pregonaban. Todo aquel que huyese de un peligro, cualquiere que fuese, sabía que en­contraba asilo tras aquellos hierros.
Era el dueño del castillo un noble caballero, señor de to­do el valle. Era su mayor vicio, a la caída de la tarde, aso­marse a las almenas para contemplar los dominios que allí se le ofrecían bajo los muros. La providencia solamente le había otorgado una hija, Florinda, adorada por todos los pobres de la comarca, tanto por sus dádivas como por su belleza. No causaba, por eso, extrañeza a los vecinos de Blimea ver enfilar el sendero que conducía al castillo a los nobles infanzones de las proximidades, jinetes sobre sus po­derosos alazanes. Sin embargo, ninguno de ellos había lo­grado ganarse el amor de la apuesta muchacha. Sólo el hi­dalgo de la Buelga, a quien los elegantes, pero firmes, des­plantes de la joven habían espoleado su orgullo, habíase hecho cuestión de honor rendir la entereza y hermosura de aquella mujer.
Cierto día llamó el padre a la joven para comunicarle su decisión de que se convirtiese en la esposa del señor de la Buelga. Entristecióse el semblante de la hija y, con voz tem­blorosa, no exenta de resolución, le respondió que su peti­ción le resultaba imposible, pues había entregado su amor a otro hombre.
-¿Quién es? -quiso saber el padre. ¿Un noble como corresponde a nuestro linaje?
La joven bajó los ojos y no contestó a la pregunta del padre. Llamearon los ojos de éste, comprendiendo el silen­cio de su hija.
-¡Un villano! -rugió- ¡Dime su nombre y yo le haré pagar cara su osadía colgándole de la almena más alta del castillo para que sirva de ejemplo a todos los habitantes del valle!
-¡A ese precio -contestó la hija- jamás lo sabréis! Ha­ce mucho tiempo que le quiero y antes prefiero la muerte que ser de otro hombre...
-¡Dispónte ja unirte en matrimonio al señor de la Buel­ga; de otro modo sufrirás la misma pena que ese villano que se ha atrevido a poner los ojos en ti! ¡Todo menos mancillar el honor de nuestra alcurnia!
Dio orden para que la encerrasen en lo más alto de la torre y envió un mensajero al señor de la Buelga anuncián­dole su consen-timiento.
Pasaron los días. En el castillo dio comienzo una agita­ción inusitada. Ningún habitante del valle recordaba nada parecido. Era el día señalado para la boda de la desdichada Florinda con el orgulloso hidalgo, que llegó acompañado de lucida y poderosa escolta.
En los momentos de mayor agitación sonaron unos fuer­tes golpes a la puerta del castillo. Salió el señor presuroso, seguido de algunos invitados, a comprobar quién había lla­mado de aquella forma tan violenta. Su sorpresa no tuvo límites al encontrar pegado a las cadenas a un apuesto mancebo, antiguo servidor suyo, que con el semblante de­mudado le dijo:
-Ved, señor, el tributo que cuesta separar dos almas que se aman desde niños; para librar a mi amada de los brazos de otro hombre yo mismo le he dado muerte. ¡Ella me lo ha suplicado y he cumplido su ruego!
-¿Quién ha sido esa infeliz criatura? -preguntó el hi­dalgo.
-¡Su hija, señor! -respondió con calma el joven.
Un alarido salvaje brotó de la garganta del hidalgo de Blimea que, ciego de ira, desenvainó su espada, pero, en un supremo esfuerzo, al ir a atravesarlo de una estocada, se contuvo.
-¡Libre eres!; esas cadenas gozan de inmunidad y mi casa es de señorío y misericordia -dijo mordiendo las pala­bras como si le estuviesen golpeando.
-Gracias, señor -dijo el mancebo; vuestra sangre es tan noble como el apellido que lleváis; pero ved qué hago con esa libertad que tan generosa-mente me otorgáis.
Y sacando un puñal, rojo aún de la sangre de la amada, se lo hundió en el corazón.
Fue como un velo que le cubriese de pronto los ojos. Len­tamente se fue deslizando por las cadenas hasta caer tendi­do en el suelo.
Un ramalazo de horror cruzó el rostro de los presentes. A lo lejos, el aullido largo y lastimero de un perro se dejó caer en el silencio de la mañana como epílogo de aquella trage­dia de la que fue testigo mudo el castillo de la Cabezada de Blimea[1].

Leyenda historica

0.100.3 anonimo (asturias) - 010



[1] Tanto esta narración como la siguiente fueron recogidas directa-mente por nosotros de la tradición oral en el verano de 1963.

San antolín de bedón

Para explicar la fundación del monasterio de San Antolín de Bedón, fechado en el siglo XI y ubicado en uno de los lugares más pintorescos del oriente de Asturias, la leyenda deriva dos aventuras del conde Muñazán. Habla la primera de una cacería con epílogo en milagro; la otra, de un cri­men, floración de una pasión no precisamente santa. Am­bas, como mérito, suplen la carencia de partida de naci­miento del fundador dándole un nombre con ascendencia histórica: Munio Rodríguez Can.
Cuentan que cierto día el conde Muñazán perseguía una pieza de caza por aquellos contornos. Se trataba de un enorme jabalí salido de la espesura. El conde echó tras él el caballo, hízole correr vertiginosamente, inundándole de su­dor y bañándole de sangre los ijares. De pronto aparece el mar y la pieza entra huyendo en una cueva, hasta entonces ignorada. Siguióle el conde y vio la imagen de San Antolín alumbrada por misteriosa luz. Atribuyó el hallazgo a un aviso del cielo y mandó construir en aquel paraje un mo­nasterio en honor del Santo.
La otra narración, envuelta aún más en un halo de exo­tismo, es la que corre todavía hoy entre los lugareños acerca del conde don Munio.
Era el referido conde, hijo de don Rodrigo Álvarez de las Asturias, un hombre sanguinario y cruel que mataba en la guerra por el placer de matar y cazaba por el placer de verter sangre.
Perdido una noche tormentosa en un bosque, percibió una luz que salía de una cabaña. Se acercó y miró a través de una ventana entreabierta. En la estancia estaba una jo­ven de rodillas ante una tosca imagen. Sus cabellos trigue­ños, el cuerpo bellamente dibujado y sus grandes ojos ver­des despertaron en el libertino los más bajos instintos. La joven, sola en el mundo, esperaba, casi sin esperanza, el regreso de su prometido que había ido a guerrear contra el invasor de la patria: los moros.
Loco de deseos, el conde se lanzó contra la puerta y cayó como un halcón sobre la indefensa presa. Tras una breve lucha, la joven, sacando fuerzas de su flaqueza, de su deses­peración, logró desasirse del conde y huir a la oscuridad. Nada pudo hacer el conde, des-conocedor de los secretos del bosque. La joven había desaparecido.
Al rayar la aurora, busca su caballo y sale del bosque jurando venganza.
Pasan los días. Murlio recuerda su juramento y sale de su castillo en busca de la muchacha que tan malos recuerdos le despierta. Localiza la cabaña y se acerca cauteloso. Por la ventana observa una escena que le llena de ira: cogidos de la mano y radiantes de contento los rostros, la joven y un desconocido se miran a los ojos en un hermoso idilio; él, su prometido, llorado por muerto y esperado hasta la desespe­ración. Pronto un sacerdote uniría sus vidas.
Ruge el conde y dispara su ballesta. La joven cae con el corazón atravesado. Apenas su prometido intenta socorrer­la, cuando otro venablo le hiere de muerte y se desploma sobre el cadáver de su amada.
Pasado el momento de cólera, algo en la larvada concien­cia del conde comienza a bullirle. Huye despavorido, pero en vano. El recuerdo le persigue y una voz le aconseja y oprime constantemente, con un murmullo eterno: «... ¿qué te habían hecho?». Solo, en su cruel soledad, logra encon­trar su destino. Son palabras de otro ser, muerto injusta­mente, quien le hace recobrar la confianza: «Vete; vende cuanto tienes y dalo a los pobres.»
Y se decide a dedicar su patrimonio a la construcción de un cenobio, y así lo hace. El hacha tala el espeso bosque. En el mismo lugar donde estaba la choza surge el monaste­rio de San Antolín de Bedón. Y el conde, arrepentido, se enfunda el tosco hábito de monje[1].

Leyenda historica

0.100.3 anonimo (asturias) - 010




[1] MARTÍNEZ, E., El monasterio de San Antolín de Bedón, en RG, núm. 44, Madrid 1967, pp. 53-57.

Martín porra

Desde que don Suero de Bimenes había conocido a la hermosa Covadonga, hija del venerable Menén Porra, no volvió a tener calma en su corazón. La humildad y la belle­za de la joven cautivaron en extremo al aguerrido soldado. No era para menos, pues, al decir de un viejo cronista, era la doncella

«de faz bellísima, vestía con halda e corpiño defino lienzo, bordado de seda e oro, y cubierta la cabeza con toca del mismo género, lo cual hacía resaltar el apiñonado tinte del cutis, las encendidas mejillas, el óvalo virginal de la noble cara e los ojos grandes e negros, entre amorosos y tristes».

Las visitas al castillo de la amada se hicieron frecuentes, familiares, dando lugar a que no fuera insensible el corazón de la joven a los dardos de Cupido. Así fue como el afortu­nado guerrero llegó a aspirar los perfumes de aquella flor.
Mas partió don Suero para la guerra. Tras muchos días, en una tregua, vuelve el guerrero a sus lares, pero no visita a su amigo ni rinde pleitesía a la hermosura de la flor des­hojada que, desespe-ranzada, desde el adarve del castillo, inútilmente, y día tras día, otea el camino por donde debía llegar el objeto de sus ensueños. Según el viejo cronista, un día confesó a su padre la causa de sus males:
«-Padre mío -le dixo- mis penas e cuitas son inmen­sas e imposibles de sobrellevallas; mis tristezas son hondas e mis melan-colías continuas e no hallan ni disipaciones ni consuelos; sospiro día y noche, porque él me tiene embarga­do todo mi corazón e toda mi ánima; e mis pensares son todos para él, que non se me aparta un momento solo, pues a cada instante...»
Quiso el noble Menén Porra poner remedio a las desgra­cias de la muchacha y comisionó a su otro hijo Martín, joven altivo y violento, para parlamentar con don Suero. Ignoraba éste el daño que había causado a la joven y se mostró propicio a repararlo, pero la palabra agria de Mar­tín Porra hizo que la entrevista degenerara en duelo.
-Aquí mismo, en este campo tuyo -dijo el orgulloso Martín, será el combate; elige padrinos y no olvides que ha de ser a muerte.
Ante el palacio del señor de Bimenes hay un amplio cam­po rodeado de gruesos robles. Para mayor desprecio de Sue­ro, quiso Martín Porra que fuera allí el combate. Se había cercado el palenque, dejando sólo dos entradas, al norte y al sur, respectivamente.
Acompañado de sus padrinos, entra el de Porra por la puerta sur; en la misma forma, por la puerta opuesta, lo hace el de Bimenes. Los jueces reconocen caballos, puestos y armas, les toman juramento y pasan al tablado de la pre­sidencia. Suenan los clarines. Ambos adversarios, lanza en ristre, se arrojan uno contra otro. Al choque, los caballos han doblado, pero los guerreros se mantienen firmes; se han roto las lanzas. Repuestas y enris-tradas, vuelven a la carga. Del encuentro los dos caballeros salen desmontados y echan mano a las espadas, continuando el combate a pie. Se dan estocadas, se tiran tajos y se paran los ataques con las espa­das y con las rodelas con destreza y con vigor. Las fuerzas de ambos guerreros permanecen inquebrantables y tal pare­ce que cascos, corazas y escudos son impenetrables al acero. Aprovechando Suero una descubierta de Martín, se lanza a fondo dándole una estocada en la axila derecha, haciéndole caer al suelo. Muy grave ha de ser la herida, mas como el combate es a muerte, el valiente Martín quiere continuarle; se niega don Suero que prodiga sus auxilios al que, desde entonces, llamó su hermano.
Desde aquel día el campo de la justa tomó el nombre de «Martín Porra», que aún conserva hoy.

Leyenda historica

0.100.3 anonimo (asturias) - 010

¡Marinero, guía, guía!

Lo saben muy bien los marineros; lo sintió muy pronto el tío Tono, patrón de la «Santa Ana»; su viejo instinto de peligro le enfrió la raíz de los cabellos, le secó la garganta y le aceleró el corazón: se aproximaba la tempestad.
El agua del cielo se teje, se espesa y se ondula. El patrón gruñía en la proa, ordenando recoger las redes, porque el viaje había sido inútil y aún faltaban muchas leguas para llegar al puerto de Llanes. Soplan recios los vientos y la lluvia se rompe y precipita. Abriendo sus pequeños ojos, un muchacho arapiento y pelambroso, el pinche, gritó entre aspavientos:
-¡Mirad, mirad...! Una caja que, flotando, viene hacia aquí y una gaviota revolotea encima.
-Tú ves visiones -replicó el patrón. Qué va a traer gaviota; es una caja de mercancías que se ha escurrido, se­guramente, de alguna velera.
Se iluminaron las aguas y vino la calma. Después de mu­chos esfuerzos lograron subir a bordo la flotante caja y, en tanto que la gaviota revoloteaba la caja, atónitos, oyéronla decir con dulce acento estas palabras:
-¡Marinero, guía, guía!
Volaba la gaviota en dirección a Llanes y, de trecho en trecho, suspendía el vuelo, como para esperar a la barca.
Al levantar la tapa de la caja, tras muchas dudas y ro­deos, quedáronse los marineros mudos de asombro al topar sus ojos con una bellísima efigie de la Santísima Virgen. El sol brillaba con esplendor inusitado. Descubriéronse todos, postráronse de rodillas y rebosándoles el corazón de piado­sa emoción, comenzaron a musitar:
-Dios te salve, Reina y Madre...
La gaviota, siempre delante de la embarcación, seguía diciendo:
-¡Marinero, guía, guía!
Con tal precioso cargamento, en pos de la gaviota, bien parecía que volaba la barca.
Cuando llegaron a puerto, ante la expectación de las ma­drugadoras mujeres que con sus cestos esperaban el pesca­do, tomaron la caja cuatro marineros y emprendieron el ca­mino hacia la iglesia de Santa María de la Asunción. De nuevo el revoloteo de la gaviota y las mismas dulces pala­bras:
-¡Marinero, guía, guía!
No fue posible; sus pies parecían clavados al suelo, en tanto la gaviota volaba y revoloteaba formando círculos so­bre la caja, ante una muchedumbre que se agolpaba expec­tante. Había que seguir -así lo entendieron los sacerdotes que, presurosos, habían llegado al lugar- a la gaviota, que les iba abriendo camino en dirección a un suave montículo que mira al mar. Se improvisó un rudimentario altar y se iniciaron las obras del santuario. El día que la Virgen fue entronizada, ante un apretado haz humano de plegarias y lágrimas, la gaviota emprendió su vuelo[1].
Queda en Llanes la tradición de la Virgen de Guía que un día flotó entre las aguas del mar, como otro lo hicieran la Virgen de la Barca, de Navia[2], y la Virgen de la Blan­ca, de Luarca[3].

Leyenda marinera

0.100.3 anonimo (asturias) - 010



[1] Cabal, que también recoge la tradición, apostilla: «Es toda literatura esta leyenda, y pienso que anduvo en ella el ingenio sutil de una escritora de méritos indudables: María Luisa Castellanos» CABAL, C., o.c., p. 245; CASTELLANOS, M. L., La leyenda de la Guía (Estudio histórico-fabuloso), Llanes 1913, obra que se incluye en Cuentos y Leyendas (Temas Llanes, núm. 17), Llanes 1981, pp. 89-110; ID., Baluarte de Gracia: Llanes, México 1963, pp. 267-273. El verdadero hilo de la leyenda, sin los ropajes litera­rios que pudieran mancillarla, puede verse en MORIA, A., Recuerdos gra­tos, México 1882, p. 20.
[2] JUNCEDA AVELLÓ, E., Leyenda e historia de la Virgen de la Barca, en Navia, en BIDEA, núm. 96-97, Oviedo 1979, pp. 347-361.
[3] CASARIEGO, J. E., Asturiasy la mar, Salinas 1976, p. 72.