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lunes, 3 de diciembre de 2012

Los dos papagayos

Sol salió de caza. En la floresta encontró un nido con dos papagayos tan peque­ños que apenas podían volar; sacándolos del nido, los llevó con él para criarlos. Eligió para sí el papagayo de plumas verdes más hermosas y regaló el otro a Luna [i], su compañero.
Los dos amigos alimentaban a los papa­gayos y se entretenían jugando con ellos. Extendían su dedo hacia las aves y también les enseñaban a hablar.
Pasaba el tiempo. Los papagayos crecieron y aprendieron a hablar como la gente, hasta que cierto día uno de ellos dijo al otro:
Estoy apenadísimo por nuestro pobre padre. Regresa cansado de sus cacerías y debe preparar su comida y la nuestra, sin poder descansar; ayudémosle, y así podrá reposar a su regreso.
Instantáneamente, los dos papagayos se convirtieron en dos muchachas. Comenzaron a preparar el almuerzo, y mientras una tra­bajaba, la otra vigilaba la entrada por si alguien llegaba de sorpresa, y poder avisar, si así ocurría, a su compañera para que ambas se volvieran de nuevo papagayos.
Al caer la tarde, Sol y Luna retornaron a la casa. A cierta distancia escucharon un ruido: pum-pum-pum... Sol acercó la oreja a la tierra y dijo al compañero:
-Parece que llega un animal grande como nunca hemos visto; viene trotando por ahí. ¡Marchemos rápidos!
A medida que se aproximaban a la casa, el pum-pum de las pisadas iba en aumento.
-¡No creo que sea animal! -dijo Luna. Parece golpe de mortero pisando maíz.
-Es cierto -dijo Sol. Y lo más raro es que el ruido viene de nuestra casa. Veamos quién está allí.
Cuando se hallaban a pocos pasos de la puerta de entrada, cesaron los golpes en el mortero.
Al entrar no vieron a nadie. Revolvieron todo: las cestas y hasta las brasas fueron removidas en busca de quién había preparado el almuerzo, cuando, de repente, se encon­traron con los dos papagayos, que, como de costumbre, estaban aferrados a una viga de madera, con los ojos muy abiertos y el pes­cuezo estirado para ver mejor.
No había nadie más.
-¿Serían los papagayos? -comentó Luna riendo. Y agregó: ¡Qué tontería! ¡El pa­pagayo no sabe hacer nada!
-Ni aunque quisiese podría -dijo Sol. ¡Ah!... ¡Mira! ¡Por aquí anduvo gente!...
Examinaron las pisadas humanas en el suelo de tierra. El misterio mayor era que las pi­sadas terminaban allí mismo; dentro de la casa, y que afuera no había rastro alguno.
Al día siguiente sucedió lo mismo. Sol y Luna escucharon, al volver de la cacería, el ruido del mortero donde se molía el maíz: pum-pum-pum.
Vuelta a buscar como en la tarde anterior. Encontraron de nuevo las pisadas, sin rastro alguno de gente. Examinaron todo; buscaron, y... ¡nada! Solamente los papagayos aga­rrados a la viga, mirándolos como si nada hubiese ocurrido.
Diariamente sucedió lo mismo. Cuando los dos compañeros se aproximaban a la casa, escuchaban el pum-pum-pum del mortero moliendo el maíz; pero al acercarse, todo igual: la comida lista, las huellas en el piso de tierra... y ¡nadie en la casa! Finalmente, Sol, cada vez más intrigado, dijo a su amigo Luna:
-Lo mejor será simular que vamos de caza. Escondámonos en el matorral y quedémonos a un costado de la casa. Cuando escuchemos el ruido en el mortero, entraremos corrien­do: yo, por la puerta de enfrente, y tú, por la del fondo.
Simularon ir de cacería. Llevaron sus arcos y sus flechas, dieron una vuelta por el ma­torral y regresaron al mismo sitio, por el fondo, escondiéndose entre los árboles del patio.
Al poco rato escucharon voces y risas procedentes de la casa, y luego el pum-pum del mortero donde se molía el maíz. En el mismo instante, Sol entró corriendo por la puerta de enfrente, y Luna, por la de atrás. Allí se en­contraron con las dos muchachas, que al verse descubiertas, sin pronunciar palabra, bajaron la cabeza y se sentaron, quietecitas.
Sol y Luna nunca habían visto muchachas tan bonitas como aquellas. Tenían la piel morena clara y los cabellos negros, lisos y lustrosos, tan largos que les llegaban a los tobillos.
Luna quiso hablar con ellas, pero Sol se lo impidió con un movimiento de la mano, pues el quería decir algo primero. Dirigiéndo­se a la que le parecía más hermosa, preguntó:
-¿Así que las dos nos preparaban la co­mida diariamente? ¿De dónde venís?
-Estábamos apenados de veros trabajar y tener además que cocinar al regreso y hacer todo lo demás... Por eso nos transformamos en seres humanos, y decidimos preparar la comida. Pero ahora...
-¡Ahora quedaos así, como personas! -di­jo Sol, radiante de satisfacción.
La muchacha respondió, sin levantar la cabeza:
  Decidan con cuál de las dos se quieren casar.
Sol respondió sin pestañear.
-Yo me caso contigo.
La muchacha, que había sido antes el pa­pagayo de Sol, exclamó riendo:
-¡Me has elegido por segunda vez!
Luna, compañero de Sol, se dirigió a la otra:
-¡Yo, contigo!
Se casaron y hasta hoy viven muy felices allá, en la casa de ambos. Dicen que por ser la casa pequeña para los cuatro, decidieron turnarse. Sol y su esposa ocupan la casa du­rante la noche, para dormir, y Luna, con la suya, la ocupan durante el día. Por eso Luna no duerme de noche y vaga dejando pasar las horas, para llegar a casa cuando su compa­ñero Sol se prepara para salir de caza con su arco y sus flechas.

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[i] En esta leyenda la Luna es de sexo masculino.

Juruva salvó el fuego

El fuego se apagó en las cuatro regiones de la Tierra, sin que se supiera cómo sucedió.
Hasta entonces había habido hogueras es­parcidas por el mundo: grandes fogatas para comunicar a las tribus indígenas entre sí, lejos unas de las otras; hogueras más pequeñas para que los indios se calentaran en las noches frías; hogueras chicas para cocinar los ali­mentos, y todavía las chiquititas que los niños encendían para jugar.
De súbito, sin ninguna razon, todas las fogatas del mundo se extinguieron. Nunca se supo por qué. Nunca pudieron saber los indios por qué todas las fogatas se extinguieron al mismo tiempo.
Fogatas y braseros se apagaron. Solamente en un rincón distante, lejano, muy lejano, permaneció encendida una última brasa, casi a punto de extinguirse. Mas ¿quién podría traerla tan rápido como sería necesario? Ha­bía que llegar a tiempo para salvar la última centella, antes que en la Tierra el fuego se perdiese para siempre.
Reuniéronse los indios Parecis[i] y llamaron a los animales de la floresta para que los ayudaran a traer la última brasa que quedaba en el mundo, pero todos se negaron. Unos decían que no había tiempo, otros temían quemarse y algunos se volvieron sin dar explicaciones.
Los indios Parecis llamaron entonces a los pájaros de la floresta para que los ayudaran. Preguntaron cuál de entre ellos podría ir a buscar la última brasa que se apagaba en aquel lugar distante, lejano, muy lejano.
Juruva[ii] fue el único pájaro que no se hizo rogar; ofrecióse él solo para traer la última brasa todavía encendida. No había tiempo que perder, y Juruva partió ligero como una flecha.
Voló. Voló. Voló.
Al fin llegó a aquel sitio lejano, muy lejano. Revolvió las cenizas, y de entre ellas sacó aquella última y pequeñita brasa.
¿Cómo llevarla? La tomó en el pico, pero en seguida sintió el ardor insoportable de la quemadura. Se le ocurrió entonces tomarla entre las dos plumas largas de la cola y re­tornó deprisa, volando, al encuentro de los Parecis.
Llegado que hubo a la taba[iii], la aldea de los indios, Juruva entregó la preciosa brasa casi extinguida. Los Parecis la recibieron, y con mucho cuidado la depositaron entre delicadas hierbas, musgos y pajitas secas, es­ pecie de nido que habían preparado para recibir el pequeño tesoro.
La tribu se reunió alrededor y empezaron a soplar y a soplar la brasa, que pareció reanimarse.
A poco surgió una llamita temblorosa, casi nada, una esperanza apenas. Pero los indios se alegraron y las bocas soplaron con más entusiasmo. Irguióse entonces una lengua de fuego, y después otra y otra más...
¡El fuego estaba salvado!
Los Parecis iban poniendo hojas secas y ramitas hasta que se irguieron llamaradas rojas con fulgores azulados. Era necesario ali­mentar el fuego, y ellos trajeron primero pe­queñas ramas; después, otras más grandes, y por fin, enormes troncos de madera seca. La hoguera ardía, la leña se quemaba, es­tallaba echando chispas al aire. Llegó la noche.
Fue entonces cuando las danzas empezaron. El bastón de ritmo[iv]  golpeaba la tierra y los pies golpeaban el suelo con un repicar salvaje, frenético. El fuego rugía y la floresta temblaba al sonido de los cantos y de las danzas rituales.
Encaramado en un árbol, Juruva contem­plaba las llamaradas que ponían fulguracio­nes en el cielo y reflejos dorados en sus plumas de colores.
Volvió la cabeza y contempló su larga y hermosa cola, ahora con dos fallas visibles en el lugar que había sujetado la brasa que las quemó.
Juruva se quedó con aquella falla en las plumas de la cola; quedó para siempre con ella, pero ¿qué importaba?
¿Quién, al verla, no sabe que salvó el fuego entregándolo a los indios Parecis?

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[i] Antigua nación indígena que habitaba el estado de Mato Grosso (Brasil).
[ii] Pájaro de la familia de los momotideos, más grande que el gorrión. Hay cuatro especies de este pájaro en Brasil y habitan en los bosques. El color es hermoso: verde por arriba y castaño claro por abajo. La cabeza está ornada de azul de diversos tonos, negro y rojo oscuro. La cola es larga; en algunas especies las dos plumas del medio presen­tan una falla producida por el mismo pájaro, y estas fallas corresponden exactamente al lugar donde las plumas rozan el borde del nido. Puede que sea para que no los molesten, pero hay quien afirma que es para adornarse. Los indios Parecis explican el fenómeno a su manera, de forma poética.
[iii] Aldea de los indios, en Brasil.
[iv] Es un bastón grueso que, además de servir con fina­lidad rítmica, tiene la exortizante de apartar los maleficios, comparable a la de la sonoridad de las campanas de las iglesias, que, según la tradición católica popular, ahuyenta los demonios.

Jaguar y venado

Pastando a la orilla del río, pensó un día Venado:
«Estoy cansado de vivir corriendo de aquí para allá, sin tener nunca sosiego, huyendo siempre de los cazadores, y cuando no de los cazadores, de los jaguares. Y cuando no de los jaguares, de los jaguarondis. No puedo seguir así. Necesito una casa y una vida tran­quila. Para construir mi casa no hay mejor lugar que lo alto de aquel barranco. Tendré una linda vista, hierba fresca para alimen­tarme y agua en abundancia. ¿Qué más pue­do desear?»
Subió, pues, el barranco, examinó bien el terreno, y cortando un gajo de un árbol, lo clavó en el suelo:
-Aquí voy a construir mi casa. Hoy estoy cansado, pero mañana comenzaré a trabajar.
Y se fue muy contento, pensando en volver temprano al día siguiente.
Apenas había partido Venado cuando apa­reció jaguar. Andando de un lado a otro, pensó:
«Este lugar es hermoso y tiene la ventaja de estar cerca del río, donde los animales vienen a beber. Desde aquí puedo espiarlos sin que me vean. Estoy cansado de perse­guirlos y necesito tranquilidad; no es posible vivir siempre así. Aquí levantaré mi casa.»
Cortó cuatro palos gruesos, con la punta en forma de horquilla, y los clavó en el suelo marcando las cuatro esquinas de la futura casa. Marchóse diciendo:
-Mañana temprano volveré para trabajar.
Al día siguiente, Venado madrugó para comenzar la construcción de su casa. Al ver clavadas las cuatro horquillas que no esta­ban el día anterior, exclamó:
-Tupá me ayuda. ¡Pronto podré terminar mi casa! ¡Qué bien!
Cortó y limpió una porción de ramas, co­locó las estacas y toda la armazón del tejado. Después se fue.
Jaguar, que había pasado la noche cazan­do, durmió toda la mañana y fue a trabajar a la tarde. Al llegar, viendo la armazón del tejado, se dijo:
-¡Tupá me está ayudando! Voy a ter­minar pronto mi casa.
Ató las varillas para hacer las paredes y se fue, después de haber trabajado toda la tarde.
Venado regresó a la mañana siguiente y quedó muy contento de la rapidez con que se iba construyendo su casa.
«No hay duda de que Tupá me ayuda. Eso sucede porque soy un buen animalito. No como la carne de los otros, no hago mal a nadie. Por eso merezco la estimación de Tupá. Es justo que así sea. Si no, ¿de qué vale ser bueno?», dijo para sí.
Cortó varias hojas de palmera y cubrió la casa, atando bien los tallos con lianas secas. Después de concluir el trabajo, bajó hasta el río a mirar de lejos el aspecto de la casa. Se retiró muy contento, con el corazón aliviado de ser tan bueno y merecedor de la ayuda de Tupá.
A la tarde llegó jaguar. Vio la casa cu­bierta y no cabía en sí de contento. Pensó:
«Tupá me ayuda porque mato los animales débiles e insigni-ficantes que no sirven para nada en este mundo, como no sea para servir­me de alimento. Es justo que Tupá me ayude. Si no, ¿de qué valdría ser fuerte y subyugar a los débiles»?
Lanzó un rugido que estremeció la floresta y se puso a trabajar.
Trajo agua del río y preparó la mezcla de tierra. Revocó las paredes de la casa. Llegaba la noche cuando se retiró, pensando en mu­darse ya al día siguiente.
Temprano llegó Venado.
-Tupá trabaja rápido -dijo. Hoy mismo me podré mudar.
Colocó las puertas y las ventanas, armó un estante para la cama y otro para las cacerolas, y se fue para regresar a la noche.
Jaguar llegó al atardecer. Abrió y cerró las ventanas, probó el funcionamiento de las puertas. Todo en orden.
-Tupá trabaja ligero y bien -exclamó admirado. Voy a buscar mis cosas y vuelvo para dormir aquí. Me mudo hoy mismo.
Apenas salió jaguar, llegó Venado. Se ins­taló en uno de los cuartos y se acostó a dormir.
A la noche, ya tarde, llegó jaguar. Despertó a Venado con un rugido:
-¿Qué significa esto? ¡Esta casa es mía! La construí yo con la ayuda de Tupá. ¡Salga inmediatamente!
-Esta casa es mía -dijo Venado, tem­blando de miedo. Fui yo quien la construyó con ayuda de Tupá.
-¡La casa es mía! Yo coloqué las horqui­llas y levanté las paredes. Tupá hizo el resto.
-¡Qué Tupá ni Tupá !¡Fui yo! -gritó Ve­nado. ¡Yo hice la armazón de la casa y cubrí el techo, y las puertas, y las ventanas!
Después de una larga discusión, Jaguar y Venado llegaron a un acuerdo. Tupá no tenía nada que ver con la construcción de la casa. La habían construido tanto el uno como el otro. Jaguar propuso entonces que ambos viviesen en ella. Cada cual tendría su cuarto, y entre ambos se dividirían los trabajos do­mésticos.
A la mañana siguiente, jaguar fue a cazar para los dos. Regresó tarde con un venado muerto, que tiró a los pies del compañero.
Preparad un buen asado para la cena.
Venado sintió un gran malestar. Preparó la cena para jaguar, pero no probó bocado, disimulando el miedo que sentía.
Jaguar despertó al día siguiente con mal humor:
-Hoy traerá usted la caza y yo cocino.      
Venado, que no sabía cazar y, tenía horror          de matar animales, salió desesperado. Pero si no traía caza, era seguro que jaguar se lo comería. Vagó por la floresta, cuando encon­tró al Oso Hormiguero[i].
-¿Cómo está, compadre? ¿Cómo va la familia?
En ese instante se sintió el olor de jaguar, que pasaba, y, conversación va, conversación viene, contó a Oso Hormiguero que un jaguar había dicho de él que era un comehormigas inútil. El había defendido, dijo, a su compadre, pero nada podía hacerse contra las calum­nias de un jaguar. Por último, decidió que era necesario poner fin a tamaño disparate.
En eso pasó otro jaguar, y Venado, bajando la voz, murmuró:
-Es ese, compadre; ese que pasa ahora por ahí.
Oso Hormiguero llamó al jaguar:
  Entonces, señor jaguar, ¿anda usted hablando mal de mí?
El jaguar negó, diciendo que no tenía cos­tumbre de meterse en la vida ajena, dispuesto a seguir su camino. Oso Hormiguero le dio la espalda, pero Venado insistió:
-Es el mismo, compadre. Está mintiendo.
Oso Hormiguero se acercó nuevamente al jaguar, y antes de que este pudiese replicar, le dio un tremendo abrazo y no lo soltó sino cuando ya estuvo muerto.
Venado, que se había escondido detrás de un árbol, salió para felicitar a Oso Hormi­guero:
-Bien hecho, compadre. Este no proferirá más calumnias.
Oso Hormiguero quedó muy agradecido a Venado y, mostrándose verdaderamente emo­cionado por la prueba de lealtad de su amigo, se fue a buscar hormigas para comer.
Venado levantó al jaguar muerto y lo llevó para su casa. Una vez allí, lo arrojó a los pies de jaguar, su compañero.
  Aquí está la caza que el señor quería. Haga un buen asado para la cena.
Y le dio la espalda para que jaguar no viera el miedo que tenía, yéndose a pastar a la orilla del río.
Jaguar se asustó y se puso a pensar:
«Si Venado mató al otro jaguar es porque tiene tanto coraje como yo y es capaz de matarme. Necesito andar con cuidado. No es tan manso como parece. ¡ Debe de tener una fuerza tremenda!»
Preparó el asado de carne de jaguar, pero no probó bocado.
Venado arrancó un pernil diciendo que iba a comerlo a la orilla del río. Allí lo enterró. Jaguar pensó que Venado se había comido el pernil, y con mal de estómago se acostó a dormir.
Un rato después entró despacito Venado y se acostó. Sentía un miedo terrible de la venganza de jaguar.
Este, por su parte, no podía cerrar los ojos, de temor a Venado. Al darse vuelta, la cama crujió con su peso, y al oír el ruido, Venado se levantó asustado. Al levantarse golpeó con la cabeza el estante de las cacerolas, que caye­ron estrepitosamente.
Jaguar, aterrorizado, saltó de la cama bu­fando y rugiendo, al mismo tiempo que Ve­nado abría la puerta. Pensando que Venado iba a atacarle, jaguar salió corriendo por la puerta de enfrente. Venado, pensando a su vez que jaguar iba a saltar sobre él, se lanzó hacia la puerta de atrás.
Cada cual huyó por su lado hacia la flo­resta. Nunca volvieron a encontrarse.
Cierto día, Irara[ii], el pequeño carnívoro, pasando por allí, halló la casa vacía y entró:
-Esta casa es un regalo de Tupá -dijo. Me quedaré a vivir en ella. Nueva y desha­bitada; estoy segura de que Tupá la cons­truyó especialmente para mí. Es justo que así sea; si no, ¿de qué valdría ser quien soy?

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[i]Animal que mide casi dos metros de la cabeza a la punta de la cola. Solamente esta, mide lo mismo que el cuerpo y está llena de pelos largos y oscuros. Aliméntase de hormigas que recoge con su larga lengua, la cual mide de treinta, a cuarenta centímetros. Destruye los hormigueros con sus afiladas garras. Tiene mucha fuerza en los brazos y estrecha al enemigo en un apretado abrazo hasta matarlo. En Brasil se llama tamanduá.
[ii] Pequeño animal que ataca a los gallineros para chupar la sangre de las gallinas. Gusta mucho de la miel de las abejas. Vive en América del Sur y América Central hasta México, con otros nombres. Tiene un metro y diez centímetros hasta la cola, y su color es pardo, un poco gris en la cabeza, con una mancha amarillenta en el pescuezo, lo que caracteriza a su especie única.

El robo del fuego

Antiguamente, el fuego no pertenecía a todos. Su dueño era el cuervo Urubú[i], quien lo llevaba siempre consigo, bien escondido bajo las alas, como para que no se enfriase.
Baíra, viendo que en aquel tiempo los indios secaban la comida al sol, decidió robar el fuego para que su gente pudiera cocinar sus alimentos.
Baíra era muy hábil: enseñó a los Parin­tintim[ii] la pesca con sangab, que es un pez falso hecho para atraer a los verdaderos peces. Les enseñó a cazar pajaritos con tram­pas untadas de resina gomosa... Baíra en­señó muchísimas cosas a su gente.
Dijo:
-¿Por qué el fuego ha de tener dueño? ¡El fuego debe ser de todos!
Penetró en el monte, se cubrió de hojas, se acostó y se quedó en el suelo, inmóvil, haciéndose el muerto. Al rato escuchó un zumbido: zum-zum-zum-zum... Era la mosca azul que, zumbando, zumbando, dio vueltas alrededor del falso muerto, pensando que era un muerto verdadero, y partió para co­municar su hallazgo a Urubú, que entonces habitaba en el cielo.
Urubú se acercó en seguida trayendo el fuego bajo las alas. Llegó acompañado de toda la familia: de la mujer, de los hijos y de otros urubúes, que eran sus amigos.
En aquel tiempo, Urubú era hombre; dicen que tenía manos y todo. Por eso pudo pre­parar el moquem, que es una especie de parrilla, hecha de varas, para asar y ahumar la carne y el pescado.
Urubú preparó el moquem y debajo puso el fuego. Sopló, sopló, y el fuego quedó rojo y ardiente; cuando estuvo encendido, llamó a los hijos y les ordenó vigilarlo y cuidar que no se apagase.
De repente, Baíra se movió. Los hijos de Urubú vieron que el muerto se movía y sa­lieron corriendo para avisar a su padre:
-¡Papá, el muerto no está muerto! ¡Se movió!
Urubú no creyó lo que le decían los hijos, y para que no le molestaran más les dijo que fuesen a cazar las moscas azules con sus flechitas. Los hijos de Urubú se distrajeron cazando las moscas azules y dejaron de vigilar el fuego.           
Cuando, debajo del moquem, el fuego es­tuvo bien encendido, Baíra se levantó de re­pente y lo robó, huyendo de inmediato lo más rápidamente que pudo. Urubú, al ver que el muerto se levantaba y robaba el fuego, llamó a su gente y todos partieron en per­secución de Baíra. Este, al verse perseguido, se escondió en el hueco de un tronco, pero Urubú y su banda se metieron también por el hueco del tronco detrás de Baíra, quien para escapar salió por el otro lado y penetró en un maizal muy tupido que había por allí cerca.
Urubú quiso penetrar también, pero no pudo; y de esa manera Baíra logró atravesar el maizal y llegar a la orilla de un río ancho, muy ancho. En la otra ribera estaba toda su gente, que era mucha; pero el río era tan ancho, que Baíra no pudo cruzarlo. Quería entregar el fuego a su gente, pero el río los separaba.
Llamó a la culebra corredora[iii] y le dijo: -Aquí está el fuego. Llévalo a mi gente, que está al otro lado del río.
Puso el fuego en la espalda de la culebra corredora y le mandó llevarlo a través del agua.
La corredora es una especie de culebra que corre muy deprisa. Al oír la orden de Baíra partió a toda velocidad. Sin embargo, por más que corrió no tuvo tiempo de llegar, y se quedó en medio del río.
Viendo que la culebra no conseguía llegar a la otra orilla del río, Baíra tomó a un ca­marón y le puso el fuego en la espalda diciéndole que lo llevase a su gente, que estaba esperando al otro lado del río. El camarón llegó hasta el medio del río, y no pudiendo soportar el calor, quedó enrojecido como es hasta hoy.
Con una vara con la punta en gancho, Baíra atrajo el fuego hacia sí y lo puso en la espalda de un cangrejo diciéndose:
«Este sí va a llevar el fuego a mi gente.»
Pero el cangrejo no resistió al calor y se quedó enrojecido, igual que el camarón.
Sin desanimarse, Baíra trajo de nuevo el fuego hacia sí y lo puso en la espalda del ave saracura[iv]. La saracura le dijo:
-Yo llevaré el fuego a tu gente al otro lado del río.
Partió rápidamente, casi sin rozar el agua, aunque no tuvo tiempo de llegar al otro lado del río, igual que la culebra, el camarón y el cangrejo. Fue así como Baíra se acordó de Cururú, el sapo.
Cururú tomó el fuego y partió saltando a llevarlo a los Parintintim, que esperaban al otro lado del río. Se aproximó bien, pero estaba tan cansado que no conseguía salir del agua. Fue preciso que los indios pegasen una rama con punta en forma de gancho para sacarlo del agua, desfallecido de can­sancio. Lo aproximaron a tierra y, por fin, llevaron el fuego a la aldea.
En la ribera opuesta, Baíra imaginaba un modo de cruzar las aguas. Como era un gran hechicero, estrechó el río grande hasta pa­recerse a un riacho, y entonces dio un salto y llegó al otro lado, yendo al encuentro de su gente.
Desde ese día, los Parintintim poseyeron el fuego y pudieron asar peces y animales.
En cuanto a Cururú, se tornó hechicero por haber llevado el fuego; por eso engulle las luciérnagas sin quemarse y le llaman «ladrón del fuego».

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[i] Ave de rapiña de plumaje negro. Aliméntase exclu­sivamente de animales muertos.
[ii] Tribu indígena del Amazonas, que vivía cerca del río Madeira, gran afluente del Amazonas. De esa tribu restan hoy unos doscientos individuos aislados, que trabajan en el caucho y en la recolección de castañas.
[iii] Culebra muy ágil, que corre velozmente con la cabeza a unos sesenta centímetros por encima del suelo.
[iv] Con este nombre llaman en el Brasil a esta ave de la familia de los rallideos, que tiene las piernas rojo-escarlata. Son de temperamento alegre y juguetonas.

El papagayo que hace «cra-cra»

Papagayo no era como es hoy. Era más bien un curumín, que significa «niño» en la lengua de los tupi-guaraníes.
Curumín acompañaba a su padre cuando iba de caza. Llevaba consigo, como todos los inditos, arco y flecha pequeñitos que le daba su padre.
A veces iba de pesca; pero como era chico, pescaba mandis, en tanto su padre pescaba dorados, pacúes y otros peces grandes.
Al regresar a la aldea, asaban en las brasas pescados y caza. Todos los indios de la tribu almorzaban contentísimos. Si escaseaba la comida, comían poco; si había abundancia, comían mucho; todo se repartía siempre por partes iguales.
Curumín, goloso como era, encontraba en cambio la manera de comer más que los otros.
Por eso se volvió papagayo. Sucedió así:
Había salido de caza con su padre, mientras su madre recogía frutas en el monte. La madre de Curumín iba siempre, con otras madres de la tribu, a recoger frutas monteses. Re­gresaban con las canastas repletas. Muchas veces, Curumín acompañaba a su madre en este trabajo. Aunque chiquito, trepaba a las palmeras para arrancar cachos de cocos. Para subir, ataba una liana a sus tobillos, dejando un espacio entre uno y otro como de quince a veinte centímetros, y pasaba una cuerda de lianas trenzadas en torno al tronco de la palmera sujetando las puntas con las manos. Apoyaba los pies en el tronco y daba un pe­queño salto con la cuerdecita, que lo alzaba hacia arriba. De ese modo subía y bajaba deslizándose despacio.
La madre de Curumín regresó contenta por haber hallado mangabas, frutas que los indios denominan bato-í. Al llegar a la ma­loca, las dejó asar sobre las brasas.
Curumín volvió de la cacería, adelantán­dose a su padre. Desde lejos se le hizo agua la boca al sentir el olor agradable de fruta asada.
Exageradamente goloso, sacó las frutas del fuego sin esperar a que su madre se las diese y empezó a comerlas deprisa una tras otra.
Mangaba es una fruta de pulpa viscosa, y más viscosa todavía si está asada. Al parecer, no se enfría nunca, y Curumín, goloso como era, a pesar de saber eso, terminó comiendo las mangabas calientes. Comió apurado, una tras otra. Tan apurado que no sintió la fruta quemarle la garganta. De repente no pudo seguir tragando. Quiso escupir la masa vis­cosa pegada al fondo de su garganta y no pudo. Hacía fuerza...
-Cra-cra-cra...
Estiraba el pescuezo:
-Cra-cra-cra...
Encogía el pescuezo:
-Cra-cra-cra...
De tanto encogerse y estirarse, el pescuezo de Curumín se fue haciendo grueso, grueso..., y la cabeza se fue quedando pequeña, pe­queña...
-Cra-cra-cra...
La boca de Curumín, apretada por el es­fuerzo de tanto escupir, se fue poniendo dura, dura... ¡Tis!..., y se convirtió en pico de ave, un pico encorvado.
-Cra-cra-cra...
De repente, puf, ¡qué susto! Curumín se pasó la mano por detrás. ¡Hum! ¡Una colita le había crecido, una colita de plumas verdes!
-Cra-cra-cra...
La pulpa no se despegaba de la garganta... Y ¡qué picazón!
Curumín se rascó todito, ¡de pies a cabeza! De repente, ¡oh!, se vio cubierto de plumas verdes. ¡Curumín era verde y con la cabeza amarilla!
-Cra-cra-cra...
Se sintió liviano..., liviano...; alzó los bra­zos y... ¡Sss!, ¡los brazos de Curumín se volvieron alas!
-Cra-cra-cra...
¡Curumín se convirtió en un papagayo!
-Cra-cra-cra...
El papagayo salió volando... ¡Qué bueno es volar!
Se fue a vivir en la copa de un árbol alto, alto, en el monte, y sus hijos ¡nacieron papa­gayos! Por eso da pena traerlo a la ciudad, para enseñarle a decir:
-¿Da la patita, lorito?
Si se quedara en el monte, tal vez pu­diera volverse Curumín de nuevo. ¿Quién sabe? Si Curumín se volvió papagayo, ¿no puede papagayo volverse Curumín?

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El juego de los ojos

Todos los días, Cangrejo llegaba a la vera del río y preguntaba:
-¿Cuándo iré al lago Palaná?
Al no escuchar nada, él mismo respondía:
-¡Ah, el lago Palaná queda muy lejos!...
Cangrejo quería ver el mar, el lago Palaná, como decían los indios. Para estos, que habi­taban tierra adentro y solo conocían ríos y lagos, el mar era también un lago, un lago grande.
Cangrejo permanecía horas y horas mi­rando correr el río. Cierta vez dijo:
  El río corre hacia el lago Palaná; por lo menos, puedo mandar mis ojos para que vean cómo es.
Inmediatamente ordenó:
  ¡Id, mis ojos, id hasta el lago Palaná! ¡Vamos, vamos, vamos, vamos!
En el mismo instante los ojos del Cangrejo partieron. Cangrejo no veía nada cerca, solo veía el mar.
  ¡Ah, mis ojos se fueron! Voy a llamarlos de vuelta, rápido.
Entonces dijo:
  ¡Venid, ojos míos, de la orilla del lago Palaná! ¡Ja, ja, ja, ja!
Los ojos estaban llegando, estaban llegan­do... En este momento llegó también jaguar y, oyendo la voz de Cangrejo, quedó al acecho:
Los ojos de Cangrejo llegaron. Cangrejo veía todo:
-¡Ah, mis ojos volvieron del lago Palaná! Ahora los mandaré de nuevo. ¡Id, ojos míos, otra vez!
Apenas cangrejo habló, jaguar dio un salto detrás de él, y para asustarlo roncó:
-iEh!...
Cangrejo, que en ese instante solo veía el mar, se llevó un gran susto.
Seguidamente, jaguar le preguntó:
-¿Qué estabas diciendo ahí, cuñado?
Cangrejo, que tenía sus ojos contemplando el mar, contestó:
Pues sí... Como yo no puedo ir al lago Palaná, que está tan lejos, mando a mis ojos que vayan y vuelvan. Es un juego...
Jaguar quedó intrigado.
-¿Cómo es eso, cuñado? Nunca oí contar algo así... ¡Quiero ver cómo es!
En ese instante los ojos de Cangrejo, que estaban en el mar, vieron un gran pez que nadaba en su dirección. Cangrejo, entonces, dijo a jaguar:
-Aimolá-pódole, el padre del pez Traíra[i], quiere tragar mis ojos.
Mas jaguar insistió:
-¡Yo quiero ver cómo es!
Cangrejo no quería charla. Quería hacer regresar sus ojos:
-Venid, ojos, de la orilla del lago Palaná. ¡Ja, ja, ja, ja!
Los ojos de Cangrejo volvieron, pero ja­guar deseaba ver cómo los ojos partían hacia el mar:
-¡Quiero ver más! ¡Mandad vuestros ojos, cuñado!
Cangrejo mandó:
-¡Id, ojos míos, a la orilla del lago Palaná! ¡Vamos, vamos, vamos!
Los ojos de Cangrejo partieron. Cangrejo preguntó a jaguar si había visto cómo era. Jaguar pidió a Cangrejo que llamase a los ojos de vuelta.
Cangrejo llamó:
-¡Venid, ojos míos, de la orilla del lago Palaná ! ¡Ja, ja, ja, ja !
En el mismo instante volvieron los ojos. Jaguar estaba entusias-mado.
-¡Ahora, mandad mis ojos, cuñado!
Cangrejo no quería mandar los ojos de Jaguar. Tal vez no diese resultado. Y le res­pondió:
-No es bueno mandarlos ahora; el padre del pez Traíra está allí cerca.
Jaguar no quería saber nada, e insistió:
-¡Quiero que mandéis mis ojos ahora mismo!
Cangrejo le recomendó estarse quieto, y ordenó:
-¡Id a la orilla del lago Palaná, ojos de mi cuñado! ¡Vamos, vamos, vamos, vamos !
Los ojos de jaguar partieron. Jaguar no veía nada. Pidió a Cangrejo que hiciera volver a sus ojos.
-¡Venid de la orilla del lago Palaná, ojos de mi cuñado !¡Ja, ja, ja, ja!
Los ojos de jaguar volvieron. Jaguar elo­gió mucho la hazaña de Cangrejo.
-¡Muy bien, cuñado! ¡Mandad mis ojos otra vez!
Cangrejo no quería. Repitió que el padre del pez Traíra estaba cerca y que era peligroso. Jaguar insistió en que mandase sus ojos una vez más. Decía:
-iMandadlos, cuñado! ¡Solo una vez más!
Cangrejo envió de nuevo los ojos de Jaguar:
-iId a la orilla del lago Palaná, ojos de mi cuñado! ¡Vamos, vamos, vamos, vamos!
Los ojos de jaguar partieron. El padre del pez Traíra, que andaba por allí cerca, tomó los ojos y los engulló. Jaguar no veía nada.
Quedó ciego.
Gritaba:
-¡Llamad a mis ojos, cuñado!
Cangrejo llamó a los ojos de jaguar:
-¡Volad de la orilla del lago Palaná, ojos de mi cuñado! ¡Ja, ja, ja, ja!
Pero los ojos no vinieron. Cangrejo llamó otra vez. ¡Nada! Ni señal de los ojos de ja­guar. El padre del pez Traíra se los había tragado. Cangrejo le dijo a jaguar:
-¿Visteis, cuñado? Bien que os avisé. El padre del pez Traíra se comió vuestros ojos.
Jaguar se indignó porque sus ojos no vol­vían. Dijo a Cangrejo:
-¡Ahora os voy a comer a vos! ¡Vos no debisteis mandar mis ojos!¡Estoy ciego!
Jaguar se irguió para agarrar a Cangrejo, pero este saltó al agua y se escondió bajo el tallo de una hoja de palmera que estaba inclinada sobre el río.
Jaguar buscó a Cangrejo; mas como es­taba ciego, no podía verlo. Agarró pedazos de piedra y de palos pensando que fuesen Cangrejo. Este, al esconderse bajo el tallo de la palmera, quedó con el tallo pegado a su costado, formándose así la coraza que hasta ahora tiene.
Habiendo escapado Cangrejo de la ven­ganza de jaguar, se alejó.
Jaguar, sin ojos, sin saber hacia dónde ir, fue caminando por los matorrales. Des­pués de andar algún tiempo encontró a Ga­vilán Real, que le preguntó:
-¿Qué hacéis por aquí, cuñado?
Jaguar le respondió:
  No hago nada. Cangrejo mandó mis ojos al lago Palaná y el padre del pez Traíra se los tragó. ¿Podríais ponerme otros ojos en lugar de los que perdí?
Gavilán Real le respondió:
-Voy a ver. Quedaos ahí, no salgáis del lugar. Iré a buscar leche del árbol yatay.
Gavilán Real partió en busca de leche del árbol yatay. Pero no regresaba. Jaguar es­peró, esperó. Pensaba que Gavilán no vol­vería más.
Por fin, Gavilán Real volvió, diciendo que le había costado mucho trabajo conseguir la leche del árbol yatay.
Mientras calentaba la leche, pidió a ja­guar que se reclinase en el suelo.
-¡Quedaos quieto! Si queréis tener ojos de nuevo, aguantad el calor! No os mováis ni digáis ¡ay!
Hablando así, Gavilán Real vertió la leche de yatay, hirviendo, en la órbita derecha. Jaguar no se movió ni dijo ¡ay!
Gavilán Real derramó el resto de la leche en la órbita izquierda. Después, con un ra­mito, extrajo leche de un arbusto que los indios Taulipangs llaman kaikusézimpi. Era leche para lavar los ojos de jaguar. Los lavó con esa leche y jaguar quedó con los ojos claros y hermosos.
Movió los ojos de aquí para allá, hacia todos los lados. Veía todo, de cerca y de lejos. Agradeció a Gavilán Real. Este le dijo:
-Ahora, a cambio de los ojos, matad un tapir para que yo pueda comer.
Jaguar fue a cazar y regresó con un tapir, que entregó a Gavilán Real.
-Aquí está el tapir que me pedisteis a cambio de los ojos que me disteis.
-Bien, de ahora en adelante, ya sabéis, Jaguar: por haberos dado nuevos ojos, me daréis de comer. Siempre que cacéis un ve­nado o un tapir, me daréis una parte. ¡No os olvidéis !
Desde entonces, jaguar caza para dar de comer a Gavilán Real.
En cambio, tiene los ojos claros y hermo­sos. ¡Y hasta ve en la oscuridad, de noche! ¡Lo ve todo!

0.020. anonimo (brasil) - 010




[i] Pez de unos sesenta centímetros de largo. En esta le­yenda, los indígenas del interior del país, que conocen sola­mente los peces de agua dulce, lo hacen vivir en el mar, pero el pez traíra vive en las aguas tranquilas y posee la facultad, cuando el agua se seca, de enterrarse en el lodo y esperar a que lleguen las lluvias. Es carnívoro y se alimenta de otros peces.