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jueves, 23 de agosto de 2012

El poder del amarú

Dicen que en aquel tiempo hubo una sequía tan grande que murieron las plantas y desaparecieron hasta los líquenes y musgos bajo la fuerza del sol implacable. Al perecer los árboles, la tierra sin sombra se resquebrajaba provocando grietas profundas. Cuentan que hasta la flor de qantu, que se encuentra en los terrenos más aridos, sintió secarse sus pétalos. El último capullo que quedaba aferrado a la vida, no se animaba a abrirse por miedo a calcinarse en medio de tanta sequía y calor. Sin embargo no podía quedar cerrado mucho más tiempo, moriría sin nacer.
Así, con toda su pequeña fuerza de capullo pidió por su vida... y algo muy extraño sucedió: a medida que se abría, sus pétalos fueron transformándose en alas. Entonces, feliz y agitando todo su cuerpecito se desprendió de la planta calcinada convertido en colibrí.
Voló hacia la cordillera y llegó agotado hasta la laguna de Wacracocha. Sintió que sus alas ya no le respondían: si se detenía a beber, se ahogaría. Con un esfuerzo que excedía su pequeño cuerpo, siguió volando hacia la cumbre del Waitapallana. Tenía que cumplir con su objetivo, sino ¿de qué serviría el milagro de estar vivo? Finalmente, se posó agotado en la cima helada por el viento, y con su último hálito suplicó ternura y piedad al padre Waitapallana, para que salvara a la tierra que desaparecería a causa de la sequía.
Después de su acto heroico, el colibrí murió.
Waitapallana se sintió sumamente apenado al observar el paisaje devastado, la esterilidad de la tierra... Pero aún se percibía el aroma de la flor de qantu, de la última flor. Él amaba a estas flores que solían engalanar su vestimenta y su fiesta. Sufrió tarto al darse cuenta de que el final estaba cerca que dos lágrimas de dura roca resbalaron hasta la superficie de Wacracocha y, ante la contundencia de tremenda congoja, las aguas se abrieron e hicieron temblar al mundo.
Pero no terminó allí el movimiento que asustó a todo ser que todavía quedaba vivo: el estruendo y las lágrimas de Waitapallana llegaron al fóndo de la laguna y despertaron al amará, que amodorrado descansaba enroscado a los pies de la cordillera con la cabeza apoyada en los bordes del espejo de agua. Todavía sin entender, comenzó a desperezarse mientras la tierra se movía violentamente. La laguna, agitada, dejó ver entre la espuma su cabeza de llama con ojos cristalinos y hocico rojizo, su cuerpo de serpiente alada y su cola de pez.
Totalmente despierta y furiosa por haber sido molestada, la serpiente se elevó en el aire opacando al sol con las llamas de ira que irradiaba su mirada.
¿Qué hacer? ¿Cómo defenderse de tan terrible amenaza? Miles de valientes guerreros con corazas y espuelas aparecieron como por arte de magia y se lanzaron a combatirla. Así, la lucha fue desigual... el poder del amarú resultaba indescriptible: del hocico surgió una niebla espesa que fue a parar a los cerros, por los estrepitosos y violentos movimientos de sus alas comenzó a caer una lluvia en torrentes, de su cola de pez se desprendió el granizo y de los reflejos dorados de las bellas escamas nació el arco iris. Los guerreros perecían en un acto tan heroico como el del colibrí: una cadena necesaria de acontecimientos. Sus muertes no eran en vano.
Así renació la vida cuando va parecía extinguida, reverdeció la tierra y se llenaron de agua clara los puquíos. El amarú, satisfecho, descansó.
Los quechuas lo saben, todo está escrito en las escamas del amarú, las vidas, las cosas, las historias, las realidades y los sueños; es por eso que la serpiente alada siempre sabe lo que hace.

050. anonimo (quechua), 

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