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martes, 5 de noviembre de 2013

No quito ni pongo rey...

Don enrique de trastamara no ha dudado en entablar una guerra civil con el rey Pedro I, su hermanastro, para disputarle la corona de Castilla. Nos hallamos a mediados del siglo XIV.
Es una guerra civil muy especial, una guerra con intervención extranjera. España es campo de batalla de tropas extranjeras que apoyan a un bando y a otro. Los ingleses al mando del príncipe de Gales, a quien llaman el príncipe Negro por el color de la armadura, apoyan al rey don Pedro. Sus tropas son bien disciplinadas y aguerridas. Por otra parte, don Enrique recibe ayuda de las Compañías blancas, venidas de Francia, al mando de Beltrán Duguesclin.
Ayudado por el Príncipe Negro, don Pedro obtiene la victoria de Nájera en los campos de Rioja, y don Enrique consigue salvar la vida por la rapidez de su caballo. Se refugia en Aviñón y allí consigue reorganizar su ejército.
La situación evoluciona en favor de Enrique porque el pueblo de Castilla empieza a perder el aprecio por su rey a quien muchos consideran un déspota por sus actos de crueldad.
El rey Carlos de Navarra permite a don Enrique que pase sus tropas por su reino y de esta manera el de Trastamara consigue llegar a Burgos sin tropiezo.
El rey de Castilla no pudo salir al encuentro de su hermanastro porque estaba ocupado en reprimir las sublevaciones surgidas en Córdoba y en otras ciudades andaluzas, que se habían proclamado partidarias de don Enrique.
En estas circunstancias, don Pedro volvió a solicitar la ayuda del príncipe de Gales, pero éste se negó porque no estaba conforme con las arbitrariedades de don Pedro y su forma de reinar.
Otra contrariedad iba a sufrir el rey don Pedro. Hacía tiempo que se había concertado la boda de su hija con el infante de Portugal. De este modo don Pedro podría contar con un buen aliado. Pero cuando se iba a concertar la alianza y la fecha de la boda, el rey de Portugal se volvió atrás de su palabra en vista del incremento que iba tomando el poderío del de Trastamara.
Don Pedro de Aragón también se hizo sordo a la llamada del de Castilla y para colmo de desdichas el papa lanzó contra él la excomunión.
Todos estos desastres y contrariedades eran suficientes para abatir el ánimo más esforzado, pero don Pedro no se dejaba amilanar fácilmente.
Cuenta la leyenda que consultó con un moro llamado Bena-Halin, amigo del rey de Granada, y que pocas veces se había equivocado en sus vaticinios.
Bena-Halin contestó sinceramente con las siguientes palabras:
-Tienes fama de apoderarte de los bienes ajenos. Cuando reinaba tu padre todo el mundo vivía en paz y sosiego, pero ahora el pueblo vive en la amargura. La nobleza ha olvidado el afecto que te tenía antes y ya prefieren a tu enemigo. Tus días tocan a su fin y quiera Alá que mis vaticinios no se cumplan.
Pero la obcecación del rey era tan grande que no quiso hacer caso de las sinceras palabras del moro.
Como ningún rey cristiano quiso ayudarle, don Pedro solicitó apoyo del rey moro de Granada, el cual puso a disposición del monarca cristiano un numeroso ejército.
Con las fuerzas moras y las que pudo él reunir, don Pedro se dirigió a poner sitio a Córdoba, en contra de la opinión de sus capitanes que le instaban a presentar batalla a don Enrique.
El asedio de Córdoba terminó en fracaso, pues los defensores lograron derrotar a las tropas atacantes.
Pocas ciudades le quedaban a don Pedro, entre ellas se contaba Toledo, asediada por el de Trastamara.
El rey acudió entonces en auxilio de la muy leal Toledo. Como la mayoría de los pueblos andaluces le eran adversos tuvo que dar un gran rodeo para llegar a Toledo. Por tal motivo y para desorientar a sus enemigos se dirigió hacia Montiel.
Don Enrique fue advertido con anticipación de los propósitos del monarca castellano. Aconsejado por los capitanes de su ejército encomendó el sitio de Toledo a don Gómez de Manrique mientras él salía al encuentro de su hermanastro con dos mil quinientos jinetes y las Compañías blancas de Duguesclin.
El de Trastamara hizo noche en Orgaz y allí supo que su hermanastro cruzaba las tierras de Ciudad Real en dirección a Montiel.
El rey castellano pernoctó en el castillo de Montiel cuyo alcaide don García Morán era de la Orden de Santiago, partidaria de don Enrique. A pesar de ello acogió a don Pedro, temeroso de que éste pudiera cometer desmanes contra los suyos.
Don Pedro ordenó a sus tropas que se alojaran en los alrededores de Montiel con lo que cometió un error: diseminar su ejército. A buen seguro que no lo habría hecho de conocer la proximidad del de Trastamara.
Según refiere la tradición ocurrió una coincidencia muy extraña: don Pedro se alojó en el más alto torreón de la iortaleza y antes de entrar vio en la puerta una inscripción que le hizo estremecer y que decía: «Ésta es la torre de la estrella».
Para comprender el estado de ánimo del rey hemos de decir que tiempo atrás un astrólogo le había vaticinado que hallaría la muerte en una torre de aquel nombre.
Por un momento el terror se apoderó de él, pero luego reaccionó valientemente y consideró que si huía de allí tendría que dirigirse a otra población y el ejército estaba cansado para poder continuar la marcha.
Aquella noche era la del 12 de marzo de 1369. Era una noche oscura como boca de lobo, pero de pronto los vigías del castillo anunciaron que veían luces móviles. En seguida se dio la voz de «Enemigo a la vista».
El alcaide se alarmó ante la noticia, pero don Pedro le tranquilizó diciendo que serían fuerzas suyas que se unían a él para el cerco de Toledo.
-Estas fuerzas, señor, según las últimas noticias han llegado ya a Toledo -dijo uno de los capitanes de don Pedro.
-Entonces, ¿serán fuerzas enemigas? -preguntó don Pedro sin obtener respuesta.
El rey decidió al instante. Dio orden de avisar a sus tropas que estaban diseminadas para que acudieran todas a la fortaleza. Pero esta orden llegaba demasiado tarde.
Don Enrique, que conocía la situación de su hermanastro, se lanzó como una exhalación a su encuentro. Los mensajeros enviados por don Pedro no pudieron pasar, pues las tropas del de Trastamara se lo impidieron. Volvieron enloquecidos a comunicar la alarma a los del castillo.
Fue una noche horrible para don Pedro que hubiera querido avisar con el pensamiento a su ejército para que acudiera a socorrerlo. Pero pasaban las horas y la desesperación de don Pedro iba en aumento al comprender que con las escasas fuerzas de que disponía no podía enfrentarse a don Enrique.
El pretendiente al frente de su ejército dio la batalla en los alrededores de Montiel y barrió por completo a las escasas fuerzas de que don Pedro podía disponer. El rey se encerró en la fortaleza y de este modo empezó el asedio.
Eran muchas las dificultades que se oponían a la conquista de la fortaleza de Montiel, pero don Enrique tenía paciencia. Por de pronto el rey estaba acorralado y ahora aquél podía esperar la llegada del grueso de su ejército que estaba en Toledo.
Don Pedro lamentaba ahora todos sus fatales errores: haber diseminado sus fuerzas y haberse encérrado en el castillo de Montiel.
Los atacantes fueron estrechando el cerco y pronto los víveres empezaron a escasear entre los sitiados.
Desesperado, un día don Pedro llamó a su fiel capitán Men Rodríguez de Sanabria y le expuso su plan para abrirse paso a través del cerco enemigo.
-¿De cuántos hombres disponemos? -preguntó el rey.
-De muy pocos. La falta de víveres ha hecho que muchos hayan desertado. Me sorprende que no nos ataquen.
-Es que deben esperar rendirnos por hambre -dijo el monarca.
-Es imposible pasar a través del cerco, pero aún queda un recurso.
-¿Cuál? ¡Decid! ¿Qué recurso nos queda?
-Podríamos sobornar a Beltrán Duguesclin.
-¡Imposible! ¡Sobornar a Beltrán Duguesclin! Es muy codicioso y pediría la mitad de mi reino.
-Quizá sea razonable...
-¿Lo conocéis?
-Le conocí hace dos años, cuando caí prisionero en Briviesca. La cámara que ocupo cae justo sobre el lugar en que él tiene su tienda de campaña; si me autorizáis le pediré una entrevista secreta...
-Bueno. Podéis hacerlo. Confío en vos.
Duguesclin accedió a la entrevista que le propuso Men Rodríguez de Sanabria y entre ambos tuvo lugar la siguiente conversación:
-Mi señor don Pedro me ha mandado hablar con vos para que le saquéis del apuro en que se encuentra y lo coloquéis en lugar seguro. Dice que si cumplís os entregará las villas de Soria, Almazán, Monteagudo, Atienza, Serón y Deza que serán para siempre vuestras y de vuestros herederos. Por mi parte, don Beltrán, os ruego que atendáis esta demanda del rey. Pensad que en el futuro todo el mundo alabará vuestra grandeza de ánimo por haber salvado su vida y su reino.
-Caballero, vos sabéis que yo soy un buen vasallo del rey de Francia y si estoy aquí es por obedecer sus órdenes que no son otras que ayudar a don Enrique en contra de don Pedro. Por tanto no haré nada que vaya contra mi honor de caballero. Y ahora os ruego me disculpéis...
Con estas tajantes palabras que encerraban una rotunda negativa, Beltrán Duguesclin se despidió de Men Rodríguez de Sanabria.
Poco después Beltrán Duguesclin comunicaba a don Enrique todo lo que pretendía el enviado de don Pedro. Pero el pretendiente vio entonces una oportunidad de apoderarse del rey y no quiso desaprovecharla.
-Avisaréis a Men Rodríguez de Sanabria que lo habéis meditado mejor y que estáis dispuesto a aceptar la propuesta.
-Pero Sanabria quizá sospeche de mi cambio de actitud.
-Cuando se está tan desesperado la mente se nubla y el sentido común desaparece -dijo don Enrique de Trastamara con una sonrisa.
-Tenéis razón, señor. Haré cuanto decís.
Men Rodríguez volvió a entrevistarse con Duguesclin y éste le convenció de su cambio de actitud con tan buenas palabras que el servidor de don Pedro no sospechó lo más mínimo. Terminó de convencerle el hecho de que Duguesclin empeñó su palabra de caballero de que nada malo le sucedería al rey.
Don Pedro estaba acuciado por los remordimientos. Como si presagiara algo malo de aquella entrevista con Duguesclin acudían a su mente recuerdos de antaño en que él había sido cruel y despiadado para con sus súbditos, sin
importarle la palabra jurada, ni el honor y la fe de caballero bien nacido. Su conciencia le acusaba de forma abrumadora y al mismo tiempo le advertía que no fiara de promesas ajenas finalizando con esta sentencia implacable y justa: «Quien la hace la paga».

A pesar de todos los avisos de su conciencia, don Pedro no tenía otra alternativa que confiar en Duguesclin o perecer en la terrible agonía de un asedio del que nadie podría liberarle.
Los víveres y el agua faltaban ya totalmente en el castillo y las deserciones habían hecho quedar en cuadro las fuerzas defensoras. Si se quedaba en el castillo moriría irremisiblemente y si aceptaba la oferta de Duguesclin quizá pudiera aún salvarse. Lo único que le hacía confiar era que Duguesclin como buen mercenario sentía atracción por el oro; sin embargo, lo que no sabía el monarca era que Enrique de Trastamara le daba lo mismo que le había ofrecido don Pedro.
En la noche del 22 al 23 de marzo de 1369 el rey salió del castillo con las debidas precauciones acompañado de varios caballeros, entre ellos Men Rodríguez de Sanabria. El grupo se encontró con un emisario que los acompañó a la tienda de Duguesclin.
Por todo el camino una profunda inquietud cuya causa no podía explicar empezó a corroer el ánimo del rey don Pedro.
Cuando llegaron a la tienda nadie salió a recibirlos. Entonces el rey preguntó:
-¿Dónde está Beltrán Duguesclin?
-Llegará en seguida, señor -contestó el caballero que los había acompañado hasta allí fingiendo la mayor cortesía.
Don Pedro entró en la tienda seguido de sus caballeros. Poco después Duguesclin hizo acto de presencia.
-Ya estoy aquí, Duguesclin -dijo el rey. Espero que cumpláis.
Beltrán Duguesclin no contestó y sólo miró al rey en actitud de reto y con una extraña sonrisa en sus pálidos labios.
-¿No contestáis? -preguntó el rey sorprendido y temeroso a la vez.
En este momento se oyó un rumor sospechoso en la puerta de la tienda. El rey alzó la tela que cubría la puerta y entonces se dio cuenta de la traición. Los guardias de Duguesclin habían rodeado la tienda por entero y hecho prisioneros a todos sus acompañantes.
Don Pedro intentó defenderse, pero unos guardias le desarmaron antes que pudiera emplear la fuerza. En aquel momento apareció en la tienda Enrique de Trastamara armado hasta los dientes.
El rey pudo librarse de los guardias y se lanzó sobre don Enrique. Ambos rodaron por tierra.
La batalla era desigual; don Pedro no iba armado aunque era más fuerte que su hermanastro y consiguió esquivar el golpe fatal de la daga de su enemigo. La batalla se inclinaba por don Pedro que estaba encima de don Enrique, pero en aquel momento decisivo intervino Duguesclin que ayudó al de Trastamara a quitarse de encima a don Pedro y entonces fue éste el que quedó debajo y desarmado.
-No quito ni pongo rey; sólo ayudo a mi señor -exclamó el francés tratando de justificar su acción.
Don Pedro se vio ahora irremisiblemente perdido y a pesar de sus inútiles esfuerzos el de Trastamara consiguió matarle. De tal forma el pretendiente Enrique pudo proclamarse rey de Castilla y terminar de una vez con las luchas civiles que ensangrentaban las tierras hispánicas.
Y queda ante la historia el enigma de la real personalidad del monarca asesinado. ¿Cruel o justiciero? Para unos fue lo primero; para otros, lo segundo. Recientes investigaciones médicas sobre el cuerpo del rey don Pedro han descubierto síntomas de lesiones en el cerebro que explicarían ciertas anormalidades en su conducta sobre sus estados de crueldad.

Leyenda historica

Fuente: Roberto de Ausona


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Los trabajos de hércules

La antigüedad grecorromana nos ha dejado una abundante serie de leyendas y fábulas que sirvieron de inspiración a literatos y artistas.
De todos los personajes míticos destaca Hércules o Heracles[1], semidiós, hijo de Júpiter y Alcmena, cuya vida se caracteriza por el infortunio y el heroísmo. Sus grandes trabajos en pro de la humanidad y por la exterminación de monstruos y bandidos constituyen el mito de la historia del hombre.
El culto a Hércules fue muy significativo en aquellos tiempos remotos en que la fuerza física tenía un aprecio fundamental.
La tradición barcelonesa señala a Hércules como fundador de la ciudad. Según cuentan antiguas leyendas, Hercules emprendió una expedición marítima con nueve embarcaciones. Una terrible tempestad las sorprendió, y ocho de ellas desaparecieron en los abismos marinos. El héroe pudo salvarse y aunque estaba herido alcanzó una de las barcas y pudo llegar sin novedad a la playa, ubicada entre el Besós y el Llobregat.
Satisfecho por el feliz acontecimiento y admirando la belleza de aquellos parajes, Hércules decidió fundar en aquel sitio una gran ciudad. Así lo hizo en el mismo lugar en que actualmente está Montjuic.
Otra tradición nos habla de las «Columnas de Hércules», mezcolanza geográfica e histórica que ha permanecido en el acervo de la mitología hispánica.
Se dice que en su viaje al Jardín de las Hespérides, Hércules separó el norte de Africa del sur de Europa y colocó allí los límites del mundo.
Las columnas de Hércules son dos promontorios: el monte Calpe al norte y la roca de Abila al sur, que se encontraban al entrar en el estrecho de Gibraltar viniendo del Mediterráneo.
Otra leyenda hace referencia a la «Torre de Hércules». Según ella, Hércules perseguía a Gerión su gran enemigo, con objeto de vengar una afrenta inferida a una de sus hermanas. Gerión pudo escapar y Hércules le persiguió desde Cádiz hasta muy cerca del sitio en que actualmente se encuentra La Coruña.
Gerión y Hércules realizaron esta travesía en un frágil barquito de mimbre forrado con pieles de buey. A pesar de que ambos hombres eran muy fuertes quedaron totalmente agotados.
Gerión había logrado adelantarse lo suficiente a su perseguidor y como estaba muy cansado decidió tomar tierra entre los intrincados huecos de las rocas. Con su embarcación construyó una choza y se dispuso o descansar. Estaba convencido de que había logrado despistar a su enemigo. Oteó el horizonte y no vio rastros de la barquilla de Hércules. Confiado, se tendió en el suelo y se durmió en seguida.
Sin embargo, Hércules había seguido remando animosamente, y, al no ver por parte alguna la barca de su enemigo, también él decidió pasar la noche en tierra y descansar de las fatigas de aquel viaje tan largo. La casualidad hizo que atracara en un lugar muy cercano al de su enemigo. Pero al revés que Gerión, no pudo dormir en toda la noche. Sus nervios y su impaciencia por encontrar a Gerión le impidieron conciliar el sueño como habría sido su deseo.
Tan pronto despuntó el día lo primero que Hércules vio a poca distancia fue la improvisada choza de Gerión. Éste había creído portarse de forma inteligente, pero el destino quiso que de nada le sirvieran sus tretas.
En un principio, Hércules no sospechó que en aquella choza pudiera estar su enemigo; más bien creyó que era la cabaña de algún pescador, y como tenía hambre se encaminó allí para pedir alimento.
-¿Teneis comida, buen hombre?preguntó Hércules.
Nadie contestó. Gerión seguía durmiendo a pierna suelta.
-¡Eh! ¿Quién está aquí? ¿No me oís?
El mismo silencio por respuesta.
Hércules no esperó más. Entró en la choza y retrocedió asom-brado. Allí estaba su enemigo. Podía haberle matado sin esfuerzo, pero Hércules era generoso y noble. No era capaz de un acto así. Decidió advertirle sin miramiento alguno.
-¡Vamos, Gerión! ¡Despierta! ¡Soy Hércules! Ya no podrás huir otra vez. Tendrás que luchar conmigo. ¡Vamos! ¡Estoy dispuesto!
Por fin Gerión despertó y su asombro no tuvo límites.
-¿Eres tú, Hércules?
-El mismo. Y creo que sobran las palabras. Estabas a mi merced, pero aunque eres un infame no quiero matar a nadie sin darle la oportunidad de defenderse. Conque, ¡vamos! Espero que no serás un cobarde y lucharás conmigo.
Gerión y Hércules se enzarzaron en un terrible combate, que según la leyenda duró tres días con sus correspondientes noches. Esto sólo tiene explicación si añadimos que si bien Hércules era más fuerte que Gerión, éste era más ágil y diestro. Pero al cabo de tres días, Gerión quedó exhausto y Hércules acabó con él.
El héroe enterró a su enemigo y sobre estos despojos levantó la torre que ha llevado su nombre a través de los siglos para que siempre se recordara la victoria que Hércules alcanzó sobre su enemigo Gerión.

Leyenda mitologica

Fuente: Roberto de Ausona

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[1] Hércules, en la mitología romana; Heracles, en la mitología griega.

Los nueve barones de la fama

Habían pasado más de treinta años desde la batalla de Guadalete en que el último rey godo don Rodrigo fue vencido en las orillas del río por los caudillos árabes Tarik y Muza, que se aprovecharon de la traición de don Opas y los hijos de Witiza.
La España visigoda corrompida en sus estructuras quedó desarticulada. La masa de la población cristiana tuvo que aceptar la dominación árabe, pero una gran parte de los ejércitos hispano-góticos se refugió en la zona norte del país: Asturias y Cataluña.
Las tropas árabes siguieron avanzando y después de muchos años llegaron al país catalán con el propósito de dominarlo e irrumpir en Europa por los Pirineos: su objetivo era la conquista del mundo.
Los cristianos patriotas de Cataluña al comprender el peligro que se cernía sobre su territorio enviaron una embajada al rey franco Carlos Martel.
-Los árabes intentan la conquista de todos los países cristianos, señor -dijo uno de los embajadores. Han ocupado Barcino y pronto quedará en su poder el resto del territorio si vos no lo remediáis.
-Conozco la situación y tomaré medidas para que con la ayuda de Dios podamos derrotar al infiel -respondió el monarca.
-Al otro lado de nuestro país, en Asturias, el noble don Pelayo ha podido resistir el alud árabe y ha organizado un reino independiente. Nosotros os pedimos un caudillo de prestigio para que organice nuestras fuerzas y resista al invasor. Hay muchos patriotas que sólo desean eso para luchar y vencer.
-No esperaba menos de vosotros, señores -dijo el rey. Tengo al hombre que os hace falta. Él será el escudo de Francia[1] y para vosotros el caudillo que unirá el ejército cristiano.
-Gracias, señor. Os prestamos humilde vasallaje.
Carlos Martel, rey de Francia, comprendió el peligro que se le venía encima. Si los cristianos de Cataluña podían resistir y vencer a los árabes su reino se mantendría incólume. De otra forma tendría que batirse en el suelo de. Francia. No dudó entonces en elegir al noble Otger Catalón que desde hacía tiempo residía en Francia aunque era oriundo de Cataluña. Era un hombre fuerte, alto como un gigante y dirigía un grupo de nobles catalanes que iban siempre al frente de soldados aguerridos y avezados a todo. Este grupo podría aglutinar a más fuerzas si entraba en Cataluña y dirigía la resistencia contra los árabes.
-Os nombro jefe del ejército de la Marca Pirinaica y la victoria beneficiará a vuestra tierra y a la nuestra.
-Cumpliré vuestras órdenes, señor. Los árabes no pasarán.
-Confío en vos, Otger.
Otger Catalón llamó a sus capitanes para darles cuenta de su misión. Acudieron nueve barones ilustres, que ya se habían acreditado en cien combates. Sus nombres eran Dapifer de Montcada, Guerau de Pinós, Huc de Mataplana, Guillem de Cervera, Ramón de Cervelló, Pere d'Alemany, Ramón d'Anglesola, Gispert de Ribelles y Roger d'Erill, que con el tiempo constituirían la flor y nata de la nobleza catalana y darían su nombre a varios condados de Cataluña.
-Nuestra tierra está en peligro y hemos de acudir a salvarla. Confío en vosotros que habéis dado pruebas de valor en mil combates. Ahora se trata de luchar contra los agarenos, superiores en número a nuestro ejército y orgullosos de esta superioridad. Han ocupado en pocos años casi toda la tierra hispánica, pero nuestros hermanos han demostrado que cuando se está decidido a resistir nada es imposible. Tengamos fe y con la ayuda de Dios venceremos.
La arenga de Otger Catalón produjo su efecto entre los asistentes. Todos ellos prometieron a su caudillo luchar hasta morir para conseguir su empeño: hacer retroceder a los moros y liberar todo el territorio catalán.
Los nueve barones de la fama organizaron el ejército y llegaron a reunir unos veinte mil hombres que atravesaron los Pirineos y entraron en Cataluña dispuestos a plantar cara al invasor. Al frente de ellos iba Otger Catalón, alto como un gigante, que a todos inspiraba admiración y respeto.
El ejército de Otger empezó a tomar posiciones para los próximos combates. Llegó al valle de Arán y se apoderó de Ter, de Ribagorza y de Pallars; luego, como medida de prevención, el caudillo fortificó los castillos de toda la zona.
Una vez hubo solidificado la situación militar, Otger con su ejército avanzó hacia el llano y puso sitio a Ampurias que después de varios meses de resistencia cayó en su poder.
Las tropas moras de Tarik habían tenido que replegarse hacia el sur ante el alud del ejército cristiano muy aumentado en número después de sus brillantes victorias.
-Ahora sólo nos queda Barcino -exclamó Otger a sus capitanes.
-La invasión sarracena ha sido detenida por el momento -repuso Dapifer de Montcada. El rey de Francia estará satisfecho de nuestros hombres.
-Adelante, pues -dijo Otger. Nos queda la última batalla.
Sin embargo, Otger no pudo ser testigo de la ocupación de Barcino. Durante el trayecto unas fiebres malignas minaron la salud de aquel hombre robusto. Pocos días después moría Otger y Dapifer de Montcada era nombrado jefe de las fuerzas cristianas. Él fue quien tuvo la alegría de poder entrar en Barcino aclamado por el pueblo y las tropas.
Cuando Dapifer de Montcada se presentó ante Carlos Martel y le dio cuenta del éxito de su misión, el monarca se alegró extra-ordinariamente, aunque su gozo se empañó al conocer la triste nueva de la muerte de Otger Catalón.
-Era un hombre extraordinario -dijo el rey. Jamás olvidaremos lo que hizo.
-Tampoco nosotros, señor. El ejército le adoraba... -repuso Dapifer.
-Este territorio que habéis conquistado a los moros será una nueva marca y en homenaje a Otger se llamará Marca catalónica.
Así lo cuenta la leyenda y con ello parece sugerir que del apellido Catalón se derivó el nombre actual de Cataluña.
En cuanto a Otger, el caudillo, la historia no ha podido aclarar su origen. Hay autores que admiten su existencia y afirman que no se puede negar que Otger existió como no se puede decir que Pelayo no es un personaje histórico. Otros en cambio aseguran que todo es pura fábula...

Leyenda de moros y cristianos

Fuente: Roberto de Ausona

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[1]  En aquel tiempo Francia era conocida por Galia y país de los francos.

Los dos hermanos

Cuenta la leyenda que en los límites entre la provincia de León y la de Oviedo, entre los pueblos de Telledo y Riospaso, puede verse una roca de color pardusco y sombrío que destaca de las otras piedras calizas que la rodean. Pero lo más sorprendente es que junto a esa roca hay otra del mismo color negro que tiene la apariencia de una gigantesca figura humana petrificada.
La leyenda ha pasado de padres a hijos en el transcurso de varias generaciones. Más o menos es la siguiente:
En una de aquellas pequeñas aldeas vivía una mujer viuda, muy pobre, con dos hijos. Como ella no podía mantener a sus hijos decidió enviarlos a otra aldea cercana, donde un pastor se había ofrecido a darles trabajo sin más sueldo que la comida diaria.
El mayor de los hermanos se llamaba Bernardo, tenía quince años pero aparentaba más debido a su corpulencia. Sus ojos eran duros y penetrantes y su personalidad, egoísta y salvaje. No gozaba de muchas simpatías.
El hermano menor, Antonio, de trece años, era el reverso de la medalla. Dulce, delicado, ojos claros y sonrisa triste. Expresaba bondad y abnegación.
Ambos hermanos se despidieron de su madre y partieron hacia su nuevo destino. Antonio, a pesar de ser el menor, llevaba el zurrón repleto de comida que su madre había preparado. Bernardo caminaba libre y seguro dejando que su hermano llevara todo el camino la pesada carga.
Cuando partieron de la aldea la tarde era clara, pero al cabo de una hora de andar una niebla oscura iba ensombreciendo el cielo.
Los dos hermanos no habían roto aún el silencio. De pronto, Antonio preguntó tímidamente:
-Tengo miedo, Bernardo. ¿Crees que llegaremos a la ermita?
-¡Y yo qué sé! -replicó Bernardo con acento desabrido.
-Llevamos mucho andando y empiezo a estar cansado.
-Eres un cobarde. Puedes quedarte sentado si lo prefieres que yo seguiré adelante. ¿Y por qué quieres llegar a la ermita?
-Es que llevo en el zurrón una vela de cera que me dio madre para ponérsela a la Virgen con objeto de que nos ayude en todo momento.
Bernardo se echó a reír en son de burla al escuchar a su hermano.
-No te rías, hermano -se atrevió a decir Antonio. No creo que mis palabras puedan molestarte. Ya sabes que te quiero mucho.
-Deja de hablar de bobadas y de monsergas -clamó bruscamente Bernardo. No quiero saber nada de ternezas ni de ermitas. Yo pienso en cosas más importantes.
-Sí, Bernardo. Lo que tú quieras. No deseo que te enfades.
-Mira el cielo -indicó Bernardo; las nubes están aborregadas y eso quiere decir que pronto tendremos tormenta. No podemos descansar ni un minuto. ¡Vamos, date prisa! Nos refugiaremos en aquella cueva que hay debajo de aquella roca.
-¿No sería mejor, Bernardo, apresurar el paso y llegar hasta la ermita? Allí estaríamos más seguros que en esta cueva...
-¡Vaya con la dichosa ermita! No piensas en nada más...
-¡No te enfades, Bernardo! Ya sé que no te gustan esas cosas... No eres amigo de la Virgen, ¿verdad?
-¡Vamos! ¡De prisa! No quiero oír más sandeces.
-Está bien, haré lo que tú dices. ¡Vamos a la cueva!
Antonio procuró seguir a su hermano, pero éste, al no llevar impedimenta, avanzaba tan rápidamente que dejaba muy atrás al pobre Antonio. Éste suplicó:
-Espera, hermano. No corras tan de prisa. El zurrón pesa mucho y no puedo seguir tu paso. Si sigues así pronto te perderé de vista.
-Si te quedas atrás la culpa será sólo tuya. Perdiste el tiempo miserable-mente despidiéndote de madre como si nunca la fueras a ver. Y ahora la tormenta se nos echa encima.
-¡Pobre madre! ¡Me daba tanta pena! Ella está sola y nos echará mucho de menos.
-Eres demasiado sensible. Nunca harás nada en este mundo. En fin, ve de prisa y deja de hablar tanto...
Al poco rato de andar los dos hermanos oyeron el murmullo de una cascada que caía desde unos veinte pies de altura. Se internaron por una estrecha senda y llegaron a la orilla del río.
El viento silbaba entre la espesura y los abedules se agitaban violenta-mente bajo su impulso. El cielo se había oscurecido total-mente y la tormenta estaba a punto de estallar.
Finalmente, Bernardo y Antonio pudieron entrar en la cueva para guarecerse. Poco después estallaba la tormenta. La fuerza del viento había crecido y los árboles parecían lamentarse con aullidos; el agua de la cascada rebramaba como una fiera hambrienta y hasta las rocas parecían querer desgajarse bajo los rayos abrasadores.
Impresionado por aquel espectáculo, Antonio se arrodilló, sacó del zurrón una pequeña imagen de la Virgen, la colocó ante sí y arrodillándose empezó a rezar invocando la ayuda del cielo.
-¡Virgen del cielo, Señor y Dios mío! ¡Ayúdanos en estas circuns-tancias! ¡No nos dejes de tu mano! Padrenuestro que estás en los cielos...
-¡Vamos, déjate de rezos y de monsergas! -gritó Bernardo.
-¡Dios mío! ¡No nos dejes de tu mano! ¡Madre de Dios, sálvanos!
Bernardo no podía contener su indignación al ver a su hermano arrodillado y rezando. Al ver que seguía sin hacer caso de sus palabras acabó por decirle:
-¡Levántate ya y vamos a comer! El camino ha sido largo y tengo hambre. Ahora es el momento de hacerlo. Cuando termine la tormenta ya no podremos detenernos más. No queda mucho antes de llegar al pueblo.
Antonio obedeció a su hermano como hacía siempre. Le entregó el zurrón que contenía la comida y esperó que Bernardo repartiera las provisiones. Éste lo hizo en seguida pero dando a su hermano la peor parte.
En el momento en que Antonio iba a empezar su pobre comida un ruido en la entrada de la cueva le hizo levantar los ojos. Vio a una mujer con un niño pequeñín, de unos tres años, mal trajeado y con aspecto muy pobre, avanzar hacia el interior de la cueva donde ellos estaban.
-Un poco de pan para este niño, por amor de Dios -suplicó la mujer.
Bernardo hizo un gesto de desprecio y siguió comiendo, pero Antonio, que tenía la ración intacta, se la entregó entera a la pobre mujer. Al oír a la mendiga, Antonio se había sentido conmovido. Recordaba que también su madre había mendigado pan para ellos cuando eran chiquitines. Pero aún le pareció insuficiente haber dado toda su comida y desprendiéndose del pobre abrigo que llevaba envolvió con él el aterido cuerpo del niño.
El pequeñín le miraba fijamente con sus ojos hermosos y la madre le sonrió con expresión de gratitud.
-¡La Virgen recompensará tu bondad, hijo mío! -le dijo la mujer.
Bernardo que había ya terminado de comer se atrevió a decir entonces:
-¡Sí, sí, la Virgen recompensará tu bondad! ¿Y quién te quitará el hambre durante el camino?
A estas palabras Antonio no contestó. Miró con tristeza a su hermano y luego observó a la mujer. Ésta se alejó llevando de la mano al niño.
Bernardo se acercó a la boca de la cueva y comprobó que la tormenta iba cediendo. El sol brillaba por entre las últimas nubes; el horizonte se aclaraba por momentos y algunos pájaros empezaban a posarse alegremente sobre las copas de los árboles. Pero Bernardo no se fijaba en esto; un ruido extraño atraía toda su atención. Quiso salir de la cueva, pero retrocedió en seguida. En su rostro la ironía y el orgullo habían dejado paso al espanto. Lo que Bernardo veía era para impresionar al más impávido: la lluvia había hecho que las aguas del río se salieran de madre y se desbordaran. De forma implacable avanzaban por momentos y pronto llegarían a la entrada de la cueva.
La mujer y el niño habían vuelto a entrar en la cueva y unidos a Antonio oraban fervorosamente.
Las aguas empezaron a entrar en la cueva y mojaron los pies de los tres orantes, pero allí se detuvieron como si temieran estropear la armonía de aquel grupo familiar.
Bernardo, aterrorizado, se despojó de las ropas y se lanzó sobre las ondas. Al cabo de un rato de nadar consiguió llegar a una gran roca y asirse a ella con todas sus fuerzas.
Antonio llamó a su hermano con grandes voces:
-¡Bernardo! ¡Bernardo! ¡Por nuestra madre! ¡Vuelve aquí y ayuda a este niño y a su madre! ¡Ven! No te pido ayuda para mí... ¡No te alejes, Bernardo! ¡Yo no puedo hacerlo, no sé nadar!
Pero Bernardo no escuchaba las palabras de su hermano. Seguía trepando por la roca...
-Mi hermano no es malo -decía Antonio a la madre y al niño, intentando disculparle. No me ha oído. El miedo le impulsa a obrar así -añadía el muchacho que no podía dejar de querer a Bernardo aunque le viera llegar a tales extremos de crueldad y egoísmo.
El agua continuaba subiendo de modo alarmante. Antonio comprendió que había llegado su última hora y empezó a rezar. La madre sostenía en alto al niño para evitar que el agua le cubriera. Pero de pronto Antonio vio algo que le emocionó grandemente: la madre y el niño se habían transfigurado. Ya no tenían aquellos rostros macilentos a causa del "hambre y las privaciones; ahora se hallaban radiantes y en sus frentes habían aparecido hermosas aureolas brillantes que iluminaban con luz divina el interior de la cueva.

Al observar aquellos rostros Antonio recordaba las imágenes que se veneraban en la ermita de Flor de Acebos. Hubiera querido decir algo, pero en vano las palabras pugnaban por salir de su boca.
Ya no se oía el ruido de las aguas que habían ido bajando hasta que la cueva quedó seca totalmente.
-¡Vamos, Antonio, síguenos! -dijo la Señora.
El muchacho obedeció. El valle entero había vuelto a cobrar la fisonomía habitual. Por un momento parecía que todo aquello hubiera sido un mal sueño. Pero su hermano no estaba allí. No, no era un sueño. Antonio volvió los ojos hacia donde le había visto por última vez y le descubrió allí, asido a la gigantesca roca por la que había comenzado a trepar. Sus manos y sus pies parecían clavados en ella y le era imposible desasirse.
Bernardo pugnaba vanamente por desprenderse de la roca, pero cuantos más esfuerzos hacía más se aferraban sus carnes a ella.
Antonio quiso acudir en su ayuda, pero la Virgen y el Niño Jesús le hicieron ver que era un castigo por su dureza de corazón y que aún podría lograr el perdón de Dios si se arrepentía sinceramente de sus pecados.
-¡Antonio! ¡Sálvame! ¡Socorro! Siento como si mi cuerpo se petrificara. ¡No me abandones, hermano!
-¡Implora a la Virgen, Bernardo! ¡Ruega a Dios! -le decía con lágrimas en los ojos el pobre Antonio, aterrorizado al ver el sufrimiento de su hermano.
Pero el desgraciado seguía obstinado en su egoísmo e irreligiosidad[1]. Sólo pensaba en salvarse, pero no se acordaba de Dios para nada. Y allí seguía aferrado el infeliz sin que Antonio pudiera hacer nada por él. Se condenó irremisiblemente habiendo tenido la salvación en sus manos. Esto es lo que sucede a todos los que se burlan de las cosas santas y llegan al fin de sus días sin haber implorado el perdón del Señor.
Antonio, por su parte, por haber sido bueno, recibió su recompensa. Salvó su vida y regresó a su casa donde su madre le acogió con lágrimas en los ojos y más al enterarse del triste fin de su otro hijo.
Esta leyenda ha tenido muchas versiones. Unos aseguran que la madre y hijo eran la Virgen y el Niño Jesús.           
Hay quien dice que el hermano de Antonio subió a la roca al salir de la cueva y se cayó desde gran altura. Pero otros afirman que la roca es el cuerpo petrieficado de Bernardo.

Leyenda religiosa

Fuente: Roberto de Ausona

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[1]La idea del castigo y del premio por las malas y buenas acciones abunda en el acervo legendario de todos los países. Por ello hemos incluido esta leyenda que capta plenamente la cara y la cruz de la conducta humana.

La lámpara del rey moro

Allá por el año 1571 españa era gobernada por Felipe II y la situación del mundo distaba de ser clara. El turco, el poderoso imperio otomano, en sus apetencias de dominación universal, intentaba avasallar a todos los pueblos de la tierra para imponer la religión de Mahoma y el emblema de la media luna. Pero un día, el pontífice romano advirtió a toda la cristiandad de la gravedad de la amenaza. Era preciso unirse por encima de pequeñas diferencias y levantar una barrera para salvar a Europa.
El mensaje del papa lo recibió el rey Felipe II, que en aquel momento se encontraba junto a su hermano Juan de Austria.
-Decid a Su Santidad que Felipe de las Españas, soberano católico como lo fueron sus padres y sus abuelos, no flaqueará ante el deber y que España, la noble España, luchará contra el turco aunque tuviera que quedarse sola en el empeño -dijo el rey dirigiéndose al emisario papal.
-Vuestras palabras serán fielmente transmitidas a Su Santidad -repuso el mensajero pontificio.
Cuando se quedaron solos en la habitación, el rey habló con su hermano:
-Y ahora, Juan, decidme, ¿qué opináis del peligro turco? Os pido un consejo como siempre...
-Vuestras decisiones me parecen justas y sabias, pero... -replicó Juan de Austria, hermano del monarca, con acento preocupado.
-¿Hay alguna dificultad? Ah, ya sé, veo en vuestros ojos lo que vais a decirme. Estamos desangrados en mil combates; nos faltan hombres, barcos y dinero, y nuestros enemigos no son solamente los turcos...
-Sois en extremo perspicaz, Majestad. El cuadro que habéis descrito es exacto, aunque quizá sería conveniente añadirle aún otras pinceladas sombrías.
-No hace falta. Sé que el rey de Francia nos odia, que el inglés sólo espera algún tropiezo nuestro para atacarnos. Pero a pesar de todo no podemos desoír las palabras del papa. El Imperio otomano quiere aniquilar Europa y nuestra santa religión. Me llaman el rey prudente, pero quizás ahora no pueda serlo. Hay que arriesgarse y derrotar a los turcos. Vos, Juan de Austria, seréis el jefe de nuestras fuerzas -exclamó el rey con ímpetu.
-Los Tercios y nuestra escuadra, Majestad, lucharán hasta la muerte y la victoria será vuestra -replicó el hermano del rey con el rostro encendido de entusiasmo.
Poco después de su nombramiento, don Juan de Austria, gran devoto de la Virgen negra, subió a Montserrat a postrarse a los pies de la Moreneta. Y allí, en el corazón de Cataluña, oró el valiente general de España.
-¡Señora! A vuestras plantas se halla este humilde y devoto hijo que os implora. El turco es fuerte, Señora, pero Vos lo sois más. No pido nada para mí. Os ofrezco mi vida si con ella nos dais la victoria. Señora, yo os prometo como ofrenda el primer trofeo que ganemos a los turcos.
La Virgen morena pareció dar su conformidad. Una sonrisa floreció en sus labios, mientras los ángeles del cielo y los escolanes de Montserrat fundían sus voces a coro para entonar un profético Virola¡, un Virola¡ que aún no había sido compuesto. Pero la canción flotaba en el aire impregnando las veneradas piedras, y un día un vate catalán, Jacinto Verdaguer, recogería las notas del ambiente místico para ofrecerlas a la Moreneta.

Don Juan de Austria, arrodillado, todavía creyó oír la melodía celestial del Virola¡, cantada por tantas generaciones futuras.
-Gracias, Señora, por el consuelo que me habéis dado. Contando con la ayuda de Dios haré todo cuanto esté en mi mano para vencer a los Lurcos y evitar así el exterminio de la cristiandad.
Poco después empezaron los preparativos para la guerra. Por todas partes reinaba una febril actividad. En el puerto de Barcelona se aprestaron las escuadras dispuestas a partir cuando Juan de Austria lo ordenase. Pero antes el rey Felipe habló con su hermano:
-¿Todo está dispuesto?
-Creo que se ha hecho todo cuanto podía hacerse, Majestad. Nuestras tropas no son muy numerosas, pero cada español vale por cinco turcos.
-Tened cuidado con la escuadra turca -interrumpió el rey. Actualmente es la flota más poderosa del mundo. Tendremos que ir a buscarles en su propio redil...
-Confío en nuestros bravos marinos y he recibido de ellos la solemne promesa de luchar hasta el último hombre. La escuadra española hará frente al enemigo...
Felipe el Prudente interrumpió con un gesto a su hermano.
-Partid, pues. Que Dios nos ayude a todos. España entera estará pendiente de la batalla.
A pesar de las promesas de don Juan de Austria y de la esperanza de Felipe II lo cierto es que el llamamiento del papa sólo había encontrado eco; aparte de España, en la República de Venecia. Por tanto, para contener el alud turco sólo había el ejército papal, el de Venecia y el de España.
Los primeros combates fueron favorables a los cristianos. Felipe II envió una escuadra a Malta que ayudó a los Caballeros de San Juan a defender la isla obligando a los turcos a retirarse. Después se recuperó la isla de los Gelves y el virrey de Nápoles, don García de Toledo, reconquistó el peñón de Vélez.
Mientras tanto, las dos escuadras enemigas, la cristiana y la turca, so aprestaban al combate decisivo que había de decidir la supremacía en todo el continente.
En la nave capitana, don Juan de Austria hablaba con un oficial a sus órdenes.
-Mi general, la escuadra turca ha debido refugiarse en algún puerto. Da la impresión que no quiere presentar combate -decía el oficial.
-Os engañáis. Los turcos son listos y quieren prepararnos una encerrona. Su escuadra es más numerosa que la nuestra. Lo que sucede es que desean luchar en sus propias costas y aniquilar todas nuestras fuerzas.
-¿Lo conseguirán, mi general?
-Creo que subestiman nuestra potencia -explicó don Juan de Austria. Nos creen débiles y esto les va a costar caro. Además, confío en el triunfo, pues una Virgen, allá en Montserrat, vigila todos los caminos...
-¿Os referís a la Moreneta, mi general? -preguntó el capitán.
-Sí, amigo mío. Le prometí llevarle el primer trofeo ganado a los turcos. Ella será nuestra guía y nuestra salvación.
En aquel momento uno de los vigías gritó:
-¡Barco enemigo a la vista!
-¡Bah! Sigue la persecución. Otro barco que huye sin presentar combate -exclamó el capitán. Tenéis razón, mi general. Los turcos quieren luchar en sus costas.
-Y allí les derrotaremos. No podrán evitarlo. ¡Adelante, pues; que todos los jefes de las fuerzas y todos nuestros aliados sepan la consigna desde este momento! ¡Adelante hasta la victoria, hasta que encontremos a la escuadra turca, esté donde esté, aunque se esconda en el último rincón de la tierra!
Las vibrantes y animosas palabras de don Juan de Austria habían calado hondo en los corazones de los soldados. Todos los que integraban la escuadra las conocían y las comentaban calurosamente.
-Da gusto ir con un jefe así. Don Juan de Austria es el soldado más valiente de Europa. Dicen que Su Majestad el rey Felipe quiso nombrarle general de la expedición a pesar de que los venecianos deseaban un caudillo suyo. ¿No me escucháis, Miguel de Cervantes?
-Sí, amigo mío, pero es tantá mi impaciencia que ya quisiera que el combate hubiera empezado.
-Me habían dicho que vos érais escritor -dijo el soldado que había hablado antes.
-He escrito algunas obras sin importancia, pero algún día quiero crear un personaje que sea la esencia del hombre español: desinteresado, generoso, valiente, noble, dispuesto a todas las hazañas; en fin, para que lo entendáis bien: un perfecto caballero andante.
Estas y otras conversaciones tenían lugar entre los soldados de España, todas ellas ensalzando la hombría de bien de don Juan de Austria. Mientras tanto los turcos esta vez se disponían al combate.
En la nave capitana de la armada turca, Alí bajá, su jefe supremo, observaba desde cubierta los movimientos de la escuadra enemiga.
-Estos cristianos se quieren pasar de listos. Su arrogancia les va a costar cara. ¿Sabéis quién les manda? -preguntó el turco.
-Don Juan de Austria, el hermano del rey Felipe de España, nuestro mortal enemigo -respondió el oficial de órdenes.
-Felipe de España ha sido el único que nos ha vencido en diversas ocasiones. Pero ahora nos desquitaremos de todas nuestras derrotas. Veo que se acercan más. Ahora disparan sus cañones. ¡Ilusos! Creen que somos cobardes porque hasta ahora hemos huido de ellos. Esta vez nos veremos las caras, Felipe de España.
-Nos hallamos en las costas de Lepanto, señor -exclamó el oficial. Éste es el sitio apropiado para la maniobra.
-Muy bien. Dentro de unas horas la escuadra cristiana dormirá en el fondo del mar y nadie podrá oponerse a nuestros ejércitos. Europa será turca y la media luna se paseará triunfante por todas las naciones cristianas.
-Espero vuestras órdenes, Alí bajá -exclamó el oficial.
-¡Que todos los barcos de la escuadra viren en redondo y que se preparen al combate! ¡Que las tripulaciones sepan que es una lucha sin cuartel y que tengan buen ánimo, pues la fuerza y el número están de nuestra parte! Nuestro grito de guerra ha de ser éste: ¡Alá es Dios y Mahoma su profeta!
Transmitidas las órdenes, los guerreros turcos, enardecidos por la proximidad de la victoria, corearon al unísono el grito bélico y religioso a la vez de «Alá es Dios y Mahoma su profeta».
Alí bajá seguía en sus pronósticos victoriosos adelantándose a los hechos que habrían de desmentirle.
-¡Lepanto! Este nombre será glorioso para la escuadra turca. Toda la fuerza de los cristianos será destruida en pocas horas.
El oficial de órdenes interrumpió el monólogo de Alí bajá.
-Vuestras órdenes han sido cumplidas. Los soldados arden en impaciencia y desean entrar en combate.
-Tenemos suerte. Temía que los cristianos huyeran creyendo que les tendíamos una trampa. Ahora lo veo bien. Su escuadra se prepara. Este don Juan de Austria es un temerario, ignora nuestra fuerza real. ¡Que se acerquen más los barcos y que disparen sus cañones!

Las escuadras cristiana y turca se hallaban ya en aguas de Lepanto dispuestas a entablar el combate decisivo. Las proas de las naves surgen del humo de la pólvora y se aproximan tanto unas a otras que cada hombre ve la cara de su enemigo.
El valiente don Juan de Austria busca con ahínco la galera capitana de Alí bajá a pesar de hallarse en inferioridad numérica.
-La galera de Alí bajá ha iniciado el abordaje, mi general. Sólo podemos defendernos -exclamó uno de los ayudantes de don Juan de Austria.
-Pues bien, nos defenderemos hasta la muerte. Que vean los turcos como lucha un español.
A pesar de que todo inducía a creer en una victoria turca no flaqueaba el ánimo de don Juan de Austria que seguía animando a sus hombres.
-¡Mantened la esperanza, mis bravos camaradas! Todavía disponemos de otras galeras que puedan ayudarnos.
-Creo que habéis acertado, mi general -repuso el oficial ayudante. Marco Antonio Colonna y el marqués de Santa Cruz se acercan con sus barcos.
Así era, en efecto. Las galeras cristianas llegaban oportunamente en defensa de la nave capitana de don Juan de Austria. Los españoles cayeron como un torrente en la galera de Alí bajá. En pocos momentos se hicieron dueños de la situación. El mismo Alí bajá cayó muerto por una espada toledana.
Uno de los oficiales ofreció al general un trofeo de guerra que no era otra cosa que una farola o lámpara que Alí bajá tenía en su galera.
-Éste es nuestro primer trofeo y éste será el que llevaré a Montserrat como ofrenda a la Virgen. Ella ha sido nuestra salvadora. Y ahora otra vez a la lucha. La batalla no habrá terminado hasta que no quede ni una nave enemiga.
Siguió la lucha que terminó con la total derrota de los turcos. Fue el día 7 de octubre de 1571, una de las fechas más grandes de la historia universal.
Don Juan de Austria cumplió su promesa a la Virgen y con su trofeo, la lámpara del rey moro, se arrodilló a los pies de la Moreneta.
El príncipe español ofreció su trofeo a la Virgen en presencia de su séquito y de los monjes benedictinos.
La lámpara fue colocada en un sitio apropiado en medio de otras muchas. Los romeros montserratinos empezaron a familiarizarse con ella y la bautizaron con el nombre de «La lámpara del rey moro» con cuyo nombre se ha hecho famosa.
La farola turca tenía una rara estructura comparada con las demás lámparas votivas y al mismo tiempo la particularidad de estar siempre apagada mientras que las otras ardían perennemente. Esto contribuyó a preocupar a la gente devota que no se explicaba tal omisión. La musa literaria y la voz popular tejieron su leyenda intentando dar una explicación a la anomalía.
Los monjes de Montserrat colocaron la farola en su sitio, pero sin pretender encenderla. Decíase que era el símbolo de la derrota de la media luna y su trofeo no podía arder en la iglesia montserratina. Pero un día una horrible tempestad se abatió sobre Montserrat. El horrísono estampido de los truenos hacía retemblar el suelo al igual que las sacudidas de un terremoto. Monstruosas serpientes de fuego deslumbraban los espacios y el humo de cien volcanes emergía de los altos picos envolviendo a la montaña en negros y siniestros nubarrones. El pánico había hecho presa de todos cuantos contempla-ban el terrible espectáculo. Pero el temor llegó a lo inenarrable al contemplar a la luz de los relámpagos como una legión de demonios, provistos de enormes palancas, intentaba arrancar de su base una enorme peña, colocada frente al santuario con la diabólica intención de hacerla caer sobre la morada de la Virgen[1]. Asustados los monjes corrieron al templo a postrarse a los pies de la Soberana Señora.
Seguía la espantosa tormenta... El viento huracanado arrancaba los árboles de cuajo y un ruido horrible, producido por unos golpes secos y extraños, retumbaba por todo el recinto del santuario. Era el ruido que hacían los demonios con sus palancas intentando arrancar la piedra que destruiría el templo.
Entonces los monjes se apresuraron a encender todas las lámparas votivas, regalos de reyes y príncipes, y en la confusión también encendieron la lámpara del rey moro, que había permanecido siempre apagada. En aquel preciso instante se oyó de las alturas una voz que decía: «¡Apagad pronto la lámpara del moro, pues de lo contrario el mundo se hundirá!»
Los monjes y escolanes se apresuraron a obedecer y apagaron la lámpara entonando acto seguido la Salve con acompañamiento de órgano. El coro de aquellas voces atravesó las sagradas paredes y resonó por los espacios. Los demonios lanzaron un rugido de rabia al oír las celestiales melodías y se hundieron en los abismos del infierno.
Ésta es la tradición que se conserva de la farola del rey moro. El pueblo devoto la vio siempre apagada y así quería verla. Este trofeo llamó mucho la atención, y los romeros lo contemplaban con extraña curiosidad como si estuviera impregnado de misterios y pronósticos terroríficos.

Leyenda religiosa

Fuente: Roberto de Ausona

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[1]Las leyendas populares y la credulidad de la gente asociaban con frecuencia las tempestades con la presencia de los demonios..