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lunes, 4 de noviembre de 2013

La creación según los guaycurúes

La presente versión de esta cosmogonía me fue narrada personalmente, en una reservación sobre la margen del río Tucá, no lejos de Resistencia, Chaco, por un shamán kom (toba).
Cabe destacar que la narración debió ser extractada, debido a su excesiva longitud, que excedía las posibilidades de este libro, pero, al hacerlo se decidió mantener lo más posible el tono y la sintaxis de la versión original.

Hubo un tiempo en que la tierra estaba encima, el cielo abajo y, entre los dos, la zona por la cual los vientos jugaban a perseguir a las nubes. Por encima de la tierra, es decir el campo, la selva y las montañas, estaba el bajo tierra, que son las cuevas y los hoyones. Y por encima del agua, o sea los ríos, los lagos y los bañados estaba el bajo agua, de donde se sacaban los peces para comer. Todo alrededor estaba rodea­do de aire, y a lo lejos, estaba el fuego, que a veces se acerca­ba en forma de rayos y quemaba los bosques y los pastos.
Por debajo, en el cielo, vivían los dioses y las diosas, pe­ro era tanta la suciedad que caía, que ellos se quejaron y pidieron que se dieran vuelta los dos niveles. También ha­bía un árbol muy grande, que unía todos los mundos; como corresponde a todo árbol, las raíces estaban en la tierra y las ramas en el mundo de la abundancia. Y cuando los mun­dos se dieron vuelta, quedó como están ahora todos los árboles, con las raíces en la tierra, el tronco en la zona del viento y la copa en lo que antes era el mundo de la abundancia de abajo.
Los hombres subían por el tronco y las ramas hasta lle­gar arriba, al mundo de la abundancia, a buscar comida y bebida, porque había de todo allá arriba. Así que subían y bajaban, y traían de todo, para ellos y para los que no po­dían ir a buscar.
Pero un buen día (o mejor un mal día) no cumplieron con la tradición solidaria, no entregaron las mejores presas a quienes no podían andar arriba-abajo; no dieron nada a los viejos y a los enfermos. Así que los ancianos se quejaron a los dioses y llegó el Gran Fuego y quemó todo. El joven Car­yé fue atacado por el Jaguar del Cielo y sus trozos cayeron so­bre la tierra, incendiándola.
Fue entonces que se quemó el Gran Árbol y algunos se quedaron en el mundo de arriba; esos son los dapitchí, que tomaron forma de estrellas y ahora cazan en la Ñandú-atí. Abajo, sólo se salvaron unos pocos, los honestos y respetuo­sos, que hicieron pozos muy hondos o se metieron en cuevas bajo tierra, pero desde entonces toda procura de alimento hubo que hacerla aquí nomás, en este mundo.
Por eso los seres humanos pertenecen a la tierra, porque salieron por el agujero del escarabajo. Pero al poco tiempo todo volvió a corromperse; los hombres de nuevo guerreaban entre sí y los dioses, ofendidos, mandaron la Gran Agua, que ahogó a todos y a todo, excepto unos pocos que no habían he­cho enojar a los dioses, y éstos les avisaron que se subieran a las montañas para escapar a la inundación.
Y cuando volvieron, tuvieron que empezar un mundo nue­vo, porque el de antes había desaparecido; entonces Kanyú encontró una semilla de molle, hizo un hoyo con el pico y la enterró, y así comenzó otra época de paz y tranquilidad para los hombres.
Pero tampoco duró mucho. De nuevo los hombres y muje­res empezaron a pelear entre ellos y a devorar a sus propios hijos. Antuk, sobrina de Caryé, que es una mujer vieja y gor­da en verano, pero se convierte en una joven esbelta y hermo­sa en invierno, se negó a seguir recorriendo el cielo, por lo que se hizo la Gran Noche y todo se congeló y se cubrió de hielo.
Otra vez murió todo; los animales, las plantas y, por su­puesto, todos los humanos que habían ofendido de nuevo a los dioses. Hasta que un joven kom, de nombre Cháléke, so­ñó con el día y su canto, acompañado por un birimbao, hi­zo que la Sol volviera a salir y recomenzara otra vez la vida. Esta cuarta humanidad es la de los guaycurúes: los kom, los kom-pi y los mok'oit, pero también es la de los hombres blancos.

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La amenaza de los ahó-ahó

Una de las leyendas guaraníes más antiguas, en los palmares de Entre Ríos y Corrientes -especialmente en los aledaños a los esteros del Iberá y Santa Lucía- todavía menciona al ahó-ahó, un espíritu malévolo que aún mantiene plena vigencia en la región.
Como en todos los casos de los mitos y leyendas populares, existen casi tantas versiones como narradores las cuentan; la presente ha sido extraída de una publicación del departamento de Cultura de la Universidad Nacional del Litoral, firmada por un señor Sofanor Villagrán, de quien, desafortunadamente, no he logrado obtener más datos.

Según al autor, quien alega haber recogido los datos du­rante diversos trabajos antroposociológicos en la región del Iberá, los ahó-ahó -porque eran muchos, y no uno solo, co­mo en el caso de la mayoría de los personajes míticos- eran monstruos mitad puma y mitad jaguar, aunque con una enor­me y engañosa cabeza de oveja y con el cuerpo completamen­te cubierto de lana, como el mencionado ovino.
El ahó-ahó merodea por las noches, por las proximidades de los palmares, y mata sin piedad a todo aquel animal o per­sona que se cruce en su camino. Para ello se vale de sus po­derosas y enormes garras, similares a las de un yaguareté, con las que despedaza a sus víctimas. Sin embargo, en la mayo­ría de los casos no se limita a matarlos, sino que también los devora, sin dejar más que las ropas o los dientes.
Siempre según la leyenda, la única salvación contra los ahó­ahó es subirse a una palmera, porque estos árboles tienen po­rá y las garras del espíritu no pueden dañarlo. No sucede lo mismo, en cambio, con otros árboles, incluso el timbó o el quebracho que, a pesar de tener una madera muy dura, el ahó-ahó los derriba fácilmente con sus enormes garras, y la víctima es inmediatamente devorada. Además, estos mons­truos no pueden ser atacados con arma alguna, pues las balas no los penetran y las hojas de los facones resbalan inofensiva­mente por su piel. Por el contrario, si la afortunada víctima ati­na a trepar a una palmera, el ahó-ahó se aleja sin atreverse a profanarla, ahuyentado por el porá del árbol.

Otra versión de esta leyenda asegura que los ahó-ahó eran polimorfos, es decir que podían cambiar de forma a volun­tad, aunque, por lo general, aparecían como unos horrendos enanos negros, antropófagos, con grandes y aceradas garras que empleaban para destrozar a los indios desprevenidos, pa­ra comérselos. Según esta interpretación, los monstruos vivi­rían en el agua, debajo de los camalotes, y saldrían al oír pa­sos, para aferrar al incauto con sus garras y arrastrarlo hacia las profundidades.
No obstante, según Villagrán, Juan B. Ambrosetti, especia­lista en leyendas litoraleñas, considera que los ahó-ahó fue­ron personajes míticos creados por los misioneros jesuitas para que los indígenas no desertaran, escapando de las mi­siones del Alto Paraná, y se perdieran en la selva o fueran de­vorados por los yaguaretés, por aquel entonces muy numero­sos, o ultimados por los indios cerriles.
Pero lo cierto es que actualmente, los nativos y la gente de campo en general aún le temen al monstruo de la selva, el de­vorador de hombres, y se cuentan casos de personas que han vuelto aterradas de una caminata por la selva, por haber tenido que escapar de las garras de un ahó-ahó.

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Kaá, la historia de la yerba mate

Existen pocas plantas o árboles sobre los cuales se hayan tejido tantas leyendas como sobre la yerba mate, a la cual los botánicos llaman Ilex paraguariensis y los guaraníes Kaá. El hecho de que la llamaran simplemente Kaá nos da la pauta de la importancia que daban a este arbusto, al que consideraban como la esencia misma del reino vegetal.
De las leyendas siguientes, la primera fue recogida y luego adaptada por el antropólogo Anselmo Duarte durante un trabajo de investigación en una reservación kom-pi (pilagá) cercana al río Cangüí Grande, en el departamento de Bermejo, casi en la frontera chaco-paraguaya. La narradora fue una anciana pilagá cuyo nombre, desafortunadamente, se ha perdido, y el traductor un joven kom-pi de nombre Tanuuj. La complementan algunas otras narraciones procedentes de distintos lugares de la Mesopotamia argentina, en cada una de las cuales se acota el nombre del narrador y el recopilador, cuando se dispone de ellos.[1]

Kaá, hermosa y sugestiva representante de la raza kom-pi, nació en la ribera del Bermejo, allí donde este río se despere­za, tardo e indolente, sobre un cauce empedrado de amatis­tas, ágatas y jaspes resplandecientes, rumbo a su padre, el Paraguay. Una vez, uno de sus hermanos dijo a Kaá que en su cuerpo se había fusionado todo lo de bueno, bello y desea­ble que la naturaleza había sembrado en las cristalinas aguas, la fina arena dorada, la selva lujuriosa y las distantes montañas, azules de lejanía. Y ella, curiosa como toda mujer, había ido a mirarse en el rutilante espejo del río y estuvo de acuerdo con su hermano.
A Kaá le agradaba caminar junto a las empinadas márge­nes del Bermejo y trepar a los árboles más altos, para otear curiosamente el horizonte, por encima de la selva cubierta por la bruma del mediodía. Sin otra compañía que un pájaro del que nadie conocía su procedencia, tan extraño que nunca se había visto uno similar, recorría los lugares más recónditos y deambulaba lentamente entre ríspidos bloques de brillante piedra arenisca, recogiendo hermosos trozos de cuarzo hiali­no, irisadas plumas y fantásticas corolas multicolores con las que entretejía complejas guirnaldas y diademas, regresando luego al hogar adornada con ellas.
Hasta que, una tarde, Kaá llegó hasta el río, se tendió pe­rezosamente sobre una pequeña isleta de tibia arena dorada y sumergió las manos en el agua, tratando de atrapar los di­minutos trozos de cuarzo que rodaban afanosamente por el fondo. De pronto, alertada por un graznido de la extraña ave que siempre la acompañaba, se irguió presurosa, escudriñan­do ambas orillas, pero, al no descubrir ningún signo de peli­gro, volvió a sus jugueteos con las piedras.
Sin embargo, el instinto del ave no se había equivocado; oculto por las frondas de bejucos, un hombre la acechaba, agitado por acuciantes apremios que turbaban su razón, afectando su raciocinio y excitando sus instintos varoniles. A pesar de su ofuscación, el hombre no dio señales de su presen­cia, pero al aproximarse el atardecer, Kaá inició el regreso a su hogar y se cruzó con un joven cetrino, de mirada penetrante, ante el cual el ave de la muchacha lanzó un graznido de ad­vertencia.
Por primera vez en su vida, la serenidad que usualmente le daban sus largos paseos por el río no logró que Kaá concilia­ra el sosegado y apacible sueño habitual; pasó largas horas contemplando los burlones guiños de las estrellas, entrevien­do en ellas, como en una pesadilla, un rostro taciturno y reconcentrado que se inclinaba sobre ella y la contempla­ba fijamente.
Por fin logró dormirse, pero temprano en la mañana la des­pertó el sonido de una voz desconocida, que hablaba con su padre; se levantó sigilosamente y allí estaba el joven descono­cido con que se había cruzado la tarde anterior. Escuchando atentamente, supo que se trataba de un joven hechicero llega­do desde lejanos confines, atraído por los rutilantes cuarzos que proliferaban en las orillas del río y que él precisaba pa­ra sus prácticas y ritos mágicos; venía acompañado de un sé­quito numeroso. Los minerales que se recogieran en las tie­rras de los kom-pi serían destinados a su templo en Mbae­-verá-guazú.
El corazón de Kaá pareció detenerse al escuchar esta reve­lación; los mbaeveraguá preferían morir a unirse con habi­tantes de otras tribus, porque se consideraban servidores de los dioses y con-sagrados a ellos hasta el fin de sus días. Esta tradición era especialmente inviolable para los avaré, los sa­cerdotes de Tupá, a quienes su entrenamiento ascético los ha­cía particular-mente resistentes a los deseos carnales y las tentaciones mundanas. A pesar de estas consideraciones, Kaá se enamoró perdidamente del desconocido, aun sabien­do que para el avaré el amor le estaba terminantemente pro­hibido.
Día y noche deambuló por la tierra húmeda y ardiente, los milenarios acantilados y los sinuosos senderos de la selva, buscando al joven asceta, de enigmática sonrisa y ojos fulgurantes que mostraba, en señal de su rango, una vincha de piel de yaguareté con un cristal de obsidiana so­bre la frente.
No pudo localizarlo y cuando las ancianas le dijeron que el shamán regresaba esa misma noche a Mbaeverá-guazú, el corazón de Kaá se sumió en la más honda de las desespera­ciones. De modo que, antes de darse por vencida, decidió hablar con el hechicero, aunque aquello fuera lo último que hiciera en su vida.
Con esta firme resolución en mente, tomó el camino del río y, como lo había supuesto, encontró al forastero sentado en el bloque de cuarzo donde por primera vez había intuido su presencia, alertada por el ave.
Los rayos de Kuarajhí rielaban juguetones entre las ramas de los timbós y los jacarandaes, sin llegar ya a iluminar las ri­beras más bajas ni las playas de arena dorada. Una penum­bra que sugería una noche sin luna hacía más lóbrego y profundo el cauce del Bermejo y estiraba dramáticamente la silueta del avaré. En un intento de llamar la atención del mago, Kaá entonó su mejor canción, mientras danzaba al­rededor del asiento de amatista.
Los ojos del mbaeveraguá se elevaron y contempló em­belesado aquella mágica silueta que danzaba para él. Su mirada se prendió como un saguaypé de las más sutiles on­dulaciones de la joven, que se convertían en su vientre en otras tantas llamas que quemaban sus entrañas.
La danza de la doncella no hacía otra cosa que repetirle en movimientos todo aquello que él había recibido, desordena­da y arrolladoramente, durante sus afiebradas vigilias y sus interminables pesadillas.
Se levantó como impulsado por un resorte y llegó hasta ella en un solo impulso. Al mirarla a los ojos sintió como si el borde del risco se despeñara bajo sus pies; el latir inflama­do de su sangre joven seguía retumbando en su pecho, pero toda una vida de ascetismo, dogmas inviolables y principios adquiridos se abalanzaban sobre él, ahogando en un mar de impotencia sus ímpetus juveniles.
Kaá, inocente y pura, intuyó, sin embargo, que el agua de la dicha se le iba a escurrir entre los dedos aun antes de po­der gustarla. Su pecho se inflamó ante la posibilidad de per­derlo y se adhirió a él como una enredadera al árbol que la sustenta, adelantando sus labios en busca del contacto anhe­lado. El avaré sintió como si un toro embravecido galopara dentro de él, destrozando sus vísceras; con un ademán fulgu­rante, producto de una larga práctica, empuñó el itá mará que pendía de su cintura y golpeó con él el rostro que se le ofrecía en un mudo ademán de entrega. Al instante se escu­chó un sonido como de cristales que se quebraban y la mu­chacha se encorvó tetánicamente hacia atrás, como herida por un rayo.
Las manos del avaré la acompañaron en su caída y la vida de la doncella se fue escurriendo lentamente hacia el río, arrastrada por la sangre que fluía de su frente. El ave extra­ña, exasperada por el incomprensible ataque, intentó agre­dir con su recio pico al hechicero, pero todo fue en vano; el sacerdote se encontraba más allá del alcance terreno y per­manecía impávido, con la vista perdida en un horizonte perceptible solamente para él y los brazos caídos a los costa­dos, en un gesto de profunda desolación.
Una inmovilidad atónita, casi letal, pareció desplomarse sobre el universo entero, pero aquello no duró más de un instante; a lo lejos, las fogatas encendidas para alejar a los malos espíritus y las alimañas seguían encendidas, y los morteros continuaban haciendo sonar sus rítmicos compa­ses. Finalmente, el avaré pareció despertar de su letargo y prestó atención a los sonidos que emitía el ave extraña, en el paroxismo de su desesperación:
-¡Jhypa Kaá! ¡Jhypa Kaá! ("¡Kaá ha muerto! ¡Kaá ha muerto!").
-¡Sí! ¡Kaá se apagó para siempre! -musitó él, fija en su mente la imagen de una antorcha que se extinguía. Luego co­rrió de regreso por la senda ya totalmente a oscuras, con su cabello flameando al viento como un negro símbolo de muer­te. Sin embargo, no llegó muy lejos; a los pocos pasos cayó postrado sobre sus rodillas, abatido por la súbita revelación de dos sentimientos encontrados: el abrumador acoso de la carne y el desgarrante despertar del remordimiento. El pri­mero había sido brutalmente sojuzgado por las agobiantes cadenas de los dogmas y la tradición, pero el segundo segui­ría torturándolo para siempre, como un sabueso infernal que lo perseguiría por toda la eternidad
Centenares de lunas después de la desaparición de Kaá, un anciano mbaeveraguá llegó a la región donde, muchos años atrás, transcurriera la efímera existencia de aquélla. Arras­traba tras de sí una larga trayectoria de sabio y de mago y, aunque su cuerpo aún se mantenía firme y esbelto, las fre­cuentes expectoraciones de saliva sanguinolenta que brota­ban de su boca demostraban palpablemente que los días de su vida terrena estaban tocando su fin. Al llegar a la playa en que Kaá había sido llamada al reino de las sombras, una ex­traña ave lo atacó sorpresivamente, exclamando: "¡Jhypa Kaá! iJhYPa Kaá!"
Echando mano de su magia, el anciano la calmó con un hechizo, y los dos continuaron juntos la marcha hacia el tro­zo de amatista donde Kaá se encontraba sentada la primera vez que se vieron.
Tratando de evitar el tórrido sol que se aproximaba a su apogeo, el anciano hechicero fue a sentarse bajo las frescas hojas de un arbusto, pero no pudo menos que notar los rojos pétalos de sus flores, que salpicaban el suelo como diminutos coágulos de sangre. Inmediatamente, un aroma inconfundi­ble, reminiscencia de un tiempo pasado, pero imperecedero, lo golpeó como una presencia física. Su cuerpo pareció in­movilizarse; observó cuidadosamente las brillantes hojas que lo protegían del sol; verde oscuras por el dorso y más claras por el envés, esas hojas le acariciaban la frente como alas de otras tantas mariposas.
Intrigado por no poder reconocer el arbusto, pese a ser un experto en plantas, observó, casi en éxtasis, las hojas que aca­riciaban su rostro, insi-nuándose a él como si fueran antiguas amantes que intentaran reanudar una relación truncada por algún espíritu maligno.
Las sombras trémulas de las hojas y los tallos continuaron rielando sobre su rostro, mientras el aroma seguía incitándo­lo, despertando en su espíritu sensaciones hacía largo tiem­po enterradas. Tratando de reivindicar algo que sabía oculto en lo más profundo de su ser, pero que pugnaba por aflorar, el avaré se aferró a los tallos tiernos, arrancó las hojas y las trituró entre sus dientes, con avidez inusitada, como si se tra­tara de un manjar codiciado, del cual la vida lo hubiera pri­vado hasta ese momento.
Y entonces se desencadenó lo indescriptible: el zumo acre, pero aun así embriagador, de las hojas invadió todo su ser y se expandió por sus venas, confiriéndole una vivacidad como jamás había experimentado en su vida. Repentinamente vio frente a sí un lago eterno e inexpugnable, aún no contamina­do por la presencia humana, en cuyas profundidades se erguía un Mbaeverá-guazú deslumbrador, pero que no se encontraba poblado por los vacuos ídolos de barro ante los cuales se había postrado infructuosamente -ahora lo comprendía- durante to­da su vida.
Penetró con la imaginación en el inviolado templo y se acercó al único altar; sobre él había una sola imagen: una diosa soberana cuya forma etérea, inmarcesible, regresaba de los confines de la muerte para florecer en la planta que había brotado de las gotas de sangre de la infortunada Kaá, víctima inocente de la intransigencia y la incomprensión humanas.
Un aullido incontenible surgió desde las entrañas mismas del avaré:
-¡Kaá porá! -exclamó en medio de los borbotones de san­gre que brotaban de sus pulmones destrozados. El amor, el remordimiento y la sensación de una vida desperdiciada con­formaban un solo grito frente a una muerte inútil.
Con ese grito, el avaré reconocía en el arbusto a la doncella a la que le había arrebatado la vida y a la que habría amado por encima de sus dioses, si se hubiera animado a hacerlo. El encantamiento de la planta desmoronaba, como un castillo de naipes, toda una vida de abstinencia inútil e incongruen­te, dando paso a un amor póstumo que reivindicaba dos vi­das absurdamente inmoladas.
Finalmente, la sangre del sacerdote, manando a raudales de su boca, arrastró en su caudal su vida, que se esparció so­bre el mismo lugar en que él también derramara, en su mo­mento, la sangre de la virgen que alterara para siempre su cuerpo, su mente y su vocación.

Los jesuitas, durante su asentamiento en San Ignacio, Mi­siones, fueron grandes consumidores de yerba mate, que vino a reemplazar los tes que acostumbraban tomar con hierbas traídas de sus países de origen. Una leyenda recopilada precisa­mente en la zona de las ruinas jesuíticas presenta una versión cristianizada del origen de la yerba mate o Kaá.

Un día Jesús recorría la selva en los alrededores de San Ignacio, acom-pañado por San Pedro y San Juan; de pronto, los sorprendió una tormenta y se apresuraron a llegarse hasta un rancho, donde pidieron asilo. Al golpear a la puer­ta, los atendió un viejecito que vivía con su esposa y su hi­ja, una hermosa joven dedicada por entero al cuidado de sus padres.
Esta familia de campesinos estaba casi al límite de la mi­seria, pero aún así ellos quisieron agasajar a sus huéspedes, para lo cual sacrificaron la única gallina que tenían, a la que conservaban para poder recoger algún huevo. Así que duran­te la cena tomaron una apetitosa y caliente sopa de gallina y no dijeron nada a los visitantes, aunque sabían que al día si­guiente no tendrían nada para comer.
Sin embargo Jesús, que sabía perfectamente lo que el hombre estaba haciendo por ellos, se reunió con Juan y con Pedro a la mañana siguiente, luego de haber descansado y les preguntó:
-¿Están de acuerdo conmigo en que debemos hacer algo para recompensar a este hombre, que se ha desprendido del único alimento que tenía para él y su familia, para servirnos a nosotros, sin conocernos siquiera?
-Merece lo mejor -contestaron los dos apóstoles, porque ha practicado la caridad auténtica, mucho más que uno que da lo que le sobra.
Entonces Jesús llamó al labrador y le dijo:
-Has sido enormemente generoso con nosotros porque, a pesar de tu pobreza, nos has dado todo lo que tenías. Ahora quiero premiar tu gesto; pídeme lo que desees, por imposible o desatinado que pueda parecerte, y yo te lo concederé. Pero asegúrate de que sea algo que pueda darte satisfacción y ale­gría para el resto de tus días.
-Señor -respondió el campesino, usted ha visto a mi hi­ja, el único bien verdadero que poseo, y a la que quiero en­trañablemente. Quisiera pedirle para ella una larga vida de felicidad, sin odios ni dolores, y que cuando parta de este mundo, deje un recuerdo tibio y dulce en aquéllos que la ha­yan conocido. Jamás le pediría nada para mí, señor, pero pa­ra ella deseo lo mejor.
-Tu humildad y tu bondad hacen que no pueda negarte na­da de lo que me pides -contestó el Hijo de Dios-. Tu hija vi­virá largos años y, cuando deje este mundo, seguirá presente en el recuerdo y la estima de la gente.
Y así, la joven creció sana y hermosa, vivió muchos años y cuando murió, serena y apaciblemente, se convirtió en la yer­ba mate, estimada por todos los que la conocen, porque se convierte en una bebida exquisita, que refresca o reconforta según se la tome fría o caliente.

En la zona norte de la provincia de Corrientes se menciona, en relación con la yerba mate, a un personaje que llaman Kaá­yarí, término que en guaraní significa, literalmente "la dueña de la yerba", aunque en algunas zonas cercanas se lo conoce como Kaa-sí, "madre de la yerba".
El relato que sigue fue contado por un paisano de los esteros del Empedrado, en el departamento homónimo de Corrientes.

La abuela de la yerba es una mujer de cabellos rubios co­mo la barba del abatí, alta y muy blanca, siempre vestida de verde, como las hojas de la kaá que cuida. Su túnica reluce a la luz del sol y parece hacer un ruido como de seda cuando ro­za contra los tallos. Yo la vi una tardecita, mientras trabajaba en el yerbatal; se me acercó bastante y, mientras se aproxima­ba, se fue haciendo cada vez más alta, hasta pasar el yerbal. Yo al principio me asusté mucho, pero después me di cuenta de que no quería causarme daño, sino hacerse amiga mía.
Es que al que se amiga con la Kaá-yarí el trabajo se le fa­cilita mucho y le rinde el doble, también. El que se compro­mete con ella tiene las plantas más robustas, recoge más ki­los de yerba, se le favorece el canchado y ella lo ayuda con los trabajos más pesados, como el desbroce y el raído. La única contra es que, cuando uno se compromete con ella, dicen que ya no puede tener relaciones con otra mujer
Ella cuida tanto de las plantas, como de que los tareferos descansen, también. Recorre los yerbatales, a veces a la hora de la siesta, pero más en las noches de luna, a eso de las do­ce, la hora de las ánimas. Y cuando todos se van, ella canta, en medio del yerbal, con un tono de voz hermoso, que hace recordar a las aguas del arroyo, cuando baja tranquilo.
Cuando la Kaá-yarí canta, parece que a uno le subiera un aire frío que lo hace temblar, a veces. Claro que tam­bién lo puede hacer estremecer su aparición, porque no es humana. Y no crea que me pasó a mí solo; todos los que la han visto o la han oído cantar le van a decir lo mismo, si les pregunta.
Acá, por la zona, a la dueña de la yerba todos la conocen como la Kaá-yarí -aclaró el narrador, pero para el lado del Iberá la llaman Kaá-sí. Pero existir, existe, y los que no creen en ella son citadinos ignorantes, que no saben nada del mon­te. ¡Si la habré vistos veces cuando canchaba en los yerbata­les del Alto Paraná!

En la parte oriental de la provincia de Corrientes, en cambio, circula una leyenda más romántica sobre la yerba mate. La ver­sión que se adjunta a continuación me fue contada por un peón mataguayo (una rama de los matacos), de nombre On­kei, que traba-jaba en la estancia "La Tigra'; en el departamen­to de Santo Tomé, sobre la ribera oeste del río Uruguay.
Lo curioso de esta narración es que fue contada en su idio­ma y registrada en cinta magnetofónica, y sólo varios años des­pués pude hacerla traducir por una anciana mataca que había sido traída a la Capital Federal, y recién entonces pude enterar­me de qué se trataba. Para facilitar la comprensión, dado que el relato original resultaba demasiado coloquial, me he visto en la necesidad de retocar ligeramente el estilo narrativo.

Cuenta la tradición que un tórrido día de verano llegó a la zona del Estero Caabí una hermosa princesa india llamada Yací que, acompañada de un importante séquito de esclavos, venía en busca de Añá-guazú, así llamado por considerárselo el más hábil adivino y hechicero que jamás habían visto por esos pagos.
Todo fue llegar allí la princesa, para que Kaá jhü , el guerre­ro más valiente del Alto Paraná, se prendara perdidamente de aquella belleza salvaje a quien, en su querida isla de Yací-iretá llamaban cariñosamente Caab-potí en honor a su belleza.
Pero la desesperación de Kaá-jhü llegó casi enseguida, porque el virgen corazón de Yací se encontraba ya compro­metido con un príncipe de una tribu vecina a la suya quien, además de ser tan valiente y apuesto como Kaá-jhü, había si­do el primero en encender en su pecho la llama de la pasión.
Comprendiendo que la inmarcesible Yací jamás consenti­ría en ser su mujer, el joven guerrero decidió, como recurso final, mantenerla secuestrada, junto con todo su séquito, has­ta lograr que el mismo Añá-guazú preparara para él un payé de amor que ablandara el gélido corazón de su amada, que hacía arder el suyo propio como una hoguera incontrolable.
Pero pasaban los días y el ansiado payé no llegaba, y la im­paciencia de Kaá-jhü iba en aumento, mientras que la prin­cesa, valiente y arrojada como hija de un guerrero que era, no perdía un instante en tramar los más arriesgados y comple­jos planes para huir de allí.
Así transcurrió una semana y, finalmente, la hermosa prisionera logró escapar, pero su fuga fue rápidamente ad­vertida por Kaá-jhü, quien salió inmediatamente en su per­secución. El hecho de que la muchacha se hubiera internado en lo más profundo de la selva no arredró al joven, que siguió persiguiéndola enconadamente, echando mano a todos sus recursos de rastreador y cazador avezado que era.
Cuatro días pasaron de incesante persecución hasta que, al quinto atardecer, nimbada por el embriagador perfume de las "damas de noche" que comenzaban a abrir sus corolas, Yací se detuvo, agotada, en un claro del monte y enfrentó con un gesto arrogante la figura de Káá-jhü que había aparecido desde atrás de un gigantesco timbó. Y aun así, desfallecida de cansancio y debilitada por no haber probado alimento algu­no durante los últimos cinco días, el orgullo ancestral de su raza dio a su rostro un gesto tal de altivez y belleza, que el tenaz perseguidor sintió que un fuego infernal le abrasaba las entrañas. Ambos pasaron varios minutos mirándose mutua­mente a los ojos, y luego la cabeza de Yací cayó desmayadamen­te sobre su pecho y su cuerpo se inmovilizó en esa postura, como si se hubiese resignado a la fatalidad de un destino que ella sola parecía poder percibir.
Kaá-jhü permaneció un instante más mirándola y luego comenzó a rodear el timbó para aproximarse a su desdeñosa amada pero, al acercarse, descubrió que ella ya no estaba más allí y, en su lugar, se erguía una frondosa y corpulenta planta de lustrosas hojas de un verde brillante y hermosas flores pequeñas y amarillas agrupadas en racimos.
Azuzado por el remordimiento y la tristeza de la pérdida, el joven se internó nuevamente en la selva y comenzó a vagar por ella sin rumbo, hasta que, pocos días después, se convir­tió también en un ser misterioso, que la imaginación popular describe como un enano rengo, viejo y feo, condenado a va­gar eternamente por las riberas de los ríos y arroyos, entre los yerbatáles silvestres, en busca de su amor perdido.
Así nació Kaá, la yerba mate, a la que los aborígenes die­ron ese nombre en recuerdo del amor no correspondido del guerrero más valiente del Alto Paraná. Por eso la savia que corre por sus hojas tiene ese gusto amargo tan parti­cular y atrapante, provocado por los sinsabores y la pena de Yací al convertirse en planta; ésa es la razón, asimismo, de que los peones que trabajan en los yerbatales digan que la yerba tiene porá.
Tampoco fue afortunado el destino corrido por el joven que, destrozado por los remordimientos, se convirtió en un ser híbrido, a veces pájaro, a veces enano, que los aborígenes denominaron luego Yací-yará, remedando onoma-topéyica­mente el grito del ave, cuya fonética suena como este térmi­no, y que él repite constantemente cuando se encuentra en su apariencia de pájaro.

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[1] Puede encontrarse otra versión del nacimiento de la yerba mate en el libro Cuentos y leyendas argentinos, del mismo autor y la misma colección. [N. del E.]

Glosario del litoral

Abatí. Maíz (Zea mays).
Abipón. Tribu de etnia tupí-guaraní, habitante de la región oriental de Chaco y Formosa, sobre ambas márgenes del río Bermejo.
Aguaribay. Lit.: "gigante verde". Es el nombre guaraní del molle o turbinto, árbol de gran porte, muy común en toda la región tropical y subtropical de nuestro país.
Ahó-ahó. Lit.: "abrazar a los espíritus". Ademán ritual de los avá payé que consiste en abrazar el aire para aprisio­nar a los espíritus o fantasmas. Por extensión, espíritu o fantasma.
Antuk. "La sol". Son muchas las cosmogonías indígenas, en que el sol y la luna tienen sus géneros cambiados.
Añá. En la cosmogonía guaraní, el espíritu del mal, que se lleva a los infiernos a la gente que muere sin ayuda del avaré. También se le atribuyen todas las desgracias colec­tivas, como inundaciones, incendios de bosques, pérdidas de las cosechas, etc. Posteriormente, el advenimiento del cristianismo lo asimiló a Satán, el Diablo.
Añá-guazú. Lit.: demonio mayor; de añá, "diablo" y guazú, "grande".
¡Añá membüí! Lit.: "¡me lleve el diablo!" Expresión de con­trariedad.
Apyteré. Lit.: "los tonsurados". Nombre dado por los tupí­guaraníes a una tribu indígena hoy extinguida, que habi­taba ambas márgenes del río Iguazú, desde el Parque Na­cional Iguazú al oeste y Barra do Siemens al este. El nom­bre proviene del corte de pelo que llevaban, similar al de los antiguos monjes cristianos.
Araracá. Lit.: "cabeza del cielo". Guacamayo, papagayo. Ará-resá. Lit.: "la pupila del universo". Se utiliza como nom­bre propio femenino, equivalente al español Luz.
Atuá-rasá. Compañero, esposo.
Avaité. Lit.: "gente guaraní", término utilizado por los indivi­duos de esta etnia para diferenciarse de las tribus vecinas.
Aya-payé. Lit.: "el hombre de los hechizos". Sinónimo de avaré en lengua mok óit.
Avaré. Lit.: "antes hombre"; sacerdote, shamán guaraní. Barihuí. Especie de jején muy pequeño, que se reúne en ban­dadas en forma de nubes y puede ser muy peligroso si se sufren demasiadas picaduras.
Biguá. Pájaro de plumaje negro y opaco, de la familia de los somorgujos, muy frecuente en todo el litoral argentino. Erguido, alcanza los 50 a 60 cm de altura y 1,20 m de en­vergadura; de cuello arqueado, cabeza pequeña y aguzada y patas palmeadas, es un gran zambullidor, recurso que utiliza para capturar peces y caracoles acuáticos que cons­tituyen su alimento.
Birimbao. Instrumento de arco compuesto por una calabaza o "mate" como caja de resonancia y cuerda vegetal, oriun­do del Guayrá.
Boniato. Batata, camote, papa dulce.
Caab-potí. Flor silvestre. Se utiliza como nombre femenino. Cambalachear. Comprar o vender mediante el sistema de trueque.
Cancha. Vocablo adoptado del quechua que significa "cam­po" o "espacio abierto".
Canchado. Derivado del quechua cancha o kancha (campo abierto) que alude a una técnica de secado de la yerba ma­te, tendiéndola en lugares despejados, para luego proceder a su picado a machete.
Camoatí. (Vespa brasiliensis.) Variedad de avispa que constru­ye grandes nidos de una especie de papel hecho con corte­za masticada y un adherente segregado por ellas mismas.
Camote. Batata, boniato.
Caryé. "El" Luna (véase Antuk).
Chamá. Deformación fonética del término "chamán", a su vez españolización de "shamán", vocablo originario de la meseta de Alta¡, en Siberia.
Chamoí. Nombre propio que significa" guía" o"líder".
Charque. Término tomado del quechua, que alude a una for­ma de preparar las carnes, mediante sal y secado al sol, de forma que permita su conservación.
Chipá. Especie de pan hecho con harina de mandioca, base
fundamental de la alimentación de los indios guaraníes.
Copal-kaurí. Resina fosilizada de pino kaurí, similar al ám­bar, que suele contener pequeños insectos encerrados en su interior.
Cururú. (Bufo blombergü.) Llamado también "sapo buey", y "rococo" en el Chaco salteño, es uno de los sapos más grandes del mundo, que alcanza hasta 25 cm sin contar las patas traseras. Es de color marrón rojizo en el lomo y par­do claro en el vientre, y se lo suele tener en las casas para mantenerlas limpias de insectos y roedores.
Dapitchí. Lit.: "los de antes"; antecesor, ancestro.
Gualicho. Hechizo, generalmente realizado con fines malé­ficos.
Guarepá. Guiso hecho con mandioca o ñame, abatí y, even­tual-mente, charque de ave, cordero o vacuno.
Guasú-birá. (Mazama rufa.) Llamada también corzuela roja, al­canza una altura de 65 a 75 cm a la cruz, y habita toda la re­gión del Impenetrable, hasta las estribaciones del Amazonas.
Guasuncho. Pequeña corzuela, muy codiciada por los indios por su carne suave y tierna.
Guayacá. Bolsita de piel o tela en que se llevan los talisma­nes y amuletos, generalmente colgados del cuello y en con­tacto con la piel del pecho.
Guayna. Joven casadera, especialmente si se trata de una he­redera de una familia encumbrada.
Gurí. (pl.: gurises.) Chico, niño.
Haiawú. Shamán, hechicero, en lengua mok-oit.
I-guazú. De I, "agua", y guazú, "grande".
Ijhá-yará. Lit.: "ancestros cercanos"; abuelos y bisabuelos.
I-kaá. Lit.: "hierba del agua"; junco, totora.
I-porá. Derivado de I, "agua" y porá, "duende protector".
sondú o I-sondú: de I, "agua", y sondú, "insecto"; término guaraní-mbyá que se aplica al movimiento ondulatorio que realizan las luciérnagas al volar sobre los claros de la selva, formando ondas similares a las del oleaje y, por extensión, también a estos insectos.
Itá-kuá. Lit. "caberna abierta en la roca". En la mitología guaraní, atraía a los hombres que intentaban acercarse, y los engullía, precipitándolos en un pozo sin fin, donde caían por toda la eternidad.
Itá-mará. Lit.: "piedra que daña". Arma formada por un tro­zo de obsidiana o cuarzo, tallada en forma de hacha, suje­ta con correas de cuero a un mango de madera dura.
Itá payé. Lit.: "piedra mágica"; talismán tallado de un trozo de magnetita o piedra imán, al que se debía alimentar periódi­camente. Probablemente la creencia de que "crecía por ali­mentación" se deba a que se le agregaban partículas de mi­neral de hierro, con lo cual la piedra aumentaba su volumen.
Jubá pireí. Enormes calabazas partidas por la mitad, que uti­
lizaban las mujeres guaraníes como enseres domésticos.
Kaá. Lit.: "hierba". Se utiliza el término como sinónimo de "yerba mate", arbusto conocido botánicamente como Ilex paraguariensis.
Kaá-jhü. Yerba mora.
Kaá-sí. De kaá, "yerba", y sí, "madre".
Kaá-yarí. De kaá, "yerba" y yarí, femenino de yará, "dueño".
Kahití. Nombre propio femenino.
Kaí. Mono.
Kancha. Véase cancha.
Kanyú. Paloma.
Kapü-katí. Llamada también "yerba cana", es una variedad de gramínea que, al secarse, adquiere gran flexibilidad y resistencia, muy usada para techar casas y para la confec­ción de escobas.
Karaivé. Apodo otorgado a los guías militares o espirituales.
Kario. Raza guaraní que habitaba la región limítrofe argen­tino-brasilera, en ambas márgenes del río Iguazú.
Kauré-í. Lit.: "pequeña prisionera". Pequeña ave de presa cu­yas plumas sirven como filtro de amor. (La leyenda de Kauré-í está incluida en el volumen Cuentos y leyendas ar­gentinos, del mismo autor y la misma colección.)
Koaijhú. Lit.: clavel del aire. Se utiliza como nombre feme­nino.
Kom. Raza considerada dentro de las guaycurúes, que poste­riormente fueron llamados "tobas", término que significa "frente" en guaraní. Este nombre le fue aplicado por los guaraníes a una rama de los guaycurúes, por su costum­bre de afeitarse esa zona en señal de duelo y fue adoptado posteriormente por la soldadesca invasora española.
Kom-pi. Individuo de la raza pilagá.
Kuarajhí. El sol; por extensión, también el fuego.
Kuarajhí-Yará. Lit.: "dueño del sol", aunque el término se utiliza también para describir a un enano negro o muy moreno.
Letanetá. Lit.: "dos corazones" en lengua kom-pi.
Macuto. Especie de bolsa de red que se lleva a la espalda, co­mo una mochila.
Mainumbí. Deformación fonética de mbaí-n-umbí.
Maloka. Casa comunal habitada por entre 300 a 500 perso­nas cada una. Las malokas se reunían en orevá que llega­ron a albergar hasta 2.000 o 2.500 personas.
Manacá. Lit.: "rasgar, romper". También azucena silvestre, planta trepadora de la familia de las liliáceas (Lilium mar­tagon) que tiene la particularidad de cambiar su color ba­jo la influencia de los rayos solares (fotocromía).
Mará-ne-í. Lit.: "virginidad", "pureza". Se utiliza como nom­bre propio femenino bajo la forma Maraneí.
Mbaeveraguá. Habitante de la mítica ciudad de Mbaeverá­-guazú.
Mbaeverá-guazú. Mítica ciudad sagrada de los guaraníes, a la que los antiguos shamanes acudían anualmente, para abrevar en la fuente de la sabiduría, emplazada en un lu­gar desconocido para los profanos.
Mbaí-n-umbí. Lit. "pequeño pájaro irisado". Picaflor de la especie Calyptes helenae. Muy numeroso en la selva co­rrentina y misionera, es una de las variedades más peque­ñas de estos diminutos seres, de sólo 5 o 6 cm de largo, de los cuales el pico y la cola representan más de la mitad.
Mbaracá. Maraca. Calabaza o porongo con cuentas o semi­llas dentro, que se usa como acompañamiento rítmico. Por extensión, todo instrumento musical de percusión que acompaña una canción.
Mbaracayú. Lit.: "el que toca el mbaracá".
Mbocayá. Cocotero.
Mboí. Víbora, serpiente.
Mboreijhü. Tapir, anta (Tapirus brasiliensis).
Mboreví-rapé. Lit.: "cabeza de tapir". La Vía Láctea.
Mburucuyá. (Passi flora incarnata. ) Llamada también "pasiona­ria" o "flor de la pasión", es uno de los especímenes más ex­traños y hermosos de la flora argentina y sudamericana. Li­teralmente, significa "la mujer (o la esposa) del mburuvichá".
Mburuvichá. Jefe, cacique regente de una orevá. Por extensión, hombre sabio de grandes dotes morales y físicas.
Mbyá. Tribu guaraní del norte de Corrientes, Misiones y re­gión oriental de Chaco y Formosa.
Membü-raü. Lit.: "pequeño hijo".
Mok'oit. Mocoví, tribu de origen guaycurú, habitante del Chaco y Formosa oriental, fundamentalmente en ambas márgenes del Pilcomayo, en las proximidades de su desa­güe en el río Paraguay.
Muá-muá. Lit.: "titilar", "brillar y apagarse alternativamen­te", como una luz; por extensión, luciérnaga, cocuyo.
Muá-yaryic. De muá, "luciérnaga", y yaryic, "genio", "espíri­tu protector".
Ñacaniná. (Ciclagras gigas.) Culebra de color amarillo y ne­gro, de entre dos y cinco metros de longitud, cuyo veneno presenta características de sedante y de la que se dice que succiona la leche del ganado y de las mujeres.
Ñandú-atí. Lit.: "el sendero de los ñandúes". La Vía Láctea.
Orevá. Lit.: "nosotros exclusivamente". Estaban integrados por 10 a 15 malokas entre las que se distribuía toda la gen­te de la tribu, comandada por un rubichá.
Oyampí. Nompre propio femenino.
Payé. Hechizo, encantamiento. Por extensión, hechicera o hechicero.
Peteque peteque. Especie de tambor tallado en un tronco, ge­neralmente de guatambú, al que se ahueca hasta darle un sonido especial, que puede ser oído a muchos kilómetros de distancia
Pilagá. Tribu comprendida dentro de la rama lingüística guaycurú, habitantes de la región nororiental de Formosa y el oeste de Misiones.
Pimpin. Tambor ritual mataco, confeccionado con un solo tronco ahuecado y un parche de piel de anta o carpincho, que produce un sonido muy grave y poco estridente.
Pombero. Según la acepción más frecuente, derivado del tér­mino mbyá "pomberiar", que significa "espiar"o "acechar". Se asume que de allí deriva también el término bombero con que los aborígenes de la pampa húmeda definían a los guerreros que salían en avanzada a espiar los fortines y las estancias para preparar los malones.
Porá. Representa el contenido mágico de las cosas; por ex­tensión, se aplica a los duendes protectores de las cosas, como yerbatales, sembrados, lugares, etcétera.
Pyi-ragüé. Lit.: "patas velludas" o "patas de lana".
Pyratá. Lit.: "hombre indestructible"; se aplica a los grandes jefes guerreros y a aquéllos que no pueden ser afectados por la magia.
Raído. Atado de ramas con hojas, de alrededor de cien kilos, que los tareferos preparan para llevar la yerba al canchado. Rubichá. Jefe de una orevá.
Saguaypé. Sanguijuela.
Sa-guazú. Lit. "ojo grande"; de sa "ojo", "vista", y guazú, "grande".
Tapá-yuí. Combinación de raspador y cuchillo tallado en hueso de anta endurecido al fuego; se lo utilizaba princi­palmente para descarnar los cueros antes de curtirlos.
Taragüí. (Tupinambis texiguin; T. rufescens.) Lagarto llamado "overo" por su piel oscura (negra o roja) manchada de amarillo. En el campo se lo conoce también como "igua­na", aunque no pertenece a esta especie.
Tarefero. Peón encargado de la cosecha de la yerba mate y de . preparar los raídos.
Tatú. (Priodontes giganteus. ) Especie de armadillo que alcan­za hasta 1,50 m de largo, hoy prácticamente extinguido.
Tendótara. Jefe de guerreros, líder militar.
Terecó. Venero. Fuente que brota a borbotones.
Terero-piá. Flauta hecha con una caña hueca, que produ­ce un sonido muy suave y dulce, similar al de la flauta traversa.
Teyú. (Teius teyou cyanogaster.) Pequeña lagartija de lomo azul metálico, cuello anaranjado y vientre blanco, muy co­mún en el litoral mesopotámico.
Timbó. Árbol de la familia de las leguminosas, muy corpu­lento y frondoso, cuya madera utilizaban los guaraníes pa­ra hacer canoas.
Tipiog. Tapioca; harina de mandioca utilizada para hacer sopas y panes. Por extensión, los productos que se hacen con ella.
Tipoy-yeguá. Túnica, generalmene blanca o de colores cla­ros, usada por las jóvenes doncellas, como símbolo de su condición núbil.
Tovayá. (Fem. tovayá-é.) Cuñado o concuñado.
Tupá. Amo de la lluvia, el rayo y el trueno, Ser Supremo de la mitología guaraní.
Urunday. (Astronium urundaeva.) Árbol de gran porte, cuya madera dura e imputrescible se utilizaba cuando se reque­ría mucha resistencia.
Urutaú. Ave nocturna de rapiña, cuyo nombre proviene de la onomatopeya de su grito.
Utaré-payú. Lit.: "danza del conocimiento", en la que los jó­venes buscaban a su pareja para luego escapar juntos a la selva.
Yací. La Luna.
Yací-i. Lit.: "luna nueva"; se utiliza como nombre propio fe­menino.
Yací-iretá. Lit.: "el país de la Luna".
Yací-ñemoñaré. Lit.: "descendiente de la Luna". Yací-Yateré. Lit.: "hijo de la Luna".
Yaguareté. Nombre dado por los guaraníes al jaguar (Felis onIpa), un felino de gran tamaño de las áreas tropicales de América del Sur.
Yará. Véase yaryic.
Yaryic. Genio ancestral, convertido en duende tutelar de una especie.
Yataí. Especie de palmera. Por extensión, enrejado de ramas cubierto con hojas de esas palmeras, en las que se colgaba la carne para hacer charque.
Ybí-atí pané. Lit.: "Cerro de la Muerte".
Ybirá-yará. Lit.: "el dueño (o ancestro) de las flores".
Yeguacá. Joya, adorno.
Yica. Especie de tejido de fibras vegetales con el que pueden confeccio-narse bolsas, ropas o mantas.
Ysapí. Lit.: "árbol del rocío"; existen diversas opiniones sobre la especie de que se trata realmente, aunque se lo identifi­ca principal-mente con la pita o ágave (Machaerium fertile), que durante la floración segrega una espuma blanca que cae como una fina lluvia.
Y-yará. Véase Y-yaryic.
Y-yaryic. Es el Padre del Agua de los apyteré, equivalente al Y­yará de los guaraníes. Puede adoptar diversas formas, aun­que sus descripciones más comunes son en forma de fla­menco, biguá, o un enano pelirrojo de larga barba blanca. En su forma de flamenco suele acercarse a las jóvenes, a las que reduce de tamaño con sus hechizos, para raptarlas.

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Isondú y la danza de las luciérnagas

Isondú es el término guaraní que identifica el peculiar movimiento ondulatorio de las luciérnagas cuando vuelan en enjambres de cientos de individuos. También llamado "bichito de luz" o "cocuyo'; este diminuto insecto luminoso, como la mayoría de los seres vivos e inanimados, posee, en la cosmogonía litoraleña, varias leyendas que explican su origen.
La primera de estas narraciones fue recogida por Félix Ávila en la región selvática misionera que se encuentra entre los arroyos Piray-guasú y Aguapey, junto a las estribaciones occidentales de la Sierra de Misiones.

Se dice que en la región misionera mencionada, por las noches puede verse un resplandor fosforescente que se mue­ve con inusitada pereza, casi como si fuera una niebla que se desplaza al compás de un viento imperceptible para los sen­tidos. La gente, al contemplar esa indolente procesión lumi­nosa, cree estar en un país de ensueño y mágica fantasía.
Cuenta la leyenda que Isondú era un joven atlético, bueno y caritativo, que vivía en medio de un oasis de verdor, en ple­na selva misionera. Su intachable comportamiento, su gene­rosidad para con los que lo rodeaban y su natural amable y cooperativo hacía que todas las doncellas de la región se ena­moraran perdidamente de él, hasta el punto de que no desea­ban mirar a ningún otro pretendiente, pues los encontraban desabridos y antipáticos en comparación con aquel arqueti­po de belleza y de virtudes.
Sin embargo, toda aquella admiración y preferencia de­sembo-caron en una situación muy tensa, en la que los jóve­nes del pueblo comenzaron a sentirse desdeñados por las mujeres, que no tenían ojos más que para Isondú. Y, como era de prever, la reacción de los jóvenes no se hizo esperar, y llegó un día en que convocaron a una reunión para decidir qué actitud tomar para contrarrestar la atracción que las mu­jeres del pueblo sentían por el muchacho.
Y aquella misma noche luego de deliberar varias horas, llegaron a la conclusión de que la única solución posible era eliminarlo, pero decidieron hacerlo de forma que pareciera un accidente. Pero todo fue en vano; inútiles resultaron los intentos de desbarrancarlo por los cañadones de la Sierra de Misiones, espantándole el caballo o arrojándole grandes ro­cas desde las alturas de los riscos. Infructuoso fue el intento de colocar una yarará en su dormitorio para que lo mordiera mientras dormía, e igualmente estériles los hechizos y conju­ros que ensayaron contra él, pues de todos se libró merced a su prudencia, su audacia y su inteligencia.
Pero las cosas no parecían mejorar para los jóvenes del pueblo; el sentimiento de las mujeres núbiles no parecía dis­minuir ni cambiar hasta que, en una nueva reunión, los cons­piradores decidieron eliminarlo a como diera lugar, y eligie­ron el sitio más indicado para ello: la umbría y peligrosa sel­va, cuyos enemigos naturales suponían que podían ayudarlos en su cometido. Finalmente, llegó la noche del intento; las mejores cerbatanas del grupo se apostaron a los lados del ca­mino que Isondú debía recorrer y, cuando el muchacho pasó entre ellos, dispararon sus mortíferos dardos, clavándole on­ce de ellos en cada lado del cuerpo y uno más en el corazón.
Herido de muerte, Isondú cayó entre los arbustos. Los agresores se acercaron lentamente, para comprobar el éxito de su atentado, pero repentinamente comenzaron a ver que una extraordinaria transformación comenzaba a desarrollarse en el cuerpo del joven: las heridas comenzaron lentamente a ilu­minarse desde el interior, como si una luz extraña pugnara por liberarse de aquel cuerpo muerto. Once pequeños regueros de luz fluían mansamente de cada costado del cuerpo, uno por cada dardo, y uno más, rojo como un carbunclo, manaba del corazón, que había dejado de latir. Al apartarse del cadáver, los haces de luz se deshacían rápidamente en pequeños pun­tos refulgentes, y el cuerpo se empequeñecía hasta tener el ta­maño de un diminuto insecto: un alado gusanito luminoso con un rubí sobre el corazón.
Aterrados por aquel milagro inexplicable, los conjurados optaron por huir del prodigio que se desarrollaba ante sus ojos. Pero por más que huyeron, no pudieron dejar atrás el terrible remordimiento por aquella muerte inútil, que desde ese día ya no los abandonaría jamás, obligándolos a ver, no­che tras noche, hasta el fin de sus días, la brillante isondú que les recordaba su horrendo crimen y torturaba sus concien­cias sin esperanzas de remisión.

Algo más hacia el norte y el oeste de la región mencionada en la versión anterior, las luciérnagas o"bichitos de luz" son llamadas por los mok'oit (mocovíes) muá-muá, y la leyenda que explica su origen presenta características más románticas y a la vez más truculentas que la interpretación guaraní, pues representa los extremos a que puede llegar una mujer despecha­da cuando un hombre le niega sus favores.

La gente del pueblo la llamaba Boní Chuá, que en lengua mocoví significa, literalmente, "Boní, la de la papada colgan­te", rasgo característico que también su madre y la madre de su madre habían tenido que padecer, provocado por un bocio recalcitrante que ninguna de sus pócimas ni sus ungüentos podía curar. Y al igual que ellas, también Boní Chuá era odia­da y a la vez temida por sus vecinos, porque todas ellas habían dominado los tortuosos caminos de la magia negra: pociones tenebrosas para asegurar el amor y la pertenencia, métodos fatídicos para hacer sufrir y hechizos infalibles para provocar la muerte.
Una tras otra, desde muchas generaciones anteriores, las mujeres de la familia habían heredado el báculo de las hechi­ceras y habían habitado la caverna que todavía puede verse, como una fea herida abierta, rezumando pus y degradación en el costado del cerro Ybí-atí pané sobre la cuenca del Pil­comayo, en el límite entre el vecino país de Paraguay y la provincia argentina de Formosa.
Y cabe destacar que, aún hoy, la caverna sigue siendo pa­yé para los lugareños y para los indios, porque se dice que el fantasma de Boní Chuá todavía deambula por los lóbregos corredores de piedra, y sus atávicos terrores ancestrales aún perturban la razón de quien quiera penetrar en el antro.
Sea como fuere, la leyenda narra que Boní Chuá era la mujer más fea que puede recordarse dentro de la raza moco­ví. Además del bocio ya mencionado, su rostro era una con­fusa masa de arrugas, verrugas y lunares pilosos, su cuerpo deforme se levantaba desde un par de horribles piernas nu­dosas y retorcidas, y sus brazos parecían ramas de higuera secas. Cargada con este pesado sino, la bruja concurría todas las tardes a la vera del arroyo Mbocayá, donde se sentaba so­bre las piedras de la orilla, mientras su teyú azul bebía el agua de la corriente. Allí, además, escuchaba las desdichas de los vecinos: quejas de amantes abandonados, pedidos de jo­vencitas enamoradas que pretendían conquistar a su hom­bre, mujeres engañadas y personas enfermas, y recibía de ellos cuencos de abatí, mandioca, ñame y prendas de algodón tejido, a cambio de hierbas que ella recogía durante las me­dianoches de luna llena, o de las pócimas y filtros que hervía largas horas en la soledad de su cueva, mientras afuera ru­gían las tempestades.
También muchos hombres concurrían a su guarida, im­pulsados por la curiosidad o por súbitos anhelos amorosos irresistibles -las más de las veces provocados por ella mis­ma, permanecían con ella una noche o varias, según el he­chizo, y salían de allí hieráticos y cabizbajos, acosados por vaya a saberse qué pensamientos inconfesables o qué re­cuerdos perturbadores. Algunos, con la expresión de perros apaleados, contestaban abruptamente a los reproches de sus mujeres diciéndoles: "La iporá va ñandé ve, upévante la cuñá porá ('la verdadera belleza está en que la mujer sea hermosa para nuestro gusto personal')".
Otros, en cambio, se mofaban despiadadamente de la mu­jer deforme y lujuriosa, contando a diestra y siniestra sus in­timidades más desagradables, pero pronto se vio que aquélla no era la actitud más saludable posible, pues estos desgracia­dos nunca vivían lo suficiente como para festejar sus sucios chismes procaces; por lo general, pocos días después de ha­ber estado con la hechicera, algún vecino encontraba sus ca­dáveres tirados en un estero, prematura-mente corrompidos y agusanados, y con señales de haber sufrido todos los tormen­tos del infierno, o sus familiares los encontraban tiesos en sus propias hamacas, con sendos hilos de sangre verde y pu­rulenta cayendo por las comisuras de los labios. Y para aqué­llos que se comportaban en forma descomedida y se mofaban del desempeño amoroso de la bruja, o criticaban su aparien­cia en la intimidad, Boní Chuá tenía reservado un destino aún peor: vagar como muertos-vivos por sitios lóbregos y penum­brosos, infectados por el estigma del caraguatá-í, un parásito con la forma de un arbusto diminuto que invadía su rostro y sus genitales, imposibilitán-dolos para las lides amorosas. Mientras tanto la bruja, sentada en su lugar habitual a la ve­ra del arroyo, se reía de ellos, escarneciéndolos y alardeando de sus poderes para ejercer maleficios.
Hasta que, una tarde en que la hechicera se encontraba practicando su deporte predilecto de burlarse de la gente, lle­gó al arroyo un joven cazador que, en un alarde de fuerza, cargaba en sus hombros el cuerpo de un ciervo muerto, cuya sangre caía sobre él, empapándole el musculoso torso. Sin decir una palabra dejó el cadáver en la orilla y se adentró en las aguas para limpiarse, mientras los ojos de Boní Chuá lo seguían con mirada de águila, sin perder un detalle de sus movimientos.
Jamás hombre alguno había encendido de esa forma la sangre de la bruja. Cuando el joven salió del agua, después de higienizarse, lo siguió con la vista y lo vio reunirse con una mujer de belleza aniñada, sutil y etérea como si fuera una Ya­cí-ñemoñaré encarnada en una mujer. Inmediatamente ten­dió sus redes de espionaje y descubrió que se trataba del ten­dótara Karaí-vé, recientemente establecido en una maloka propia en las afueras de la aldea con su esposa, la dulce Ma­rané-í, así llamada por su belleza pura y virginal.
Los celos de la bruja se encendieron como el fuego de una fragua; casi corriendo subió a su cubil, se untó el cuerpo con una pócima de su propia factura, especie de almizcle que subyuga y somete irresistiblemente a los hombres, y se dirigió al encuentro del tendótara. Pero éste pasó a su lado sin siquie­ra verla, haciendo caso omiso del perfume que había sojuzga­do a tantos hombres. Furiosa, Boní Chuá regresó una vez más a su cueva y echó sucesivamente mano a sus más pode­rosos y terribles filtros amorosos: plumas de kauré-i, cráneos machacados de niños muertos sin enterrar, hierbas exóticas cosechadas en los más ignotos lugares, frutos que anulan la voluntad de quien los come, haciéndole olvidar a sus seres queridos. Todo lo probó la siniestra hechicera, en su afán por conquistar a Karaí-vé, hasta sobornar a los siervos del tendó­tara para que le administraran sus espantosos brebajes, mez­clados con las comidas y las bebidas
Todo fue inútil. Finalmente, la impaciente bruja, cansada de esperar resultados inútilmente, decidió tomar el toro por las astas: salió al encuentro del caudillo y le ofreció dichas incon­mensurables, enumerando uno por uno todos los placeres que podía brindarle. Karaí-vé contempló con ojos impasibles aquel cuerpo horrible que se le ofrecía tan descaradamente; repasó con la mirada el rostro arrugado y verrugoso, los dientes rotos y podridos, los pequeños ojos porcinos y la papada que le caía sobre el pecho y, con una sonora carcajada, pasó junto a ella como si no existiera.
-¡Te arrepentirás de esto! -aulló la bruja en el paroxismo de su furia. ¡Te haré sufrir tormentos que ni el mismo Añá pudo imaginar jamás! ¡Tú, tus hijos y los hijos de tus hijos padecerán bajo mi gualicho, hasta que deseen una y mil ve­ces la muerte!
Karaí-vé continuó tranquilamente su camino, ignorándo­la, y la despechada mujer se quedó allí parada, viéndolo mar­charse y repasando en su mente los más terribles sortilegios y conjuros para poder aniquilar a aquel hombre, destruyen­do su cuerpo y su espíritu hasta hacerlos desaparecer.
Pero Karaí-vé se sentía seguro de sí mismo. Boní Chuá no lo sabía, pero el tendótara poseía un itá-payé que él mismo había extraído de las cuevas erícantadas de Yutí y lo llevaba permanente-mente consigo, en una guayacá que no se aparta­ba jamás de su pecho. Es que Karaí-vé había nacido bajo condiciones celestes muy particulares, y su ava-payé le había recomendado que no se separara nunca de su itá-payé, se friccionara diariamente con grasa de taragüí y copal kaurí, y se cuidara de enterrar los recortes de uñas y cabellos y los so­brantes de sus alimentos en un lugar oculto, para que no ca­yeran en manos de los hechiceros.
Al repasar sus intentos fallidos, Boní Chuá pronto llegó a la conclusión de que se hallaba frente a un pyratá, y decidió actuar en consecuencia, para lo cual se encerró a cal y canto en su cueva a pergeñar nuevos y más terribles maleficios en contra de Karaí-vé, mientras en el interior de su alma tene­brosa se seguía gestando el odio más destructivo que mujer alguna pudo sentir jamás por un hombre.
Pero el joven, seguro de su protección contra la hechicería, descuidó un factor crucial: Marané-í, su esposa, a quien no le dijo una palabra de la bruja y menos aún el daño que la ho­rrible mujer podía causarles; lo único que hizo en ese senti­do fue exigirle que no saliera nunca sola de la maloka, y que permaneciera siempre en compañía de algún familiar o al­gún sirviente. Desafortunadamente, y como siempre sucede, aquella prohibición despertó en la muchacha una rebeldía creciente, hasta que un día dejó su casa, recorrió la picada que la llevaba hasta el arroyo Mbocayá y se sentó sobre un gran cristal de amatista, sumergiendo los pies en el agua cris­talina.
En ese instante, un sexto sentido le avisó a Boní Chuá la presencia de su odiada rival, y el fuego de su pasión desde­ñada comenzó a abrasar sus entrañas. Toda su lujuria con­tenida, atizada por lunas y lunas de solitaria reclusión en sí misma, pareció irrumpir en una sola flama de odio hacia esa niña dulce y hermosa que le arrebatara lo que ella más ansiaba en su vida.
Sin dudarlo un solo instante, la bruja se precipitó por el sendero que bajaba al arroyo y se apoderó de Marané-í, lle­vándola por la fuerza a su cueva y tapiando la entrada con una pesada roca. Luego de cerrar continuó cueva adentro arrastrando a la joven, hasta llegar a un estrecho pasaje, hú­medo y mugriento, en el que se acumulaban los residuos más heterogéneos que se puedan imaginar; dispersos por el piso lodoso podían verse restos de comida, huesos roídos, frutas podridas, raíces a medio comer y, colgadas de las pareces, con la cabeza hacia abajo, tétricas parodias humanas, fabri­cadas con trapos y trozos de carne y con el pecho traspasado por numerosas espinas, mudos testigos de pasados hechizos de muerte. Más allá, en el lado más alejado de la entrada, un montón de trapos y pieles pringosos y hediondos permitían suponer un camastro, sobre el cual se había aposentado un enorme cururú marrón rojizo, cuya garganta pulsante y su vientre hinchado parecían a punto de reventar.
La deforme bruja soltó a la joven, arrojándola al suelo de un empujón, y Marané-í quedó sentada en el piso, observan­do con horror a su alrededor. Su primer impulso fue rogar a la vieja que la dejara ir, pero una extraña premonición le ad­virtió que aquel monstruo sería seguramente más vulnerable al interés que a las súplicas, y le ofreció sus mejores tesoros; sin embargo, el odio de la arpía era mayor que su ambición y rechazó de plano todos los yeguacás que la niña le ofrecía, asegurándole que lo único que aceptaría de ella sería el amor de su hombre.
-¡Horrible vieja contrahecha y maloliente! -gritó impru­dentemente Marané-í, atizando el odio de la bruja-. ¡Jamás lograrás tener en tu sucio camastro a un hombre como Ka­raí-vé!
La muchacha había hablado sin tener en cuenta las terri­bles consecuencias que podían acarrear sus palabras, pero se sentía extrañamente satisfecha de haberlo hecho.
-Mi esposo pronto me echará de menos y vendrá a buscar­me, y entones ¡ay de ti, vieja y horripilante bruja! -exclamó la joven, segura de su marido. Pero no acababa de decirlo cuan­do un alarido agónico sacudió las paredes de la cueva y el tiempo mismo pareció detenerse, mientras el eco prolongaba indefinidamente el grito de muerte. Boní Chuá había seccio­nado de un hachazo uno de los brazos de Marané-í, tron­chándolo a la altura del hombro.
Paralizada por la sorpresa y el dolor, la joven cayó cuan larga era, mientras que la vida se escapaba a borbotones por la espantosa herida. A su lado, la bruja se acuclilló jun­to a ella y continuó golpeándola con el hacha, hasta acallar definitivamente sus gritos. No contenta con ello, dio rienda suelta a sus sanguinarios instintos, desmenuzando su cuer­po en diminutos fragmentos, dando muestras de un ensaña­miento sólo posible en una mente enferma y corrompida como la suya.
Finalmente, cuando su odio pareció satisfecho, Boní Chuá se puso lentamente de pie, espantando con su movimiento las muchas alimañas nocturnas que deambulaban y volaban por la caverna. Con el bocio agitándose sobre su pecho como un tercer seno, la bruja parecía un engendro demoníaco, es­capado de los dominios de Aña para esparcir el mal sobre la Tierra. Reunió los despojos de su infortunada víctima en un saco de tela y salió con ellos del cubil, dirigiéndose rápida­mente hacia la seguridad de la selva. La sangre corría por sus manos y empapaba sus ropas, pero la bruja, serena, como si terminara de cumplir con un deber sagrado.
Al llegar a un claro del monte, el engendro tomó el saco con ambas manos, lo abrió y esparció los restos por el suelo. En ese momento, un rayo flamígero cayó sobre los despojos v, a su conjuro, los diminutos trozos del cuerpo de Marané-í se fueron transformando en millares de puntos de luz que co­menzaron a flotar sobre los arbustos y entre las ramas de los árboles hasta que descendieron, reunidos en una niebla lumi­nosa que parecía una diminuta Ñandú-atí posada sobre el suelo de la selva.
Repentinamente, Boní Chuá pareció desmoronarse. Los puntos de luz parecían burlarse de ella, danzando en ronda a su alrededor, como burlándose de sus aspiraciones al amor de Karaí-vé. De pronto, Boní Chuá sintió miedo. Pensó en la venganza del pyratá y un terror sobrenatural pareció hacer correr un río de hielo por su espalda. En el paroxismo del ho­rror, se vio impelida por la necesidad de recoger aquellas chispas centelleantes, en un esfuerzo por hacerlas desapare­cer para siempre. Buceó en lo más profundo de su memoria, tratando de reflotar algún antiguo conjuro que la librara de aquellos fantasmas de su acto impío. Practicó el ahó-ahó, pa­ra atraerlas y dominarlas, pero las motas luminosas conti­nuaron alejándose de ella, puras e inmarcesibles en su danza rutilante.
-¡Muá-muá! -gritó, presa del pánico. ¡Muá-muá, Marané­í! -repitió, poniendo toda su desesperación en el conjuro del nombre.
Pero su voz se alzó en vano, diluyéndose inofensiva entre los troncos de las palmas, que parecían acecharla desde las sombras. Palideció al ver la silueta menguante de Yací aso­marse sobre los afilados dientes de los cerros; se le escapaba la última posibilidad de contar con la ayuda de su cómplice, la oscuridad, para destruir los vestigios de su horrendo cri­men. Aterrada por la imagen de aquellas criaturas luminosas que tapizaban la selva, corrió a refugiarse en su cubil, dejan­do para la noche siguiente la tarea de deshacerse de las prue­bas del delito.
Indiferente a su pánico, Yací se elevó serenamente sobre el monte. Acarició las anfractuosidades más remotas del valle y jugó a las escondidas con las chispas de luz, ocul­tándose entre las ramas de las palmas. Pronto su fulgor se confundió con el brillo plateado de sus compañeras de jue­go, que parecían átomos desprendidos de su propio ser. Su esencia misma se fundió con los resplandecientes corpúscu­los y, en ese momento, la madre de todo lo creado compren­dió lo que había sucedido. Aquellas formas que brillaban con luz propia no eran otra cosa que una multitudinaria re­presentación del sentimiento más sublime del hombre, cuando está alimentado por una causa pura; la manifesta­ción suprema de la continuidad de la vida: la pasión entre dos seres que se aman.
A pesar de sus largos eones de existencia, Yací experimen­tó aquella noche una nueva vivencia; si bien había sido el rencor el causante de la primera erupción, algo mucho más poderoso que el odio latía en aquellos corpúsculos lumino­sos: la fuerza creadora del amor era la que había generado aquel inextinguible fulgor a los pequeños cuerpos y ahora los guiaba hacia el infinito, como una antorcha eterna, para di­fundir los insondables designios de Tupá, el Creador.
El fulgor de la isondú, palpitante como el joven corazón que la había engendrado, simbolizaba, en forma tangible, el amor que surge y se perpetúa. La pasión, más poderosa que el odio, se hacía eterna en la danza aquellas chispas rutilan­tes que vagarían por siempre a la vista de los hombres; para siempre, sí, porque Yací misma se encargaría de disponer que un yaryic las protegiera.
A la noche siguiente, Boní Chuá salió a probar nuevos he­chizos y lo mismo hizo a la noche siguiente, y la otra y la otra, pero todo fue en vano; la reluciente isondú permanecía en el aire, rielando serenamente y recordando al mundo que un crimen jamás queda impune, por más que el criminal pueda evadir temporalmente la justicia humana.
Por eso, reza la tradición, generaciones y generaciones de niños -y a veces también de adultos- se dedican a perseguir en vano a las luciérnagas. El Muá-yaryic las protege: las libe­ra si se las aprisiona y prefiere sacrificarlas si no puede res­catarlas; señala con el brillante estigma de la luciferina las manos de quienes se atreven a destruirlas y, según la tradi­ción, precipita males inenarrables sobre sus hogares y sus se­res queridos.
Por eso la isondú simboliza el amor, el factor más impor­tante para la continuidad de la vida: de día las muá-muá se mimetizan, parecen desaparecer, pero siempre regresan a la noche siguiente o_en el próximo período estival, frágiles y en­debles, pero eternas como esa fuerza vital capaz de mover montañas, motor y brújula de todos los seres vivos.

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