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viernes, 23 de agosto de 2013

Wamba

Por aquel entonces Hispania era poco más que un lugar agreste y salvaje, donde moraban tribus dispersas de godos, vascones, montañeses, iberos y otros pueblos casi primitivos. Lejos quedaban ya los intentos de los romanos por traer a la civilización a aquellas razas de indómitos individuos. Cuando el Imperio Romano cayó en manos de los bárbaros, éstos avanzaron sobre la península itálica, sobre la antigua Galia y sobre Hispania, estableciéndose como mejor les convenía.
Durante varios siglos los reyes visigodos trataron de unificar el reino de la península ibérica, con distinta fortuna. Los monarcas solían fallecer prematuramente, bajo la influencia de venenos o puñales. Todo tipo de traiciones se perpetraban con la intención de lograr el trono de Hispania y ésta parecía sometida a una maldición: los pobladores del extremo galaico se asentaban en poblados primitivos y negaban cualquier autoridad a los reyes que se sucedían; los astures, otro tanto; los cántabros y los vascones se rebelaban; los navarros designaban su propio rey; los iberos moradores de las riberas del Ebro se ocultaban y acechaban en las montañas; los levantinos negaban la autoridad real y traficaban con los griegos; los béticos andaban por las sierras más ocupados en buscar su sustento que en las intrigas palaciegas; y en toda la meseta central, las diferentes tribus batallaban hasta la muerte por unas tierras a las que poco se les podía sacar.
Tan terrible situación se agravó mucho cuando, mediado el siglo VII, murió Recesvinto. Entonces los ánimos se enconaron, pues el rey no había nombrado sucesor y los nobles godos se lanzaron al trono como lobos. Las muertes violentas, los asesinatos, los envenena-mientos se sucedieron y los reyes no sustentaban la corona más que unos días.
Llegó a oídos del Papa esta circunstancia, lo cual le produjo un profundo dolor. Hizo llamar a cuarenta nobles godos y les pidió que le explicaran al pormenor la trágica historia de su pueblo. Los nobles admitieron que todos ellos eran pretendientes al trono y que Hispania estaba dividida y en el mayor desastre.
-Mas si el Santo Padre designa a uno de nosotros -dijeron, su orden será acatada por todos.
Pidió auxilio divino el Papa para dar con el hombre que pudiera regir los destinos de Hispania con valor y honradez, pero no acababa de decidirse por ninguno de aquellos cuarenta nobles. Una noche, el Sumo Pontífice tuvo un sueño y creyendo que aquella visión era profética, dijo a los nobles:
-Volved a vuestra patria, y buscad a un hombre llamado Wamba, que trabaja con un buey blanco y otro negro: ése será vuestro rey.
Regresaron los nobles apesadumbrados y confundidos, pues ninguno de ellos había sido elegido; pero respetaban y veneraban al Santo Padre e hicieron cumplir su mandado: al poco tiempo muchas cuadrillas de soldados salían a los caminos, preguntaban en las posadas y en la ventas, cruzaban ríos y montes interrogando a los campesinos... pero en lugar ninguno aparecía el labrador Wamba. Llegaron hasta los confines de Galicia, sortearon las cumbres de Asturias, se internaron en los bosques de Vasconia, navegaron por el Ebro, llamaron a las puertas de los castillos catalanes, cada casa de Castilla fue visitada y hasta la antigua Gades, en el sur de Hispania, llegaron los soldados... pero en lugar ninguno aparecía el labrador Wamba.
Pasados tres años, los nobles ya renunciaban a dar con el labriego y creyeron que el Santo Padre les había engañado. Pero, he aquí que en un rincón de las inmensas tierras castellanas, dos soldados que descansaban bajo una encina vieron pasar a una joven aldeana. Admiraron su belleza y observaron que se dirigía a un otero. Desde allí la oyeron gritar:
-¡Wamba, Wamba!
La mujer, con la alegría de la esposa joven, le pedía que dejase ya el arado y que volviera a casa, donde tenía la comida dispuesta.
Los soldados imaginaron que aquel hombre era el que buscaban, mas para estar seguros, esperaron. ¡Cuál no sería su sorpresa cuando lo vieron aparecer con una yunta de bueyes, uno blanco y otro negro, como había profetizado el Papa! Arrojándose a sus pies, los soldados le comunicaron la noticia: el mismísimo Papa de Roma había soñado que él sería el próximo rey de Hispania, y quisieron besarle las manos. Pero él se negó:
-No dejaré mis campos, ni abandonaré a mi esposa, ni cambiaré mi humilde vida por todos los reinos del mundo. Dejadme.
Los pobres soldados volvieron a la corte y contaron a los nobles cuanto les había sucedido. Ellos estaban convencidos de que aquel Wamba era el rey prometido y los dos bueyes confirmaban su presentimiento. Los cuarenta nobles tomaron sus caballos y se dirigieron a la casa del labriego. Allí comprobaron que Wamba era un joven discreto, justo y amable, y vieron con sus propios ojos la yunta de bueyes: uno blanco y otro negro. Le instaron amablemente a que aceptara la corona, pero Wamba prefería sus campos, el aire puro de Castilla y una vida apacible junto a su esposa, lejos de las ambiciones e intrigas cortesanas. Para evitar la insistencia de los nobles, Wamba clavó su vara en la tierra y dijo:
-Sea, amigos: cuando mi cayado florezca, entonces seré rey.
Y no acababa de decirlo cuando a la vara le nacieron yemas nuevas y unas hojitas verdes, y al cabo todo el cayado se cubrió de flores blancas y rosadas. En este asombroso suceso vieron todos que Dios mismo había nombrado a Wamba rey de Hispania y el propio labrador supo que su destino era coronarse y aceptar el trono.
Se afirma que Wamba y su esposa, la reina, fueron justos y sabios, y que gobernaron su patria con prudencia y sosiego. También se asegura que, durante el reinado de Wamba, Hispania conoció la paz y la prosperidad, y que en aquel punto comenzaron las glorias de una tierra marcada por la profecía del Papa: un buey blanco y otro negro.

Fuente: Jose Calles Vales

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Viriato


Algunos cronistas afirman que Viriato fue jefe de los españoles y que sus estados alcanzaban desde el Ebro al Tajo. Sin embargo, el amable lector debe saber que España no existía en aquellos tiempos y que la Península Ibérica se encontraba bajo el dominio romano. Los
romanos llamaban a este territorio Hispania o Iberia y habían
dividido su espacio en tres provincias, denominadas Baetica (junto
al río Betis, en el sur), Tarraconensis (en el levante) y Lusitania.
Durante siglos, y a medida que avanzaba la romanización, los antiguos fueron cambiando algunos nombres y estableciendo distintas circunscripciones, que dependían de sus asentamientos, de la ciudades, de los ríos o de las industrias en los diferentes emplazamientos.
Corría el siglo II a.C. cuando Roma trataba de someter a las tribus habitaban la estepa castellana. Para lograr la territorios peninsulares, Roma había enviado a sus grandes guerreros: Marco Pompilio. Pero las dificultades eran muchas: los romanos se encontraron con pueblos casi salvajes, asentados en las márgenes de los ríos, en las faldas de las montañas o en los bosques; su organización era muy primitiva, pero veneraban a sus caudillos y eran capaces de morir antes que someterse al imperio de los extranjeros.
Uno de aquellos jefes era Viriato. Este hombre era lusitano, junto a su tribu, vivía en un poblado junto a las riberas del Duero, acaso en los territorios que hoy se denominan Zamora o en la Sierra de Mogadouro, en Portugal. Como todos sus vecinos, Viriato se dedicaba al pastoreo y, aunque había sido elegido como jefe de su tribu, ello no impedía que trabajase en lo que sabía: cuidar cerdos en los roquedales y encinares de su territorio.
Aquel pueblo lusitano se vio forzado a entrar en guerra contra los romanos y, advirtiendo que los extranjeros estaban más pertre-chados y ordenados que ellos, Viriato organizó a su pueblo de modo singular: mandó que sus hombres se agruparan en cuadrillas y que subieran al monte. Desde allí podían observar los movimientos de las tropas imperiales y preparaban emboscadas en los pasos estrechos y en los bosques. Se comunicaban haciendo sonar los cuernos y silbando como habían aprendido de sus antepasados. El caso es que esta estrategia, que se llamó más adelante «guerra de guerrillas», produjo gran mortandad entre los soldados romanos y Marco Pompilio estaba casi decidido a abandonar la conquista de Lusitania. Por todo el imperio corrió la fama de aquel pastor llamado Viriato que tenía en jaque a las tropas de Roma.
Desde los riscos, los lusitanos acechaban el paso de los ejércitos y lanzaban grandes rocas y aceite hirviendo y enormes estopas de fuego. En los bosques, les cortaban el paso construyendo barreras con encinas o incendiaban el camino por donde los romanos iban a pasar. Cuando las tropas levantaban un campamento, los lusitanos aprovechaban la oscuridad nocturna y asesinaban a los vigías, y soltaban lobos y toros salvajes en el interior de los recintos. Todo ello traía desesperado a Marco Pompilio, que no sabía qué hacer para combatir a Viriato y sus secuaces.
El cónsul romano meditaba en su tienda cómo podría acabar con esta situación y recordó la máxima de Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno. Según aquel sabio, para derrotar al enemigo no hay nada como encizañar sus almas y procurar que unos traicionen a otros: «Divide y vencerás». No lo dudó: Marco Pompilio envió a varios mensajeros por todo el territorio, encargando que dijeran a Viriato que deseaba negociar con él y que procurarían encontrar un acuerdo para que romanos y lusitanos vivieran en paz en aquellas tierras. Supo de ello Viriato, y envió a tres camaradas suyos llamados, al parecer, Miminuro, Aulaco y Ditalco.
Estos tres pastores se presentaron ante Marco Pompilio y comenzaron las negociaciones. El cónsul, hábil y diestro en las cosas de la guerra, aturdió a los pobres lusitanos con sus palabras y con su riqueza: les mostró espadas de oro, grandes tesoros, coronas, mujeres hermosas... y les prometió que todo aquel lujo sería suyo si conseguían matar a Viriato. La avaricia hizo el resto.
Una noche, Viriato descansaba en su choza del monte. Con gran sigilo, los tres traidores entraron en el chamizo y vieron que su caudillo dormía. Entonces, actuando con la mayor infamia, lo apuñalaron y lo dejaron muerto.
Volvieron Miminuro, Aulaco y Ditalco al campamento romano y contaron al cónsul lo que habían hecho, afirmando que Viriato estaba muerto y desangrado en los montes de Lusitania. Reclamaron entonces lo prometido, pero Marco Pompilio los expulsó de su tienda diciéndoles que pidieran a Roma lo que quisieran y que él nada podía hacer por ellos.
Los asesinos escribieron una carta al Senado romano: en ella contaban al pormenor todo cuanto habían hecho por Roma, asesinando al caudillo lusitano, y que por este servicio pedían grandes tesoros, y tierras, y mujeres hermosas, tal y como el cónsul Marco Pompilio les había prometido.
Al poco llegaron noticias de Roma. Una breve nota decía:

ROMA NO PAGA A TRAIDORES.

En la ciudad de Zamora existe un monumento que representa la figura de Viriato, que señala a Roma con aspecto desafiante. Una inscripción latina recuerda sus hazañas: Viriato, terror romanorum (Viriato, terror de los romanos). En aquellas tierras se le tiene por héroe y se venera su memoria, no en vano sólo una infame traición de sus amigos pudo acabar con su vida.

Fuente: Jose Calles Vales

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¡Válgame dios!

En todas las ciudades de España hay calles con nombres extravagantes. El origen de esos nombres suele deberse a acontecimientos antiguos, ya olvidados; a los gremios de trabajadores, a monumentos o iglesias cercanos o, simplemente, a las vías que llevaban a tal o cual pueblo. Así, tenemos la calle Libreros, la calle de los Francos, la calle de Alcalá, la calle de Postas, o la calle de Santiago. Recientemente, un municipio madrileño ha decidido llamar a una de sus calles AC/DC, que no es otracosa que un aviso estampado en determinados productos de electrónica. Con el tiempo, los ciudadanos de esa población olvidarán el origen de tan extraño cartel, aunque quizá haya alguien que recuerde que, precisamente, AC/DC era el nombre un grupo de rock australiano con muchos seguidores en aquel lugar.
En Madrid, la denominación de las calles es también muy curiosa: hay calles del Molino de Viento, del Tesoro, calle Dos Amigos, calle Mediodía Grande, calle del Pez, calle de los Peligros, calle del Cenicero, calle Caños del Peral, o calle Puñonrostro. Cada uno de estos nombres tiene una razón de ser: por ejemplo, la calle del Molino de Viento hace honor a un molino que efectivamente estuvo allí hace muchísimos años y aparece pintado en los antiguos planos de Madrid, en el siglo XVII. La calle del Pez se llamó así por un pez esculpido en uno de los caserones antiguos que allí había, aunque, como señala don Ramón de Mesonero Romanos «no sabemos con qué motivo». La calle de los Peligros tenía, según el autor citado, un nombre muy propio, porque en el siglo XVIII el convento cercano había ocupado buena parte de la calzada, de modo que no podían cruzarse dos personas sin encararse. En fin, cada esquina de cada ciudad tiene su historia.
Pero el nombre más curioso de todos es el de la calle Válgame Dios, también en la capital. Está situada cerca de la plaza de Chueca, entre las castizas calles de la Libertad y Barquillo. Vale la pena recordar la historia popular que da nombre a este pasaje.

Según los cronistas, el suceso tuvo lugar en tiempos de Felipe II. Fue precisamente el confesor del rey, fray Diego de Chaves, quien impulsó la construcción de la iglesia y el convento de Santo Tomás, donde los religiosos dominicos vivían en la mayor austeridad. De este lugar partían las comitivas de los autos de fe, «con los pendones y cruces del Santo Oficio».
Por entonces guardaba la puerta un novicio muy particular: era uno de aquellos bandidos que habían sido condenados a la horca y que, por intercesión de los monjes, se había salvado de la pena capital. Como agradecimiento y muestra de arrepentimiento, aquel individuo había decidido reformarse y entrar al servicio de los dominicos, siempre con la intención de hacerse ordenar cuando el prior lo consi­derase oportuno. Era, en realidad, un hombretón fuerte y decidido al que todos los monjes llamaban «Padre Tornero», con sorna, pues aún no había hecho los votos.
Estaba, pues, el Padre Tornero enfrascado en las aventuras de David y Goliat cuando oyó que alguien golpeaba en la puerta del convento. Ciertamente era una noche horrorosa de frío y viento y el portero no acertaba a saber quién podría llamar a esas horas. Miró por la reja y pudo ver a dos embozados que, indagando a un lado y a otro con gesto desconfiado, golpearon de nuevo la aldaba.
-No son horas éstas de venir a tocar el cencerro -dijo el Padre Tornero, sin tener en cuenta que había olvidado el Ave María Purísima preceptivo..., así que id con Dios y hasta mañana.
Los dos embozados parecieron molestos con esa respuesta y volvieron a tocar en la puerta.
-¡Ea! -dijo el Padre Tornero. ¿Tendré que salir a zurraros la badana?
-Es cosa sagrada, padre -se oyó tras la puerta. Una mujer que va a morir necesita confesión.
Se le ablandó el corazón al Padre Tornero y, a pesar de la mala catadura de los dos embozados, fue a buscar al prior, contándole de paso lo que sucedía. El prior, que estaba entre los hombres más buenos de aquellos tiempos, no dudó en vestirse y tomando su capa de noche quiso acompañar a la moribunda en su último viaje.
El Padre Tornero no se fiaba de los dos individuos que esperaban a la puerta y, fiel a sus antiguas costumbres, cogió su puñal y siguió al prior.
Subiendo la calle Atocha pasaron por Carretas y cruzaron por la Puerta de Sol, donde aún había algunos maleantes escondidos. Durante mucho tiempo estuvieron caminando y yendo de acá para allá, entre callejuelas estrechas, a la intemperie y a la vista de nadie. Cuando los embozados se creyeron seguros, se echaron sobre sus acompañantes y, con unas cuerdas que llevaban, trataron de apresarlos. Pero no contaban con la fuerza y la destreza del Padre Tornero: allí mismo, el aprendiz de fraile sacó su daga y peleó como un bravo. Uno de los embozados desenvainó una espada, pero eso no amedrentó a nuestro héroe: se entabló una lucha mortal en la que la suerte estaba indecisa.
El otro embozado arrastró al prior hasta una casa ruinosa y, aprovechando que los otros dos estaban enzarzados, se lo llevó atado y con los ojos cubiertos. Llegaron el prior y su guardián a una casa desvencijada y maltrecha; bajaron unas profundas escaleras y allí el embozado se descubrió: parecía un caballero de alta alcurnia, pero el monje no lo conocía. El caballero desató al prior y le quitó la venda de los ojos: entonces se pudo ver a una joven arrodillada que lloraba amargamente y con una pena que rompía el corazón. Pero más que por ella, parecía derramar lágrimas por el pequeñuelo que tenía en sus brazos y que dormía ajeno a la tragedia que se le preparaba.
-¡Confiésala! -gritó el caballero. ¡Confiésala porque va a morir! ¡Y bautiza al niño si quieres, porque él también morirá!
El prior cruzó sus manos en señal de oración y dijo con voz trémula:
-Dios no consentirá que se cometa este crimen.
Irritado y furioso, el caballero derribó con su espada cuanto había alrededor provocando el llanto del niño... Volaron los vasos y las mesas, las sillas cayeron rotas en mil pedazos y aun los candiles cayeron al suelo...
-¡Nada me importa! -gritó. Si no quieres confesarla, no la confieses: tú también morirás.
Aterrorizado ante la infame arrogancia de aquel hombre, el prior mantuvo su ánimo sereno y aceptó confesar a la mujer y bautizar al niño. Impartía los santos sacramentos el prior con una gran congoja en el pecho, y más porque veía el dolor de aquella mujer, que a cada momento suplicaba: «¡Válgame Dios! ¡Válgame Dios!».
El prior concluyó su penosa tarea, y pudo descubrir en el caballero una ira mortal en sus ojos, arrebatados de furia y locura. Vino hacia la mujer y su hijo, y levantó su espada con intención de ensartar a ambos de un golpe mortal... Mas en ese instante cayó sobre él la poderosa figura del Padre Tornero, el cual, de un certero viaje, le partió el corazón en dos y quedó muerto sin remedio.
En aquel mismo lugar se arrodillaron todos y dieron gracias a Dios por haber escuchado las súplicas de la mujer. Después, fue llevada a un lugar seguro pero, antes de despedirse del prior y del Padre Tornero, aquella joven quiso confesarse. De modo que sólo el prior supo las circunstancias de aquel caso y nadie más conoció nunca por qué aquel caballero quiso matar a la madre y a su hijo.
De vuelta al convento, con las primeras luces del alba, el Padre Tornero insistía en querer averiguar lo profundo de aquel caso, pero el prior le contestaba que las cosas de confesión quedan entre Dios y el penitente, y que no se han de saber jamás.
-¡Vaya, don prior! -exclamaba el novicio grandullón. Sea como fuere, dos malandrines menos: al uno lo degollé y quedó sangrando como un marrano, y al otro...
-Repórtate, mozo -replicó el prior, o nunca serás monje.

Fuente: Jose Calles Vales

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Ultreia. El camino de santiago

Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos:
Santiago, el de Zebedeo, y su hermano Juan,
que remendaban sus redes en la barca.
MATEO, 4, 21

Santiago, hijo de Zebedeo y de María Salomé, era pescador, como su hermano Juan. Santiago, llamado el Mayor, fue discípulo de Jesucristo y fue, junto a Pedro y Juan, uno de los tres elegidos para presenciar la trans-figuración del Señor, junto a Moisés y Elías. Fue también Santiago, junto a Pedro y Juan, el que conoció el milagro de la resurrección de la hija de Jairo. Y fue Santiago el mismo que le pidió a Jesucristo que, llegado el día de su gloria, lo sentara a la derecha suya y a Juan, su hermano, lo sentara a la izquierda. A lo que Jesús contestó: «No sabéis lo que pedís. ¿Acaso sois capaces de beber el cáliz que yo voy a beber o de ser bautizados con el bautismo que yo voy a recibir?». También Santiago estuvo cerca de su Maestro en el Monte de los Olivos y pudo escuchar, junto a Pedro y Juan, las terribles angustias de Jesucristo: «Mi alma siente tristezas de muerte; quedaos aquí y velad». Y, finalmente, recibió la orden de predicar por todo el mundo la Buena Nueva: le correspondió a Santiago el extremo occidental, esto es, Hispania.
A juzgar por los relatos que han llegado hasta nuestros días, Santiago no tuvo mucha suerte en su predicación: las malas lenguas aseguran que en Zaragoza sólo logró ocho adeptos, y éste fue el lugar donde más discípulos consiguió. Se sabe de cierto que Atanasio y Teodoro estuvieron con él y siguieron sus pasos en la tarea de evangelizar las salvajes tierras hispanas. Tras unos años de infructuosa labor, Santiago regresó a su tierra y allí sufrió el martirio correspondiente. Tal y como se dice en los Hechos de los Apóstoles, fue muerto a espada por orden de Herodes Agripa. Sus amigos tomaron el cuerpo y la cabeza (pues la ejecución los había separado) del apóstol y los colocaron en una barca, echándola al mar sin rumbo fijo. Milagrosamente, la pequeña embarcación llegó en pocos días a las costas de Galicia, cerca del pueblo que hoy se llama Padrón.
Por aquella época gobernaba la comarca una mujer fiera y salvaje, a la que sus súbditos llamaban la reina Lupa, o Loba, famosa por las carnicerías que perpetraba contra los pueblos colindantes. Los pocos cristianos que allí moraban reconocieron al instante el cuerpo de Santiago y quisieron darle un enterramiento digno. Pidieron ayuda a la reina Lupa para trasladar la barca a tierra, pero la salvaje gobernanta no tuvo más idea que la de entregarles dos toros bravos ayuntados en una carreta. A fuerza de milagros consiguieron los cristianos convertir aquellos toros en bueyes, lo cual espantó de tal modo a la reina Lupa que se convirtió a la nueva religión e hizo erigir un templo en honor del Apóstol Santiago. Los cristianos dejaron que los toros-bueyes hicieran el camino como mejor les pareciera, y allí donde se detuvo la pareja de animales, allí construyeron un sarcófago y enterraron el cadáver de su maestro.
Casi ochocientos años más tarde, un piadoso ermitaño llamado Pelagio se hallaba recogiendo hierbas en el bosque llamado de Libredón, cuando un prodigioso resplandor le obligó a detenerse. Fue la curiosidad lo que hizo que Pelagio se acercara con temor a aquel lugar y descubriera que el fulgor milagroso partía de una pobre tumba. Y no tardó en conocer que aquel sepulcro no era otro que el de Santiago Apóstol. El campo de la estrella (campus stellae) fue con el discurrir de los años Compostela y sobre aquel lugar se edificó un templo y a su alrededor fueron acumulándose las casas hasta convertirse en lo que es en la actualidad: Santiago de Compostela.

Esta es, en términos generales, la historia legendaria que suele narrarse para informar a los peregrinos sobre los orígenes de la capital de Galicia. Otras versiones aseguran que fue el obispo de Iria Flavia quien descubrió el lugar del enterramiento y los franceses juraron durante muchos años que tal hallazgo le había correspondido  Carlomagno, y que éste supo del lugar exacto por una aparición de Santiago, el cual le instaba a seguir el Camino de las Estrellas hasta dar con el sepulcro del Apóstol.
Lo que hay de cierto en esta historia es la inmediata difusión de la noticia: en pocos años toda Europa sabía que en el extremo occidental de Hispania se había descubierto el sepulcro de Santiago, el hijo de Zebedeo, y apóstol de Jesucristo. Fue Alfonso II, llamado el Casto, quien erigió en aquel lugar el primer templo románico, cuyas huellas se conservan aún en los cimientos de la catedral de Santiago y pueden visitarse.
Desde tiempos muy tempranos comenzaron las peregri­naciones: los romeros iban a Roma, los palmeros a Tierra Santa, pero sólo eran peregrinos los que dedicaban buenos años de su vida a recorrer el duro camino hasta Compostela. Muchos son los personajes que hicieron el Camino, guiados por las estrellas de la Vía Láctea: Luis VII de Francia, Eduardo I de Inglaterra, Carlos V, Felipe II y otros menos conocidos, como el alquimista Nicolás Flamel, del que tanto habla Victor Hugo. Pero de todos los peregrinos, el más famoso es Aymeric Picaud, autor del Codex Calixtinus, donde explica al por menor todas las circunstancias del Camino y define con precisión la ruta que ha de seguirse para llegar a Compostela.
El Codex Calixtinus recibe su nombre del papa Calixto II, el cual ordenó a su canciller, Aymeric Picaud, que redactara un libro de devoción de Santiago. De tal encargo nació, a mediados del siglo XII, el Liber Sancti lacobi, que incluye el Libro de las peregrinaciones, o más propiamente Liber Peregrinationis, que es, de hecho, una guía para los devotos que hacían el Camino de Santiago desde Cluny, en Francia, o desde otros lugares de Europa. Los caminos venían a encontrarse en Puente la Reina, en Navarra. Unos peregrinos venían por Jaca y otros, por Roncesvalles. Este es el llamado Camino Francés. Después, cada cual continuaba el camino como Dios y el Apóstol les daba a entender. Los símbolos de la peregrinación antigua eran la concha o vieira, que aparece en muchos lugares del Camino a modo de guía; el bordón, o cayado, con el cual los caminantes se ayudaban en tan largo viaje; y la calabaza, sustituida en tiempos modernos por la cantimplora. Así, con gran dificultad, se sigue el viaje por Estella, Logroño, Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Burgos, Frómista, Carrión de los Condes, León, Astorga, Rabanal del Camino, Ponferrada, Villafranca del Bierzo, O Cebreiro, Triacastela, Barbaledo, Melide y Santiago de Compostela.
Todos estos lugares, plenos de resonancias históricas y espirituales, puede conocerlos quien decida seguir el Camino de las Estrellas, y más de una vez oirá el saludo de ánimo de los peregrinos: «¡Ultreiai», que viene a decir: «¡Ánimo! ¡Sigue más adelante!»

Fuente: Jose Calles Vales

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Sayavedra

Río Verde, río Verde,
más negro vas que la tinta.
ROMANCERO

Antes de que el lector pase adelante ha de conocer algunas circunstancias referidas al caso que se va a narrar. La leyenda dice que el caballero sevillano Juan de Sayavedra (o Saavedra) participó en las revueltas de las Alpujarras, cuando los moriscos pretendieron, a principios del siglo XVI, recuperar la tierra granadina. En parte la rebelión de las Alpujarras era un recuerdo nostálgico pero, sobre todo, era el deseo de librarse de la opresión política, religiosa y social de los cristianos que, en 1492, habían cumplido la conquista de la Península. En aquellas revueltas participaron hombres de gran valía, como don Alonso de Aguilar (hermano del Gran Capitán) y algunos, como el citado, murieron en una emboscada famosa, cerca del río Verde del que habla el romancero. La leyenda también supone que este Sayavedra salvó la vida en aquella ocasión y que murió por defender su fe.
En realidad, existen varias fuentes distintas que se han mezclado, propiciando la confusión reinante acerca de don Juan de Sayavedra. Según los historiadores, este caballero no vivió lo suficiente como para ver la toma de Granada. Era, según todos los indicios, cortesano del rey Juan II y amigo de don Diego González de Ribera. Fue hecho preso en los alrededores de Cártama y los moros le dieron abundante suplicio. Sin embargo, don Juan de Sayavedra no murió en aquella ocasión y la Historia lo descubre años más tarde, hacia 1456, en la conquista de Jimena de la Frontera. Por tanto, nuestro personaje vivió en plena reconquista y no cuarenta años después, cuando Granada pasó a manos cristianas.
Estas precisiones históricas y otras de gran valía pueden encontrarse en el Romancero publicado por Crítica (Barcelona, 1994), al cuidado de Paloma Díaz-Mas.

Las aguas del río Verde bajaban negras de sangre. En las laderas de Cártama los cuerpos yacían sin vida, con heridas mortales en el pecho y en el rostro. Los escudos enfangados, las adargas quebradas, los yelmos hendidos... Los héroes de antaño habían perecido en la traicionera emboscada de los moros. Por un lado y otros se oían los lamentos de los cristianos, que pedían a Dios por su alma y dejaban escapar la vida entre horribles gemidos.
El joven Urdiales, valiente y esforzado, estaba tendido en el barro: su cabeza bajo las aguas y el cuerpo en la orilla. Aún podía verse la cimitarra que atravesaba su corazón de parte a parte y que lo desangraba sin remedio. Ni su amo, que tanto lo quería, pudo salvarle la vida. De lejos pudo verlo don Juan de Sayavedra, y mientras huía sorteando los cadáveres a su paso, decía: «Oh, mi yerno amado, ¿cómo consolaré a mi hija? ¿Qué le diré?».
Don Juan ha podido escapar y se ha ocultado entre unas jaras. Más lamentaba la pérdida de tanto buen caballero, que la herida del brazo que lo atormentaba. Allí pudo recostarse y descansar, pero la triste muerte de sus amigos le llenaba el pecho de angustias y congojas. Tres días estuvo llorando, sin comer ni beber, y aún pensaba en la vergüenza de presentarse ante el rey y darle la noticia de aquella matanza. «¿Y tú, cómo es que vives?», estas palabras le diría.
Hambriento y herido, don Juan salió al fin a los caminos y pidió a unos pastores que le diesen un mendrugo de pan. Pero, a lo lejos, unos sarracenos que hacían guardia en la loma lo descubrieron y enseguida supieron que se trataba de Sayavedra. Grandes alaridos daban y aguijonearon a sus caballos para apresar al desgraciado huido. Los pastores, que eran cristianos, quisieron esconder a don Juan y librarlo de las garras de los infieles, pero Sayavedra les detuvo y les dijo: «Mejor ha de ser así: mejor morir que volver avergonzado».
Dejó que los moros le pusieran cadenas, le escupieran en el rostro y lo azotaran con los látigos. Fue llevado a Marbella, y puesto en prisión donde los rayos del sol no entraban jamás. Pan negro y agua sucia le daban, mas él nada quería comer de los moros y pasaba las horas pidiendo a Dios que lo llevase consigo.
Al cabo de tres días, llevaron al preso ante el rey moro. ¡Para qué relatar el lujo y la riqueza que se veía en aquel palacio! Tanta era la ostentación del monarca, que la miseria del prisionero hubiera inspirado lástima a cualquiera. El rey ordenó que el caballero cristiano se arrodillara, pero don Juan advirtió que se ahorcaría con las cadenas que llevaba antes que postrarse a los pies de un infame sarraceno. El rey se recostó en su diván, sonrió y le dijo:
-No temáis buen caballero. Y ahora, decidme: si vos me tuvieseis preso en Castilla, ¿cómo me honraríais?
-Os lo diré -contestó don Juan: si abjuráseis de Alá, os mantendría vivo y os colmaría de honores. Pero si no lo hicieseis, os cortaría la cabeza con mi propia espada.
El rey sonrió con una mueca de venganza y ordenó que lo volviesen a prisión. Allí estuvo otros siete días don Juan de Sayavedra. La melancolía le mordía las entrañas y las ratas, los calcañares. Encadenado como una bestia, su pelo se tornó blanco y en el rostro las arrugas hicieron surcos de vergüenza y desgracia. Al cabo, el rey le mandó llamar de nuevo. El prisionero parecía haber envejecido treinta años y el moro sintió alguna compasión por él.
-Por Alá, don Juan: si renunciáis a vuestro Dios, os entregaré siete ciudades, las más hermosas de Al-Andalus, y pondré a vuestro servicio siete castillos. Siete mil soldados os harán servicio y setenta hermosas mujeres os darán placer. Renunciad a vuestro Dios y tendréis todo cuanto podáis imaginar.
-No renegaré de mi Dios -respondió el cristiano.
De inmediato el rey se levantó de su diván, bajó los escalones que lo separaban del prisionero y lo miró con ojos de fuego.
-Lo que vos haríais, hágolo yo.
Y sacando su cimitarra, le cortó la cabeza.

Fuente: Jose Calles Vales

0.003.3 anonimo (españa) - 018

Santo domingo de la calzada y la gallina que cantó después de asada

Santo Domingo no tiene en la actualidad mucho predicamento, pero en tiempos remotos fue uno de los santos más venerados y queridos. La lista de milagros que se deben a su intercesión son innumerables y a partir del siglo XI su nombre aparece en muchos lugares, relacionado con sucesos prodigiosos.
Al parecer, Santo Domingo era natural de Viloria, en la actual provincia de Burgos, y su oficio era el de pastor de ovejas. La inspiración divina le llegó en plena juventud y pidió que se le admitiera en el monasterio de San Millán, pero su petición le fue denegada. También intentó que se le acogiera en el de Valvanera, pero también allí le dijeron que no. Estos desplantes le obligaron a convertirse en ermitaño y durante muchos años vivió alejado del mundo en los bosques del río Oja. Por aquellos años había gran afluencia de peregrinos: unos venían de Francia y Alemania, y otros eran aragoneses, navarros o catalanes. Las tremendas penalidades que sufrían los viajeros llenaban de lástima el corazón del ermitaño y decidió dedicar su vida a curar y cuidar a los devotos del Apóstol Santiago. Se dice que él solo, sin más ayuda, taló bosques y desbrozó senderos, de modo que los viajeros pudieran pasar de Nájera a Redecilla con más comodidad. También, según los habitantes de la zona, Domingo hizo levantar hospitales e iglesias donde los peregrinos podrían descansar en su lento periplo hasta Compostela.
Durante los noventa años que Santo Domingo estuvo en este valle de lágrimas, no hizo más que buenas obras y en todo su conducta fue irreprochable. Sus milagros, como se ha dicho, se cuentan por cientos. Se dice que con motivo de la construcción del puente sobre el río Oja, el Santo cortó con su mano dos encinas muy gruesas, con las que se pudieron fabricar los andamios necesarios. En cierta ocasión resucitó a un operario que había muerto bajo las ruedas de un carro; y también se añade una historia muy semejante a la de la reina Lupa en Galicia: dicen los libros que un señor de la comarca quiso burlarse de su buena fe y que le regaló dos toros bravos para que los ayuntase en un carro de labor. Santo Domingo amansó a las dos fieras y los toros fueron amarrados al yugo de muy buena gana, y sirvieron para los trabajos que el Santo llevaba a cabo en aquellas tierras. Al Santo se le tiene también por protector de los cautivos y encarcelados y se asegura que bajo su influjo han quedado libres muchos presos que solicitaron su auxilio.
Santo Domingo murió, según las cuentas, en el año 1109 y fue enterrado en una antigua iglesia donde los peregrinos descansaban y oraban. Sobre esa misma iglesia se construyó después la actual catedral de Santo Domingo de la Calzada y en sus alrededores fueron acomodándose familias hasta convertirse aquel lugar en la hermosa ciudad que es hoy. Se denomina la Compostela riojana, porque es uno de los emplazamientos más importantes de la ruta jacobea.
El milagro más popular de todos los realizados por Santo Domingo es el de las gallinas asadas y, según los cronistas, tuvo lugar el 3 de octubre del año 1400 (aunque esto es mucho afinar), La historia es como sigue: se dice que por aquellas fechas llegó a Santo Domingo de la Calzada un peregrino llamado Hugonell, hijo de una de las familias más piadosas de Colonia, en Alemania. Se alojó este joven en la posada y quiso descansar porque al día siguiente emprendería de nuevo su viaje hacia Burgos, León y Villafranca, hasta llegar a Compostela. El caso es que la moza de la posada se encaprichó del forastero y lo requirió de amores, pero el peregrino se negó una y otra vez y no quiso yacer con ella ni prodigarle sus caricias. Enojada y despechada, la moza cogió una copa de plata y la ocultó en el zurrón de Hugonell; después se fue a casa del corregidor y acusó al alemán de haber robado la vajilla de la posada.
Ya salía del pueblo Hugonell cuando varios corchetes le salieron al paso y, registrando su zurrón, descubrieron en él la copa de plata. De nada valieron las excusas del joven peregrino: fue encarcelado y le dieron suplicio durante siete días. Al cabo, el corregidor mandó que se le ahorcara en la plaza.
Los padres de Hugonell habían venido desde Alemania por ver si podían evitar tan duro castigo, pues creían a su hijo inocente. Pero el corregidor no les recibió ni quiso saber nada del asunto. De modo que, llegada la hora del ajusticiamiento, el verdugo tiró de la cuerda y Hugonell quedó suspendido en el aire. Obró entonces el milagro Santo Domingo y sostuvo al condenado por los pies, evitando su muerte. Los vecinos estaban asombrados y los padres del reo, aún más.
A grandes zancadas se dirigieron todos a casa del corregidor, que en aquellos momentos se disponía a cenar. «Vea el señor corregidor, vea», le dijeron los padres del muchacho. «Nuestro hijo es inocente y el mismo Santo ha impedido que muera: vivo está en la horca.» El corregidor soltó una gran carcajada y se burló de los piadosos alemanes:
-Sí, sí. Vuestro hijo está tan vivo como la gallina asada que me voy a zampar...
Y en ese instante, a la gallina que estaba en la bandeja comenzaron a salirle plumas y comenzó a cacarear y a cantar con gran alegría. Y se asegura que incluso puso un huevo en una copa. Y por esta razón se dice: Santo Domingo de la Calzada, donde cantó la gallina después de asada.
En el mausoleo de la catedral de Santo Domingo puede contem­plarse una figura del Santo con una gallina a cada lado; y en el muro junto al sepulcro se observa un gallinero labrado en piedra, con pinturas de gallinas a izquierda y derecha. El viajero podrá ver en este lugar un gallo y una gallina vivos, que recuerdan el famoso milagro que se acaba de relatar.
No obstante, otras versiones remontan el milagro a tiempos muy anteriores: los tiempos de la Reconquista. Se afirma que en aquella época los moros habían apresado a un caballero muy piadoso y que se le había encerrado en la carcel con mil cadenas. El caballero cristiano rogó a Santo Domingo, como patrón de los prisioneros que era, y le pidió encarecidamente que lo libertara. Tantas voces dio y tantas súplicas profirió que los guardianes moros acabaron por creer que el Santo vendría y desataría al cristiano. Un vigilante atemorizado se fue a su capitán, que en ese momento se disponía a comer un gallo asado, y le dijo: «Señor, el prisionero está pidiendo a Santo Domingo que lo libere; y lo hace con tanto fervor que por fuerza el Santo ha de venir y acabará salvándolo». El capitán moro tuvo mucho gusto en esta ocurrencia y se divirtió con grandes risotadas: «Por fuerza ha de ser como dices, ja, ja, ja... Pero más fácil es que este gallo que tengo delante comience a cantar, que el prisionero pueda librarse de mis cadenas». Mas en ese preciso instante el gallo cobró vida, le nacieron plumas y comenzó a cantar con gran alegría. Todos quedaron sobrecogidos y aterrorizados, pero el espanto llegó a locura cuando vieron que las puertas de la prisión estaban abiertas y las cadenas, rotas en el suelo. Los eruditos afirman que el capitán y sus soldados se convirtieron al cristianismo y que entraron a servir en un monasterio cercano, pero esta última circunstancia no está probada.

Fuente: Jose Calles Vales

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Rosina y la cabaña de la condenada

Aún los clérigos y los trovadores no recogían en sus relaciones las gestas de los caballeros cuando sucedió lo que a continuación se relata. Corrían los siglos oscuros: la Península se hallaba sometida al imperio de los musulmanes y Asturias no era más que un pequeño reino, dividido en minúsculos territorios dominados por señores feudales que apenas cumplían las órdenes del monarca, quienquiera que éste fuese. Los verdes prados de Asturias, sus aldeas y sus ganados se veían libres del fuego sarraceno sólo porque las altas cumbres que los separaban de León y de Castilla infundían temor a los hijos de Alá.
Uno de aquellos señores asturianos que decimos vivía apaciblemente en su castillo, situado en lo alto de un cerro. Esta fortaleza, llamada por los lugareños El Invencible, se encontraba muy cerca de las terribles agujas de la montaña que hoy se llama Peña Ubiña, y desde sus almenas podían distinguirse bien las cabañas de pastores que, con el tiempo, formaron la aldea de La Cortina.
Pues bien, en este castillo moraba su dueño, un joven apuesto y galante, de buen corazón, llamado Ramiro. A pesar de su juventud, Ramiro ya había demostrado su valentía cuando fue reclamado para luchar contra moros, más allá de las montañas, en los páramos de León. Rico, honrado por sus súbditos y afortunado en todo, a Ramiro no le quedaba más que una pena: era ésta no haber encontrado dama que le satisfaciera ni en belleza ni en talante. Durante algunos meses se tuvo por triste y desgraciado, pero las ocupaciones caballerescas le trajeron de nuevo al buen sentido y olvidóse del asunto.
Una apacible tarde primaveral, de ésas que de tanto en tanto pueden disfrutarse en la montaña asturiana, estaba Ramiro cazando y se llegó a una fuente en la que refrescarse y descansar. En aquel mismo lugar estaba Rosina con su cántaro y la mirada de ambos descubrió que los dos jóvenes se habían enamorado perdidamente. No importó a Ramiro que la muchacha fuese una aldeana pobre y sin nombre: bastábale que era hermosa y que sus palabras demostraban cuán buen corazón albergaba en su tierno pecho.
A pesar de los consejos y reconvenciones de familiares y amigos, Ramiro la tomó por esposa y en todo el valle se celebró con gran júbilo el desposorio del caballero y la aldeana. Tampoco tardaron en correr las buenas noticias: Rosina esperaba un hijo al que, si era varón, darían por nombre Ramiro y heredaría el castillo llamado El Invencible.
Para desgracia de los jóvenes esposos, las luchas contra el musulmán se tornaban cada vez más intensas y encarnizadas en tierras de León, y Ramiro fue solicitado. Se le apremiaba para que reuniera a sus huestes y tomara el camino más corto hasta Astorga y de allí pasara a León, donde los sarracenos amenazaban con pasar a sangre y fuego a toda la población.
A pesar de la amargura que suponía tan triste separación, Ramiro no lo dudó y partió a la guerra. Rosina quedóse llorando con su hijo recién nacido, mas en la confianza de que muy pronto verían regresar a su esposo, colmado de honores, y vivirían para siempre en la más completa felicidad.
Ramiro, como no podía ser menos, mostró en la guerra un valor sin igual y, a pesar de los duros lances que tuvo que sufrir, su coraje no desmentía la fama que en anteriores gestas había logrado. Luchó, hirió y tajó con bravura y a nadie se le escapaba que Ramiro era el más valiente caballero de cuantos en aquellas batallas participaron. Con motivo de un desigual combate, Ramiro salvó la vida a un joven castellano y, aun a riesgo de su vida, se lo arrebató a los musulmanes que querían hacer en él un escarnio vandálico. Tenía el castellano la vida pendiente de un hilo, pero los cuidados de Ramiro consiguieron volverle a este mundo, por lo cual el joven le aseguró un agradecimiento en lo que le restara de existencia. La convalecencia fue larga, mas Ramiro volvía cada tarde a la tienda de Gonzalo, que así se llamaba el castellano, y se interesaba vivamente por la curación de las profundas heridas.
-No estás, amigo Gonzalo, para lidiar. Te encomiendo que vayas a mi castillo, más allá de las montañas, y entregues a mi esposa esta carta, para que sepa que ni mi valor ni mi amor desfallecen.
Gonzalo, aunque con protestas, admitió que su débil estado no era propio para estar en campaña y tomó el camino de Asturias.
Llegó el castellano al castillo y allí fue bien recibido por Rosina, que estrechó entre sus manos la amorosa carta de su esposo. No pudo la esposa de Ramiro otorgar más honores a Gonzalo, ni cuidar con más esmero sus profundas heridas. Para todo se hallaba dispuesta, con tal de halagar al amigo de su esposo.
El diablo, que no descansa, quiso empecinar el corazón de Gonzalo y la continua presencia de Rosina inflamó su pecho de amor. Poco a poco el castellano fue adornando sus palabras con flores y versos: cortejaba a la hermosa Rosina sin recato, y olvidaba a cada paso el favor que Ramiro le hiciera. Sanadas las heridas, Gonzalo insistió en sus demandas pero Rosina lo rechazó con firmeza y aseguraba que, si no fuera porque Ramiro le había encarecido en su carta que agasajara a su amigo como si de él propio se tratase, ya lo habría despedido del castillo.
Muy mal le supo a Gonzalo este desaire y, loco de amor, pergeñó una audaz trampa con el fin de lograr sus infames propósitos:
-Nada quise decirte de tu esposo, Rosina, por no darte pesar. Mas has de saber que Ramiro fue muerto por los moros al día siguiente de despedirme de él y de haberme entregado aquella carta.
Durante muchos días se oyeron en el valle los lamentos de Rosina: desesperada y con el corazón roto, vagaba de acá para allá lamentando la triste suerte de su vida. Hizo colgar pendones negros de las almenas del castillo y ordenó misas en la capilla, y ella misma se vistió de luto durante mucho tiempo.
Al cabo, las amables palabras del castellano Gonzalo devolvieron la serenidad a Rosina y, con el tiempo, el consuelo se tornó en amistad y la amistad en amor. Gonzalo vio así coronada su suerte y logrado su empeño. No tardó en convencer a Rosina para que lo tomara por esposo y señor del castillo: una nueva boda en El Invencible llenó de gozo a los aldeanos del valle, pues todos habían creído con fe ciega que su verdadero señor, don Ramiro, había muerto en las murallas de León. Grandes fueron los festejos: los pastores subieron al patio del castillo los mejores corderos y los terneros lechales; se amasó pan reciente, se cortaron quesos y se llenaron hasta cien tinajas de vino; también los dulces y pasteles brillaban sobre los paños blancos. Las gaitas y los tamboriles mostraban la alegría de las bodas, y todos esperaban ver salir a don Gonzalo y a Rosina de la capilla, convertidos en felices esposos...
Cierto temor invadió a los festivos lugareños cuando vieron llegar a un caballero solitario, vestido de negro y con el yelmo calado. El caballero se plantó en el centro del patio y allí esperó por ver qué sucedía. Al cabo, salieron de la iglesia Gonzalo y Rosina, tomados del brazo. El nuevo esposo no pudo menos que mostrar su desagrado:
-¿Quién es ese hombre que no se descubre ante los señores del castillo?
No tardó el caballero en mostrarse como debía: era el mismísimo Ramiro, cuyo rostro reflejaba la ira del hombre traicionado por quien se decía su amigo. Desmontó de su corcel y con una fiera estocada partió en dos el corazón del infame usurpador.
Rosina, envuelta en lágrimas, se postró ante Ramiro y pidió humildemente perdón por no haber confiado en el valor y en el amor de su verdadero y único esposo. Pero Ramiro no dijo una palabra, despidió a todos los aldeanos y se encerró en sus aposentos.
El musgo y la hiedra fueron cubriendo las almenas del castillo y se asegura que Ramiro no volvió jamás a abandonarlo, que no se le volvió a ver, como solía, yendo a cazar o a entablar amenas disputas con sus vecinos. No quiso saber nada del mundo y se sepultó en vida en el interior de El Invencible. Rosina, por su parte, abandonó la fortaleza y volvió a su triste cabaña en la vega, no muy lejos del castillo, desde donde podía ver, en alguna ocasión, a su hijo.
Dicen las gentes del lugar que el vástago de don Ramiro y Rosina enfermó a la edad de diez años y que, al poco, murió. Nada se supo entonces de sus padres, pero se asegura que Ramiro no tardó en fallecer de pena y que Rosina abandonó aquellos lugares para profesar en un convento. Los restos de la choza en la que pasó sus tristes días Rosina, al pie del castillo, se llaman la Cabaña de la Condenada y, hasta hace bien poco, podían verse en lo profundo del bosque.

Fuente: Jose Calles Vales

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