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viernes, 11 de enero de 2013

La promesa del vikingo

En la isla que hoy se llama de wo­lin, por donde desemboca el Oder en el Báltico; se estableció una colonia de vikingos que llegó a reunir una podero­sa flota y se hizo temer del propio rey danés, Svend Barbadoble, cuyos domi­nios no respetaban en sus expediciones. No osando atacarlos abiertamente, me­ditaba el rey la manera de destruirlos por la astucia y, tras muchas reflexio­nes, decidió invitarlos a una gran fiesta fúnebre, que preparaba a la memoria del rey Harald, su padre. Mandó men­sajeros al duque Sigwald, que gober­naba a los vikingos, y le togó asistiese con sus guerreros al banquete que ha­bía de celebrarse en la isla de Seeland.
Llegaron los vikingos el día señala­do en sesenta naves y fueron recibidos con la mayor pompa por el rey y toda la nobleza de Dinamarca, ante las gran­des mesas que habían dispuesto, según costumbre, para el festín.
Desde la primera noche, los vikin­gos bebieron desmesuradamente los li­cores fermentados, la cerveza y el hi­dromiel, y empezaron a reír sin ton ni son, a cantar y a decir despropósitos.
Cuando el rey vio que los vapores de la bebida comenzaban a turbarles la razón, levantó la voz y dijo:
-No olvidemos que este día está consagrado al recuerdo de mi padre. Os ruego, pues, que bebáis conmigo por Harald, rey de Dinamarca.
Se llenaron los cuernos; los más grandes fueron para los vikingos, y toda la asamblea bebió por el rey Harald.
Otras dos veces el rey invitó a beber a sus convidados en cuernos de enor­me capacidad, y, cuando vio que ya no eran dueños de sus palabras, extendió los brazos para calmar el alboroto que reinaba en la sala y dijo en tono alegre:
-Es costumbre en fiestas como ésta, en que se reúnen grandes personajes, hacer promesas solemnes que dejen re­cuerdo del día para todos los reunidos. Obedeceré tan respetable costumbre, convencido de que luego lo haréis vos­otros superándome; porque siendo los vikingos superiores a todos los otros hombres del Norte, también sus pro­mesas y hazañas han de superar a todas las hazañas y promesas. Y ya que me toca hablar el primero, he aquí la mía: Me comprometo a expulsar de sus Es­tados, antes del tercer invierno, a Edel­rico, rey de Inglaterra; y digo que si no logro expulsarle, morirá a mis ma­nos en el suelo de su país, y añadiré su reino al mío en el plazo que he fijado.
Ahora te toca a ti, Sigwald -añadió el rey después de vaciar otro de los cuer­nos a la memoria del homenajeado.
El duque Sigwald dijo:
-Yo haré la guerra a Noruega con mis propias fuerzas, «ayudado por mis compañeros y guerreros. Antes de dos años, Haakon será expulsado de sus dominios y recibirá la muerte de mis manos. De lo contrario, señores, dormi­ré mi último sueño bajo el túmulo de piedras, en tierra noruega.
-He aquí -exclamó el rey- la pro­mesa que podía esperarse de un gue­rrero como éste. Pero ahí está tu her­mano Dorkel, el grande, cuya talla no cede a la de una encina adulta, impa­ciente por hacer una promesa. Me pa­rece que si abre la boca oiremos algo extraordinario.
Dorkel se volvió al rey y dijo:
-No me apartaré de mi hermano Sigwald, como la sombra no se aparta de la lanza ante el sol, ni huiré mientras vea la proa de su nave dirigida hacia el enemigo.
-Nunca he conocido a un hombre más capaz de cumplir lo que promete. ¿Y tú, Bue el Gordo? Si tu promesa está en proporción con tu corpulencia, pa­labras formidables sorprenderán nues­tros oídos -siguió diciendo el monarca danés.
Bue era enorme, como esas rocas que vencen el esfuerzo de las olas. Tres hombres hubieran cabido holgadamen­te en la cota que ceñía su grandísimo torso.
-Ahí va mi promesa, rey Svend -dijo con voz de trueno: acompa­ñaré al duque Sigwald a esa expedición y no huiré mientras no haya más gue­rreros caídos que derechos, y aun en­tonces me quedaré, si tal es la voluntad del duque Sigwald.
-No esperaba menos de ti -excla­mó el rey. Escuchemos ahora a Si­gurd, cuya intrepidez, si la fama no miente, no tiene pareja. ¿Has oído a Bue, tu hermano? ¿Qué harás tú?
-Mi promesa es corta, señor: se­guiré a mi hermano; huiré si él huye; moriré si él muere.
-Lo sabía -dijo el rey. Estáis unidos no sólo por la sangre, sino por vuestro valor. ¡Y ahora tú, Vagn! Tus tíos Bue y Sigurd te muestran el cami­no, y si sólo existe un hombre capaz de cumplir su palabra, sabemos que eres tú.
Vagn avanzó al centro de la sala. Era alto y hermoso; toda su persona respiraba juventud y fuerza; llevaba una armadura deslum-brante, un collar de oro y un casco que brillaba como el creciente de la Luna.
-Rey Svend -dijo, oye mi pro­mesa. También yo acompañaré a No­ruega al duque Sigwald, combatiré al lado de mi tío Bue, a quien aprecio más que a nadie de este mundo, y mientras Bue viva verá resplandecer mi espada. Pero aún me faltan otras dos prome­sas: la primera es no volver a Dinamar­ca sin haber tomado antes por esposa a Ingeborg, la hija del noruego Darkel Lera, la doncella más hermosa del Nor­te, y eso sin el consentimiento y hasta contra la voluntad de su padre y de toda su familia; la segunda es no vol­ver a Dinamarca antes de haber matado a Darkel Lera, el primero entre todos los hombres de Noruega.
Vagn calló, y el rey exclamó enton­ces:
-No me sorprende que sea la tuya la promesa más grata y temeraria, Vagn; porque tu arrojo y tu tenacidad te ponen por encima de los héroes de este país y de los que viven en otras tierras.
El rey bebió a la salud de Vagn, y la asamblea prorrumpió en grandes aclamaciones.

Un viejo poeta cantó la batalla li­brada por los vikingos contra el duque Haakon, en las costas de Noruega, en la ensenada de Hiorungeveag.
El horizonte se cubre de naves im­pacientes. El viento impele a los vi­kingos hacia el Norte. La rapidez es su alegría, el azote del aire su placer. So­bre las montañas espumosas galopan los corceles marinos, hendiendo con sus petrales las azules ondas.
Hasta la tierra de Noruega han con­ducido a sus dueños los corceles del mar, y pronto el estrépito de las bata­llas llena los aires. Se encuentran y se acometen innumerables navíos, los es­cudos resuenan al choque de las espa­das; un inmenso botín se prepara para los cuervos.
El duque Haakan ha escogido sus hombres más valientes, sus guerreros más atrevidos, para hacer frente a las acometidas de Sigwald; ha puesto en orden de batalla sus mejores naves...
Delante de los vikingos van tres je­fes de nombradía: Sigwald el duque, que es fuerte y buen capitán; Bue el Gordo, el del brazo terrible, y Vagn, el más bizarro de los jóvenes. Una flota manda cada uno de ellos, y una flota recibe de ellos la orden de vencer.
Las naves danesas, blancas y, puras como las vírgenes del Océano, se des­lizan a lo largo de las riberas; algunas ya están vacías de marineros; muchos corceles van errantes por el agua, y ya no llevan más que cadáveres. En lo más alto de los palos se agitan las banderas. El viento de las espadas afiladas rasga las camisas de hierro. Sobre los escu­dos cantan las espadas desnudas.
Manos y cabezas saltan por la bor­da. El vikingo parte los cascos de bron­ce, hunde en las espadas las cotas más sólidas. Quien al vikingo hace frente va a una muerte segura.
Ningún arma está inactiva: las es­padas giran airadas, las hachas buscan los cráneos con avidez; las flechas vue­lan en espesa nube y los cascos rotos no guardan de la muerte.
Crece el ruido del combate; en mar y en tierra se oye de lejos; caen los héroes intrépidos, y he aquí que ante el furor de los vikingos, bajo una tem­pestad de proyectiles, de quejas y de gritos, retroceden los hombres de No­ruega.
Con el corazón lleno de cólera y desesperación, el duque de Haakon ha de retirarse; gana la orilla y desem­barca en la playa. Se arma de un cu­chillo afilado, manda que le traigan a su hijo menor, Erling, un hermoso ni­ño, y le sacrifica a los dioses.
Entretanto, Bue ha deshecho la lí­nea enemiga; su nave vuela a través de las filas y siembra la muerte a su paso; el canto de las espadas ahoga el bramido del mar.
Y de pronto viene del Norte la tem­pestad contra los vikingos; un huracán espantoso se abate sobre los guerreros de Dinamarca; el pedrisco resuena con­tra los cascos; las nubes arrojan pie­dras de hielo, el viento ciega a los héroes; las heridas se abren; la sangre se vierte por doquier.
Las saetas y los dardos se confunden con la lluvia, y de pronto las nubes se animan; entre la niebla galopa y carga el ejército de las valkirias.
Un ardor nuevo inflama al duque de Noruega, que impele su nave al agua. Y en la proa de esta nave se yergue una mujer: los vikingos ven con es­panto cómo extiende sus brazos; cómo arroja llamas de fuego por sus ojos, cómo salen flechas de sus dedos, tan numerosas como las gotas de la lluvia. Ante la horrible hechicera caen los más nobles guerreros; nada puede salvarlos de la muerte.
El miedo se apodera del duque Sigwald. Aparta sus naves del combate, se izan las velas, el viento hincha las blancas alas y hacia el horizonte huye Sigwald el cobarde.
Pero Bue y Vagn no han huido y sus hombres permanecen animosos en sus naves. Quien se les acerca es re­chazado, quien los ataca va de cabe­za al agua.
Bue, el héroe poderoso, recibe una grave herida; su casco cae a trozos; tiene partidos los labios, las mejillas hundidas, cortada la barba; pero no se dejará coger. En el fondo de la nave hay dos arcas llenas de tesoros. Bue las toma en sus brazos y se arroja al agua; el mar se traga al héroe.
Vagn ha combatido como un águila contra los más fuertes, los más arro­jados, abatiéndolos bajo su espada, y dando a los pájaros de presa pasto en abundancia. Pero el número le aplasta, le fatiga, le vence; las heridas le mo­lestan; su sangre abrasa como el fuego. Y los noruegos le apresan con treinta de los suyos.
Los vencedores vuelven a la costa con sus prisioneros a quienes entregan atados a la vigilancia de los esclavos. Luego los noruegos encienden hogue­ras, matan ganado y preparan un festín que dura hasta la caída de la tarde. Cuando estuvieron hartos fueron a ver a los cautivos, y el duque Haakon dijo satisfecho:
-Señores, para alegraros después de beber, he resuelto que todos estos vikingos sean decapitados antes de la noche, y he decidido también que el más digno y glorioso de nosotros, Darkel Lera, el primer guerrero de éste y demás países, cumpla la nueva proeza.
-No es cosa para espantar a nadie -dijo Darkel Lera, y que pierda vuestro aprecio, señores, si me mues­tro débil o torpe. Poneos en fila y ved si trabaja la espada de Darkel Lera.
Fueron desatados algunos vikingos de entre los heridos más graves, y tres de ellos arrastrados ante el guerrero noruego. Darkel levantó la espada y murieron uno tras otro. Después, vol­viéndose él duque dijo con orgullo a todos los presentes:
-Pretende una vieja leyenda que no puede uno cortar tres cabezas se­guidas sin cambiar de color. ¿Es cier­to, duque Haakon?
A lo que replicó el duque:
-Tú no has cambiado de color, Darkel, durante la tarea; pero me pa­rece que has palidecido antes de em­pezar.
Hicieron avanzar otro vikingo que apenas podía moverse de tan herido que estaba. Darkel le preguntó:
-Estás muy cerca de la muerte, amigo. ¿Qué piensas?
-Pienso -contestó tranquilamente el vikingo- que esto mismo le ocurrió a mi padre, a mi abuelo y a todos mis antepasados, y es lo más natural que ahora me ocurra a mí.
Los esclavos le obligaron a arrodi­llarse, le cogieron por la cabellera, y Darkel le mató.
Al quinto vikingo le preguntó Dar­kel Lera:
-¿No te parece desagradable mo­rir?
-Has de saber -le contestó el hombre- que las leyes de Lomsborg no enseñan el miedo ni la queja.
A la sexta víctima Darkel le repitió la pregunta y obtuvo esta respuesta:
-Es preferible morir honradamen­te como yo, que vivir vergonzosa-mente como el que hace el oficio de verdugo.
El séptimo vikingo se acercó em­puñando un cuchillo que no habían po­dido arrancarle, y, cuando Darkel le preguntó, dijo:
-Estoy contento de morir de este modo y sólo deseo que tu golpe sea seguro y rápido. En Lomsborg se dis­cute con frecuencia si un hombre deca­pitado conserva algún conocimiento después de cortarle la cabeza. Quisiera hacer la experiencia con este cuchillo. Te ruego que me observes bien en el momento en que me hayas decapitado: si conservo el conocimiento blandiré el cuchillo; de lo contrario, lo dejarán caer mis dedos.
Darkel le cortó la cabeza de un golpe más rápido que el rayo: el vi­kingo rodó por tierra y el cuchillo le cayó de la mano.
Luego, los esclavos empujaron a un mancebo que tenía una magnífica cabellera rubia y suave.
-¿No estás triste -le preguntó Darkel Lera- de dejarnos tan pronto?
-¿Por qué habría de estarlo? -con­testó. Lo mejor de mi vida ya ha pasado, y acabo de ver morir tan gran­des guerreros, que me avergonzaría de sobrevivirles. Pero me repugna ser lle­vado a la muerte por esclavos. Te rue­go que un hombre libre me aguante los cabellos y tenga cuidado de que la sangre no le moje.
Se adelantó un noruego y cogió la cabellera del joven, y era tan larga y abundante, que hubo de arrollársela en el puño. Luego tiró con fuerza, pero en el preciso momento en que Darkel dejaba caer la espada, el vikingo dio un tirón hacia atrás, de manera que el golpe cogió de lleno al que aguantaba los cabellos y le cortó el brazo a la altura del hombro. El joven dio un salto y gritó riendo:
-¿Quién de vosotros, señores, ha olvidado su mano entre mis espesos cabellos?
El duque Haakon advirtió a los que le rodeaban:
-Realmente son unos terribles ad­versarios. No he conocido jamás otros hombres que puedan comparárseles en valor y en astucia.
Y dirigiéndose a Darkel Lera, le dijo:
-Date prisa en matar a los que aún viven, porque este negocio podría acabar mal.
Entonces su hijó, el duque Erik, que estaba a su lado, hizo a Darkel señal de esperar y dijo:
-¿Para qué ha de continuar esta matanza? La audacia y el genio de es­tos hombres no me llenan de espanto, sino de admiración; sería más conve­niente atraerse a estos valientes que exterminarlos como a unos malhecho­res. Informémonos al menos de su li­naje; la mayor parte no pueden ser de raza vil.
Y preguntó al joven vikingo cómo se llamaba.
-Me llamo Swend, soy hijo de Bue el Gordo y de nobleza danesa.
-¿Qué edad tienes?
-Dieciocho años hubiera cumplido el próximo invierno, de haber vivido hasta entonces.
-Vivirás -dijo Erik; te doy mi palabra.
Y le admitió en su séquito. El duque Haakon frunció las cejas; una cólera sorda agitaba su pecho; pero se conte­nía, por miedo a Erik, que era muy estimado en Noruega y no sufría la autoridad paterna.
-Bueno -dijo el duque Haakon. Éste te pertenece. ¡Y ahora que Darkel Lera acabe con todos los prisioneros! Erik intervino de nuevo:
-Aún no. Quiero hablar con esta gente y decidir la suerte de cada uno. El duque Haakon calló. Trajeron otro prisionero, que era alto, de agra­dable aspecto y de constitución vigo­rosa. Darkel le dijo:
-¿Y tú, vikingo, no sientes nada ahora que vas a morir?
-Nada, salvo no haber podido cum­plir una promesa que hice.
El duque Erik preguntó:
-¿Cómo te llamas y qué promesa hiciste?
El vikingo contestó:
-Soy Vagn, hijo de Aage.
-¿Y la promesa?
-Prometí que si desembarcaba en tierra noruega mataría a Darkel Lera, después de haberme casado, contra su voluntad y la de los suyos, con su hija Ingeborg, que es la doncella más seduc­tora del Norte. Y afirmo, señor, que moriré de pena y consideraré frustrada mi vida si no puedo cumplir mi pro­mesa.
-¡Yo te lo impediré! -rugió Dar­kel Lera enfurecido al oír aquellas pa­labras.
Y se arrojó contra Vagn, descar­gando su espada. Pero su enemigo, rá­pido como el rayo, evitó el golpe. Darkel dio en el vacío y, arrastrado por el peso del arma, cayó pesadamen­te, soltando la espada. Vagn se apoderó de ella y antes que nadie pudiera im­pedirlo dio un golpe formidable en la nuca de Darkel diciendo:
-Al menos habré cumplido la mi­tad de mi promesa y moriré contento a medias.
El duque Haakon se levantó muy agitado y azuzó a sus hombres para que matasen a Vagn. Pero el duque Erik se adelantó a los noruegos y les dijo:
-Si no se me permite hablar, os juro que pasaréis por encima de mi cuerpo antes de herir a este vikingo.
El duque Haakon palideció y se mordió los labios, pero al ver a su hijo tan decidido, y que sus hombres, vaci­lantes, retrocedían bajando las lanzas, tendió su mano en señal de paz.
-No reñiremos por tan poca cosa, hijo mío. Que se cumpla tu deseo, ya que ahora hablas como amo.
-Señor -contestó Erik, algún día me haréis justicia por haberos con­servado la vida de este hombre. En cuando a Darkel Lera, no os sorprenda su muerte imprevista. Vos mismo, pa­dre mío, la anunciasteis hace poco al decir: «Has palidecido al empezar la tarea». Y nadie ignora que la palidez en el rostro de quien va a dar muerte a otros es presagio seguro de un pró­ximo fin.
Poco después el ejército noruego levantó el campo para volver a las ciu­dades. Vagn se colocó al lado del du­que Erik y cabalgó hasta que, entrada la noche, llegaron a la ciudad de Vigen. Y aquella misma noche Vagn se casó con Ingeborg, la más hermosa doncella del Norte.

Fuente: Antonio Urrutia

0.079.3 anonimo (vikingo) - 015

La princesa y vran

Hagen tenía res hijos. Vivían en un castillo, en medio de un gran bosque, y era sabido de todo el reino que el mejor pasto crecía en sus tierras. Ocu­rrió que un año, cuando tocó segar la hierba, ésta había desaparecido. El pa­dre llamó a su hijo mayor y le ordenó que a la noche siguiente fuese al pra­do y observase qué ganado pastaba la hierba sin que él lo supiese. El hijo mayor llegó, se metió en uno de los barracones y se durmió. Poco rato lle­varía así cuando el suelo comenzó a temblar, como si la tierra se fuese a abrir. Los quejidos y estertores que el pobre hombre oía eran como los que producen los condenados en el infier­no. El hijo mayor, aterrorizado, se levantó y emprendió la huida, hasta que llegó al castillo de su padre, sin mirar tan siquiera una vez atrás. A su padre le juró que nada en el mundo le haría volver a pasar la noche en el campo.
El buen anciano, al otro día, man­dó a su segundo hijo, que a las prime­ras horas de la madrugada volvió con­tando lo mismo. Ya no quedaba más que Vran, el hijo pequeño. Los dos hermanos mayores le zaherían, dicién­dole que saldría corriendo antes que empezaran los ruidos tan horribles que ellos habían oído.
Pero Vran no les hizo caso. Cogió una manta y fue al cobertizo donde sus hermanos habían pasado la noche. A eso de las doce comenzaron los temblores de tierra, pero Vran se dijo que si no era cosa peor, bien lo podría aguantar, y encendió una vela. Después vinieron los gemidos y los ayes. Vran siguió escuchando tan tranquilo, y aun supu­so que iban a empezar de nuevo los temblores; mas no pasó nada de esto, y cayó encima del campo un profundo silencio. Vran ya se preparaba a dor­mir, cuando oyó el rumor de un caballo que pastaba vorazmente. Se levantó con mucho tiento y salió. Al claro de luna vio un enorme caballo que pacía con buen apetito, y al lado de él una montura magnífica, así como una cota de malla de cobre que relucía como el sol. Vran se encaminó al caballo y le echó las riendas por encima, quedán­dose el animal quieto y más dócil que un cordero. «¡Conque éstas tenemos!», pensó Vran. Y ensilló el caballo, cogió la cota de malla y se dirigió a un lugar solamente conocido por él, donde lo escondió todo. Hecho esto, volvió a casa de su padre y contó lo que le ha­bía acaecido, con excepción de lo del caballd. Los hermanos se rieron de él, pero Vran les dijo que fuesen al prado y que allí verían la hierba. Salieron, acompañados del padre, y, en efecto, allí estaba la hierba. Aquella noche los dos hermanos mayores se negaron a ir al prado, y Vran se ofreció para ir a cuidar de los pastos. Mucho se rieron los otros dos, preguntándole qué pen­saba hacer él, que nunca había salido de su casa hasta entonces. Vran, sin hacerles caso, partió, y al llegar se dispuso a esperar el temblor de tie­rras, los gemidos y todo lo que prece­día a la llegada de lo que fuese. Dio la medianoche y ocurrió como él es­peraba, si bien esta vez los ruidos fue­ron más lúgubres que la noche ante­rior. Vran ya estaba acostumbrado, y al poco rato oyó un rumor como de un animal que pacía con muchas ga­nas. Abrió la puerta, y, al claro de luna, vio un caballo más grande que el de la noche anterior y al lado una preciosa montura con una cota de ma­llas de plata. Vran volvió a repetir la faena de la noche pasada con las bri­das, y se llevó el segundo caballo al mismo escondite anterior. Cuando vol­vió al castillo y les contó lo sucedido, aunque omitiendo lo del caballo, sus hermanos se volvieron a reír, pero en­mudecieron ante las pruebas de la existencia del pasto. La tercera noche Vran salió solo al campo, para guar­dar los pastos de su padre, y, como es natural, le aconteció lo mismo; sólo que si las otras noches los caballos habían sido hermosos y las cotas de mallas de cobre y de plata, la tercera noche los arreos eran de oro y relucían más que el sol y la luna juntos, y el caballo era un alazán de color de fuego, con el bocado y las riendas de oro. Vran lo escondió todo como las veces anterio­res. Al poco tiempo, el rey y señor de Suecia anunció a todos los de su reino que quien fuese capaz de subir a caba­llo por un monte de cristal, donde estaba sentada su hija, se la daría por esposa y además la mitad de su reino. Esta princesa estaba aposentada en la cima del monte de cristal, y tenía en la mano tres manzanas de oro, que da­ría a aquel que pudiese demostrar su habilidad. Todos los nobles del reino se presentaron para la prueba; tantos y tantos había que mareaba ver la ri­queza de uniformes y casacas bordadas en oro. Los dos hermanos de Vran, montados en los mejores caballos de la cuadra de su padre, también se pre­sentaron; mas por mucho que imploró Vran que le llevasen, no hicieron sus hermanos otra cosa que reírse, di­ciéndole que la cosa no era para niños y que además cómo se iba a presentar él, cubierto de mugre. Cuando Vran vio que sus hermanos no se compadecían, les contestó de la manera siguiente:
-Bien: ya que no me queréis ayu­dar, me ayudaré yo mismo.
Los hermanos partieron para la fies­ta del rey, y Vran se quedó solo.
Todos los nobles del reino intenta­ron subir por el monte de cristal, pero sus caballos, rendidos por los esfuer­zos, resbalaban y caían.
El monarca estaba pensando anu­lar el concurso y proponer otra cosa para el año siguiente, cuando surgió un jinete cabalgando en un caballo ne­gro, con una cota de mallas de cobre que devolvía los rayos del sol como si de él saliesen. Todos a una trataron de persuadirle de la inutilidad de la prue­ba, pero el jinete, silencioso, se dirigió al monte de cristal y espoleó a su caballo, que empezó a subir por el monte con la mayor facilidad. Al lle­gar a la tercera parte, vieron todos con asombro cómo volvía el caballo y des­cendía. La princesa, que nunca había visto un caballero más digno, le tiró una de las manzanas de oro, que se le quedó cogida en la bota. Al descen­der el jinete, partió rápido como el rayo sin decir palabra. Cuando los dos hermanos volvieron al castillo le con­taron a Vran lo sucedido.
-¡Ah -exclamó Vran, cómo me hubiese gustado presenciar eso, sobre todo lo del jinete con la cota de mallas de cobre!
Pero los hermanos le volvieron a decir que su sitio era al lado de la lumbre. Al segundo día los hermanos partieron para el concurso del rey, y dejaron a Vran en casa, por más que éste les pidió que le llevasen. En vano intentaban los nobles escalar la pen­diente. Todos se retiraban, cuando apa­reció un jinete montado en un magní­fico caballo tordo, con una cota de ma­llas de plata, y, al igual que el día anterior, trataron de convencerle de que no lo intentase. Mas el jinete des­conocido espoleó su corcel, y vieron todos como subía hasta la mitad del monte con la mayor facilidad.
Cuando llegó arriba, volvió su caba­llo y emprendió el descenso. La prin­cesa, al ver que partía, le tiró la se­gunda manzana, pues nunca había vis­to un noble tan bien parecido. Esta vez la manzana de oro se le alojó en la bota y el caballero partió a todo ga­lope.
Cuando los hermanos llegaron a casa se lo contaron a Vran.
-¡Ah -dijo éste, cómo me hubie­se gustado presenciarlo!
Pero los otros se rieron como siem­pre.
Al tercer día ocurrió lo mismo. De­jaron a Vran en casa. Y en la monta­ña, por mucho que los nobles lo in­tentaron, nada pudieron conseguir. Cuando ya el rey iba a darlo todo por terminado, se presentó un caballero sobre un magnífico alazán, que despe­día centellas y ceñido con una cota de mallas de oro. Emprendió la subida y llegó hasta arriba como una exhala­ción. La princesa le dio la tercera y última manzana de oro, y el noble par­tió sin decir palabra a nadie.
El soberano, a todo esto, se empe­ñó en saber quién era, y al día siguiente dio una gran fiesta, a la cual invitó a todos los nobles y súbditos de su rei­no, haciendo anunciar que el que po­seyera las tres manzanas de oro se casaría con la princesa. Todo el mun­do fue allá con excepción de Vran, pero nadie apareció con las manza­nas. Entonces el rey mandó preguntar si había alguien que faltara. Los her­manos de Vran respondieron que fal­taba el hermano pequeño, a quien no habían dejado venir, porque siempre iba sucio. El monarca les dijo que se presentase en seguida, y Vran apareció como siempre, con el traje roto y des­aseado. El rey le preguntó si tenía las manzanas de oro, y, ante el asombro de todo el mundo, Vran le entregó las manzanas y en el acto cayeron los harapos y apareció ceñido con la cota de mallas de oro.
El soberano le dio a su hija en ma­trimonio y la mitad de su reino, como había prometido, y mandó preparar unas fiestas suntuosas para celebrar tan fausto acontecimiento. Según cuen­tan los anales con tanto entusiasmo se dio la fiesta que siguen celebrándola todavía.

Fuente: Antonio Urrutia

0.079.3 anonimo (vikingo) - 015

La muerte de hialmar

Arnigrin era el nombre de un famo­so vikingo, que vivía en la Suecia meridional. Su casa se encontraba en una región desierta y sin cultivar, pero poblada de bosques. Esta región se co­noce con el nombre de Bolm.
Arnigrim tenía doce hijos. Los doce eran altos, anchos de pecho y más fuer­tes de lo habitual. Recorrían aquella zona, desnudas las piernas, brazos y busto, y se adiestraban en el lanza­miento de la jabalina y del peso. Sin embargo, su deporte preferido era el dcl tiro al arco. Cuando no estaban na­vegando, se ejercitaban en toda clase de juegos violentos a fin de conservar el vigor y la resistencia de sus músculos.
El mayor de los doce hermanos, Ar­gan el Bravo, era unos centímetros más alto que los demás. Era también el más ágil y robusto, y el que mandaba a los otros. Una larga y negra barba cubría sus mejillas, mientras la cabellera le llegaba a las espaldas. Bajo la camisa de cuero, con adornos metálicos, se ocultaban músculos poderosos y duros como las mismas rocas de los promon­torios que se erguían cercanos a su casa. Cuando luchaba en el campo de batalla, su garganta lanzaba formida­bles gritos que dejaban estupefacto al enemigo.
La fama de los doce hermanos, so­bre todo en cuanto a su barbarie, ha­bía llegado a los más lejanos rincones del país. Quien los veía no podía dejar de temer por su persona o por sus bie­nes, y la mayoría de gentes optaban por huir y esconderse así que recibían no­ticias de su proximidad.
Los doce hijos de Arnigrim ulula­ban con la cabeza alzada hacia el cielo, como las bestias salvajes, mordían y destrozaban los bordes de sus escudos, cortaban con sus agudos cuchillos las piedras de granito de las que hacían saltar chispas de fuego, arrancaban de raíz los más poderosos árboles y come­tían los actos más atroces. Cuando es­taban en este estado no respetaban nada: ni hombres, ni animales, ni ob­jetos. Cualquier cosa podía hacerse ob­jeto de sus iras, y no solían calmarse hasta la hora del crepúsculo, cuando la noche comenzaba a extender su man­to sobre la tierra, y en ésta se hacían la paz y el silencio.
Era tal el terror que inspiraban los doce hermanos que llegó un momento en que ni siquiera encontraban compa­ñeros para sus empresas guerreras. Es­to se debía, en parte, a haberse corrido la noticia de que cierta vez, en alta mar, fue tal la furia que se apoderó de ellos en un combate que acabaron por matar instintivamente a sus propios com­pañeros.
Navegaban los doce hermanos en embarcaciones planas provistas de lar­gos remos, solos, terribles y mudos. A veces se oía a lo lejos el eco de sus voces frenéticas, semejantes al rugido de las fieras.
Cierto día de Navidad, cuando los hermanos hablaban de batallas y rapi­ñas, Argan exclamó:
-Realmente, soy una especie de hombre salvaje, de dura barba, voz ronca, cazador de osos y surcador sin descanso de los mares. Me visto sólo con cueros y metales; me gustan el viento y la lluvia, los gemidos de los vencidos, el olor de la sangre caliente de los que caen a mis plantas. Lobos y cuervos son mis únicos amigos. No conozco las maneras refinadas de la corte, los trajes de seda, las joyas de oro. Si me encontrase a solas con una mujer no sabría qué decirle. Los que me temen me menosprecian. ¡Pues bien! No puedo seguir así. Os comunico, que­ridos hermanos, mi decisión de ir hasta la ciudad de Upsala. Pienso ir al pala­cio del rey de Suecia y pedirle para mí la mano de su hija. Creo que se lla­ma Gunhilda, y es una doncella muy hermosa e instruida. Si no pierdo la vida en la empresa conseguiré tener por esposa a la más hermosa de las princesas del Norte.
Sus hermanos le respondieron:
-Iremos contigo y defenderemos tu causa. No hay rey que, al vernos, se atreva a denegar lo que pidamos. Si vamos contigo no habrá hombre que se atreva a decirte: «No conse­guirás lo que te propones.»
Partieron los doce hermanos hacia Upsala, se presentaron al rey rodeado por su corte, y Argan hizo la petición matrimonial con energía e insolencia.
Mientras hablaba pudo darse cuen­ta de que el rey cambiaba de color y los presentes bajaban la cabeza como si se sintiesen culpables de algo. Cuan­do hubo terminado de hablar, la sor­presa y el miedo se traslucían en todos los rostros.
Entonces un joven se adelantó: sus modales eran graves y armonio­sos, sus ojos claros y dulces. Se llama­ba Hialmar.
-Señor -dijo, este Berseker no ha hecho más que saquear vuestros pueblos y devastar los campos, asesi­nar a vuestra gente y robar vuestro ganado. Se ha reido incluso de vos y os ha tratado como rey de paja. Yo, Hialmar, que siempre os he servido fielmente, que os he defendido ante el Consejo del Reino, y he dejado parte de mi sangre en los campos de batalla, no intentaría jamás haceros la peti­ción que os ha hecho este hombre. La princesa Gunhilda es digna de un amor más ilustre que el mío. Pero ya que este Berseker ha osado poner en ella su mirada, y no ha sido echado de aquí a la primera palabra que ha pronunciado, os ruego deis la mano de vuestra hija a este vuestro buen servidor antes que a un tal hombre.
El rey contempló a Hialmar con simpatía. Le quería como al que más de entre los suyos. En su mirada había también piedad, porque sabía que aquellas palabras podían fácilmente costarle la vida. Se volvió luego a Ar­gan, y la indecisión y el miedo se apo­deraron de su espíritu. Pasaron unos minutos de cargado silencio antes de la respuesta:
-No puedo contrariar a mi hija en la elección de esposo. Se casará, pues, con el hombre que ella prefiera.
Gunhilda, que había presenciado toda la escena, se levantó al oír estas -palabras de su padre. Un velo de tul envolvía sus dorados cabellos.
-Señor -dijo, mi deseo no era el de abandonaros tan pronto, pues soy feliz con vuestra bondad. Pero ya que parece que debo tomar una decisión, os ruego me concedáis por esposo a Hialmar, que es un hombre amable y de un gran carácter, mientras que a Argan sólo le conozco por su mala re­putación.
El color subió a las mejillas de la princesa, después de decir estas pala­bras, pues ya hacía tiempo que, en secreto, Hialmar era el adorado de su corazón.
Argan arrugó el entrecejo. Sus ojos se ensombrecieron como un cielo de tempestad.
-No se precisan más palabras -re­plicó Argan. Acabo de tomar una firme decisión.
Y, dirigiéndose a Hialmar, añadió:
-Escucha atentamente, Hialmar, lo que voy a decirte. El primer día del equinoccio de verano dirigiré mi em­barcación a la isla de Samsoe. Allí te esperaré. Si no vienes serás considera­do como un cobarde embustero por todas las personas de honor.
-De acuerdo -respondió Hial­mar; el áncora de mi embarcación morderá las arenas de la isla. Puedes estar seguro de que no habrá playa que esté lo bastante lejos para vencer el deseo que siento de encontrarme contigo.
Argan y sus hermanos, después de estas palabras de Hialmar, regresaron a su hogar.

Cuando llegó el equinoccio de ve­rano, Argan colocó los remos en la embarcación y preparó las velas.
-Iremos a Samsoe para que Hial­mar no pueda salir con vida de la isla si comete la imprudencia de presentar­se. Cuando él haya muerto, la viuda Gunhilda tendrá que contraer nuevas nupcias conmigo.
Arnigrim, su padre, que tenía una gran experiencia sobre toda clase de peligros, le dio algunos consejos :
-Cuelga de tu cintura mi espada Turfing, la vieja compañera de mis luchas. Fue forjada por los enanos en las cavernas profundas de la mon­taña, y su hoja, mojada en la sangre venenosa de un dragón. Has de saber una cosa, hijo mío: esta espada posee una virtud mágica. Cada vez que se desenfunda es señal segura de muerte para algún hombre.
Argan tomó la espada entre sus manos y respondió:
-Tengo más confianza en mi brazo que en las esperanzas de encantamien­to. Sin embargo, padre mío, os aseguro que vuestra espada ha de romper la cabeza de Hialmar, con o sin encan­tamien-tos, ya que éste es vuestro deseo.

Al mismo tiempo que esto sucedía en la casa de Argan, Hialmar se prepa­raba para emprender el peligroso viaje a la isla de Samsoe.
Antes de la partida, la princesa le hizo llamar a su presencia y le dijo:
-Hialmar, mi corazón os corresponde y os prometo que no ha de obe­decer a nadie más sino a vos. Tomad el anillo que os ofrezco. Seré la mujer más feliz si vuelvo a verlo en vuestro dedo. Si no es así, os aseguro que he de morir de pena.
Hialmar, al tiempo que colocaba el anillo en su dedo, le respondió:
-Haré los imposibles para guardar mi vida. Confiad en mí.
Hialmar partió hacia la isla en com­pañía de su hermano Orvar-Odd y un grupo de hombres escogidos. En dos embarcaciones se dirigieron a Samsoe.
Así que llegaron a la isla, desem­barcaron y se internaron en ella para encontrar a Argan, que suponían los debía haber precedido.
Mientras se alejaban, Argan y sus hermanos entraron en la cala de Sam­soe y vieron las embarcaciones de Hial­mar amarradas entre los juncos y cargadas de guerreros.
El furor de los Bersekers estalló con terrible violencia, y todos se pre­cipitaron sobre sus adversarios dando terribles alaridos.
Los hombres de Hialmar, dignos y valientes, ni huyeron ni dieron un solo grito en petición de auxilio. Cada uno de ellos se batió y murió en su puesto. Su sangre enrojeció el agua y sus cuer­pos fueron arrastrados por las olas.
Los Bersekers, después, de esta pri­mera victoria, corrieron a través de la isla, y llenaron los bosques con el eco de sus feroces gritos.
Hialmar y Orvar-Odd volvían al lugar en que habían dejado a sus com­pañeros, cuando desde un pequeño promontorio pudieron distinguir las embarcaciones vacías, los cadáveres arrastrados por las olas y a los Berse­kers gritando y blandiendo sus espadas ensangren-tadas. Hialmar dijo entonces con tristeza a su hermano:
-Esta noche seremos huéspedes de Odín.
Odd le miró con sorpresa y descon­tento, y le respondió :
-¿A qué viene tan fúnebre oración? ¿No hay alguien suspirando por tu regreso? Créeme,Hialmar; los doce her­manos se sentarán esta noche a la mesa de Odín sin nuestra compañía.
Hialmar sacudió la cabeza como para alejar sus sombríos pensamientos, y con el ánimo más recuperado dijo:
-Uno de nosotros atacará a los once hermanos, mientras el otro se enfrentará a Argan que vale, él sólo, más que todos sus hermanos juntos. ¿Qué prefieres?
-Yo me enfrentaré con Argan -respondió Odd. Veo que lleva la famosa espada encantada Turfing, que forjaron los enanos de la montaña y que fue bañada en la sangre venenosa de un dragón. Tu cota de acero no te defendería de ella; pero mi camisa de seda, por el contrario, es un arma más poderosa contra los maleficios.
-No -replicó Hialmar. Ya que he sido yo quien ha provocado esta lucha y el que te he traído, es justo que sea el que me enfrente a Argan. Además, antes de la partida, he prome­tido a Gunhilda hacer algo más que el ser tu simple sombra. Aunque la es­pada de Argan esté encantada, te ase­guro que la mía no ha de caer bajo ella.
Todavía discutían cuando vieron aparecer a los doce hermanos. Argan iba delante. Turfing brillaba, empuña­da por su mano derecha como un rayo de sol.
Los doce hermanos se detuvieron a algunos pasos de ellos, y el mayor, di­rigiéndose a Hialmar y Odd, les dijo:
-Conocemos bien vuestro valor y sabemos el mérito de los rivales con que vamos a enfrentarnos. Sin embar­go, os espera una terrible tarea: somos doce y bien armados. Obremos, pues, como personas que saben razonar y no menospreciemos al que cae. Con­vengamos, si os place, que el vencedor no se ha de apropiar de las armas del muerto y que respetará su cadáver tra­tándolo con los honores que merece. Si muero en la lucha, quiero que Tur­fing sea colocada junto a mi cadáver bajo el montón de piedras que lo cu­bran. Los supervivientes darán, con admirable respeto, sepultura a los ven­cidos.
Todos se comprometieron a hacer lo que acababa de proponer Argan. In­mediatamente después, unos y otros se lanzaron al ataque: Hialmar contra Argan; Orvar-Odd contra los once her­manos restantes.
Odd no era muy alto, pero tenía una musculatura de acero y una gran sangre fría que le ahorraba el esfuerzo de dar golpes inútiles.
Uno tras otro fue haciendo caer a los once hermanos. Cuando hubo aca­bado no tenía más que ligerísimas he­ridas.
Se acercó entonces a Argan y Hial­mar. Inmediatamente vio al primero tendido en tierra: los puños crispados, los ojos dilatados y una gran herida en el pecho.
Hialmar, a gran distancia, estaba sentado en un banco de hierba.
Odd le tocó suavemente en el hom­bro y le dijo:
-Amigo, no pareces demasiado con­tento. ¡Qué gran combate debes haber librado!
Hialmar entreabrió los ojos, sonrió a su hermano y respondió con voz débil:
-Turfing me ha atravesado el cora­zón con su hoja bañada en la sangre del dragón. Pronto dejaré de existir. Pero antes, querido Odd, escúchame: el anillo que ves en mi dedo lo recibí de mi señora Gunhilda, que al dármelo pronunció estas palabras: «Si vuelvo a verlo en vuestro dedo viviré y seré la mujer más feliz de la tierra. Si no es así, os aseguro que he de morir de pena.» No lo saques pues de mi dedo. Lleva mi cuerpo a Upsala para mostrar­lo a Gunhilda y ruégale que no muera por mí que he muerto por ella, para darle la vida. Dile, también, que la última palabra que ha estado en mis labios ha sido su nombre.
Hizo un esfuerzo para besar el ani­llo y expiró.
Odd juntó los cuerpos de los doce hermanos, uno al lado del otro, y dejó a cada uno sus armas, al mismo tiempo que colocaba sobre el pecho de Argan la espada Turfing, cuyo brillo había desaparecido como el del sol cuando se oculta tras las negras nubes.
Elevó sobre el cadáver de Argan un majestuoso túmulo que los pája­ros de presa rozaron con sus alas mientras trazaban en el cielo sus rá­pidos círculos.
Una vez hubo cumplido con este deber, según la palabra empeñada an­tes del combate, Orvar-Odd bajó a la ribera y cargó entre los brazos el cuerpo de Hialmar. Lo colocó en la cubierta de una de las embarcacio­nes con la cabeza vuelta hacia el nor­deste y, maniobrando hábilmente las velas, emprendió lentamente la ruta de Suecia.
Llegó a Upsala un atardecer. En el castillo del rey se celebraba una gran fiesta, pero a ella no asistía la princesa Gunhilda. Sola en sus habitaciones, me­ditaba tristemente con la cabeza vuelta hacia el mar.
Odd atravesó el palacio con el cuer­po de su amigo. Entró en la habitación de la princesa y depositó el cuerpo de su hermano en el suelo, a los pies de Gunhilda.
-Princesa -dijo, aquí tenéis a Hialmar, vuestro futuro esposo, que ha muerto por defenderos. El anillo de oro que sus labios ya fríos han be­sado, está aún en su dedo, a fin de que vos no muráis de pena como le pro­metisteis. He aquí la prenda de su fe y de su voluntad. El último nombre, la última palabra que ha estado en sus labios, ha sido el vuestro. Y yo he ve­nido para. deciros precisamente todo esto, tal como él me lo pidió.
Gunhilda se puso en pie con rigidez, para desfallecer inmediata-mente y caer envuelta entre sus bellos y dorados ca­bellos. Su corazón se había roto.
Los enterraron juntos en Upsala, bajo el mismo túmulo de piedras.

Fuente: Antonio Urrutia

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La lucha con grendel

A todo esto habia llegado el mo­mento de que todos los que no per­tenecían al séquito de Beowulf aban­donasen la sala. Los esclavos, teme­rosos de encontrarse allí cuando lle­gase el monstruo, retiraron presuro­sos los servicios de la mesa, pues de­seaban refugiarse cuanto antes en un lugar menos peligroso que aquél. Tal era el miedo a Grendel.
La mayor parte de los guerreros daneses se separaban entris-tecidos de aquellos simpáticos jóvenes vikingos, de los que no esperaban encontrar al día siguiente más que unas huellas ensangrentadas y unos cadáveres des­pedazados.
Cuando hubieron salido y los hom­bres se vieron a solas con Beowulf, se reunieron alrededor de su jefe para pedirle instrucciones.
-¿Dejarernos las luces encendidas o apagadas, señor?
-Dejad encendida al menos una, para que no tenga que luchar a os­curas. Si las dejamos todas, podría fácilmente haber un incendio, porque no es fácil prever lo que va a suce­der aquí.
-¿Y después?
-Os echaréis a dormir en esos bancos y yo solo me enfrentaré al monstruo. No tengáis miedo a nada ni os preocupéis por mí.
-Pero señor...
-He dado mis órdenes. ¿Quién protesta? Quiero probar fortuna. En principio pienso, además, luchar úni­camente con mis manos. Pero no os preocupéis. A tiempo estaréis de des­pertaros, porque, aunque me compro­meto a vencer, no me comprometo a no hacer ruido. Y si Grendel tiene bue­na voz le haré cantar.
-Pero nosotros...
-Vosotros dormiréis.
-Imposible dormir, señor, mien­tras vos estáis de guardia.
-Ya hemos hablado bastante -di­jo Beowulf. Os aprecio. Pero ahora a dormir. Y si os despierta el ruido os prohíbo moveros, a menos que veáis claramente que llevo las de perder. Apagad ya todas las antorchas menos la del fondo de la sala: quiero verle la cara a Grendel cuando aparezca.
Los guerreros obedecieron, y cuan­do la sala quedó bañada en una pe­numbra siniestra, en que todo se dis­tinguía clara pero tristemente, se dis­pusieron a esperar, ya que no a dor­mir. Pero el banquete, el espléndido festín. del rey Hrotgar, los había trai­cionado: estaban saturados de cerve­za y no pudieron impedir que el sueño los venciese. Al cabo de pocos minu­tos, Beowulf estaba rodeado por un verdadero coro de ronquidos. Beowulf sonrió y movió la cabeza. No se lo tendría en cuenta a sus hombres. Él mismo tenía que luchar con los efec­tos de la bebida, y se habría dormido sin duda alguna si Grendel hubiese tardado demasiado. Durante la espe­ra, que a él se le antojó interminable, el sueño producía sus efectos, y nues­tro héroe comenzaba a dar cabezadas cuando le llamó la atención un gru­ñido que había resonado a lo lejos, tras la puerta, junto a la que estaba encendida la antorcha. Entonces Beo­wulf se irguió en su asiento y se puso en pie. Sus ojos adquirieron ese brillo duro y aguzado que adquirían en los grandes peligros y su pecho se dilató como si respirase una bo­canada de aire fresco. La proximidad del peligro parecía rejuvenecer sus pulmones, y de no reprimirlo por as­tucia habría dado un alarido de en­tusiasmo, a la vieja usanza vikinga. Después movió las principales arti­culaciones de su cuerpo, y se preparó para el combate. Le preocupaba pen­sar que sus compañeros se desperta­sen y no pudiesen contener sus im­pulsos de venir en su ayuda. A conti­nuación fijó su mirada en la puerta de la sala.
La gran hoja de madera se abrió de un golpe, como impulsada por vi­gorosa coz, y resonó al mismo tiempo un rugido espantoso. Grendel hizo su aparición iluminado por la débil luz de la antorcha. Aquella semioscu­ridad le hacía aún de más terrible aspecto. De momento, su cabeza se le antojó a Beowulf la de un bisonte. Pero después vio que tenía un befo prolongado, como el de los lobos, y del que sobresalían unos horribles colmillos.
El monstruo no había visto aún al guerrero, plantado a pocos pasos de él, y recorría con sus ojos los bancos de la sala, donde estaban dormidos los hombres. De su garganta salió un gruñido de satisfacción y se relamió con su lengua sanguinolenta. Luego hizo ademán de acercarse a uno de los que dormían: era el valiente ti­monel Hrolf. Si el príncipe no hu­biese estado allí, Grendel le habría despedazado, pillándole como estaba, completamente dormido boca arriba. En su mano derecha estaba aún su copa, que el hombre se había llevado a su banco como compañera insepa­rable.
Beowulf dio un salto y se interpu­so en su caminó. Sin más preparativos le asestó un terrible puñetazo en la cabeza, el primero, y tan fuerte que habría derribado a un buey. Grendel se volvió furioso y trató de ahogar al héroe entre sus brazos. Pero Beo­wulf, tan fuerte como ágil, esquivaba siempre el abrazo mortal, mientras el monstruo no tenía bastante ligereza para esquivar los terribles puñetazos que como espeso granizo le asestaba el héroe en todas partes, especialmen­te en la cabeza y en el pecho. Grendel comenzó a tambalearse. Beowulf gi­raba en torno del monstruo cuidando bien de evitar el ser cogido por una de sus garras. Si el monstruo no lle­gaba a caer nunca atontado, Beowulf tendría que aceptar al fin el peligro­sísimo cuerpo a cuerpo. Pero procu­raría hacerlo cuando las fuerzas de su adversario estuviesen muy debili­tadas.
Grendel, enloquecido por el dolor de los puñetazos, perdió toda pruden­cia, y como desconocía la lucha, pues hasta entonces nunca había tenido que luchar, sino limitarse a despeda­zar a sus víctimas atrapadas a man­salva, se agitaba desordenadamente de un lado para otro. Pronto quedó casi ciego, pues Beowulf le había inutili­zado un ojo de un puñetazo y el otro estaba impedido por la abundante sangre que caía de una ceja partida.
Cuando el valerosísimo vikingo creyó llegado el momento oportuno asió a la fiera de un brazo y tiró de ella hacia atrás con gran fuerza. El brazo del monstruo quedó dislocado. A todo esto los hombres se habían despertado, incorporándose en sus bancos, y, como veían que Beowulf no tenía ninguna herida y continuaba más agil y fuerte que nunca, obedecie­ron sus órdenes y no intervinieron.
De pronto, sin embargo, se pusie­ron todos en pie sin querer dar cré­dito a lo que veían sus ojos: Beowulf, después de dislocar por completo el brazo a Grendel, se lo había arran­cado de cuajo, llevándose en pos del miembro largas tiras de piel velluda y manchada de sangre.
Grendel quedó inanimado por un momento. Parecía a punto de desplo­marse, pero lo impidió su extraordi­nario vigor. Después, tambaleándose y rugiendo de dolor, el monstruo co­menzó a retirarse en dirección a la puerta.
Nadie se explicaba que Beowulf no hubiese querido aniquilarlo totalmen­te. Tal vez el héroe esperaba que de­jase una pista sangrienta con que se­guirle hasta su morada y descubrir algún otro misterio.
Cuando el monstruo hubo huido, Beowulf levantó la peluda pata en­sangrentada, que quedaba en el suelo como trofeo de victoria, y lanzó una carcajada de triunfo. Sus compañeros no pudieron contenerse más tiempo: corrieron hacia su jefe y le abrazaron. La excitación les impidió volver a con­ciliar el sueño durante gran parte de la noche. Pero Beowulf fue el primero en dar ejemplo y se tendió a descan­sar, pues la tarea había sido ruda y el héroe sentíase muy fatigado. Se dirigió al banco que le estaba reser­vado, cubierto con una velluda piel de oso, y a los pocos instantes se que­dó profunda-mente dormido.
El resto de la noche transcurrió sin ningún incidente. Amaneció, y, al asomar el sol por el horizonte, los vi­kingos, abandonando sus improvisa­dos lechos, se dispusieron a salir para anunciar la buena nueva. Apenas hu­bieron asomado a la puerta de Heorot vieron venir hacia ellos un puñado de guerreros daneses que corrían a in­quirir noticias. Aquellos hombres acu­dían con el temor de recibir las más desagradables y terribles noticias. Pero pronto dedujeron por los rostros ale­gres de los hombres de Beowulf que todo había marchado a pedir de boca. Aunque aún fue mayor su asombro cuando apareció el mismo Beowulf, que ya se había despertado y llevaba el sangriento trofeo, el brazo de Gren­del. Los hombres de Hrotgar admira­ron las enormes uñas y la poderosa musculatura de aquel miembro, del que se deducía fácilmente el vigor de quien lo había poseído.
No tardó la noticia en llegar a oídos del rey, que llamó a Beowulf a su presencia y dijo:
-El monarca de la Gloria obra maravillas. El héroe enviado por Dios nos ha librado de una horrible pe­sadilla.
Se celebraron numerosas fiestas y banquetes nocturnos.
Sintiendo pereza de regresar a sus castillos después de estos banquetes, los guerreros comenzaron de nuevo a quedarse dormidos en la gran sala.
Así pasó algún tiempo.

Fuente: Antonio Urrutia

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La espada encantada

Los nobles daneses, convencidos de que ya no tenían nada que temer, se hablan acostado tranquilamente so­bre las pieles abrigadas y blandas. Se durmieron, pues, sin recelar peligro alguno; pero cuando hacía una hora que todos reposaban profundamente volvió a abrirse la fatídica puerta y al vago resplandor de la luna se vio penetrar en la sala una sombra cor­pulenta y agigantada, que avanzaba hacia el centro sin hacer el menor ruido. Sólo uno de los daneses, de sueño más ligero que sus compañe­ros de,armas, pudo percibir la sombra y dio un grito para despertarlos a to­dos, incorporándose y tirando de su espada. Pero el misterioso enemigo, orientado por la voz, se dirigió hacia él y, sin darle tiempo a defenderse, le tapó la boca con su poderosa garra y desapareció llevándoselo. Todo había ocurrido con gran rapidez.
Cundió el pánico. Muchos que ha­bían despertado pudieron presenciar el rapto del guerrero, aunque incapa­ces de hacer nada para auxiliarle. To­dos estaban convencidos de que era de nuevo el mismo Grendel. Inmedia­tamente se formó un grupo de hom­bres para correr en persecución del monstruo. No sabían, de momento, quién fuese el desaparecido; pero cuan­do pasaron revista a los presentes vie­ron que el único que faltaba era el noble Aeschere, principal consejero del rey Hrotgar.
Deliberaron los nobles acerca de la conveniencia de comunicar aquel su­ceso al soberano y acordaron decír­selo después de esperar a que ama­neciese.
Fue un triste despertar para el rey, que sentía vivo afecto por su con­sejero. Decidió llamar a Beowulf y, después de hacerle saber lo sucedido, le pidió venganza contra el raptor de Aeschere.
El nuevo atacante al huir había dejado tras sí un rastro de sangre de su víctima. Aquello serviría sin duda a los vikingos para encaminarse al mismo antro que podía servir de gua­rida a la fiera. Sin permitir que pasase demasiado tiempo, Beowulf y sus com­pañeros siguieron las sangrientas hue­llas y anduvieron largo rato por la llanura gris, sobre el rastro, que pa­recía rodearlos de siniestros presa­gios. La hemorragia debió de ser es­pantosa, y se veía clara-mente, en de­terminado lugar, que el monstruo se había detenido para descansar o re­poner fuerzas. Veíanse dos rastros pa­ralelos: uno más ennegrecido y abun­dante, que era sin duda el de Grendel, y otro que parecía de sangre humana, y era el de la víctima, la sangre del infortunado Aeschere, que se había llevado el segundo monstruo. No era posible dudar más.
De este modo, y sin que les faltase nunca la trágica pista que seguían, llegaron a la misma orilla de un lago muy extenso, sombreado por frondo­sos árboles. El lugar tenía un aspecto sombrío, a lo que contribuía sobre­manera el color del agua, que era casi negro.
Se hallaba este estanque a corta distancia del mar y en sus orillas ter­minaban las huellas de sangre, como si Grendel se hubiese lanzado al agua. Pero ¿cómo habría podido nadar con un solo brazo?
Ya sabemos que Beowulf era un nadador extraordinario, fuera de se­rie, y por tanto era lógico que aquel obstáculo no le arredrase. Se quitó la ropa y se dispuso a zambullirse. Y desechando los consejos de sus ami­gos, que le aconsejaban paciencia y se emboscara en los alrededores del estanque, les respondió:
-Es inútil que me roguéis: he decidido llevar esta aventura hasta el fin. Si dentro de una hora no aparez­co, los mejores nadadores que haya entre vosotros podrán buscarme en el fondo del lago.
Y dejando a un lado la espada y el escudo, que le estorbaban, se lanzó a las aguas del lago cubierto sólo con un coselete de bronce, que apenas le tapaba el pecho y la cintura.
Las negras aguas recibieron a Beo­wulf y se cerraron sobre su cuerpo en círculos concéntricos, que con una calma siniestra fueron ensanchándose hasta perderse en las orillas. Después reinó el silencio. Los vikingos geatas se quedaron pensativos, mirándose unos a otros. No sabían si volverían a ver más a su príncipe.
Cuando Beowulf se hubo sumer­gido miró a todas partes para tratar de orientarse, y lo logró al fin, aun­que el negro color de las aguas es­torbaba y hacía difícil la visibilidad. Hacia la derecha, junto a la roca, en­contró una mancha negra, a la cual se dirigió rápidamente y la tanteó es­perando encontrar un muro de piedra o de tierra. Pero su sorpresa fue gran­de al descubrir que era en realidad un paso, la boca de una misteriosa gale­ría por la que se podía penetrar en busca de lo desconocido.
Con una audacia inaudita, sin de­tenerse a pensar si le sería posible salir pronto de allí y encontrar aire para respirar, Beowulf se lanzó hacia la galería que, afortunadamente para él, tenía la forma de un tubo con los dos extremos vueltos hacia arriba, es decir, hacia la superficie del agua. En breve tiempo, antes que acabase su resistencia, pudo salir de nuevo a la superficie del agua y vio que se halla­ba en la base líquida de una enorme bóveda semejante a un pozo. Mirando hacia arriba divisó un débil resplan­dor que se proyectaba sobre el techo de roca. Para llegar al borde del pozo le fue preciso encaramarse por sus paredes, que estaban cortadas casi a pico. No le fue fácil hacerlo; pero una vez hubo logrado salir del agua en­contró junto a un hueco de la pared el principio de una tosca escalera por la que pudo ascender apoyándose en la pared opuesta.
Cuando ya había sacado casi todo el cuerpo fuera del agua, llegaron a su oído voces rudas que hablaban un idioma ignorado y percibió también claramente algunos gemidos roncos, que la extraña voz trataba de calmar con palabras.
Aquél debía ser el antro de Gren­del. El monstruo era, sin duda, el que se quejaba, y su compañero, el raptor del infeliz Aeschere.
Beowulf asomó poco a poco la ca­beza y procuró no hacer ni el menor ruido, y pudo vér que la boca del pozo terminaba en una espaciosa cueva en la que había aire puro. Debía de es­tar en comunicación con el mar por alguna abertura invisible.
La escena de horror que se ofreció a sus ojos no le permitió al valiente vikingo seguir en sus conjeturas. Vuel­tos de espalda a la boca del pozo, de manera que no pudieron verle, había dos seres horribles, macho y hembra. Uno de ellos estaba tendido en el suelo, ensangrentado y lanzaba sor­dos gruñidos. El otro, la mujer, de tanta corpulencia como el herido, tra­taba de calmar sus dolores; pero era tarde: Grendel moría, sin duda por­ que la tremenda herida del brazo arrancado de cuajo se le había gan­grenado.
A Beowulf le repugnaba tener que entablar combate con una hembra, aunque fuese la madre de un mons­truo; pero no le quedaba más reme­dio. Había jurado, costase lo que cos­tase, llevar a término aquella difícil aventura.
De pronto, Beowulf se estremeció de gozo: apoyada en la pared, detrás de los horribles seres, había una mag­nífica espada que parecía invitarle a apoderarse de ella y dar rápido fin a su empresa. Sin pensarlo un momen­to más, Beowulf tomó impulso, hizo flexión con las aceradas piernas, y se plantó de un salto en el rincón donde estaba la espada apoyada en la pared, apoderándose de ella en un instante.
El ruido que hizo al dar el salto obligó a la feroz hembra que acom­pañaba a Grendel a volver el rostro. Hasta entonces el héroe no había po­dido ver las facciones de aquella mu­jer espantosa, porque estaba vuelta de espaldas, pero al volverse le pare­ció aún mucho más horrible que su hijo.
Dejando al herido, la madre de Grendel se puso en pie. Su corpulen­cia igualaba a la de éste, aunque en la fealdad del rostro lo aventajaba extraordinariamente. Tenía una boca grande y sanguinolenta semejante a la de las hienas, con dientes largos y bien afilados. Sus ojos, hundidos y crueles, se fijaron en Beowulf, y lan­zó un rugido espantoso. Él aguardó la acometida, y cuando la hembra lle­gó a una distancia que le pareció con­veniente descargó la espada contra el brazo izquierdo del monstruo. Su asombro fue grande al ver que, con el simple contacto de la espada, el brazo de su enemiga se desprendía y caía al suelo, sin que ello le hubiese costado cl menor esfuerzo. Aquella espada que tenía entre las manos es­taba, por tanto, encantada, y Beowulf exhaló im grito de triunfo. El sangui­nario animal lanzó un gruñido terro­rífico, que hizo estremecer los muros de la cueva. Grendel se dio cuenta, levantó la cabeza y lanzó también un débil gemido; pero ya no tenía fuer­zas para incorporarse. Beowulf rema­tó a su enemiga de un poderoso tajo en el cuello y le cortó la cabeza. Lo mismo hizo después con el hijo.
Cuando tuvo reunidas las dos ca­bezas exploró la cueva, que era poco espaciosa, y allí encontró lo que ya esperaba: el cadáver del infeliz Aes­chere.
Aquella noche el rey le hizo objeto de un recibimiento principesco y se celebró una nueva cena en la fatídi­ca sala. Pero esta vez nadie tuvo miedo y se quedaron a dormir en ella los guerreros daneses confundidos con los geatas.
No fue necesario dejar ninguna guardia, pues ya Grendel y su madre habían muerto. Sus cráneos enormes quedaron como adorno en la sala, donde había otros trofeos de caza.
Al día siguiente Beowulf, rechazan­do gentilmente los ruegos de los so­beranos de Dinamarca, decidió regre­sar a su patria. Llevaba su nave car­gada de regios presentes en testimo­nio de gratitud de aquel pueblo que él había liberado de la más horrible de las amenazas.

Fuente: Antonio Urrutia

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