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martes, 18 de diciembre de 2012

Barrabaxu

Ocurre que las cosas pasan. Pasa la gloria que, en un momento dado, fue actualidad, hizo furor y acaso alarma, estableció época. Y quedó lo sólido y permanente, lo que es de Dios, porque es ley de vida que la muerte del César se extienda y arrastre consigo a todo lo que del César es.
Los monasterios son ejemplo de lo que venimos afirman­do. Precisamente porque el claustro es constancia y serie­dad ve pasar y caer imperios y triunfos del momento. Se hace entonces cierto que los reinos y la tierra pasan, mien­tras la palabra y el espíritu permanece.
La opinión general de la historiografía clásica sostiene que fue San Martín capital del reino ya que, sencillamente, el rey Aurelio asentó allí su corte [1]. Lo cierto es que en San Martín, al lado y al amparo de la corte, surgió un mo­nasterio que, al caer la grandeza de lo real, siguió mante­niendo firme, bajo el mismo cielo de siempre, antigüedad y tono serio, serenidad y alabanza a Dios [2].
He aquí que, cuando la leyenda nace, la época de esplen­dor sólo quedaba en el recuerdo. Y en el monasterio sólo cinco monjes ejercitaban el alto ministerio, la profesión no humana de la alabanza. Una paz sencilla, no aparatosa, como es toda paz cuando es auténtica, rodeaba la vida de estos cinco monjes. Y una felicidad les recorría todos los instantes de su concienzudo trabajo y de sus días llenos de fruto grato a Dios.
Pero hubo un día en que esta calma se partió en Dios: el pueblo y los contornos se cubrieron de intranquilidad ante la presencia de un malhechor que arrasaba propiedades y mieses, que robaba y asesinaba sin escrúpulo. Se le llamó Barrabaxu. Se rompió, decimos, la paz del claustro por esa sencilla razón de que quienes no son del mundo sienten el dolor y el estremecimiento, la alegría y la intranquilidad que el mundo siente, como si fuese propia.
Cierto día volvía de sacramentar a un vecino de Sanfre­choso uno de los padres del monasterio. Con paso torpe y mente ágil, con cansancio de jornada repleta y animosidad, se dirigía, durante la noche, al monasterio. Fue entonces cuando Barrabaxu, en busca de dinero y de botín, se precipi­ta sobre él y le maltrata. Después se interna de nuevo en la soledad y la noche, su amiga, dejando al pobre fraile malhe­rido en el camino.
Pero hay un momento en que el desasosiego y la intran­quilidad entran en la vida del bandido y representan un papel principal. Es el momento en que el sueño y la paz desaparecen en la existencia de Barrabaxu. Hay en él algo que le va minando y recorriendo; sus delitos le punzan por todas partes.
Las puertas de los monasterios se abren, por lo general, para cosas importantes y grandes, aunque diarias y aparen­temente minúsculas. Son puertas por las que de ordinario entra la pesadilla y sale la calma. No sin razón suele decirse que el monasterio es remanso y oasis.
-¿Qué deseas, hijo mío? -pregunta una voz sencilla, pero segura, con la seguridad de quien si no todo lo hace bien, sí intenta hacerlo.
Enfrente a esta voz en calma se encuentra un hombre jadeante e intranquilo.
-Quiero confesarme -dice.
De principio todo tiene aire de normalidad. Pero no, por­que el hombre que ahora se acoge al convento es Barrabaxu, la pesadilla y el terror del resto de la gente.
El fraile le confiesa. Después, sacando de entre su hábito un vaso de barro, se lo entrega a Barrabaxu con estas pala­bras: «Cuando llenes este recipiente quedarán perdonados tus pecados.»
El malhechor se dirige con premura, al río. Pero lo que en otro caso, en todos los otros casos posibles resultaría fácil, incuestio-nablemente, aquí no ocurre. Barrabaxu acude a otro y a otro río; va al mar. Pero el agua no entra en el recipien­te. O mejor, había que decir que el agua no quiere entrar.
De pronto, y así como un día entró en la vida y el alma del malhechor el desasosiego, se hace presente ahora, ines­peradamente, la claridad absoluta. Y fue de peregrinación a Covadonga.
Conveniente sería aquí una pausa ante el suceso no co­mún, ante el hecho de que la leyenda llegue a Covadonga, nos lleve a los pies de la Madre de las Asturias, cuna de reconquistadores. Pero, en este caso, renunciamos al co­mentario y al paréntesis porque es importante seguir dicien­do, sin respiro y sin pausa, que fue en Covadonga y ante la Virgen donde el vaso se vio repleto, lleno de perdón y de penitencia al mismo tiempo. Y no ocurrió esto de modo normal porque no acudió Barrabaxu a fuente alguna húme­da, sino que lloró y oró ante la Virgen. Entonces el agua brotó de él, de la fuente de sus ojos. Porque lo que no sabía hasta el tal momento Barrabaxu era que el agua requerida debía ser agua de dolor y llanto, de arrepentimiento y de propósito. Y también comprendió el malhechor que sólo en Covadonga y ante la Señora de las montañas era posible colmar el vaso de la penitencia.
-Gracias, Señor, por tu perdón -era la frase única y sentida que salía de los labios de Barrabaxu, repetida incan­sablemente.
Y se cuenta cómo volvió a San Martín y se hizo monje. Su cargo fue el de portero; y él, que había sido un día reci­bido y confortado, tuvo por misión confortar y recibir. Y aunque su nombre fue desde entonces el de Pedro, para la gente siguió siendo el de Barrabaxu [3]»

 Leyenda historica

0.100.3 anonimo (asturias) - 010



[1] CARVALLO, L. A., Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias, Madrid 1695, pp. 145-147.
[2] JOVELLANOS, G. M. Colección de Asturias. T. II, Madrid 1948, p. 227: «S. Martín de Langreo. Es ciertamente la parroquial, que oy se llama Martín de el Rey Aurelio en el arziprestazgo de Langreo, y donde este Rey fue sepultado segun Sebastiano n. 17 in Valle Lancio, cerca de la era 812, año 774. Y estamos a que fue monasterio: porque fue sepulchro pacífico en que este monarca avia de tener Capellanes continuos. Y tam­bién estamos a que fue monasterio desde el tiempo de los Suevos.»
[3] Tomamos la leyenda de la tradición oral, en julio de 1962, siendo nuestros principales informantes Luz González, Marina Canteli Y Gumer­sindo Castaño; cfr. MARTINEZ, E., Leyendas del Nalón, en RDTP, T. XX, cuadernos 1-2, Madrid 1964, pp. 105-108.

Huitzilopoxtli

Tuve que ir, hace poco tiempo, en una comisión periodística, de una ciudad frontera de los Estados Unidos, a un punto mexicano en que había un destacamento de Carranza. Allí se me dio una recomendación y un salvoconducto para penetrar en la parte de territorio dependiente de Pancho Villa, el guerrillero y caudillo militar formidable. Yo tenía que ver un amigo, teniente en las milicias revolucionarias, el cual me había ofrecido datos para mis informaciones, asegurándome que nada tendría que temer durante mi permanencia en su campo.
Hice el viaje, en automóvil, hasta un poco más allá de la línea fronteriza en compañía de mister John Perhaps, médico, y también hombre de periodismo, al servicio de diarios yanquis, y del Coronel Reguera, o mejor dicho, el Padre Reguera, uno de los hombres más raros y terribles que haya conocido en mi vida. El Padre Reguera es un antiguo fraile que, joven en tiempo de Maximiliano, imperialista, naturalmente, cambió en el tiempo de Porfirio Díaz de Emperador sin cambiar en nada de lo demás. Es un viejo fraile vasco que cree en que todo está dispuesto por la resolución divina. Sobre todo, el derecho divino del mando es para él indiscutible.
-Porfirio dominó -decía- porque Dios lo quiso. Porque así debía ser.
-¡No diga macanas! -contestaba mister Perhaps, que había estado en la Argentina.
Dejé que pasara el yanqui adelante, y luego, acercando mi caballería a la del Padre Reguera, le dije:
De más decir que yo no podía dormir. Yo había terminado mi tabaco y pedí a Reguera.
Caminé y me interné un tanto en la floresta, hasta que vi una especie de claridad que no era la de la luna, puesto que la claridad lunar, fuera del bosque era blanca, y ésta, dentro, era dorada. Continué internándome hasta donde escuchaba como un vago rumor de voces humanas alternando de cuando en cuando con los aullidos de los coyotes.
-Pero a Porfirio le faltó la comunicación con la Divinidad... ¡Al que no respeta el misterio se lo lleva el diablo! Y Porfirio nos hizo andar sin sotana por las calles. En cambio Madero...
Aquí en México, sobre todo, se vive en un suelo que está repleto de misterio. Todos esos indios que hay no respiran otra cosa. Y el destino de la nación mexicana está todavía en poder de las primitivas divinidades de los aborígenes.
En otras partes se dice: «Rascad... y aparecerá el...». Aquí no hay que rascar nada. El misterio azteca, o maya, vive en todo mexicano por mucha mezcla social que haya en su sangre, y esto en pocos.
-Coronel, ¡tome un whisky! dijo mister Perhaps, tendiéndole su frasco de ruolz.
-Prefiero el comiteco -respondió el Padre Reguera, y me tendió un papel con sal, que sacó de un bolsón, y una cantimplora llena de licor mexicano.
Andando, andando, llegamos al extremo de un bosque, en donde oímos un grito: «¡Alto!».
Nos detuvimos. No se podía pasar por ahí. Unos cuantos soldados indios, descalzos, con sus grandes sombrerones y sus rifles listos, nos detuvieron.
El Viejo Reguera parlamentó con el principal, quien conocía también al yanqui. Todo acabó bien. Tuvimos dos mulas y un caballejo para llegar al punto de nuestro destino. Hacía luna cuando seguimos la marcha. Fuimos paso a paso. De pronto exclamé dirigiéndome al viejo Reguera:
-Reguera, ¿cómo quiere que le llame, Coronel o Padre?
-¡Como la que lo parió! -bufó el apergaminado personaje.
-Lo digo -repuse- porque tengo que preguntarle sobre cosas que a mi me preocupan bastante.
Las dos mulas iban a un trotecito regular, y solamente mister Perhaps se detenía de cuando en cuando a arreglar la cincha de su caballo, aunque lo principal era el engullimiento de su whisky.
-Usted es un hombre valiente, práctico y antiguo. A usted le respetan y lo quieren mucho todas estas indiadas.
Dígame en confianza: ¿es cierto que todavía se suelen ver aquí cosas extraordinarias, como en tiempos de la conquista?
-¡Buen diablo se lo lleve a usted! ¿Tiene tabaco?
Le di un cigarro.
-Pues le diré a usted. Desde hace muchos años conozco a estos indios como a mí mismo, y vivo entre ellos como si fuese uno de ellos. Me vine aquí muy muchacho, desde en tiempo de Maximiliano. Ya era cura y sigo siendo cura, y moriré cura.
-¿Y... ?
-No se meta en eso.
-Tiene usted razón, Padre; pero sí me permitirá que me interese en su extraña vida.
¿Cómo usted ha podido ser durante tantos años sacerdote, militar, hombre que tiene una leyenda, metido por tanto tiempo entre los indios, y por último aparecer en la Revolución con Madero? ¿No se había dicho que Porfirio le había ganado a usted?
El viejo Reguera soltó una gran carcajada.
-Mientras Porfirio tuvo a Dios, todo anduvo muy bien; y eso por doña Carmen...
-¿Cómo, padre?
-Pues así... Lo que hay es que los otros dioses...
-¿Cuáles, Padre?
-Los de la tierra...
-¿Pero usted cree en ellos?
-Calla, muchacho, y tómate otro comiteco.
-Invitemos -le dije- a míster Perhaps que se ha ido ya muy delantero.
-¡Eh, Perhaps! ¡Perhaps!
No nos contestó el yanqui.
-Espere -le dije, Padre Reguera; voy a ver si lo alcanzo.
-No vaya -me contestó mirando al fondo de la selva. Tome su comiteco.
El alcohol azteca había puesto en mi sangre una actividad singular. A poco andar en silencio, me dijo el Padre:
-Si Madero no se hubiera dejado engañar...
-¿De los políticos?
-No, hijo; de los diablos...
-¿Cómo es eso?
-Usted sabe.
-Lo del espiritismo...
-Nada de eso. Lo que hay es que él logró ponerse en comunicación con los dioses viejos...
-¡Pero, padre...!
-Sí, muchacho, sí, y te lo digo porque, aunque yo diga misa, eso no me quita lo aprendido por todas esas regiones en tantos años... Y te advierto una cosa: con la cruz hemos hecho aquí muy poco, y por dentro y por fuera el alma y las formas de los primitivos ídolos nos vencen... Aquí no hubo suficientes cadenas cristianas para esclavizar a las divinidades de antes; y cada vez que han podido, y ahora sobre todo, esos diablos se muestran.
Mi mula dio un salto atrás toda agitada y temblorosa, quise hacerla pasar y fue imposible.
-Quieto, quieto -me dijo Reguera.
Sacó su largo cuchillo y cortó de un árbol un varejón, y luego con él dio unos cuantos golpes en el suelo.
-No se asuste -me dijo; es una cascabel.
Y vi entonces una gran víbora que quedaba muerta a lo largo del camino. Y cuando seguimos el viaje, oí una sorda risita del cura...
-No hemos vuelto a ver al yanqui le dije.
-No se preocupe; ya le encontraremos alguna vez.
Seguimos adelante. Hubo que pasar a través de una gran arboleda tras la cual oíase el ruido del agua en una quebrada. A poco: «¡Alto!»
-¿Otra vez? -le dije a Reguera.
-Sí -me contestó. Estamos en el sitio más delicado que ocupan las fuerzas revolucionarias. ¡Paciencia!
Un oficial con varios soldados se adelantaron. Reguera les habló y oí contestar al oficial:
-Imposible pasar más adelante. Habrá que quedar ahí hasta el amanecer.
Escogimos para reposar un escampado bajo un gran ahuehuete.
-Tengo -me dijo, pero con mariguana.
Acepté, pero con miedo, pues conozco los efectos de esa yerba embrujadora, y me puse a fumar. En seguida el cura roncaba y yo no podía dormir.
Todo era silencio en la selva, pero silencio temeroso, bajo la luz pálida de la luna. De pronto escuché a lo lejos como un quejido largo y aullante, que luego fue un coro de aullidos. Yo ya conocía esa siniestra música de las selvas salvajes: era el aullido de los coyotes.
Me incorporé cuando sentí que los clamores se iban acercando. No me sentía bien y me acordé de la mariguana del cura. Si seria eso...
Los aullidos aumentaban. Sin despertar al viejo Reguera, tomé mi revólver y me fui hacia el lado en donde estaba el peligro.
Avancé hasta donde me fue posible. He aquí lo que vi: un enorme ídolo de piedra, que era ídolo y altar al mismo tiempo, se alzaba en esa claridad que apenas he indicado. Imposible detallar nada. Dos cabezas de serpiente, que eran como brazos o tentáculos del bloque, se juntaban en la parte superior, sobre una especie de inmensa testa descarnada, que tenía a su alrededor una ristra de manos cortadas, sobre un collar de perlas, y debajo de eso, vi, en vida de vida, un movimiento monstruoso. Pero ante todo observé unos cuantos indios, de los mismos que nos habían servido para el acarreo de nuestros equipajes, y que silenciosos y hieráticamente daban vueltas alrededor de aquel altar viviente.
Viviente, porque fijándome bien, y recordando mis lecturas especiales, me convencí de que aquello era un altar de Teoyaomiqui, la diosa mexicana de la muerte. En aquella piedra se agitaban serpientes vivas, y adquiría el espectáculo una actualidad espantable.
Me adelanté. Sin aullar, en un silencio fatal, llegó una tropa de coyotes y rodeó el altar misterioso. Noté que las serpientes, aglomeradas, se agitaban; y al pie del bloque ofídico, un cuerpo se movía, el cuerpo de un hombre Mister Perhaps estaba allí.
Tras un tronco de árbol yo estaba en mi pavoroso silencio. Creí padecer una alucinación; pero lo que en realidad había era aquel gran círculo que formaban esos lobos de América, esos aullantes coyotes más fatídicos que los lobos de Europa.
Al día siguiente, cuando llegamos al campamento, hubo que llamar al médico para mí.
Pregunté por el Padre Reguera.
-El Coronel Reguera -me dijo la persona que estaba cerca de mí- está en este momento ocupado. Le faltan tres por fusilar.

1.073. Dario, Ruben - 000

Leyenda de tatuana

EL MAESTRO Almendro tiene la barba rosada, fue uno de los sacerdotes que los hombres blancos tocaron creyéndoles de oro, tanta riqueza vestían, y sabe el secreto de las plantas que lo curan todo, el vocabulario de la obsidiana -piedra que habla- y leer los jeroglíficos de las constelaciones.
Es el árbol que amaneció un día en el bosque donde está plantado, sin que ninguno lo sembrara, come si lo hubieran llevado los fantasmas. El árbol que anda... El árbol que cuenta los años de cuatrocientos días por las lunas que ha visto, que ha visto muchas lunas, como todos los árboles, y que vino ya viejo del Lugar de la Abundancia. Al llenar la luna del Búho-Pescador (nombre de uno de los veinte meses del año de cuatrocientos días), el Maestro Almendro repartió el alma entre los caminos. Cuatro eran los caminos y se marcharon por opuestas direcciones hacia las cuatro extremidades del cielo. La negra extremidad: Noche sortílega. La verde extremidad: Tormenta primaveral. La roja extremidad: Guacamayo o éxtasis de trópico. La blanca extremidad: Promesa de tierras nuevas. Cuatro eran los caminos.
-¡Caminín! ¡Caminito!... -dijo al Camino Blanco una paloma blanca, pero el Caminito Blanco no la oyó. Quería que le diera el alma del Maestro, que cura de sueños. Las palomas y los niños padecen de ese mal.
-¡Caminin! ¡Caminito!... -dijo al Camino Rojo un coraz6n rojo; pero el Camino Rojo no lo oyó. Quería distraerlo para que olvidara el alma del Maestro. Los corazones, como los ladrones, no devuelven las cosas olvidadas.
-¡Caminin! ¡Caminito!... -dijo al Camino Verde un emparrado verde, pero el Camine Verde no lo oyó. Quería que con el alma del Maestro le desquitase algo de su deuda de hojas y de sombra.
¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos?
El más veloz, el Camino Negro, el camino al que ninguno habló en el camino, se detuvo en la ciudad, atravesó la plaza y en el barrio de los mercaderes, per un ratito de descanso, dio el alma del Maestro al Mercader de Joyas sin precio. Era la hora de los gatos blancos. Iban de un lado a otro. ¡Admiración de los resales! Las nubes parecían ropas en los tendederos del cielo. Al saber el Maestro lo que el Camino Negro había hecho, tomó naturaleza humana nuevamente, desnudándose de la forma vegetal en un riachuelo que nacía bajo la luna ruboroso come una flor de almendro, y encaminóse a la ciudad. Llegó al valle después de una jornada, en el primer dibujo de la tarde, a la hora en que volvían los rebaños, conversando a los pastores, que contestaban monosilábicamente a sus preguntas, extrañados, come ante una aparición, de su túnica verde y su barba rosada.
En la ciudad se dirigió a Poniente. Hombres y mujeres rodeaban las pilas públicas. El agua sonaba a besos al ir llenando los cántaros. Y guiado por las sombras, en el barrio de los mercaderes encontró la parte de su alma vendida por el Camino Negro al Mercader de Joyas sin precio. La guardaba en el fondo de una caía de cristal con cerradores de oro. Sin perder tiempo se acercó al Mercader, que en un rincón fumaba, a ofrecerle per ella cien arrobas de perlas. El Mercader sonrió de la locura del Maestro. ¿Cien arrobas de perlas? ¡No, sus joyas no tenían precio!
El Maestro aumentó la oferta. Los mercaderes se niegan hasta llenar su tanto. Le daría esmeraldas, grandes come maíces, de cien en cien almudes, hasta formar un lago de esmeraldas. El Mercader sonrió de la locura del Maestro. ¿Un lago de esmeraldas? ¡No, sus joyas no tenían precio! Le daría amuletos, ojos de namik para llamar el agua, plumas contra la tempestad, mariguana para su tabaco...
El Mercader se negó.
¡Le daría piedras preciosas para construir, a medio lago de esmeraldas, un palacio de cuento! El Mercader se negó. Sus joyas no tenían precio, y, además ¿a qué seguir hablando?-, ese pedacito de alma lo quería para cambiarlo, en un mercado de esclavas, por la esclava más bella. Y todo fue inútil, inútil que el Maestro ofreciera y dijera, tanto como lo dijo, su deseo de recobrar el alma. Los mercaderes no tienen corazón. Una hebra de humo de tabaco separaba la realidad del sueño, los gatos negros de los gatos blancos y al Mercader del extraño comprador, que al salir sacudió sus sandalias en el quicio de la puerta. El polvo tiene maldición.
Después de un año de cuatrocientos días -sigue la leyenda- cruzaba los caminos de la cordillera el Mercader. Volvía de países lejanos, acompañado de la esclava comprada con el alma del Maestro, del pájaro flor, cuyo pico trocaba en jacintos las gotitas de miel, y de un séquito de treinta servidores montados.
-¡No sabes -decía el Mercader a la esclava, arrendando su caballería- cómo vas a vivir en la ciudad! ¡Tu casa será un palacio y a tus órdenes estarán todos mis criados, yo el último, si así lo mandas tú!
-Allá -continuaba con la cara a mitad bañada por el sol -todo será tuyo. ¡Eres una joya, y yo soy el Mercader de Joyas sin precio! ¡Vales un pedacito de alma que no cambié por un lago de esmeraldas!... En una hamaca juntos veremos caer el sol y levantarse el día, sin hacer nada, oyendo los cuentos de una vieja mañosa que sabe mi destino. Mi destino, dice, está en los dedos de una mano gigante, y sabré el tuyo, si así lo pides tú. La esclava se volvía al paisaje de colores diluidos en azules que la distancia iba diluyendo a la vez. Los árboles tejían a los lados del camino una caprichosa decoración de guipil. Las aves daban la impresión de velar dormidas, sin alas, en la tranquilidad del cielo, y en el silencio de granito, el jadeo de las bestias, cuesta arriba, cobraba acento humano.

Leyendas de guatemala

1.059. Asturias, Miguel Angel - 000

El espejo

(Después de la repoblación de Buenos Aires en 1580)

I

En 1583 la ciudad de Buenos Aires se desarrollaba tranquilamente bajo la sabia administración de su gallardo fundador don Juan de Garay.
Un acontecimiento vino cierto día a interrumpir la vida sosegada de sus moradores. Acababa de llegar a la rada una escuadrilla deshecha, pobres restos de un hermoso convoy que debía conducir, de España a Chile, al general don Diego Flores de Valdés y al gobernador del último país nombrado, don Alonso Sotomayor, marqués de Villa Hermosa. Los tempo­rales en el Atlántico Sur habían causado tantos destrozos en las naves, que los capitanes decidieron retroceder hasta Buenos Aires, entonces el único, punto poblado en centenares de millas de costa árida y desierta.
Los náufragos fueron acogidos con la espontánea, sincera y desinteresada hospitalidad que constituye un hermoso rasgo del carácter español y criollo.
El gobernador hospedó al marqués de Villa Hermosa, y distribuyó a los demás en distintas casas, donde recibieron todo género de atenciones. Pronto olvi­daron los sufrimientos de la travesía y a muchos se les hizo tan simpática Buenos Aires, que renunciaron seguir viaje a Chile, prefiriendo establecerse en el Río de la Plata. Otros, en cambio, continuaron dispuestos a acompañar al marqués a su primitivo destino.
Don Juan de Garay preparó una expedición bien equipada que debía escoltar a don Alonso Soto­mayor y a sus compañeros hasta las costas del otro océano. El gobernador, además de cumplir un deber humanitario, buscaba un fin práctico con esta expe­dición: estudiar las condiciones del país para esta­blecer una comunicación directa con Chile, escalo­nando pueblos en el largo trayecto sólo recorrido por tribus salvajes.

II

Entre los náufragos hallábase un hidalgo español, que con su familia pensaba radicarse definitivamente en Chile. Había traído consigo muebles y otros objetos; algunos de lujo, completamente inútiles y fuera de lugar en América. En el naufragio, lo único que se salvó fue, por casualidad, lo más frágil y a la vez lo más superfluo de todo: un magnífico espejo. El hidalgo maldecía el capricho del azar, que le había despojado de lo necesario, conservándole precisamente lo que menos podría servirle.
Hospedábase con su familia en casa de uno de los soldados fundadores, Juan Márquez de Ochoa, quien con su mujer, criolla asunceña, hizo todo cuanto le fue posible para que la permanencia forzada de los náufragos en Buenos Aires les fuera agradable. Los españoles, agradecidos, quisieron antes de partir para Chile hacer un regalo a la familia; pero ésta se negó obstinadamente a recibir dinero, y en Buenos Aires no había posibilidad de comprar nada fuera de los artículos de primera necesidad. Los huéspedes estaban afligidos por no poder retribuir tantas atenciones, hasta que la señora tuvo una idea.
-Puesto que no quieren aceptar dinero, ofrezcá­mosles el espejo, único objeto de valor que nos queda.
-¿Y qué van a hacer con el espejo? -objetó su esposo. 
-Estas son gentes sencillas que no necesitan cosas de lujo.
-¡Pero puesto que no tenemos otra cosa que darles! Así verán, por lo menos, que estamos recono­cidos. Además, podrán venderlo después si quieren.
-¿Quién va a comprar espejos en Buenos Aires?
-Más tarde ya habrá quien compre. Aparte de ello, puedes estar seguro de que esta buena mujer, nacida en América, es tan hija de Eva como nosotras las españolas, y considerará el espejo objeto inapre­ciable.
Rióse el hidalgo de la observación de su esposa, y accedió.
Ochoa se resistió al principio a aceptar el obse­quio; pero a su mujer le brillaron los ojos en cuanto conoció el propósito de los huéspedes. El poseer un espejo constituía para ella una dicha jamás soñada.
-Pero, mujer, ¿de qué nos sirve ese vidrio? -le observó Ochoa. 
-Sólo sería un estorbo, sin contar que pasarías todo el día mirándote en él.
-¡Se te ocurren unas cosas! ¿Cuándo me has visto delante del espejo?
-Bien, mujer; no, no te he visto; pero es porque no hay ninguno en casa.
-Aunque hubiera -repuso ella, mudando de táctica. 
-Ya verás, Juan, que no tendrás de qué arrepentirte. Lo colgaremos aquí, -indicando un lienzo de pared- ¿ves? aquí no estorba. Y después ¿sabes? quizá logremos venderlo -agregó, tocando con astucia femenina todos los resortes y empleando inconscientemente los mismos argumentos usados por la esposa del hidalgo.
-¡Bah! -observó Ochoa, que puesto en jarras delante del espejo, reía con disimulo de las razones de su mujer -¡en Buenos Aires y espejo!- En el fondo, empero, estaba dispuesto a proporcionar este placer a la buena y fiel compañera de sus días.
El espejo de los náufragos quedó, pues, en casa de Ochoa.

III

Pasó una serie de años. Buenos Aires crecía en población, riqueza e importancia. Contribuía a su prosperidad la profunda paz en que le era dado desarrollarse: los conquistadores mantenían buenas relaciones con los indígenas, pues no regían en Buenos Aires las condiciones que hacían tan pesada la existencia a los indios del Paraguay y del Perú. No había minas en las llanuras, ni se explotaba en el litoral la fantástica variedad de productos tropicales. La pampa tampoco era tierra de crear en un momen­to riquezas de cuentos de hadas: las fortunas se labraban lenta y normalmente, con paciencia y labo­riosidad. En general, los que venían al Río de la Plata, no eran ya aventureros militares, sino gente dispuesta a trabajar sin esperar milagros.
En la campaña bonaerense surgieron pronto las chacras y estan-cias, que proveyeron de carne y productos agrícolas a la ciudad, y de cueros y lanas al naciente comercio legal y de contrabando.
Ochoa tenía entonces con su mujer e hijos una propiedad distante algunas leguas de Buenos Aires. El espejo que años antes le regalaran los náufragos, continuaba en su poder. Muchas veces Ochoa había querido deshacerse de él; mas su mujer siempre halló medio de conservarlo, confirmando así la suposición de la dama española, de que las criollas no diferían de sus hermanas europeas, en materia de vanidad. La luna fue, pues, llevada a la chacra y colgada frente a la puerta, tan fuera de lugar en aquel medio rústico, como un diamante en una cocina.
La familia vivía en su finca con desahogo, sin temer nada de parte de los indios merodeadores.
Sin embargo, Ochoa tuvo cierto día un incidente con uno de aquéllos, por haberle visto un caballo que le habían robado seis meses antes. En vano el pobre mozo juró y perjuró haber obtenido el animal de otro indígena, en cambio de algunos objetos considerados valiosos entre los naturales. Ochoa no le creyó y le hizo prender por la justicia. El supuesto ladrón se llevó la peor parte en su contienda con un cristiano: nadie hizo caso de sus afirmaciones, se le quitó el caballo y fue condenado a azotes, después de lo cual se le dejó en libertad.
Desde entonces el indígena no pensó sino en vengarse de cualquier manera.
Un día, rondando la casa, se cercioró de que sólo se hallaban en ella el dueño y su mujer. Los hijos estaban en la ciudad y los peones en los puestos lejanos.
El indio no aguardó más. Enarbolando un hacha de que se había provisto, se precipitó hacia la puerta y la abrió de golpe.
Ya con el pie en el umbral vio frente a él, otro indio que, blandiendo un hacha, se lanzaba a su encuentro, con gesto furibundo y amenazador.
El indígena, asombrado, se detuvo, vaciló, y el otro se detuvo también. Un momento se contem­plaron fijamente; y luego, el intruso, sobrecogido por la repentina e inesperada aparición de un adver­sario tan formidable, allí donde creía a todos despre­venidos, giró sobre sus talones y huyó; huyó con tanta velocidad que no vio a su terrible antagonista volverse, correr también y desaparecer en las profun­didades del espejo.

1.062. Elflein, Ada Maria - 000

...Y tristeza

-¿Y el animal más triste? -preguntaron de nuevo al sagaz campesino.
-El animal más triste es el cuervo -respondió. La tristeza se parece mucho a él. Cuando en el nido se abren los huevos y le nacen las crías, el cuervo, al verlos pelados y blancos, huye ante tan gran dolor y los abandona. Se retira a llorar sobre el árbol más cercano, rehusándoles el alimento. Después, se da cuenta de que sobre la piel les empiezan a despuntar las primeras plumas negras y vuelve.

Ningún enemigo, por invencible que pueda parecer, está libre de flaquezas. Las fauces del cocodrilo, su arma mortífera, fueron también su punto débil.

(de Leyendas: Tristeza. H. 5 v.)

1.082. Da Vinci, Leonardo - 012

Las grullas

El rey era bueno, pero tenía muchos enemigos. Las grullas, fieles y leales, estaban preocupadas por él. Era posible, especialmente de noche, que el enemigo rodease el palacio para apoderarse del soberano.
-¿Qué haremos? -se preguntaron. Los soldados, en vez de hacer guardia, se duermen; los perros, siempre de caza y siempre cansados, no se enteran de nada. A nosotras toca vigilar el palacio y hacer dormir sueños tranquilos a nuestro rey.
Y así, las grullas decidieron transformarse en centinelas, asignándose a cada cual una zona con turnos regulares de guardia.
El grupo más numeroso se distribuyó por el prado que rodeaba el palacio; otro grupo fue situándose ante todas las puertas de entrada; el tercero decidió apostarse en la cámara del rey para vigilarlo más de cerca.
-¿Y si nos vence el sueño? -preguntaron algunas.
-Contra el sueño -respondió la grulla más anciana- emplearemos este remedio. Todas sostendremos una piedra con la pata que tenemos alzada cuando estamos firmes. Si alguna de nosotras se durmiese, la piedra, al caer, con su ruido la despertíiría.
Desde aquel día, las grullas se relevan cada dos horas, para dar guardia al rey. Y ninguna, todavía, ha dejado caer la piedra.

Este animal, eternamente en pie, es en la leyenda arquetipo simbólico del centinela, vigilante y alerta, fiel y leal cumplidor de su deber.

(de Leyendas: Fidelidad igual a Lealtad. K. 9 r.)

1.082. Da Vinci, Leonardo - 012

La serpiente y los pájaros

La bandada de pájaros ya no era tan numerosa como antes. Cada día desaparecía alguno, de modo misterioso, sin que nadie se diese cuenta. El jefe de la bandada, preocupado, no podía explicárselo.
Una mañana, en vez de volar en cabeza, pensó en ponerse en la cola para vigilar a todos sus compañeros.
Volaron como siempre hacia el bosque lejano, pero al pasar sobre la colina, el jefe se dio cuenta de que la bandada se escindía como si la embistiese un fuerte viento. La mayor parte de los pájaros pronto volvieron a reunirse, pero los más jóvenes continuaron desviándose como atraídos por una fuerza invisible.
El jefe de la bandada, al fin, vio a la serpiente. Era larguísima, enroscada muchas veces sobre sí misma.
Oculta entre la yerba, todos los días esperaba el paso de los pájaros y, abriendo la boca, aspiraba tan fuerte que conseguía sorberlos hasta dentro de sus fauces.

(de Leyendas: Serpientes. H. 21 r.)

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