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domingo, 28 de diciembre de 2014

Uho, la bella

Cuando su mujer estaba en el sexto mes de embarazo, el padre de Uho invitó a sus parientes para festejar la próxima llegada del bebé. Era costumbre preparar un gran festín en el que todos colaboraban. Los invitados llegaron trayendo sus pollos. Entre todos lo ayudaron a sacar ñames y camotes, caña de azúcar y plátanos. Por la noche fueron a pescar langostas y toda clase de peces. Mataron los pollos, los desplumaron, les sacaron las tripas, las limpiaron y se las metieron otra vez. Con todas esas exquisiteces, la mujeres prepararon el curanto, que es la comida típica de Polinesia: se cava un hoyo en la tierra, se entierra la comida con piedras calentadas al fuego y con brasas y se deja cocinar lentamente durante varias horas.
Pero si aquella fue una gran fiesta, ni qué hablar de la alegría que se produjo unos meses después, cuando nació la niña más hermosa que nadie hubiera conocido. La llamaron Uho. La pequeña creció hasta transformarse en una joven bellísima.
Todos los días Uho se metía en el mar para nadar. Se sacaba la capa y el cinturón, dejándolos sobre una piedra, se mojaba la cara con agua, se ataba la larga cabellera en un moño y se zambullía feliz.
Pero un día, una tortuga, que la venía espiando desde hacía tiempo, mientras ella nadaba, se acercó a la piedra y le robó el cinturón. Cuando Uho salió del mar, se amarró la capa sobre los hombros, pero no pudo atársela a la cintura. Mirando a su alrededor vio a una pequeña tortuga que estaba entrando en el mar, llevando su cinturón, que brillaba al sol.
-Tortuguita, dame mi cinturón -rogó Uho.
-¡ven a buscarlo! -contestó la tortuga, alejándose sobre las olas.
Uho era una gran nadadora y no tuvo miedo de meterse otra vez en el mar para perseguir a la tortuga. El animal se alejaba más y más de la orilla: cada tanto, sacaba el cinturón del agua y lo hacía brillar al sol, para atraer a Uho. La joven no se daba cuenta hasta qué punto se estaba internando en el océano. Cuando finalmente consiguió llegar hasta donde estaba la tortuga y recuperar su cinturón, miró hacia atrás y se asustó. Estaba muy cansada. ¿Cómo volvería a la costa?
-No te asustes, hermosa Uho -dijo la tortuga. Súbete a mi espalda y sujétate bien fuerte a mi caparazón. Yo te llevaré hasta la playa. Debes estar preparada para sumergirte cada vez que yo lo haga.
Con Uho colgada de su cuello, la tortuga nadó más rápido que ninguna tortuga de este mundo. Pero no iba a la costa de donde la joven había salido. Sino a la oscura tierra de Hiva, donde vivía Mahuna, un joven con poderes mágicos, que se había enamorado de Uho viéndola nadar en el mar.
Toda la familia de Mahuna se quedó maravillada al ver la gran belleza de Uho y aprobaron la boda, que se celebró con un tremendo festín de curanto.
Entretanto, el padre y la madre de Uho la lloraban, pues creían que se había ahogado. En una habitación de la casa pusieron todas sus cosas y allí se sentaban a pensar en ella y a consolarse uno al otro de su pena.
Entretanto, la hermosa muchacha quedó embarazada y tuvo un precioso hijo varón. Su marido la trataba con mucha gentileza, y ella lo quería. El niñito llenaba sus días. Pero Uho no era feliz. Extrañaba su tierra, extrañaba desesperadamente a su padre y a su madre. Un día, Mahuna la encontró con los ojos hinchados y rojos de tanto llorar.
-¿Qué te pasa, mi amada?
-No me pasa nada -dijo Uho. Es el curanto que prepara tu madre todos los días. Sale mucho humo y me hace mal a los ojos.
Pero Mahuna no se dio por satisfecho. Estaba seguro de que Uho lloraba, y mucho. Entonces decidió esconderse para escuchar qué decía su esposa cuando se lamentaba.
-¡No quiero vivir en esta tierra oscura, con los ojos hundidos en la noche! ¡Ojalá pudiera volver a mi tierra de luz! ¡Ay, mi madre, ay, mi padre, ay, mi gente!
Mahuna le pidió consejo a su madre. Pero la suegra sabía que el sufrimiento de la chica no sería fácil de remediar.
-Lo único que puedes hacer es estar con ella y consolarla. Es importante que no se sienta sola.
El marido se quedó entonces junto a su mujer hasta que le pareció que la veía más contenta y tranquila. Entonces tuvo que salir para hacer sus trabajos de todos los días.
Un día, al caer el sol, Uho aprovechó que su marido todavía no había llegado y su bebé dormía para ir hasta la playa. Llorando, empezó a rogarle a todos los pájaros de distintas especies que la llevaran volando hacia arriba otra vez, hacia la tierra de sus padres.
-No podemos llevarte -le fueron contestando, uno por uno. Eres demasiado pesada para que un pájaro te lleve volando.
Pero al día siguiente, cuando Uho bajó a la playa para nadar como solía hacerlo cuando estaba en su casa, vio a una tortuguita rosada, muy parecida a la que la había llevado hasta allí. Y repitió su ruego.
-Muy bien -dijo la tortuguita. Te llevaré sobre mi caparazón, a cambio de un beso.
-Espera un momento -contestó Uho. Debo ocuparme de mi nino.
Uho corrió hacia la casa, abrazó a su hijo, lo levantó en el aire y le cantó así:

Serás pájaro, u-kú
tendrás alas, u-kú
tendrás plumas, u-kú
y nadie será como tú.

Si las piedras van por arriba
¡subirás!
Si las piedras van por abajo
¡bajarás!
Y volando volando
a mis brazos vendrás.

Uho dejó a su niño dormido en la casa y huyó hacia la playa. Le dio a la tortuga el beso convenido y se subió sobre su caparazón. En menos de lo que tarda un tiburón en devorar a su presa, estaba de vuelta en la casa de sus padres.
Muy despacio, casi sin hacer ruido, entró en la habitación donde su padre estaba sentado recordándola. El hombre saltó sobre sus pies cuando se dio cuenta de que una extraña había entrado en el recinto.
-¡Quién eres tú, que estás profanando el recuerdo de mi hija muerta!
-¡Soy yo, padre, yo misma, estoy de vuelta!
Enloquecido de alegría, sin poder creer lo que veían sus ojos, su padre la abrazó. Corrieron los dos adonde estaba la madre, que lloró y lloró de emoción al ver a su hija. Después llamaron a todos sus parientes y organizaron una gran fiesta de tres días para celebrar el regreso de su hija adorada.
En el tercer día de fiesta, cuando se estaba poniendo el sol, los invitados vieron un pájaro extraño, muy bonito, de una especie desconocida en la isla. Como no lograban atraparlo, terminaron por enojarse y comenzaron a lanzarle piedras.
Pero ninguna piedra conseguía alcanzarlo: recordando la canción
de su madre, cuando las lanzaban muy alto, el pájaro bajaba, cuando las lanzaban más bajas, subía. El pajarito revoloteó sobre la cabeza de Uho, dando tres vueltas a su alrededor y finalmente bajó volando hasta sus brazos. Allí las plumas se desprendieron y Uho pudo abrazar otra vez a su querido niño.
Uho y su hijo se quedaron a vivir para siempre con su familia, en la tierra de la luz.

0.075.3 anonimo (isla de pascua) - 059

Uenuku y la muchacha niebla

Persiguiendo a una presa, llegó Uenuku al amanecer a las orillas de un lago. El joven cazador maorí se encontró con un espectáculo tan extraño que le hizo olvidar su cacería. Una niebla cerrada, algo que nunca había visto en esa zona, cubría como si fuera un telón una parte del lago.
Curioso y con un poco de miedo, Uenuku se acercó y atravesó los límites de la neblina, escondido entre los juncos. Envueltas en jirones de nube, dos hermosísimas muchachas se estaban bañando en el lago. Por su belleza, pero también por la relación que parecían tener con el agua y la niebla, el cazador comprendió de inmediato que no eran mujeres humanas.
La Muchacha Niebla y la Muchacha Lluvia se dieron cuenta de que alguien había entrado en su refugio. Ya era tarde para escapar. Entonces Uenuku salió de su escondite. Las jóvenes lo miraron sin temor ni vergüenza.
Y cuando los ojos de la Muchacha Niebla se cruzaron con los suyos, el joven cazador sintió que su corazón latía con más fuerza.
-Debo irme ahora -dijo la hermosa jovencita. Cuando el sol está alto en el cielo, me hace mucho daño. Pero si quieres, esta noche volveré a verte.
-¿Si quiero? -dijo Uenuku, que no podía creer lo que le estaba pasando. Y no tuvo que decir más: un loco amor se asomaba en su mirada.
Esa noche Uenuku y la Muchacha Niebla conversaron y se besaron y se dijeron las primeras palabras de amor. Pero la despedida fue triste.
-Quiero que seas mi mujer para siempre. Soy un hombre fuerte y un buen cazador, puedo hacerte feliz -dijo Uenuku.
-Pero yo no -dijo la Muchacha Niebla. Yo no puedo hacerte feliz, porque soy hija del cielo y nunca perteneceré a la tierra por completo. Puedo ser tu esposa y estar contigo todas las noches, pero me iré cada amanecer, en cuanto salga el sol. Y nadie en tu aldea debe verme.
-No me importa -dijo Uenuku. Te amo.
Y era cierto: en ese momento no le importaba. Le bastaba saber que cada noche tendría junto a él a su amada Muchacha Niebla. Así comenzó el más extraño matrimonio que se pueda imaginar. Todas las noches la bella joven descendía del cielo y su cuerpo tomaba forma, como por arte de magia, en la cabaña de Uenuku. Todas las mañanas, antes de que el sol se elevara por encima de las colinas, apenas sus primeros rayos comenzaban a iluminar el interior de la cabaña, Muchacha Niebla volaba hacia el cielo. Y por un tiempo el acuerdo se mantuvo sin problemas. Un año después, nació una preciosa hijita de la que Uenuku estaba más que orgulloso.
Pero Muchacha Niebla había tenido razón. Uenuku no era completamente feliz. Le hubiera gustado que toda la aldea conociera a su mujer mágica y bella. Hablaba constantemente de ella y de su hijita y, por supuesto, muy pocos le creían. La mayoría de sus parientes y vecinos pensaban que estaba loco. Muchos se burlaban de él a sus espaldas. Un día escuchó la conversación de dos amigos, que no cuchicheaban lo bastante bajo.
-Ahí va Uenuku, qué pena me da ese hombre. Tan buen cazador y no le sirve para nada -dijo uno.
-Pensar que podría casarse con la más bella de nuestras muchachas. ¡Pero él prefiere ser el marido de «nadie»! -comentó el otro.
Eso fue más de lo que el orgullo de Uenuku podía soportar. Ese día decidió que debía hacer lo que fuera necesario para poder presentar a su mujer y a su hija a toda la aldea y a la luz del día. Se puso a trabajar de inmediato. Para empezar, cubrió con esterillas las aberturas de las ventanas. Y para que la oscuridad fuera completa, trajo barro del río y tapó con cuidado todas las grietas de las paredes y los espacios entre los troncos de madera. En pleno día, con la puerta cerrada, el interior de la cabaña era oscuro como una noche sin luna.
Esa noche, como todas las noches, la Muchacha Niebla llegó feliz a la cabaña de su marido, con muchas historias y noticias acerca de su familia celestial. Como todas las noches, se durmieron muy tarde. La joven esposa estaba acostumbrada a despertar apenas el interior de la cabaña empezaba a iluminarse con los primeros rayos del sol. Pero la oscuridad la mantuvo en un sueño tranquilo. Ya era casi mediodía cuando se escuchó la voz de su hermana, la Muchacha Lluvia, que la llamaba desesperada desde el cielo.
-¿Qué pasó? -dijo la Muchacha Niebla, despertándose asustada. Tengo la sensación de haber dormido más que nunca. ¿Por qué me llama mi hermana?
-No te preocupes -la tranquilizó Uenuku. Solo es un poquito más tarde que de costumbre, pero ya os vais.
La Muchacha Niebla tomó en sus brazos a su hijita, salió muy apurada de la cabaña y se quedó como paralizada, mirando con terror hacia el cielo, donde brillaba el sol con toda su fuerza, amenazando con disolverla. Las mujeres que estaban cerca se quedaron boquiabiertas, llamaron a los demás y pronto la aldea entera, hombres y mujeres, estaban reunidos alrededor de la Muchacha Niebla y su hija. Que ya comenzaban a disiparse en los rayos del sol. La bellísima mujer, con su bebé en brazos y llorando con angustia, subía hacia el cielo convertida en gotitas de vapor.
Uenuku pasó el resto de su vida buscando a su mujer y a su hija y nunca más las pudo encontrar. Pero después de muchos años, el dios del cielo se apiadó de su pena: su orgullo ya había recibido bastante castigo. Y decidió convertirlo en arco iris.
Desde entonces, cada vez que la húmeda niebla de Nueva Zelanda desciende sobre la tierra, y el sol se atreve a atravesarla con sus rayos, Uenuku, el arco iris, está allí, abrazando con infinito amor a su querida Muchacha Niebla.

0.194.3 anonimo (maori) - 059

Pele, la diosa del volcan

Los antiguos hawaianos disfrutaban mucho de un deporte en el que participaban por igual grandes y chicos, ricos y pobres. Se trataba de lanzarse colina abajo en unos deslizadores parecidos a las tablas de surf, casi como si estuvieran haciendo surf en tierra firme.
Kahawali, el joven rey de Hawai, destacaba como ninguno en ese juego. Cierta vez, fue con unos amigos a divertirse a su colina favorita. Para que su ancha espada no lo molestara, la dejó abajo, clavándola en la tierra. Y corrió con su tabla hacia arriba, seguido por sus compañeros. Era todo un espectáculo verlos deslizarse sobre el pasto de la ladera, y mucha gente se reunió para disfrutarlo. Los músicos tocaban sus tambores y cítaras, había también bailarines para entretener a los espectadores y para celebrar los triunfos del rey, que a todos ganaba en habilidad y velocidad sobre su tabla.
Tanto bullicio atrajo la atención de Pele, la diosa de los volcanes. También ella quiso participar de la diversión. Tomando la forma de una mujer, se apareció en lo alto de la colina y desafió a Kahawali a una carrera. El rey, sonriendo ante el atrevimiento de la joven, aceptó el desafío, y allí fueron los dos, deslizándose colina abajo. Pero Pele, por muy diosa que fuera, no tenía práctica en manejarse sobre la angosta tabla y una vez más, el rey fue el vencedor.
-No es justo; mi tabla no es tan buena como la tuya -dijo Pele, enojada, mientras corrían los dos otra vez trepando la colina. ¡Préstame tu tabla y ya verás!
-¡Aole! -contestó el rey, lo que quiere decir, rotundamente: «¡No, de ninguna manera!». ¿Acaso eres mi esposa para que te dé mi precioso deslizador?
Por supuesto, Kahawali no había reconocido a Pele, creía que se trataba de una mujer cualquiera, muy hábil para deslizarse, eso sí, porque le había costado un gran esfuerzo ganarle la primera vez. Por eso ahora corrió unos metros para tomar más impulso y se lanzó con todas sus fuerzas en su tabla, colina abajo.
Pele tenía muy mal genio. Por sus volcánicas explosiones de mal humor, la habían echado de la casa de su padre. Cuando se enojaba mucho, su furia se volvía descontrolada. Y eso fue lo que sucedió. Dio una fuerte patada de protesta contra la tierra y produjo un terremoto. La colina se partió en dos y, a su llamado, comenzó lanzar fuego y lava. Tomando su forma sobrenatural, Pele se lanzó hacia el rey.
Mientras bajaba a toda velocidad en su tabla, deslizándose más rápido que nunca, Kahawali escuchó detrás de sí un ruido atronador. Pero no miró hacia atrás, porque un buen corredor jamás debe darse la vuelta para ver si lo está alcanzando su rival: sería casi como darse por vencido. Era muy extraño lo que se veía abajo, al pie de la colina: los espectadores, músicos y bailarines salían corriendo, dejando toda clase de objetos abandonados sobre el césped. Solo cuando llegó abajo del todo y estuvo seguro de que había ganado otra vez, el joven rey levantó la mirada y vio lo que se le venía encima: nada menos que la terrible diosa de los volcanes, rodeada de truenos y relámpagos, llevando consigo a su servidor, el terremoto y haciendo correr ríos de lava ardiente.
Arrancando su espada de la tierra, Kahawali corrió y corrió. Era joven y fuerte. Sus piernas estaban muy entrenadas en correr colina arriba y sostenerse sobre la tabla. Para correr más cómodo arrojó su capa de hojas de ki. Sin parar, yendo siempre en dirección al mar, llegó hasta su casa. Se cruzó con su cerdo favorito y se despidió de él con un toque de narices. Corriendo, pasó por la casa de su madre y estuvo con ella justo el tiempo suficiente para frotar nariz con nariz y para advertirla del peligro.
-¡Huye! -le dijo a la anciana. ¡Pele, la devoradora, me persigue!
Después pasó por donde estaban su mujer y sus hijos.
-Quédate con nosotros, al menos moriremos juntos -le dijo su mujer.
-¡Huid! Solo me persigue a mí, todavía estáis a tiempo -dijo el rey. Y no se detuvo en su loca carrera.
La lava ardiente estaba a punto de alcanzarlo.
-¡Ahora veremos quién se desliza más rápido! -gritaba Pele, en el colmo de su furia.
Kahawali quería llegar a la costa, pero el terremoto hendió la tierra y una profunda grieta interrumpió su carrera. El rey puso su ancha espada sobre el precipicio y pasó sobre ella. Corrió y corrió hasta llegar a la casa de su hermana y apenas tuvo tiempo para decirle:
-¡Aloha, lo siento!
Al llegar a la orilla se encontró con la canoa de su hermano menor, que volvía de pescar. Kahawali saltó dentro de la canoa y remando con su ancha espada se internó en el mar.
Por grande que fuera el poder de la diosa, ni siquiera ella podía lograr que el fuego avanzara sobre el mar. Furiosa, desde la playa, Pele lanzó con todas sus fuerzas enormes piedras y trozos de roca que caían alrededor de la canoa, pero no consiguieron hundirla.
El rey ya se había alejado un poco de la costa cuando se levantó el viento del este. Entonces fijó su ancha espada al fondo de la canoa para que le sirviera de mástil y vela al mismo tiempo. Deteniéndose a descansar en cada una de las islas del archipiélago, Kahawali llegó por fin a Ohau, donde vivía su padre. Y allí se quedó para siempre, a salvo de la furia de Pele.
Pero nunca volvió a reinar sobre Hawai.

0.089.3 anonimo (hawai) - 059

Mujer mala, mujer buena

Hace tantos años que ni siquiera se pueden contar, dos mujeres vivían en un pueblo maya de la península del Yucatán. A una de ellas todos la llamaban Xkeban, que quiere decir «la pecadora». A la otra le decían Utz-Colel, que quiere decir, «mujer decente».
La pecadora era muy hermosa. Todos los hombres la amaban, y ella los amaba a todos. Tenía una espesa cabellera negra y lacia, y con su dulce voz cantaba canciones para sus enamorados. El pueblo la consideraba una mala mujer y los vecinos más ricos hablaban mal de ella, la criticaban y hasta habían pensado en expulsarla de allí para que no siguiera avergonzándolos con su conducta.
La mujer decente también era linda, pero estaba muy orgullosa de su pureza. Jamás había tenido nada que ver con ningún hombre. Vivía sola en su casa, siempre impecablemente limpia. Era recta y correcta, y hacía todo lo que los demás esperaban de ella, excepto ayudarlos con amor, porque su corazón era duro como una piedra. Siempre estaba dispuesta a criticar a los demás y descubrir sus errores.
La pecadora Xkeban, en cambio, era tan generosa con los necesitados como con sus enamorados. Repartía con los pobres todos los regalos que recibía, les daba comida y ropa. Ayudaba con sus propias manos a los enfermos y a los sufrientes. Hasta se ocupaba de los animales maltratados y abandonados.
Sucedió que los vecinos dejaron de ver durante un tiempo a la mujer pecadora. ¿Se habría mudado, por fin, a otro pueblo? (Algu-nos, sin embargo, la extrañaban, pero no se hubieran atrevido a decirlo).
Un día, un aroma extraño y delicioso empezó a esparcirse por las calles del pueblo. Provenía de la casa de Xkeban. Cuando finalmente un grupo de vecinos se decidió a entrar, se encontraron con un espectáculo asombroso. La dulce pecadora había muerto hacía ya muchos días, pero su cadáver estaba incorrupto y se la veía tan bella en la muerte como lo había sido en vida. El exquisito aroma que todos habían percibido salía de su cuerpo. La cama estaba rodeada de un grupo de animales que parecían estar allí para acompañarla con su cariño. Un perro flaco le lamía las manos.
La pecadora Xkeban fue enterrada ese mismo día, y un cortejo muy humilde acompañó la ceremonia: todos los pobres, los necesita-dos, los enfermos a los que la joven había ayudado estaban allí para despedirla. Una semana después, nacieron sobre su tumba unas lindísimas florecillas silvestres, que despedían ese mismo aroma delicioso. Esa florecilla existe todavía y su néctar, muy dulce, produce una suave embriaguez, parecida al amor de Xkeban.
La mujer decente, Utz-Colel, estaba indignadísima. ¿Cómo era posible que tan mala mujer recibiera semejante premio? Ella le aseguró a todo el mundo que cuando muriera los dioses la premiarían todavía más, mucho más, porque para eso había vivido ella una vida tan perfecta, privándose de tantas cosas deseables con tal de mantenerse en el camino de la rectitud.
Lo cierto es que un tiempo después murió la mujer decente. Y apenas había exhalado el último suspiro cuando su cadáver empezó a oler de una manera repugnante. La gente que participó en el entierro apenas podía soportar las náuseas. Al día siguiente los vecinos más importantes del pueblo cubrieron la tumba de flores para tratar de atenuar el mal olor que seguía saliendo del cementerio.
Y pasado un tiempo, Utz-Colel, esa mujer tan decente y correcta, se convirtió en el tzacam, un cactus espinoso que da, todavía hoy, una flor de aspecto hermoso y muy mal olor.
Se cuenta que Utz-Colel llegó al mundo de los muertos de muy mal humor, exigiendo una reparación por ese trato tan injusto. ¿Cómo era posible que premiaran a una pecadora? ¿Entonces lo que había que hacer era entregarse al amor? ¡Ella quería otra oportunidad! Ahora se comportaría de modo muy diferente si la dejaban volver a la tierra.
Y así fue. Tanto se enojó y protestó Utz-Colel, que tuvo la oportunidad de regresar a este mundo. Pero su carácter rígido y su corazón frío nunca entendió que la pecadora Xkeban había sido premiada por su bondad. Y lo que hace ahora Utz-Colel, cada vez que le permiten volver a la tierra, es atraer a los hombres para perderlos y matarlos.
Sale de la flor maloliente del cactus tzacam, entra al bosque y se sienta en las raíces de las ceibas. Allí peina sus cabellos con un peine hecho con púas de cactus. Cuando ve pasar a un hombre, lo atrae y lo seduce para después matarlo sin piedad. Se cuentan muchas historias en el Yucatán sobre los hombres perdidos por la Xtabay, que así la llaman ahora. Si viajan algún día a México, van a la península del Yucatán y se les ocurre pasear de noche cerca del bosque donde las ceibas sacan sus raíces, ¡tengan mucho cuidado con la Xtabay.

0.069.3 anonimo (maya) - 059

Masala y su poderoso hijo

Por más fuerte que sea, un tonto nunca llegará a ser el jefe de un pueblo. Pero en otras épocas, la fuerza física era una condición muy importante para alguien que pretendiera mandar sobre los demás. El gran Masala cumplía con todas las expectativas. Además de ser inteligente, era un hombre fuerte y veloz, al que nadie podía ganar en combate o disputarle una carrera. Imaginen el orgullo del jefe Masala cuando nació su primer hijo, un bebé que parecía haber nacido para superar incluso a su padre.
Pero cuando el pequeño Taga comenzó a crecer, dando muestras cada vez más asombrosas de fuerza y poder, a Masala la idea de que su hijo lo superara dejó de gustarle. Estaba preparado para ser el anciano padre del hombre adulto más fuerte de la región..., pero ser menos que un bebé le resultaba muy molesto.
Taga tenía solamente dos años cuando se puso a jugar un día con un cangrejo que había encontrado en la playa. Era uno de esos cangrejos que viven en profundos huecos pegados a las raíces de los cocoteros. Apenas el niño se distrajo un momento, el animalito aprovechó la oportunidad para escapar y esconderse en su cueva. Taga lo siguió y lo vio hundirse en la tierra arenosa. Por más que lo intentó, no consiguió sacar de allí a su divertida mascota. Entonces, sin pensarlo, ese niñito de dos años rodeó el cocotero con sus bracitos y tirando hacia arriba lo arrancó completamente de la tierra, con raíces y todo.
Desde lejos, Masala vio la hazaña que había realizado su hijo y la sangre le hirvió de envidia. Sin poder controlarse, se lanzó gritando sobre el niño. Asustadísimo, porque nunca había visto así a su padre, el pequeño salió corriendo a todo lo que daban sus piernitas. ¡Y daban mucho!
Corrió y corrió, por supuesto mucho más rápido que su padre, que lo seguía jadeando. Pero la isla era pequeña y pronto llegó al extremo norte, donde terminaba en un acantilado. Entonces el niñito tomó impulso y de un solo salto gigantesco llegó a la isla de Rota, ¡a sesenta kilómetros de Guam! Todavía hoy se puede ver en el acantilado de Guam la huella de su pie, afirmándose para tomar impulso.
Con el tiempo, Taga llegó a ser un gran guerrero y se convirtió en el jefe de lo que hoy conocemos como las Islas Marianas del Norte, el archipiélago Chamorro.

0.192.3 anonimo (isla de guam) - 059

Los peces que caminan

Hace tantos años que no se pueden contar, vivían en un arroyito de Vietnam unos peces muy pequeños. No tenían enemigos: en el arroyo no había agua suficiente para que lo habitaran peces más grandes que ellos. Los padres trabajaban y los pececitos iban a la escuela. Todas las noches se reunían para celebrar con bailes y canciones su vida tranquila y feliz.
En la escuela a los pececitos varones les enseñaban a conseguir comida. También aprendían a cuidar el paso entre el arroyito y el gran río para que no entraran peces grandes ni se escaparan los pequeñitos.
A las pececitos niñas les enseñaban a proteger los huevos que pondrían cuando fueran grandes en el fondo fangoso. Era importante saber ocultarlos y defenderlos de las ranas y las serpientes.
Pero lo más importante era recordar por qué no tenían que entrar nunca, pero nunca jamás al gran río.
-En el río hay peces enormes, listos para comernos -explicaba el maestro. El agua es sucia y oscura, la corriente es demasiado rápida. Y lo más peligroso de todo son las compuertas de los canales de riego. Los seres humanos usan el agua del río para inundar los campos de arroz.
Lo que aprendían de niños, los peces no lo olvidaban jamás. Y así hubieran seguido viviendo tranquilos generación tras generación, si no hubiera sido por el travieso Chad.
Chad... vosotros sabéis cómo era, u os lo podéis imaginar. Uno de esos pececitos que no respetan nada. Siempre faltando a la escuela, molestando cuando estaba en clase, gastando bromas pesadas. Y sobre todo, siempre rodeado de amigos que lo seguían y festejaban sus tonterías.
-Yo no me creo lo que nos cuenta el maestro. ¿Acaso él estuvo alguna vez en el gran río? Son esas mentiras que los viejos cobardes se repiten unos a otros porque nadie tiene el valor de comprobarlas personalmente. ¿Quién se atreve a venir conmigo al gran río?
Atardecía ya cuando un gran grupo de pececitos se lanzó detrás de Chad hacia lo que parecía una aventura emocionante y divertida. No tuvieron problemas en engañar a los guardias, que estaban preparados para encontrar a los pequeños perdidos, pero no para descubrir peces rebeldes que querían ocultarse. ¿A quién se le iba a ocurrir que alguien iba a entrar al gran río por propia voluntad?
Al principio fue divertidísimo dejarse llevar por la corriente a toda velocidad... hasta que intentaron detenerse. Entonces se dieron cuenta de que estaban siendo arrastrados sin control. En el agua fangosa era difícil verse unos a otros. Muchos de los más pequeños se habían alejado de la orilla y un pez enorme se los tragó de un bocado.
Chad encontró un hueco en la orilla donde consiguió esconderse y desde allí llamó a los demás. Ya era de noche y no se veía nada, pero cada uno dijo su nombre y así supieron que faltaba la mitad de los aventureros.
-Pasaremos la noche aquí -dijo Chad. Y por la mañana os llevaré de vuelta a nuestro arroyo.
Pero lo que Chad no sabía era que su escondrijo era, precisamente, la puerta de un canal de riego. De madrugada los despertó un ruido enorme y extraño. Antes de que pudieran recobrarse del susto, el agua los arrastró, y de golpe se encontraron en medio de un campo de arroz. Parte del agua sería absorbida por la tierra, y el Sol haría evaporar el resto. Les esperaba una muerte lenta y horrible.
Chad y sus alegres bromistas, llorando, se inclinaron y comenzaron a rezar. Nadie esperaba lo que sucedió entonces. Un enorme pez blanco, muy brillante, apareció ante ellos.
-Por vuestra mala conducta, se os ha castigado -dijo el gran pez. Por vuestra corta edad, seréis perdonados. No moriréis, pero tampoco seguiréis siendo peces como los demás. Vosotros y vuestros descendientes viviréis para siempre en los campos de arroz.
Así fue y así es. Todavía hoy viven en los campos de arroz de Vietnam unos peces muy pequeños, con aletas que son casi patas y les sirven para caminar en el barro. Cuando el campo está empezan-do a secarse, los peces avanzan hasta los pequeños diques que separan un campo del otro, y trepan buscando alguno que esté recién inundado. Al terminar la época del año en que los campesinos inundan los campos para que crezca el arroz, los peces que caminan se entierran en el barro y así sobreviven mientras esperan que vuelva el agua.

0.169.3 anonimo (vietnam) - 059

Ladrones exagerados

Hiro no era un ladrón común. ¡Era el dios de los ladrones! Y Pai, su hijo adoptivo, era el más fuerte de los guerreros. Una noche, cuando Pai estaba durmiendo, su padre Hiro decidió cometer el mayor robo de la historia. Un robo tan espectacular que quedaría para siempre en la memoria de los dioses y de los hombres: con su banda de ladrones, se lanzó a robar la sagrada montaña de Rotui, en la isla de Moorea. Su plan era llevársela de allí sin que se enteraran los demás dioses y dejarla instalada en su propia isla de Raiatea.
Moviéndose con un sigilo que solo un dios era capaz de conseguir, Hiro y los suyos ataron con lianas fuertes y larguísimas el pico de la montaña.
Aseguraron el otro extremo de las lianas a su poderosa canoa y comenzaron a tirar y a empujar con todas sus fuerzas. No lograron llevarse la montaña entera, pero pronto sintieron que la parte superior del monte Rotui se rompía y se desprendía.
Temiendo ser descubiertos, Hiro,le mandó un mensaje a su hijo rogándole que le enviara su lanza mágica. Pai se despertó, corrió a la zona más elevada de la isla y desde allí lanzó con todas sus fuerzas su lanza hacia Tahití para que su padre pudiera usarla lo más pronto posible. En un segundo, la lanza atravesó el canal entre las islas y horadó un gran agujero en una de las montañas, que desde entonces se llama Montaña Agujereada. Pero el brillo de la lanza mágica y el ruido que hizo al atravesar las rocas despertaron a los gallos de la isla, que empezaron a cantar todos al mismo tiempo.
Sabiendo que los otros dioses no tardarían en llegar, atraídos por el estrépito, Hiro y sus ladrones escaparon asustados, pero sin soltar el botín. Los poderosos músculos de los remeros brillaban empapados de sudor, arrastrando el pico del monte Rotui por el fondo del mar, detrás de la canoa.
Hiro se salió con la suya. Su hazaña resultó inolvidable. Porque todavía hoy se puede ver, por la forma del monte Rotui, que le falta la parte de arriba. El pico robado está ahora instalado en el costado sur de Raiatea. Es una colina cubierta con árboles de una especie que no crece en el resto de la isla, una vegetación exactamente igual a la del monte Rotui, en Tahití.

0.191.3 anonimo (tahiti) - 059