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sábado, 24 de agosto de 2013

Mejor no enojar a un grillo

El grillo descansaba al sol como casi todos los días. El tigre, que suele andar por la vi­da sin mirar por dónde pisa, pasó a su la­do, con tan mala suerte, que una de sus pezuñas aplastó una de las patitas del pe­queño grillo.
-¡Oiga, tigre! ¡Más cuidado! -dijo el grillo, profundamente molesto.
El tigre se detuvo y miró a su alrededor.
-iAquí abajo, aquí abajo! -gritaba el grillo. ¡No se haga el tonto que usted me escucha muy bien!
El tigre miró hacia abajo, y tras buscar con la mirada duran­te algunos segundos, se encontró con el grillo que se frotaba una pata, la que se había lastimado, y con las restantes agita­ba los puños hacia el cielo, como queriendo llegar al hocico del tigre.
-¡Ustedes, los animales grandotes con su soberbia, como si nosotros no existiéramos! -decía con su vocecita de grillo ofendido.
El tigre, apenas entendió lo que había pasado, empezó a reírse como nunca lo había hecho en su vida.
-¡Ja, ja, ja! -reía el tigre, ¿puede ser que un pequeño mi­crobio me esté amenazando con sus puños? ¡Ja, ja, ja!
-Puede ser, no. ¡Es seguro! Un día de estos ustedes grando­tes nos las van a pagar.
El tigre se puso serio de golpe.
-Entonces, que ese día sea mañana.
El grillo entrecerró un ojo y lo miró de costado.
-¿Mañana, me dices?
-Mañana mismo.
-¡Que así sea! -se entusiasmó el grillo. ¡Los animales peque­ños de este mundo vamos a darles lo que hace años se merecen!
-¡Ja, ja, ja! -volvió a reír el tigre. ¡No puedo esperar! ¡Me muero de ganas de aplastar insectos con mis patitas!
Y así, gritándose insultos y amenazas, se fueron cada uno por su lado.
A la mañana siguiente, todos los animales pequeños del mun­do estaban ahí. Formando un frente, se alineaban mosquitos, zancudos, ciempiés, hormigas, bichos bolita, grillos, cascarudos y cucarachas.
A pesar de la cantidad de moscas que había, no se oía volar ni a una sola.
A lo lejos, comenzaron a asomarse los animales grandes. Iban más des-ordenados, charlando sobre la vida y riendo. Es­taban tan seguros de su victoria que no se habían preparado. los elefantes jugaban a los empujones con los hipopótamos, las hienas se reían de las payasadas que hacían los zorros, y los osos llevaban sobre sus lomos familias enteras de gatos monteses.
Cuando estuvieron tan cerca como para poder mirarse a la cara, los dos frentes se quedaron en silencio.
El grillo y el tigre lideraban sus respectivos ejércitos. Se miraban a los ojos como si jugaran a quién aguantaba más tiempo sin reírse.
El grillo fue el primero en lanzar el grito de guerra. Todos los insectos se abalanzaron sobre los grandes animales. los mos­quitos volaban y giraban a toda velocidad, las hormigas arma­ban larguísimas filas indias y se metían por entre los pelos de los lobos, los ciempiés se colgaban de la cola de las hienas.
los primeros en darse cuenta de que las cosas no iban bien, fueron los elefantes. Como era obvio que con sus gigantescas patas podían aplastar miles de bichos de un solo pisotón, sólo los atacaron insectos voladores. Las moscas se les metían en las trompas, los jejenes en las orejas, los mosquitos les picaban las colas. En menos de diez minutos, todos los elefantes huían desesperados por el monte. Cuando los animales grandes vieron que los más fuertes escapaban, se dieron cuenta de que no tenían ninguna oportunidad de vencer.
El último en rendirse fue el tigre, que tenía todo el hocico ro­jo de picaduras, y no paraba de rascarse detrás de las orejas.
La batalla había durado pocos minutos, y la victoria de los animales pequeños era aplastante.
El grillo se acercó al tigre que, tirado en el suelo, inten­taba llegar con su garra a una zona del cuello complicada de rascar, y extendió una de sus patas. El tigre, apenado y vencido, le entregó su garra.
Todos los insectos festejaron durante cuatro horas sin parar que, para un insecto, es tanto como para nosotros cuatro días.
Así fue como el tigre aprendió que, en general, es mejor no enojar a un grillo.

Fuente: Azarmedia-Costard

0.037.3 anonimo (guarani) - 020

La hierba inmortal

Un día cada tantos años, Dios baja a la tierra y la recorre en compañía de San Juan y San Pedro, haciéndose pasar, todos ellos, por mendigos.
En una de estas ocasiones, los tres viajeros llegaron a la casa de un anciano que vivía en medio del bosque. El anciano amaba tanto a su hija  que le daba pena pensar que algún día podría enamorarse y abandonar el hogar. Por eso se había retirado con ella a un lugar tan apartado de todo, que nadie hasta ese momento había llegado a encontrarlo.
El anciano y su hija eran felices y tenían una vida tranquila  Su único problema, al que enfrentaban con dignidad, era su profunda pobreza. A pesar de esto, el anciano abrió las puertas a los tres viajeros con alegría, preparando una cena con la única gallina que poseía.
Dios y sus dos acompañantes estaban asombrados por la bondad del anciano, y decidieron premiarlo.
-Has demostrado ser muy rico de corazón, a pesar de tus pocas pertenencias -le dijeron. Es por esto que queremos premiarte. Tu hija es hermosa e inocente y la quieres tanto que sueñas con tenerla a tu lado para siempre. Pues bien, nosotros la haremos inmortal, y te prometemos que nunca desaparecerá de la tierra.
Y Dios la convirtió entonces en la yerba mate. Desde aquel momento la yerba mate existe, y por mucho que se la corte, vuelve siempre a brotar.

Fuente: Azarmedia-Costard 

0.037.3 anonimo (guarani) - 020

Fraoch y el dragón del lago negro

Había una vez, hace mucho tiempo, una princesa tan be­lla y hermosa como las flores en primavera. Su voz era una melódica combinación de los trinos de los pájaros con el murmullo de los arroyos. Su piel era suave como la seda y sus ojos parecían dos estrellas refulgentes en la noche de su oscu­ro cabello.
Fraoch era un guerrero formidable que no le tenía miedo a na­da ni a nadie. Sus brazos eran musculosos y sus ojos tenían la pro­fundidad del cielo. Había vivido muchas aventuras y visto mu­chas cosas increíbles, pero no estaba preparado para enfrentarse con lo que habría de sucederle.
El día en que el joven Fraoch encontró a la mujer más hermo­sa de toda su vida había salido a cazar -su deporte favorito- mon­tado en su brioso corcel y munido de su arco labrado y su viejo carcaj lleno de flechas.
Una tarde esta princesa había salido a dar un paseo por el bos­que y a recoger algunas bayas silvestres. Pues ella sólo hallaba ver­dadera alegría en medio de los árboles y no entre los muros fríos y desnudos del castillo en el cual vivía.
Y el destino quiso que los caminos de ambos jóvenes se cruzaran.
El valeroso Fraoch estaba persiguiendo un venado cuando, de pronto, sintió el canto más dulce que jamás hubo escuchado; en­tonces, abandonó la persecución de su presa y agudizó sus sensibles oídos, que le indicaron el lugar de donde provenía aquel canto ce­lestial. Comenzó a aproximarse lentamente y pronto vio una her­mosa silueta, casi oculta entre las verdes hojas del espeso follaje.
La muchacha sintió sobre ella una insistente y penetrante mi­rada, decidió callar y se puso a observar a su alrededor tratando de encontrar qué animal o persona la miraba de esa forma. Y en­tonces descubrió, entre medio de las tupidas ramas y troncos del bosque, al joven cazador.
El noble Fraoch había conocido, en el transcurso de sus aven­turas, a muchas doncellas hermosísimas, pero la mujer que tenía ante sus ojos las superaba a todas, y ahora, en el distante recuer­do, aquellas le parecían casi feas y sin gracia.
Por lo tanto, no pensándolo dos veces, se bajó del caballo y caminó decididamente hacia ella, .sin dejar de mirarla ni por un solo momento­
La dulce princesa no pudo soportar esa mirada de varón y se sintió tan avergonzada que sus mejillas se ruborizaron de golpe; entonces, con un rápido movimiento de su mano, se cubrió los ojos con su cabello negro, como si hubiera temido que ellos de­velaran ante el desconocido el rubor de su alma también.
Sin embargo, Fraoch no detuvo su marcha, pues la timidez de la muchacha había enardecido aún más su deseo y ansiaba con vehemencia besar aquella boca de labios deliciosos, rojos y apete­cibles. Siguió aproximándose hasta que se detuvo frente a ella. Le sonrió, haciendo una reverencia, y a continuación, intentando mantener la compostura, le dijo:
-La hermosura del bosque palidece a tu lado. Todos los hom­bres pasan toda su vida buscando a la mujer ideal y yo he recibi­do la gracia de los dioses, porque te he encontrado.
La princesa volvió a sonrojarse visiblemente, pero sin poder evitar sonreírle a tan locuaz desconocido.
-Eres hombre, y un guerrero y un cazador, por lo visto. ¿Có­mo puedo estar segura de que lo que me dices es la más pura ver­dad y no sólo un comentario galante más de los que, seguramen­te, acostumbran salir de tus labios?
El joven guerrero comprendió que se hallaba no sólo ante una mujer hermosa sino también rápida de mente y palabra. Sin dejar de sonreír le respondió:
-Porque soy un hombre de honor, porque nunca miento y porque todo lo que de mí dependa te lo daré, si tú me lo pides.
La muchacha quedó sorprendida por la respuesta del guerre­ro y éste, a su vez, prosiguió diciendo:
-¿Qué puedo hacer por ti, bella princesa? ¿Cómo puedo de­mostrarte que mi amor a primera vista y mi súbita devoción por ti son de la clase más pura?
La muchacha se tomó su tiempo para pensar y finalmente dijo:
-He salido de mi castillo para pasear y recoger algunas bayas silvestres, sin embargo, me han dicho que existe un árbol que po­see las bayas más rojas y deliciosas que hombre alguno probó ja­más. Se dicen que son mágicas...
El joven Fraoch, ansioso, la interrumpió diciendo:
-Si te regalo esas bayas, ¿creerás en las palabras de mi corazón?
-No habría mejor manera de demostrarlo -repuso rápidamen­te ella.
Ambos sonrieron mientras se miraban a los ojos. El valeroso guerrero, entonces, le volvió a preguntar:
-LY dónde crece el árbol que posee estas bayas exquisitas?
-Dicen las ancianas que, del otro lado del Lago Negro, existe un árbol que contiene muchas bayas rojas y mágicas durante to­das las estaciones del año.
-Pues ¡por mi honor, prometo traerte esas bayas para que be­sen tus hermosos labios!
Los dos jóvenes quedaron, entonces, en encontrarse en el cas­tillo de la princesa. El valeroso Fraoch regresaría con las bayas ro­jas y la dulce princesa accedería a casarse con él.
Sin perder tiempo, el ágil jinete montó sobre su caballo y par­tió al galope hacia el famoso Lago Negro.
Anduvo muchos días y muchas noches hasta que, finalmen­te, llegó hasta el lugar donde lo aguardaba, del otro lado del la­go, el árbol que contenía no sólo las bayas rojas mágicas prome­tidas a su amada, sino también la llave de su futura felicidad jun­to a ella.
El joven Fraoch se apeó del caballo y ató las riendas de su montura a unos matorrales que crecían en el borde junto a un ár­bol de la orilla. Agudizó su vista y por fin distinguió, en la otra orilla del lago, el ansiado árbol, tan cargado de bayas rojas, que estaba doblado y parecía una persona que estuviese haciendo un terrible esfuerzo por sostenerlas.
Miró luego las aguas oscuras del lago, que permanecían en la más absoluta calma, observando que, por lo visto, ni los insectos se atrevían a perturbar aquellas aguas tan mansas.
El valiente Fraoch miró hacia un lado y hacia el otro y no des­cubrió bote o embarcación alguna. Tampoco ninguna casa, caba­ña o refugio. Nadie vivía a la orilla de ese lago y para llegar al otro lado debería hacerlo nadando.
Y fue en ese momento, en el preciso instante en que posó su profunda mirada sobre las oscuras aguas, cuando sintió que los recuerdos se agitaban en su mente y en su corazón. Recuerdos an­tiguos clue creía olvidados para siempre. Su madre... su madre le había dicho algo una vez...
Y de pronto recordó las exactas palabras que ella había pro­nunciado hacía ya muchos años, cuando él era aún pequeño:
"La druidesa que te ayudó a nacer tuvo una visión y me ha re­velado tu geis[1]: nunca nades en aguas oscuras."
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, que era tan blanco co­mo la nieve más pura. Y por un momento, por un instante tan pe­queño como el ojo de una mosca, Fraoch dudó. Pero al recordar la hermosura de la mujer que lo recibiría con sus brazos abiertos para convertirse en su esposa, toda duda se desvaneció de su mente y de su corazón.
Y entonces, sin perder un solo momento más, Fraoch se inter­nó en las aguas oscuras contra todo geis y por amor.
La aparente calma del Lago Negro se rompió de golpe, mien­tras el guerrero comenzaba a avanzar con soltura y determinación por ellas y aún haciendo pie. Las ondas concéntricas que empe­zaron a producirse sobre la superficie, en el medio del lago, pron­to se fueron extendiendo hasta envolverlo por completo.
Y la bestia despertó.
En su infinito letargo, el dragón que vivía anudado entre las raíces del árbol de las mágicas bayas rojas sintió la perturbación en el agua. Abrió sus monstruosos ojos verdes y vio al intruso que se aproximaba a través del agua y de la oscuridad.
Comenzó a desplegar sus anillos y a prepararse para atacar al intruso, a aquel que deseaba, seguramente, quitarle los fru­tos del árbol que tanto amaba y que durante tanto tiempo ha­bía cuidado.
Fraoch, muy a su pesar, ya avanzaba despacio y dificultosa­mente porque el agua del lago era demasiado densa y casi le lle­gaba hasta el cuello. Sin embargo, él continuó caminando decidi­do hacia su objetivo, hasta que no hizo pie y, entonces, comenzó a nadar.
De pronto, su instinto de guerrero le advirtió del peligro in­minente. Desen-fundó la espada y se quedó muy quieto y expec­tante.
El dragón, a su vez, se movía lentamente, casi de manera im­perceptible, pero el agua no pudo evitar agitarse un poco alrede­dor de sus anillos y las tenues ondas se expandieron.
Fraoch visualizó, de pronto, esas nuevas ondas en el agua. "Algo" se estaba aproximando hacia él con una lentitud atemori­zante... Giró su espada en el aire y colocó la filosa punta hacia abajo, mientras tomaba la empuñadura con ambas manos. Inspi­ró profundamente y esperó el momento oportuno, el momento en el cual "eso" que todavía avanzaba por debajo del agua y se acer­caba a él estuviera a su alcance.
Fue entonces cuando hundió su espada con todas sus fuerzas en las negras y espesas aguas del lago.
Por cierto, una monstruosa criatura habría de ser la que chi­lló de eso modo espantoso, cuando la larga y filosa hoja se ente­rró en ella haciéndola retorcerse con un espasmo tan grande, que se extendió por todo su cuerpo y llegó hasta su extremo, ése que aún permanecía anudado a las raíces del árbol.
Fraoch, que aún no divisaba claramente a la bestia, escuchó que el tronco del árbol de bayas crujió como quien se quiebra de dolor y lo vio inclinarse aún más sobre las oscuras aguas.
Entonces, retorció la espada en el cuerpo de la bestia -aún su­mergida-, hasta que ésta asomó de pronto, mostrando sus filosos dientes y clavándole una feroz e insoportable mirada con sus ojos verdes, brillantes y amenazadores.
El joven guerrero supo que el daño que le había infligido al dragón no lo hahía lastimado lo suficiente, sólo lo había enfure­cido aun mas, pues el tamaño de aquel monstruo superaba en nmucho lo cl que bahía podido llegar a imaginar.
El dragón lanzó, entonces, varias dentelladas que Fraoch es­quivó apenas por muy poco. Rápidamente, el joven se recuperó de su estupor y volvió al ataque atravesando el cuerpo de la fabu­losa criatura con su espada en varias partes.
La bestia comenzó a retroceder hacia el árbol y a desplegar, allí, el resto de su cuerpo para atrapar al guerrero entre sus anillos.
En un momento, Fraoch sonrió, en un gesto de alivio, al ver que la criatura retrocedía ante sus embates, y continuó comba­tiendo y avanzando sobre ella y hacia el árbol.
Pero de pronto, el joven guerrero se sintió atrapado: los ani­llos del dragón lo habían envuelto como una enredadera carnívo­ra y lo apretaban para intentar hundirlo en el lago. Y la cabeza de la bestia, entonces, se levantó sobre el agua y volvió a mirarlo con esos terribles ojos verdes.
Fraoch sacó todo el aire de sus pulmones abruptamente y aprovechó el momento en que los anillos aflojaron la presión en su cuerpo para tomar la daga que pendía de su cintura. Cuando el dragón volvió a apretar, la daga se hundió en su carne. El mons­truo aflojó y volvió a apretarlo variando la posición, pero la daga volvió a hundirse en su cuerpo otra vez. Y cuando la bestia inten­tó, por tercera vez, esa estrategia letal, Fraoch ya había recupera­do el aliento y el manejo de su espada, y en seguida pudo efectuar dos nuevas punciones entre los anillos de la bestia.
El dragón, muy malherido, se replegó y Fraoch avanzó deci­didamente, comba-tiendo con su espada y su daga. Llegó junto al árbol y el dragón se guareció entre las raíces sin dejar de dar, a su vez, dentelladas que no lograban alcanzar al héroe.
En un momento, Fraoch atacó con los filos de sus dos armas y con tal furia, que terminó cortando a la bestia, el tronco, las ra­mas y las raíces del árbol.
En cuanto el dragón vio lo que el humano le hacía a su prote­gido de las bayas rojas se levantó de súbito y terminó por arran­car de cuajo al viejo árbol, que cayó al lago de aguas oscuras, hun­diéndose inmediatamente.
Fraoch, que manejaba la espada de la manera más hábil, aco­metió contra la maléfica criatura sin darle respiro.
El dragón sintió que su fin estaba próximo, por lo que recu­rrió a sus poderes mágicos y, de pronto, desapareció.
El joven guerrero buscó, en vano, a su enemigo por todos la­dos. La superficie del lago negro estaba tranquila y las únicas on­das que se movían en la superficie eran las que su propio cuerpo provocaba.
Pero de pronto, un olor nauseabundo atacó sus fosas nasa­les impidiéndole casi respirar. Las aguas corruptas que lo ro­deaban se volvían cada vez más espesas y el valiente enamora­do debía realizar cada vez mayores esfuerzos para mantenerse a flote.
El miedo comenzó a atenazar su alma. Enderezó hacia la ori­lla y recomenzó a nadar con denuedo, pero con cada brazada el agua se hacía más y más pesada y pestilente. Y de pronto se dio cuenta de que esas aguas entre las que se movía no eran natura­les, pues parecían tener vida... ¡Era el dragón!
"La maldita bestia ha utilizado su antigua magia" -pensó pa­ra sí el valeroso Fraoch.
Empuñando su espada una vez más, empezó a golpear y a cor­tar con furia las espesas aguas del Lago Negro, pero allí donde el filo del arma cortaba no había nada más que la sustancia acuosa y ésta se separaba y volvía a unirse sin dilación.
Entonces llegó el fatídico momento en que el cansancio se apoderó del cuerpo del muchacho, sus músculos y sus reflejos co­menzaron a fallarle, los movimientos de las piernas y de los bra­zos para mantenerse a flote se volvieron cada vez más lentos e ineficaces y, finalmente, empezó a hundirse.
Pero no se entregó, pues mientras se hundía soltó la espada y puso todas sus fuerzas físicas y anímicas en volver a la superficie para aspirar una bocanada de aire puro. A duras penas lo consi­guió, pero no pudo flotar por mucho tiempo porque las pestilen­tes aguas negras pronto volvieron a ejercer una terrible presión sobre él y lo arrastraron hacia lo hondo.
Fraoch ya no tenía energía, sus vigorosos miembros no le res­pondían y, bajo las aguas, la presión del dragón de cuerpo acuoso se hizo mayor aún.
El joven apretó, entonces, los dientes dejando escapar un re­soplo que se transformó en una cadena de burbujas que emergie­ron a la superficie con una lentitud mortal. E hizo un último in­tento para no morirse en otro lugar que no fueran los brazos de su adorada princesa, pero no lo consiguió.
El cuerpo del guerrero, blanco como las nubes de un cielo de verano, se hundió para siempre en los abismos del Lago Negro.

0.024.3 anonimo (celta) - 016



[1] El antiguo término celta geis (en plural, geasa) define un temido hechizo muy difundido en Irlanda, que involucra una prohibición, una obligación o ambas cosas a la vez. Constituye un símbolo de la tradición shamánica, que revela el al­cance de los rituales druídicos. Como prohibición puede impedir cualquier cosa, desde comer un determinado alimento hasta usar un color de ropa. Como obliga­ción constituye un deber ineludible y coacciona bajo pena de responder, de otra manera, ante los dioses. En la mayoría de los mitos, cuentos y leyendas de la cul­tura celta, los más grandes guerreros reciben un geis que, en algún momento de su vida, deben quebrantar, encontrando de esa forma su fin.

El dragón de tres cabezas

Había una vez un próspero reino costero en el que el gra­no crecía de tal modo como si hubieran sido plantadas tres semillas en lugar de una. Los animales se multipli­caban con la misma regularidad con que la noche sigue al día, y eran fuertes y hermosos y gordos.
Pero llegó un día en que se apareció por ahí un terrible dra­gón, "negro como la noche y grande como el mar" al decir de los habitantes. Pero lo más terrorífico era que no tenía sólo una cabe­za, ¡sino tres! Y de cada una de sus bocas salía el aliento de la muerte y por su mirada podía infundir un pánico imposible de controlar.
El dragón se presentó ante el despavorido rey y le planteó una exigencia atroz: si no le era entregada la única hija de éste, arra­saría con todo el reino.
El rey cayó bajo el embrujo del terror de la mirada del dragón y accedió a sus demandas. Hizo traer a la bella princesa y la envió al pie de una verde montaña que se erguía junto a las costas del mar.
Y allí se quedó la desgraciada joven, sola, muerta de miedo y llorando por el triste final que la esperaba, mientras la tarde caía y el cielo se ponía rojo como la sangre.
De pronto, la muchacha vio que aparecía en la lejanía una fi­gura voladora que se le iba acercando. Poco a poco, fue distin­guiendo que se trataba de un joven hermoso, que llevaba arma­dura y yelmo del mismo color rojo sangriento del cielo. El jinete, montado en un bravo corcel también rojo, avanzó más aún y pi­só tierra. Lo acompañaba un perro de caza del mismo color que el caballo.
El gallardo guerrero se detuvo junto a la joven y le preguntó:
-¿Qué sucede? ¿Por qué lloras? ¿Por qué estás aquí?
La princesa se secó las lágrimas de su bello rostro y, con una voz entrecortada por la angustia, le respondió:
-Mi padre me ha enviado aquí para que sea devorada por un terrible dragón que le impuso esa exigencia. De no cumplirla, la bestia inmunda ha prometido devastar completamente el reino.
-¡Yo te defenderé del dragón! -le dijo con palabras firmes el joven guerrero.
Acto seguido, el desconocido descendió del caballo y se puso a montar guardia junto a la joven.
El tiempo pasaba y el guerrero comenzó a sentir sueño, enton­ces, se acercó a la princesa, que estaba sentada sobre la tierra, y recostó la cabeza en el regazo de ella. Entrecerró los ojos y la jo­ven comenzó a acariciarle los cabellos.
De pronto, el cielo se volvió negro como noche sin luna y las olas del mar empezaron a encresparse con furia. Y en breves mi­nutos, se desató una terrible tormenta que comenzó a azotar el mar y la tierra como si fuera el fin del mundo.
Y entonces, entre las tumultuosas olas, emergió una pata gi­gantesca cubierta de escamas y se hundió en la arena mojada; lue­go, una segunda... De entre las olas salieron a la superficie un par de cuernos y, finalmente, una cabeza aterradora, en seguida otra más y por último una tercera.
El dragón de tres cabezas, ya completamente fuera del mar, se empezó a acercar hacia la pareja. Avanzaba despacio, porque las patas se le hundían en la arena húmeda debido al considerable pe­so de su cuerpo.
La princesa, aterrada, miró sorprendida al joven que seguía durmiendo plácidamente sobre su regazo, sin parecer que lo mo­lestara ni la lluvia ni el viento ni el temblor de la tierra ni los ru­gidos de la bestia que se aproximaba.
Desesperada, ella lo despertó y, con premura, lo impuso de la situación peligrosísima en la que se hallaban. Él reaccionó y de un salto se puso de pie. Montó rápidamente sobre su brioso corcel volador y, con ánimo decidido, se aprestó al combate, inmune al terror que inspiraban la mirada de esos ojos terribles y la figura toda de esa bestia rugiente.
El dragón dio furiosas dentelladas, pero el joven, bien adheri­do a la montura de su caballo alado, las pudo esquivar hábilmen­te. El guerrero esgrimía su espada con certeza y la lucha se pro­longó durante mucho tiempo.
La princesa observaba todo, alejada del escenario del comba­te, y temblaba y sufría inmensamente ante cada acometida del dragón; y cada vez que su salvador lograba herir al monstruo, ella respiraba aliviada y aplaudía con esperanzado entusiasmo.
La batalla continuó hasta que el joven guerrero logró, de un tajo, cortar una de las cabezas del maléfico dragón. La bestia, ru­giendo de dolor y furia con las fauces de las otras dos cabezas, se retiró lentamente. El héroe puso pie en tierra y se quedó obser­vándolo hasta que su derrotado contrincante se internó en la pro­fundidad del mar.
La doncella se acercó hacia su salvador para agradecerle lo que acababa de hacer por ella, pero el joven montó sobre su rojo caballo volador, tomó altura y se perdió en la inmensidad de los cielos.
La princesa, exhausta y desconcertada por la actitud de tan valiente caballero, tomó con aprensión la cabeza sin vida, elite el dragón había abandonado en la arena, y la escondió bajo una pi­la de rocas que se encontraban al pie de la montaña verde. Y lue­go, a paso rápido, regresó a su castillo, sin ningún sentimiento de rencor hacia su padre, sino esperando ver la alegría reflejada en sus ojos y en los de toda la gente del pueblo.
Pero, en cuanto empezó a acercarse al castillo, no vio otra co­sa que el miedo en los rostros de las personas con las que se iba encontrando por el camino.
Los sirvientes, al verla llegar sana y salva, corrieron a darle la noticia a su señor.
Su padre la recibió rápidamente envuelto en un manto de pánico.
-¿Qué haces aquí, hija?
-¡Oh!, padre mío... -exclamó ella, a su vez, tendiéndole los brazos y estrechándolo contra su pecho unos instantes, para de­cir enseguida, entre lágrimas emocionadas: un joven valiente lle­gó volando de los cielos montado en un caballo de color rojo, venció al dragón y me ha salvado, padre, ¡me ha salvado!
-¿Pero qué... qué es lo que dices?
-El guerrero rojo ha cortado una de las tres cabezas del mons­truo. Y aquí estoy, contigo otra vez, padre mío, como antes... ¡Vi­va yo y a salvo tu reino!
El padre, separándose de los amantes brazos de la hija, refle­xionó un momento y luego le dijo unas palabras que ella jamás hubiera esperado escuchar:
-Eso significa que el dragón no ha muerto. Y si el guerrero que tú dices no te ha acompañado hasta aquí es porque se mar­chó para siempre. Pero el dragón volverá, y si tú no estás allí, arrasará con todo nuestro querido reino. ¡Debes regresar inme­diatamente!
-¡Pero... padre!
-Si el dragón no está muerto aún, cumplirá su amenaza. ¡Re­gresarás!
La princesa, con un nudo de hierro en la garganta, bajó la ca­beza apesadumbrada y vencida. Salió del castillo para regresar al pie de la fatídica montaña, pero esta vez, escoltada por los solda­dos del rey, que la abandonaron no bien llegaron al lugar indica­do y regresaron de inmediato al castillo.
Ya era de noche.
La princesa tenía el corazón destrozado y lloraba lágrimas de profunda amargura, porque no podía creer lo que le había hecho su propio padre.
De pronto, una brisa fresca pareció acariciarle los cabellos. Ella levantó su dulce mirada de hermosos ojos enrojecidos por el llanto y la puso en el cielo nocturno plagado de estrellas bajo la regencia absoluta de la luna. El espectáculo de ese cielo estrella­do la distrajo unos instantes de su dolor y su tragedia. En un mo­mento, le pareció que una de esas estrellas se acercaba a la Tie­rra... Y entonces, la joven deseó que en esa estrella viniera su sal­vador para rescatarla por segunda vez.
Esa luminosidad se fue acercando velozmente y, a medida que se fue aproximando a la princesa, ésta vio que, en efecto, se trata­ba del mismo joven, aunque en esta oportunidad vestía una arma­dura plateada y volaba montado sobre un caballo blanco como la leche. En su mano portaba una filosa espada en la que se refleja­ba el brillo de la diosa Luna.
El caballo se posó suavemente sobre la tierra verde, el galante caballero se bajó de su montura y acercándose a la muchacha la saludó con una reverencia:
-Hermosa princesa, ¿qué haces nuevamente aquí?
La princesa rompió a llorar, pero haciendo un esfuerzo supre­mo se sobrepuso y le explicó:
-Volví a mi castillo y le conté lo sucedido a mi padre, pero co­mo el dragón no está muerto, él teme que regrese y cumpla con su amenaza, por lo que me ha enviado nuevamente aquí para que sea devorada por la horrible bestia.
-No sufras ni llores. Ten por seguro que el dragón no te hará daño alguno.
Y sin decir más se puso a montar guardia a su lado.
El tiempo pasaba y el sueño comenzó a vencer al plateado guerrero. Recostó la cabeza en el regazo de la joven doncella y en­trecerró los ojos, mientras ésta le acariciaba los cabellos tal como lo había hecho antes.
En cuanto el hombre se quedó dormido, un manto de oscuridad total cubrió la luz de la luna y de las estrellas. El mar se embraveció y con sus olas batió con atronadora fuerza las rocas de la costa.
Pronto apareció nuevamente el dragón, pero esta vez se mos­traba mucho más furioso que la primera. El cuello de la cabeza cercenada pendía lánguido entre sus patas.
La princesa empezó a temblar de pavor y despertó al guerre­ro, que se montó rápidamente en su caballo volador y le presen­tó pelea a la bestia.
Ambos contendientes usaban todas las armas y estrategias que estaban a su alcance, pero ninguno lograba hacer mella en el otro. La doncella real seguía con angustiosa atención toda la pelea sin poder creer lo que veían sus ojos.
Finalmente el valiente guerrero logró abrir un hueco en las defensas del dragón, que lo atacaba con sus dientes, garras y co­la, y pudo cortarle una segunda cabeza de un solo tajo.
La bestia pegó un aullido estridente y en un rápido movimien­to giró y comenzó a retirarse, hasta que se internó en las encres­padas olas del mar.
La princesa corrió al encuentro de su salvador, pero éste se alejó volando y pronto se perdió en la oscuridad de la noche.
Ella tomó la segunda cabeza del dragón, la llevó al lado de la primera que había escondido y las ató entre sí por sus barbas, pa­ra volver a ocultarlas bajo las mismas rocas.
La princesa regresó al castillo de su padre. Esta vez, tan pron­to le dieron el aviso y mucho antes de que ella llegara al salón principal, el rey, sin el menor gesto de amor paternal, la intercep­tó y le ordenó:
-¡Debes regresar ya mismo!
-¡Pero... padre mío! El dragón ha perdido su segunda cabeza, no va a volver.
-Sí, lo hará, y tú debes estar allí como le he prometido. ¡Quedate a la orilla del mar y no te atrevas a regresar aquí!
La princesa fue escoltada nuevamente por los soldados del rey, que la dejaron al pie de la colina verde, frente al mar.
La inocente muchacha lloró mucho más que antes, pues la fría y tajante orden de su padre la había herido mucho más de lo que podía herirla ningún dragón del infierno.
La noche se fue retirando de a poco, dejando paso a la claridad de un nuevo amanecer. El aire se tornó más fresco y los pájaros co­menzaron a piar. Una brisa cálida le reconfortó el rostro y a la prin­cesa, que no había cesado de llorar, entrevió que un rayo de sol se acercaba hacia ella. Se secó las lágrimas con sus dos manos para ver mejor y al mirar nuevamente reconoció al joven caballero, que re­gresaba "para rescatarme -pensó ella, con alegría- ¡una vez más!". Pero en esta ocasión su bravo corcel volador era del más puro color amarillo y su armadura tenía el color verde de los campos en prima­vera. En su mano el jinete portaba una espada hecha de luz solar.
El caballo se posó suavemente en tierra y el guerrero desmon­tó y se aproximó a la muchacha.
-No temas, dulce princesa. El dragón, ahora, sólo tiene una cabeza; si se atreve a aparecer, lo mataré de una vez por todas.
La princesa sonrió y agradeció su actitud. Al rato, él se quedó dormido en su regazo mientras ella le acariciaba los cabellos.
De pronto, los pájaros se callaron y se produjo un silencio se­pulcral. La oscuridad comenzó a adueñarse de los cielos y las olas del mar comenzaron a agitarse y a romper con furia contra las ro­cas de la costa.
Entonces, por tercera vez, hizo su aparición el maléfico dra­gón. Y, a pesar de tener sólo una cabeza, parecía más poderoso y terrible aún que antes.
La princesa despertó al guerrero y éste montó velozmente su brioso caballo volador y se lanzó al ataque.
El dragón trató de derribarlo, ya desde el inicio mismo del combate, con un golpe de su cola escamada, pero falló; luego intento atraparlo con sus filosas garras, pero el caballero las eludió y, a su vez, las golpeo con el filo de su espada lumínica.
La bestia estiró su cuello y atacó con feroces dentelladas, pe­ro el impecable caballo amarillo logró esquivarlas sin dificultad.
El guerrero esperó el momento apropiado y finalmente lanzó un certero tajo con su espada de luz y cortó la tercera y última ca­beza del dragón.
Un rugido agónico barrió con la oscuridad del lugar, y a me­dida que la vida se escapaba del cuerpo de la bestia, el mar iba volviendo a su ritmo habitual. Por último, cuando el cuerpo del dragón cayó sin un solo hálito de vida, se transformó en un char­co de agua y formó un círculo en la arena de la playa.
La princesa corrió hacia su salvador, pero, tal como había su­cedido en las ocasiones anteriores, el héroe se marchó volando y pronto se perdió en los inmensos cielos celestes, confundiéndose con un rayo más de sol.
La doncella arrastró la cabeza del dragón por la costa, la ató por las barbas a las otras dos y volvió a esconderlas bajo un mon­tón de rocas.
Y regresó al castillo de su padre, quien salió inmediatamente a recibirla.
-No puedes enviarme nuevamente a morir, porque el dragón yace muerto.
-Si es como tú dices, entonces podrás mostrarme sus restos.
-Acompáñame a la costa y tus mismos ojos lo comprobarán.
La princesa, el rey, toda su corte y una gran cantidad de caba­lleros del reino partieron del castillo y pronto llegaron a las ori­llas del mar, al pie de la montaña verde donde había tenido lugar la terrible batalla.
El rey y los caballeros comprobaron que, en efecto, el dragón estaba muerto.
-Dime, hija mía -dijo el rey, ¿has visto el rostro de tu salvador?
A lo que la doncella respondió:
-No, padre, la primera vez vestía armadura y yelmo rojos co­mo la sangre. La segunda vez tenía armadura y yelmo plateados, y la última vez tenía una armadura y yelmo de color verde.
De uno en uno por vez, algunos de los caballeros de la corte le fueron diciendo al rey que habían sido ellos quienes habían da­do muerte a la terrible bestia.
La princesa escuchaba, indignada, las mentiras que llegaban a sus oídos, porque ella estaba convencida en su corazón de que ninguno de esos hombres había sido su salvador y gritaba desa­creditándolos por sobre el rugido del mar y las palabras de todos los presentes.
-Sólo aquel de vosotros que logre desatar los nudos con los que até las tres cabezas del dragón, es el que las ha cortado.
El primero de los caballeros se acercó haciendo gala de sus ar­mas y armaduras que brillaban ruidosamente al son de sus meta­les, pero no pudo desatar los nudos por más que lo intentó con todas sus fuerzas.
El segundo también dio un paso al frente haciendo gala de su porte de caballero, pero falló como el primero.
Y así fueron pasando todos los caballeros, hasta que al final ninguno pudo desatar las tres cabezas unidas del dragón.
Cuando todos y cada uno de los caballeros ya había realizado su intento apareció volando el guerrero desconocido, montado sobre su hermoso corcel. De a poco, fue descendiendo suavemen­te hasta que los cascos de su caballo se posaron sobre la arena de la playa. El bravo jinete desmontó y caminó erguido hacia el lu­gar donde se encontraban las tres cabezas anudadas del dragón. Con un rápido movimiento de sus diestras manos deshizo los nu­dos y las tres cabezas rodaron unos metros sobre la arena.
-¡Él, él es mi salvador! -gritó la princesa y empezó a correr con los brazos abiertos a su encuentro.
El héroe la recibió abriendo los suyos, a su vez, y la estrechó contra su formidable pecho al mismo tiempo que la besaba apa­sionadamente.
Entonces, los caballeros mentirosos se retiraron derrotados y el rey le dio, ahí mismo, la bendición a la feliz pareja para que se uniese enseguida en matrimonio.

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Leyendas de pascua

Para quienes crecimos en la Villa, la Coneja de Pascua es una referencia permanente cuando se acercan la Semana Santa.
Sin duda que la liturgia del jueves y viernes santo, el sábado de gloria y el domingo de resurrección constituyen el verdadero moti­vo de la pascua, pero es para los niños la presencia de la Coneja de Pascua lo más esperado de estos días. No estoy seguro de afirmar que sea la Villa la única localidad del país donde, como ocurre con los Reyes Magos todos los niños dejan sus calzados afuera esperando los "regalitos", todos los niños del pueblo se levantan temprano para ir corriendo en busca de los huevitos escondidos por la "Coneja" en los patios o en rinconcitos de la casa. Aquí en la Villa es una tradición muy extendida que fue introducida por los inmi­grantes centro-europeos de donde viene la tradición.
Originalmente la Coneja de Pascua es un personaje mítico infantil perteneciente a las culturas germánicas. Aunque no están muy definidos sus orígenes, se atribuye su exis­tencia a la capacidad de procreación, de gran valor simbólico en unas fiestas dedi­cadas a la fertilidad de la tierra tras el invierno europeo.
El mito del conejo de pascua, se originó (muy probablemente) cuando en los meses de abril o mayo (cuando algunos gansos del norte ponen huevos) unos niños entra­ron a un granero y vieron salir corriendo un conejo, cuando después encontraron un huevo, concluyeron que fue el conejo que lo había dejado atrás.

Fuente: Villa General Belgrano (argentina)

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La leyenda de un conejo en el sepulcro de jesus

Cuenta la leyenda que cuando sepultaron a Jesús, dentro de la cueva había un conejo escondido, que muy asustado veía cómo toda la gente entraba, lloraba y estaba triste porque Jesús había muerto.
El conejo se quedó ahí viendo el cuerpo de Jesús cuando pusieron la piedra que cerraba la entrada y lo veía y lo veía preguntándose quien sería ese Señor a quien querían tanto todas las personas.
Así pasó mucho rato, viéndolo; pasó todo un día y toda una noche, cuando de pronto, el conejo vio algo sorprendente: Jesús se levantó y dobló las sábanas con las que lo habían envuelto. Un ángel quitó la piedra que tapaba la entrada y Jesús salió de la cueva; más vivo que nunca!
El conejo comprendió que Jesús era el Hijo de Dios y decidió que tenía que avisar al mundo y a todas las personas que lloraban, que ya no tenían que estar tristes porque Jesús había resucitado.
Como los conejos no pueden hablar, se le ocurrió que si les llevaba un huevo pintado, ellos entenderían el mensaje de vida y alegría y así lo hizo.
Desde entonces, cuenta la leyenda, que el conejo sale cada Domingo de Pascua a dejar huevos de colores en todas las casas para recordarle al mundo que Jesús resucitó y hay que vivir alegres.

Fuente: Villa General Belgrano (argentina)

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La campana de huesca

En la ceremonia de su coronación Ramiro II estaba aterrorizado. Tras la muerte de su hermano Alfonso I de Aragón, llamado el Batallador, al pobre Ramiro no le quedó más opción que aceptar el trono. Los nobles aragoneses podían estar tranquilos: Ramiro era un hombre pusilánime y de poco carácter, de modo que sus intereses no corrían peligro; es más: seguramente, con el nuevo rey, podrían llevar a cabo aquellas ideas de independencia y tiranía que más le convinieran.
En efecto, el nuevo rey don Ramiro se había visto en el trance de aceptar un cargo para el cual no estaba preparado. La corona era para él una carga demasiado pesada: su vida había discurrido por los senderos divinos y no había nada más placentero para Ramiro que la vocación monástica a la que se había entregado desde muy joven.
A principios del siglo XII, Ramiro había tomado los hábitos benedictinos en el monasterio de San Ponce de Tomeras y había decidido no participar en los asuntos políticos, a los cuales, por nacimiento y herencia, estaba destinado.
Cuando fue coronado rey, don Ramiro II fue apodado el Monje y hay quien afirma que los más osados lo llamaban «el rey Casulla». En cualquier caso, parece probado que el monarca era considerado un pelele o un títere, y que los nobles aragoneses se burlaban de él con frecuencia. Su vida, por otra parte, estaba continuamente amenazada y sufrió varios atentados e intentos de rapto, todo ello promovido por los señores feudales de la época, los cuales pretendían de este modo atemorizarlo. Tanto mejor para ellos, cuanto más oculto e inerme estuviera el rey.
Así, Ramiro apenas abandonaba su castillo en Huesca y en raras ocasiones salía de sus estancias. Por todo el reino se corrió la voz de la cobardía del nuevo monarca e incluso el obispo de Ordás, uno de los principales instigadores de la reclusión del rey, se burlaba de «don rey Casulla».
Por su parte, Ramiro comprendió muy pronto que los nobles aragoneses estaban echando a perder el reino y que él no tenía poder ni fuerzas para enfrentarse a tan poderosos enemigos. Su vocación monástica le había impedido conocer el arte de la guerra y la discreción de la política. De modo que, embozado y en secreto, acudió al monasterio de San Ponce y quiso entrevistarse con el abad, amigo muy querido suyo, llamado fray Frotardo o, como lo llaman algunos, fray Frotaldo.
-Padre Frotaldo -dijo Ramiro. ved en qué trance me hallo: los nobles se burlan de mí, porque no conozco las leyes, ni se guerrear, ni tengo fuerzas ni ánimo para tener descendencia. Todos me menosprecian y el reino se pierde sin remedio. Decidme, padre Frotaldo, ¿qué he de hacer yo, que no sé nada de esto ni de aquello?
El abad hizo salir a su discípulo al jardín, mas no dijo nada. Acercándose a un hermoso rosal que había en el claustro, tomó en sus manos unas tijeras de podar y, con suma prudencia, cortó las flores marchitas y las ramas que incomodaban a otras rosas, y quitó con sus propias manos las hojas secas y los tallos machorros que no daban flores.
Entonces, Ramiro comprendió cuál debía ser su actitud y, dándole las gracias a fray Frotaldo, volvió a su castillo de Huesca, dispuesto a cortar los tallos secos y podridos de su reino.
Hizo llamar a los principales nobles de Aragón: aquellos que se habían burlado de él y que lo habían despreciado. En una sala del castillo los encerró a todos: allí estaban los veinticinco, riéndose abiertamente del monarca y preguntándose el motivo de la llamada. En esto estaban, cuando entró don Ramiro, ataviado con su capa real y su corona, y seguido de cien soldados armados hasta los dientes.
-¡Cortadles la cabeza! -ordenó.
Y así se hizo: los soldados maniataron a los nobles y, uno por uno, fueron decapitados. El rey ordenó que colgaran las cabezas del techo de la sala, disponiéndolas como si de una campana se tratase. El horroroso espectáculo de las cabezas sangrantes no inmutó al nuevo rey, el cual de este tremendo modo había cumplido la sugerencia de su abad.
Finalmente, Ramiro II hizo llamar al obispo de Ordás, el cual era, como se sabe, uno de los caballeros principales de Aragón y uno de los que había procurado la muerte del rey en distintas ocasiones. Cuando llegó el obispo, el monarca lo hizo pasar a la sala de la campana y le mostró las cabezas ensangrentadas de los cabecillas rebeldes. Con una mueca de desprecio y sabiéndose ya libre de la muerte, el obispo advirtió:
-Muy bien me parece la campana, don Ramiro. Mas ved que para que todo el mundo sepa lo que habéis hecho, es necesario que la campana tenga badajo.
-Y lo tendrá -contestó el rey.
Y acto seguido, hizo que degollaran al obispo y pusieran su cabeza en el centro de la campana. De este modo todo el reino de Aragón supo que don Ramiro II no iba a tolerar ni burlas ni menosprecios y que la corona tenía un digno representante, valiente y terrible como correspondía.
El rey don Ramiro II, el Monje, murió en el año 1154.
Se dice que la noche anterior a su defunción, el monarca tuvo un sueño: a sus mientes había venido la visión de una cacería, en la cual él mismo participaba. Según contó a sus cortesanos, iba por los montes Pirineos tras un oso y los monteros habían logrado acorralar a la bestia en una hondonada. El rey, entonces, se acercó con su ballesta y observó que en el lugar sólo había un osezno que hablaba y le pedía que no lo matase.
Al día siguiente, don Ramiro tuvo la impresión de que el sueño había sido muy real y tuvo presentimientos amargos. No obstante, cargó con su ballesta y fue a la cacería prevista. Todo sucedió como en el sueño y, cuando llegó a la hondonada, vio al osezno que imploraba que le salvase la vida. Un ballestero lanzó la flecha, mas ésta no alcanzó a la cría de oso, sino al rey, y le partió el alma. De este modo se cumpió el vaticinio del monarca y de este modo entregó su vida a Dios el rey famoso de la Campana de Huesca.

Fuente: Jose Calles Vales

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