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sábado, 17 de agosto de 2013

Doña inés de castro

Bien paresce que soy sola,
no tengo quien me guardare...
ROMANCERO

Doña Inés de Castro era la más hermosa dama que jamás vieran los siglos. Su belleza era tal que no faltaba quien dijera que era hada o maga del agua. Pero estas habladurías no eran más que supersticiones del pueblo y puede decirse, con verdad, que doña Inés era la más dulce y amable de las jóvenes en la corte castellana. Algunos niegan que esta joven fuera de familia noble, pero con dificultad podría permanecer en el palacio de don Alfonso IV si se tratase de una aldeana. Sea como fuere, lo cierto es que no había joven en los reinos cristianos que pudiese compararse con ella en belleza y en galanura.
La historia cuenta que el infante don Pedro de Portugal, hijo del rey Alfonso, iba a contraer matrimonio en Coimbra con una dama castellana, llamada Constanza, hija, a su vez, del infante don Juan Manuel. Las bodas de don Pedro y doña Constanza fueron famosas y en aquel siglo XIV no hubo, según las crónicas, festejos como los que se celebraron en la hermosa ciudad portuguesa. Se ordenó que la corte castellana pasara a Portugal, con el fin de honrar a los jóvenes esposos. Había que ver qué caballos, qué literas, qué soldados... ¡Cuánto lujo y esplendor en la corte castellana! Allí podían verse los rostros más hermosos, los caballeros más galanes, los pajes dispuestos, los palafreneros, los maestros de armas... Más de dos mil guerreros vestidos de punta en blanco iniciaban la caravana; después iban las damas, escoltadas por los nobles más jóvenes y aguerridos; tras ellas venía el séquito real de don Alfonso, que se mostraba complacido con la boda de su hijo y la dulce Constanza.
En esta caravana iba también doña Inés y su belleza no dejó de asombrar a propios y extraños. Cuando llegaron a Coimbra, la joven dama tomó un aposento modesto y acomodado a su posición. Pero, aunque quiso pasar inadvertida, los portugueses comenzaron a hablar de ella en los términos más asombrosos: decían que no habían visto una mujer como ella y que el infante don Pedro había elegido mal, pues pudiendo casar con aquella dama, se había casado con Constanza, una joven como otras muchas. El ruido fue hacién-dose mayor, y estos elogios llegaron al palacio de don Pedro, el cual insistió en querer ver a aquella dama prodigiosa.
Doña Inés se negó cuanto pudo y mandó cartas al infante dicién-dole que no era bueno que un hombre recién casado pusiera sus ojos en otra dama. «No es por amores que os requiero» dijo don Pedro, «sino por ver si mis súbditos dicen verdad». Y decían verdad.
Cuando por fin se vieron, no hubo remedio. Don Pedro quedó enamorado, y en vano Inés trataba de apartar a aquel hombre de su corazón. Mal podrán los jóvenes dejar de querer si Cupido decide lo contrario.
Pasaron los años, e Inés permaneció en Coimbra porque así lo quiso el infante don Pedro. Veíanse a la luz de la luna y sufrían porque su amor hacía penar a una mujer buena: Constanza. Muchas noches pasaron llorando y lamentando su mala fortuna, pero al fin se amaban: ¿qué se podría hacer? Estos amores mataban tres corazones: el de Pedro, que no podía sufrir estar lejos de Inés; el de Inés, que sentía los remordimientos del adulterio; y el de Constanza, que veía cómo otro amor le había arrebatado a su esposo.
Esta circunstancia llegó a oídos del rey Alfonso, el cual se irritó mucho cuando supo que una dama castellana hacía intrigas en el trono de Portugal. Hizo escribir cartas a Pedro y a Inés; al uno le recriminaba un adulterio infame y a la otra la tachaba de ramera y bruja. Los dos amantes recibieron las noticias con dolor y sus frentes se nublaron: ya veían que aquellos amores tendrían consecuencias funestas.
Al cabo, Constanza enfermó de gravedad y murió maldiciendo a la joven Inés y a su esposo, don Pedro de Portugal.
Acudió al funeral el mismísimo rey don Alfonso, el cual no permitió que Inés apareciera en la iglesia y ordenó que fuese encerrada en su palacio mientras durara la visita real. Hizo, además, que le enviaran cartas, en las cuales la denostaba y la ofendía como ramera. El rey se juró odiar a esta dama castellana hasta el fin de sus días, por haber destruido un matrimonio en el que había depositado todas sus esperanzas políticas. Reunido con los nobles de Portugal, les expuso el caso:
-Ved, caballeros, a esa prostituta que guardáis en vuestra patria. Ved lo que ha hecho con el infante don Pedro, mi hijo, a quien ha hechizado con pócimas y bebedizos. ¡Negadle a esa mujer vuestro saludo! ¡Negadle vuestro respeto y honor! ¡Echadla del país y abandonadla en los campos, para que muera comida por los perros en los caminos, como se merece!
Por su parte, don Pedro estaba apenado y afligido, y la ira de su padre cayó también sobre él.
-Más te valiera, mal hijo, vestir de peregrino e ir a Roma, para purgar tu culpa. Has matado de pena a Constanza, que te quería bien; y te has amancebado con una puerca...
El amor de Pedro e Inés no había decrecido un ápice, mas tuvieron que separarse y llorar su pena cada cual en su lugar. Pedro acabó por vestir los hábitos de peregrino. Inés se despidió de él con gran amargura y con los ojos llenos de lágrimas. Antes de partir, se juraron amor eterno y Pedro prometió que a su vuelta la tomaría por esposa.
Inés lo vio partir desde una torre de Coimbra y con él, puede asegurarse, se le iba el alma.
El rey Alfonso conoció que su hijo había tomado hábitos de romero y que andaba por esos caminos de Dios purgando su ignominia. Entonces, aprovechando la soledad y la debilidad de Inés, ordenó a dos caballeros que fueran al palacio de la joven y la asesinaran. Así, tal y como se cuenta, se hizo. Don Pero Coelho y don Alvaro Gomçalves, los dos hombres más crueles e infames que vieron tierras portuguesas, llegaron a la torre de Coimbra y se presentaron ante Inés. La joven los recibió, aunque bien sabía quién les enviaba y con qué mandado.
-Sé, caballeros, que venís a darme muerte por amar al infante don Pedro. Os ruego que me dejéis marchar: iré a Castilla, o más lejos, a Aragón; o a Francia si tan mal me queréis...
Nada dijeron aquellos criminales: bien al contrario, con un gesto hicieron pasar al obispo de Oporto y le pidieron que hiciese confesión a Inés, porque iba a morir. Con el rostro anegado en lágrimas y el pecho angustiado por la congoja, Inés dio cuenta al Señor de sus pecados y se entregó a una muerte cruel. Sin dudarlo, los asesinos desenvainaron sus espadas y le dieron fin con cuarenta heridas mortales. Después, le sacaron los ojos y la enterraron.
Andaba el infante don Pedro por las escarpaduras de los montes Pirineos. Aún llevaba la pena en el alma, pero su corazón resuelto y decidido sólo esperaba llegar pronto a Roma, donde el Santo Padre le daría la absolución. De tanto en tanto, se detenía y descansaba; y en el frescor de un riachuelo o en un prado ameno, contemplaba las flores y recordaba a su amada Inés. Lamentaba, eso sí, que su mala fortuna hubiera desembocado en amores tan funestos, pero nada había que hacer: su corazón pertenecía a aquella dama de Castilla y la pasión con que la amaba no podía ofender a nadie.
Ya casi podía ver tierras francesas y quiso detenerse en una cueva del monte, para pasar la noche con más acomodo. De pronto, se hicieron las tinieblas y una gran tempestad cubrió de oscuridad la cima de aquellos agrestes parajes. El cielo parecía hundirse y las columnas que sujetan el mundo se quebraban con estrépito. Los rayos y los truenos infundían espanto y hasta las aves de las montañas volaron a sus nidos en las escarpaduras.
El infante don Pedro veía con temor la furia de los elementos y cómo refulgían los relámpagos en las cumbres: ¡oh, espectáculo horrendo, furia de Dios...! De repente, una sombra se perfiló en la entrada de la cueva y don Pedro se retiró hacia lo profundo, asustado y temeroso...
-¿Quién sois? ¿Qué queréis de mí? ¿Sois vivo o muerto?
La sombra no se movió: venía cubierta con un manto negro y la lluvia torrencial corría por los pliegues en siniestra circunstancia.
-Soy un peregrino, no temáis -dijo la sombra embozada-. Vengo de tierras lejanas: sabed, buen infante, que muerta es tu enamo-rada. Más pena lleva por ti que por su muerte.
El horror se reflejó en el rostro de don Pedro y, sin poder contener su llanto, se cubrió el rostro con las manos y lamentó con angustia su desventura. Lástima y compasión inspiraba el pobre infante, allí metido en la cueva, con hábitos de peregrino... Sus pies llagados, su rostro marchito, su corazón dolorido... Hasta la misma sombra se apiadó de él y le dijo:
-No lloréis don Pedro: yo soy vuestra enamorada Inés. Los ojos que os amaron, ved, ya no los tengo aquí.
Y descubriéndose, mostró la calavera de Inés sin ojos: la sombra dejó caer su manto y don Pedro pudo ver el blanco vestido de su amada atravesado por cuarenta puñaladas y ensangrentado.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! -suplicaba el pobre peregrino.
-Vivid, mi amado caballero, vivid; y haced el bien en este mundo. Tomad esposa que os ame y no me olvidéis.
Y entonces un rayo como espada divina cayó en la entrada de la cueva, y la aparición se desvaneció.
Muchos días y muchos años pasaron desde aquel de 1355 cuando, a la temprana edad de treinta y cinco años, murió la hermosa doña Inés.
Con el tiempo, el rencor había anidado en el pecho de don Pedro y ni siquiera en su coronación como Pedro I la imagen de su amada muerta se le borró del pensamiento. En la corte, todos habían pensado que el asesinato de Inés quedaría impune y que el correr de los años aplacaría la ira que justamente vengaría tan vil crimen. Pero los nobles se equivocaban.
Al día siguiente de su coronación, don Pedro hizo desenterrar el cadáver de Inés. De aquel hermoso cuerpo, apenas quedaba nada. Depositaron los restos de la mujer muerta en el trono de la reina y lo vistieron con la ropa más lujosa que se pudo encontrar en Portugal. La calavera, sin ojos y llena de gusanos, fue coronada con una preciosa diadema de brillantes. Su esqueleto, con la piel podrida y las carnes comidas, se cubrió con un manto de armiño y pieles de nutrias. Un vestido con perlas y bordados de oro ocultaba toda la hediondez y putrefacción del cadáver. Un apestosa fetidez invadía la sala del trono y a duras penas cuatro sepultureros leprosos pudieron acomodar los restos de Inés en el escaño real.
Cuando todo estuvo dispuesto, don Pedro ordenó que vinieran a palacio todos los nobles de Portugal. Los reunió en una sala cercana y, después de saludarlos con cortesía, los hizo pasar. Con gran espanto vieron el cadáver en el trono, y muchos tomaron sus pañuelos para evitar el vómito. Una gran repugnancia se apoderó de aquellos estómagos y apenas podían soportar la vista de aquella figura horrenda en la sala principal del palacio.
-¡Arrodillaos, bastardos! -gritó don Pedro. ¡Arrodillaos y honrad a vuestra reina! ¡La despreciasteis en vida... pues adoradla de muerta!
Y, uno a uno, todos los nobles tuvieron que acercarse al trono y rendir pleitesía a un infecto cadáver. Don Pedro les obligó a besar la mano de Inés y ellos, con gran repugnancia, posaban los labios en la carne pútrida de la muerta. Apenas podían contener las náuseas, pero lo hacían porque eran cobardes y sabían cuánto mal habían hecho a doña Inés de Castro, cuántos desprecios había sufrido aquella dama de Castilla y cuántas infamias hubo de soportar.
Finalmente, don Pedro hizo entrar a don Pero Coelho y don Alvaro Gomçalves, los asesinos de su amada. Pasaron a la sala con el rostro pálido y con más temor que todos los demás, pues ellos habían sido los autores de tan horrendo crimen y sabían que, tarde o temprano, pagarían el precio de su traición. Cuando estuvieron de rodillas frente al cadáver de Inés, don Pedro I les preguntó:
-¿No deseáis besar la mano de la reina, caballeros?
-Sí, sí -contestaron ambos, aterrados.
-¡Maldita sea vuestra estirpe! -tronó el rey. ¡No merecéis siquiera mirar su rostro!
Y sacando su espada, les cortó a ambos las cabezas y las expuso a la vista de todos. También hizo que se le sacaran los ojos y que sus cuerpos fueran despedazados y echados a los perros.

Fuente: Jose Calles Vales

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Don rodrigo y la pérdida de españa

Amores trata Rodrigo...
ROMANCE TRADICIONAL

Así lo dice el romancero.
La historia de don Rodrigo es una de las más conocidas y populares, y ha sido recreada en obras de teatro y romances modernos. Los sucesos que se narran acaecieron allá por el siglo VII, poco antes de la invasión sarracena de la Península. Don Rodrigo es, según la tradición, el último rey godo y tenía su residencia en Toledo. En los palacios de la ciudad imperial residía buena parte de la corte española y sólo algunos nobles vigilaban la frontera sur, donde los moros comenzaban a aventurarse con el propósito de conquistar la antigua Hispania. Seguramente los infieles creían cuanto de España se contaba: «donde nace el oro fino, / y la plata no faltaba», como dejó escrito San Isidoro.
El conde don Julián, hombre de valor, vivía en el alcázar de Ceuta y desde allí repelía los violentísimos ataques moros. Sin embargo, el norte de África no era lugar propio para mantener a una familia, y don Julián envió a su hija a Toledo, donde las guerras y las algazaras no podrían dañarla.
En la corte toledana, a decir verdad, la vida transcurría apacible-mente y nada quebraba el sosiego de los caballeros y damas. El palacio se extendía en un vergel o jardín donde las muchachas cortesanas jugaban y bailaban durante la primavera. Entre todas ellas, la más hermosa era la hija de don Julián, llamada Florinda y a la que todos conocían con el nombre de la Cava. Era esta muchacha una joven dulce y amable, que sólo lamentaba los peligros en los que se veía su padre y siempre lo tenía presente en la memoria. Su belleza cautivaba a cuantos la veían y su galanura la hacía querida por amigas y jóvenes pajes.
No pudo don Rodrigo sustraerse a la hermosura de Florinda y, aun sabiendo que hacía mal, comenzó a cortejarla. La Cava rechazaba sus pretensiones, porque era muy niña y, además, el rey no había contado con el beneplácito del conde don Julián. En vano luchaba don Rodrigo por atraer sus miradas, pero su corazón estaba inflamado de amor y una pasión desordenada agitaba su alma. Comenzó a presentarle regalos y cortesías: un día se acercaba a su cámara y le mostraba las más raras flores del reino; al cabo, le venía con sedas escogidas entre las mejores de Arabia; en una ocasión le ofreció un collar de oro y rubíes que deslumbraba... En el palacio no se veían con buenos ojos estos alardes de riqueza y esta soberbia en la conquista de una muchacha. Aun así, de nada valieron presentes y galanterías: Florinda se negaba una y otra vez a conceder su amor al rey.
Amargado y violento, el rey se retorcía las manos y se mesaba los cabellos: ninguna dama se había resistido con tanta obstinación. Ideó entonces un malévolo plan: encerróse en una cámara apartada e hizo llamar a la hermosa muchacha bajo pretexto de tener noticias de su padre, el conde don Julián. La Cava acudió sin dilación, porque no había cosa más grata para ella que recibir nuevas de su padre, al que amaba con tierno afecto. Mas cuando la muchacha hubo entrado, el rey cerró con siete llaves la sala y allí mismo la forzó. La joven gritaba y maldecía a don Rodrigo, pero éste tenía la frente nublada y no concebía otro deseo más que el de poseer a la hermosísima Florinda.
Los días siguientes se tiñeron de amargura: la Cava se había encerrado en su cámara y pasaba las noches llorando y gimiendo. Nada la consolaba y en nada encontraba placer. Más deseaba morir que cualquier otra cosa: veíase a sí misma indigna y creía que su hermosura había tenido la culpa. Golpeábase el pecho, rasgaba sus ropas y se cortó los preciosos cabellos, en señal de luto. Por días se marchitaba su belleza, a nadie quería hablar y una profunda tristeza anidó en su corazón. Ni siquiera su mejor amiga, la joven Inés, comprendía aquel súbito cambio en el carácter de la Cava.
-Hermana mía -le decía; decidme qué os pesa... ¿os he ofendido en algún modo? ¿Dónde quedó vuestra alegría y la dulzura con que me hablabais? ¿Tendré yo la culpa?
Tanto apremió Inés a su amiga, que ésta al fin confesó cuanto le había sucedido. Con los ojos arrasados en lágrimas dijo que el rey la había deshonrado del modo más infame y que ya nunca más la Cava sería digna de llevar el blasón del conde don Julián.
Con dulces palabras Inés consoló a su amiga y le hizo ver que todo el deshonor caía sobre la corona de España, toda la infamia sobre don Rodrigo y todo el pecado sobre el alma del rey. La convenció para que escribiera a su padre, y para que le contara la grave ofensa que había recibido. Al fin accedió Florinda y, tomando recado de escribir, envió cartas al conde y en ellas derramó muchas lágrimas y lamentos, que daba pena verlo.
Toda la sangre del corazón se le subió al rostro. Don Julián ardía de ira y venganza. Cuando recibió las cartas de su hija, las abrió con gran alegría, pues la amaba tiernamente. Pero el contenido de las mismas casi le hizo perder el juicio...
-¡Maldito seáis por siempre, don Rodrigo! -gritaba mientras golpeaba con su espada cuanto hallaba a su paso. ¡Maldito seáis vos y toda vuestra estirpe! ¡Hijo de mala putaña, sobre vuestra tumba han de vivir las serpientes y los escorpiones! ¡Un hombre que tal hace, merece la perdición eterna!
No pasaron tres días y el conde don Julián ya había pergeñado su venganza: escribió cartas a los moros y en ellas les aseguraba que entregaría las llaves de España con gusto. También envió mensajeros a Sevilla, donde un siniestro clérigo llamado don Opas esperaba también la caída de don Rodrigo. De modo que todas las desgracias se acumulaban sobre el trono del rey.
Sin embargo, el monarca vivía agradablemente en Toledo: nada sabía de cuanto se le preparaba. Para continuar su infame trato a la Cava, había ordenado que la llevaran a sus aposentos y allí, una vez y otra la deshonraba sólo para su gusto, y de este modo aumentaban sus pecados y la venganza de sus enemigos. En cierta ocasión estaba el rey dormido junto a la desgraciada Florinda, y aquel día tuvo un sueño don Rodrigo: vio una tienda sostenida por trescientas cuerdas de plata. En la tienda había cien doncellas hermosísimas, engala-nadas con los más preciosos vestidos de seda y oro. Sus cabellos eran oscuros y los ojos verdes como la mar: su piel, blanquísima como nieve; y las sedas y armiños dejaban ver las dulzuras de sus cuerpos lascivos. Cincuenta de aquellas damas tañían laúdes y cítaras, y la armonía resultaba extraña y misteriosa. Las otras cincuenta cantaban y bailaban con voces dulcísimas que enamora-ban. Una de aquellas hermosas avanzó hacia el rey, envuelta en vapores de ámbar e incienso: una banda ceñida en su pecho decía que la dama se llamaba Fortuna. Traía los ojos vendados con un rico paño de oro y en sus manos una esfera universal.
-Si duermes -dijo Fortuna, despierta, rey don Rodrigo. Y verás tu destino aciago y tu desdichado final. Verás a tus caballeros desangrados y tu batalla, perdida. Tu reino, don Rodrigo, yace sepultado en las ruinas: tus ciudades, tus villas, tus castillos pertenecen a otro. El conde don Julián, padre de tu amada, te ha traicionado. Tú deshonraste a su hija y él ha jurado que te dará muerte. Tal mereces, Rodrigo, por tu desgraciada vida.
Despertó sobresaltado el rey y vio con extremo dolor a la Cava, que lloraba a su lado. Grandes voces se oían en palacio y el monarca salió por ver a qué se debía tanto alboroto. Ahora lo supo: el conde don Julián arrasaba Ceuta y, de la mano de los moros, pasaba a tierras cristianas asolando fortalezas y quemando cuanto hallaba a su paso. Don Rodrigo aprestó sus ejércitos y salió al encuentro de sus enemigos.
Las batallas fueron terribles y la sangre derramada anegaba los campos y los valles. Siete encuentros tuvieron moros y cristianos, y en los siete las huestes de don Rodrigo fueron derrotadas. La carnicería asombraba a los aldeanos, que se refugiaban en las cuevas de las montañas. Por todos lugares se encontraban los restos de los valerosos godos, heridos de muerte o comidos por los perros. Don Julián y sus vasallos eran los más fieros e incluso a los mismos sarracenos asombraba su sangrienta venganza. La octava batalla tuvo lugar en el sitio de Guadalete, en el año 711. Los soldados de Tariq ben Ziyad y don Julián atacaron con violencia singular y los ejércitos de don Rodrigo se vieron abocados a una muerte implacable: por el campo se veían hombres cansados, con los escudos abollados y las lanzas rotas; los rostros, tintos de sangre, imploraban piedad al sarraceno, y éstos no dudaban en degollarlos sin compasión. Ningún capitán salvó su vida, ningún estandarte ni pendón quedó a salvo...
Desde un otero, el perverso rey veía el espectáculo vergonzoso de su derrota y allí se lamentó con estas palabras:
-Ayer era rey de España... hoy, no lo soy de una villa.
Volvió riendas y dio por perdido su reino. Solo, triste y amargado vagó por esos caminos de Dios, pidiendo la muerte y fustigándose el cuerpo a puñaladas. Ahora comprendía todo el mal que había hecho y cuánto lo merecía. Ahora comprendía los augurios y los sueños, y no hubiera dado un maravedí por su alma. La vergüenza le comía el corazón y no se atrevía a entrar en ciudades o villas: rodeaba por collados, se internaba en los bosques y espesuras, subía a las montañas, pero en ningún lugar hallaba sosiego para su corazón perdido.
En una ocasión don Rodrigo topó con un pastor y le pidió asilo en una choza, pues estaba tan cansado que apenas podía sostenerse sobre los estribos. Pero el pastor le negó con la cabeza: en ningún lugar hallaría donde dormir, porque aquellas tierras estaban desoladas y los cristianos, que esperaban la llegada de los moros, habían huido hacia el norte, quemando sus posesiones y llevándose con ellos a los sirvientes y ganados.
-Sólo queda, si gustáis, una ermita pobre, en lo bajo de aquel valle. Un monje la cuida, que él no ha querido marchar.
Don Rodrigo se vio obligado a comer un mendrugo de pan negro con aquel pastor y el infame más lloraba por los placeres que había perdido que por la desgracia de su reino. El monarca ni siquiera tenía con qué pagar el pan rancio del pastor, y con gran pesar tuvo que desprenderse de una cadena de oro y de un anillo.
Llegada la noche, el rey llegó a la ermita. Aquel lugar solitario y pobre le ablandó el corazón y los arrepentimientos comenzaron a morderle la garganta. Así, se arrodilló ante la santa imagen de Cristo y comenzó a orar. Muy fuertes golpes se daba en el pecho y, arrepentido, pedía a Dios que le quitara la vida.
En esto, llegó el ermitaño y le ofreció un jergón donde dormir y un mendrugo de pan negro para comer. Al borde del fuego, don Rodrigo se confesó y contó al viejo fraile todos los males que había hecho y cuán infame había sido su conducta. El eremita lo consoló y rogó a Dios por su alma de perdición.
-Ved, santo ermitaño -dijo el rey, si podéis imponerme una penitencia con la que pueda salvarme y reparar todo el mal que he hecho.
El pobre monje advirtió que él era poco letrado y que no tenía autoridad para impartir justicia a los reyes. No obstante, como don Rodrigo lo apremió, el ermitaño dijo que reflexionaría durante la noche y que, a la mañana siguiente, le daría una respuesta.
Esta misma noche el fraile tuvo un sueño y, en él, Dios le hizo saber la penitencia que debía imponerle al lujurioso monarca. Quiso el Señor que don Rodrigo purgara su pecado de modo singular: que se metiera vivo en una tumba, con serpientes y escorpiones, y que allí se estuviera hasta que las alimañas hubieran muerto.
Viendo el rey que era mandato divino, también pensó que con tal penitencia salvaría su cuerpo y su alma, y no dudó en aceptar la penitencia. Cuando hubo cavado la fosa, se introdujo en ella y el fraile echó allí un cesto de serpientes y escorpiones. Después, cubrió la tumba con una pesada lápida y allí quedó encerrado don Rodrigo.
Pasaban los días y el fraile iba cada mañana a preguntar al monarca: «¿Cómo os va, buen rey? ¿Vaos bien con la compañía?». Don Rodrigo respondía que, por el momento, las alimañas no lo habían tocado, y con gran ánimo se esforzaba en pensar que saldría de aquella penitencia con bien. El ermitaño rogaba por su alma y pedía a Dios que lo absolviese y que acabara aquel tormento, del cual a duras penas podría sobrevivir. Pero Dios no volvió a revelar su palabra.
Más de siete noches pasaron, y el rey perdía su brío. Al cabo de la octava luna, las serpientes mordieron a don Rodrigo allí donde estaba su pecado, y comenzaron a comerle las entrañas. Grandes alaridos daba y el pobre fraile tenía que alejarse de la ermita para no escuchar los lamentos del penitente. Sentía por él gran compasión, pero así había querido Dios que acabara sus días el hombre que entregó España en manos de los sarracenos. Al cabo, don Rodrigo murió y cuando el ermitaño levantó la lápida sólo pudo ver los huesos negros y la calavera del monarca, que había sido comido por las alimañas, confirmando la maldición del conde don Julián, padre de la hermosa Florinda.

Se dice, también, que don Rodrigo había presentido esta tragedia algunos años antes de su muerte, cuando visitó la famosa cueva de Hércules en Toledo. Se decía que el mismo Hércules, en sus andanzas tras los Geríones, había fundado la ciudad sobre el Tajo y que había escondido grandes tesoros en una misteriosa gruta. Al parecer, el héroe hizo grabar en la entrada del pasadizo una terrible inscripción:

CAIGA SOBRE TU CABEZA LA DESDICHA.

De este modo Hércules advertía de las penurias que acontecerían al que osara traspasar las puertas de la cueva.
Durante muchos siglos nadie se atrevió a cruzar el umbral de aquellos pasadizos, pero don Rodrigo era ambicioso y quiso poseer las inmensas riquezas del héroe griego. Era común que todos los reyes de Hispania, cuando llegaban al trono, hicieran colocar un candado nuevo a las puertas de la cueva, con el fin de perpetuar la tradición y preservar los tesoros de Hércules. Sin embargo, don Rodrigo hizo todo lo contrario: mandó que se quebraran todas las cadenas y que se rompieran todas las cerraduras.
Así, el rey pudo entrar en aquel misterioso recinto. Pero no encontró los tesoros que esperaba: sólo había un tapiz, guardado en paños de lino y oro. Cuando desenvolvieron la tela, el rey pudo observar una escena de guerra, trabajada al estilo antiguo. Se veían guerreros envueltos en sangrienta lid: unos llevaban turbantes y armas parecidas a las que utilizaban los sarracenos; los otros vestían al estilo cristiano. Sobre un otero, un rey admiraba la contienda y a los pies de su caballo había culebras y escorpiones.
Pero don Rodrigo no dio más importancia a aquel hallazgo e hizo derruir la cueva, olvidándose de ello hasta que la desgracia que se anunciaba en la entrada se ciñó sobre sus sienes.
Del conde don Julián se supo que la amargura anidó en su corazón cuando comprendió que había entregado su patria a los infieles. La pena por su hija también consumió su existencia del modo más lamentable: la pobre Florinda no pudo soportar su vida y se arrojó al Tajo, donde pereció ahogada. El conde huyó hacia el norte y nada quiso saber de los sarracenos, pero éstos lo encontraron en tierras de Aragón y le dieron una muerte terrible, cortándole los miembros y esparciéndolo por los caminos, donde los cuervos y los lobos se lo comieron.

Fuente: Jose Calles Vales

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Don fernando el emplazado

¿Por qué nos matas, rey?
ROMANCERO

Corría el año de 1312. Don Fernando IV, rey de Castilla, había cenado con doce pordioseros el Jueves Santo, tal y como era costumbre entre los monarcas de Castilla, para conmemorar la Santa Cena de Nuestro Señor Jesucristo.
Al día siguiente, don Fernando mandó que todo se dispusiera para marchar hacia Alcaudete, ciudad de fuerte castillo situada en la actual provincia de Jaén.
Estando en aquel lugar, vinieron dos hombres dando alaridos y rasgándose las vestiduras. Cuando el rey oyó tanta algarabía, ordenó que hicieran pasar a dichos caballeros y les preguntó qué querían.
-¡Justicia! ¡Justicia! -gritaron ambos.
-¿De quién? -quiso saber el monarca.
-De don Pedro Carvajal y de su hermano, don Rodrigo Carvajal. Señor, todos los males han hecho: pasan nuestras lindes, dan fuego a nuestras mieses, roban nuestras haciendas, fuerzan a nuestras mujeres y no pagan lo que nos deben...
-Y no es esto sólo -dijo el otro. Que esos malvados han matado a nuestro pariente Juan de Benavides, el mejor hombre que hubo en Castilla... si se quita vuestra majestad.
Los dos caballeros dijeron allí todas las tropelías y crímenes cometidos por los hermanos Carvajal, sin olvidar muchos asesinatos, alevosías, traiciones, violaciones y robos de mujeres y niños. Tanto se enfadó el rey don Fernando que, sin dudarlo, envió a sus mejores hombres con el mandado de que, allí donde fueran encontrados los dos hermanos, se les cargaran de cadenas y fueran llevados sin dilación a Jaén.
En la ciudad de Medina del Campo, famosa por su mercado, fueron hallados don Pedro y don Rodrigo. Allí dio con ellos el almirante de Castilla y les ordenó que se dispusieran a partir. Don Pedro y don Rodrigo de Carvajal eran caballeros nombrados, de modo que sólo el rey podía ordenar su prisión. Así se lo hizo saber el almirante, diciéndoles que quedaban arrestados por orden misma del rey don Fernando, y les enseñó el documento que lo probaba.
Al cabo de varios días, llegaron a Jaén, escoltados por la guardia real. Ya en el castillo, los dos hermanos se hicieron vestir con elegantes ropajes y ricos cordones, y vistieron espuelas doradas, como les correspondía por su estado de caballeros. Cuando pasaron a la sala del trono, hicieron gran reverencia y sonrieron amablemente al monarca, porque, al parecer, no tenían nada que temer. Sin embargo, don Fernando los miró con ira y les dijo:
-¡Malnacidos! ¡Hijos de mala perra! ¡Ya conozco vuestras traiciones y vuestras infamias! ¡Y, como hay Dios, que pagaréis por ellas!
Y en aquel mismo instante los cargaron de cadenas y candados, rasgaron sus vestiduras y les arrebataron las espuelas. Después les raparon las barbas, para denigrarlos y ofender a toda su estirpe. Al día siguiente los montaron en un carro tirado por bueyes y los llevaron a la peña de Martos. Allí, los ataron de pies y manos y les dieron suplicio durante tres días. Al cabo, vino el rey a verlos y les dijo:
-¡Forzad mujeres ahora, robad campos, destruid haciendas ahora, si podéis!
Entonces, habló el mayor de los Carvajal, que tenía el rostro ensangrentado:
-¿Por qué nos matáis, señor? ¿Quién os engañó con tales infamias? Jamás os hemos traicionado, jamás vendimos vuestras ciudades, ni abandonamos el pendón de Castilla en las batallas. Siempre os fuimos leales, como leales vasallos... mas si vos lo mandáis,cúmplanse vuestros designios...
-¡Callad, os lo ordeno!
-¡Sabed, señor -dijo don Rodrigo de Carvajal, que pediremos justicia al Juez que os puede juzgar: en el plazo de treinta días nos veremos, por testigos tenemos a San Pedro, a San Pablo y al Apóstol Santiago!
No pudo sufrir esta insolencia y estas amenazas el monarca. Y mandó que les cortaran las manos y los pies a ambos, y después hizo que los despeñaran desde la torre de Martos.
Aquella noche los cielos se nublaron. Durante la noche el rey tuvo pesadillas horrorosas y veía a los dos hermanos ensangrentados, sin pies y sin manos, con la cabeza rota, que le decían: «Treinta días te quedan, rey». A la mañana siguiente se supo que el rey tenía fiebre y que era una calentura grave. Lo trasladaron a Jaén, porque allí había médicos moros y judíos que podían conocer la fuente del mal y curarlo como convenía. Pero los días pasaban y el monarca no daba muestras de mejoría. Bien al contrario, se le oían delirios y en sus imaginaciones veía a los de Carvajal, siempre con sus ropas sangrientas, que le decían: «Veinte días te quedan, rey» o «Quince días te quedan, rey».
La angustia se reflejaba en su rostro y, cuando recuperaba el juicio, hacía como si apartara sombras de su vista y muchas veces aseguraba que había visto a San Pedro, a San Pablo y al Apóstol, que lo llamaban desde el más allá. Otras veces derramaba el vino de su copa y echaba las culpas a los dos fantasmas sangrientos que lo apremiaban. «Diez días os quedan, rey».
El plazo otorgado por los Carvajal se acababa y los médicos no daban con la enfermedad del rey: le componían ungüentos, cata-plasmas, bebedizos; estudiaban libros árabes, griegos y romanos; acudieron incluso a la magia y la alquimia, pero no había modo: el rey Fernando se moría sin remedio.
-¡Qué horror! -decía. ¡Qué horror y qué angustia saber que voy a morir en tres días!
El último día del plazo otorgado por los dos hermanos, el rey se despertó súbitamente y con los ojos en blanco pudo ver los cráneos destrozados de los dos hermanos, colgando de los cordones de las cortinas. Y le decían: «Hoy se cumplen los veinte y nueve: de mañana has de ir a plazo».
Antiguas crónicas dicen que el día de la muerte de don Fernando, el Emplazado, se vieron en el castillo de Jaén dos sombras que mancharon con sangre las galerías y los corredores. Alguno oyó que decían: «El plazo está cumplido, don Fernando». Los cortesanos y los deudos colocaron la corona sobre las sienes del monarca y una candela en la mano derecha. Se puso la cama mirando a oriente, en dirección a Jerusalén, y cuando se le dieron al rey los últimos sacramentos, murió.
Tres hombres vestidos de ermitaños, con luengas barbas, acudieron al entierro. Nadie pudo saber quiénes eran, sino que decían: «Somos los testigos», y por esta razón se dijo durante mucho tiempo que aquellos tres peregrinos eran San Pedro, San Pablo y el apóstol Santiago, aunque esto último no se pudo probar nunca.

Fuente: Jose Calles Vales

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Cuatro estudiantes en salamanca

La hermosa ciudad de Salamanca tiene tantos encantos que cualquier elogio que de ella se dijera quedaría corto y vulgar. Aunque su Univer­sidad tiene mucha fama, los doctos profesores que enseñan allí suelen repetir algunos dichos y refranes bien conocidos: Quod natura non dat, Salmantica non praestat (Lo que no da la naturaleza, no lo presta Salamanca), y este otro: «Quien va burro a Salamanca, de Salamanca vuelve burro». Y así es en efecto: que no todos los que pasan por aquellas aulas aprovechan sus enseñanzas. Allí impartió clases de Teología Fray Luis de León, quien, después de salir de su injusta prisión, volvió a su aula y comenzó la lección del siguiente modo: «Decíamos ayer...».
En fin, Salamanca es mucho más que su Universidad y a cada paso pueden encontrarse maravillas arquitectónicas y rincones deliciosos que encantan a los viajeros. Además de la catedral, de la prodigiosa fachada de la Universidad, de los innumerables palacios y de las tortuosas calles del barrio viejo, los curiosos visitantes suelen admirar el llamado Jardín de Melibea, donde, según se dice, tuvieron sus amorosos encuentros los dos amantes de Fernando de Rojas. La Casa de las Conchas atrae también las miradas del paseante y no faltará quien le diga que bajo una de esas conchas se encierra un tesoro.
Como no podía ser menos, Salamanca también cuenta con un buen surtido de leyendas. A continuación se da noticia de una muy popular entre los estudiantes mozos.
Hace muchos años, quizás antes de que el doctor Diego de Torres Villarroel escandalizara la ciudad con sus extravagancias, llegaron a Salamanca cuatro jóvenes con el ánimo de inscribirse en la Universidad y cursar letras. Carlos, Guillermo, Francisco y José, que así se llamaban, venían pensando por el camino dónde dormirían aquella noche, pues no conocían la ciudad y temían que les engañaran en el precio. Los cuatro amigos llegaron a la Plaza Mayor y aún no habían visto posada ni figón que se acomodara a su escaso bolsillo. Siguieron por la Rúa y llegaron a la Catedral, pero en ningún lugar hallaban acomodo: o bien las posadas eran muy caras o bien otros estudiantes se les habían adelantado.
Llegaba la noche y el frío helaba los huesos de los cuatro mozos. De modo que se resolvieron a entrar en el primer lugar que encontraran, aunque fuese pajar o porqueriza. En esto, una mujer anciana que salía de la catedral se les acercó y les preguntó si tenían dónde dormir aquella noche. Los muchachos contestaron que no, y el más joven de ellos, José, aseguró que daría un ojo y siete años de su vida por dormir aquella noche bajo techo.
La mujer les enseñó su casa y a los cuatro estudiantes les pareció bien.
-Pero habéis de saber, hijos míos, que a veces se oyen ruidos y gemidos, como si hubiera almas en pena. Mas si os quedáis, os cobraré la mitad.
Convinieron los muchachos y se hizo el trato. Los jóvenes no creían en los espíritus y tachaban de supersticiosos ignorantes a los aldeanos que hablaban de fantasmas y almas en pena. De modo que acostándose cada cual en su cama, se quedaron dormidos profun­damente.
Pero llegada la medianoche, se despertaron sobresaltados: pudieron oír con claridad el sonido de unas cadenas que se arrastraban por el corredor; las tablas del suelo crujían; el candil que lúgubremente iluminaba la estancia palpitaba como si el viento de la muerte rondara en aquella sala; ciertos gemidos, como los de una niña que llora, sobrecogieron a los jóvenes; y una respiración honda, como la que tienen los tuberculosos, amenazaba tras la puerta. Los cuatro muchachos se apiñaron en un extremo de la alcoba, temerosos y atenazados por el miedo...
De pronto, la respiración pareció entrar en la sala y una neblina verde se deslizó bajo la puerta. Una voz profunda, como la que aseguran que se oye en los cementerios, habló y dijo:
-Nooooo temáis. Yoooo no soy Satanás, soy un alma en penaaaaa... Yoooo forcé a una niña de diecisiete años y la degollé... y la arrojé al pozo del patio... ¡Sacadla de allí! ¡Sacadla de allí! Y con el tesoro que hallarééééis, mandad decir setecientas misas por mi almaaaa...
Quedaron sobrecogidos los muchachos, pero al poco todos los ruidos habían cesado y la casa quedó en paz. Asomóse Guillermo por la ventana y vio que, tal como había dicho el espíritu, había un pozo en el patio. No tardaron mucho los cuatro estudiantes en bajar a la cocina y llamaron a la mujer para contarle lo sucedido, pero por ningún lugar pudieron encontrarla. Decididos y curiosos como eran, salieron al patio y tomaron unas cuerdas con las que pudieran bajar al pozo. Carlos y Francisco, que eran osados y valientes, des­cendieron y comprobaron que, efectivamente, allí reposaban los huesos de una persona. Creyeron entonces a pies juntillas lo que les había dicho el espíritu y corrieron a dar aviso al obispo. Éste les dijo que aunque había oído hablar de aquel fantasma, él nunca había querido darle verosimilitud, pero que accedía a enterrar aquellos huesos en la iglesia, tal y como los jóvenes pedían.
De vuelta a la casa, los jóvenes quisieron descansar pero cuando Francisco fue a abrir un armario para coger una manta, halló un cofre con un inmenso tesoro. Y en esto vieron que el fantasma no les había engañado. Al día siguiente concertaron las setecientas misas por el alma del asesino y repartieron lo sobrante entre ellos, viviendo en la mayor felicidad durante su estancia en la ciudad de Salamanca.
Se ha de decir que todos completaron sus estudios con gran provecho y que todos siguieron el camino de sus vidas con felicidad y alegría, salvo uno. El más joven de todos, José, perdió la vista del ojo derecho, con lo cual aprendió a no jurar en vano, y durante siete años sufrió grandes penurias y se vio pobre y miserable vagando por las calles, hasta que al fin fue perdonado y vivió feliz el resto de sus días.

Fuente: Jose Calles Vales

0.003.3 anonimo (españa) - 018

Burgos

Por besar mano de rey
no me tengo por honrado...
ROMANCERO

El peregrino se había extraviado.
Quería entrar en Burgos antes de la anochecida, pero el sol caminó deprisa y las sombras ocultaron los senderos. Desde un otero podía ver las luces de la ciudad, mas no quiso ir a la aventura entre zarzas y ortigas, con riesgo de caer por barrancos y pedregales. Allí, al arrimo de una encina pasaría la noche y, a la mañana siguiente, continuaría su camino hacia Santiago de Compos-tela.
Tuvo suerte el romero y al poco llegó un pastor de ovejas merinas, con quien compartió el vino y el queso que aún llevaba en las albardas. Al calor del fuego, los recientes amigos conversaron apaciblemente: hablaba el pastor de su rebaño y si era tiempo de esquilar, o si el queso estaba bien curado, o si aquellos montes eran propios para el pastoreo. El peregrino narraba sus aventuras en Puente la Reina y en Logroño, y decía cuántos deseos tenía de visitar el Papamoscas de Burgos, Frómista, León y llegar al fin a Santiago, para abrazar al Apóstol.
A pesar del vino y la amena conversación, el pastor se mostraba intranquilo y, de tanto en tanto, miraba a un lado y a otro, como buscando algo. Quiso saber el peregrino si tenía temores o había alguna cosa que le infundiera miedo. El buen hombre contestó que precisamente aquella noche no era buena para estar en el campo, porque era noche de Difuntos y, afirmaba, había oído hablar de apariciones y fantasmas en aquel lugar, cerca del monasterio de Fresdelval. El romero, que era tan supersticioso como su acompañante, quiso tranquilizarse y dijo:
-¡Ea, amigo! Ésos son cuentos de viejas: echemos un tanto de vino al gaznate y se curarán nuestros temores.
Pero aún no había acabado de pronunciar estas palabras cuando los dos pudieron oír el sonido de un caballo cabalgando en los matorrales cercanos... Giraron el rostro y pudieron ver la silueta de un caballero sobre su corcel: la luz de la luna se reflejaba en la armadura y aun se distinguía perfectamente la espada y la lanza.
El pastor y el peregrino se agazaparon junto a la lumbre y observaron con terror que el brioso caballo se dirigía hacia ellos: era un imponente ejemplar, y los pálidos fulgores de la noche parecían en­volver sus crines. Sin duda, caballo y caballero eran fantasmas: almas en pena que vagaban en la noche de Difuntos en aquel solitario paraje. Traía el jinete una espada, la más brillante y pulida que hubieran visto jamás...
El misterioso espectro se detuvo ante ellos, mas no levantó la celada de su yelmo. De pronto, volvió grupas y espoleando a su cabalgadura remontó el collado y fue a situarse en lo alto de la loma. Allí estuvo un buen tiempo, como si estuviera observando la ciudad de Burgos. El pastor y el peregrino comprendieron, por los gestos del caballero, que una suerte de triste melancolía lo embargaba.
Al poco, tiró de las riendas y, veloz como el viento, se dirigió al otro externo del otero, desde donde podía ver toda la extensión de Castilla. En ese lugar permaneció también, sin moverse y con el gesto sereno. De nuevo volvió atrás y quedóse mirando la ciudad de Burgos y sus inmediaciones. Mirando a un lado y a otro, todo le pareció conforme y comenzó a bajar por la cuesta de los Grillos, donde nuestros amigos estaban sentados observando tan extraña conducta.
Cuando el misterioso caballero pasó junto a ellos, se detuvo un instante y, sin descubrirse, les dijo:
-Recordad que yo, Rodrigo Díaz de Vivar, vigilo Burgos y Castilla.
Quedaron aterrados los hombres cuando oyeron aquella voz sepulcral y apenas pudieron susurrar un lastimero «Sí, señor» o un «Dios nos ampare».
El caballero fue descendiendo el barranco hasta que todo volvió a quedar en silencio. El pastor y el peregrino apenas podían creer lo que habían visto y quedaron sumidos en el más terrible de los espantos.
A la mañana siguiente, los dos amigos se despidieron. El pastor volvió a su pueblo y contó el suceso maravilloso que le había acaecido, asegurando que el Cid iba durante la noche de Difuntos a aquel lugar, para asegurarse de que Burgos aún estaba allí y de que Castilla continuaba siendo tan hermosa como siempre, y que el mismísimo Rodrigo Díaz de Vivar se lo había dicho así. El peregrino bajó a Burgos y contó la misma historia en los mesones y en las posadas de la ciudad:
-...y cada noche de Difuntos -decía- Ruy Díaz sube a aquel otero y vigila sus tierras de Castilla; y vuelve otra vez al cortado para admirar su ciudad, Burgos, y así pasa toda la noche. Y si queréis comprobarlo, id y lo veréis.

Fuente: Jose Calles Vales

0.003.3 anonimo (españa) - 018

Beatriz de montcada

...un ferro que llança gegantina
que una nissaga d'héroes clavada allí ha deixat.
JACINTO VERDACUER

En un calabozo húmedo, donde los rayos del sol no penetraban jamás, había un hombre y una mujer que apenas podían verse el rostro. La única luz que hasta ellos llegaba procedía de una antorcha en la galería de la prisión. Unos gruesos barrotes de hierro cerraban la salida: los dos reos se aferraban a la reja y pedían a gritos un vaso de agua y un mendrugo de pan. Pero nadie podía oírles porque los que bajaban a la galería de la muerte jamás volvían a ver la luz.
Uno de ellos tanteaba las húmedas paredes de la celda, buscando, tal vez, una hendidura por donde escapar, pero era inútil: nadie había escapado de tan férrea prisión. ¿Nadie? Quizá no sea del todo cierto: en esa misma cárcel estuvieron cargados de cadenas dos famosos amantes y, según se cuenta, salieron vivos de allí y pudieron vivir felices...
Hace mucho, mucho, mucho tiempo, el conde de Barcelona, don Ramón Berenguer IV, estaba en guerra con uno de los más poderosos nobles de Cataluña: don Guillén de Montcada. En vano el conde trataba de sosegar la ambición de don Guillén, porque la soberbia del noble no tenía límites y, se dice, incluso llegó a pretender el poder absoluto en Barcelona. Una pequeña disputa por el uso de cierta acequia fue suficiente para que don Guillén formara sus tropas y asediara a los nobles leales al conde Berenguer. Los partidos, por entonces, andaban divididos y las fuerzas, muy igualadas. No había más que incursiones y fechorías: las traiciones, las acechanzas, las emboscadas eran frecuentes, pero rara vez se formaban batallones para enfrentarse en campo abierto. En todo caso, el conde de Barcelona y don Guillén de Montcada se habían declarado odio eterno.
Don Guillén vivía en su castillo de Montcada con su esposa, Beatriz, una de las jóvenes más hermosas y más dulces de Cataluña, cuya belleza había dado mucho que hablar. El poder de don Guillén había logrado que Beatriz le diera el sí en la iglesia y, aunque Beatriz no podía soportar el orgullo y la insolencia de su esposo, la vida en el castillo era apacible y los enfrentamientos sólo se producían de puertas para adentro. Pero el corazón de Beatriz tenía un dueño y ni siquiera la fuerza bruta de su esposo había logrado domeñar esta pasión: desde muy joven, la preciosa doncella había amado a Guillermo de Sant Martí, un caballero apuesto y gentil, más dado a las canciones amorosas que a la espada. El trovador había cortejado a Beatriz desde muy joven y la muchacha había quedado prendada de su cortesía y galanura. Sin embargo, Guillermo había tenido que aceptar que su amada se casara con el orgulloso don Guillén, porque así lo habían querido el destino y los padres de la joven.
Pese a todo, ambos amantes seguían viéndose en secreto y el poeta acudía al castillo de Montcada cuando el señor se hallaba fuera. Una tierna canción de amor servía para que Beatriz abriese la reja de su ventana y el trovador escalara por las enramadas del castillo hasta la alcoba de su fiel amada.
Estos amores, como suele ocurrir, eran conocidos por todos en Cataluña, excepto por el iracundo don Guillén, más ocupado en des­tronar a su enemigo que en guardar la casa propia.
El señor de Montcada había reunido, en cierta ocasión, a todos sus caballeros en el castillo. Había también nobles, guerreros y soldados de fortuna llegados desde Francia, Aragón y Castilla. Estaba en la idea de don Guillén dar el asalto definitivo a Barcelona y desterrar al conde Berenguer IV. Para ello había dispuesto una gran corte en la que cada cual daría su opinión y se dispondría para la guerra abierta. Pero era don Guillén quien llevaba la voz cantante y todo cuanto él decía se aceptaba de inmediato.
En aquellos cónclaves bélicos estaba también Guillermo de Sant Martí, al que todos -excepto el señor de Montcada- veían como amante de la señora Beatriz, más que como guerrero dispuesto a dar la vida. Algunos nobles apreciaban verdaderamente al trovador y les enternecían los delicados amores de Beatriz y Guillermo, pero la mayoría estaban incómodos con su presencia y afirmaban por lo bajo: «¿Qué hará aquí el poeta? Otros castillos asalta con más fortuna». Los demás, simplemente, se burlaban de él y de los pocos soldados con que había acudido a la reunión guerrera.
Como era costumbre, el señor de Montcada celebró un festín en el que debería decidirse quién sería el senescal del ejército, esto es: el capitán de todas las tropas. Como era privilegio de las damas señalar este honor, todos estuvieron de acuerdo en que la propia Beatriz de Montcada designara al caudillo que tendría la gloria de derribar al conde de Barcelona. Además, todos estaban persuadidos de que Beatriz depositaría en su propio marido esta confianza, porque, en el fondo, lo tenían por su verdadero capitán.
En la ceremonia que se llevaba a efecto, la dama en cuestión debería entregar una copa de plata al futuro caudillo, y con este gesto quedaba certificada la validez del cargo de capitán.
Pero Beatriz actuó de modo imprevisto. Acompañada por siete doncellas hermosísimas, la señora de Montcada escanció vino y miel en la copa ceremonial y, tras beber el dulce néctar, ofreció la copa de plata... ¡a Guillermo de Sant Martí! Un murmullo de desaprobación recorrió la bóveda de la sala, e incluso algunos rieron abiertamente. Una voz, en un extremo del comedor, se dejó notar:
-¿Cómo vas a disponer las tropas, poeta? ¿En versos de arte mayor o en cuaderna vía?
Y desde el otro lado se decía:
-¿Y vienes con nosotros o te quedas para defender el castillo de la Montcada?
Sin embargo, todos bebieron de la copa de plata, pues así había que consolidar la alianza. Pero cuando la copa llegó a manos del señor de Montcada éste la arrojó violentamente y se levantó de la mesa mostrando su enojo:
-Mañana hablaremos, señores.
Y cerró la sesión de malos modos.
A grandes zancadas don Guillén de Montcada cruzó el patio del castillo seguido de cuatro guardias armados hasta los dientes. Subió a sus aposentos y allí encontró a Beatriz, su esposa. La ira se reflejaba en su rostro y sus ojos estaban inyectados en sangre:
-¡Maldita zorra! -dijo. ¡Eres la vergüenza de mi casa! ¡Lleváosla y encerradla en las mazmorras!
Los guardias apresaron a Beatriz y le colocaron fuertes cadenas en el cuello, las manos y los pies. Después, la trasladaron por las galerías del castillo y bajaron una escalera de cuatrocientos peldaños: allí abajo, en las profundidades siniestras de Montcada, se abría una profunda gruta, utilizada desde tiempos inmemoriales para dar suplicio a, los reos. Los huesos de los muertos se apilaban en las esquinas y un lodazal de barro y sangre era el suelo sobre el que caminaba Beatriz. Fue arrojada en una celda y allí, en medio de la terrible oscuridad, junto a ratas y culebras, fue olvidada para siempre. Así lo había ordenado el señor de Montcada: «Echadla en las cuevas, y que nadie baje a visitarla: que se coma las serpientes o que las serpientes se la coman a ella, tanto me da».
No se detuvo aquí la terrible venganza de Montcada: a las tres de la madrugada, cuando aún no había cantado el gallo y todo el castillo estaba dormido, entró en la alcoba donde descansaba el caballero Guillermo de Sant Martí. Sin embargo, no lo halló en la cama, sino despierto y escribiendo un apasionado poema a la luz de una candela.
-Ahora podrás leer esos versos a tu amada, traidor.
Con estas palabras, el señor de Montcada ordenó a sus soldados que lo apresasen y que lo bajasen a la terrible prisión. Mientras bajaba por la escalera, cargado de cadenas y zarandeado por los guardias, Guillermo oyó a don Guillén que, con grandes carcajadas, decía:
-¡Abre bien los ojos, poeta, o no podrás distinguir las letras!
Fue arrojado de malos modos en el fango de una celda y cuando se hizo el silencio apenas podía escuchar el discurrir del agua sobre las paredes y algunas alimañas que se movían en las grietas de la cárcel. Todo permanecía en la más lúgubre oscuridad. El caballero tentaba las paredes pero la roca sólo confirmaba su soledad y el terrible destino que le esperaba. De pronto, en un extremo de la galería oyó un débil mur­mullo... ¡una mujer sollozaba, aterida de frío! No podía ver su rostro, pero el corazón le decía que era su amada Beatriz y que sus amores habían sido descubiertos. El infame señor de Montcada los había encerrado en aquellas prisiones, de donde nadie pudo salir jamás.
Guillermo avanzó junto a la pared y pudo notar que aún había cadáveres en el fango: apenas pudo sortearlos y espantar a las ratas que se los estaban comiendo. Llegó finalmente cerca de Beatriz y ambos pudieron abrazarse y demostrarse su amor: al fin, incluso en la muerte permanecerían unidos.
Allí pasaron siete días, aunque para ellos todo era noche y penumbras. Ya las ratas y las culebras empezaban a acecharlos, impa­cientes ante la tardanza de su muerte, cuando oyeron que el agua se deslizaba por una abertura en un extremo de la celda. Si el agua corría por allí, significaba que un pozo o un río subterráneo acogía el caudal y ésa era la única salida posible. Sólo armados con sus uñas y con los guijarros desprendidos del muro, trataron de abrir una galería: el agua corría desesperada por una cueva. Excavaron y excavaron hasta que se hicieron sangre en las manos, pero al fin pudieron abrir un hueco por el que internarse en la inmensa caverna horadada bajo el castillo de Montcada. Caminaron durante varios días, envueltos en el fango, atrapados por las corrientes, sometidos a todos los peligros... pero al fin, tras muchas agonías, llegaron al final de la gruta: a sus vista estaba el mar y la luz del Mediterráneo hería sus ojos.
Arrodillados en la playa dieron gracias a Dios por haberlos librado de una muerte terrible y acudieron al palacio del Conde de Barcelona. Allí fueron recibidos con gran cordialidad y Beatriz y su amante informaron al conde de las traiciones que se le preparaban. Berenguer IV los cobijó en su corte y envió correos al Papa para que anulase el matrimonio de Beatriz, puesto que la joven se había desposado contra su voluntad y sólo por la tiranía del señor de Montcada.
Las nuevas bodas de Guillermo y Beatriz fueron presididas por el propio conde don Ramón Berenguer, y se celebraron grandes fiestas en Barcelona, donde se recuerda con emoción la fidelidad y la pasión de los dos amantes de Montcada.

Fuente: Jose Calles Vales

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