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lunes, 7 de abril de 2014

Las criptas de kaua

Pues cuentan que en el pueblo de Kaua, al sur de la provincia de Valladolid, hay unas criptas profundas cuyas galerías subterráneas y extensas forman un verdadero laberinto donde nadie se atreve a penetrar.
Lo cierto es que nadie nunca las recorrió en su totalidad, pues hasta se dice que una de ellas tiene una longitud de veinticuatro kilómetros. Y cuentan que, cuando uno está cerca de ellas, si se dice algo, el eco lo repite interminablemente. Los más viejos del pueblo aseguran escuchar con claridad una voz que pregunta en lengua maya: «¿Me quieres?». Y estas palabras de respuesta: «Como las plantas al rocío de los cielos, como las aves al primer rayo del sol matinal».
Ellos son los únicos que conocen la leyenda que se relata sobre esas criptas. Y, como me la contaron, la cuento.
Vivía en el reinado de Chichen el cacique H'Kinxoc, padre de una preciosa muchacha llamada Oyomal, que quiere decir `timidez'. Muchos eran los que la querían para casarse, pero ella se mostraba amable y nunca elegía a ninguno. Entre los pretendientes destacaron enseguida Ac y Cay, dos príncipes hermanos que, tanto deseaban tener a la princesa para sí, que se odiaban entre ellos. Tanta era la furia que tenían que H'Kinxoc temía que si la princesa se decidía por uno de ellos comenzara una guerra por parte del otro.
Pero, mientras, Yacunah, la diosa del amor, ya estaba trabajando, y Oyomal no pudo resistirse a las palabras de Cay:

...quiero que seas vista en verdad
muy bella, porque
habréis de pareceros a la humeante
estrella, porque os deseen hasta
la luna y las flores de los campos.

Así que a él le entregó su corazón.
Ac, encolerizado por la fortuna de su hermano, mandó a sus guerreros a pelear contra él. Llegaron justo cuando Cay le juraba su amor a la bella Oyomal. Le apresaron y le encerraron en una cripta, mientras la dama era conducida al recinto de las vírgenes de Chichen Itzá y el cacique H'Kinxoc fue encerrado en el santuario de Mutul. Ac seguía teniendo mucha rabia y cólera, pero el amor por Oyomal seguía creciendo dentro de él y siguió cortejándola. Todas las mañanas acudía al recinto de las vírgenes y le hablaba de sus sentimientos. Ella permanecía silenciosa. Todavía le sonaban en sus oídos los bellos versos de Cay y la pregunta que le había hecho después: «¿Me quieres?».
Entre tanto, Cay, en la cripta, se repetía una y otra vez las palabras que ella le había contestado: «Como las plantas al rocío de los cielos, como las aves al primer rayo del sol matinal».
En su desesperación, Cay comenzó a construir un subterráneo largo que le llevara desde su prisión a la de su amada. Un día llegó hasta ella, y Oyomal pudo escuchar otra vez de los labios de Cay: «¿Me quieres?». Cuando entrelazaban sus manos entraron en el recinto los guerreros de Ac para prender al fugitivo. Los amantes tuvieron tiempo de entrar al laberinto por donde había salido Cay, pero los guerreros los atraparon y les dieron muerte allí mismo.
Es por esto que, en los días de brisa, sus frases de amor pueden escucharse cerca de la cripta.

0.063.3 anonimo (mexico)

La casa del trueno

Cuentan los viejos que entre Totomoxtle y Coatzintlali existía una caverna en cuyo interior los antiguos sacerdotes habían levantado un templo dedicado al Dios del Trueno, de la lluvia y de las aguas de los ríos.
Eran tiempos lejanos en los que aún no llegaban los hispanos ni las portentosas razas, conocidas hoy como Totonacas, que poblaron el lugar que después llamaron Totonacan.
Y siete sacerdotes se reunían cada tiempo en que era menester cultivar la tierra y sembrar las semillas y cosechar los frutos, siete veces invocaban a las deidades de esos tiempos y gritaban entonaban cánticos a los cuatro vientos o sea hacia los cuatro puntos cardinales, porque según las cuentas esotéricas de esos sacerdotes, cuatro por siete eran 28 y veintiocho días componen el ciclo lunar.
Esos viejos sacerdotes hacían sonar el gran tambor del trueno y arrastraban cueros secos de los animales por todo el ámbito de la caverna y lanzaban flechas encendidas al cielo. Y poco después atronaban el espacio furiosos truenos y los relámpagos cegaban a los animales de la selva y a las especies acuáticas que moraban en los ríos.
Llovía a torrentes y la tempestad rugía sobre la cueva durante muchos días y muchas noches y había veces en que los ríos Huitizilac y el de las mariposas, Papaloapan, se desbordaban cubriendo de agua y limo las riberas y causando inmensos desastres. Y cuanto más arrastraban los cueros mayor era el ruido que producían los torrentes y cuanto más se golpeaba el gran tambor ceremonial, mayor era el ruido de los truenos cuanto más relámpagos significaba mayor número de flechas incendiarias.
Pasaron los siglos...
Y un día arribaron al lugar grupos de gentes ataviadas de un modo singular, trayendo consigo otras costumbres, y otras leyes y otras religiones.
Se decían venidos de otras tierras allende el gran mar de turquesas (Golfo de México) y tanto hombres, como mujeres y niños, tenían la característica de estar siempre sonriendo como si fueran los seres más felices de la tierra y tal vez esa alegría se debía a que después de haber sufrido mil penurias en las aguas borrascosas de un mar en convulsión habían por fin llegado a las costas tropicales, donde había de todo, así frutos como animales de caza, agua y clima hermoso.
Se asentaron en ese lugar al que dieron por nombre, en su lengua Totonacan y ellos mismos se dijeron totonacas.
Pero los sacerdotes, los siete sacerdotes de la caverna del trueno no estuvieron conformes con aquella invasión de los extranjeros que traían consigo una gran cultura y se fueron a la cueva a producir truenos, relámpagos, rayos y lluvias y torrenciales aguaceros con el fin de amen-drentarlos.
Llovió mucho y durante varios días y sus noches, hasta que alguien se dio cuenta de que esas tempestades las provocaban los siete hechiceros, los siete sacerdotes de la caverna de los truenos.
No siendo amigos de la violencia, los totonacas los embarcaron en un pequeño bajel y dotándoles de provisiones y agua los lanzaron al mar de las turquesas en donde se perdieron para siempre.
Pero ahora era preciso dominar a esos dioses del trueno y de las lluvias para evitar el desastre del pueblo totonaca recién asentado y para el efecto se reunieron los sabios y los sacerdotes y gentes principales y decidieron que nada podría hacerse contra esas fuerzas que hoy llamamos sencillamente naturales y que sería mejor rendirles culto y pleitesía, adorar a esos dioses y rogarles fueran magnánimos con ese pueblo que acababa de escapar de un monstruoso desastre.
Y en ese mismo lugar en donde había el templo y la caverna y se ejercía el culto al Dios del trueno, los totonacas u hombres sonrientes levantaron el asombroso templo del Tajín, que en su propia lengua quiere decir lugar de las tempestades. Y no sólo se rindió culto al Dios del Trueno sino que se le imploró durante 365 días, como número de nichos tiene este monumento invocando el buen tiempo en cierta época del año y la lluvia, cuando es menester fertilizar las sementeras.
Hoy se levanta este maravilloso templo conocido en todo el mundo como pirámide o templo de El Tajín en donde curiosamente parecen generarse las tempestades y los truenos y las lluvias torrenciales.
Así nació la pirámide de El Tajín, levantada con veneración y respeto al Dios del Trueno, adorado por aquellas gentes que vivieron mucho antes de la llegada de los extranjeros, cuando el mundo parecía comenzar a existir.

Nota: Los Totonacas eran indígenas que ocupaban el territorio de Veracruz.

0.063.3 anonimo (totonaca-mexico)

El señor de los siete colores

Pues señor, cuentan los que lo vieron, que hace mucho tiempo el arco iris era un señor muy pobre. Tan pobre que no tenía ni ropa para ponerse.
Su desnudez le apenaba mucho y decidió un día buscar una solución.
Pero no se le ocurría nada y decía:
-¿De dónde voy a sacar yo ropa? Y se ponía aún más triste.
Un día brilló en el cielo un gran relámpago, y el señor decidió ir a visitarle.
-Tal vez él pueda ayudarme.
Así que se puso en camino y, después de varios días de viaje, llegó ante él.
Mientras le contaba sus penas, el relámpago le miraba con tristeza y parecía estar muy pensativo.
Hasta que habló:
-Grande es mi poder, pero no tanto como para darte ropa. Sin embargo, tu historia me ha conmovido y por eso te voy a hacer un regalo.
Y siguió hablando:
-Te voy a dar estos siete colores Con ellos podrás pintarte el cuerpo y te vestirán para siempre.
El hombre pobre sonrió.
-Además -siguió el relámpago, aparecerás ante la gente después de las tempestades y anunciarás la llegada del sol. La gente te querrá y te mirará con asombro.
Y así fue como, a partir de ese momento, al arco iris se le llamó el Señor de los Siete Colores.
Y, como me lo contaron, te lo cuento.

0.063.3 anonimo (mazateca, oaxaca-mexico) -040

El nacimiento de los cerdos

Hace cientos de miles de años, cuando aún el hombre no había aparecido sobre la faz de la tierra, un Sol viejo le dijo a un Sol joven:
-Bajemos a la tierra para comer miel.
-Me gustaría mucho -dijo el Sol joven; pero me duele mucho una pierna y no podré, por ello, subir a ningún árbol.
-Yo subiré -dijo el Sol viejo.
Los dos Soles, una vez en la tierra, buscaron por el bosque hasta dar con un árbol en el que había un rico panal.
-Yo te echaré desde lo alto parte del panal -dijo el Sol viejo mientras empezaba a trepar por el árbol.
En cuanto llegó a la rama en donde se hallaba el panal, comenzó el Sol viejo a libar el rico néctar.
El Sol joven, desde abajo, reclamó su parte.
-Abre la boca -le dijo el Sol viejo desde lo alto del árbol.
Obedeció el Sol joven. El Sol viejo, entonces, le arrojó un trozo de panal en el que no había nada de miel; aquello no era más que una masa de cera, lo que provocó las protestas del Sol joven.
-Yo he comido eso mismo -mintió el Sol viejo.
Enojado, comenzó el Sol joven a modelar con aquella cera las figuras de varios animales. Una vez hechas, las puso alrededor del árbol del panal y al punto aquellos pequeños animales de cera tuvieron vida y movimiento.
Pero empezaron a roer el tronco del árbol, la tierra que lo sustentaba, y hasta sus raíces, de modo y manera que el gran árbol comenzó a resquebrajarse. El Sol viejo, que continuaba allí arriba hartándose de miel, no se dio cuenta del hecho.
-¡Prepárate a cambiar de existencia! -le gritó desde abajo el Sol joven.
-¡Parece que el árbol se va a caer! -gritó entonces el Sol viejo, lleno de miedo al tener conciencia de lo que acontecía.
Pronto cayó a tierra el gran árbol, y en cuanto se estrelló contra el suelo, desapareció el Sol viejo. En el lugar en donde cayera apareció, cual por arte de magia, una manada de cerdos que fueron los primeros padres de los que hoy conocemos.
Dicen las gentes que su carne es rica y jugosa porque nacieron del Sol que se comiera toda la miel que había en aquel árbol.

0.063.3 anonimo (mexico) -023

El marido rayo

Cuenta la gente que una vez un hombre de Camotlán tuvo una hija.
Como la mamá de la pequeña murió, el hombre se había casado con otra mujer. Pero esta mujer no quería a la pequeña, y así fue durante algunos años. La niña se convirtió en una muchacha bonita, y la envidia de la madrastra fue mayor.
Un día que la muchacha había salido, la madrastra entró en su habitación a curiosear y destapó una calabaza seca que en Oaxaca se llama jicalpestle. Lo que la muchacha tenía bien guardado era una montón de culebritas, que salieron inmediatamente del recipiente.
Cuando la muchacha regresó y vio que se habían escapado las culebritas, trató de atraparlas, pero no pudo encontrarlas todas. Se puso muy furiosa y, agarrando el jicalpestle, se fue de la casa hasta un lugar llamado Cueva de la Muchacha.
Por la tarde regresó el padre y, al no encontrar a la muchacha, salió a buscarla. Después de tres días, la encontró y le dijo:
-Hija mía, ¿qué haces aquí? ¿Por qué me dejaste?
Y la muchacha respondió:
-Papá, tú no tienes la culpa. Mi madrastra lo quiso así: ni me quería a mí ni a mis hijos. Pero en ocho días regresaré con tu yerno.
-Ah, ¿es que te casaste? -preguntó el padre.
-Mi marido es Rayo y nos va a traer buena suerte y riqueza a la casa. Prepara cinco cajas grandes, porque se llenarán de dinero. No tengas miedo cuando veas que tu yerno es una culebra, porque después se va a transformar.
Entonces, el hombre se fue a casa y compró las cinco cajas. A los ocho días regresó la hija con el yerno. Y en verdad que el marido parecía una culebrota grande, pero después se transformó en hombre. Y, según dicen, dejó las cinco cajas llenas de dinero antes de regresar a su lugar, donde todavía vive.
Es por esto que dice la gente que tenemos culebras. Si la madrastra nunca hubiera destapado el jícalpestle, no se hubieran escapado las culebritas. Claro que tampoco hubiera tenido fortuna el hombre. Así dice la gente y así termina este cuento.

0.063.3 anonimo  (mexico-oaxaca-mixes)

Por que el mar es salado

Había una vez un matrimonio tan pobre que solo tenía un niñito y mucha hambre. Cuando el niño nació, el padre le pidió a un amigo rico que fuera su padrino. El amigo le dijo:
-Bien, seré el padrino. Véngase todos los días a casa y le daré algo para comer.
El hombre pobre fue entonces todos los días a buscar comida. Uno detrás de otro. Y así creció el niño, con la comida que le daba el rico. Ya tenía el niño dos años, y el hombre pobre seguía yendo a casa del amigo.
Un día, este se cansó. Ese día estaban matando una vaca.
-Buenos días, amigo.
-Buenos días, amigo.
-Vengo a buscar la comida -dijo el hombre pobre.
-Bueno -y el hombre rico le dijo al que estaba matando la vaca que le sacara la espaldilla.
La sacó, y el hombre rico se la lanzó con desprecio al hombre pobre. Le dio en todo el pecho.
-Toma y ¡váyase con la carne al gran diablo! ¡Llévesela al diablo!
El hombre pobre cogió la espaldilla y fue a buscar al diablo. Por el camino, se encontró un viejito que le preguntó:
-¿Para dónde vas, hijo?
-Voy a buscar al diablo para darle esta espaldilla.
-Llévasela, pero toca en la puerta grande y, cuando aparezca, le dices: «Aquí te traigo esta espaldilla de carne». Como va a estar muy agradecido, te dirá: «¿Y cuánto dinero quieres?». Y tú, en lugar de dinero, pídele el molinillo viejo que tiene a la entrada de la puerta. El de las dos llaves. Con eso, se acabarán tus penas, hijo.
El hombre pobre llegó a la puerta y ¡toc, toc!
La puerta se abrió.
-¿Qué buscas por aquí?
-He venido a traerle una espaldilla.
-Gracias -dijo el diablo, ¿cuánto dinero quieres?
-Yo no quiero dinero, deme ese molinito viejo que tiene a la entrada de la puerta.
-¡Oh! -dijo el diablo, eso no vale mucho. Te daré un molino nuevo.
-No, no, solo quiero el molinito viejo.
-Bueno, pues llévatelo.
El hombre pobre lo cogió y vio que tenía dos llaves. Llegó a su casa, y la mujer y el hijo lloraban del hambre que tenían. Así que el hombre hizo lo que el viejecito le había dicho.
-Ris, ris, molinito, por la virtud que el diablo te dio, dame los mejores manjares y unos cuantos licores.
Y enseguida se llenó la habitación de cosas ricas. ¡Cuánto comió la mujer! ¡Y el hijo! Y también el hombre pobre, claro.
Después, el hombre pobre cambió la llave y dijo:
-Ris, ris, molinito, por la virtud que el diablo te dio, dame dinerito.
Y el molinito empezó a echar monedas y monedas y monedas.
Pronto cambió la vida del hombre pobre: hizo un casa mayor, buscó mozos para cultivar el terreno y nunca le faltaba de nada.
Un día, el amigo rico se dijo:
-¡Qué raro que mi amigo no venga más a buscar comida! Mujer, dame esos mendrugos de pan duro y lo que ha sobrado hoy de comida que voy a ir a visitarle.
Salió a casa del amigo y allí vio que todo estaba cambiado. A los mozos que cultivaban la tierra les preguntó:
-¿Y qué hacen ustedes aquí?
-Trabajamos para el caballero fulano de tal.
Siguió por un caminito muy cuidado y llegó hasta una casa que parecía un palacio. Así que llamó -¡toc toc!, y apareció un hombre más rico que él. Era el hombre pobre.
-¡Ay, compadre! ¿De dónde sacó usted todo esto?
Y el hombre le explicó lo que había pasado con la espaldilla y el diablo.
-¡Ay, compadre! ¿Por qué no me vende el molino ese?
-Bueno, se lo venderé. Pase adentro.
Le puso una llave al molino y dijo:
-Ris, ris, molinito, por la virtud que el diablo te dio, dame los mejores licores.
Y enseguida le dio los licores con los que brindaron. Entonces, le puso la otra llave para bloquearlo.
-¿Me lo vende?
-Llévatelo no más. Es un regalo -y le dio el molinillo, aunque con una sola llave.
El hombre, que había bebido demasiado licor, se fue con el molino y llegó hasta su casa. Allí, delante de la mujer, dijo:
-Ris, ris, molinito, por la voluntad que el diablo te dio, échame comida.
Y el molino comenzó a echar comida. Y más comida. Y más comida. Ya había no sé cuántas habitaciones llenas de comida, y el hombre se asustó porque no paraba.
-¡Estas son cosas del diablo!
Cogió el molinillo, que seguía echando comida, y se fue a la calle.
Llegó a la casa del amigo:
-Amigo, ¡esto que me dio es del diablo!
En un descuido, el amigo le puso la llave y lo paró, mientras decía:
-Molinito, no eches más comida.
En la ciudad se corrió el rumor, entonces, del molinillo mágico, y un día llegó un extranjero a pedirle al hombre pobre que le diera sal, porque en su ciudad no había. Mientras hablaban de diez o cien barcos cargados de sal, el hombre le dijo que por qué no mejor le vendía el molinillo.
-Llevar el molinillo será mejor que trasladar la sal en cien barcos.
El extranjero le llenó diez habitaciones de monedas de plata a cambio del molinillo, y se lo llevó, aunque también con una sola llave. Cuando estaba en el barco de regreso, con el molinillo, le preguntó uno de los acompañantes:
-¿Será cierto que esto da sal?
Entonces dijo el otro:
-Ris, ris, molinito, por la virtud que el diablo te dio, echa sal.
Y el molinillo empezó a echar sal, y pronto estuvo el barco lleno de sal y, aunque le decían «molinito, no eches más» y «ris, ris, molinito, etc.», seguía echando tanta sal que el extranjero dijo:
-¡Este molinillo es el diablo!
Y lo tiró al mar.
Y por eso el mar es salado, porque todavía hoy el molinillo está echando sal.

0.028.3 anonimo (chile) - 040


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Zaida

En la Corte del Rey de Toledo coinciden Zaida, Prin­cesa mora, hija del Rey de Sevilla y Alfonso, después Rey de Castilla y León, perseguido ahora por su herma­no Sancho, que quiere adueñarse y reunir el reino de su padre Fernando I.
Ella es joven, morena, un tipo envidiable de belleza agarena.
El también es joven, apuesto, caballero, en la edad justa para un romance de amor. Y debió ser así por los hechos que siguieron.
Muerto Sancho traidoramente en los muros de Zamo­ra, Alfonso es proclamado Rey. Tiene que dejar Toledo y volver a Castilla.
Consigue legítimamente lo que su hermano quería por la fuerza.
Pero el trono de Castilla le obliga a proseguir la Re­conquista.
Muerto Almamut, Rey de Toledo, se considera desli­gado del agradecimiento que debía guardar a la Corte de Toledo, y se propone la conquista de aquél reino.
En aquellos momentos la España musulmana se en­cuentra dividida en una serie de reinos que seguían su propia política y sus propios intereses, sin tener en cuen­ta los comunes del Islam para España.
Alfonso se asegura la alianza de los Reyes de Badajoz y Sevilla.
El Rey de Badajoz había nacido en un pueblo de Ex­tremadura próximo a Monfragüe y a Serradilla, llamado MIGUEZA.
De él no quedan apenas ruinas y sí algunos nombres que nos lo recuerdan, como el de Casa Mengo, asentada en el mismo lugar de la desaparecida Migueza.
El Rey de Sevilla tenía a su hija Zaida como rehén del Rey de Toledo.
El pacto secreto entre los reinos musulmanes y el Rey de Castilla llegaba hasta el extremo de haber pactado el casamiento entre Zaida y Alfonso después que fuera conquistada Toledo.
Alfonso, ya Alfonso VI, se dirige a Toledo con un po­tente ejército, y con facilidad toma los primeros baluar­tes de la ciudad. Señal inequívoca de que pronto podrá adueñarse de la misma ciudad.
Es fácil en estas circunstancias buscar un culpable del peligro que se cierne sobre el reino moro de Toledo.
Estalla el odio popular contra Zaida.
Se hacen públicas sus relaciones secretas de amor con el Rey castellano. Una noche la multitud enrarecida asalta furiosa el Alcázar, donde vive Zaida.
La Princesa no pierde su serenidad.
Conoce el lago subterráneo que une el Alcázar con el río Tajo.
La Princesa huye por el pasadizo secreto.
Monta en una barca que utiliza el Rey para sus paseos por el río.
Es una barca manejable y muy fácil de utilizar. Zaida estaba habituada a ella en sus horas de esparcimiento.
La acompaña un esclavo, único servidor que la sigue.
Ordena a su criado que vaya al campo cristiano y diga a Alfonso cuanto la ocurre.
El Rey encomienda el mando del ejército mejor de sus generales y disfrazado de humilde pescador se esca­pa río abajo, también en otra barca.
Rema brioso un día y otro por el caudaloso río. Todos los resultados son infructuosos. El desaliento llega a tal punto que quiere abandonar la búsqueda. Pero el amor puede más que las fuerzas. Las dificultades del río van en aumento.
Entre tanto, Zaida también ha seguido el curso de las aguas. Muchas veces es la corriente del río la que man­da. Sobre todo cuando llega a las proximidades de Mon­fragüe. Allí es donde se siente alentada e intenta aori­llarse en las márgenes derechas del río. Allí está Migue­za, donde cree encontrar gente amiga.
Pero la corriente puede más que aquella extenuada mujer y la arrastra hasta la misma angostura de la PORTI­LLA. El sitio es ahora un remanso donde fácilmente la barca queda aparcada. Pero el lugar es agreste y cuando salta a tierra se encuentra bloqueada por las cortaduras del lugar que semejan verdaderos cuchillos. Aunque es­tá en tierra está prisionera, sola, entre las escarbadas rocas.
Arriba vuelan el águila real, el buitre leonado, el ali­moche africano. Zaida los conoce. Son sus amigos. Aquellos animales majestuosos velaron su sueño en el nacimiento. Ahora podrían velar su sepultura. Zaida cae desfallecida y queda inerte sobre la pedrera.
Alfonso baja buscando y sigue buscando.
Nadie le ha visto. También está ahora cercano al mis­mo lugar donde Zaida encontró su peor peligro. Impa­ciente va a retroceder cuando la corriente que actúa de providencia y a fuerza de remos, muy a duras penas, lle­ga, pasa la Portilla y llega a la reoga del hoy Arroyo de la Vid.
Allí encontró a un pescador cristiano, al que preguntó si había visto a una mujer que podría haber pasado por el lugar dentro de una pequeña barca.
"Ayer desde este sitio la vi chocar contra las peñas, cuando yo estaba al otro lado del portillo. Crucé el río y a duras penas logré salvar a aquella desgraciada que sin mi auxilio hubiera perecido. Hoy está segura en mi ca­baña".
Corrieron el pescador y el Rey, y con indescriptible sorpresa encontró éste la joya humana que venía bus­cando. Juntos celebraron el encuentro.
En seguida se trasladaron al próximo Migueza, don­de encuentran gente amiga que les proporciona caballe­rías para llegar hasta los campamentos cristianos que asedian Toledo.
Conquistada Toledo, el monarca se propone las con­quistas de las tierras extremeñas. Y dentro de ellas el fuerte de Monfragüe.
Desde aquella altura maravillosa, el Rey enseña a sus generales el lugar donde naufragó la barca de Zaida y la cabaña donde la encontró.
Los encargados de poner los nombres a los lugares conquistados llamaron al lugar donde encontraron la barca el LANCE DE LA MORA. Y al arroyo, para agradar al monarca, le reservaron su frase:
"EL ARROYO DO LA VI".
Es el nombre que aún conserva, aunque los lugare­ños, desconocedores del hecho histórico, lo han asocia­do al Arroyo de la Vid, nombre que parece decirles más a ellos.
Zaida se convirtió al cristianismo, se casó con Alfonso y vivieron felices y contentos en la corte de Castilla.

FUENTES:
-"El Cronista", Revista quincenal de Serradilla.
- Versión recopilada por los niños del Colegio Nacional de Torre­jón el Rubio.
-Gervasio Velo y Nieto, "Castillos de Extremadura".

Fuente: Jose Sendin Blazquez

0.104.3 anonimo monfragüe-extremadura