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lunes, 8 de octubre de 2012

Los allanic y los snowden

Ocupada en 1603, por Samuel de Cham­plain, primer gobernador francés del Ca­nadá, Terranova fue incorporada a Ingla­terra por el Tratado de Utrecht de 1713; siendo el centro atlántico de la pesca del bacalao, la rivalidad entre ambos países se hubo de traducir en constantes quere­llas entre los colonos y patrones de una y otra nacionalidad establecidos allí.

Desde siempre, es decir desde el tiem­po en que la tradición cuenta las cosas, los Allanic odiaban a los Snowden. Ali­mentaban mutuamente no sólo esos sen­timientos que provocan un gesto iracundo cuando alguien pronuncia el nombre abo­rrecido o que llevan a mascullar una in­juria sino también a escupir de rabia ante la simple evocación de la persona detesta­da; su odio era de los que se traducen por actos violentos, tan violentos que puede decirse que no ha habido generación sin que un Allanic matara a un Snowden ni un Snowden a un Allanic.
Y no obstante la casa de los Allanic se hallaba en Saint-Cast, cerca de Saint-Malo, mientras que la de los Snowden esta­ba en Hull, Inglaterra. Por consiguiente no se trataba de una antigua querella de vecindad. Su campo de discordia estaba en Terranova, concretamente en el Gran Banco.
Cada año, a principios de marzo, zarpa­ban multitud de barcos que abandonaban los diversos puertos bretones, sobre todo Paimpol y Saint-Malo, para dirigirse a Te­rranova a la pesca del bacalao. Por la misma época, otros barcos en igual núme­ro salían de los puertos ingleses, con idén­tico destino, hasta coincidir todos en la zona de pesca. Como esta historia sucedió a finales de la Restauración de la monar­quía francesa, los barcos aún navegaban a vela.
Debemos tener en cuenta la dura exis­tencia que durante seis meses llevan esos pescadores, a los que se conoce por el nombre de los terranovas, de ocho a diez mil marinos franceses a bordo de unos quinientos barcos.
Los bacaladeros fondean pues en la zo­na llamada el Gran Banco, que es una si­ma de veinticinco a sesenta brazas de pro­fundidad, situada al sureste de la isla de Terranova y donde en verano acude gran cantidad de bacalaos.
Cada velero echa al mar dos doris o más. Se trata de embarca-ciones de fondo plano a las que suben los pescadores que van a tender los sedales, sedales que en realidad son largas estachas sujetas a bo­yas que llevan atadas multitud de filásti­cas provistas de anzuelos. A veces, en algún lugar de escasa profundidad, los pescadores también echan las redes.
Las dotaciones de los doris que la no­che antes instalaron los aparejos, salen por la mañana para quitarlos y recoger la primera pesca. Regresan a bordo con las estachas, las vuelven a cebar y comienzan a sacar los bacalaos obtenidos.
Los marineros que no salen con el do­ris quedan encargados por lo tanto de la tarea de abrir, cortar, limpiar y salar el bacalao. Si encuentran algún momento de reposo, entonces se dedican a pescar con sedales desde la borda del barco.
Todas estas operaciones se realizan en un mar frío y embravecido, rodeadas de grandes riesgos. Suele ocurrir que algu­nos doris, envueltos por la niebla que casi nunca se disipa del todo, se extravíen cuando se levanta el temporal y acaben zozobrando, con la consiguiente pérdida de cuerpos y bienes. También sucede que algunos icebergs, grandes montañas de hielo que alcanzan los doscientos metros de alto, deriven hacia el Banco, choquen con los barcos cuyos cascos no pueden re­sistir el golpe y los hundan, o que su base se derrita en el agua caliente del Gulf­Stream y al desa-parecer forme remolinos que absorben todo lo que flote alrededor.
Pero, como si la inclemencia de los ele­mentos y las asperezas de un trabajo eje­cutado en peligrosas y difíciles condicio­nes no fueran pruebas suficientes, el hom­bre agrega su malignidad a la de la natu­raleza. Desde los comienzos del siglo XVIII, época en que Francia cedió Terranova a los ingleses, quedó estipulado que parte de la costa de esta isla, conocida bajo el nom­bre de French Shore, se consideraría co­mo tierra francesa. Allí, los pescadores bretones podrían disponer de bases fijas para su reabastecimiento y de «calentado­res» (especie de almacenes de madera) para la prepara-ción y conserva de los pro­ductos de la pesca.
No obstante, una vez firmado el tratado de Utrecht, en 1713, que asentaba esas condiciones, los ingleses nunca lo respe­taron. No sólo se instalaron en French Shore, a pesar de lo convenido, sino que se opusieron al ejercicio de los derechos que tenían los franceses sobre la pesca.
Sucesivamente, todos los tratados an­glo-franceses confirmaron esos derechos pero siempre, de hecho, los británicos los violaron, apoyados encima por las autori­dades de la isla. Así se originaban ince­santes querellas y altercados, que provo­caron la muerte de muchos marineros de ambos países. El odio de los Allanic con­tra los Snowden y de los Snowden contra los Allanic nació de esos enfrentamientos.
Yan Allanic el abuelo, viejo de casi ochenta años, que aún andaba erguido y vigoroso, capaz de beberse sus buenas co­pas de sidra o de aguardiente, y sin más invalidez que la de ser tuerto, acudió a Saint-Malo a principios de marzo.
Venía cada año para asistir a la salida de los terranovas, y ya no recordaba cuán­do fue la primera vez que lo hizo. Antaño, había presenciado cómo embarcó su pa­dre, luego le tocó a él y así el turno de su hijo. Aquel año, la Decidida, goleta de Noél, su nieto, emprendería el mismo via­je y a bordo, por vez primera, subiría en calidad de grumete el hijo de su nieto, Corentin, un muchachito de diez años.
El viejo lobo de mar se sentía muy emo­cionado aunque, por supuesto no quería que nadie lo advirtiera. ¡Quería tanto a aquel bisnieto! Aparte de que los dos que se iban, eran los últimos miembros de su familia.
Siguiendo una antigua costumbre, el obispo, subido a una barca y en compañía de otros sacerdotes, había bendecido los barcos que zarparían hacia el frío, la bru­ma y los peligros. En el muelle, la gente se besaba por última vez.
-Cuida bien del pequeño -le había di­cho el abuelo tuerto a su nieto Noél. Es joven, conviene que se entere de cómo va la pesca, pero también es un imprudente; con que no lo pierdas de vista. En cuanto a ti, Noél, no puedo darte ningún consejo. Eres tan buen marinero como lo fui yo en mis tiempos. Sólo te diré una cosa: si ves a los malditos Snowden, no los falles, ma­ta a uno o dos, o a más. Siempre serán muchos los que queden.
Despacio, con la marea alta, los barcos de los terranovas, velas al viento, fueron saliendo de la dársena, pasaron por delan­te de la ciudad y de sus murallas, y toca­ron alta mar por la bahía de Rance. Qué largo era el desfile. Mujeres, ancianos y ni­ños, agrupados en la escollera, en el mue­lle y en las murallas, agitaban pañuelos, gorras, sombreros. Cuando se perdió en lontananza la última vela, cuando la floti­lla no fue más que una imperceptible línea blanca en el horizonte, la gente, callada, volvió a Saint-Malo. Sollozos ahogados, plegarias murmuradas por madres, espo­sas y novias, rompían el silencio del pue­blo y del mar.
Yan, junto a otros viejos marinos de su generación, se había ido a sentar en una taberna de la calle de Chartres. Ocultaba su emoción bajo un ruidoso enfado.
-¡Ah! ¡Esos ingleses! -exclamaba golpeando la mesa y profiriendo impreca­ciones poco elogiosas contra las gentes de la nación britá-nica.
Cuando se refiería a los ingleses, pen­saba en los Snowden, y en ellos veía a to­da su raza. Por centésima vez, les contó a sus atentos amigos cómo una noche, en San Juan de Terranova, donde todos andaban medianamente «bebidos», Fred Snowden le había aplastado el ojo de un puñetazo bien dirigido. Claro que no ter­minó ahí la cosa, pues si él, Yan, quedó tuerto, Fred se había quedado manco.
-Cogí un taburete -siguió diciendo el viejo Allanic- y le aticé un golpe tan cer­tero en el brazo que hubo que cortárselo.
Los viejos amigos asentían con gesto de aprobación, como si fuera la primera vez que oían aquella historia. Luego Yan enumeraba la lista de agravios que tenía contra los insulares, agravios en los que reaparecían los nombres de padres, abue­los v bisabuelos. Los viejos, entonces, no se limitaban a asentir con el gesto sino que le apoyaban en voz alta, refiriendo a su vez las anécdotas de siempre.
Brillaban los ojos a medida que iban evocando antiguos recuerdos. ¡Ah! ¡Qué tiempos aquellos y qué buenos marineros habían sido! Naturalmente, a los jóvenes de hoy tampoco les faltaba ni el valor ni la astucia, pero no siempre querían apro­vechar la experiencia de los mayores y era una lástima. Volvían de nuevo los viejos al problema de los ingleses; afirmaban que los jóvenes eran fáciles de engañar. En cambio, si ellos, los mayores, hubiesen estado en tal o cual circunstancia, les hu­bieran cantado las cuarenta a los «En­glish». Las autoridades nunca te defendían del todo, ya se sabe, pero entonces uno mismo bastaba para defenderse. ¡Teníamos puños, qué demonios, y remos y sabíamos utilizarlos!
La tertulia se acababa con una nueva descarga de injurias contra los malditos ingleses y también con melancólicos co­mentarios sobre los años que se acumulan e impiden participar en las grandes expe­diciones y obligan a quedarse en tierra, reducidos a pequeñas faenas.
Por ejemplo, Yan estaba encargado del puesto de salvamento de Saint-Cast. Ese puesto era uno de los primeros que se ha­bían organizado en la costa. Si llegaban noticias de algún siniestro en el mar, co­rrespondía al viejo Allanic la misión de reunir el equipo de salvamento soplando el grueso cuerno que era como una insig­nia de sus funciones. Además, debía ocu­parse del material de salvamento guarda­do en una cabaña junto a la columna que conmemora la batalla ganada en aquel si­tio por el duque d'Aiguillon, en 1758.
Sobre la puerta de la cabaña en gruesas letras figuraba esta inscripción que resu­mía la consigna del equipo de salvamen­to: «Hay que socorrer a todos los náufra­gos del mundo: a los alemanes, a los ita­lianos, a los americanos, a los rusos, a los suecos, a los turcos»
Tras la marcha de los terranovas, Yan reanudó sus funciones en Saint-Cast. Mu­chos las hubiesen encontrado monótonas, a él en cambio le gustaban. ¿No tenía su pipa, el Océano y sus recuerdos? Un mari­no no se aburre nunca frente al mar; el mar le habla un lenguaje misterioso y el marino ve lo que la gente de tierra no verá jamás. Conoce sus estados de ánimo, adi­vina de antemano sus caprichos, intuye sus traiciones. Cada vela que aparece en el horizonte le cuenta su historia, una his­toria que enlaza con la suya, y le habla de muertos y ausentes.
Más allá de la línea azul donde el océa­no y el cielo se unen, Yan Allanic seguía con el pensamiento a la flota de los terra­nova, y en esa flota a la Decidida, el barco de su nieto. Pensaba en el grumete Coren­tin y eso le remontaba a tanta años atrás, cuando él mismo, a la edad de Corentin, se embarcó en la Decidida, otra Decidida, pues la vida de las barcas es menos larga que la vida de los hombres.
Y mientras el anciano divagaba, la De­cidida, una buena goleta de cien tonela­das, llegaba ya a Terranova junto a las de­más embarca-ciones de Saint-Malo; se ha­bía abastecido en San Juan de Terranova y luego había ido a fondear en el Banco. Cada noche, su par de doris había salido para echar los sedales y las redes cada mañana, las dos barquichuelas habían ti­rado de los aparejos y habían recogido los peces grandes y se los habían llevado a bordo. La tripulación, entonces, descabe­zaba el bacalao, lo vaciaba, le quitaba la espina central, lo abría y lo salaba.
Corentin, el pequeño grumete, se inicia­ba en esas diversas operaciones y luego, desde el puente de la goleta, arrojaba su sedal cebado con residuos de pescado. Sonrió de orgullo al cobrar sus primeras piezas.
El tiempo era malo; la Decidida sopor­tó varias tempestades. La niebla, ese azo­te del Gran Banco, envolvía a la goleta día tras día. Noël Allanic andaba preocupado: muchos eran los que veían avecinarse el desastre del hielo y algunos ícebergs gi­gantescos habían pasado cercanos a la zona de pesca.
Una noche, sobrevino la desgracia. Ya al atardecer, cuando los doris habían sali­do para colocar los aparejos, creció la ma­rejada. Una de las dos embarcaciones tar­dó mucho en volver, el hombre que la go­bernaba había estado a punto de extra­viarse. La tripulación se mantuvo alerta hasta medianoche. A esa hora pareció que el mar se hubiera calmado y los marineros fueron a dormir. Escasa tregua. Hacia la una de la madrugada se reanudaba la bo­rrasca con mayor violencia y el viento so­plaza furioso. El ancla de la Decidida se había roto y los marineros, temiendo al­guna colisión con otros barcos, habían su­bido al puente, seguidos de Corentin.
De súbito, a estribor, surgió de la niebla una masa blanca e inmensa. Noël soltó una imprecación. Ya no se podía intentar ninguna maniobra, no había tiempo de to­mar ninguna decisión.
-¡Saltad al doris! -ordenó.
Antes de que nadie pudiera obedecer, la formidable masa del íceberg osciló, su cúspide se ladeó y repentinamente la mon­taña de hielo embistió a la Decidida.
Por esa época, tardaban mucho en lle­gar a Bretaña las noticias de Terranova. De vez en cuando se recibían cartas, traí­das por las fragatas del Estado que nave­gaban en los alrededores del Banco para proteger a los pescadores y socorrerles si fuera necesario. Esas fragatas se releva­ban y a su regreso traían el correo y las noticias. Así fue como un día Yan Allanic, mientras fumaba en pipa como de costum­bre junto a su puesto de salvamento, se enteró de que la Decidida había zozobra­do, perdiéndose cuerpos y bienes, y que su nieto Noël y su bisnieto Corentin habían muerto aplastados por un íceberg en el punto 46° 55' latitud norte.
Brotaron dos lágrimas de los ojos del viejo; pensó que ya nadie representaría nunca más a los Allanic en las brumas del Gran Banco; pensó que ahora se había quedado solo en el mundo. Pero le asaltó una idea y sus ojos se secaron mientras se le crispaban los puños: triunfaban los Snowden. Ya no quedaba nadie para plan­tarles cara, y el viejo Yan entonces lamen­tó amargamente su suerte.
Cada mañana, el abuelo Allanic se diri­gía a ocupar su puesto, listo para organi­zar los auxilios que necesitara cualquier barco amenazado por la mar traidora, y así evitar que no sufrieran el fin que los suyos habían tenido. Ahora se quedaba frente al mar como un centinela que vigila al enemigo; odiaba al mar durante los días buenos del verano cuando las olas pa­recían sonreír; lo odiaba cuando se em­bravecía bajo la tormenta y se desencade­naba con furia; lo odiaba no sólo por ha­ber exterminado a su familia, sino sobre todo por haber protegido a los otros, a los malditos Snowden.
Hacia fines de septiembre, regresaron los terranovas. Igual que el día de su par­tida, toda la población de Saint-Malo y de los puertos vecinos acudió a los muelles. Entre los que iban a desearles la bienve­nida a los pescadores, había viudas, huér­fanos, padres cuyas ropas de luto eran recientes. También estaba el viejo Yan.
Sonaron las campanas de Saint-Malo, se agitaron gorras y sombreros; una tras otra las embarcaciones doblaban la punta del espigón, entraban en la bahía y pe­netraban en la dársena.
En los muelles, la gente se besaba, se abrazaba, se contaba novedades, se ense­ñaba a los hijos ya más crecidos, a los re­cién nacidos. Yan Allanic, en compañía de otros solitarios, abandonó el puerto. No necesitaba seguir allí por más tiempo, no tenía ya a nadie a quien esperar; hasta que muriera, viviría sin esperar nunca más a nadie, acudiría al muelle por na­da... por los recuerdos.
Llegó el otoño, sus días apagados en­contraban al viejo Yan sentado como siempre delante de los aparejos, mirando indiferente la entrada y salida de los bar­cos en el puerto. Un día, un día gris como todos los días, observó que un pesquero inglés se adentraba en la bahía y echaba al muelle sus amarras.
Aquel barco, con su pequeña bandera en el mástil, le recordó a los Snowden, que a esas horas debían alegrarse de que el nombre de Allanic no estuviera ya repre­sentado en el Banco. Viejos rencores hir­vieron en su corazón que se había vuelto insensible a cualquier otro sentimiento.
-¡Tío Yan! ¡Tío Yan! -gritó a sus es­paldas una voz jadeante.
Era Yves Le Gonnec, un pescador de los buenos, vecino de Allanic, que subía por la cuesta.
¿Para qué le llamaba, ése? ¿Por qué po­nia esa cara de felicidad? Y Yan pensó que aún quedaban en el mundo gentes que podían ser felices, que conservaban la fa­cultad de reírse.
El otro le explicó:
-En el puerto hay un «English» que pregunta por usted.
¿Un «English»? ¿Qué podría quererle ese hombre? ¡Si no tenía amigos que vi­vieran por esas latitudes!
No obstante, ya que le llamaba, es que algo tenía que decirle y por educación, a menos que no sea por curiosidad, hay que escuchar siempre cuando le hablan a uno. Curiosidad de noticias, no existía ya en Allanic: no esperaba noticias de nada... de nadie.
El viejo, siguiendo a Yves, bajó hacia el puerto.
Se quedó clavado.
Apoyado en una pila de barricas, espe­raba un anciano muy enjuto y muy firme, que fumaba una pipa muy corta; una de las mangas del chaquetón colgaba vacía a lo largo del cuerpo.
Una palabrota asomó a los labios de Yan. «¡El viejo Snowden!» ¡No podía ser verdad! ¿Estaría sufriendo alguna aluci­nación? Su rencor obsesivo le turbaba la mente. Dio un paso. No había error posi­ble, era Snowden en persona, el abuelo de la familia maldita, el que le reventó un ojo en la pelea de San Juan de Terranova y a cambio salió con un brazo roto tan lim­piamente que habían tenido que amputár­selo.
Ese Snowden era la misma persona que ahora le miraba a través del humo de su pipa. Se habría enterado de que Allanic vivía solo y había venido para burlarse, burlarse además en su propia patria, casi en su casa. El viejo Yan hizo un gesto dis­puesto a abalanzarse sobre Snowden, pues aunque sus huesos estuvieran gastados, su corazón mantenía el ardor de los vein­te años. Estaba a punto de embestir al manco que, para colmo de audacia, le mi­raba sonriendo, cuando vio que de detrás de las barricas salía un niño:
-¡Abuelo! ¡Abuelo!
-¡Corentín! -exclamó el anciano al tiempo que estrechaba contra su cuerpo al pequeño grumete. Nunca a lo largo de toda su vida, ni siquiera cuando se ente­ró de la pérdida de la Decidida, había de­rramado Yan Allanic lágrimas tan grue­sas ni tan abundantes.
-¡Corentin, mi Corentin, eres tú, eres tú de verdad! -no hacía más que repetir.
Abrazaba al niño, lo palpaba en brazos, lo dejaba otra vez en el suelo, lo volvía a coger. Balbuceaba, tartamudeaba. Todo a su alrededor le confundía. En aquel niño recobraba su ambiente, su nieto fallecido en la mar, y su padre igualmente tragado por las olas, y también su madre y su mu­jer y su nuera y la mujer de su nieto, ca­ras todas ellas queridas que el tiempo ha­bía borrado. El grumete, ahora en sus bra­zos, se las había devuelto.
Estuvo llorando, besando, divagando quizá durante diez minutos o durante media hora, no lo sabía, junto al niño que también lloraba y reía, hasta que de pron­to oyó una voz ronca, una voz cargada de niebla, de temporales y de tragos de gine­bra, que le decía en mal francés:
-¡Hullo, viejo! Fue mi nieto, John Snowden, a bordo del pesquero Dundee, el que recogió al grumete entre las bru­mas. Todo quedó destrozado después del choque del áceberg, todos se ahogaron pe­ro él, este moscardón, se agarró a un pe­dazo de verga y como los embates del mar eran terribles y las olas enormes, se sujetaba a un cabo de estacha con los dientes. El chico no quería ahogarse y te­nía razón. Entonces John pudo pescarlo. Ocurre que, claro, mi nieto no podía aban­donar su campaña; lo guardó a bordo y luego nos lo trajo a Hull; así que se me ocurrió que era mejor que llevase yo mis­mo al grumete al viejo Allanic, pues ya nos conocíamos, de antes, ¿no es verdad, vie­jo? Me pareció que no sería mala idea que un barco inglés navegara por aguas del French Shore.
El anciano Yan contempló la cara de su eterno enemigo, un rostro rubicundo con patillas que antaño habían sido pelirrojas. Y la odiosa mueca de aquella boca le pa­reció la más angelical de las sonrisas. Suavemente apartó al pequeño Coréntin y se acercó al viejo Snowden. Con sus dos manazas deformadas por los remos y las faenas marineras, le asió la única mano dándole un buen apretón... tan fuerte que otro marinero que no fuera Snowden se hubiera quejado.
Allanic le dijo al inglés:
-¡Gracias, amigo!
Cuando al fin no quedaron más taber­nas en Saint-Cast para celebrar el regreso, el viejo Snowden decidió levar anclas y hacerse de nuevo a la mar en su pequeña embarcación.
La vida ahora había hecho un cam­bio total para el anciano y, aunque las apariencias externas siguieran siendo las mismas, una revolución se había operado en su corazón. Él, Allanic, había llamado «amigo» a un inglés, a un Snowden...
Pasó muchas horas meditando sobre estas cosas y un día la gente le vio diri­girse a su cabaña de salvamento provisto de un pote de pintura. El viejo leyó des­pacio la inscripción:
«Hay que socorrer a todos los náufra­gos del mundo: a los alemanes, a los ita­lianos, a los americanos, a los rusos, a los suecos, a los turcos»
Y entonces añadió debajo, en letras tor­pes y gruesas, trazadas con pintura ne­gra:
«...y hasta a los ingleses»
El anciano se irguió satisfecho: sabía que había realizado un acto de justicia.

0.120. anonimo (francia)

La magia salada

Desde tiempos inmemoriales la sal ha tenido un sentido mágico para el hombre. Y por buenas razones: da sabor a los condimentos, es básica para el ganado, conserva los alimentos y fue su único sistema de conser­vación antes del invento del frigorífico.
En el Pirineo fue artículo constante de contrabando durante muchas generaciones y hasta dio nombre a un paso importante hacia Francia, Salaróns. Cuando en la montaña aparece alguna fuente salada se considera mágica y por supuesto punto de reunión de toda clase de animales.
Hay un sentido profundo en el hecho de que una montañesa nunca devuelve la sal que le prestan; se devuelve todo: el pan, las cerillas, los ajos, todo, menos la sal porque traería desgracias a quien la prestó, y por tanto se tiene como una afrenta.
Las mujeres del Pirineo, antiguamente ponían sal en las costuras de las chaquetas que iban a llevar sus hijos y su marido, sin que ellos lo supieran para que no les sucediese nada malo.
También trae desgracias el pisar la sal y en cambio, el hecho de derramarla involuntariamente al volcarse un salero, así como el vino del porrón, trae consigo buena suerte.
Unidas con la sal circulan algunas leyendas por el Pirineo francés, una de ellas la de Salies-en-Béarn, que tiene curiosas resonancias bíblicas unidas a Sodoma y Gomorra y la mujer de Lot.
Podéis visitar, muy cerca, Mirail, Barou, Labour­delé y la Pounte: cuatro lagos salados como cuatro "mares Muertos". El mayor no tiene más de once hectá­reas de extensión y solamente de veinticinco a treinta metros de profundidad.
Y, naturalmente; tienen su leyenda.
Un mendigo harapiento y fatigado que vivía de la compasión de las gentes de los pueblecillos montañeses de la comarca llegó un día pidiendo limosna a Salies-en-Béarn. Pero sus vecinos tenían el corazón endurecido, además de muy pocos recursos porque el año había sido muy malo en cosechas y el ganado no había medrado.
El pordiosero recorrió todo el pueblo, de casa en casa, y de todas fue despedido sin la más mínima ayuda. Hacía mucho frío y se contentaba con un mendrugo de pan y un rinconcico en la cuadra para pasar la noche a cubierto. Pero nada.
Solamente al final, en la última casa del pueblo, la del Boucau fue acogido y tratado con cierto cariño. Allí le dieron un plato de sopas y pudo pasar la noche en un banco de la cocina,arrebujado en su astrosa manta, pero cerca del rescoldo del hogar.
Pero antes de llegar a esa casa, fue motivo de burla continua por parte de mujeres que incluso azuzaban los perros contra él para perderlo de vista pronto. En la casa contigua a la que le recibió vivía una madre con dos hijas, las tres costureras y bien acomodadas, y ellas fueron las que más se burlaron del pobre hombre.
A la mañana siguiente, cuando el mendigo iba a continuar su camino hacia Arancou, ahí estaban esas desgraciadas de nuevo a la puerta de su casa, metiéndose con él y llenándolo de oprobios. El hombre, aunque de carácter dulce, maldiciendo el egoísmo de sus habitantes salió del pueblo condenán-dolo en nombre de Dios.
A las costureras aún les advirtió:
-"Por si acaso, no volváis la cabeza porque vais a escuchar un ruido ensordecedor".
Ellas se mofaron de él y miraron descaradamente al pueblo de los lagos.
Un horrible rumor, cada vez más violendo, se levantó del vientre de la tierra y ellas se convirtieron en estatuas de sal. Las aguas que brotaron del suelo se tragaron el pueblo, llegando justamente hasta la última casa, la de Boucau, donde había pasado el mendigo la noche. Esa fue la única que respetaron.
Dicen los montañeses de la redolada que cuentan la leyenda, que ese mendigo era el mismo Dios que había llegado el día de la fiesta del pueblo para ejecutar su justicia con los hombres.
La casa de Boucau existe todavía. El pueblo fue re­construído años más tarde junto a los lagos salados.
Cuentan también que hace un centenar de años se alzaba allí un menhir que remataba en dos puntas. La gente afirmaba que representaba a la madre y las hijas costureras castigadas por Dios. Y hasta en la roca se veía grabada, la marca de las tijeras.
Ya no existe el menhir que llamaban "de Cazes-Major" pues un labrador lo aprovechó para ha­cerse un rodillo de apisonar la era.

Leyenda del pirineo [1]
0.120. anonimo (francia)




[1] La leyenda "Magies lacustres du sel" está recogida por Alain Bernard y publicada en "Mystéres et secrets du Béarn". Pau, 1985. Traducida y adaptada por el autor.

La jaula de surcouf

Desde la primera mitad del siglo XVII, con el poderío español en decadencia, In­glaterra, Francia y Holanda se disputan la hegemonía de los mares, indispensable para el comercio con las Indias. Dos siglos había de durar la rivalidad entre ingle­ses y franceses gran parte de la cual tuvo como escenario el Canal de la Mancha. Frente al poderío inglés, los franceses -mejores corsarios que almirantes- de­sarrollaron un tipo de guerra basado en el genio y decisión de los lobos de mar. El corso era entonces una forma legítima de guerra y un marino provisto de esa pa­tente no era considerado un pirata, aun­que sus métodos eran análogos, actuando por su cuenta y riesgo y teniendo una ele­vada participación en los botines. Los «hermanos de la Costa» más famosos fue­ron Jean Bart, de Dunkerque, Duguay ­Trouin y Surcouf, de Saint-Malo; éste úl­timo combatió en el Océano Indico y ex­ploró Madagascar.

-Decid, capitán Rivington, ¿quién es ese Surcouf? -preguntó la margravesa d'Anspach, casada con el general inglés Saint-John. No hago más que oír hablar de él, desde que estoy en las Indias, y sentiría tener que marcharme sin haber­lo visto siquiera.
-¡Bah! -dijo el oficial británico en­cogiéndose de hombros, es un miserable corsario francés que, de vez en cuando, con sus casca-rones de nuez, tiene la osa­día de insultar a los navíos de Su Majes­tad. Si se pusiera al alcance de los caño­nes del Kent, me bastaría con un cuarto de hora para mandarlo a pique.
-El hecho de que nos siga fastidiando, quiere decir que nadie ha hecho nada para eliminarlo -añadió James O'Connor, un joven funcionario de la Compañía de las Indias, la gran compañía inglesa que, tras el hundimiento de su homónima france­sa, explotaba las colonias indostanas, con­siderablemente incrementadas a raíz de la derrota de Tipoo-Saib, sultán de Myso­re, y de las conquistas a costa de Holanda y de los príncipes mahratas.
-Además -completó Rivington, los franceses no entienden nada de cosas del mar.
Esta conversación tenía lugar durante una cálida jornada a finales de primavera en el año 1799, en Calcuta, capital de Bengala. Quienes hablaban se hallaban en la terraza de la residencia del mar­qués de Wellesley, gobernador general de las Indias y delegado por la Compañía. Magnífica residencia, en verdad, cons­truida al estilo de una mansión inglesa, pues los ingleses, cuando se establecen lejos de su país, transportan sus costum­bres y su manera de vivir; no obstante lord Wellesley había enriquecido sus apo­sentos con maravillas del país, obras de arte de todo tipo, estatuas de bronce o piedras raras, telas preciosas, tapices de ricos colores, regalos mandados por los príncipes indígenas deseosos de obtener sus favores, o producto de los saqueos realizados en los palacios de los ven­cidos.
Gente notable se hallaba reunida aque­lla tarde en la terraza. Tomaban el té como lo harían en Londres a igual hora.
Era el centro de la reunión la margrave­sa d'Anspach, alemana de origen y pa­riente cercana del rey de Prusia, pero inglesa por su matrimonio y principal in­vitada del gobernador. A su alrededor dis­currían oficiales de marina y de tierra, funcionarios de la Compañía, magistra­dos y otra gente, ya casada, junto a sus esposas.
Era una de las últimas reuniones de temporada, pues poco faltaba para que la sociedad británica de Calcuta se disgre­gara ; la temperatura comenzaba ya a amenazar con inclemencias y el clima re­sultaba poco sano. Dentro de unos días casi todas esas damas, entre ellas la mar­gravesa, embarcarían rumbo a Londres a bordo de la fragata Kent, uno de los mejores navíos de la flota de la Compa­ñía. El capitán Rivington, hombre muy conocido en los salones mundanos, con­tra lo que pudiera indicar su oficio de marino, y bien relacionado en la gentry inglesa, era precisamente el que con tan acentuado desdén había hablado del cor­sario francés Surcouf.
En ese momento le decía a James O'Connor:
-Con algunos cutters o hasta con unos cuantos lugres bien armados, limpiaría­mos los mares de esa plaga que los des­honra.
-Discrepo, capitán.
Esas palabras habían sido pronuncia­das en tono seco y tajante.
Los invitados volvieron la cabeza ha­cia quien las había proferido: un oficial de caballería que aparentaba tener unos treinta años, el coronel Arthur Welles­ley que hasta entonces había permane­cido en silencio.
Las damas se sonrieron ante Wellesley, primero porque les gustaba su perfil de medalla romana, sus rasgos nítidos, su mirada fría y harto dura, su porte esbel­to y elegante, su gracia favorecida por el uniforme rojo con galones de oro, pero también sonrieron porque era el herma­no del gobernador general, que se había cubierto de gloria en la campaña contra Tipoo-Saib, lo que le había valido el nom­bramiento de gobernador de Seringapa­tam, provincia reciente-mente sometida. Todas estas circunstancias le convertían en un personaje muy interesante.
Arthur Wellesley, como si le pesara abandonar su mutismo para participar en la discusión, insistió:
-Sí, capitán, discrepo. Conozco a los franceses, realicé parte de mis estudios militares con ellos, en Angers. Son unos valientes. Evidentemente su marina se vio afectada por la revolución, pero no faltan en los barcos hombres intrépidos que siguen manteniendo muy alto su pa­bellón. En cuanto a ese Surcouf, capitán Rivington, deseo que le venzáis con la misma facilidad que decis si alguna vez os lo encontráis.
-¡Oh! ¡Qué apasionante! -exclamó la margravesa d'Anspach. ¿Así que es tan extraordinario como dicen?
-Es un hombre, señora, que, en una barcaza de veinte toneladas, el Hasard, se escondió en uno de los recodos del Ganges, cerca de Balassore, en acecho de uno de nuestros mayores veleros, el Tri­tón, que volvía de Inglaterra cargado de mercancías. Lo asaltó, lo capturó y se lo llevó a un puerto de la isla de Francia, a mil doscientas leguas de aquí con todo su cargamento, burlándose de los cruceros de Su Majestad o de los de la Compañía.
-¿Y hace mucho? -volvió a pregun­tar la margravesa.
-Hará unos tres años, pero desde en­tonces nos ha causado muchos más per­juicios y, a pesar de lo que puedan pensar el capitán y el señor James O'Connor, he­mos hecho todo lo posible para cogerle.
La Compañía ha llegado a prometer una fortuna en rupias a la tripulación que lo capture. Eso demuestra que no lo consi­deramos enemigo tan despreciable como estos señores parecen dar a entender.
-¡Una fortuna en rupias! ¡Ah! ¡Coro­nel, estáis acuciando mi deseo de ver al personaje! -suspiró la prima del rey de Prusia. ¡Qué interesante debe ser!
-Yo no le conozco -contestó el coro­nel en un tono que indicaba sus ganas de acabar con el tema.
-Pero yo sí que le conozco -dijo sir William Burough, un magistrado de as­pecto modesto y discreto.
Rivington, desairado mientras hablaba sir Arthur Wellesley, soltó una risa iró­nica.
-¿Vos, señor Juez? No conocía vues­tra amistad con los corsarios.
-Le vi sin embargo, o mejor dicho le distinguí, y de eso hará ya unos diez años. Aún no estábamos en guerra con Francia y yo había ido a Saint-Malo. La revolu­ción apenas se hallaba en sus comienzos en ese infortunado país. Me paseaba por el puerto con un amigo de mi padre, un consejero del Parlamento de Bretaña, cuando vi que se acercaba un buen mozo, que tendría al menos cinco pies y seis pulgadas, de anchas espaldas y con anda­res típicos del marino que pisa tierra. No me refiero a vos, capitán Rivington, pues poseéis el donaire de un danzarín.
La verdad es que Rivington tenía una silueta voluminosa. Hubo algunas sonri­sas en los rostros de las damas que goza­ron de la ocurrencia, mientras que el ca­pitán enrojecía. Sin abandonar su tono suave y cortés, el magistrado prosiguió:
-El chico no era guapo, todo lo con­trario. Tenía la nariz chata y la cara cu­bierta de pecas. Sus labios delgados no cesaban de agitarse como si estuviera hablando todo el rato consigo mismo. Los ojos eran pequeños y de color indefinido, pero ¡qué mirada! Nunca la olvidaré. Por mi indumentaria reconoció que yo era inglés y me lanzó una ojeada que me es­tremeció. Mi profesión no consiste en ser valiente.
Las damas dejaron escapar nuevas ri­sitas mirando de reojo a Rivington, que volvió a sonrojarse. Sir William Burough continuó imperturbable:
-Le pregunté a mi acompañante quién era aquel joven de mirada feroz. Se echó a reír: «Es de aquí, me explicó. No le vemos a menudo porque lleva cuatro años en el mar y sólo tiene diecisiete. Embar­có a los trece y ya ha viajado a las Indias y a las islas. Su familia suspiró aliviada de que se fuera pues tiene un carácter indomable. En cuanto a la furiosa mira­da que nos ha lanzado, y que he notado, no me sorprende en absoluto. Odia a to­dos los de vuestro país. Ese odio es here­ditario: desciende de Duguay-Trouin por su madre...» ¡Pues bien! Sentí cierto in­terés por ese encarnizado enemigo de nuestros compatriotas y nunca dejé de recibir información acerca de lo que ha­cía. Sé que ha armado navíos con patente de corso. Primero tuvo el Emilie, luego el Clarisse y luego el Hasard como ya sa­béis. Ahora navega al mando de un brick de veinte cañones que se llama, me pa­rece, el Confiance. Tiene su refugio en la isla de Francia, en Port-Louis, y con esos barcos, todos de tonelaje ligero pues él es su propio armador y no dispone de más medios que el producto de sus pre­sas, no vacila en atacar a nuestras mayo­res naves. Por supuesto el capitán Ri­vington no desconocerá estos últimos de­talles.
-No -dijo bruscamente el capitán del Kent, no los desconozco, aunque tampo­co impiden que esté decidido a hundir a esse Surcouf o dejo de llamarme Riving­ton, a condición, claro está y que el señor juez me perdone, de que el corsario se cruce por mi camino.
-¡Oh! ¡No lo hundáis, capitán! -gi­mió la sensible margravesa. Más vale que lo capturéis. Lo encerraremos en una jaula y lo exhibiremos en todas partes como una bestia salvaje. Será una buena atracción para la temporada de Londres.
-Vuestros deseos son órdenes, señora -replicó Rivington con galante reveren­cia. Pero por desgracia, como vea al Kent, una fragata de cuarenta cañones, mil quinientas toneladas y provista de una dotación de cuatrocientos marineros, en­tre ellos cien soldados, se escapará con toda la velocidad que le permitan sus velas.
La frase corrió de boca en boca por toda la colonia inglesa de Calcuta pues Sur­couf era el hombre del día, el terror de todos aquellos que sabían que un día u otro debían regresar a la madre patria, con el consiguiente riesgo de caer vícti­mas del terrible corsario.
Resultaba consolador que un hombre como el capitán Rivington, comandante de uno de los mejores navíos de la Com­pañía, se comprometiera por su nombre a capturar a Surcouf, y aún parecía me­jor augurio el hecho de que la prima del rey de Prusia estuviera decidida a ence­rrarlo en una jaula.
Los boletines de la ciudad publicaron esos estimulantes propósitos y cuando la margravesa embarcó a bordo del Kent pa­ra volver a Inglaterra en compañía de al­gunas esposas de altos funcionarios y po­tentes comerciantes, unos cuantos oficia­les que habían venido a despedirla, le gri­taron desde la pasarela agitando sus pa­ñuelos:
-Cuando hayáis exhibido a Surcouf en su jaula por todo Londres, enviád-noslo para que también nosotros podamos verle su horrible hocico.
No sabían que en aquellos momentos Surcouf navegaba siguiendo las costas de Bengala. Iba a bordo de su brick, armado de veinte cañones. Surcouf se sentía con­tento de aquel pequeño velero y de su tri­pulación de cien hombres decididos, que, casi todos, llevaban ya bastantes años a sus órdenes por aquellos parajes. El Con­fiance se había construido en Burdeos bajo sus indicaciones y poseía las cualida­des que requiere la navegación por el Pa­cífico; podía desplegar mucho trapo, cosa indispensable en mares donde hay que aprovechar el menor soplo de brisa; por lo demás, era muy manejable y muy veloz.
Sin embargo, a Surcouf le hubiese gus­tado gobernar un navío más importante, por ejemplo una bonita fragata de cuaren­ta cañones. ¡Cuántas hazañas podría rea­lizar entonces! Pero una fragata sale muy cara, y ya se había gastado en el brick to­dos sus haberes.
El corso era buen oficio. Aunque el cor­sario, en cierta manera, dependiese del Estado y necesitara su «patente» para que le consideraran como beligerante, no tenía más dueño que el mar, actuaba a su antojo e iba a donde quería. Toda nave enemiga conquistada, nave mercante o nave de guerra, desde que quedaba decla­rada «objeto de botín», le pertenecía y po­día venderla en provecho propio.
Llevaba Surcouf cinco años ejerciendo el corso. Tenía su base en un puerto de la isla de Francia, Port-Louis. Muchas eran las veces que había regresado con barcos ingleses capturados, como aquel Tritón caído en la emboscada que le tendió por el Ganges, y sin embargo, aún no era rico. Escaseaban los compradores, no era fácil vender las naves apresadas y, para colmo, encontraba obstáculos para colocar su cargamento pues el comercio con los ho­landeses, que hubiesen sido los mejores clientes, se hallaba paralizado por los in­gleses. Del producto de la venta, tenía que destinar un tercio para pagar a la tripu­lación, y parte del resto correspondía al Estado. Armar una nave valía mucho di­nero.
Mientras vigilaba las costas, Surcouf soñaba en alguna presa importante que le permitiera liquidar ciertas deudas enojo­sas. También sus hombres comenzaban a impacientarse. Los británicos, de un tiem­po a esta parte, manifestaban excesiva prudencia.
Pocos días antes, el corsario había zar­pado de una bahía cercana a Coromandel. No sólo se había reabastecido de agua po­table, sino que se había entrevistado con un rajá destronado por los ingleses y que, por consiguiente, se había vuelto amigo suyo en nombre de una enemistad común. Ese emisario había advertido a Surcouf de la salida del Kent y también le había informado acerca de los rumores que alu­dían, procedentes de Calcuta, a las frases pronunciadas por el capitán Rivington y por la margravesa d'Anspach. Igualmente le comunicó las intenciones que tenía esa amable dama de encerrarle a él, a Sur­couf, en una jaula y de exhibirlo en Lon­dres.
Ese era el motivo de que Surcouf, aque­lla mañana, mientras paseaba absorto por el puente del Confiance fumando un apes­toso cigarro, mostrara destellos irónicos en su astuta mirada.
No estaba muy alto el sol todavía cuan­do el serviola gritó:
-¡Barco a la vista!
En dos saltos Surcouf había subido al castillo de popa y, con su catalejo, escru­taba el horizonte. A distancia, al norte, una gran fragata de tres palos, armada con cuarenta cañones del dieciocho, tan­to en la batería como en sus castillos, na­vegaba velas desplegadas a favor de una fresca brisa. Su rumbo la acercaba al Con­fiance. Enarbolaba el pabellón de Inglate­rra y el gallardete de la Compañía de In­dias.
Atacar a semejante navío tan fuerte­mente armado cuando sólo se dispone de un brick de veinte cañones del ocho, y so­bre todo cuando la fragata tiene el viento a favor, parecía una loca temeridad. No quedaba más opción que dar media vuel­ta y aprovechar las cualidades marineras del brick para escaparse. Pero, precisa­mente, Surcouf tenía ideas muy distintas.
Se acercó al alerón del castillo y les gri­tó a los contramaestres que ya se habían puesto a discutir cuáles serían las posi­bles intenciones de su jefe:
-¡Zafarrancho de combate!
Luego añadió:
-Aún nos queda media hora antes de ponernos a tiro. Que se distribuya ración doble de ron. Hacen falta muchos ánimos para atacar al inglés, que nos dobla. Con­cedo una hora de saqueo sobre todo lo que no sea cargamento.
De toldilla y del entrepuente llegaron alegres gruñidos. Todos esos hombres, ru­dos marinos, recogidos en puertos tan distintos, no tenían más propósito que asestar cuchilladas, tragar pintas de ron y saquear bienes ajenos. Todos guardaban una confianza ciega en su jefe. El nom­bre del brick era la divisa de la tripula­ción. Si el comandante había dicho que habría saqueo, es que habría saqueo y que ganarían el combate que se avecinaba. Tan seguros se sentían en esto como de la doble ración de ron que ahora bebían en sus vasos metálicos. La nave enemiga era muy grande. Pues mejor, así sería mayor el botín. Surcouf conocía su oficio, basta con dejarle maniobrar a su antojo, y esperar.
A bordo del Kent, pues ese era el bar­co avistado por el Confiance, también se tenían noticias del brick y ya sabían con quién iban a enfrentarse.
El capitán Rivington había mandado llamar a las damas para que subieran a ver la nave corsaria. La margravesa la examinó con el catalejo.
-No parece muy terrible -declaró ha­ciendo un mohín de desprecio.
-Miradla bien -dijo el capitán, no la veréis por mucho rato. Se escapará.
-iQué lástima! ¡Hubiese sido un buen recuerdo ver cómo castigabais a ese fran­cés insolente!
Sin embargo, el brick no daba señales de huida. Ciñendo velas, bordada tras bordada en su intento de navegar contra el viento, iba enfilando a la fragata cada vez con más proximidad. Ésta, impulsada por la brisa y muy cargada de trapo, co­rría con gran rapidez. El enfrentamiento era inminente.
-¡Está loco! -gritó Rivington que se había puesto nervioso, aunque simulara aires de calma. Peor para él -excla­mó, si eso es lo que quiere.
Entonces dio las órdenes para la bata­lla.
Los corsarios ya se habían bebido el ron y ahora se hallaban atentos en sus puestos de combate. Los marineros en las gavias, los artilleros junto a las carrona­das y los demás en el puente.
Surcouf, en el alcázar, lucía al cinto una ancha faja multicolor provista de sus joyas para la fiesta: un sable, un puñal y cuatro pistolones. Detrás, en cuclillas, su fiel negro Bambú ordenaba flemático tres fusiles dobles y una banasta llena de car­tuchos preparados, repletos de metralla. Surcouf afirmaba que la metralla es ex­celente en un combate a corta distancia y muy superior a la bala.
-No se trata -repetía convencido, de matar a la gente sino de tumbarlos a la primera.
Ahora, desde toldilla, la margravesa identificó a Surcouf. Clara-mente respon­día a la descripción que a menudo le ha­bían hecho: un coloso, vestido con camisa roja, ceñido por rutilante faja, cubierta la cabeza de madrás que flotaba al viento.
-iSobre todo cogedle vivo! -reco­mendaba la afable señora que no olvidaba su simpática idea de la jaula; ¡será un espectáculo tan pintoresco!
Rivington se lo prometió, aunque a la margravesa le pareció notar menos segu­ridad en su voz y menos decisión en sus palabras.
La tripulación inglesa se entregaba ale­gremente a los preparativos reglamenta­rios. De la santabárbara llegaban los ba­rrilitos de pólvora, las balas se acumula­ban junto a las portañolas, se encendían los botafuegos y el escobillón se introdu­cía por las bocas de los cañones.
El júbilo general surgía al pensar en los miles de rupias que significaría la cap­tura del corsario. Ningún inglés la ponía en duda.
Las piezas estaban ya cargadas y a pun­to de disparar.
-¡Esperad mis órdenes! -gritó el ca­pitán.
Reinó el mayor silencio.
El brick, con el pabellón tricolor que ondeaba a proa y en la punta de su palo mayor, ya se había puesto a tiro. Pero, de pronto, torció el rumbo y se deslizó lite­ralmente ante las narices de la fragata, saliendo del punto de mira de sus cañones de estribor. Fue la nave corsaria la que soltó una andanada, una andanada terri­blemente precisa que cortó de raíz el bau­prés del Kent, arrancó su mascarón de proa y acabó rompiendo un ancla.
-iVoto al chápiro! -juró Riving­ton. Lo tenemos que coger por babor.
El brick pasó alrededor de la fragata y ésta a su vez disparó. Las veinte piezas de babor escupieron sus balas, pero con gran furor del capitán, ninguna alcanzó al Confiance que se escabulló hacia la amura.
El brick se hallaba fuera del alcance de los cañones. ¿Mantendría su posición? En absoluto. Esta vez con el viento a favor, cargó velozmente sobre el inglés, se situó de nuevo lejos de su línea de tiro, pasó por la popa y mandó una descarga.
Ya no quedaban damas en toldilla. Se habían precipitado al sollado, temblando y creyendo que su última hora había lle­gado, mientras imaginaban al Kent he­cho pedazos en mitad del oleaje. Riving­ton, frenético y rabioso, con la cara más roja que el madrás de Surcouf, vocifera­ba sus órdenes a los marineros que no sa­lían de su asombro.
Los cañones disparaban inútilmente. Hasta ahora no habían obtenido más re­sultado que, a costa de quemar muchas libras de pólvora, estropear uno de los juanetes del Confiance, sin daños de ma­yor envergadura.
El capitán entonces, al comprender que el corsario tenía la audacia de buscar el abordaje, sólo pensó en evitarlo. Cambia­ba de rumbo, intentaba cazar al brick a cañonazos, despotricaba en vano pues el brick era más rápido y daba la impresión de que Surcouf conociera de antemano las maniobras que iniciaba su enemigo, burlándolas sin cesar.
El combate podía equipararse al de un perro enorme contra una avispa. El ani­mal da vueltas y más vueltas, se revuelve para aplastar al insecto pero el insecto escapa y regresa para picarle donde me­nos lo espera el perro.
El Kent comenzaba a verse seriamente dañado por la puntería artillera del Con­fiance. Varias de sus piezas habían que­dado inutilizadas, algunos boquetes se abrían en sus costados, el velámen apare­cía rasgado y el palo de mesana amenaza­ba con venirse abajo, aparte de la falta del bauprés.
Por fin Rivington creyó haber alcanza­do al brick con una descarga. Surcouf ha­bía cometido una imprudencia y había presentado su flanco a la batería de es­tribor. La alegría duró poco cuando com­probaron los ingleses que su andanada apenas había rozado las velas del corsario. Rápidamente, los artilleros procedieron a limpiar los cañones con intención de apuntar de nuevo, pero no tuvieron tiem­po. El corsario, en un brusco viraje, se ha­bía pegado a la proa de la fragata.
El Kent poseía una envergadura mu­cho mayor que la del pequeño brick y pa­recía difícil que este último lograra arro­jar sus garfios de abordaje. Sin embargo, Surcouf no los necesitaba. La gigantesca ancla del Kent había quedado trincada entre los obenques del mesana corsario y ambas naves se hallaban mutuamente amarradas.
Aún no se había recuperado Rivington de su asombro cuando cincuenta france­ses, con el sable de abordaje entre los dientes y una pistola en cada mano, salta­ron sobre cubierta al mando de Surcouf.
Hubo una corta pelea, y los marineros y soldados británicos que intentaron resis­tirse al asalto de los corsarios, cayeron muertos o fueron rechazados.
-¡Todos al sollado! -aulló el capitán inglés.
En un instante la cubierta se vació y Surcouf se encontró dueño de un puente desierto donde yacían muertos y heridos.
Abajo, los ingleses se disponían a ven­der cara su piel. Levantaron barricadas en todas las puertas, reunieron armas de fuego y a toda prisa buscaron en el pañol cartuchos para esas armas, precaución que antes habían olvidado, al no haberlo ordenado su comandante que tan seguro se sentía de hundir a la primera descar­ga el «miserable brick» de Surcouf.
Las mujeres, locas de terror, lanzaban chillidos que se mezclaban con el chocar de las armas y los juramentos de los sol­dados.
-¡Como no os calléis de una vez, os hecho al mar! -rugió Rivington, que ya no era el galante gentleman del té del go­bernador, sino un hombre enloquecido que veía con desesperación cómo un puña­do de franceses desharrapados le asalta­ban el barco.
¿Pero qué significaba aquel sordo ru­mor que los ingleses percibían en el puen­te por encima de sus cabezas? ¿ Qué esta­rían haciendo los corsarios?
-¡Trasladan los cañones! -gruñó el artillero.
No se equivocaba. A los pocos minutos, por el marco de una escotilla que había quedado abierta, los británicos distinguie­ron la boca de un cañón, de uno de sus ca­ñones que les apuntaba. La oscuridad rei­naba en el sollado, todos los portillos es­taban cerrados y cada inglés corrió a acu­rrucarse donde fuera para librarse de la descarga.
Pero, formidable y estruendosa, áspera por su duro acento bretón, se oyó la voz de Surcouf, que resonaba en la batería con una potencia atronadora.
-¡Rendíos, ingleses, vuestro cañón es­tá cargado con metralla hasta los topes! Dispararé hasta que no quede nadie.
Hubo un silencio. Todos sabían que el corsario era hombre que hacía lo que de­cía. Del fondo del sollado se alzó la voz del coman-dante:
-Nos rendimos.
El cañón retrocedió y los franceses des­colgaron una escala de cuerda por la es­cotilla, que usaron uno tras otro los mari­neros y soldados de la tripulación.
En cabeza, apareció el comandante.
-¿Cómo os llamáis? -preguntó Sur­couf.
-Capitán Rivington, comandante del Kent.
-Es mentira. Habéis dicho que deja­ríais de llamaros Rivington si no me hun­díais, siempre que yo me cruzara en vues­tro camino. Me he cruzado en vuestro ca­mino y no creo que me hayáis hundido. Por eso os pregunto cómo os llamáis.
La broma no hizo sonreír al capitán que apretó blandamente la mano que le ten­día el corsario.
Soldados y marineros fueron desarma­dos y encerrados, unos en el brick y otros en la cala de la fragata. Se concedió la ho­ra de saqueo para la tripulación vence­dora, aunque Surcouf se cuidó de apos­tar centinelas en las puertas de los cama­rotes de las damas que se hallaban en el alcázar de popa, a fin de que nadie les hi­ciera ningún daño ni sufrieran desperfec­tos sus equipajes personales.
Una vez transcurrida esa hora, la fraga­ta, que ahora ostentaba la bandera trico­lor, escoltada por el Confiance y goberna­da por marinos franceses, dirigió su rum­bo a la isla de Francia.
La jornada le había costado a la Com­pañía de Indias uno de sus mejores vele­ros y una dotación de cuatrocientos hom­bres, entre ellos trece muertos y cincuen­ta heridos.
Surcouf y su presa, al llegar a Port­Louis, fueron acogidos con gritos de jú­bilo. Una muchedumbre de colonos asis­tió al desembarco de los prisioneros.
Cuando terminó el desfile de la tripula­ción inglesa, apareció Surcouf, vestido con sus mejores ropas y, cosa rara, se quitó el pañuelo que le cubría la cabeza. Entonces ayudó a que las damas descen­dieran por la pasarela.
Se inclinó con mucho respeto ante la margravesa y llegó a esbozar una reve­rencia que años antes no hubiese sorpren­dido en la corte de Versalles. Tendiéndo­le la mano, le dijo en voz alta:
-Deseásteis, señora, que me encerra­ran en una jaula para exhibirme ante vuestros amigos y divertirles. Siento no poder complacer vuestros amables deseos.
Y a continuación se encargó de que re­gresara a su país.

0.120. anonimo (francia)

El sudario de esmeralda

Los normandos, palabra que quiere de­cir hombres del norte, iniciaron en el si­glo VIII la invasión y el pillaje de las cos­tas de Francia, Inglaterra y los Países Ba­jos y con la desaparición del imperio caro­lingio se asentaron en la desembocadura del Sena, donde tras el pacto de Saint­Clair-sur-Epte (911) Rolón fundó el pri­mer ducado de Normandía, vasallo del rey de los francos. Siglo y medio después, Guillermo, duque de Normandía invadirá Inglaterra, derrotando al rey anglosajón Haroldo II en la batalla de Hastings (1066) y fundando la dinastía de aquel nombre.

En el vasto bosque de Touques, que por entonces se prolongaba hasta las orillas de ese mar que separa el imperio de los franceses del país de los ingleses, se al­zaba en aquel año 932 de nuestra era una poderosa fortaleza.
Era ya noche cerrada y el viento so­plaba con furia. De vez en cuando, ráfa­gas de lluvia azotaban el bosque.
En la última sala de una de las torres del castillo, junto a una chimenea donde ardían los leños, sentado en sillón de pie­dra, velaba, a pesar de la hora tardía, un anciano. Tenía la barba blanca. Tenía casi cien años. Su estatura, aunque disminui­da por la edad, era aún superior a la de muchos hombres. Y sin embargo, quien hubiese podido reconocer en ese anciano a Rolón, primer duque de Norman-día, el orgulloso vikingo que sesenta años an­tes había devastado el país y luego lo había gobernado como legítimo señor hasta que, ya hacía cinco años, había ali­gerado sus hombros fatigados abdicando en favor de su hijo, Guillermo Espada Larga.
Los pensamientos del anciano rey del mar no eran pensamientos alegres, pues inclinaba la frente hacia los leños que ardían y parecía agobiado por preocupa­ciones crueles. De súbito, se levantó, se desperezó y todos sus huesos crujieron.
A grandes zancadas dio la vuelta a la sala. Andaba pegado a los muros de los que colgaban trofeos: pesadas tizonas que hay que manejar con dos manos, hachas, imá­genes burdamente talladas: la de Odín, dios del Norte, cuya religión había aban­donado el anciano. Se detuvo ante un amasijo de hierros coloreados de herrum­bre.
-La cerradura de la puerta de París­murmuró en voz muy baja.
Tras contemplar un momento la vieja reliquia, volvió de nuevo a la vera del fue­go. Si alguien más se hubiese encontrado en la sala, le hubiera oído decir en voz alta:
-iUn sudario blanco! ¡No, un sudario blanco no!
Por un rato prosiguió su paseo a gran­des zancadas, luego regresó a sentarse en su asiento de piedra.
Afuera el viento soplaba y se estreme­cía el postigo que aseguraba la ventana; por un instante una ráfaga más violenta llenó de humo de la chimenea. El an­ciano levantó la voz. Era una voz que conservaba acentos de fuerza y de mando.
-iHarrold! -gritó. ¡Harrold!
Se oyeron pasos cansinos por la esca­lera que unía el piso inferior de la torre con la sala del duque. Apareció otro an­ciano, más encorvado que Rolón, de cara igualmente adornada con una larga bar­ba blanca. Era el lugarteniente del jefe, su viejo camarada que, a su lado, había recorrido los mares, saqueado las costas, compar-tiendo peligros, aventuras y botín. Nunca se separó de Rolón y ahora seguía viviendo con él.
Al llegar ante su señor, Harrold boste­zaba hasta casi desencajar la mandíbula.
-¿Estabas durmiendo, Harrold? -di­jo Rolón en tono agresivo.
-Claro que sí -contestó el otro, ¿pues qué más se puede hacer a estas horas sino dormir en un blando jergón al calor de las mantas, mientras sopla el viento y cae la lluvia?
-Yo -replicó el jefe- no llego a dor­mirme. Pienso en mis ante-pasados y en mis gloriosos vikingos. Recuerdo nues­tras propias empresas.
-Precisamente, ¿esas empresas no nos han dado derecho a descansar y a ceder a otros las armas que nuestra vejez nos impide llevar?
Rolón no respondió a ese comentario; se irguió ante su lugar-teniente y, seña­lando las paredes de la sala, le dijo con voz apagada:
-¿Te acuerdas de aquellos tiempos cuando, a bordo de nuestras estrechas naves, de nuestros drakkars de proa la­brada en forma de dragón, surcábamos la llanura de las gaviotas? ¿Te acuerdas de nuestras expediciones a lo largo del sonriente Loira o por las bochornosas costas de la árida España? ¿Te acuerdas de las noches que pasamos leyendo nues­tro rumbo en las estrellas y de los días de lucha contra las milicias francas recluta­das a toda prisa para cerrarnos el paso? ¿Te acuerdas de aquellas tempestades que sufrimos y que costaron la vida a tantos de los nuestros?
-Me acuerdo -dijo Harrold- ¿pero es que no da gusto vivir en una casa bien guardada? ¿No es menos de temer el rui­do del viento detrás de unos gruesos pos­tigos que en el océano, cuando uno se expone a toda su crudeza?
-¿Te acuerdas de que pueblos enteros huían cuando nos acercá-bamos? -se exaltaba el jefe. Abandonaban sus ciu­dades y corrían al campo a esconderse, y nosotros podíamos saquear los palacios, desvalijar las casas, quemar las cosechas y si encontrábamos a gente que se nos re­sistía, la degollábamos con nuestras es­padas.
-Cuánto mejor es vivir entre vecinos tranquilos, contemplar cómo vuela el hu­mo de la chimenea del labriego, ver cómo amarillea el trigo en los surcos y cobrar un impuesto legítimo por todas estas ta­reas pacíficas.
-¡Qué alegría daba, después de nues­tras expediciones, volver a encontrarnos en los helados fiordos de los mares escan­dinavos y beber hidromiel, sentados en círculo junto a los negros abetos que po­blaban la costa!
-¿No es preferible beber zumo de uva o de manzana en una mesa bien puesta?
-¿Te acuerdas, Harrold, de la vez que fuimos a sitiar París que ya había sufri­do la invasión de nuestros padres? ¿Te acuerdas de cuando esa ciudad orgullosa, defendida por el conde Eudes y por Goz­lin, su obispo, estuvo a punto de caer en nuestras manos? Bien es verdad que el valor de sus habitantes nos impidió pe­netrar en la isla, pero qué juergas más alegres nos pegamos en aquella abadía de Saint-Germain-des-Prés donde nos ins­talamos. El rey Carlos tuvo que pagar tri­buto para que nos marchásemos.
-¡Pero cuántos compañeros se queda­ron para siempre en las orillas del Sena y qué fracaso sufrimos en Chartres!
-Aún me río pensando en aquella tie­rra de Normandía que saqueamos y en la ciudad de Ruán que en vano nos recla­mó Carlos el Simple.
-Sí, pero en Saint-Clair-sur-Epte, Car­los te hizo duque y reinaste sosegada-men­te en esa misma Normandía.
-Es verdad, el día del tratado- de Saint-Clair fue genial. ¿Te acuerdas de que a la hora de jurar fidelidad y sumi­sión al rey Carlos, alguien se empeñó en que para seguir la ceremonia, yo tenía que besarle el pie derecho?
El viejo Harrold se echó a reír.
-¡Claro que me acuerdo! Y me encar­gaste que fuera yo quien cumpliera esa formalidad por ti, pero como yo no quería proster-narme en el suelo, cogí el pie del rey y me lo llevé a los labios, y el rey per­dió el equilibrio y ¡paf!
Por un instante, el recuerdo distrajo a los dos ancianos pero Rolón, huraño otra vez, se puso a recorrer la sala lleno de enojo. Al cabo, volvió a plantarse de­lante de su lugarteniente.
-¿Te acuerdas -dijo con aspereza- ­de aquel conde de Bayeux que no tuvó más remedio que darme en matrimonio a su hija Poppa?
-Sí. Pero, después de Saint-Clair, el rey Carlos hizo que te casaras con su pro­pia hija Gisèle.
-¡Ah! Ojalá aún fuera entre mis vi­kingos el «seeflongr», el rey del mar, a quien todos temen y respetan.
-Sí, pero eres el duque de Normandía, querido y halagado.
-Me llamaban Hrolf el Andarín porque iba a pie delante de mis tropas. No había caballo lo bastante fuerte que pudiera lle­varme.
-Hoy puedes ir en litera adonde te guste.
-En los bosques y en los mares, adora­ba a Odín y a sus compa-ñeros, los dioses del Walhalla.
-Ahora en cambio, sentado en sitial de honor asistes a las ceremonias de los cristianos, que queman cirios e incienso.
Poco a poco, Rolón levantó la frente y clavó su mirada en los ojos de Harrold.
-Yo entonces tenía amigos, hoy ya no los tengo. Mi hijo Guillermo Espada Lar­ga, sólo piensa en gobernar los países que le entregué; favorece al labrador, estimu­la al mercader y yo, mientras, me quedo solo. Tú mismo, viejo compañero de ar­mas, viejo camarada de mares y batallas, vives satisfecho, prefieres las llanuras fér­tiles a las movedizas extensiones del océa­no. Así es como emprenderé yo solo el via­je para ir adonde hay que ir.
Harrold se estremeció; asió brusca­mente la mano del venerado jefe.
-¡Oh, Rolón! -exclamó- no merez­co que uses conmigo ese len-guaje. Sí, me siento feliz de gozar los frutos de tus victorias con-seguidas por tu inteligencia y valor con nuestra ayuda, la de nosotros tus servidores y de los que no están. Pero si me dijeras que mi cuerpo casi centena­rio ha de ceñirse el tahalí y que mis vie­jas manos han de volver a manejar la espada de hierro para defenderte, me en­contrarías a tu lado. Habla, que te obe­dezco.
Los rasgos de Rolón perdieron rigor y quizás una lágrima cayó de sus ojos, aun­que eso no podría afirmarse pues nadie vio nunca que el rey del mar llorase. Esa emoción duró poco, no tardó en recobrar su talante testarudo y brutal, y con voz breve replicó:
-Está bien, Harrold, eres digno de tu pasado. Escucha, siento que se acerca la muerte. Uno de estos días me quedaré en cama sin poder levantarme. Cerraré los ojos y cuando mi alma vaya a unirse con la de mis antepasados, mi hijo y sus ser­vidores me sepultarán a la manera de los señores de la tierra y envolverán mi cuer­po con un sudario blanco. No debe ocu­rrir. El único sudario que conviene a un vikingo, es el verde oleaje del océano. Recuerda que Odín, cuando sintió que se le acercaba la muerte, se embarcó para un largo viaje que sólo terminaría al de­sembarcar en el Walhalla.
Entonces los dos ancianos se ciñeron las armas cuyo peso apenas podían sopor­tar. Bajaron por la escalera de la torre, salieron del castillo y caminaron hacia la playa.
En la playa dormían varadas las barcas de los pescadores. Sin hacer caso de 0.120. anonimo (francia), bros ya entumecidos. Entraron en el agua hasta las rodillas, como si fueran insensibles al frío. Cuan­do la barca flotó, penosamente subieron a bordo.
El viento soplaba de tierra. Con sus de­dos agarrotados, lograron desplegar la vela. El viejo rey del mar se sentó al ti­món. La barca singló hacia alta mar.
Nadie más volvió a ver a Rolón, el see­kongr, el feroz pirata, el rudo conquista­dor. No cabe duda de que murió en el ele­mento que tanto amó y dominó.
Así se explica que en ninguna iglesia normanda aparezca la tumba de Rolón el primer duque, cuyo cadáver tuvo como sepultura el sudario que deseaba: el sudario de esmeralda.

0.120. anonimo (francia)