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jueves, 16 de agosto de 2012

El ara iyapí

(Termino del mundo)

Todos los aborígenes tienen especial aversión por el murciélago. Los chiriguanos le llaman mbopi y los tobas y mocobíes "sanhihuej". El murciélago representa el Ara Ipayi o fin del mundo. Por eso se le encuentra estilizado en las alfarerías de los diversos grupos étnicos de la nación Guaraní, junto con el buho que es su enemigo y de quien depende tenga o no éxito en su empresa…
Es creencia que algún día aparecerá el Andirá Guazú (Murciélago grande) y comerá a todos los seres vivientes de la tierra, terminando así la vida en todos los órdenes. Para que esto sea posible será necesario una enorme cantidad de "andirás " chicos, sin los cuales no puede nacer el Andirá Grande que pondrá punto final a la vida.
No se sabe cuándo podrá acontecer esto, por cuanto Ebliuá (Dios), les puso por enemigos el buho y la lechuza (ñacurutú y urucureá), que persiguen a los murciélagos y los matan, evitando la multiplicación convencional que determinaría el nacimiento del Murciélago. Grande.
Llegará, empero, un día, en que el buho y la lechuza, sea por debilidad, incapacidad o muerte, no podrán detener los murciélagos chicos en su proliferación, y entonces acaecerá el advenimiento del Andirá Grande que impondrá el Ara Iyapi o sea el Fin del mundo…

037. anonimo (guarani)

Dos cuentos de paí pajarito

Paí Pajarito a diferencia de Perurimá, que era suave como un guante -suavidad que a nadie engañaba, pues era sólo el antifaz bajo el cual disimulaba su malicia-, tenía el carácter brusco y desparejo. Con frecuencia se dejaba llevar de sus arrebatos. Su corazón era un motor fácil de hacer arrancar, pero difícil de detener una vez puesto en marcha, pues sus frenos no funcionaban bien. No tenía pelos en la lengua, para decir las cosas, pero una vez dichas se arrepentía y trataba de remediar el mal que ocasionaba. Si no lo conseguía, no quedaba en paz con su conciencia sino aplicándose unos buenos disciplinazos. En el fondo tenía un alma de niño y no había quien le ganara en el cumplimiento de sus deberes de sacerdote. La parroquia de Santa Lucía lo tuvo de cura párroco durante muchos años, llegando en sus andanzas a San Roque, Saladas y Bella Vista. Le gustaba viajar a caballo, la sotana arremangada a la cintura y las piernas al descubierto. Donde encontraba un bolicho se bajaba y se hacía servir una copa.
Conversaba y bromeaba con todo el mundo, pero cuando alguien se propasaba lo reducía a silencio con una de sus pullas. Sus costumbres eran liberales, y su lenguaje -se expresaba exclusivamente en guaraní, aun en sus sermones, no pocas veces agresivo y procaz, lo que no impedía que desempeñara a conciencia su sagrado ministerio, llevando su ayuda moral y material a cuantos necesitaban de ella.

He aquí dos de sus cuentos:

Las naranjas del paí pajarito
El sacramento de la extremaunción

037. anonimo (guarani)

La leyenda del río coppermine

Hace mucho tiempo una joven llamada Itiktajjak salió de casa para ir a buscar leña. Cuando iba andando, un oso pardo olfateó su rastro y empezó a seguirla. Al darse cuenta de que el oso le seguía la pista, la chica se tiró inmediatamente al suelo, endureció los músculos y aparentó que estaba muerta. El oso alcanzó su presa, pero pensó que la chica estaba congelada. Sin dudarlo, se la echó a la espalda y se puso en camino, hacia la cueva donde esperaba su familia.
Sucedió que el sendero por el que iba el oso discurría a través de altos matorrales de sauces. Creyendo que así podría impedir que el oso avanzara, Itiktajjak iba enganchando sus brazos tiesos a las ramas para obligar al oso a ir más despacio. El oso luchaba y peleaba por liberar su carga de los matorrales, pero cuanto más se esforzaba, más se cansaba.
Cuando llegó a la cueva encontró a sus dos diabólicos cachorros jugando en la gran plataforma que les servía de cama. Madre osa dormía. Padre oso estaba agotado de su difícil viaje y depositó a la chica en el suelo diciendo a los oseznos:
-Aquí tenéis algo que comer.
Al oír estas palabras, los cachorros bailaron de júbilo alrededor de Itiktajjak, que aún parecía totalmente congelada. Padre oso quería descansar. Sus hijos querían jugar. Desesperado, el viejo oso hizo señas a los cachorros para que estuvieran quietos.
-Después ya comeréis algo de la chica -les dijo.
Al oír el jaleo, la osa madre despertó, saltó de la cama y, con un hacha en la mano, fue a ver la pieza tendida en el suelo. Al encontrar a la chica muy tiesa, puso el hacha en el suelo cerca de Itiktajjak y volvió a la cama.
Cuando Itiktajjak notó que tanto la madre como el padre dormían, abrió los ojos por primera vez. Los dos oseznos, que no dejaban de vigilar los movimientos de la chica, gritaron:
-¡Papá! ¡Está descongelada! ¡Ha abierto los ojos!
Pero el viejo oso no quería molestias y gruñó:
-¡Que los abra, pero a mí dejadme en paz! A mí ya me ha dejado rendido al agarrarse a las ramas de sauce.
El oso cayó rápidamente en un profundo sueño.
Itiktajjak continuó aparentando estar muerta. Había notado el hacha a su lado, pero antes de abrir los ojos otra vez quería estar segura de que todos los osos dormían. Muy poco después todo estaba tranquilo en la cueva. Los cachorros, cansados de jugar, se habían quedado dormidos.
Intuyendo que podía abrir los ojos tranquilamente, la chica se levantó rápidamente, cogió el hacha y asestó un hachazo en la oreja a la osa madre. La cueva se llenó inmediatamente de los gritos de dolor de la vieja osa. ltiktajjak echó rápidamente un vistazo a su alrededor y vio que el oso padre se estaba despertando. Huyó de la cueva, perseguida por el oso, que ahora estaba totalmente despierto.
Sin saber más que tenía que correr cuanto pudiera, Itiktajjak corrió hasta llegar a un riachuelo. Saltó a la otra orilla y allí se paró un rato. Con el dedo meñique trazó una línea a través del agua. Mientras lo hacía, repetía las palabras mágicas:
-Río, río, pasa por aquí.
Apenas había pronunciado estas palabras, el riachuelo se hinchó hasta convertirse en un torrente de agua que separó a Itiktajjak del viejo oso.
«¿Qué puedo hacer ahora?», pensó el oso. «No hay manera de que yo cruce este río furioso.» Pensando estas cosas, el oso paseaba orilla abajo y orilla arriba de su lado del río. Finalmente gritó a la chica:
-¿Cómo conseguiste cruzar el río?
Sin dudarlo un momento, Itiktajjak contestó:
-Metí la nariz en él y bebí hasta que desapareció el agua y apa-reció un sendero.
El oso padre pensó que él podía hacer lo mismo, de modo que se puso a beber agua a lametazos tan rápido como pudo. Bebía y bebía, y cuanto más tragaba más engordaba. Por fin, en un último trago, estalló, y el agua de su cuerpo extendió una espesa niebla por todas partes.
Itiktajjak observó todo esto y notó que de la niebla empezaban a formarse nubes. Hasta entonces nunca se habían visto nubes en esa zona. De estas nubes pronto iba a caer agua al río, que la chica había creado al pasar el dedo por el agua. Este río ha llegado a conocerse como Qorlorqoq, o Mina de Cobre, el río cuyo curso está salpicado de cascadas.

Fuente: Maurice Metayer

036. anonimo (eesquimal),

La leyenda de osiris

Osiris era el hijo mayor de Nut, la diosa del Cielo, y de Gueb, el dios de la Tierra. Se dice que fue el primer rey de Egipto, hasta el día en que la desgracia cayó sobre él.
Seth envidiaba a Osiris, su hermano. Durante una fiesta retó a los invitados a que entrasen en un cofre. Osiris se introdujo en él y la tapa se cerró... ¡Osiris cayó en su trampa! Y Seth hizo tirar el cofre al Nilo y se apoderó del trono.
Isis, la mujer de Osiris, encontró el cadáver de su esposo y lo escondió. Pero el malvado Seth se apoderó de él, cortándolo esta vez en catorce pedazos, que esparció en la corriente del Nilo.
Tras una larga búsqueda, la diosa hechicera Isis recuperó los pedazos y pacientemente los unió. Con la ayuda de Anubis, el dios de los embalsamadores, le devolvió la vida a Osiris, que se convirtió en el dios de los muertos en el Más Allá. ¡Isis jamás volvió a reunirse con su esposo en la tierra!
Sin embargo, hubo venganza. Su hijo Horus, el dios con cabeza de halcón, se enfrentó a Seth en terrible combate, venciendo y reconquistando el reino de su padre.

034. anonimo (egipto)

Los loros disfrados

Los ancianos de una tribu del Ecuador cuentan cómo dos hermanos se salvaron de ahogarse durante un gran diluvio.
Por esas tierras y montes hay una altísima montaña que tiene una virtud: cuando las lluvias causan inundaciones, sus cumbres se elevan dando estirones hacia el cielo, de manera que parece una isla que nunca se sumerge. Y fue a esta montaña a la que subieron los dos hermanos, niña y niño, cuando el gran diluvio desbordó mares y ríos. Sus  nombres eran Chonta y Pila.
Cuando vieron que el mar comenzaba a cubrir la tierra, Chonta tomó de la mano a Pila y corrieron hacia la cumbre salvadora que los libró de ahogarse. Toda la montaña temblaba a cada estirón de su mole y los niños tuvieron que quedarse agarrados a las raíces y a las rocas para no rodar hasta los abismos.
En cuanto pasó la lluvia, Chonta y Pila se asomaron a mirar los valles y vieron que todo estaba cubierto de agua. No podían bajar al lugar donde estuvo su cabaña; recorrieron la cumbre y encontraron una caverna que les serviría como refugio. Salieron a buscar algo que comer, pero sólo hallaron unas hierbas duras y raíces.
¡Ay! -lloró Pila, ¡me duelen las tripas de hambre!
-A mí me gustaría tener una cabeza de plátanos y un ananá jugoso -suspiró Chonta.
Corrían entre las rocas levantando piedras para hallar algún bicho, pero en la noche estaban tan hambrientos como al alba.
Una tarde, al caer el sol, llegaron a la caverna sin aliento ya para seguir viviendo.
Entonces la niña vio sobre la piedra donde machacaban las raíces un mantel de hojas frescas y sobre ellas, frutas, carnes, mazorcas de maíz y todo lo que habían soñado comer durante tantos días.
-¡Mira!, ¿quién habrá traído esta deliciosa comida? -gritó Pila.
-No lo sé -contestó Chonta. Y se abalanzó sobre los manjares sin hacer preguntas.
 Pila hizo lo mismo y cuando estuvieron satisfechos se pusieron a dormir.
En sueños oyeron gritos y risas de los guacamayos, esos grandes loros que habitan en las oscuras selvas de los valles.
Al despertar, no tuvieron necesidad de recorrer los montes, porque los misteriosos seres continuaron llevándoles comida día a día. Nunca alcan-zaban a verlos; acudían sólo cuando los niños dormían o se alejaban de la caverna.
Sintieron una gran curiosidad de saber quiénes eran los que con tanta generosidad los alimentaban; la curiosidad fue creciendo, sobre todo porque ya no tenían mucho que hacer, sino contemplar los valles convertidos en lagos y jugar.
-Escondámonos cerca, entre las rocas -sugirió Chonta.
-Así sabremos quiénes son -dijo Pila.
Antes del amanecer ambos se escondieron junto a la caverna. Estaban nerviosos e impacientes. Pasaron las horas, el sol empezó a calentar las rocas y, con el calorcito, a los niños les dio sueño.
De pronto, algo que sobresaltó a Pila y a Chonta tembló en el aire como un arco iris. Al poco rato oyeron un fuerte aleteo y sonoros gritos. Se asomaron con cuidado y vieron unos grandes guacamayos  los mismos que habitaban en las selvas, cerca de su antigua cabaña.
Sin embargo, su aspecto era diferente, sus plumas de radiantes colores no relucían.
Entonces se dieron cuenta de que los loros venían disfrazados con delan-tales y gorros de cocineros, lo que a los niños les pareció extraordina-riamente cómico.
Les dio tanta risa que no pudieron seguir escondidos.
-Mira, Chonta, son loros disfrazados- se burló Pila.
-¡Ja, ja, ja!,  ¡mira cómo las plumas les asoman por debajo de los delantales y de los gorros!  -gritó Chonta, sujetándose la barriga de risa.
Los loros se enojaron al oír las burlas. No les gustó tampoco haber sido descubiertos. Con las plumas  erizadas y los ojos chispeantes volaron lejos, llevándose la comida.
Los niños rieron largo rato; pero al ver que los guacamayos no regresaban y que luego pasaron los días sin que les trajeran alimentos, comprendieron su imprudencia y su ingratitud.
-Ahora moriremos de hambre por habernos reído de nuestros amigos -gimió Pila.
-Tal vez si les pedimos perdón, los hermosos guacamayos vuelvan a salvarnos -razonó Chonta.
Con sus últimas fuerzas, gritaron mañana y tarde pidiendo perdón a sus bienhechores por haberlos espiado y por burlarse de sus disfraces.
Al día siguiente, con gran rumor de plumas, los guacamayos regresaron; esta vez no llevaban vestimentas sino que lucían su maravilloso colorido.
Los niños crecieron y engordaron con la buena alimentación y con la alegría de tener tan graciosos amigos.
Todas las tardes se asomaban a los abismos para ver si el agua bajaba en los valles; y así comprobaron que lentamente volvían a formarse los ríos, las lagunas y los mares; la tierra se secaba y surgían las selvas.
Un día Pila y Chonta decidieron regresar al lugar donde estuvo su cabaña, pero no querían perder a los loros, no sólo porque los habían alimentado, sino porque eran unos pájaros muy bellos. Sus parloteos, sus cantos y sus vuelos luminosos eran una compañía reconfortante.
-Guardemos  uno de estos guacamayos para nosotros- resolvió Pila, convertida en una muchacha. Así no tendré tanto que trabajar cocinando.
Cuando los guacamayos vinieron como siempre, con los alimentos, entre los dos hermanos apresaron a uno de ellos y le recortaron las alas para que no pudiera volar.
-Perdónanos por hacerte esto, amigo, pero no queremos perderte al bajar al valle -le explicaron.
Lo llevaron consigo montaña abajo, amarrado de una pata.
Pero estas aves nunca abandonan a uno de los suyos, así que toda la bandada siguió a los muchachos hasta el sitio donde antes vivieran.
En el valle los guacamayos se transformaron en seres humanos, en muchachas y muchachos alegres y hermosos: sus ojos brillaban y sus cabelleras tenían reflejos multicolores.
Pasó el tiempo. Pila y Chonta se casaron con aquellos seres de extraña belleza, llenos de buena voluntad. Según la leyenda, este es el origen de una raza indígena ecuatoriana.
"Aquellos loros misteriosos fueron dioses de las antiguas selvas y sus virtudes y poderes benéficos se transmitieron a sus descendientes".

033. anonimo (ecuador)

Bulira

Había una vez un jefe panche que le preguntaba a su hija Bulira cada noche:
-Hija, ¿cuándo conoceré al príncipe elegido para poder enseñarle nuestros secretos, las fórmulas sagradas y la cueva del tesoro? No me queda mucho de vida, hija.
-Ay, padre, no hables así que me entristeces.
-Hija, el tiempo pasa rápido, y los que envejecemos tenemos que buscar a quién entregar el poder.
Un poco más allá de la aldea, al oeste, acampaba el príncipe Tota, con su guardia de honor, brujos y capitanes.
Un poco más allá de la aldea, al este, estaba el otro pretendiente de la princesa, Opia, acompañado de su maestro y de un criado. No llevaba ni una lanza.
Tota, para seducir a la princesa, hacía desfiles militares y torneos en su honor.
Opia le enviaba pájaros de siete colores.
Ella era amable con ambos, pero no se decidía.
Tota comenzaba a enfadarse y hacía planes de conquista.
Opia hallaba hermosa la espera.
Una mañana, cuando Opia buscaba unos pescadillos en mitad del arroyo para Bulira, quien le miraba de forma cariñosa, apareció Tota y, lleno de celos, preparó su cerbatana y disparó. El dardo atravesó el cuello de Opia, quien cayó suavemente en las aguas y murió mirando a su amada con una sonrisa.
Bulira gritó de rabia, y Tota huyó asustado.
Bulira lloró sin consuelo y sin descanso sobre el río. Vertió lágrimas hasta perder sus ojos, que se convirtieron en dos grandes perlas de ostras doradas.
Y dice la leyenda que, desde entonces, el río Opia de Tolima se llenó de ostras, que son las lágrimas de Bulira, la enamorada ciega.

033. anonimo (ecuador-panche)

Los pétalos de la rodocrosita

Después de días y noches de andar, el chasqui andalgalá alcanzó el último tramo del camino que conducía a la morada del rey inca. Llevaba una singular ofrenda destinada al gobernante: tres gotas de sangre petrificadas; el precioso hallazgo fue recibido con mucha emotividad.
En el lago Titicaca, en tiempos pasados, se había construido el templo de las acllas: las vírgenes sacerdotisas del Inti. En ese sitio se encontraban anualmente el sol y la luna para fecundar los sembradíos y asistir a la sagrada elección de quien heredaría la responsabilidad de perpetuar la sangre inca.
Un día, el invencible guerrero Tupac Canquí se atrevió a ingresar a la sagrada construcción desafiando la tradición incaica. Desde el instante en que la descubrió, nació su amor por la bella ñusta aclla. Ella lo correspondió consciente de ignorar las restricciones del Tawantinsuyo para las elegidas.
Juntos, escaparon hacia el sur; buscaban proteger el vientre de la aclla lleno de vida. El poder imperial bramó y destinó infortunados grupos armados a castigar a los culpables de la transgresión.
Tupac Canquí y la ñusta aclla se instalaron cerca del salar de Pipando, donde tuvieron muchos hijos descendientes de los aymarás, que fundaron el pueblo diaguita. Sin embargo, jamás lograron deshacerse del hechizo de los shamanes incas. Ella falleció y su cuerpo fue sepultado en la alta cumbre de la montaña; él murió poco tiempo después, ahogado en su triste soledad.
Una tarde, el chasqui andalgalá descubrió la tumba de la ñusta aclla impresionado por ver cómo florecía, en pétalos de sangre, la piedra que la cubría. Rápidamente salió del estupor y arrancó una de las rosas para ofrendar al rey inca. El jefe del imperio, aceptando con emoción la flor de la rodocrosita, perdonó a aquellos antiguos amantes furtivos.
En adelante, las princesas de Tíahuanaco lucieron con orgullo trozos de la piedra rosa del inca, símbolo de paz, perdón y amor profundo.

032. anonimo (diaguita)